Uno de los síntomas más característicos de la grave enfermedad que España padece — que es un gran atraso intelectual en todos los órdenes, —es, sin duda, la centralización de su vida, no ya política, sino literaria; fuera de Madrid y aparte de Barcelona, ninguna provincia tiene vida intelectual propia: si algún escritor asoma la cabeza, vegeta entre las columnas del periódico provinciano, el cual se considera feliz si tiene algunos cientos de lectores dentro del radio municipal. Y aunque el escritor tenga mérito y escriba algo — para lo cual, sin contar con público ni esperar recompensa, se necesita verdadera vocación, — si no quiere ó no puede pasar á recibir el bautismo del Manzanares y entrar en el lugar que le corresponda del escalafón de aspirantes literarios, se quedará sin tener más lectores que su querida esposa, amigos y deudos; á no ser que la suerte le depare algún escritor madrileño de los de crédito y nota, que lo deccubra y presente diciéndole al público: «Aquí tienen á este caballero que escribe bastante bien y es novelista ó poeta.» Desde entonces ya se tiene nombre, y todo son facilidades; es más: ya tiene el presentado derecho á echar fuera todo lo que le parezca; ya no piensa en progresar, sino en mantenerse; no le preocupa la calidad, sino la cantidad; no piensa en lo que escribe, sino en producir para que el nombre no se olvide. Así se da el caso de esperanzas que no llegan á realidades; de frutos literarios que no maduran; de jóvenes que porque empezaron y recibieron el bautismo del primer aplauso en un género especial, creen que aquello es su definitiva especialidad, y no salen de ella si los pican: de ahí los amaneramientos, la insoportable monotonía, el prurito de acentuar la nota cada vez más, hasta que acabe en punta como un lápiz...
No hace mucho tiempo, en una conferencia acerca del Regionalismo, trazaba á grandes rasgos, con su peculiar elocuencia, mi distinguido amigo D. Francisco Seco de Lucena, los caracteres de la región granadina bajo un punto de vista general. No faltará quien se sorprenda ó se sonría desdeñosamente — por lo poco divulgadas que están las ideas acerca de este asunto — al oir hablar de región granadina, creyendo, sin duda, que esa frase encierra sólo reivindicaciones históricas, tendencias emancipadoras de partes del territorio nacional, ó por lo menos aspiraciones de autonomía en el orden político, administrativo ó económico; cierto que el regionalismo catalán y vasco van por ese camino; pero al hablar de región ha de entenderse una entidad del orden moral fundada en la naturaleza del terreno, en el clima, en la mezcla de las razas, etc., que se refiere esencialmente á manifestaciones espirituales, al arte, á la literatura, al carácter de los individuos...
Todo el mundo sabe que la ley de i833, que estableció el régimen provincial vigente, es imitacíón francesa, y que con ella quisimos dividir el territorio nacional como un tablero de ajedrez, con arreglo al figurín francés, prescindiendo de otras divisiones fundadas en vínculos históricos y morales. Claro es que los agregados,.que componen lo que hoy llamamos nación, evolucionan y se transforman; pero el capricho del legislador y el convencionalismo no inñuyen para nada en esas modalidades de la vida colectiva, que surgen del cielo y del suelo con la misma espontaneidad que las ñores, con su fecundidad de matices; los celajes, con la misteriosa variedad de su entonación, que dan al paisaje expresiones diversas, y las brisas, con el distinto halago de sus perfumes...Lo peor es que, hablando de Granada, nadie sabe — sobre todo en España — sino que es una provincia andaluza, donde está la Alhambra. Y como de Andalucía lo mejor es Sevilla, Córdoba ó Málaga, ó sea manzanilla y sol brillante, algazara y ceceo en la conversación, exage-. ración y ruido de castañuelas, mujeres medio locas que cantan, con ojos negros y pañuelos de Manila, y hombres muy alegres y embusteros, se tiene la misma idea ó poco menos de Oranada, olvidando que en ella se encuentran la región de las nieves perpetuas y las montañas más altas, no ya de España, sino de Europa,. aparte del Mont Blanc; que es más húmeda y" fría que Galicia; que nada ha tenido que ver con el resto de España hasta hace poco, cosa de unos cuatro siglos, pues era árabe cuando los demás estados y provincias cristianas estaban ya viejas, y que los granadinos de hoy procedemos principalmente de gallegos y catalanes^ mezclados con moros y judíos...Y que esto es científico lo prueban los curiosos datos de la notable obra El índice cefálico de España, del Sr. Olóriz. De modo que no tenemos semejanza, ni etnográfica ni histórica, con el resto de España ni con Andalucía.
Lo granadino es, pues, distinto de lo que eni todas partes se entiende por andaluz: la nuestra es una Andalucía melancólica y poética, con violentos contrastes; con variedad tremenda de temperaturas, desde el cálido africano al fría glacial; con vitalidad desordenada é inútil, como los torrentes que bajan de Sierra Nevada ^ ríos caudalosos, que á los pocos días se quedan secos...Todo esto se refleja en el carácter granadino, cuya nota típica es la pereza, sin duda porque la humedad, la hermosura de los paisajes y la fecundidad del suelo, desarrollan la soñolencia, el espíritu contemplativo y un refinado egoísmo, ó también por la dosis que tengamos de sangre musulmana.
En cambio dfi este defecto capital, que Ganivet señala y pone de relieve con precisión y gracejo en una de sus Cartas, tienen los poetas y escritores granadinos envidiabilísimas cualidades características, siendo, aunque graciosos, severos y profundos, sonoros y penetrantes, -como los ecos que repercuten en nuestras cafía^ •das; clarísimos y despejados, como nuestro ambiente; amenos y nutridos, como lo son en colores, vitalidad y contrastes nuestros maravillosos paisajes, y casi todos con dejos más ó menos pronunciados, de honda y poética melancolía, como si estuvieran empapados de la expresión delicadísima y de la dulce tristeza de nuestros soberanos crepúsculos.
Y que estas cualidades no son de ahora ni yo las he descubierto, pruébanlo los estudios críti-•cos, todavía inéditos, que tiene hechos mi querido amigo el inspirado poeta y Catedrático D. Miguel Gutiérrez, señalando los caracteres _y reclamando la independencia absoluta de la escuela poética granadina de todas las demás 3» 3» que florecieron en Andalucía y en España* Justo es, pues, que como granadinos hayamos insistido en esto, y que en los méritos literarios de Ganivet veamos algo propio, formado ei> nuestra tierra, tan olvidada hoy por desgracia; y que conste que. aun cuando nuestro paisano escriba en Rusia y posea una vasta erudición cosmopolita — como antes dije, — su alma esgra* nadina por los cuatro costados, y su estilo posee las peculiares condiciones de nuestros más relevantes escritores, que se deben á la tierra donde se nace y se reciben las primeras y más fecundas impresiones.
De esta condición de granadino estoy segura que no solamente no ha de protestar, sino que ha de enorgullecerle en extremo: aquí viene á bañarse en la luz v calor de su ciudad nataK en todas las licencias que reglamentariamente puede utilizar en su carrera; aquí tiene sus mejores amigos, sus admiradores más desinteresados y sus afecciones más puras. Para Granada y todo de Granada fué su primer libro: él nos consagra todos sus trabajos, que escribe siempre pensando en Granada; y teniendo abiertas las puertas de los periódicos de mayor circulación de Madrid— como á mí me consta, — pre- 39 ^ fiere publicar sus interesantísimos estudios en la prensa granadina.
El año anterior pasó aquí el verano, y en lugar de descansar y recrearse, nos metió en la empresa de escribir un libro ó anuario que llegara á ser, como ocurre en otras capitales del extranjero, el resumen de la vida intelectual de la ciudad: tropezó con nuestra idiosincrasia, que es la inacción, y nuestra pereza, que es estupenda; pero el primer ensayo del Libro de Granada se ha hecho: lo han ilustrado los artistas granadinos más distinguidos, y pronto verá la luz pública; y en aquellos días calurosísimos de nuestro verano, con 36 grados de temperatura, aprovechando sus vacaciones consulares, nos hizo andar de cabeza, con la vista puesta en una cosa tan simpática como el renacimiento intelectual de Granada.
Soy pesimista por temperamento, y no fío nada en lo que vaya contra la inagotable pereza granadina; pero si la idea de Ganivet — que desde que él se fué ha ido marchando con la lentitud de una estratificación geológica — cuajara para en adelante; si el Libro de Granada fuera como él nos decía, un palenque abierto á todas las tentativas intelectuales de nuestra región, I I donde cupieran todos los esfuerzos de producción literaria y científica, desde la medicina y la física hasta la poesía; una fe de vida de que Granada, la ciudad de la Alhambra y de los Reyes Católicos, no ha muerto, sino que su p2nsamiento alienta y vive y ha de vivir, para ser, como lo fué á principios de siglo, la más culta de España, se habría realizado un progreso, una mejora para Granada, más positiva y fecunda que todas las que pregona la parva de nuestros ediles y políticos.
Para tomarle cariño á Ganivet y gustar desu trato, es menester ser un poco benévolo y algo despreocupado.
Todavía me acuerdo de la presentación que mi primo Diego Marín y yo hicimos de Ganivet al notable poeta y diplomático mexicana Francisco Icaza. Es éste, por razón de su cargo y por temperamento, uno de los hombres más elegantes y correctos que he conocido, y al presentarle á Ganivet, de quien ya le habíamos hablado con gran encomio, y que por entonces acababa de obtener en brillantísimos ejercicios el número uno de las oposiciones á la carrera consular, y verlo con la pelambrera gitanesca que tenía y todavía conserva, con su traje de almacén, facha desgarbada, los movimientos aturdídos y la palabra escasa y poco expresiva, puso el atildado diplomático un gesto de sorpresa y repulsión, que á nosotros, que estábamos en el secreto y esperábamos aquel efecto, nos dio luego no poco que reír. Y lo peor fué que costó no poco trabajo convencerlo de que Ganivet tenía talento debajo de su apariencia de jayán.
La verdad es que su tipo físico es extraño: largo de brazos y piernas, ancho de pecho, con el rostro feúcho, los ojos claros, una mirada que resbala, como si no viera nada por encima de los objetos, fría como la de un saurio, pero que al fijarse llega hasta el fondo, agujerea como un berbiquí; la cabeza, con la frente abultada y espaciosa y la nariz un tanto achatada, tiene cierta apariencia de antropoide gigantesco.
Cuesta trabajo creer que hombre de aspecto tan esquivo tenga corazón de niño y un trato dulce y ameno como pocos. Le gusta hablar, pero no es comunicativo sino con quien tiene gran confianza; oye siempre con mucha atención cuanto se le dice; al final mira á su ínterlocutor, con mirada inquisitiva y desconcertadora, como si quisiera enterarse de lo que oye, más que por las palabras, por el reflejo del espíritu en los ojos, y cierra la conversación con apreciaciones de una lógica violenta, ó con frases concisas y categóricas.
Carácter franco, no conoce ninguna hipocresía social; jamás disimula sus pensamientos, ni procura agradar á nadie; casi siempre ha andado solo y con pocos amigos; no es un misántropo, y, sin embargo, se ha pasado lo mejor de su juventud en uii aislamiento espantoso.
Primero en Madrid, donde fué á hacerse doctor, por duplicado, en Derecho y en Filosofía y Letras, y de paso oposiciones al Cuerpo facultativo de Archiveros, al que ha pertenecido. Su carácter activo no pudo avenirse con esta humilde carrera de pergamino, con esta profesión que tiene algo de la perezosa laboriosidad de la polilla, y saltó de ella bien pronto á la carrera consular, donde le llevó el azar de las circunstancias más bien que una elección meditada; pero viniendo á dar al cabo en la carrera que mejor convenía á la independencia de su carácter, y la más favorable para su desarrollo intelectual, pues le ha obligado á recorrer á Europa, á ponerse en contacto con las naciones más cultas, é ir recogiendo un caudal inapreciable de observaciones y estudios. Siguió su soledad en Amberes, donde, aparte de las horas de oficina, hacía una vida cenobítica, encerrado siempre en su casa y dándose unos tártagos de estudiar como para él solo: con decir que obtuvo permiso para ir sacando á su domicilio los libros de la Biblioteca de la ciudad y se la leyó entera, está dicho todo; también, para distraerse en su solead consular, compró un piano y se dedicó á aprender música sin maestro.
Trasladado con ascenso á Helsingfors, una de las ciudades más septentrionales de Europa, allí ha vivido hasta ahora, escondido entre nieves como un oso blanco, y teniendo, para comunicarse con aquellos semejantes tan desemejantes de él, que al fin es un temperamento meridional, que «hacerse el sueco,» el ruso y el finlandés, y adaptarse á costumbres tan exóticas como las que nos describe en sus Cartas.
Sin importarle un comino el frío, ni el hielo, ni la ausencia, ni otras cosas de esas que á los mortales acongojan, se dedicó á estudiar y á escribir sin esperanza de lucro, ni de gloria, ni de nada. En Helsingfors ha escrito todos sus libros.
excepto los artículos Granada la bel la ^ que remitió á £*/ Dejensor desde Amberes, en 1896. Ahora acaba de ser trasladado á Riga (la ciudad más comercial de Rusia en el Báltico), y al participármelo en su última carta, me dice: «Ya os diré si aquello es mejor que esto, para trabajar se entiende, pues para vivir todo el mundo es igual para mí.»
Además de los libros de que hemos hablado; de la novela en tres tomos, que tiene en prensa; de la comedia de costumbres andaluzas que anuncia; de la continuación de la importante serie de estudios críticos de escritores rusos, daneses y suecos, titulada Hombres del Norte, y de otros trabajos y proyectos, ha escrito, en france's, un cajón entero de delicadísimas poesías, no diré si parnasianas ó simbolistas, mas sí con dejos á lo Heredia y toques á lo Verlaine.
Con Navarro Ledesma (otro joven excepcional ó excepción de jóvenes, hoy Catedrático del Instituto de San Isidro y muy estimado en la prensa de Madrid por su erudición y buen gusto literario) sostiene Ganivet, desde hace tiempo, una correspondencia esotérica, que contiene ideas y bellezas para varios libros. También tengo la satisfacción de participar algunas veces de esta información psicológica de nuestro paisano, y en sus cartas, que de buena gana publicaría si no fiíera un abuso de confianza, se ven rápidas síntesis de lecturas, que para cualquier ciudadano suponen años de estar con los codos pegados á la mesa; juicios originalísimos d*apré$ nature, una filosofía extraña y nueva, y unos vuelos de pensamiento, á cuyo lado, los de muchos escritores en activo servicio, parecerían vuelos de murciélagos. Esto que digo lo creerá alguien exageraciones de la amistad; pero no serán sólo aprensiones de amigo, cuando una revista madrileña (¡siempre el regium exequátur de Madrid!) ha publicado su biografía y su retrato; cuando lo citan ya en aquella prensa, con gran encomio, escritores tan exigentes como Picón y Unamunó, y ¡qué más! (pues para mí esto es el colmo de lo admirable) cuando es capaz de sorberse un tomo en un rato, y traduce la litada sin tropezones (del texto griego, S2 entiende) á los amigos de café.
Sin embargo, con tener una inteligencia tan clara (aunque á veces extraviada por carecer de criterio fijo) y una memoria pasmosa, 1q que más sobresale en él es su voluntad de hierro^ En el banquete con que en Junio del año pasado le obsequiamos en la Alhambra sus amigos, quise, á los brindis, poner de relieve esta virtud de nuestro paisano, que es de las que más me seducen en los hombres, tal vez por ^er la que menos poseo; y de tal manera debí insistir en ello, que di lugar á que mi querido amigo Matías Méndez me interrumpiera con su chispeante ingenio en lo mejor de mi discurso, diciéndome: «Niño, pasa ya á otra potencia.)^ Véome ahora otra vez obligado á abordar el tema que entonces dejé pendiente, pues por sucesos de la vida privada de que he sido testigo, y por lo que dice su hasta ahora corta biografía, me atrevo á afirmar que todo lo que ha hecho y hará en adelante nuestro paisano Ganivet, lo debe, más que á otras cualidades, al esfuerzo de 5U poderosa voluntad.
Hay que recordar su vida para apreciar toda la fibra de su temperamento. Huérfano de padre desde muy pequeño, debe á las nobles cualidades y al ejemplo heroico de su madre los primeros arranques de su alma.
Desde niño aprendió á tratarse sin miramientos con la naturaleza; jugaba como un pequeño titán; los ribazos frescos del río, el huerto escondido entre los álamos blancos, fueron el primer campo de sus operaciones; sus recreos infantiles, obras de ingeniería y de destreza.
Recuerdo un episodio de la infancia que él me contó hace tiempo.
Un día se subió á la rama más alta de una higuera para cortarla, pues sombreaba demasiado el jardín; resbaló sobre el escueto tronco, y vino á tierra. Allí quedó sin sentido, con la carne magullada y el hueso de una pierna hecho astillas. Estuvo sesenta días en el lecho, entre la vida y la muerte, sufriendo horribles dolores. Los médicos quisieron amputarle aquel miembro podrido, en el que empezó á formarse la gangrena; pero como esperaban que había de morirse de un momento á otro, desistieron de la operación. Al cabo de tantos días de tormento, que había soportado sin quejarse, pensó que era menester morirse ó curarse, y decidió vivir, «on tal energía, que empezó á mejorar, y con asombro de todos, antes de lo que nadie pudiera imaginar, maravillosamente, tuvo su pierna curada.
En Madrid lo vi yo con una enfermedad bas-, tante grave; sin embargo, salía á la calle, estudiaba y hacía la vida acostumbrada. Daba miédo verlo: presentósele la ictericia; parecía un cadáver andando; tan malo era su aspecto, que estando en una barbería, el barbero, creyendo que se le moría en las manos, le aconsejó que se retirara á su casa, dándole de caridad una copa de Jerez. A los pocos días, con ictericia y todo, se examinó de cinco asignaturas, como alumno libre, y se doctoró en Derecho.
Cuando ganó las oposiciones tenía que ir por la mañana al bufete de un abogado, subir varias veces á su casa, que tenía 104 escalones, ir ala oficina, dedicarse á trabajos particulares^ estudiar alemán, historia de los tratados, historia política, comercio, tarifas, además de asistir al Ateneo por las noches.
Otro día, para mí memorable, me lo encuentro en Granada en los toros del día del Corpus,, recién llegado de Madrid, de donde había venida á despedirse de la familia: dimos un paseo enorme; estuvimos en la Alhambra, en el café; cuando nos separamos, ya tarde, y yo, extenuado, no me podía tener de pie, me dice con la mayor naturalidad: «Quédate con Dios; voy á hacer la maleta, y esta madrugada salgo para Amberes: no puedo perder un día.» ¡Y eran seis de ferrocarril!
Quien tiene resistencia fisiológica y espiritual para leer los trabajos más penosos, y voluntad bastante para hacer funcionar sin descanso á la inteligencia, no es extraño que consiga del estudio los frutos más peregrinos. Si el lector se fija en el contenido de las Cartas XI y XX ^ comprenderá el trabajo que supone extractar en sencillas y cortas páginas el contenido de libros tan voluminosos como el del Dr. Lundgren,*" y la interminable epopeya del Kalevala, que por añadidura están escritas en idioma sueco, cuando, aun escrita en castellano mondo y lirondo, no habría un cristiano que le metiera el diente. Lo mismo digo de los estudios críticos Hombres del Norte: cada uno de esos articulitos supone el trabajo de haberse leído diez ó doce tomos de obras que ni siquiera están traducidas al francés; en el de Ibsen, que es notable, puede verse que Ganivet se ha echado entre pecho y espalda todas las obras del célebre escritor noruego; porque él no es como esos autorizados críticos que se dan tono, citando nombres extranjeros y emitiendo juicios, que copian de la sección bibliográfica de las revistas francesas.
Recien instalado en Amberes, se propuso, con un interés que nunca le agradeceré bastante, estimularme en mis aficiones literarias, como hace constantemente, y de vez en cuando me remitía un paquete de libros y otro de periódicos. En una de las remesas vinieron las obras completas de Racine en dos tomos imponentes, á dos columnas de letra microscópica: ver yo aquello y entrarme verdadero pánico, fué una misma cosa, sobre todo al leer su carta, en la que me decía: «Espero tu opinión sobre Racine: aunque hoy tenga poco interés, merece leerse; las tragedias, etc., etc.» Yo, que había procurado con docilidad perfecta ir leyendo algo de lo que me enviaba, al llegar á este punto pensé que aquello no iba conmigo, y me quedé estancado en Racine hasta hoy...* * Ganivet no ha tenido propiamente juventud. Creo que desde que tiene uso de razón ha pasado los días peregrineando por los libros y por mundos imaginarios. Este tesón para el estudio en días en que nadie estudia, es sobre toda ponderación digno de encomio.
Todo el problema de nuestra decadencia na- 5i cional consiste, á mi ver, en que naáie estudia una palabra. Se quiere recoger sin labrar. Y como no se cultiva el espíritu, todo es miseria, miseria moral y de bolsillo.
Hace algún tiempo que la prensa de París, en el afán de los interview y de la información, realizó una muy interesante, que fué explorar el estado intelectual y moral de la juventud al final del siglo. Fueron consultados no pocos jóvenes auténticos de los que por allí empiezan á asomar la cabeza eñ el mundo de las letras y en los demás mundos, y resultaron las opiniones más peregrinas, los juicios más chocantes y las más contradictorias ideas, y ninguna muy halagüeña. Unos dijeron que la juventud estaba corrompida hasta la médula, otros que era completamente escéptica ó del todo materialista, y no pocos que, hastiada del progreso, volvía los ojos al pasado, ó que estaba inñuída por el simbolismo, el misticismo, el neurosismo y todos los ismoz imaginables. La cuestión, como todo lo parisién, Aa//rf eco en Madrid, y Ze¿/a, Clarín^ Cavia y algunos más publicaron sendos artículos, muy bordados de ingeniosidades y discretas razones. Resultado: que nuestra juventud aparecía en crisis de ideales, sin pizca de entusiasmos 5» 5» por nada, falta de moralidad, y gastando en las malas artes de la política ó del foro la poca 6 mucha sindéresis que había heredado de la generación moribunda. Sin embargo, ciertos de estos escritores apuntaban indicios de regeneración, atribuyendo el espíritu decaído de los jó-" venes á ser la nuestra época de transición, en que las ideas dominantes han perdido su crédito y las nuevas no se han cliajado. Zeda decía en su elocuente artículo: «Ciertamente el espirita práctico, lan extendido en nuestro tiempo, agosta prematuramente las ilusiones juveniles. Lo vemos claramente en todo: en el joven que se lanza á la política, tan falto de abnegación y patriotismo, como sobrado de ambiciones y codicia; en el aspirante á literato, que, en vez de dar grave empleo á su talento, lisonjea los gustos del vulgo, adulándole con librejos insulsos ó farsas indecentes; en el abogado recién salido de las aulas, que apetece^ más que las victorias del foro, el salario de la oficina; en el candidato á profesor, que anda á caza de influencias y no en busca de conocimientos; en el condottiero del periodismo, que combate hoy lo que ayer defendía; en la tropa de vividores, cuyo ideal se reduce á conquistai: la dote de uña rica heredera ó el favor de un suegro minhtrable,» Y venía á concluir diciendo: «¡Quién sabe! Vivimos en una especie de invierno: la vista se fatiga contemplando por todas partes agotamiento, esterilidad y tristeza; mas debajo de ese hielo se agitan gérmenes fecundos...Confiemos en el porvenir. Y nosotros, los que vivimos entre una sociedad que acaba y otra que quiere nacer, no pongamos obstáculos á la generación nueva: facilitémosle sus caminos; abrámosle todas las puertas, y busquemos en ella lo que ya no puede darnos la generación <]ue se extingue.»
También publicó otro trabajo interesante, acerca de la juventud intelectual española, I>on Miguel de Unamuno, de quien ya hemos hablado.
El cuadro de Unamuno es completamente obscuro. Madrid para él es un Sahara del pensamiento, donde se agita una juventud estéril y envejecida, caracterizada por la ideofobtUy el horror á las ideas.
Lo peor de estos juicios pesimistas es que son verdaderos; si bien estos respetables escritora se limitan á consignar el hecho, prescindiendo 5í» de determinar bien su causa, y mucho menos de señalar el remedio, ó sea la profilaxis y curación de la enfermedad. Pues ya atenúan lo amargo con dulces y eclécticas palabras, comohizo Zedüy y ya, como ahora Unamuno, poseídos del vértigo iconaclasta, la emprenden á cintarazos con los jóvenes del día, como D. Quijote con los muñecos de maese Pedro.
La verdad es que, sin ser llorones Ermeguncios, da grima de ver lo que hacen en España los jóvenes. La mitad de ellos estudian para abogados, y la otra mitad...no estudian. Aquí,, desde que se hace la primera matrícula, se está pensando en la credencial. De cien jóvenes quizás no habrá uno que ame el estudio por saber^ sino por cobrar; no se consulta la vocación,. sino la boca; muchos eligen la carrera militar porque se cobra en seguida, y la de abogada porque tiene más colocaciones. Sólo en Granada salieron en Junio setenta abogados: poniendo* otro tanto en las diez Universidades que tenemos, son setecientos inútiles anuales, que han de vivir á costa del prójimo, con rumbo de señoritos.
Luego todo son quejas y lamentos: los periódicos ponen el grito en el cielo; todo es imprevisión y desaciertos, inmoralidad y decadencia, y de todo, al cabo, le echan la culpa al Gobierno, olvidando, como dijo Donoso Cortés, que «cada país tiene el Gobierno que merece;» y nosotros merecemos por nuestra desaplicación estar hincados de rodillas y con el cartel de burro á la espalda.
.1c * Me he extendido demasiado, abusando tal vez del honroso encargo de encabezar esta edición de las Cartas finlandesas, con alguna explicación que fuera testimonio del afecto que sus amigos profesan al autor.
Por lo que me haya excedido, pido mil perdones á los que me designaron para esta grata misión; pero no quiero terminar sin hacer una salvedad. En lo que haya en mis desaliñadas lineas de simpatía por nuestro paisano, supongo, con sobradísima, razón, que han de estar conformes todos los que han contribuido á costear los gastos de la presente obra; en lo demás que este prólogo contiene de observaciones críticas y de juicios personales, cúmpleme declarar, aunque se cae de su peso, que aquellos señores no se hacen solidarios de ellas, y cada cual pensará de Ganivet y de sus libros lo que mejor le pareciere. Esta aclaración siempre en su lugar es aquí necesaria, pues la sinceridad me fuerza á decir que las obras de Ganivet son muy discutibles y discutidas, y que ni su personalidad literaria ni sus ideas están formadas: de aquí que algunos esperen de él lo que tal vez no haya de dar, dejándolos, á pesar de las esperanzas fundadas en sus méritos, completamente desilusionados; de aquí que en tanto que algunos, por las ideas que apunta en sus libros, lo crean completamente extraviado y como un escritor peligroso que va desbocado y ciego por muy malos caminos, otros, fundados también en ideas de sus libros, crean que va por camino real.
Lo que sí parece indudable es que en las ideas de Ganivet no se ha verificado todavía ese trabajo de integración, de unidad, que hay derecho á exigir siempre en quien trate de influir en la opinión.
Su obra más completa, bajo este punto de vista, y por lo mismo más inteligible, es Granada la bella; en el Idearium, como ya dijimos, el caudal de ideas es abundantísimo, produciendo su contraste alguna obscuridad; las Cartas finlandesas y los Hombres del Norte, que se están publicando, son vibrantes estudios de|Cr{líca: si alguna vez asoma un pensamiento disonante ó burlón, es en seguida neutralizado con otros amables y profundos; en sus poesías francesas y en algunas castellanas, insertas en el Libro de Granada, aparece una nota nueva y diferente de la de sus libros: la nota amorosa, íntima, con dejos de postración espiritual, de esa soñadora melancolía, que hoy llaman misticismo; en su importante novela La conquista del reino de Maya, y quizás en Los trabajos, nos presenta un tipo sombrío é indescifrable, dominado por ideas irreligiosas y antihumanitarias, y lo que es peor aún, mezcladas con una filosofía anárquica y transcendental, que por lo que tienen de serio y por presentarlas como creaciones espirituales de algo que pertenece al porvenir, producen pavura y desconsuelo.
En suma: de los varios matices de Ganivet y de sus ideas contradictorias, sentiríamos que siguiera los rumbos de la novela amazacotada y exótica, impregnada de ideas panteístas ó de pesimista estoicismo, tal vez recogido en lecturas cosmopolitas, en las literaturas patológicas del Norte, en escritores locos como el alemán Feír derico Nietzscheó el belga Ma!:rice Maeterlinck, cuyo esplritualismo nihilista disloca el pensamiento y ahoga el corazón; nos parecería que se perdía, que se alejaba espiritualmente de nosotros, de nuestro cielo riente con el color de la esperanza, de nuestra tierra que guarda en su seno fogosidad bastante para dar calor maternal á todos los gérmenes fecundos de nuestras ideas y creencias, que si no tienen el virtuoso atavía de la novedad, poseen el luminoso atractivo de las supremas afirmaciones. ' En la crítica literaria, en la vulgarización de los conocimientos acaparados en lecturas y viajes, en su ingenio granadino discurriendo chispeante sobre cuestiones sociales y artísticas, en el amor tan puro á su patria que revela en el Idearium, en el noble apostolado de combatir la ignorancia y la inmoralidad, en novelas sin transcendencia exótica, en arte sano, en fin, tendrá nuestro paisano y querido amigo campo abonado á sus trabajos, elaborado en un cerebro español, aromatizado con las delicadas armonías de hijo intelectual de Granada.
Nicolás María López. Granada, Julio de 189S.
Después de celebrar como se merece el cosmopolitismo de los granadinos, 1»1 corresponsal declara sus propósitos.
Varios amigos míos granadinos, miembros de la tan ilustre como desconocida Cof radia det Avellano^ me han escrito pidiéndome noticias de estos apartados países, en la creencia de que las tales noticias, aparte de los atractivos con que yo pudiera engalanarlas, tendrían de fijo uñó muy esencial, el de ser /rescas; porque la imaginación meridional, reforzada por el desconocimiento, no ya meridional, sino universa^ que de este rincón del mundo se tiene, concibe á su antojo cuadros boreales, en que figuran los hombres enterrados debajo de la nieve y saliendo de vez en cuando para respirar al aire libre y fumar un cigarro en agradable conversación con los renos, los osos y las focas.
No soy yo hombre capaz de negarme á satisfacer los deseos de mis amigos, singiilarmente 6o cuando lo que me piden es razonable y poco trabajoso; así es que me decidí á escribir varias •cartas, hablando á cada uno de los peticionarios de lo que más pudiera interesarle y gustarle, y abrazando en conjunto desde la constitución geológica, etnográfica y política, artes, cocina ó indumentaria, hasta los procedimientos que se emplean para encender el fuego y hacer las camas. Pero después, pensándolo mejor, caí en la cuenta de que no era jpsto reservar en beneficio de unos pocos un trabajo que, malo ó bueno, había de contener tantas noticias nuevas y curiosas, y formé el propósito de callarme hasta el día i.<* de Octubre, que es el de la apertura de los centros docentes, y ese día abrir mi cátedra como el más pintado, y explicar un curso libre por medio de cartas dirigidas en particular á mis amigos, y en general á todo el que quisiera matricularse en la administración de El Defensor de Granada, Ese día es el de hoy, y lo que pensé va á convertirse en hecho visible y palpable.
El procedimiento es un tanto revolucionario; pero los usos no nacieron todos á la vez: el mundo es una Universidad donde hay cátedras y bancos de sobra, y lo que falta son maestros y discípulos: yo no soy maestro, lo reconozco; pero en caso de apuro puedo ejercer de suplente, auxiliar ó supernumerario, no tan mal como muchos que he conocido en mi vida estudiantil, dicho sea sin ofensa de nadie. Y por lo que hace 6i á mis discípulos, lo serán muy á gusto, aunque por culpa mía con escaso provecho, todos los granadinos de buena casta, los cuales son por naturaleza cosmopolitas y muy aficionados á conocer países extranjeros. He notado que, en los años juveniles, á todos nosotros se nos mete en el cuerpo, juntamente con los primeros sobresaltos eróticos, una pasión violenta por conocer nuevas gentes y nuevos climas, sin duda para sacudir el yugo del amor y de las prosaicas complicaciones que acarrea. Y si muchos, casi todos se mueren sin haber logrado más que dar una escapadita á Málaga para ver lo que es el mar,, recaiga toda la culpa sobre el mal servicio de ferrocarriles y sobre la «crisis por que atraviesan las tres fuerzas vivas del país: la agricultura, la industria y el comercio.»
Hallábame yo un día paseándome por el Grao de Valencia, y se me ocurrió entrar en cierto burdel á mano derecha yendo hacia el puerto, para saborear la legítima paella valenciana, que á la puerta estaba anunciada' en un cartelillo tan sucio como falto de ortografía; y una vez, dentro de aquel tugurio ó cuadra, y en posesión de mi apetecido plato de paella, de. exquisita paella, vi que en el centro del comedor, entre las mesas, comenzaba á perorar un hombre joven y simpático, que de frente parecía un tribuno y de perfil un banderillero, á causa de lo largo de sus brazos y de lo desmedrado de su chaqueta; y lo que me llenó de admiración fué oirle hablar de Granada, de la grandeza mayestática de nuestra Sierra, de la hermosura de nuestra Vega y de la umbrosidad apacible de los bosques de la Alhambra. Todos los comensales, que eran muchos, estaban suspensos y como colgados de la palabra del orador, y entre los platos y las bocas, las cucharas hacían varias estaciones. Yo no quise interrumpir tan bella disertación, por no cortar los vuelos á mi paisano (más que paisano, puesto que luego declaró ser nativo del Campo del Príncipe y, por lo tanto, greñudo auténtico), quien, dicho sea entre paréntesis, se despachaba Á su gusto, es decir, que entre cada dos verdades metía un embuste como una piedra de molino; pero pensaba que si las manos del disertante no denunciaran su oficio de sombrerero, cualquiera le tomaría por un bardo popular, famélico y errabundo, inspirado por la musa granadina, ingrata doncella que se hace amar á fuerza de desdenes.