SigPhi · Angel Ganivet

Granada la bella

Spanish

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- so cruzar la Carrera de Genil desde el Campillo á la Puerta Real: todo el mun-— do echa por las callejuelas de la espalda. Transformemos éstas en otra calle: ancha, y tendremos que ir por la calle de Navas; demos á esta calle la anchu-— ra de la plaza del Carmen hasta unir esta plaza con la de los Campos, y se— rá preciso dar la vuelta por la calle de la Colcha. Habrá tres «grandes arterias» para incomunicar dos extremos de la población. No es esto decir que no podamos tener calles anchas y plazas anchísimas: ahí están el Salón, la Carrera. y el Triunfo, sino que el ensanche de: una calle ó plaza exige un abundantísimoarbolado. Uno de los parajes más pin-. torescos de Granada es la parte descu--bierta del Darro: si para facilitar la cir--culación se continuara la bóveda hasta. el extremo de la Carrera, se Ccausarían muchos daños sin ninguna seria com— pensación. El río suple allí con ventaja. la falta de árboles, y siendo grande la. distancia entre las casas, el efecto es como si la calle fuera estrecha. Con el embovedado la calle sería más ancha, perdería su frescura y su gracia, vendría á ser como una prolongación de la calle de E Ñ E Ñ Méndez Nuñez, vulgar en sí y ridícula en relación con las calles tortuosas, obscuras, que hasta ella descienden. Yo conozco muchas ciudades atravesadas por ríos grandes y pequeños: desde el Sena, el Támesis ó el Sprée, hasta el humilde y sediento Manzanares; pero no he visto ríos cubiertos como nues— tro aurífero Darro, y afirmoque el que concibió la idea de embovedarlo la concibió de noche: en una noche funesta para nuestra ciudad. El miedo fué siempre mal consejero, y ese embovedado fué hijo del miedo á un peligro, que no nos hemos quitado aún de encima. En todas partes se mira como un don precioso la fortuna de tener un río á mano; se le aprovecha para romper la monotonía de una ciudad: si dificulta el tráfico, se construyen puentes de trecho en trecho, cuyos pretiles son decorados gratuitamente por el comercio ambu-= lante, en particular por las floristas; y si amenaza cos sus inundaciones, se tra— baja. para regularizar su curso; pero la idea de tapar un río no se le ha ocurrido á nadie más que á nosotros, y se nos ha ocurrido, parecerá paradoja, por la manía de imitar, que nos consume desde hace una porción de años.

En el antiguo estado de guerra perma- 40 | nente, las ciudades vivían oprimidas dentro de sus murallas; en nuestro tiempo la guerra es un fenómeno pasajero, y el progreso del arte militar ha hecho inútiles esos medios de defensa, sustituidos hoy por fuertes estratégicos Ó por cam-— pos atrincherados; las ciudades derribaron sus viejas fortificaciones, como los guerreros soltaron sus pesadas armadu-— ras, y nació la idea del ensanche impulsada con mayor ó menor fuerza según el desarrollo de las poblaciones, según el grado de fecundidad de las mujeres. Las primeras ciudades que pusieron la idea.

en ejecución, fueron las que más castigadas habían sido por la guerra. La planicie que más se presta en Europa para los ejercicios bélicos es la comprendida entre el Rhin y el Sena; apenas se da por allí un paso sin tropezar con el re— cuerdo de una batalla: allí dimos nos— otros, entre mil, las de San Quintín y Rocroy; Europa contra Napoleón la de Waterlóo; Alemania contra Francia la de Sedán. Mons fué en nuestro tiempo la llave de Europa; Namur nos lo tomó en persona Luis XIV, dando ocasión al buen Boileau para que compusiera una oda, que los mismos franceses citan comose ejemplo de ridiculez; en Amberes sos— - tuvimos un sitio famoso en los fastos de la guerra. Brujas, cuna del arte gótico; Gante, patria de Carlos V; Ipres, foco del jansenismo, uno de los esfuerzos más vigorosos realizados en Francia para crear la Iglesia nacional; Dismude, famosa por su excelente manteca; Audenarde, un embrión de ciudad gótica, ahogado en flor; Malinas, corte y segunda patria de la insigne Margarita de Austria, la negociadora de la paz de Cambray, hoy ciudad sacerdotal, austera, donde recuerdo haber encontrado hombres del pueblo con cara de obispos: todas estas ciudades fueron centros de guerra, y en todas ellas se nota ese primer movimiento de expansión, á veces no proseguido, para estirarse libremente después de años y siglos de postura violenta é incómoda.

Esta idea del ensanche pudo muy bien mantenerse en los límites del buen gusto, con sólo acomodarse á las condicio— nes de cada una de las ciudades que se trataba de ensanchar; pero no tardó en complicarse con otra idea nueva, que para abreviar bautizaré con el nombre de americanismo. Los colonos que iban á América á establecerse, podían instalarse allí sin atender á tradiciones que. no existían; y como su deseo era ir de 42.

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prisa, fundaron la ciudad exclusivamente útil y prosáica. Á veces, una companía de ferrocarriles crea, á modo de estaciones, núcleos de población, que en unos cuantos años, como Chicago ó Minneápolis, son capitales de un millón ó medio de almas. Más bien que capitales son aglomeraciones de «buildings,» ó estaciones de ferrocarril prolongadas en todos sentidos. o Esta ramplonería arquitectónica vino -á Europa de rechazo y fué del gusto de: los hombres de negocios, de los mangoneadores de terrenos y solares, y de los fabricantes de casas baratas; cundió el amor á la línea recta, y llegó el momento de que los hombres no pudieran dormir tranquilos mientras su calle no estuviera tirada á cordel. Donde las condiciones de las ciudades exigían estos ensanches, la sacrificada fué la estética, y donde los ensanches no estaban justificados, se procuró al mismo tiempoafear las poblaciones y hacerlas inhabitables. En el momento actual existe en Europa una fuerte reacción contra el mal gusto, y todas las ciudades que tienen tradiciones artísticas se esfuerzan por mil medios para sostenerlas y no caer en el montón anónimo. En España estamos aún con la piqueta al hombro, y si los municipios tuvieran fondos bastantes para pagar las expropiaciones, habría que dormir al raso. Madrid tuvo sus ensanches, y Barcelona el suyo, y Valencia y Bilbao...¿Quién no? Y lo curioso es la sinceridad con que muchos creen que la cosa es digna de admiración. Yo he ido á Málaga, y un hijo de la ciudad _me ha llevado, antes que á ninguna parte, á ver la calle de Larios. Cuando lo que es tan vulgar nos parece tan extra— ño, ¿qué prueba más clara de que no está en armonía con nuestro modo de ser?

A Granada llegó la epidemia del. en— sanche, y como no había razón para que - nos ensancháramos, porque teníamos nuestros ensanches naturales en el ba— rrio de San Lázaro, Albaicín y Camino de Huétor, y más bien nos sobraba población, concebimos la idea famosa de ensancharnos por el centro y el proyecto diabólico de destruir la ciudad, para que el núcleo ideal de ella tuviera que refugiarse en el Albaicín. Y con el pretexto de que al Darro se le habían «hinchado alguna vez las narices,» acorda— mos poner sobre él una gran vía. Y la pusimos.

A AA NO: HAY QUE ENSANCHARSE Conociendo la sutileza que el abuso del agua da al ingenio de los granadinos, no ha de extrañarme que alguno me diga que en realidad nuestras veraniegas ciudades han tenido algo y mucho que padecer á causa de los ensanches; pero que por fortuna existe un recurso eficaz contra el exceso de sol, de luz y de calor: el tdldo. Ensanchémonos, pues, y entoldémonos. —Contra un pueblo que renuncia á ver el agua que corre á sus ples y el cielo que tiene sobre sus cabezas, no queda más recurso que echarse á llorar.. Y, sin embargo, yo voy á ver si le toco en la cuerda sensible.

La idea de agrandar una cosa no debe ser artificial, sino impuesta por la fuerza de los hechos. Un sastre os va agrandando vuestros trajes conforme vais creciendo ó engordando; si se anticipa un año siquiera y os deja espacio para el buche antes de que le tengáis, salís hechos unos payasos. Un pueblo movién-— dose marca él mismo el trazado de una ciudad, y rompe él mismo cuando es preciso el trazado de una ciudad. Los arquitectos deben estudiar mucha psicología:. si abren grandes calles y para unir es— tas calles una gran plaza, y la gente no «va por allí,» en vez de embellecer una ciudad han metido en ella un cemente— rio, y han contribuido á que se arruínen muchos que creen que cuanto más ancha es la calle, el negocio es mayor y más seguro. ¿Cuál ha sido el éxito de las varias tentativas que se hicieron para descen= tralizar el comercio de Granada, sacándolo de los diversos puntos en que está localizado y quitando al Zacatín su reconocida supremacía? ¿Por qué tenemos nosotros en muy buenos sitios «casas de mala suerte?»

La vida social de Granada es todavía muy moruna. Nuestra mujer no es mujer de lujo, de calle ó de salón. Su colección de trajes no es muy complicada, ni tiene muchas ocasiones para lucirlos. En el ajuar de una novia de la clase media (no hablo de las señoritas modernizadas, porque el equipo de éstas no forma parte del ajuar, sino que se llama «trous—. Stau»), los vestidos se cuentan por los dedos de la mano, y casi nunca se pasa del primer dedo, y las camisas y enaguas se cuentan por docenas, y no se acaba nun-: ca. Nuestra mujer ama con amor entrañable la ropa blanca. Así es que cuando tiene que salir á compras, ya sea por que los trajes no abundan, ya porque no tiene ganas de emperejilarse, sale casi siempre de «trapillo» y huye de las tiendas de relumbrón.

Y luego esta mujer está amaestrada por su madre en la ciencia de darle cien vueltas á.un duro y en el arte del regateo, y necesita, antes de comprar una vara de cretona, ver todo el súrtido de cretonas de muchas tiendas donde vendan cretonas, para volver á casa con la conciencia tranquila. Por eso las tiendas de un mismo artículo ó análogo deben es-— tar reunidas en un «pie de pava,» donde sea fácil recorrerlas en poco tiempo, y los que saben apreciar sus intereses no las abren en sitios que, aunque sean muy céntricos, estén apartados del foco de la guerra.

Hasta aquí, resulta comprometido el interés individual; veamos el interés colectivo. No hace mucho tiempo, los filántropos idearon con excelente intención algo nuevo: las ciudades obreras, y para construir casas baratas tuvieron que irse - á las afueras de las poblaciones. Hoy el movimiento se ha parado en firme, por— que se ha visto que el único resultado conseguido era poner frente á frente dos centros de combate.' El pobre se contenta con ser pobre, siempre que no se le eche fuera. Un hecho que noté el mismo día de mi llegada á la capital de Finlandia, me hizo formar un juicio favorable, ampliamente confirmado, después, -del sentido político de los finlandeses, y me explica por qué aquí: no hay ladrones ni asesinos. Vais á tal número de tal ca— lle, y halláis que el mismo número está sobre dos puertas múy próximas de la misma casa, aun de casas muy suntuo— sas: una puerta da entrada, por lujosísima escalera, á habitaciones de gente rica; otra da acceso á un patio Ó corralón, con diversas escaleras, que conducen á cuartos pobres. En un mismo edi -ficio, bajo el mismo techo, está el palacio junto á la casa de vecinos; no hay barrios ricos y barrios pobres: en cual--quiera de los nueve de la población se puede vivir sin desentonar, A una demostración más patente se llega si se pone en parangón las dos primeras ciudades de Europa: Londres y París. Londres es una ciudad irregular, confusa, en la que lo pequeño y lo feo an- 49 da revuelto con lo bello y lo monumental. Toda la fuerza de los ingleses reside en su respeto á Jo que existe, malo ó bueno: crean mucho y destruyen poco; zutcen mucho y fuerte; sus leyes y sus ciudades carecen de simetría, pero no son artificiales. De donde resulta que en una - aglomeración monstruosa de más de cinco millones y medio de habitantes, entre los que ha de haber muchos desconten-— tos, no existe jamás un peligro serio para el orden, una turbulencia que haya de ser reprimida por la fuerza de las armas. En París la evolución ha obedecido á un criterio radical. La ciudad es armónica, y vese flotar sobre toda ella un mismo espíritu, un espíritu absorbente, mode-— lador, que cuanto Coge en sus garras, personas y cosas, las transforma en breve tiempo en parisienses; pero las clases han quedado separadas, y las más pobres “han ido corriéndose del centro á la periferia, hasta dar con sus huesos en los bulevares exteriores, centros de la pobretería y de la invisible hampa social, que en los momentos de peligro saca la cabeza y hace una de las suyas. Quizás esas guaridas de la miseria sean el factor más importante de la historia moderna de Francia.

La apertura de grandes calles en sus- “titución de calles pequeñas, trae consigo un encarecimiento artificial de la vida, una penalidad más agregada á las mu— chas penalidades que, por nuestra des— gracia, llevamos ya á cuestas. Si allí donde vivían dos mil pobres edificamos casas que éstos no pueden continuar habitando, dicho se está que se les obliga á huir de aquel centro; y si la operación “se repite varias veces, se llega, como sl se le diera vueltas á la población dentro de un tamiz, á la separación de clases.

En cualquiera ciudad esa separación es peligrosa; pero en Granada es asunto de vida ó muerte. Porque nosotros no peleamos sólo por ideas, sino que peleamos también por pan, y contra esta clase de luchas no se:conoce más recurso que impedirlas á tiempo, pues cuando estallan todas las artes de la política son impotentes para dominarlas. Nuestros combates en pro de las ideas no son muy feroces: yo no he visto ninguno, y sólo recuerdo por referencia el famoso ata-— que del barro, que terminó en retirada angustiosísima por el mal estado de las carreteras. En trabajos de fortificación, el más audaz fué el emplazamiento en el Cerro Gordo, frente á San Cristóbal, del cañón «Barba Azul,» que no sólo no llegó á disparar, sino que ni siquiera lo -<argaroa, bien que este último punto no haya sido aún suficientemente aclarado por los cronistas. En cambio, una revolución de ¡pan á ocho! servía para la. <omputación cronológica. Estas revolu- «ciones han sido nuestras olimpiadas. Hoy, con el sistema decimal, el pue-— blo ha perdido la cuenta: sabe que come poco y caro; pero no acierta á formular su antiguo grito de guerra ¡pan á ocho! en el equivalente ¡kilo á veintiséis cén— timos! En lo antiguo, el pan era caro en pasando de ocho cuartos la hogaza me-— jor Óó peor pesada; se sufría refunfuñan— do los nueve y diez cuartos; se insultaba al panadero al llegar á los once ó doce, -y en subiendo de ese punto, venía la revolución. De los barrios extremos y de los pueblos del llano, dos ó tres leguas á la redonda, esas gentes que, cuando nos visitó Edmundo de Amicis, no se habían enterado de la llegada de Amadeo, y ahora quizás no sepan que se ha muerto Alfonso XII, caían sobre la ciudad pi- “diendo pan y tomando todo lo que en— <ontraban. Todos armados: los unos con estacas, con tijeras de esquilar, con hoces, hachas, rejones, paletas de atizar la fragua, martillos, almocafrones, pique— _tas, calderas, sartenes, badilas y almireces, instrumentos de guerra y música; los otros, los peores, los de las armas más peligrosas, embozados en sus capotes, prendas de abrigo que en Granada son armas de combate, por lo mismo que no se va á matar, sino á recoger. Á re— coger digo, y no á robar, aunque esto parecería lo propio, porque el pueblo amotinado, al suprimir el principio de autoridad, cree de buena fe que funda un estado de derecho—estado fugaz, pero estado al fin—en el que todas las cosas se convierten en cosas «nullius,» como si -_volviéramos al sistema hebreo del año sabático. En tal situación todos recogen lo que pueden, y los de los capotes son los que recogen más. | Este género de revolución, ¿ha desaparecido para siempre? Por lo pronto, bue- -no será ser prudentes y no reforzar más las hordas extranjeras; no creemos alrededor de Granada un círculo cerrado de miseria que algún día nos ahogue. El amor al pan sigue en pie, quizás. más desordenado que nunca, y mientras la causa subsista no hay que cantar vic— toria.

VI - NUESTRO CARÁCTER Para que se.vea lo que son las cosas de esta vida, y cómo en ella lo chico está fundido y compenetrado con lo grande: una cuestión tan prosáica como la del alcantarillado, me llevó á descubrir un rasgo típico nuestro: la devoción al agua; y un tema tan manoseado como el de los ensanches, me condujo á hablar de otro rasgo no menos granadino: el amor al pan; y el uno y el otro me llevan como de la mano al centro de nuestras almas, donde se encuentra el eje de nuestra vida secular y el secreto de nuestra historia. Un pueblo que concentra todo su entu— siasmo en el pan y en el agua, debe de ser un pueblo de ayunantes, de ascetas, de místicos. Y así es, en efecto: lo mís— tico es lo español, y los granadinos so— mos los más místicos de todos los espa— ñoles, por nuestro abolengo cristiano y S4 más aún por nuestro abolengo arábigo.

España fué cristiana quizás antes de- Cristo, como lo atestigua nuestro gran Séneca, El cristianismo nos vino comoanillo al dedo, y nos tomó para no de-— jarnos jamás; después de muchos siglos hay aún en España cristianos primitivos,. y la mendicidad continúa siendo un modo permanente de vivir, una profesión de las más seguidas. Si la mitad de nuestra nación fuese muy rica y pudie-. se dar mucho, la otra mitad se dedicaría á pedir limosna. Asi, en aquella época de ventura en que nos venía «oro de América,» España fué simbolizada por un paisano nuestro, Hurtado de Mendoza, en dos tipos sorprendentes de El Lazarillo de Tormes: el Lazarillo es la mendicidad plebeya y desvergonzada; y aquel hidalgo que se enorgullece del finotemple de su espada y de sus solares imaginados, que sueña grandezas y se nutre—como en broma—de los mendrugos que recoge su criado, es la noble: mendicidad. Yo veo en esas creaciones dos figuras más grandes, las mayores del. arte patrio: D. Quijote y Sancho Panza.

Pero el cristianismo, al españolizarse, al tomar carta de naturaleza en nuestro suelo, quedó sometido á nuestros vaive— nes históricos, y de su lucha con el ára— e == - - be salió aún más acrisolado, más puro. En los países del Norte degeneró en la concepción fría, razonada, seca, protestante: influencias del clima. En el Sur, se adornó con las pompas brillantes de - una liturgia deslumbradora; y en España, además de esto, se remontó hacia su verdadero centro: el misticismo. Y esto, parecerá atrevida la afirmación, se lo debemos á los árabes. Porque el misticismo no es más que la sensualidad refrenada por la virtud y por la miseria. Dadme un hombre sensual, apasionado, vicioso y corrompido; infundámosle el sentimiento doloroso, cristiano, de la vida, de tal suerte que la tome en desprecio y se aparte de ella: he aquí al místico hecho y derecho; no el místico de cartón que el vulgo concibe, sino el de carne y hueso, el que llega á genio y á santo. La gran fe acompaña á las gran-«des pasiones, y muchos grandes místicos han salido de jóvenes desordenados y calaveras. La rociada de sensualismo que los africanos arrojaron sobre España, fué la primera materia que, como abejas, transformamos en misticismo con nuestro espíritu cristiano. Compárese con este delicadísimo trabujo de asimilación, la copia grosera de cosas extra-— ñas con que nos adornamos hoy, como se adornaba con sus reliquias el asno de la fábula.

Nuestro misticismo tiene tan hondas raíces, que no damos paso en la vida sin que nos acompañe: cuantas particularidades nos caracterizan arrancan de él; nuestras ideas sobre la familia, sobre las relaciones sociales, sobre la política y administración, sobre industria y comercio, se fundan en él. Se dice que so— mos refractarios á la asociación, y de hecho cuantas Sociedades fundamos naufragan al poco tiempo, y, sin embargo, somos el país de las comunidades religlosas. ¿Cómo explicar esta contradicción? Fijándonos en que esas comunidades se proponen ligar á los hombres para libertarles de la esclavitud de la necesidad material. La asociación es el medio de ser"libres, y el capital el instru— mento de la libertad. Ante el ideal, la jerarquía es menos opresora; la autoridad no es pesada para el que se somete con humildad. Pero si la asociación es fundada con fines utilitarios, para conciliar encontrados apetitos, y los bienes materiales no son ya el medio, sino el centro de gravedad, el imán que atrae todas las miradas, notamos á seguida el roce del mecanismo autoritario, nuestro espíritu independiente se subleva y cada - == —— — — cual tira por su lado. Comprendemos y practicamos la comunidad de bienes con un fin ideal; pero no sabemos asociar capitales para hacerlos prosperar. Nos re-. belamos contra toda autoridad y orga—- nización, y luego voluntariamente nos despojamos de nuestra personalidad civil y aceptamos la más dura esclavitud.

Voy á citar un hecho que patentiza cómo las sociedades que nosotros formamos con algún objeto útil, se disuelven por asco recíproco de sus miembros. Estando yo en Madrid, fué fundada una asociación de doctores y licenciados en hlosofía y letras—una de tantas, pues han sido muchas—para defender los intereses de nuestra respetable clase, y con la secreta aspiración de dar el asalto al Presupuesto, por la puerta falsa para mayor comodidad. Aquellos hombres no eran cabezas ni corazones: eran bocas y estómagos; allí no había ideas, sino ape— titos. Los que más alto pensaban, pen— saban asegurar un sueldo de seis ú ocho mil reales para contraer justas (y rápidas) nupcias. Aquella asociación duró una semana, porque quiso el azar que fuese yo el designado para presidirla, y me dí tal maña para disolverla, que á los pocos días:no quedaban ni los rabos. ¿Hay cosa más triste que una reunión de sabios, impotentes para ganarse el sustento? - | Hace algunos años se avivó en Gra-— nada la comezón de los negocios—que en tiempos normales no pasan de la ca— tegoría de fantásticas combinaciones, — y se llegó á dar vida á algunos de ellos. Nuestra tendencia constante es montar— los en pequeña escala para asegurar el pan de cada día, y esa tendencia quizás es la mejor, porque así, mal que bien, se deja hueco para” que todos vivan; pero como no es posible que nos mantengamos aislados; como hay que hacer frente á la competencia de fuera, las empresas han de subir de punto, hay que «obrar en grande,» hay que salir de la rutina. -Y, sin embargo, es tan insuperable la fuerza con que nuestro carácter rige todos nuestros propósitos, que, en lo nuevo | como en lo viejo, somos siempre lo mis— | mo. Antes hacíamos las cosas en peque=- - ño y con ánimo de que duraran; ahora las hacemos en grande «para dar un buen ' golpe» y «endosarle á otro el muerto.»

No concebiremos jamás el negocio en serio, á la manera inglesa, y cuanto hagamos será transitorio, de aluvión. Nuestra fuerza está en nuestro ideal con nuestra pobreza, no en la riqueza sin ideales. Hoy que los ideales andan dando tumbos, nos agarramos al negocio para agarrarnos á álguna parte; pero nuestro instinto nos tira de los pies, y así «va-: mos naufragando.» Curiosa manera de ir.

¿Es que nos falta aptitud para la explotación de la riqueza? ¿Es que nos fal-: ta capacidad para el cultivo de las cien— cias aplicadas? No nos falta: nos sobra, que viene á ser lo mismo que si nos faltara. No existe ciencia española, dice alguna eminencia oficial. “Tenemos sabios sueltos; pero no hemos podido for= mar un cuerpo de doctrina. Por lo cua) somos tributarios del extranjero en todos aquellos ramos que derivan de las cien— cias de aplicación. No hemos inventado ninguna máquina notable, ni hemos tropezado con ningún astro nuevo, ni siquiera hemos descubierto ningún importante microbio, ó al menos el virus para acabar con él, Es verdad; pero hemos tenido fe y valor, hemos descubier-— to y conquistado tierras, hemos peleado en todas las partes del globo; y para reposarnos en la paz hemos creado la alta sabiduría mística, y para distraernos un arte de elevada concepción, y para enar— decernos las corridas de toros. Quien * una vez se remontó á las regiones idea— les, ¿cómo queréis que se entretenga después en examinar y clasificar las circun— voluciones del cerebro? Al que la sangre le pide pelea, ¿cómo le "exigiréis el sa— crificio de pasar las horas muertas mi-— rando por un telescopio los cambios que ocurren en las manchas solares? Existe una ciencia española, precisamente por— que no es como las demás. Nuestra ciencia está en nuestra mística hasta tal punto, que cuando algún sabio español, como Servet ó Raimundo Lulio, ha hecho un descubrimiento, le ha hecho incidentalmente en una obra de discusión teológica ó filosófica, porque nuestra naturaleza repugnó siempre la ciencia de segundo orden, que ahora ha venido á ocupar el primer lugar. Hoy mismo creo yo que los hombres de ciencia que en. España la cultivan con criterio moder— no, lo hacen á disgusto, por punto de honor, cansados ya de ser desconocidos Ó menospreciados, siendo, como es, tan fácil conseguir nombradía con sólo to— mar los rumbos que están á la moda. Pero quizás muchos de ellos emplean los nuevos procedimientos para engañar al público, y continúan pensando con su cabeza todo eso que después nos ofrecen como descubierto tras experimentos prolijos. Hay que precaverse contra ese y otros engaños. Yo he asistido á algunos congresos internacionales, y lo celebro, a 61 porque así podré dar un consejo á mis “lectores: no crean en los progresos que se dice han de traer esos órganos de la ciencia. De cuatro sesiones que celebre un congreso, la primera se dedica á pelear por los puestos de las mesas. Yo he oído á un congresista español lamentarse de que á España, es decir, á él, no le hubiesen dado más representación que una cuarta secretaría; y lodigo para que conste que hay ya españoles que se descuernan por ser secretarios cuartos de | una mesa. La segunda sesión se dedica á distribuirse el trabajo. La tercera á discutir el lugar donde se ha dé celebrar la próxima reunión del congreso. Por fin, en la cuarta se habla algo del asunto; pero resulta que la mitad de los congresistas no saben nada de la materia, y han tomado la reunión como: pretexto para viajar de balde, y que la otra mitad se expresa en varias lenguas, pues no todos aceptan el francés, y no pueden entenderse; por lo cual se decide que el conoci» miento del asunto quede pendiente hasta tanto que los trabajos sean impresos. Y como no se da el caso de que nadie los lea después, resulta, en resumidas cuen- . tas, una pérdida considerable de tiempo y de dinero, que podrían ser mejor empleados.

Para entretener mis ocios estoy escribiendo un libro que trata de algo parecido á esto de que ahora hablo: de la eonstitución ideal de la raza española. Al componerlo podría haber empleado el siste— ima moderno: me hubiera dirigido á:to-— dos y cada uno de los españoles; les hubiera tomado las medidas; los hubiera clasificado, como se clasifica á los criminales según Bertillon, y hubiera dedu— cido el tipo medio de núestra raza. Algo me hubiera facilitado el trabajo dirigir una circular á todos los sastres y sombrereros de España, pidiéndoles las medidas de sus clientes. Después hubiera compuesto un formidable volumen, que nadie hubiera leído, pero que, como justa compensación, quizás fuera traducido 4 una ó varias lenguas, y me abriera las puertas de alguna. Academia. Yo renun— cio tanto honor, y empleo los viejos re-Cursos: viajo por todas partes, y pongo en ejercicio á la buena de Dios nie cinco sentidos. Ver, oir, oler, gustar y aun - palpar, esto es, vivir, es mi exclusivo procedimiento; después esas sensacio— nes se arreglan entre sí ellas solas, y de ellas salen las ideas; luego con esas ideas compongo un libro pequeño que, sin gran molestia, puedan leer una docena de amigos; y de ahí no pasa la cosa.

PA A A PA A A En buen hora que se estudie y enseñe - cuanto las necesidades vayan exigiendo.: Necesitamos maquinistas, electricistas, obreros mecánicos; créense escuelas, y tengamos todos aquellos órganos útiles para la vida colectiva; pero que el organismo principal, con su viejo carácter,. quede en pie; que la introducción de una cosa nueva no lleve consigo la destrucción de una vieja. No hay que destruir nada; lo que no sirve ya, se cae sin que le empujen. En España se han creado cátedras de gimnasia á expensas del latín; pronto se crearán escuelas de tele fonistas á expensas de la Facultad de Filosofía. Si un maquinista llega á descubrir una nueva válvula de seguridad, cerramos la mitad de las Universidades; - y si cualquier desocupado por casualidad—que de otro modo no puede ser— descubre la dirección de los globos, nos dedicamos todos á volatineros, creamos una Escuela de Aeronautas en el Monasterio del Escorial y escribimos de una vez el Finis Hispania.

VII NUESTRO ARTE VII NUESTRO ARTE Una cosa es tener artistas y otra tener arte. En Granada suele creerse, con la mejor intención, que son artistas gra— nadinos cuantos artistas han nacido en nuestra ciudad ó en su provincia. Una partida de nacimiento resuelve de plano la cuestión. Al contribuir una ciudad al desarrollo artístico de la nación de que forma parte, hay, sin embargo, que ver si lo que da son hombres ó artistas; porque hombres en todas partes se crían, mientras que entendimientos modelados ya y con el temple necesario para las altas concepciones, salen de muy pocas. La ciudad tiene funciones políticas y administrativas que todo el mundo conoce; pero tiene también otra misión más importante, porque toca á lo ideal, que es la de iniciar á sus hombres en el se— creto de su propio espíritu, si es que tiene espíritu. Cuando yo hablo, pues,- de arte granadino, no es para oponerlo ridículamente al arte español, ni para separarlo siquiera, sino para señalar el matiz queen éste representamos y para fijar mejor el carácter de nuestra ciudad.

No tengo fe en un arte exclusivamente..

local, ni tampoco en los artistas que se forman en el aire. Un hombre, hasta . cierto tiempo, necesita nutrirse «en su tierra,» como las plantas; pero después no debe encerrarse en la contemplación de la vida local, porque entonces cuanto cree quedará aprisionado en un círculo.

tan estrecho como su contemplación.

- No es esto decir que un arte demasiado general y un arte exclusivamente local sean inútiles: inútil no hay nada en el mundo. El arte local sirve para formar núcleos; muchos grandes no serían grandes sin el calor que les prestaron los pequeños; si algún artista genial quisiera iniciarnos con franqueza en el misterio de la evolución de su espíritu, sa— -_bríamos que el primer arranque, la primera' llamarada, los sintió viendo un cuadro, leyendo una poesía, oyendo una composición musical, que eran muy malos en el fondo ó muy pobres por la forma, pero que contenían eso que yo he llamado el espíritu de una ciudad ó de un país. Después de todo, nuestro espí- 67. xitu es muy pequeño, y solos no podría— mós casi nada. ¿Quién sabe si los genios: no son más que grandes «ladrones de espíritu,» seres afortunados que por azar se han puesto en un sitio donde soplaba el alma invisible, y han servido de con-— «luctores de las “corrientes espirituales que brotaban de ese alma, que es el alma «<omún de los humildes? Así hay tam-— bién genios de la guerra á costa de la sangre de los que pelean, y hombres cargados de millones á costa del sudor de los que trabajan.

Por el contrario, un arte demasiado general, esto es, un arte abstracto, de gabinete, formado entre libros y modelos, es un regulador sin el cual se caería bien pronto en el amaneramiento. Entre esas dos fuerzas, la una que empuja hacia. arriba y la otra que abate los ánimos del que intenta ser demasiado original, queda espacio bastante para que los más grandes hombres se muevan con soltura; y si alguno es tan fuerte que rompe y agranda los moldes, tanto mejor.

Más bien que de arte, de lo que yo trato aquí es de tendencias artísticas. Ni es fácil, ni viene á cuento sintetizar la historia de nuestro arte: para eso están los libros; pero es importante conocer cuál, entré varias direcciones, es la mejor, (para economizar fuerzas. Así, por ejemplo, hemos tenido nuestro grupo de clásicos y nuestro grupo de románticos, y no falta quien haya creído estar en lo firme cultivando la poesía oriental. Entre esos tanteos $e ha perdido gran parte de nuestra energía, sin llegar á nada grande y definitivo. Los que siguieron las corrientes venidas de fuera, tuvieron que violentar su natural para adaptarse; y los que se remontaron al orientalismo, en vez de dar un paso adelante dieron un salto atrás. Los que, afanosos de originalidad, se rebelan contra el espíritu que en su tiempo y en su medio domina, se cortan á sí mismos las alas, por lo ya dicho de que lo mejor no lo hacemos nosotros, sino que lo encontramos hecho ya.

El arte oriental no puede ser grana— dino, porque nosotros no somos orientales; lo arábigo se hizo místico, y un arte: exclusivamente descriptivo, sensual, por muy brillante y suntuoso que sea, no nos satisface. El artista español que por su temperamento seacercó másá lo arábigo y sufrió con más intensidad la influencia de nuestro ambiente, Fortuny, no se limitó á recoger formas exteriores, sino que las vivificó con un fondo psicológico que él con su arte personal les inf£undía. Zorrilla fué más lejos, y en su poema oriental de Granada concibió la estupenda idea, no realizada del todo, de la metamorfosis de Alhamar. A los que no ven en el gran poema más que un alarde de fantasía al modo arábigo, les cuego que se fijen en el «pensamiento oculto» del poeta. A primera vista, resalta el intento de fundir en una sola las dos epopeyas cristiana y africana, y más adentro se encuentra la labor de fusión ametafísica y religiosa de los tenaces y esforzados caballeros que tan bravamente lucharon siglo tras siglo. Y si llega— mos á nuestro gran Alarcón, que ya no es un artista influído por nosotros, sino formado entre nosotros desde los pies hasta la cabeza, vemos en él creados por. su esfuerzo personal exclusivo los mis— sos modelos de lo que debe ser nuestro arte: El sombrero de tres picos es un es— tudio psicológico bordado en un cua— dro de la naturaleza, y La Alpujarra es un poema natural y religioso, que será una epopeya en prosa cuando los espa— ñoles olviden escribir el castellano, esto €s, muy pronto.