Mientras en España no existan hábitos intelectuales y se corra el riesgo de que las ideas más nobles se desvirtúen y conviertan en armas de sectario, hay que ser prudentes. La sincerids^d no obliga á decirlo todo, sino á que lo que se dice sea lo que se piensa. Por esto encuentra usted obscuros mis conceptos en materia de religión; no sería así si yo hubiera puesto en mi libro una idea que se me ocurrió y que suprimí, porque si no era picuda por completo, tampoco era redonda del todo: era algo esquinada la infeliz, y lo sigue siendo. Esta idea «s la de adaptar el catolicismo á nuestro territorio para ser cristianos españoles. Pero bastaría apuntar la idea para que «e pensara á seguida en iglesias disidentes, religión nacional, jansenismo y demás lugares del repertorio; y nada se adelantaría con 4ecir que lo uno nada tiene que ver con lo otro, porque al decirlo por adelantado se daría pie para que pensaran peor aún. Sin embargo, en ülosofía dije claramente que era útil rompet la unidad, y en religión llegué á decir que, en cuanto en el cristianismo cabe ser original, España había creado el.cristianismo más original.
Lo más permanente en un país es $| espíritu del territorio. £1 hecho más transcendental de nuestra historia es el que se atribuye á Hércules citando vino, y de un porr^tzo nos separa de África; y este hecho no está comprobado por documentos fehacientes. Todo cuanto viene de fuera á un país ha][de acomodarse al espíritu del territorio si quiere ejercer una influencia real.
Este criterio no es particularista: ai contrarío, es universal, puesto que si existe un medio de conseguir la verdadera fraternidad humana, éste no es el de unir á los hombres debajo de organizaciones artificiosas, sino el de afirmar la personalidad de cada uno y enlazar las ideas diferentes por la concordia y las opuestas por la tolerancia. Tpdo lo que no sea esto es tiranía: tiranía material que rebaja al hombre á la condiciÓD de esclavo, y tiranía ideal que le convierte en hipócrita. Mejor es qué usted y yo tengamos ideas distintas, que no que yo acepte las de usted por pereza 6 por ignorancia; mejor es que en España haya quince ó veinte núcleos intelec- ' tuales, Sí se quiere antagónicos, que no que la nación sea uti desierto y la capi- 4al atraiga á sf las fuers^s nacionales, ax:aso para anularlas, y mejor es que cada país conciba el cristianismo con su espíritu propio, así como lo expresa en su propia lengua, que no que se someta á una norma convencional. No debe satisfacernos la unidad exterior: debemos buscar la unidad fecunda, la que resume aspectos origínales de una misiva realidad.
Esto parecerá vago; pero tiene multitud de aplicaciones prácticas, de las que citaré algunas para precisar más la idea* £1 socialismo tiene en España adeptos •que propagan éstas ó aquellas doctrinas de éste ó aquel apóstol de la escuela. ¿No hay acaso en España tradición so- <:ialista? ¿No es posible tener un socialismo español? Porque pudiera ocurrir, como ocurre en efecto, que en las antiguas comunidades religiosas y civiles de España estuviera ya realizado mucho ■de lo que hoy se presenta como última novedad. Creo, pues, más útiles y sensatos los estudios del Sr. Costa, de quien usted hablaba con justo elogio, que los discursos de muchos propagandistas que aspiran á reformar á España sin conocerla bien.
En filosofía asistimos ahora á la rehabilitación de la escolástica, en su principal representación: la tomista. El movimiento comenzó en Italia, y de allí ha venido á España, como si España no tuviera su propia filosofía. Se dirá que nuestros grandes escritores místicos no* ofrecen un cuerpo de doctrina tan regular, según la pedagogía clásica, como el tomismo; quizás sea éste más útil paralas artes de la controversia y para ganar puestos por oposición. Pero ni sería ta» difícil formar ese cuerpo de doctrina, ni se debe pensar en los detalles, cuando k. lo que se debe atender es á lo espiritual, íntimo, subjetivo y aun artística de nuestra filosofía, cuyo principal mérito está acaso en que carece de organización doctrinal.
Aun en los más altos conceptos de lá religión creo que es posible marcar el genio de cada pueblo, aun en los dogmas. Usted me hace notar la confusión dogmática que parece desprenderse de la primera idea de mi libro: antes que usted me lo dijeron otros amigos, y antes que el libro se imprimiera alguie» me aconsejó que la suprimiera; y yo estuve casi tentado de hacerlo, más que por el error que en ella pudiera verse,, ipor no dar á algún lector una mala im— presión en las primeras lineas. Y, sin embargo, no la suprimí. ¿Por testarudez? — se pensará. — No fué sino porque veía en esa idea una idea muy española. El dogma de la Inmaculada Concepción se refiere, es cierto, al pecado original; pero al borrar este último pecado da á entender la suma pureza y santidad. El dogma literal se presta además á esa amplia interpretación, porque las palabras «concebida sin mancha> dicen al alma del pueblo dos cosas: que la Virgen fué concebida sin mancha, y que es concebida sin mancha eternamente por el espíritu humano. Hay el hecho de la Concepción real, y el fenómeno de la concepción ideal por el hombre de una Mujer que, no obstante haber vivido vida humana, se vio libre de la mancha que la materia imprime á los hombres. Preguntemos uno á uno á todos los españoles, y veremos que la Purísima es siempre la Virgen ideal, cuyo símbolo en el arte son las Concepciones de Mu -rillo. El pueblo español ve en ese misterio, no sólo el de la concepción y el de la virginidad, sino el misterio de toda una vida. Hay un dogma escrito inmutable, y otro vivo, creado por el genio popular.
También los pueblos tienen sus dogmas, expresiones seculares de su espíritu.
t lll Desea usted que el cristianismo impere por la paz; y como usted no es un filántropo rutinario de los que tanto abundan, sino un verdadero pensador, habla á seguida de despaganizar á Europa, porque sabe que la guerra tiene su raíz en el paganismo. Sus ideas de usted son comparables á las que Tolstoi expuso en su manifiesto titulado Le non agir, aunque Tolstoi, no contento con •combatir la guerra, combate el progreso industrial y hasta el trabajo que no sea indispensable para lás necesidades perentorias del vivir. Para que la organización social cambie, han de cambiar antes las ideas, ha de operarse la meta--nota evangélica, y para esto es preciso trabajar poco y meditar bastante y amar mucho. La lucha por el progreso y por la riqueza es tan peligrosa como la lucha por el territorio. Vea usted si no^ amigo Unamuno, el desencanto que se están llevando los que creían que el porvenir estaba en América. En unas cuantas semanas se ha despertado el atavismo europeo; la riqueza acumulada por los negociantes se transforma en armas de guerra, y aparece ésta en condiciones que, en Europa misma, serían impracticables. Porque en Europa no se usan ya guerras repentinas, ni se suele acudir á las armas antes de agotar todos los medios pacíficos, ni practicar ciertos procedimientos que hoy se emplean en nuestro daño. América tendrá ejércitos como Europa, y disfrutará de los goces inefables de las guerras territoriales y de raza; en vez de hacer algo nuevo, copiará á Europa y la copiará mal; y los hombres insignificantes que han derrochado estúpidamente las buenas tradiciones de su nación, serán glorificados por la plebe.
La raza indo-europea ha ejercida siempre su hegemonía en el mundo por medio de la fuerza. Desde los ejércitos descritos por Homero hasta los descritos hoy por la prensa periódica, son tantas las metamorfosis que ha sufrido el soldado ario, que se pierde ya la cuenta* Unías veces han atacado en forma de cuña y otras en forma rectangular, y nosotros hemos descubierto últimamente el sistema de pelear boca arriba, como los gatos. Los europeos dicen que dominan por sus ideas; pero esto es falso. La idea en que se ampara la fuerza de Europa es el cristianismo, una idea de paz y de amor, que por esto no pudo nacer entre nosotros. Nació en el pueblo judaico^ que fué siempre enemigo de combatir y se pasó la vida huyendo de sus enemigos ó subyugado por ellos; porque en los momentos de peligro, en vez de aparecer en el seno de este pueblo grandes generales, organizadores de la victoria^ aparecían profetas que se ponían de parte del enemigo, considerándolo como á un enviado de Dios. El precepto evangélico de no resistir al mal, es constitutivo del espíritu judaico.* Por esto los europeos no lo han comprendido aún, ni menos practicado. Somos paganos de origen, y de vez en cuando la sangre nos turba el corazón y se nos sube á la cabeza. Vea usted sí no, por vía de ejemplo, lo que ocurre en el arte. El cristianismo creó su arte propio, cuyo dogma se puede decir que era el resplandor del espíritu, así como el del paganismo era el resplandor de la forma. Yo he visto en los Países Bajos centenares de obras inspiradas por el cristianismo puro, y he visto cómo aquellos artistas, que tan torpemente creaban obras tan sublimes, se encaminaron á Italia, cuando en Italia apareció el Renacimiento: me hacen pensar en tristes ayunantes que, después de comer espinacas durante el periodo cuaresmal, se relamen de gusto viendo un buen tasajo de carne ó un pavo relleno. Puesto entre las dos artes, prefiero el cristianismo porque es más espiritual; pero me seduce también el arte pagano, y me seducen aún más las obras de aquellos ar« tistas españoles que acertaron como nin^ gunos á infundir el espíritu cristianó en la forma clásica. Esto parecerá eclecticismo; pero el eclecticismo está en nuestra constitución y en nuestra historia.
En España se ha batallado siglos enteros para fundir en una concepción nacional las ideas que han ido imperando en nuestro suelo, y á poco que se ahonde se descubre aún la hilaza. En Granada, por ejemplo, no hay artísticamente puro nada más que lo arábigo, y aun debajo de esto suele hallarse la traza del arte romano. Lo que viene después tiene siempre dos caras, una cristiana y otra clásica, como en las esculturas de nuestro insuperable Alonso Cano, ó una cristiana y otra oriental, como en el poema admirable de Zorrilla. La primera habla al espíritu; la segunda á los sentidos,, que también son algo para el hombre. La esencia es siempre mística, porque lo místico es lo permanente en España; pero el ropaje es vario, por ser varia y multiforme nuestra cultura. Todo lomas á que puede aspirarse es á que el sentimiento cristiano sea cada día más el al* ma de nuestras obras.
Así como hay hombres que viven una vida casi material y hombres que colocan el centro de su vida en el espíritu, dando al cuerpo sólo lo indispensable, así hay naciones que continúan aún aferradas á la lucha brutal, y naciones que espiritualizan la lucha y se esfuerzan por conseguir el triunfo ideal. Pero no hay cerebro ni corazón que se sostengan en el aire; ni hay idealismo que subsista sin apoyarse en el esqueleto de Ip. realidad, que es, en último término, la fuerza. El hombre está organizado autoritariamente (aun cuando el centro no funcione), y todas sus creaciones son hechas á su imagen y semejanza: desde la familia hasta la agrupación innominada, que forma el concierto de las naciones, Europa ha representado siempre el centro unificador y director de la Humanidad, y esto ha podido lograrlo solamente ejerciendo violencia en los demás pueblos. Hay quien sueña, como usted, en el aniquilamíento de ese eterno régimen, y en que un día impere en el mundo, por su pura virtualidad, el ideal cristiano. ¿Por qué no soñar y entusiasmarse soñando en tan admirable anarquía?
IV IV Quien haya leído sus artículos y lea ahora los míos, creerá seguramente que somos dos ideólogos sin pizca de sentido práctico, cuando con tanta frescura nos ponemos á hablar de los caracteres constitutivos de nuestra nación, sin parar mientes en los desastres que llueven sobre ella. Tanto valdría, se pensará, ponerse á meditar sobre las mareas en el momento crítico de un naufragio, cuando sólo queda tiempo para encomendarse á Dios antes de irse al fondo. Na obstante, la tempestad pasa y las mareas siguen; y quién sabe si una misma razón no explicaría ambos fenómenos. Las ideologías explican los hechos vulgares, y si en España no se hace caso de los ideólogos es porque éstos han dado en la manía de empolvarse y engomarse, de «academizarse, > en una palabra, y no se atreven á hablar claro por no desentonar, pi á hablar de los asuntos del día por no caer en lugares comunes. Sin duda ignoran que Platón cortó el hilo de uno de sus más hermosos diálogos para explicar cómo se quita el hipo, y que Homero no desdeñó cantar en versos de arte mayor cómo se asa un buey. Se puede ser correcto y hasta clásico explicando cómo se pierden las colonias.
Nosotros descubrimos y conquistamos por casualidad, con carabelas inventadas por los portugueses, llevando por hélice la fe y por caldera de vapor el viento que soplaba. Y al cabo de cuatro siglos nos hallamos con que en nuestros barcos no hay fe ni velas donde empuje el viento, sino maquinarias que casi siempre están inservibles. La invención del vapor fué un golpe mortal para nuestro poder. Hasta hace poco ni sabíamos construir un buque de guerra, y hasta hace poquísimo nuestros maquinistas -eran extranjeros. Al fin hemos vencido «estas dificultades; pero tropezamos con otra: los buques necesitan combustible, y nosotros somos incapaces de concebir una estación de carbón. No tenemos alma, aunque se dice que somos desalmados, para incomodar á nadie metiéndole en su casa una carbonera, como hacen los ingleses, por ejemplo, en Gibraltar. Cuando perdamos nuestros dominios se nos podrá decir: aquí vinieron ustedes á evangelizar y á cometer desafueros; pero no se nos dirá: aquí venían ustedes á tomar carbón. Demos por vencida también la falta de estaciones propias para nuestros buques, y aún faltará algo importantísimo: dinero para costear las escuadras, el cual ha de ganarse explotando esas colonias que se trata de defender. Porque sería más que tonto comprar una escuadra formidable ■en el extranjero para enviarla á Filipinas, ó asegurar el negocio que allí hacen los mismos extranjeros. Más lógico es dejarse derrotar «heroicamente. > Acaso la batalla más discretamente perdida^ entre todas las de nuestra historia, sea esa batalla de Cavite, que usted, compañero Unamuno, comparaba en tono humorístico con la de Víllalar.
No basta adaptar un órgano: hay que adaptar todo el organismo. En España sólo hay dos soluciones racionales para el porvenir: someternos. en absoluto.1 las exigencias de la vida europea, ó retirarnos en absoluto también y trabajar para que se forme en nuestro suelo Una concepción original, capaz de sostener la lucha contra las ideas corrientes, ya que nuestras actuales ideas sirvan sólo para hundirnos, á pesar de nuestra inútil resistencia. Yo rechazo todo lo que sea sumisión y tenga fe en la virtud creadora de nuestra tierra. Mas para crear es necesario que la nación, como el hombre, se recojan y mediten, y España ha de reconcentrar todas sus fuerzas y abandonar el campo de la lucha estéril^ en el que hoy combate por un imposible, con armas compradas al enemigo. Nos ocurre como al aristócrata arruinalOI <io que trata de restaurar su casa sola-friega, hipotecándola á un usurero.
Nuestra colonización ha sido casi novelesca. La mayoría de la nación ha ignorado siempre la situación geográfica de sus dominios; le ha ocurrido como á Sancho Panza, que nunca supo dónde «estaba la ínsula Baratarla, ni por dónde se iba á ella, ni por dónde se venía, lo cual no le impidió dictar preceptos notables que, si los hubieran cumplido, hubieran dejado tamañitas á nuestras famosas Leyes de Indias, á las que tamj>oco se dio el debido cumplimiento, por lo mismo que eran demasiado buenas. Pero nadie nos quita el gusto de haberlas dado, para demostrar al mundo que si no supimos gobe^rnar, no fué por falta de leyes, sino porque nuestros gobernados fueron torpes y desagradecidos.
Detrás de la antigua aristocracia vino la del progreso. El pueblo que antes pertenecía á un gran señor y era administrado por un mayordomo de manga ancha, cayó en las garras de un usurero; y el pueblo inocente que creía llegada una era de prosperidades, trabaja más y gana más y come lo mismo ó menos; y si algún infeliz se atreve á coger un brazado de leña en el monte, que antes estaba abierto para todos, no tarda ei> ser cogido por un guarda y enviado unos cuantos años á presidio. Este es el porvenir que le aguarda á nuestra poblacióa colonial, que cree candidamente que han de venir gentes más activas á enriquecerla. Pero nada se gana con predicar á estas alturas. La humanidad, ella, sabrá por qué, se ha dedicado a los negocios, y ahí está la causa de nuestra decadencia. Nosotros no tenemos capital para emprenderlos, ni gran habilidad tampoco, y si emprendemos alguno nos olvidamos, por falta de espíritu previsor, de apoyarlo bien para que no fracase. Hay en Europa naciones que sostienen artificialmente con los productos que exportan varios millones de habitantes, que el suelo no podría nutrir; en España no llegan quizás á un millón los que viven de la exportación á Ultramar,, y esos están hoy amenazados, y tal vez.
io3 io3 se vean pronto obligados á buscar el pan en la emigración. Hemos podido ingeniarnos para conseguir la inciependencia económica, impuesta por nuestro carácter territorial, y dejándonos de libros de caballerías, atenernos á nuestro suelo^ cuyas fuerzas naturales bastan para sostener una población mayor que la actual.
Así se hubiera evitado la guerra, porque esta guerra que se dice sostenida por honor es también, y acaso más, lucha por la existencia. La pérdida de las colonias sería para España un descenso en su rango como nación; casi todos sus organisnjos oficiales se verían disminuidos, y lo que es más sensible^ la población disminuiría también á causa de la crisis de algunas provincias. Se puede afirmar que todos los intereses tradicionales y actuales de España salen heridos de la refriega; los únicos intereses que salen incólumes son los de la España del porvenir, á los que, al contrario, conviene que la caída no se prolongue más; que no sigamos eternamente en el aire, con la cabeza para abajo, sino que toquemos tierra alguna vez.
Este gran problema que nos ha planteado la fatalidad, ha sido embrollado adrede por falta de valor para presentarlo ante España en sus términos brutales, escuetos, que serían: ¿quiere ser una nación modesta y ordenada y ver emigrar á muchos de sus hijos por falta de trabajo, ó ser una nación pretenciosa ó flatulenta y ver morir á muchos de sus hijos en el campo de batalla y en el hospital? ¿Qué cree usted, amigo Unamuno, que hubiera contestado España?
Usted, amigo Unamuno,. que es cristiano sincero, resolverá la cuestión radicalmente con virtiendo á España en una nación cristiana, no en la forma, ^ino en la esencia, como no lo ha sido ninguna nación en el mundo. Por eso acudía usted al admirable simbolismo •del QuijotCy y expresaba la creencia de que el ingenioso hidalgo recobrará muy ^n breve la razón y se morirá, arrepentido de sus locuras. Esta es también mi idea, aunque yo no doy la curación por tan inmediata. España es una nación absurda y metafísicamente imposible, y el absurdo es su nervio y su principal sostén. Su cordura será la señal de su acabamiento. Pero donde usted ve á Doa io6 Quijote volver vencido por el caballera de la Blanca Luna, yo lo veo volver apaleado por los desalmados yangüeses, con quien topó por su mala ventura.
Quiero decir con esto que Don Quijote hizo tres salidas, y que España no ha hecho más que una y aún le faltan dos para sanar y morir. El idealismo de Don Quijote era tan exaltado, que la primera vez que salió en busca de aventuras se olvidó de llevar dinero y hasta ropa blanca para mudarse; los consejos del ventero influyeron en su ánimo, bien que vinieran de tan indocto personaje, y le hicieron volver pies atrás. Creyóse que el buen hidalgo, molido y escarmentado, no tornarla á las andadas, y por sí ó por no, su familia y amigosacudieron á diversos expedientes para apartarle de sus desvarios, incluso el de murar y tapiar el aposento donde estaban los libros condenados; mas Don Quijote, muy solapadamente, tomaba mientras tanto á Sancho Panza de escudero^ y vendiendo una cosa y empeñando otra^ y malbaratándolas todas, reunía una cantidad razonable para hacer su segunda salida más sobre seguro que la. primera.
Este es el cuento de España. Vuelve ahora de su primera escapatoria para preparar la segunda; y aunque muchos españoles creamos de buena fe que se lo* hemos de quitar de la cabeza, no adelantaremos nada. Y acaso sería más prudente ayudar á los preparativos de viaje, ya que. no hay medio de evitarlo. Yo decía también que convendría cerrar todas las puertas para que España, no se escape, y sin embargo, contra mi deseo, dejo una entornada, la de África, pensando en el porvenir. Hemos de trabajar, sí, para tener un período histórico español puro; mas la fuerza ideal y material que durante él adquiramos verá usted cómo se va por esa puerta del Sur, que aún seduce y atrae al espíritu nacional. No pienso al hablar así en Marruecos; pienso en toda África, y na en conquistas ni protectorados, que esta es de sobra conocido y viejo, sino en algo original, que no está al alcance cierio8 lamente de nuestros actuales políticos. Y en esta nueva serie de aventuras ten- ■dremos un escudero, y ese escudero será -el árabe.
Se me dirá que el África está ya repartida como pan bendito; pero también estuvo repartido el mundo ó poco menos 'entre España y Portugal, y ya ve usted é, dónde hemos llegado. En nuestros •días hemos visto aparecer varias doctrinas flamantes, como la de Monroe y la <le la protección de interés, la de la ocupación efectiva y la del arrendamiento. Europa se arrienda á China en diversos lotes y se reparte el África, porque no estaba ocupado efectivamente. Y á esto no hay nada que objetar: si la propíe- <lad privada se pierde por el abandono <ie la misma, ¿por qué no ha de perder una. nación sus derechos soberanos sobre territorios que nominalmente se atribuye? Lo único que se puede decir es que ahora tampoco es efectiva la ocupación, y que lo que se llama esfera de influencia o hinterland es, con nombre diverso, la misma soberanía nominal, hoy desusa-* da. No sé si usted es amante del Derecho, amigo Unamuno, y si se disgustara, porque le diga que el Derecho es una mujerzuela flaca y tornadiza que se deja seducir por quien quiera que sepa sonar bien las espuelas y arrastrar el sable. Si España tuviera fuerzas para trabajar en África, yo, que soy un quídam,, me comprometería á inventar media docena de teorías nuevas para que nos quedáramos legal mente con cuanto se nos antojara.
Ahora y antes el único factor efectivo que en África existe, aparte de los indígenas, es el árabe, porque es el que vive de asiento, el que tiene aptitud para, aclimatarse y para entenderse con la raza negra de un modo más natural que el que emplean los misioneros, que introducen, según la frase de usted, él fetichismo pseudo- cristiano. El árabe habilitado y gobernado por un espíritu superior sería un auxiliar eficaz, el única para levantar á las razas africanas si» violentar su idiosincrasia. Los árabes, dispersos por el África están obscurecíno -dos y anulados en la apariencia por los europeos, porque éstos no saben entenderse con ellos; nosotros sí sabríamos. Actualmente la empresa es disparatada, pues sin contar nuestra falta de dineros y camisas^ el antagonismo religioso lo echaría todo á perder. Pero ¿quién sabe io que dirá el porvenir? ¡Utopia! ¿No le agradan á usted las utopias? <Sí, me agradan, me contestará usted; pero esa pasa de la marca: yo hablo en pro de la paz, y usted nos arma para nuevas guerras.» Si usted me dice que hay que despaganizar á Europa y destruir en ella los gérmenes de agresión, yo estoy con usted, porque el deseo es generoso y noble. Pero mientras la forma de la vida europea sea la agresión, y se proclame moribundas á las naciones que no atacan y aun se piensa en descuartizarlas y repartírselas, la paz en una sola nación sería más peligrosa que la guerra. La nación más cristiana, por temperamento, ha sido la judaica, y tiene que vivir, como quien dice, con los trastos á cuestas. Así, pues, España, encerrada en su te- III III rritorio, aplicada á la restauración de sus fuerzas decaídas, tiene por necesidad que soñar en nuevas aventuras; de lo contrario, el amor á la vida evangélica nos llevaría en breve á tener que alzarnos en armas para defender nuestros hogares contra la invasión extranjera. El espíritu territorial independiente movió á las regiones españolas á buscar auxilio fuera de España, y ese mismo espíritu, indestructible, obligará á la nación unida á buscar un apoyo en su continente africano para mantener ante Europa nuestra personalidad y nuestra independencia.
JUN 8 - 1915 librería general de VICTORIANO SÜÁREZ Preciados, 48— MADRID Alarcón (Pedro).— Diario de uq testigo de la gaerra de África. Tercera edición. Dos tomos en 8.®, 8 pesetas.
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Besteiros.— La Psicofísica: Madrid, 4897* Un tomo en 8.®, 2,50 pesetas.
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Bobadilla (Emilio), Fray Caneíi/.— Fiebres: Madrid, 4889. Un tomo en 8.% 2 pesetas.
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— Vórtice. Poesías, Carta-prólogo de José María de Heredia: Madrid, 4902. Un tomo en 8.^, 3 pesetas.
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Bug^allal y Araiyo (Isidoro). — Suiza española. — Paseando por Galicia: Madrid, 4903. Un tomo en 8.^, 2 pesetas.
LIBRBnÍA GENERAL DE VICTORIANO SUj(eSZ 3 Cabezón (E.)— Coplas alegres. Un tomo en 8.°, 2 pesetas. Calderón Arana. —Moví miento novísimo de la filosofía natural en España. 2 pesetas. Gampoamor (Ríimón).— Los pequeños poemas. Contienen: — El tren expreso. —La novia y el nido. — Los grandes problemas.— Dulces cadenas. Un tomo, 4 peseta.
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Dante. — La Divina Comedia. Un tomo en 8.®, i pesetas.
— Bl lafíerno. Traducción de Bartolomé Mitre. Composiciones de Goroillier y grabados al aguafuerte por Abot. — La Divina Comedia. Juicios críticos sobre el ensayo de traducción del Infierno del Dante, por Bartolomé Mitre: Buenos Aires, 1891. Dos tomos en 4.^, 40 pesetas. Oanvila (Alfonso).— Luisa Isabel de Orleans y Luis I (historia): Madrid, 4003. Un tomo en 8.^ 3,50 pesetas.
— Don Cristóbal de Moura, primer Marqués de Castel-Rodrigo, 4038-46Í3: Madrid, 4000. Un tomo en 4.®, 20 pesetas.
— Lully Arjooa (novela): Madrid, 1004. Un tomo en 8.**, 3,50 pesetas.
— La conquista de la elegancia (novela): Madrid, 4901. Un tomo en 8.°, 3,50 pesetas.
— Odio (novelas cortas): Madrid, 4 903. Un tomo en 8.**, 3,50.
— Cuentos de Infantas (novela): Madrid, 4905. Un tomo en 8.°, 3,50 pesetas.
— Nina la loca. Comedia en tres actos y en prosa: Madrid, 4903. 2 pesetas. Dickens.— La voz del campanario. En 46. o, 0,50 pesetas.
LIBREBIA GENERAL DB VICTORIANO SUARBZ 5 Dickens.— Almacén de antigüedades. Tradacción directa del inglés, bajo la dirección de José de Caso y Blanco: Madrid, 4886. Dos tomos en 8.^, 6 pesetas.
— Cuentos escogidos. 4 peseta.
Duque de Bivas— Discursos, cartas y otros escritos-. Madrid, 1903. Un tomo en 8.^, 4 pesetas.
— Nuevos cuadros de la fantasía y de la vida real: Madrid, 4 903. Uq tomo en 8.**, 2,50 pesetas. Pernando de Gabriel y Bulz de Apodaca.— Poesías: Madrid, 4 884. Un tomo en 8.**, 4 pesetas. Ferrer del Rio.— Galería de la Literatura española, con los retratos de Quintana, Lista, Gallego, Toreno y Martínez de la Rosa. Un tomo en 4.°, 8 pesetas.
— Álbum literario español. Esta obra comprende una colección de artículos y poesías de nuestros más célebres escritores contemporáneos, y forma la segunda parte de la Galería de la Literatura española. 4 pesetas.
Fiesta española (La). —Álbum del toreo, con 24 láminas que representan desde el encierro basta el arrastre del toro por las muías, t pesetas.
Prontaura.— Galería de matrimonio. Dos tomos con 258 grabados, 7 pesetas.
Funes (Enrique).— Declamación española (La). Bosquejo histórico -crítico: Sevilla, 4893. Un tomo en 4.°, 5 pesetas.
— Segismundo. Estudio crítico, 4 899. En 8.®, 2 pesetas.
— Don Alvaro ó la fuerza del sino. Estudio crítico, 4 899. En 8.°, 4,50 pesetas.
— Kl mejor juez, la conciencia. Monólogo en prosa, 4903.
4 peseta. Ganivet (Ángel).— Idearium Español. (Segunda edición.) Uo tomo en 8.**, 2 pesetas.
— La conquista del Reino de Naya, por el último conquistador español Pío Cid. Un tomo en 8.° mayor, 3 pesetas.
— Los trabajos del infatigable creador Pío Cid. Dos tomos en 8.° mayor, 6 pesetas.
6 LIBRBRÍA GENERAL DE VICTORIANO SüXreZ Ganivet (Aogel).— Epistolario. Prólogo de F, Navarro y Ledesma. Un tomo^ 3,50 pesetas.
— £1 escultor de su alma. Drama místico en tres actos. S pesetas.
— Granada la bella. Un tomo en 8.°, 4,50 pesetas.
— Hombres del Norte.— El porvenir de España. Un tomo, 4,50 pesetas.
Garcés.— Fundamento del vigor y elegancia de la lengua castellana, expuesto en el propio vario uso de sus par> tículas: Madrid, 4 886. Un tomo en 4.*, 40 pesetas.
Grenlis.— Las veladas de la Quinta. Dos tomos en 8.^. con grabados, 4 pesetas.
Giner (F.), Profesor en la Universidad de Madrid y en la Institución libre de Enseñanza.— La persona social. Estudios y fragmentos: Madrid, 4899. Un tomo en 4.®, 5 pesetas.
Gómez de Arteche (José).— Nieblas de la historia patria. Segunda serie. — El Marqués de Torrecusso.- Un proyecto estupendo.— El alcalde de Olivar: Madrid, 4j870, Un tomo en 46.°, 2 pesetas.
Groizar*— Cuentos y leyendas. 4,50 pesetas.
Guichot y Sierra (Alejandro).— La montaña de los ángeles. Monografía histórico-crítica, descriptiva, expositiva, en narrativa, critica, democrática: Sevilla, 4896. Un tomo^4.°, 2 pesetas.