SigPhi · Jaime Balmes

Cartas a un escéptico en materia de religión

Spanish

Page 15 of 18

que tanto Ie desagrada a usted, es la consecuencia natural de la unión de caridad que enlaza a los fieles de la vida presente con los que han pasado a la futura. Para condenar esta comunicación, es necesario condenar antes a la caridad misma, y negar el dogma sublime y consolador de la comunión de los Santos. Extraho es que, cuando se habla tanto de filantropia y fraternidad, no sean dignamente admiradas la belleza y ternura que se encierran en el dogma de la Iglesia. Se pondera la necesidad de que todos los hombres vivan como hermanos, ^y se rechaza esa fraternidad que no se limita a los de la tierra, sino que abraza a la humanidad entera en la tierra y en el cielo, en la felicidad y en el infortunio? Donde hay un bien que comunicar, alli esta la caridad, que no lo deja aislar en un individuo, y lo extiende largamente sobre los demas hombres; donde hay una desgracia que socorrer, alli acude la caridad llevando el auxilio de los que pueden aliviarla. Que este infortunio sea en esta vida o en la otra, la caridad no Ie olvida. Ella, que manda dar de corner al hambriento, vestir al desnudo, amparar al desvalido, asistir al doliente, consolar al preso, ella misma es la que llama al corazón de los fieles para que socorran a sus her¬ manos difuntos implorando la divina misericordia, a fin de que abrevie la expiación a que estan condenados. Si esto fuese invención humana, seria ciertamente una invención bella y sublime.

Si la hubiesen excogitado los sacerdotes católicos, no podria negarseles la habilidad de haber armonizado su obra con los principios mas esenciales de la religión cristiana.

A propósito de invenciones, facil me seria probarle a usted que el dogma del purgatorio no es un engendro de los siglos de ignorancia. Hallamos su tradición constante, aun en medio de los desvarios de las religiones falsas; lo que manifiesta que este dog¬ ma, como otros, fue comunicado primitivamente al humano linaje, y sobrenadó en el naufragio de la verdad provocado por el error y las pasiones de la extraviada prole de Adan. Platón y Virgilio no eran sacerdotes de la Edad media; y, sin embargo, nos hablan de un lugar de expiación. Los judi'os y los mahometanos no se habran convenido con los sacerdotes católicos para enganar a los pueblos; no obstante, reconocen también la existencia del purgatorio. En cuanto a los protestantes, no es exacto que todos lo hayan negado; pero, si se empenan en apropiarse esta triste gloria, nosotros no se la queremos disputar: no admitan en buen hora mas penas que las del infierno; quiten toda esperanza a quien no se halle bastante puro para entrar desde luego en la mansión de los justos; corten to¬ dos los lazos de amor que unen a los vivientes con los finados; y adornen con tan formidable timbre sus doctrinas de fatalismo y desesperación. Nosotros preferimos la benignidad de nuestro dogma a la inexorabilidad de su error: confesamos que Dios es justo y que el hombre es culpable; pero también admitimos que el mortal es muy débil y que Dios es infinitamente misericordioso. Queda de usted su afectisimo y S. S. Q. B. S. M.

J. B.

Carta XIX J. B.

Carta XIX La felicidad en la tierra.

Justos e injustos. Preocupación general sobre la fortuna de los malos. Los males generales alcanzan a todos. La virtud es mas feliz. Leyes fisicas y m o ral es. Se debe prescindir de excepciones. Los criminales que caen bajo la ley. Los que la evitan. Ilusión de su dicha. Parangón de buenos y malos. De ambas clases los hay felices e infelices. La diferencia en la desgracia. La preocupación en contradicción con los proverbios. Los ambiciosos violentos. Su suerte. Los intrigantes. Sus padecimientos. El avaro. El pródigo. El disipador. Harmonia de la virtud con todo lo bueno. Hay justicia so¬ bre la tierra.

Mi estimado amigo: La discusión sobre las penas del purgatorio Ie ha recordado a usted el sufrimiento de los justos, y Ie hace encontrar dificultad en que todavia hayan de estar sujetos a nuevas expiaciones los que tantas y tan duras las padecen en la vida pre¬ sente. «La virtud, dice usted, esta demasiado probada sobre la tie¬ rra, para que sea necesario que pase por un nuevo crisol en las penas de otro mundo. En esta tierra de injusticias e iniquidades, no parece sino que todo se halla trastornado, y que, reservada para los perversos la felicidad, se guardan para los virtuosos todo linaje de calamidades e infortunios. Por cierto que, si no tuviera el propósito firme de no dudar de la Providencia para no quemar las naves en todo lo tocante a las cosas de la otra vida, mil veces habria vacilado sobre este punto, al ver la desgracia de la virtud y la insolente fortuna del malvado. Quisiera que me respondiese usted a esta dificultad, no contentandose con ponerme delante de los ojos el pecado original y sus funestos resultados: porque, si bien podra ser verdad que ésta sea una solución satisfactoria, no lo es para mi, que dudo de todos los dogmas de la religión incluso el de la degeneración primitiva.» No tenga usted cuidado que yo olvide la disposición de animo de mi contrincante, y que Ie arguya fundandome en principios que todavia no admite. Efectivamente: el dogma del pecado original da lugar a muy importantes consideraciones en la cuestión que nos ocupa; pero quiero prescindir absolutamente de ellas, y atenerme a principios que usted no puede recusar.

Desde luego me parece que en la presente cuestión supone usted un hecho que, si no es falso, es cuando menos muy dudoso. Poco importa que la opinión de usted se halle acorde con la vulgar; yo creo que en esto hay una preocupación infundada, que, por ser bastante general, no deja de ser contraria a la razón y a la experiencia. Supone usted, como tantos otros, que la felicidad en esta vida se halla distribuida de tal suerte, que les cabe a los malos la mayor parte, llevandose los virtuosos la mas pequena, acibarada, ademas, con abundantes sinsabores e infortunios. Repito que considero esta creencia como una preocupación infundada, incapaz de resistir el examen de la sana razón.

Ya se ha observado que los virtuosos no pueden eximirse de los males que afectan a la humanidad en general, si no se quiere que Dios esté haciendo milagros continuos. Si van muchas personas por un camino de hierro, y entre ellas se encuentra una o mas de sehalada virtud, claro es que, si sobreviene un accidente, Dios no ha de enviar un angel para que ponga en salvo de una manera extraordinaria a los viajeros virtuosos. Si pasan dos hombres por la calle, uno bueno, otro malo, y se desploma una casa sobre sus cabezas, los dos quedaran aplastados: las paredes, vigas y techumbres, no formaran una bóveda sobre la cabeza del hombre virtuoso. Si un aguacero inunda los campos y destruye las mieses, entre las cuales se hallan las de un propietario virtuoso, nadie exigira de la Providencia que, al llegar las aguas a las tierras del hombre justo, formen un muro, como en otro tiempo las del mar Rojo. Si una epidemia diezma la población de un pais, la muerte no ha de respetar a las familias virtuosas. Si una ciudad sufre los horrores de un asalto, la soldadesca desenfrenada no dejara de atropellar la casa del hombre justo, como atropella la del perverso. El mundo esta sometido a ciertas leyes generales que la Provi¬ dencia no suspende sino de vez en cuando; y que, por lo comün, envuelven sin distinción a todos los que se hallan en las circunstancias a propósito para experimentar sus resultados. Sin duda que, a mas de las exenciones abiertamente milagrosas, tiene la Providencia en su mano medios especiales con que libra al justo de una calamidad general o atenüa su desgracia; pero quiero prescindir de estas consideraciones, que me llevarian al examen de hechos siempre dificiles de averiguar, y, sobre todo, de fijar con precisión; admito, pues, sin repugnancia, que todos los hombres justos e injustos estan igualmente sometidos a los males genera¬ les de la humanidad, ora provengan de la naturaleza fisica, ora dimanen de infaustas circunstancias sodales, politicas o domésticas. No creo que pretenda usted hacer por este motivo un cargo a la Providencia; pues Ie considero demasiado razonable para exigir milagros continuos que perturben incesantemente el orden regular del universo.

Aparte, pues, las desgracias generales que alcanzan a los malos como a los buenos, segün las circunstancias en que unos y otros se encuentran, y de las que no puede decirse que afectan mas a los buenos que a los malos, veamos ahora si es verdad que la dicha se halle repartida de tal modo, que su mejor parte sea patrimonio del vicio. Yo creo, por el contrario, que, aun prescindiendo de beneficios especiales de la Providencia, las leyes fi'sicas y morales del mundo son de tal naturaleza, que por si solas, abandonadas a su acción natural y ordinaria, distribuyen de tal mo¬ do la dicha y la desdicha, que los hombres vlrtuosos son incomparablemente mas felices, aun en la tierra, que los viciosos y malvados.

Convendra usted conmigo en que el juicio sobre los grados de felicidad o desdicha no ha de fundarse en casos particulares, sino que debe estribar en el orden general, tal como resulta, y ha de resultar necesariamente, de la misma naturaleza de las cosas.

El mundo esta ordenado tan sabiamente, que la pena, mas o menos clara, mas o menos sensible, va siempre tras el delito. Quien abusa de sus facultades buscando placer, encuentra el dolor; quien se desvia de los eternos principios de la sana moral para proporcionarse una felicidad calculada sobre el egoïsmo, se labra por lo comün su desventura y ruina.

No necesito hablar de la suerte que cabe a los grandes delincuentes, entregados a crimenes que puede alcanzar la acción de la ley. El encierro perpetuo, los trabajos forzados, la exposición a la vergüenza püblica, un afrentoso patibulo: he aqui lo que en¬ cuentran en el término de una carrera azarosa, llena de peligros, de sobresalto, de raptos de cólera y desesperación, de sufrimientos corporales, de calamidades y catastrofes sin cuento. Una vida y muerte semejantes nada tienen de feliz; en la embriaguez del des¬ orden y del crimen esos desventurados quizas se imaginan que Me¬ gan a gozar; pero óllamaremos verdadero goce al que resulta del trastorno de todas las leyes fisicas y morales, y que se pierde como una gota imperceptible en la copa de angustias y de tormentos agotada hasta las heces? Supongo, pues, que, cuando habla usted de la dicha de los malvados, no se refiere a los que caen bajo la acción de la justicia humana, sino que trata de aquellos que, mientras faltan a sus deberes atropellando los altos fueros de la justicia y de la moral, insultan a sus victimas con la seguridad de que disfrutan, albergandose tal vez bajo doradas techumbres, en el esplendor de la opulencia y en los brazos del placer.

No niego que, examinada la cosa superficialmente, hay algo que choca e irrita en la felicidad de esos hombres; no desconozco que, ateniéndose a las apariencias, no penetrando en el corazón de semejante dicha, y sobre todo limitandose a casos particulares, y no extendiendo la vista como debe extenderse en esta clase de investigaciones, se queda uno deslumbrado, y asaltan al espiritu los terribles pensamientos: «^Dónde esta la Providencia; dónde es¬ ta la justicia de Dios?» Pero tan pronto como se medita algün tanto, y se torna el verdadero punto de vista, la ilusión desaparece, y se descubren el orden y la harmoma reinando en el mundo con admirable constancia.

Aclaremos y fijemos las ideas. Me citara usted un hombre vicioso, y quizas perverso, que al parecer disfruta de felicidad doméstica, y obtiene en la sociedad una consideración que esta muy lejos de merecer; sea en buena hora; no quiero entrar en disputas sobre lo que esta felicidad doméstica encierra de real o de aparente, y sobre la dicha interior que producen consideraciones no merecidas; quiero suponer que la felicidad sea verdadera, y que el goce que resulta de la consideración sea mtimo, satisfactorio; pero tampoco podra usted negarme que, al lado de este hombre vicioso y perverso, se nos presentan otros, honrados y virtuosos, que disfru¬ tan igual felicidad doméstica, y obtienen una consideración no inferior a la de aquél. Esta observación basta para restablecer el equilibrio y destruye por su base el hecho que usted daba por seguro de que el vicio es dichoso y la virtud desgraciada. Me presentara usted quizas un hombre dotado de grandes virtudes y oprimido con el peso de grandes infortunios: enhorabuena; pero yo puedo mostrarle a usted el reverso de la medalla, y ofrecerle otro hombre inmoral, afligido con infortunios no menores: y henos aqui otra vez con el equilibrio restablecido. La virtud se nos presenta infortunada; pero a su lado vemos gemir el vicio agobiado con el mismo peso.

Ya puede usted notar que no aprovecho todas las ventajas que me ofrece la cuestión, y que Ie dejo a usted en el terreno mas favorable; pues que supongo igualdad de sufrimiento en igualdad de circunstancias infortunadas, y prescindo de la desigualdad que naturalmente debe resultar de la diferente disposición interior de los que sufren la desgracia: lo que para el uno es consuelo, para el otro es remordimiento.

Se echa de ver facilmente que con semejante estadistica de paralelos no resolvenamos cumplidamente la cuestión; y que no podria citarse un caso en un sentido sin que se ofreciese otro parecido o igual en el sentido contrario. Observaré, no obstante, que a pesar de la preocupación que hay en este punto, y que llevo confesada desde el principio, la constante experiencia del infeliz término de los hombres malos ha producido la convicción de que, tarde o temprano, les alcanza la justicia dlvina, y el buen sentido del pueblo ha consignado esta verdad en proverbios sumamente expresivos. El vulgo habla incesantemente de la fortuna de los malos y desgracia de los buenos; pero siguiendo la conversación se Ie sorprende a cada paso en contradicción manifiesta, cuando refiere la maldición del cielo que ha caido sobre tal o cual individuo, sobre tal o cual familia, y anuncia las desgracias que no pueden menos de sobrevenir a otras que nadan en la opulencia y en la dicha. Esto ^qué prueba? Prueba que la experiencia es mas poderosa que la preocupación; y que el prurito de quejarse continuamente, de murmurar de todo, inclusa la Providencia, desaparece siquiera por momentos, ante el imponente testimonio de la verdad, apoyado en hechos visibles y palpables.

Los que desean elevarse a grande altura sin reparar en los medios, no suelen encontrar la felicidad que apetecen. Si se arrojan a grandes crimenes conspirando contra la seguridad del Estado, en vez de conseguir su objeto, labran su propia ruina. Se puede asegurar que, para uno afortunado, hay cien desgraciados que sucumben sin realizar su designio; asi lo enseha la historia, asi nos lo muestra la experiencia de todos los dias. Los hombres que quieren medrar trastornando el orden püblico, estan condenados a incesantes emigraciones, y muchos acaban por perecer en un cadalso.

Hay ambiciones que se alimentan de intrigas y bajezas, que no tienen el arrojo necesario para el crimen, y que, por consiguiente, pueden medrar sin grandes riesgos para la seguridad personal. Es cierto que algunas veces esos hombres, que suplen al vuelo del aguila con la lenta tortuosidad del reptil, adelantan mucho en su fortuna, sin sufrir ninguna de aquellas terribles expiaciones a que es¬ tan expuestos los que se lanzan por el camino de la violencia; pero óquién es capaz de contar los sinsabores, los pesares, las humillaciones vergonzosas que han debido de sufrir para llegar al colmo de sus deseos?; ^quién podria pintar los temores y el sobresalto en que viven recelosos de perder lo que han conseguido?; ^quién alcanza a describir las alternativas dolorosas por que han tenido que pasar y estan pasando continuamente, segün se inclina hacia ellos, o se retira en dirección opuesta, la gracia del protector que los ha encumbrado?; <j,y qué idea debemos formarnos, en tal caso, de la felicidad de esos hombres, mayormente si consideramos cuanto ha de atormentarlos la memoria de sus villanias, y el remordimiento por los males que tal vez han causado a hombres beneméritos y a familias inocentes? La dicha no esta en lo exterior, sino en lo interior; el hombre mas rico, el mas opulento, mas considerado, mas poderoso, sera infeliz, si su corazón esta destrozado por una pena cruel.

Quien ama con exceso las riquezas hasta el punto de olvidar sus deberes con tal que pueda adquirirlas, en vez de lograr la felicidad, se acarrea la desdicha. Los hombres que para adquirir riquezas faltan a las leyes de la moral, se dividen en dos clases: unos trabajan simplemente por amontonarlas, y gozarse en la posesión de su tesoro; otros desean tenerlas para disfrutar el placer de gastarlas con lujosa profusión. Aquellos son los avaros; éstos son los pródigos. Veamos qué felicidad se encuentra por ambos caminos.

El avaro disfruta un momento al pensar en las riquezas que posee, al contemplarlas en cautelosa soledad lejos de la vista de los demas hombres; pero este placer es amargado con innumerables sufrimientos. La habitación estrecha, desaseada, incómoda, bajo todos sentidos; los muebles pobres y viejos; el traje raido, mugriento, y recordando modas que pasaron hace largos anos; la comida mala, escasa y pésimamente condimentada; la vajilla miserable y rota; los manteles sucios; trio en invierno; calor en verano; aborrecido de sus amigos y deudos; despreciado y ridiculizado por sus sirvientes; maldito por los pobres; sin encontrar en ninguna parte una mirada afectuosa, ni oir una palabra de amor ni un acento de gratitud: ésta es la dicha del avaro. Si usted la desea, yo por mi parte no pienso envidiarsela.

El pródigo no padece lo que el avaro; disfruta largamente, mientras hay dinero y salud; y, si Mega a sus oidos el acento de las victimas de su injusticia, experimenta algün consuelo con la expresión de gratitud de los que reciben sus favores. Pero, a mas del remordimiento que siempre acompana a los bienes mal adquiridos, a mas del descrédito que consigo traen los procedimientos injustos, a mas de las maldiciones que esta condenado a escuchar quien se ha enriquecido a costa ajena, tiene la prodigalidad inconvenientes caractensticos, que al fin acaban por hacer desgraciado al que se habia prometido ser feliz con la profusión de sus rique¬ zas. Los placeres a que conduce la misma prodigalidad, estragan la salud, turban la paz doméstica, deshonran muchas veces a los ojos de la sociedad, y acarrean disgustos de mil clases. Por fin, hay en pos de estos males uno que viene a completarlos: la pobreza. Éstos no son cuadros ficticios, son realidades que encontrara usted por dondequiera, son ejemplos positivos a los que no falta otra cosa que nombres propios.

La inmoralidad en el goce de los placeres de la vida esta muy lejos de acarrear la felicidad a quien los disfruta. Esta es una verdad tan conocida, que es dificil insistir en ella sin repetir lugares comunes, que han llegado a ser vulgares. Las obras de me¬ dicina y de moral estan llenas de avisos sobre los inconvenientes de la destemplanza: las enfermedades de todas especies; la vejez prematura; la abreviación de la vida; padecimientos superiores a toda ponderación: he aqui los resultados de una conducta desarreglada.

Una mesa opi'para, en magmficos salones, servida con lujo y esplendor, en brillante sociedad, en la algazara de los alegres convidados, seguida de los brindis, de festejos, de orquesta, de placeres de todos géneros, es ciertamente un espectaculo seductor: he aqui, mi estimado amigo, una felicidad incomparable, <j,no es verdad? Pues aguarde usted un poco; deje que la müsica termine, que se apaguen las bujias, los quinqués y las aranas, y que los convidados se retiren a descansar. Mientras el hombre sobrio y arreglado duerme tranquilamente, los criados del hombre feliz corren azorados por la casa; unos preparan bebidas demulcentes, otros disponen el baho; éstos salen precipitadamente en busca del facultativo, aquéllos golpean sin piedad la puerta del farmacéutico: ^qué ha sucedido? Nada; la felicidad de la mesa se ha trocado en dolores agudisimos. El hombre venturoso no encuentra descanso ni en la cama, ni en el sofa, ni en la butaca, ni en el suelo: un frio sudor baha sus miembros; su faz esta cadavérica, sus ojos desencajados, sus dientes rechinan, y clama a grandes gritos que se muere. Éstos son los percances de tamaha felicidad: para conocer cuan bien contrapesan semejantes padecimientos el placer de breves horas, seria bueno consultar al paciente y preguntarle si no renunciaria gustoso a todos los placeres y festines del mundo, con tal que pudiese aliviarse algün tanto en los dolores que sufre.

Interminable seria si quisiese continuar el parangón entre los resultados del vicio y de la virtud; pero no intento repetir lo que se ha dicho ya mil veces, y que usted sabe tan bien como yo. Baste observar que la felicidad no esta en las apariencias, sino en lo mas intimo del alma: al hombre que experimenta agudos dolores, que vive agobiado de pesares, devorado por una tristeza profunda, o lentamente consumido por un tedio insoportable, <j,de qué sirve la magnificencia de un palacio, ni el brillo de los honores, ni el incienso de la lisonja, ni la fama de su nombre? La dicha, repito, esta en el corazón; quien no tiene en el corazón la dicha, es infeliz, sean cuales fueren las apariencias de ventura de que se halle rodeado. Ahora bien; en el ejercicio de la virtud estan armonizadas las facultades del hombre, en sus relaciones consigo mismo, con sus semejantes, con Dios, asi' con respecto a lo presente como a lo futuro; el vicio trastorna esta harmoma, perturba al hombre interior haciendo que la razón y la voluntad sean esclavas de las pasiones, debilita la salud, acorta la vida con los placeres de los sentidos, altera la paz doméstica, destruye la amistad, sacrifica lo futuro a lo presente; asi el hombre marcha, por un camino de remordimiento y de agitación, hacia el umbral del sepulcro, donde no espera ni puede esperar ningün consuelo, y donde terne encontrar el castigo de sus desórdenes. La felicidad de un ser no puede consistir en la perturbación de las leyes a que se halla sometido por su propia naturaleza; las del orden natural se hallan acordes con las del moral; quien las infringe, paga su merecido; en vez de felicidad, encuentra terribles desventuras.

Ya ve usted, mi querido amigo, que no es tan cierto como usted creia que la felicidad de la tierra sea ünicamente para los ma¬ los, y la desdicha para solos los buenos: tengo por indudable que, si se pudiesen pesar en una balanza los grados de felicidad que se reparten entre la virtud y el vicio, pesarian mucho mas los de aquélla que los de éste, y que Ie cabe al vicio una cantidad de sufrimientos incomparablemente mayor que los que experimenta la virtud. Si: hay justicia tamblén sobre la tierra: Dios ha querido permitir muchas iniquidades; ha querido que a veces disfrute el malvado una sombra de felicidad; pero ha querido también que aun en esta vida se palpase la terrible ley de expiación, y a esto hacen contribuir los mismos medios de que se vale el perverso para labrar su ventura. Queda de usted afectisimo y seguro servidor Q. S. M. B.

Carta XX Culto de los Santos.

A os escépticos les falta lectura buena y no son imparciales como pretenden. Lo que deben preguntarse a si mismos. Su poca filosofia. Cómo se entiende el culto de los Santos. Cómo se distingue del que se da a Dios. Se rechaza la acusación de idolatrfa. Vaguedad con que se emplean las palabras de grandor y sublimidad. La gracia no destruye la naturaleza. Por qué honramos a los Santos. Diferencias entre el justo en vida y el santo en el cielo. Veneración de la virtud. Poca logica de los incrédulos en este punto. Se oponen a la razón y al sentimiento. Las imagenes. La religión y el arte. Los Santos bienhechores de la humanidad. Condiciones para la vene¬ ración püblica.

Mi estimado amigo: Cada dia me voy convenciendo de que no esta usted tan falto de lectura en materia de religión, como al principio me habia figurado: conozco que no es lectura lo que Ie falta, sino lectura buena; pues que a cada paso se descubre que ha tenido bastante cuidado de revolver los escritos de los protestantes e incrédulos, guardandose de echar una ojeada a las obras de los católicos, como si fuesen para usted libros prohibidos. Séame permitido observar que una persona educada en la religión católica, y que la ha practicado durante su nihez y adolescencia, no podra sincerarse en el tribunal de Dios del espiritu de parcialidad que tan claro se muestra en semejante conducta. Asegurar una y mil veces que se tiene ardiente deseo de abrazar la verdadera religión tan pronto como se la descubra; y, sin embargo, andar continuamente en busca de argumentos contra la católica, y abstenerse de leer las apologias en que se responde a todas las dificultades, son extremos que no se concilian facilmente. Esta contradicción no me coge de nuevo, porque hace largo tiempo estoy profundamente convencido de que los escépticos no poseen la imparcialidad de que se glorian, y de que, aun cuando se distingan de los otros incrédu¬ los, porque, en vez de decir «esto es falso», dicen «dudo que sea verdadero», no obstante, abrigan en su animo algunas prevenciones, mas o menos fuertes, que les hacen aborrecer la religión, y desear que no sea verdadera.

El escéptico no siempre se da a si propio exacta cuenta de esta disposición de su animo; quizas se hara muchas veces la ilusión de que busca sinceramente la verdad; pero, si se observan con atención su conducta y sus palabras, se echa de ver que tiene por lo comün un gozo secreto en objetar dificultades, en referir hechos que lastimen a la religión; y por mas que se precie de templado y decoroso, no suele eximirse de dar a sus objeciones un tono apasionado y frecuentemente sarcastico.

No quisiera que usted se ofendiese por estas observaciones; pero, hablando con ingenuidad, también desearia que no se olvidase de tomarlas en cuenta. No perdera usted nada con examinarse a si propio, y preguntarse: «^es cierto que buscas sinceramente la verdad?; ^es cierto que en las dificultades que objetas al catolicismo, no se mezcla nada de pasión?; <j,es cierto que no se te ha pegado nada de la aversión y odio que respiran contra la religión católica las obras que has leido?» Esto quisiera que usted se preguntase una y muchas veces, puesto que, a mas de hacer un acto pro¬ pio de un hombre sincero, allanaria no pocos obstaculos que impiden llegar al conocimiento de la verdad en materia de religión.

Me dira usted que no puede menos de extrahar las observa¬ ciones que preceden, cuando en su polémica ha conservado mayor decoro de lo que suelen los que combaten la religión. No niego que las cartas de usted se distinguen por su moderación y buen tono; y que, no profesando mis creencias, tiene usted bastante delicadeza para no herir la susceptibilidad de quien las profesa; sin embargo, no he dejado de notar que, no obstante sus buenas cualidades, no se exime usted completamente de la regla general; y que, al disputar sobre la religión, adolece también del prurito de tornar las cosas por el aspecto que mas pueden lastimarla; y que, con advertencia o sin ella, procura usted eludir el contemplar los dogmas en su elevación, en su magmfico conjunto, en su admirable harmoma con todo cuanto hay de bello, de tierno, de grande, de sublime. Repetidas veces he tenido ocasión de observar esto mismo; y por ahora no veo que lieve camino de enmendarse. Asi, creo que me dispensara usted si no Ie exceptüo de la regla general y Ie considero mas preocupado y apasionado de lo que usted se figura.

Precisamente en la carta que acabo de recibir, esta triste verdad se me presenta de bulto, de una manera lastimosa. A pesar de las protestas, se esta descubriendo en toda ella el dejo del fanatis¬ me» protestante y de la ligereza volteriana; y dificilmente podria creer que, antes de escribirla, no consultase usted algunos de los oraculos de la mal llamada reforma o de la falsa filosofia. Por mas que hable usted con respeto de las creencias populares, y del encanto que experimenta al presenciar el fervor religioso de las gentes sencillas, se trasluce que usted contempla todo eso con un benigno desdén, y que considera pagar bastante tributo a la sinceridad de los creyentes, con abstenerse de condenarlos y ridiculizarlos a cara descubierta. Agradecemos la bondad, pero tenga usted entendido que las creencias y costumbres de esas gentes sencillas tienen mejor defensa de lo que usted se imagina; y que, lejos de que el culto y la invocación de los Santos y la veneración de las reliquias y de las imagenes, hayan de ser el pabulo religioso de solas las gentes sencillas, pueden prestar materia a consideraciones de la mas alta filosofia, manifestandose que no sin razón se confundieron en este punto con los crédulos y los ignorantes, genios tan eminentes como San Jerónimo, San Agustin, San Bernardo, Santo Tomas de Aquino, Bossuet y Leibnitz.

Al leer el nombre de este ultimo, creera usted que se me ha deslizado la pluma, y que lo he puesto por equivocación. Leibnitz protestante ^cómo es posible que defendiera en este punto las doctrinas y practicas del catolicismo? Sin embargo, escrito esta en sus obras, que andan en manos de todo el mundo; y no tengo yo la culpa si el autor de la monadologia y de la harmoma prestabilita, el eminente metafisico, el insigne arqueólogo, el profundo naturalista, el incomparable matematico, el inventor del calculo infinitesimal, se hal la de acuerdo en este punto con las gentes sencillas, y es algo menos filósofo de lo que son tantos y tantos que no conocen mas historia que los compendios en dieciseisavo, ni mas filosofia que los rudimentos de las escuelas, mal aprendidos y peor recordados; ni mas geometria que la definición de la linea recta y de la circunferencia.

Insensiblemente me he ido extendiendo en consideraciones generales, y el preambulo de la carta se ha hecho demasiado lar¬ go, aunque estoy muy lejos de creerle inoportuno. Conviene ciertamente discutir con templanza, pero ésta no debe llevarse hasta tal punto, que se olvide el interés de la verdad. Si alguna vez es necesario advertir a Vds. el espiritu de parcialidad con que proceden, es preciso hacerlo; y, si otras veces puede interesar el observarles que discuten sin haber estudiado y combaten lo que ignoran, es preciso no escrupulizar en ello.

El culto de los Santos Ie parece a usted poco razonable; y hasta lo juzga poco conforme a la sublimidad de la religión cristiana, que nos da tan grandes ideas de Dios y del hombre. <j,Por qué se opone a estas grandes ideas el culto de los Santos? Porque «parece que el hombre se humilla demasiado, tributando a la criatura obsequios que solo son debidos a Dios». Desde luego se echa de ver que se halla usted imbuido de las objeciones de los protestantes, mil veces soltadas, y mil veces repetidas. Aclaremos las ideas.

El culto que se tributa a Dios, es en reconocimiento del supremo dominio que tiene sobre todas las cosas, como su criador, ordenador y conservador; es en expresión de la gratitud que la criatura debe al Criador por los beneficios recibidos, y de la sumisión, acatamiento y obediencia a que Ie esta obligada, en el ejercicio del entendimiento, de la voluntad y de todas sus facultades. El culto externo es la expresión del interno; es, ademas, un explicito reco¬ nocimiento de que lo debemos todo a Dios, no solo el espiritu, sino también el cuerpo, y que Ie ofrecemos no solo sus dones espirituales, sino también los corporales. Es evidente que el culto interno y externo de que acabo de hablar, es propio de Dios exclusivamente: a ninguna criatura se Ie pueden rendir los homenajes que son debidos ünicamente a Dios: lo contrario, seria caer en la idolatria; vicio condenado por la razón natural de la Sagrada Escritura, mucho antes de que Ie condenase el celo filosófico.