SigPhi · Jaime Balmes

Cartas a un escéptico en materia de religión

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Antes de llegar a la fatal mansión, nos encontramos ya con cabelleras de vfboras, con hidras que rugen con horrible estridor, con monstruos armados de fuego, y junto con los gozos vedados, mala mentis gaudia, el llanto y los remordimientos vengadores, luctus et ultrices curae.

Pero, sigamos adelante, y el horror se aumenta hasta el extremo.

Hinc via Tartarei quae fert Acherontis ad undas.

Turbidus hic coeno vastaque voragine gurges Aestuat, atque omnem Cocyto eructat arenann.

Portitor has horrendus aquas et flumina servat Terribile squalore Charon: cui plurima mento Canities inculta iacet stant lumina fiamma, Sordidus ex humeris nodo dependet amictus.

Respicit Aeneas subito: sub rupe sinistra Moenia lata videt, triplici circumdata muro: Quae rapidus flammis ambit torrentibus amnis Tartareus Phlegeton, torquetque sonantia saxa.

Porta adversa, ingens, solidoque adamante columnae: Vix ut nulla virum, non ipsi excindere ferro Coelicolae valeant: stat ferrea turris ad auras: Tisiphoneque sedens, palla succinta cruenta, Vestibulum insomnis servat noctesque diesque.

Hinc exaudiri gemitus, et saeva sonare Verbera: turn stridor ferri, tractaeque catenae.

Gnossius haec Rhadamanthus habet durissima regna: Castigatque, auditque dolos: subigitque fateri Quae quis apud superus, furto laetatus inani, Distulit in seram commisa piacula mortem.

Continuo sontes ultrix accincta flagello Tisiphone quatit insultans: torvosque si nistra Intentans angues, vocat agmina saeva sororum. Tum deum horrisono stridentes cardine sacrae Panduntur portae. Cernis custodia qualis. Vestibulo sedeat? facies quae linnina servet? Quinquaginta atris immanis hiatibus Hydra Saevior intus habet sedem: Necnon et Tityon terrae omniparentis alumnum Cernere erat: per tota novem cui iugera corpus Porrigitur; rostroque immanis vultur obunco Immortale iecur tundens, foecundaque poenis Viscera rimaturque epulis, habitatque sub alto Pectore: nee fibris requies datur ulla renatis.

Quid me moren Lapithas, Ixiona, Pirithoumque? Quos super altra silex iamiam lapsura, cadentique Imminet assimilis. Lucent genialibus altis Aurea fulcra toris, epulaeque ante ora paratae Regifico luxu: Furiarum maxima iuxta Accubat, et manibus prohibet contingere mensas, Exurgitque facem attollens, atque intonat ore, Hic quibus invisi fratres, dum vita manebat, Pulsatusve parens, et traus innexa clienti; Aut qui divitiis soli incubuere repertis, Nee partem posuere suis, quae maxima turba est; Quique ob adulterium caesi, quique arma secuti Impia, nee veriti dominorum fallere dextras; Inclusi poenam expectant. Ne quare doceri Quam poenam, aut quae forma viros fortunave mersit. Saxum ingens volvunt alii, radiisque rotarum Districti pendent; sedet aeternumque sedebit Infelix Theseus; phlegyasque miserrimus omnes Admonet, et mag na testatur voce per umbras: Discite iustitiam moniti, et non temnere Divos.

Vendidit hic auro patriam, dominumque potentem Imposuit: fixit leges pretio atque refixit.

Hic thalamum invasit natae vetitosque hymenaeos. Ausi omnes immane nefas ausoque potiti.

Triples murallas banadas con un rio de fuego, gemidos, ruido de azotes, estrépito de cadenas, serpientes y la hidra con cincuenta bocas, buitre que roe las entranas, y otros objetos semejantes: he aqui lo que nos presenta el poeta en la mansión, segün él mismo dice, de los defraudadores, adülteros, crueles con sus padres, incestuosos, traidores a su patria, y culpables de otros crimenes. Mucho dudo que usted hay oido cosas mas horribles. Y, como si no Ie bastara el espantoso cuadro que acaba de pintar con inimitable pincel, exclama: Non, mihi si linguae centum sint: oraque centum, Ferrea vox, omnes scelerum comprehendere formas, Omnia poenarum percurrere nomina possim. (Aeneid., L. 6.)

Cien lenguas, den bocas, férrea voz, jno Ie bastarian para nombrar siquiera la variedad de penas de aquella mansión de ho¬ rror!

Como quiera, dentro de medio siglo la cuestión del infierno est ara practicamente resuelta para los dos: ruego al cielo que lo sea felizmente para ambos; pero, si usted tiene la temeridad de aventurarse a lo que pueda suceder, me quedaré llorando su funesta ceguera, suplicando al Sehor se digne iluminarle antes que llegue el dia de la ira, en que a la presencia del Juez Supremo velaran su faz los angeles tutelares, no sabiendo qué alegar en des¬ cargo de usted para librarle de la tremenda sentencia. De usted su affmo. Q. B. S. M.

J. B.

Carta IV Filosofia del porvenir. El cristianismo no esta amenazado de muerte Filosoffa del porvenir. Descripción de esta filosofia y retrato de los que la profesan. El catolicismo no esta amenazado de muerte. En los cuatro angulos del universo esta dando senales que acreditan su vida y vigor. Observaciones sobre la decadencia de la fe y de las costumbres. Resena historica de los grandes males que en todas épocas ha sufrido la Iglesia. Su estado actual no es tan desconsolador como algunos creen.

Mi estimado amigo: Mucho me complace que me haya usted ofrecido la oportunidad de manifestarle mi parecer sobre esa filo¬ sofia que usted apellida del porvenir, pues que, si bien usted la critica hasta motejarla, se trasluce, no obstante, que no ha dejado de hacerle mella, mayormente en lo que ella dice sobre los destinos del Catolicismo. Llamela usted filosofia del porvenir, y, en efecto, no cabe nombre mas bien adaptado para calificar esa ciencia estrambótica que, sin resolver nada, sin aclarar nada, solo se ocupa en destruir y pulverizar, respondiendo enfaticamente a todas las preguntas, a todas las dificultades, a todas las exigencias, con la palabra porvenir. A juicio de esta filosofia, la humanidad ha errado siempre, yerra todavia en la actualidad; esta filosofia lo sabe, y al parecer es ella sola quien lo sabe: tan grave y magistral es el tono con que lo anuncia. Demandadle ^dónde esta la verdad, cuando sera dado al hombre encontrarla? En el porvenir. Como se supone, todas las religiones son falsas, todas son obra de los hombres, un ardid para engahar a las masas, un objeto de risa para los sabios, y muy particularmente para los profesores de esa elevada filosoffa, ünicos que merezcan tal nombre: ^dónde estara, pues, la religión verdadera? ^Cuando podran los hombres profesarla? En el porvenir. Ningün filósofo alcanzó a descifrar el enigma del univer¬ so, de Dios y del hombre; ^vendra un dia afortunado en que se verifique el hallazgo de la deseada clave? En el porvenir. La organización social y politica se ha de cambiar radicalmente, se ignora lo que se ha de substituir a lo que actualmente existe; ^quién nos ilustrara para resolver acertadamente tan espinoso problema? El porvenir. Las masas populares sufren atrozmente en los paises mas cultos; la desnudez, el hambre, la mas repugnante miseria, contrastan de una manera escandalosa con el lujo y los goces de los potentados y la vita bona de los filósofos; ^de dónde saldra el remedio para situación tan angustiosa? Del porvenir. El porvenir para la historia, el porvenir para la religión, el porvenir para la literatura, el porvenir para la ciencia, el porvenir para la politica, el por¬ venir para la sociedad, el porvenir para la miseria, el porvenir para si mismo, el porvenir para lo presente, el porvenir para lo pasado, el porvenir para todo. Panacea de todas las dolencias, satisfacción de todos los deseos, cumplimiento de todas las esperanzas, realización de todos los suehos; siglo de oro, cuyos radiantes albores, ocultos a los ojos de los profanos, solo se revelan a algunos espiritus que alcanzaron el inefable privilegio de leer escrita en le¬ tras divinas la historia del porvenir. Por esto Ie saludan con alborozo; por esto se abalanzan a él como niho a los brazos de la madre que Ie acaricia; por esto atraviesan con irónica sonrisa por en me¬ dio de este siglo que no los comprende; por esto vivirian gustosos la vida de los desprendidos filósofos de la Grecia, y se retiranan del mundo a guisa de anacoretas, si no fuera necesaria su presencia para anunciar la verdad, si pudiesen prescindir de la misión que han recibido sobre la tierra. jDesgraciados! Victimas de un destino infausto, no les es dado conceder a su entendimiento todo el vuelo a donde lo ensalzara su profética inspiración\ no les es permitido desahogar su pecho con una expansión humanitaria, y, pegados a esa época de barro, se encuentran forzados a vivir en espléndidos palacios, a ocupar elevadisimos puestos, desde donde puedan comenzar a dirigir acertadamente esta sociedad, y no les queda otro consuelo que solazarse algunos momentos, cantando lo que su mente divisa y su corazón augura.

Magnus ab integro saeculorum nascitur ordo, lam redit et virgo redeunt saturnia regna: Occidet et serpens, et allax herba veneni Occidet: assirium vulgo nascetur amomum.

Molli paulatim flavescet campus arista, Incultisque rubens pendebit sentibus uva, Et durae quercus sudabunt roscida mella.

Non rastros patietur humus; non vinea falcem; Robustis quoque iam tauris iuga solvet arator. Nee varios dieet mentiri lana colores; Ipse sed in pratis aries iam suave rubenti Murice, iam croceo mutabit vellera luto, Sponta sua sandyx pascentes \/estiet agnos Talia saecula suis dixerunt currite fusis Concordes stabili fatorum numine paree.

No les pregunte usted, mi estimado amigo, cómo han descubierto tantos prodigios, quién les ha revelado tan admirables arcanos: sobre todo no les exija usted pruebas de lo que asientan; ni, tratandoles cual si fueran adocenados pensadores, se atreva usted a requerirles para que demuestren lo que afirman. Éstas son cosas que mas bien se presienten que no se conocen, tienen algo de poético, de aéreo; son previsiones envueltas en figuras, simbólicas; y quien con esto no se satisface es indigno de la filosofia, la llama del genio no ha tocado su frente, no ha brotado en su espiritu la inspiración creadora. Por lo demas, ^quién no ve algunas sehales de esa transformación maravillosa? No todos alcanzan a preverla con tanta claridad como aquellos a quienes ha sido revelada en misteriosas apariciones; pero a nadie pueden ocultarse los infalibles smtomas que anuncian una próxima y universal mudanza.

Aspice convexo nutantem pon de re mundum.

Terrasque tractusque mar is coelumque profundum: Aspice, venturo lautentur ut omnia saeclo.

Menester es confesar que el expediente ideado por estos filósofos no es lerdo, y que ademas tiene la indecible ventaja de ser muy cómodo. Maldito el provecho que sacaron los que se propusieron arreglar el mundo presente; lo que conviene es endosarlo todo al porvenir, que al buen pagador no Ie duelen prendas. Sócrates con su manto rasgado, y luego con su cicuta, Diógenes con su tonel, y su arena abrasada, Heraclito con sus lagrimas, y Demócrito con su risa, no entendian una palabra de achaque de filosofia. Burlarse de lo pasado, gozar de lo presente, y alucinar a todo el mundo con la esperanza de un bello porvenir: he aqui la fórmula mas cabal que se encontrara jamas para evltarse disgustos y salir airoso de todo linaje de compromisos. <j,Y si el porvenir no corresponde a los pronósticos?, objetaran algunos escrupulosos. Medrados estamos, si hemos de darnos pena por lo que sucedera: el negocio consiente largas, el plazo que tomamos no es breve, y pa¬ ra no aventurar nada lo dejamos Indefinido; siempre podremos solicitar una nueva dilación, y, si alguien de nosotros hasta se adelanta a fijar tiempo, no tengais cuidado, que no debe de ser tan olvidadizo que no recuerde aquello de No temais, sehor mio, Respondió el charlatan, pues yo me no.

En diez ahos de plazo que tenemos, El rey, el asno o yo ^no moriremos?

Hecha la debida justicia a la filosofia del porvenir, réstame el nutantem pondere mundum, quiero decir, la gravisima complicación de los problemas que pesan sobre la sociedad, y ver hasta qué punto tienen fundamento los filósofos para hablarnos de las transcendentales mudanzas que las futuras generaciones estan destinadas a presenciar. Por de contado muchos de ellos dan por supuesto que no se verificaran estos cambios bajo la influencia de la religión; que, al contrario, ésta va perdiendo terreno, y que una de las principales condiciones de la renovación del mundo, ha de ser el substltuir a la religión la filosofia. Ya se ve; como, en sentir de ciertos hombres, las religiones, y particularmente el cristianismo, no son otra cosa que «una producción espontanea de las ideas de las masas, abriéndose paso y encarnandose, cuando son maduras, en una imaginación exaltada, a menudo alucinada por la revelación que ella anuncia- 111 »; se dara un paso agigantado en la carrera de la perfección social, cuando las masas sean bastante ilustradas para contemplar la verdad en toda su pureza, cara a ca¬ ra, sin necesidad de los simbolos y envolturas que solo convienen a la flaqueza de inteligencias limitadas. Inütil es decir que no convengo yo con M. Jouffroy en tan peregrina definición, y que, por consiguiente, tampoco puedo admitir las deducciones a que ella se brinda. No creo, pues, que jamas puedan dirigirse bien las masas (y en esta palabra masas comprendo la sociedad entera), sin la influencia de la religión, y que tan absurdo me parece el que la filo¬ sofia llegue nunca a llenar el vacio ocupando su puesto, como el que la religión sea una producción espontanea de las ideas de las masas.

En este siglo de analisis filosófico-histórico, seria muy curiosa la demostración en que se produjesen los datos fehacientes de que el cristianismo fue el producto espontaneo de las masas. óDe qué masas salió el Evangelio?, <,eran las judi'as o las idólatras? Si de las primeras, ^cómo es que los acérrimos defensores de la ley de Moisés fuesen los capitales enemigos de Jesucristo?; ^dónde hay un solo hecho, una sola palabra, un leve indicio, de que Jesüs aprendiese de los judios su sublime ensenanza? ^No es, al contrario, patente que las palabras del Divino Maestro eran recibidas co¬ mo enteramente nuevas, y que llenaban de asombro y estupor a cuantos Ie oian, escandalizandose los unos de la novedad, y acogiéndolas otros con transportes de admiración y con entusiasta acatamiento? jHombres ciegos! Si habéis leido el sermón sobre la montana, si habéis reparado jamas en aquel raudal de sabiduria y de amor que fluye de los labios de un Hombre que no habia aprendido las letras, decidnos: ^dónde estaban las doctrinas que en él se vierten? Desparramadas, nos diréis, en medio del pueblo; pero, dejando aparte la convincente reflexión que se acaba de indicar, ^qué prueba sehalais para asentar tan extraha paradoja? ^Mentaréis por ventura la filosofia de la época? Pero, ^acaso sois ünicamente vosotros los que de ella tenéis conocimiento? ^Creéis que se ha perdido en el mundo la historia cientifica contemporanea?

Ademas, que ni siquiera otorgais a la religión este honor de nacer de la filosofia, jla hacéis brotar de la cabeza de las masas! Recuérdese, pues, para no olvidarse jamas, que la religión mas admirada hasta por sus propios enemigos, por la sabiduria y santidad de que rebosa, fue un producto espontaneo de las ideas de las masas del tiempo de Tiberio y de Herodes. jl_o ridiculo compite con lo sacrflego!

Hasta ahora se habi'a crei'do que las masas estaban en posesión de la ignorancia, que la presunción, en materia de grandes pensamientos, estaba en favor de algunos genios privilegiados, y que de éstos debia derramarse sobre aquéllas la luz que necesitaban. Ahora sabremos que esta luz preexiste en ellas, y no como quiera, sino preparada para ejercer sus efectos, como fruta madura, y que, cuando un hombre extraordinario surge de en me¬ dio de la muchedumbre, a esta muchedumbre debe todo cuanto piensa y todo cuanto hace. Sin duda que ni aun a los ojos de sus enemigos sera el cristianismo menos admirable que los mas elevados sistemas filosóficos; de lo que podremos inferir que estos habran de tener el mismo origen. En efecto: la religión no es, en tal caso, mas que una filosofie disfrazada con sfmbolos y enigmas; de suerte que la invención de aquélla tiene sobre ésta una dificultad particular, que consiste en excogitar acertadamente los ve¬ los con que se ha de cubrir. Podremos, pues, afirmar, sin riesgo de equivocarnos, que la filosofi'a de Sócrates, de Platón, de Aristóteles, de Bacon, de Descartes, de Malebranche, de Leibnitz, no era otra cosa que una producción espontanea de las masas; y, jcosa rara!, también habra de caber la misma suerte a la tan ponderada de Kant, Hegel, Cousin, y del mismo Jouffroy.

Bien haya quien tales descubrimientos nos proporciona; quien revela con tan estupenda sagacidad el camino que se ha de seguir para llegar a la mas alta sabiduria. jOh!, jcuan errado andaba Des¬ cartes cuando se condenaba a tan dilatadas meditaciones, comenzando ya desde el colegio a obtener la dispensa de no madrugar demasiado, y fomentar asi con el suave calor la fuerza de la contemplación a que se abandonaba! jMuy tonto era Malebranche, que pasaba sus dias en el mayor retiro, sepultado en su gabinete, y cerradas las ventanas para que la luz no Ie distrajese! A estos pobres filósofos, y a sus menguados maestros y discipulos, se les habia metido en la cabeza que es infinito el numero de los tontos, y que quien deseaba ser sabio, o menos tonto, debia andar cuidadoso en no dejarse contaminar demasiado de la atmósfera del vulgo, y has¬ ta contando por vulgo a tantos como se eximen de este dictado por mas legitimos titulos que justifiquen su pertenencia a la misma clase. Ignoraban estos buenos senores que, ora sea para idear un sistema de filosofia, ora para inventar una religión, es necesario mezclarse entre las masas, no precisamente para observarlas en sus extravios, en sus errores, en sus pasiones, en sus caprichos, y estudiar asi los resortes del espiritu humano, y aprender a dirigirle, que esto ya lo sabiamos de muy antiguo, sino para ver las ideas que en ellas germinan, para seguirlas en su crecimiento y desarrollo, y, en notando que estan maduras, aprovechar el momento critico, formularlas, haciendo que se encarnen, y presentar luego el resultado a las mismas masas asombradas, diciéndoles: «he aqui un presente del cielo.»

jPobres masas!, y no sabran que adoran un idolo que ellas han fabricado; que comen, cual mana bajado del cielo, la misma fruta que de ellas ha nacido; y de tal manera, que, para ofrecérsela el mentido impostor, apenas ha tenido ningün trabajo, solo el de cogerla, pues, que ya estaba madura.

Si los católicos nos hubiéramos permitido tamahas paradojas, si nos hubiéramos atrevido a emitir semejantes aserciones, contra¬ bas a la buena filosofia, en oposición con la historia, repugnantes al sentido comün, sin pruebas de ninguna clase, sin indicios los mas leves, sin el mas remoto fundamento para apoyar la conjetura; si, mal hallados con el lenguaje ordinario, hubiéramos echado mano de expresiones simbólicas, haciendo encarnar ideas, y con la peregrina ocurrencia de aplicarles la metafora de maduras, ofreciendo de esta manera un estrambótico contraste, todos los diccionarios de la satira no hubieran sufragado los apodos necesarios para cubrir de burla semejante atentado contra la filosofia y el buen gusto. Juzgue usted, mi estimado amigo, entre nuestros adversarios y nosotros; y juzguen con usted todos los hombres de sana razón.

Infiero de lo que acabo de exponer, que es una pura quimera la profecia de algunos filósofos de nuestra época de que el cristianismo esté destinado a morir, y de que haya de recoger su herencia esa filosofia, de que todos hablan, sin decirnos en qué consiste. En este punto, paréceme astuta y todavia mas cómoda, la conducta de M. Cousin, fundada en los motivos que nos ha revelado M. Pedro Leroux en un numero de la Revista independiente. El pasaje es curioso, y merece la pena de copiarle. «Hace ya muchos ahos, dice M. Leroux, que conversando con M. Cousin sobre su apologia, no de Sócrates, sino de los jueces de Sócrates, extrana paradoja escrita, a lo que parece, para hacer una mueca a Platón y a Jenofonte, Ie echabamos en cara este acto irracional que mirabamos como un crimen de lesa filosofia. Se interrumpió M. Cousin en su respuesta, para preguntarnos: ^cuanto tiempo os parece que a la religión de nuestro pais Ie queda de vida? —No es ésta la cuestión, Ie dije yo; se trata de la filosofia, de la verdad; jamas los filósofos hubieran hecho nada bueno, si, en vista de la realidad, se hubiesen interrogado de esta suerte para saber lo que debian ha¬ cer. —Yo, replicó M. Cousin, creo que el catolicismo tiene todavia alimento para trescientos ahos (en a encore pour trois cents ans dans Ie ventre); en consecuencia, me quito humildemente el som¬ brero en presencia del catolicismo, y continuo la filosofia.»

Hubo un tiempo en que cundió entre los protestantes la mama de anunciar la cai'da del catolicismo, fijando con tanta precisión la época, como pueden hacer los astrónomos con un eclipse, o el paso de un cometa. Seguros de la predicción, la pregonaban con gran ruido; pero las cuentas debian de estar mal ajustadas, que la época fatal llegaba, y el pronóstico no se cumplia. Estos profetas eran a veces sobrado indiscretos; pues se atrevian a sehalar un plazo breve, cuyo transcurso no era bastante a que se hubiese olvidado el anuncio. M. Cousin recordaria sin duda estos chascos proféticos, y, no queriendo llevar las cosas a un extremo a guisa de buen conservador, y proponiéndose, por otra parte, evitar la burla de ser desmentido, escogió un medio término entre los siglos de los siglos de los católicos y el corto espacio de los profetas protes¬ tantes, y Ie otorgó al catolicismo un plazo de trescientos ahos. De esta manera, cuando en todo el presente siglo y en el siguiente se admiren algunos de que vaya durando el catolicismo, estara muy a mano la satisfactoria respuesta de que «esto ya lo habia pronosticado M. Cousin»; y cuando pasados los trescientos ahos, al expirar el plazo fatal, se vea que el catolicismo no muere por inanición, y que Ie queda todavia alimento; entonces ya nadie se ha de acordar de M. Cousin, cuando menos de su profecia.

En lo moral como en lo fisico, el primer smtoma de estar tocado de muerte un ser cualquiera, es no crecer, no producir; la cercana extinción de la vida se muestra siempre por la falta del desarrollo y de la acción del ser que muere. Se Ie secan al arbol sus hojas, se marchitan las flores, no Ie nace el fruto; al anlmal se Ie retira el calor, sus facultades funcionan con lentitud, su obrar es languido, su fecundidad cesa. Observad el mundo intelectual y moral, y notaréis los mismos fenómenos. Cuando un sistema filosófico caduca, pierde su acción propagandista; lejos de aumentar el nümero de sus prosélitos, se disminuye: no se hace nueva aplicación de sus doctrinas, se arrumban las que se hicieron, todo se prepara para que caiga en desprecio, y luego en olvido. Una legislación próxima a perecer, es con frecuencia desobedecida, sus propios sostenedores no se atreven a hacer uso de ella, no se extiende a otros pueblos, es ya un cuerpo exanime a quien solo faltan los honores de la sepultura. Lo propio sucede con las instituciones, sean del orden que fueren, y por mas que haya sido su importancia. La muerte que les amenaza de cerca, se manifiesta por sintomas infalibles. Recórrase la historia entera, fijese la vista en todas las instituciones sociales y politicas, que por una u otra causa hayan adolecido de achaque mortal, y se vera que en los ültimos periodos de su existencia se parecian a aquellos edificios rulnosos, de los cuales huyen a toda prisa los habitantes para no ser sepultados en sus escombros.

Nada de esto se verlfica con el catolicismo. Arraigado en Espana, Portugal, Italia, Francia, Bélgica, en varios paises de Alemania, en Polonia, en Irlanda, con dilatados dominios en la América, progresando en Inglaterra, en los Estados Unidos, desplegando vivisima actividad en las misiones de Oriente y Occidente, difundiendo de nuevo en distintas regiones los institutos religiosos, sosteniendo vigorosamente sus derechos, ora con enérgicas protestas, ora arrostrando la persecución, defendiendo sus doctri¬ nas con grande aparato de saber y de elocuencia en los principales centros de inteligencia del mundo civilizado, contando entre sus disci'pulos hombres esclarecidos, que no les van en zaga a los de otra secta cualquiera, ^dónde estan los smtomas de una muerte cercana?, ^dónde las senales que indican la caducidad?

Ya preveo, mi estimado amigo, la dificultad que me va usted a objetar; y, por si no Ie ocurriese a usted, yo mismo cuidaré de presentarla sin quitarle nada de su fuerza. Si tanta es la vida entranada en el catolicismo; si tan claras y evidentes son las senales con que se muestra, <j,por qué estais lamentandoos de los males que afligen a la Iglesia en este siglo?, ^por qué se recuerdan a cada paso aquellos dias de gloria, que alcanzara en épocas mas felices?

A esto responderé, en primer lugar, que yo no he dicho que el cato¬ licismo no haya sufrido grandes quebrantos: ünicamente he sostenido que en su situación actual no se descubn'an anuncios de muerte. Estas dos aserciones son muy diferentes, nada tiene que ver la una con la otra. Esta contestación basta y sobra para desvanecer la dificultad propuesta; pero a mayor abundamiento me permitiré ahadir que también suele haber alguna exageración de los actuales males de la Iglesia, en comparación de los que sufrió en otros siglos. La decadencia de la fe y de las costumbres es a menudo ponderada en demasia, no solo por los enemigos de la Iglesia, sino también por sus hijos mas predilectos. Éstos por celo y por un santo pesar, aquéllos por espiritu de maledicencia y por un secreto placer de anunciar el desmoronamiento de lo que desean ver arruinado, todos contribuyen a que suenen muy alto los ayes en que se lamentan los males de la época, y a que los hombres ignorantes o poco advertidos se imaginen que, comparado con el de los antiguos tiempos el catolicismo de ahora, ha pasado a ser, de un reino pacifico, rico, poderoso, floreciente, una miserable comarca, entregada a un reducido numero de moradores, victimas de la degradación y de la anarquia.

Con perdón de los que asi opinan, y para consuelo de los que desearian ver en la Iglesia un cuadro mas halagüeho, diré que no es esto lo que enseha la historia, y que, cuando tan sentidamente se lamentan los males de nuestro tiempo, es por la sencilla razón de que siempre la enfermedad presente es la peor.

Cuantos desean comprender algün tanto la historia del cristianismo, y no escandalizarse a cada paso por los acontecimientos adversos que en tanta abundancia nos ofrece, no deben jamas perder de vista que la religión de Jesucristo lo es de sufrimientos, de contrariedades, de persecuciones; es una religión de sacrificio, que se inauguró sobre la tierra con la inmolación del Cordero sin mancilla. Todo lo que a ella pertenece, lleva este formidable sello: el Bautista precursor es decapitado, y su cabeza sirve de pre¬ sente en una orgia para abrevar de sangre una horrible venganza; los apóstoles sufren el martirio en las diversas partes del mundo; y viene tras ellos una muchedumbre que nadie puede contar, de todas lenguas, tribus, naciones, condiciones, edades, sexos, que su¬ fren los tormentos y la muerte por la fe, y lavan sus estolas en la sangre del Cordero. ^Os desalientan las apostasias que estais presenciando, los errores que pululan, el extravio de tantos que, o por interés, o por vergüenza, o por otras pasiones, niegan al Divino Maestro? Pero, óolvidais, acaso, la traición de Judas y la negación de San Pedro?

Vemos, es cierto, muchedumbre de sectas separadas; vemos cual se asestan contra la Iglesia los tiros del sofisma y de la calumnia; pero, <j,es esto otra cosa que una repetición de lo que ha sucedido en todos los siglos desde su fundación? En el primero brotan como inmundos insectos las inmorales herejias de Simón, Cerinto, Menandro, Ebión, Saturnino, Basilides y Nicolao. En el segundo aparecen los Gnósticos, Valentinianos, Orfitas, Archonticos, Cayanos, Helcésitas, Encratitas, Marcionistas, Montanistas y otros. En el tercero encontramos los sectarios de Praxeas, de Sabelio, de Paulo de Samosata, de Navato, de Manes; de suerte que, mientras la Iglesia tenia contra si los potros, los caballetes, la cuchilla, las hogueras, y todo linaje de horrendos suplicios, veia salir de su propio seno hijos ingratos que Ie despedazaban las entrahas corrompiendo la pureza de la moral y del dogma, levantando catedra con¬ tra catedra, y propalando, cual doctrinas emanadas del cielo, los suehos de la ilusión, y de la impostura.

Y <j,qué diremos de los siglos siguientes? Se habla de la paz de Constantino, se ponderan las ventajas que de ella resultaron a la Iglesia; es cierto; pero no lo es menos que aquella paz fue a menudo interrumpida, con frecuencia muy amargada, y que el Divino Esposo no Ie dejó olvidar un momento que estaba en tierra de peregrinación, que era militante, y que no Ie era dado disfrutar aqui abajo de la calma y felicidad que Ie estan reservadas para cuando la Jerusalén de este mundo esté absorbida en la celestial. En el mismo siglo en que la cruz se enarboló sobre el trono de los Césares, experimentó la Iglesia tantos sinsabores, que dificilmente se los causaran mas dolorosos los rigores de la persecución. ^Quién ignora la turbación y desastres acarreados por los cismas de los Donatistas, Melecianos y Luciferianos? Las Iglesias de Africa, de Egipto, de Asia, vieron erigido altar contra altar, divididos escandalosamente los fieles, hecha pedazos la tünica inconsütil de Jesucristo. Y <j,qué sera si recordamos las muchas herejias que a la sazón se levantaran, y particularmente las de Arrio y Macedonio? Penosas son en nuestra época las tareas de aquellos a quienes puso el Espiritu Santo para regir la Iglesia de Dios; pero penosas eran también las de los obispos que formaban los concilios de Nicea y de Constantinopla. Y no faltaban también emperadores que afligian a la Iglesia, extralimitandose de sus facultades y entrometiéndose en los negocios puramente eclesiasticos, y habia también un Juliano apóstata que se complacia en abatirla y humillarla, y habia también escritores venenosos que derramaban por todas partes sus funestas doctrinas; y los apologistas de la religión se veian precisados a trabajar sin descanso, a multiplicarse, por decirlo asi, para hacer frente a los muchos puntos que reclamaban el auxilio de su saber y de su elocuencia en defensa de la religión. San Atanasio, San Cirilo, San Basilio, los dos Gregorios, San Epifanio, San Ambrosio, San Agustin, San Jerónimo, San Juan Crisóstomo, y otras lumbreras de aquel siglo, recuerdan los empehados combates que a la sazón sostuvo la verdad contra el error, supuesto que para alcanzar la inmortal Victoria se empenaron en la lucha tantos gigantes.