SigPhi · Jaime Balmes

Cartas a un escéptico en materia de religión

Spanish

Page 2 of 18

Dé usted una ojeada en torno, mi estimado amigo; no vera mas por doquier que horribles escollos, regiones desiertas, playas inhospitalarias. Éste es el ünico asilo para la triste humanidad: arrójese quien quiera al furor de las olas; yo no dejaré esta tierra bendita donde me colocó la Providencia. Si algün dia, fatigado y rendido de luchar con las tempestades, se aproxima usted a las venturosas orillas, se tendra por feliz si en algo puede favorecerle tendiéndole una mano auxiliadora este S. S. S. Q. B. S. M.

J. B.

Carta II Multitud de religiones.

Profundo misterio que aquf se envuelve. Los católicos reconocen y lamentan este dano mucho més que todos los sectarios. Explicación del principio «quod nimis probat nihil probat», lo que prueba de m as iad o no prueba nada. Aplicación de este principio a la dificultad presente. Reglas de prudencia que conviene no perder de vista. Motivos de la permisión divina. Fatales consecuencias del pecado del primer padre. Impotencia de la filosoffa en la explicación de los misterios del hombre.

Voy a pagar, mi estimado amigo, la deuda que en mi anterior contraje, de responder a la dificultad que usted me propoma, relati¬ va a la permisión de Dios sobre tantas y tan diferentes religio¬ nes. Éste es uno de los argumentos que sin cesar producen los enemigos de la religión, y que suelen proponer con tal aire de seguridad y de triunfo, como si él solo bastara a echarla por tierra. No se crea que trate yo de desvanecer la dificultad, eludiendo el mirarla cara a cara, ni de disminuir su fuerza presentandola cubierta con velos que la disfracen; muy al contrario, opino que el mejor modo de desatarla es ofrecerla en toda su magnitud. Anadiré, ademas, que no niego que haya en esto un misterio profundo, que no me lisonjeo de senalar razones del todo satisfactorias en esclarecimiento de la objeción indicada, pues estoy mtimamente convencido de que éste es uno de los incomprensibles arcanos de la Providencia, que al hombre no Ie es dado penetrar. Me parece, no obstante, que les hace a muchos mas mella de la que hacerles debiera; y tan distante me hallo de creer que en nada destruya ni debilite la verdad de la Religión Católica, que antes juzgo que en la misma fuer¬ za de dicha dificultad podemos encontrar un nuevo indicio de que nuestra creencia es la ünica verdadera.

Es cierto que la existencia de muchas religiones es un mal gravi'simo; esto lo reconocemos los católicos mejor que nadie, pues que somos los que sostenemos que no hay mas que una re¬ ligión verdadera, que la fe en Jesucristo es necesaria para la eterna salvación, que es un absurdo el decir que todas las religiones pueden ser igualmente agradables a Dios; y, por fin, los que tal importancia damos a la unidad de la ensenanza religiosa, que consideramos como una inmensa calamidad la alteración de uno cualquiera de nuestros dogmas. Por donde se ve que no es mi animo atenuar en lo mas mmimo la fuerza de la dificultad ocultando la gravedad del mal en que estriba; y que a mis ojos es mayor este dano que no a los del mismo que me la ofrece. Nadie aventaja ni aun iguala a los católicos en confesar lo inmenso de esa calamidad del humano linaje; porque sus creencias los precisan a mirarla co¬ mo la mayor de todas. Los que consideran como falsas todas las religiones, los que se imaginan que en cualquiera de ellas puede el hombre hacerse agradable a Dios y alcanzar la eterna salud, los que profesando una religión que creen unica verdadera, no profesan el principio de la caridad universal sin distinción de razas, pue¬ den contemplar con menos dolor esas aberraciones de la humanidad; pero esto no es dado a los católicos, para quienes no hay verdad ni salvación fuera de la Iglesia, y que, ademas, estan obligados a mirar a todos los hombres como hermanos, y desearles en lo mtimo del corazón que abran los ojos a la luz de la fe, y que entren en el camino de la salud eterna. Bien se echa de ver que no trato, como suele decirse, de huir el cuerpo a la dificultad, y que antes procuro pintarla con vivos colores. Ahora voy a examinar su valor, presentandola desde un punto de vista en que por desgracia no se la considera comünmente.

Tienen los dialécticos un principio que dice; quod nimis probat nihil probat; lo que prueba demasiado no prueba nada; lo que significa que, cuando un argumento cualquiera no solo concluye lo que nosotros nos proponemos, sino también lo que a las claras es falso, de nada sirve para probar ni aün lo que nosotros intentamos. La razón en que este principio se funda es muy clara: lo que conduce a un resultado falso, ha de ser falso también; luego, por mas especioso que sea su argumento, por mas apariencias que tenga de solidez, por el mismo hecho de llevarnos a una consecuencia falsa, nos da una infalible senal de que o entrana alguna falsedad en las proposiciones de que se compone, o algün vicio de razonamiento en el enlace de las mismas, y por tanto en la deducción a que nos lleva. Si, por ejemplo, me propongo demostrar que la suma de los angulos de un triangulo es mayor que un recto, y con mi demostración pruebo que dicha suma es mayor que dos rectos, esta demostración de nada servira, porque con ella pruebo demasiado, es decir, que es mayor que dos rectos, lo que no puede ser; y este resultado sera para mi una infalible senal de que hay un vicio en la demostración, y que no puedo aprovecharme de ella para probar nada.

Otros ejemplos: si, examinando un antiguo manuscrlto, pretendo desecharle como apócrifo, y senalo para ello una razón criti¬ ca, de la que resulten condenados también codices cuya autenticidad no admite duda, claro es que debo apartarme de mi razonamiento, seguro de que esta mal concebido: prueba demasiado, y por lo mismo no prueba nada. Si, examinando la veracidad de la narración de un viajero, me empeno en que se ha de dar fe a sus palabras alegando razones de las que se infiere que es menester dar crédito a otras relaciones conocidamente falsas, mi manera de discurrir seria mala también porque probana demasiado.

Perdone usted, mi querido amigo, si me he detenido algün tanto en desenvolver este principio que en muchisimos casos sirve y de que pienso hacer uso en la cuestión que nos ocupa: y con esto entendera usted que no juzgo del todo inütiles las reglas para bien discurrir, y que mi desconfianza en los filósofos no se extiende a todo lo que se halla en la filosofia.

Apliquemos estos principios. Se nos objeta a los católicos la multiplicidad de religiones, como si a nosotros ünicamente embarazara la dificultad, como si todos los que profesan un culto, sea cual fuere, no debiesen sobrellevar in solidum todos los inconvenientes que de ahi pueden resultar. En efecto: si la multiplicidad de reli¬ giones algo prueba contra la verdad de la católica, lo mismo prueba contra la de todas; tenemos, pues, que no solo viene al suelo la nuestra, sino cuantas existen y han existido. Ademas: si la dificultad que se levanta contra la permisión de este mal significa algo, es nada menos que una completa negación de toda providencia, es decir, la negación de Dios, el ateismo. La razón es obvia: el mal de la multiplicidad de religiones es innegable; esta a nuestra vista en la actualidad, y la historia entera es un irrefragable testimonio de que lo mismo ha sucedido desde tiempos muy remotos; si se pretende, pues, que la Providencia no puede permitirlo, se pretende también que la Providencia no existe, es decir, que no hay Dios.

Infiérese de aqui que la permisión de la muchedumbre de religiones es una dificultad que embaraza al católico y al protestante, al idólatra y al musuiman, al hombre que admite una religión cualquiera, como al que no profesa ninguna, con tal que no niegue la existencia de Dios. Por ejemplo: si se me presenta un mahometano con su Alcoran y su Profeta, pretendiendo que su religión es verdadera y que ha sido revelada por el mismo Dios, Ie podré objetar el argumento y decirle: «Si tu creencia es verdadera ócómo es que Dios permite fantas otras? Si se enganan miserablemente los que viven en religión diferente de la tuya, <j,por qué, permite Dios que todos los demas pueblos del mundo permanezcan privados de la luz?» A quien no niegue la existencia de Dios, imposible Ie ha de ser el no admitir su bondad y providencia; un Dios malo, un Dios que no cuida de la obra que él mismo ha criado, es un absurdo que no tiene lugar en cabeza bien organizada; y hasta me atreveré a decir que menos imposible se hace el concebir el ateismo en todo su error y negrura, que no la opinión que admite un Dios ciego, negligente y malo. Suponiendo, pues, la existencia de un Dios con bondad y providencia, queda en pie la misma dificultad arriba propuesta: óCómo es que permite que el humano linaje yerre tan lastimosamente en el negocio mas grave e importante, que es la reli¬ gión? Si se nos dijera que Dios se da por satisfecho de los homenajes de la criatura, sean cuales fueren las creencias que profese y el culto en que Ie tribute la expresión de su gratitud y acatamiento, entonces preguntaremos: ócómo es posible que a los ojos de un Ser de infinita verdad sean indiferentes la verdad y el error?; ^cómo es dable concebir que a los ojos de la santidad infinita sean indiferentes la santidad y la abominación?; ^cómo es posible que un Dios infinitamente sabio, infinitamente bueno, infinitamente próvido, no haya cuidado de proporcionar a sus criaturas algunos medios para alcanzar la verdad, para saber cual era el modo que Ie era agradable de recibir los obsequios y las süplicas de los mortales? Si las religiones solo tuviesen entre si diferencias muy ligeras, el absurdo de darlas todas por buenas fuera menos repugnante, pero recuérdese que casi todas ellas estan diametralmente opuestas en puntos importantisimos; que las unas admiten un solo Dios, y otras los adoran en crecido numero; que unas reconoeen el libre albedrio del hombre, y otras lo desechan; que unas asientan por uno de los principios fundamentales la creación, otras se avienen con la eternidad de la materia; recórrase la enorme variedad de sus respectivos dogmas, de su moral, de su culto, y digase si no es el mayor de los absurdos el suponer que Dios puede darse por satisfecho con adoraciones tan contradictorias.

Vea usted, mi estimado amigo, cuan bien se aplica a esta cuestión el principio dialéctico que mas arriba he recordado; y cómo una dificultad que algunos se empenan en dirigir exclusivamente contra los católicos, no les toca a ellos ünicamente, sino a to¬ dos los hombres que profesan una religión, y aün a los puros deistas. ^Qué debe hacerse en semejantes casos? <j,Cómo se pueden obviar tamanas dificultades? He aqui el camino que en mi concepto debe seguir un hombre juicioso y prudente; he aqui la manera de discurrir mas conforme a razón: «El mal existe, es cierto; pero la Providencia existe tamblén, no es menos cierto; en apariencia son dos cosas que no pueden existir juntas; pero, supuesto que tü sabes ciertamente que existen, esta apariencia de contradicción no te basta para negar esa existencia; lo que debes hacer, pues, es buscar el modo con que pueda desaparecer esta contradicción, y, en caso de que no te sea posible, considerar que esta imposibilidad nace de la debilidad de tus alcances.»

Si bien se observa, en los negocios mas comunes de la vida hacemos a cada paso un raciocinio semejante. Nos encontramos con dos hechos cuya coexistencia nos parece imposible; a nuestro juicio se excluyen, se repugnan; pero ^nos obstinamos por esto en negar que los hechos existan, cuando tenemos bastantes motivos para darnos la competente certeza? De seguro que no. «Esto es para mi un misterio, decimos; no lo entiendo, me parece imposible que asi sea, pero veo que asi es.» En seguida, si la cosa merece la pena, buscamos la razón secreta que nos explique el misterio; pero, si no darnos con ella, no por esto nos creemos con derecho a desechar aquellos extremos de cuya existencia no podemos dudar, por mas que nos parezean contradictorios.

Por donde vera usted, mi estimado amigo, que una inconcebible ceguera nos impide a menudo el emplear en el examen de las verdades mas importantes, que son las religiosas, aquellas reglas de prudencia de que nos valemos en los negocios mas comunes; y rechazamos como ofensiva de nuestra independencia y de la dignidad de nuestra razón, aquella conducta que no vacilamos en seguir a cada paso en la dirección y arreglo de nuestros mas pequenos asuntos.

Tan grabados tengo en mi animo estos principios ensenados por la buena logica y por la mas sana prudencia, que me sirven sobremanera en muchas otras dificultades pertenecientes a la religión y no dejan que se perturbe mi espiritu a la vista de la obscuridad que en ellas descubro y que en mi debilidad no soy bastante a desvanecer. ^Qué consideraciones mas espantosas que las sugeridas por la terrible dificultad de conciliar la libertad humana con los dogmas de la presciencia y predestinación? Si el hombre no atiende a mas que a la certeza e infalibilidad de la presciencia divina, se queda sobrecogido de horror, se Ie erizan los cabellos a la sola consideración de la fijeza del destino, la sangre se Ie hiela en las venas al pensar que, antes de nacer él, ya sabia Dios cual habia de ser su paradero; pero, tan luego como reflexiona un instante, sobreponiéndose al terror y a la desesperación que se apoderaban de su alma, encuentra abundantes motivos para sosegarse, halla aqui un misterio pavoroso, es verdad, pero que no Ie abate ni desalienta.

«^Eres libre, se dice a si mismo, para obrar el bien y el mal? Si, dudarlo no puedes, te lo enseha la fe, te lo dicta la razón, lo experimentas por el sentido intimo, y con experiencia tan clara, tan infalible, que no quedas mas cierto de tu existencia que de tu libre albedrio. Luego nada importa que no comprendas cómo esta liber¬ tad se concilia con la presciencia de Dios.»

«Este misterio que yo no comprendo, ódebe alterar en algo mi conducta, volviéndome flojo para el bien, y poco cuidadoso de evitar el mal?; <j,es prudente, es lógico el pensar que, haga yo lo que quiera, siempre se verificara lo que Dios tiene previsto, y que, por consiguiente, son vanos todos mis esfuerzos en seguir el camino de la virtud? No. <j,Y por qué? Porque lo que prueba demasiado no prueba nada; y, si este raciocinio valiera, se seguiria que tampoco he de cuidar de mis negocios temporales, porque al fin no sera de ellos mas de lo que Dios tiene previsto; que por la mis¬ ma razón no he de corner para sustentarme, ni guarecerme de la intemperie, ni andar con tiento al pasar por la orilla de un precipicio, ni medicarme cuando me halle indispuesto, ni retirarme cuando se me viene encima un caballo desbocado, ni salir de una casa que se esta desplomando, y cien y cien otras locuras por este jaez; es decir, que el atenerme a tal regla me privarfa de sentido comün, hasta de juicio; haria de mi un loco rematado. Luego la tal regla es falsa, luego de nada debe servirme, luego lo que he de hacer es dejarle a Dios sus incomprensibles arcanos, y portarme yo como hombre recto, juicioso y prudente.»

A esto vienen a parar muchas de las dificultades que contra la religión se proponen: miradas superficialmente, ofrecen una balumba 1 abrumadora; examinadas de cerca, al tocarlas con la vara de la razón y del buen sentido, desaparecen cual vanos fantasmas.

Veamos ahora si se puede encontrar la razón de que Dios permita tal muchedumbre de religiones, tal masa de informes errores en el punto que mas interesa al humano linaje. La explicación de este mlsterio, yo no alcanzo que pueda encontrarse sino en otro misterio, en el dogma de la Religión Católica sobre la prevaricación y consiguiente degeneración de la descendencia de Adan. El pecado, y, como su consiguiente castigo, las tinieblas en el entendimiento, la corrupción en la voluntad: he aqui la fórmula para resolver el problema; revolved la historia, consultad la filosofia, nada os diran que pueda ilustraros, si no se atienen a este hecho misterioso, obscuro, pero que, como ha dicho Pascal, es me¬ nos incomprensible al hombre que no lo es el hombre sin él.

Ésta es la unica clave para descifrar el enigma; solo por ella alcanzamos a explicar esas lamentables aberraciones de la mayor parte de la humanidad; no hay otro medio de dar una explicación plausible a esta calamidad inmensa, como ni a tantas otras que afligen la infortunada prole de los primeros prevaricadores. El dogma es incomprensible, es verdad; pero atreveos a desecharle, y el mundo se os convierte en un caos, y la historia de la humanidad no es mas que una serie de catastrofes sin razón ni objeto, y la vida del individuo es una cadena de miserias; y no encontrais por doquiera sino el mal, y el mal sin contrapeso, sin Embrollo, desorden, Ifo, caos...i compensación; todas las ideas de orden, de justicia, se confunden en vuestra mente, y, renegando de la creación, acabais por negar a Dios.

Sentad, al contrario, este dogma como piedra fundamental; el edificio se levanta por si mismo, vivisima luz esclarece la historia del género humano, divisais razones profundas, adorables designios, alli donde no vierais sino injusticias, o acaso; y la serie de los acontecimientos desde la creación hasta nuestros dias se desarrolla a vuestros ojos, como un magmfico lienzo donde encontrais las obras de una justicia inflexible y de una misericordia inagotable, combinadas y hermanadas bajo el inefable plan trazado por la sabiduria infinita.

Si entonces me preguntais ópor qué tan considerable porción de la humanidad esta sentada en las tinieblas y sombras de la muerte?, os diré que el primer padre quiso ser como un Dios sabiendo el bien y el mal, que su pecado se ha transmitido a toda su descendencia, y que en justo castigo de tanto orgullo esta el género humano tocado de ceguera. Esta calamidad, grande como es, no necesita que se Ie sehale otro manantial que a todas las otras que nos afligen. Las terribles palabras que siguieron al llamamiento de Adan cuando Ie dijo Dios: Adan, ^dónde estas?, resuenan dolorosamente todavia después de tantos siglos: y en to¬ dos los acontecimientos de la historia, en todo el curso de la vida, siempre se trasluce el terrible fulgor de la espada de fuego, colocada a la entrada del Paraiso. El sudor del rostro, la muerte, se os ofreceran por doquiera: en ninguna parte notaréis que las cosas sigan el camino ordinario; siempre herira vuestros ojos la formidable enseha del castigo y de la expiación.

Cuanto mas se medita sobre estas verdades, mas profundas se las encuentra: in sudore vultus tui vesceris pane, comeras el pan con el sudor de tu rostro, dijo Dios al primer padre; y con es¬ te sudor lo come toda su descendencia. Recordad esa pena, y haced las aplicaciones a cuantos objetos os plazca, y no hallaréis nada que de ella se exceptüe. No vive el hombre de solo pan, sino de toda palabra que procédé de la boca de Dios; no se verifica, pues, la terrible pena solo con respecto al pedazo de pan que nos sustenta, sino en todo cuanto concierne a nuestra perfección. En nada adelanta el hombre sin penosos trabajos, no Mega jamas al punto que desea sin muchos extravios que Ie fatigan; en todo se realiza que la tierra, en vez de frutos, Ie da espinas y abrojos. <j,Ha de descubrir una verdad? No la alcanza sino después de haber andado largo tiempo tras extravagantes errores. ^Ha de perfeccionar un arte? Cien y den inütiles tentativas fatigan a los que en ello se ocupan, y a buena dicha puede tenerse si recogen los nietos el fruto de lo que sembraron los abuelos. ^Ha de mejorarse la organización social y politica? Sangrientas revoluciones preceden la deseada regeneración; y a menudo, después de prolongados padecimientos, se hallan los infelices pueblos en un estado peor del en que antes gemian. ^Se ha de comunicar a un pueblo la civilización o cultura de otro? La inoculación se hace con hierro y fuego: generaciones enteras se sacrifican para alcanzar un resultado que no veran sino generaciones muy distantes. No veréis el genio sin grandes infortunios; no la gloria de un pueblo sin torrentes de sangre y de lagrimas; no el ejercicio de la virtud sin penosos sinsabores; no el heroismo sin la persecución; todo lo bello, lo grande, lo sublime, no se alcanza sin dilatados sudores, ni se conserva sin fatigosos trabajos; la ley del castigo, de la expiación, se muestra por todas partes de una manera terrible. Ésta es la historia del hombre y de la humanidad; historia dolorosa ciertamente, pero incontestable, auténtica, escrita con letras fatales dondequiera que los hijos de Adan hayan fijado su planta.

Yo no sé, mi estimado amigo, por qué no ha llamado mas la atención este punto de vista, y por qué han debido escandalizarse tanto los filósofos de los dogmas de la religión que tan en armonia se encuentran con lo que nos estan diciendo los fastos de todos los tiempos y la experiencia de cada dia. La prevaricación y degeneración del humano linaje es el secreto para descifrar los enigmas sobre la vida y los destinos del hombre; y, si a esto se ahade el adorable misterio de la reparación, comprada con la sangre del Hijo de Dios, se forma el mas admirable conjunto que imaginarse pueda; un sistema tan sublime, que a la primera ojeada manifiesta su origen divino. No, no pudo nacer de cabeza humana combinación tan asombrosa; no pudo el espiritu finito idear un plan tan vasto, tan estupendo, donde se trabaran de tal suerte unos arcanos con otros arcanos, que del fondo de su obscuridad pavorosa arrojaran rayos de vivisima luz para esclarecer y resolver todas las cuestiones que sobre el origen y destino del hombre andaba hacinando la filosofia.

Esto es lo principal que tenia que decirle a usted sobre las dificultades propuestas; ignoro si usted quedara enteramente satisfecho; sea como fuere, lo que puedo asegurarle con toda la sinceridad y convicción de que soy capaz, es que, en las obras de todos los filósofos, desde Platón hasta Cousin, no hallara usted sobre el particular nada con que un espiritu sólido pueda contentarse, si no esta tornado de la religión. Ellos lo saben, y ellos propios lo confiesan. Una vez han llegado a dudar de la divinidad del cristianismo, no saben de qué asirse; acumulan sistemas sobre sistemas, palabras sobre palabras; si su espiritu no es de alto temple, abandonan la tarea de investigar, fastidiados de no divisar en ningün confin del horizonte un rayo de luz, y se abandonan al positi¬ visme), o, en otros términos, procuran sacar partido de la vida disfrutando de las comodidades y placeres; si su alma ha nacido para la ciencia, si sedienta de verdad no quiere abandonar la tarea de buscarla, por grandes que sean las fatigas y patente la inutilidad de los esfuerzos, sufren durante toda su vida, y acaban sus dias con la duda en el entendimiento y la tristeza en el corazón.

En la actualidad, entusiasta como es usted de la filosofia y admirador de ciertos nombres, no comprendera facilmente toda la verdad y exactitud de mis palabras; pero dia vendra en que recuerde mis avisos aün mucho antes de que blanqueen su cabeza las canas. No, no necesitara usted que la tardia vejez, cargada de escarmientos y desengahos, venga a abrirle los ojos: no sé si los abrira usted para ver y abrazar la verdadera religión, pero si al menos para conocer la futilidad de todos los sistemas filosóficos en lo tocante al origen, vida y destino del hombre. ^Qué mas? Ni siquiera necesitara usted estudiarlos a fondo para quedarse profundamente convencido de la impotencia del espiritu humano, abandonado a sus propios recursos: en el vestibulo mismo del templo de la filosofia, encontrara la duda y el escepticismo; y penetrando en su santuario oira el orgullo disputando sobre objetos de poca entidad, ocupandose en juegos de palabras simbólicas e ininteligibles, y procurando en cuanto Ie es posible ocultar su ignorancia, eludiendo con una afectada preterición las cuestiones que mas de cerca nos interesan, cuales son, las relativas a Dios y al hombre.

No se deje usted deslumbrar con los vanos titulos con que se adornan los diferentes sistemas, ni se abandone a supersticiosas creencias con respecto a los pretendidos misterios de la filosofia alemana, ni tome usted por profundidad de ciencia la obscuridad del lenguaje. No olvidemos que la sencillez es el caracter de la verdad, y que poco fia de sus descubrimientos quien no se atreve a presentarlos a la luz del dia. Estos tan ponderados filósofos, que rodeados de tinieblas viven como trabajadores que estuviesen explotando riquisimas minas en las entranas de la tierra, ^por qué no nos manifiestan el oro puro que han recogido? Otro dia, si la oportunidad se brinda, entraremos de nuevo en esta cuestión; entre tanto, disponga de su afectisimo y S. S. Q. B. S. M.

J. B.

Carta III Sencilla demostración de la existencia de Dios. Eternidad de las penas del infierno.

Errado método que suelen seguir en las disputas los enemigos de la religión. Método que debiera observarse. Dogma de la Iglesia sobre la eternidad de las penas. La misericordia no excluye la justicia. El sentimiento. Abuso que de él se hace. Reflexión sobre su influencia en los errores de nuestra época. Aplicación al dogma de la eternidad de las penas. Razones naturales que apoyan al dogma. Imposibilidad de comprender los misterios. Nuestra ignorancia hasta en las cosas naturales. La duración eterna y la temporal. El purgatorio. Observaciones sobre un caracter distintivo del hombre en esta vida con respecto a las cosas futuras. Necesidad de una impresión aterradora. La explicación filosófica. Los fra Hes y los poetas. Magnffico pasaje de Virgilio.

Mi querido amigo: Cuando, segün me indica usted en su ültima, veo que llegaremos a entablar una seria disputa sobre materias religiosas, me ha llenado de indecible consuelo la seguridad que me da usted de no haber llegado su extravio al extremo de po¬ ner en duda la existencia de Dios: esto allana sobremanera el camino a la discusión, pues que no es posible dar en ella un solo paso sin estar de acuerdo sobre esta verdad fundamental. Y no sin motivo he querido cerciorarme de las ideas que sobre este particular profesaba usted; pues que nunca podré olvidar lo que me sucedió con otro escéptico, de quien sospechando yo si tal vez hasta ponia en duda la existencia de Dios, o si al menos no la concebia tal como es menester, y dirigiéndole en consecuencia algunas preguntas, me salió con una extraha ocurrencia, que fuera chistosa, a no ser sacrilega. Advirtiéndole yo que ante toda discusión era necesario estar los dos de acuerdo sobre este punto, me respondió con la mayor serenidad que imaginarse pueda: «me parece que podemos pasar adelante; porque opino que es de poca importancia el aclarar si Dios es una cosa distinta de la naturaleza, o si es la misma naturaleza». jA tanto Mega la confusión de ideas trastornadas por la impiedad, y este hombre, por otra parte, era de mas que mediana instrucción, y de ingenio muy despejado!

Desde luego Ie doy a usted mil satisfacciones por haberme atrevido a indicarle mis recelos en este punto, bien que dificilmente me arrepiento de semejante conducta, porque cuando menos ha producido un gran bien, cual es, el que usted se explica sobre este particular de tal modo, que, revelando mucho buen sentido, me hace concebir grandes esperanzas de que no seran estériles mis esfuerzos. Una y mil veces he leido aquellas juiciosas palabras de su apreciada carta, en las que expone el punto de vista desde el cual considera esta importante verdad. Permitame usted que se las reproduzca en la mia, y que Ie recomiende encarecidamente que no las olvide jamas. «Nunca me he devanado mucho los sesos en buscar pruebas de la existencia de Dios; la historia, la fisica, la metafisica, serviran para esta demostración todo lo que se quiera; pero yo confieso ingenuamente que para mi convicción no he menes¬ ter tanto aparato cientifico. Saco la muestra de mi faltriquera, y al contemplar su curioso mecanismo y su ordenado movimiento, nadie serïa capaz de persuadirme de que todo aquello se ha hecho por casualidad, sin la inteligencia y el trabajo de un artifice: el universo vale, a no dudarlo, algo mas que mi muestra; alguien, pues, debe de haber que lo haya fabricado. Los ateos me hablan de casualidad, de combinaciones de atomos, de naturaleza, y de qué sé yo cuantas cosas; pero, sea dicho con perdón de estos sehores, todas estas palabras carecen de sentido.» Nada tengo que advertir a quien con tanto pulso aprecia el valor de los dos sistemas; estas palabras tan sencillas como profundas, las estimo yo en mas que un tomo lleno de razones.

Pasando al punto de que me habla usted en su apreciada, comenzaré por decirle que me ha hecho gracia el que usted abra la discusión religiosa, atacando el dogma de la eternidad de las penas. No esperaba yo que acometiera usted tan pronto por este flanco; y, vaya dicho entre los dos, esta anomalia me ha dado a en¬ tender que usted Ie ha cobrado al infierno un poquito de miedo. La cosa no es para menos, y el negocio es grave, urgente: de aqui a pocos ahos hay que saber por experiencia propia lo que hay sobre este particular, y dice usted muy bien que para los que se enganan en esta materia, el chasco debe de ser pesado en demasia».

No tengo dificultad en abordar por este lado las cuestiones religiosas; pero no puedo menos de observar que no es éste el mejor método para dejarlas aclaradas cual conviene. Las doctrinas católicas torman un conjunto tan trabado, y en que se nota tan reciproca dependencia, que no se puede desechar una sin desecharlas todas, y, al contrario, admitidos ciertos puntos capitales, es imposible resistirse a la admisión de los demas. Sucede muy a menudo que los impugnadores de esas doctrinas escogen por blanco una de ellas, tomandola en completo aislamiento, y amontonando las dificultades que de suyo presenta, atendida la flaqueza del entendimiento del hombre. «Esto es inconcebible, exclaman; la religión que lo enserïa no puede ser verdadera»; como si los católicos dijésemos que los misterios de nuestra religión estan al alcance del hombre; como si no estuviéramos asegurando continuamente que son muchas las verdades a cuya altura no puede elevarse nuestra limitada comprensión.