Leibnitz, ese grande hombre que, según la expresión de Fontenelle, conducía de frente todas las ciencias, reconoció también la debilidad del Protestantismo, y la firmeza de organización de la Iglesia católica. Sabido es que, lejos de participar del furor de los protestantes contra el Papa, miraba su supremacía religiosa con las mayores simpatías. Confesaba paladinamente la superioridad de las misiones católicas sobre las protestantes; y las mismas comunidades religiosas, objeto para muchos de tanta aversión, eran para él altamente respetables. Cuando tales antecedentes se tenían sobre las ideas religiosas de ese grande hombre, vino á confirmarlos más y más una obra suya póstuma, publicada en París por primera vez en 1819. Quizás no disgustará á los lectores una breve noticia sobre acontecimiento tan singular. En el citado año dióse á luz en París la _Exposición de la doctrina de Leibnitz sobre la religión, seguida de pensamientos extraídos de las obras del mismo autor, por M. Emery, antiguo superior general de San Sulpicio_. En esta obra de M. Emery está contenida la póstuma de Leibnitz, y cuyo título en el manuscrito original es: _Sistema teológico_. El principio de la obra es notable por su gravedad y sencillez, dignas ciertamente de la grande alma de Leibnitz. Hele aquí: «Después de largo y profundo estudio sobre las controversias en materia de religión, implorada la asistencia divina, y depuesto, al menos en cuanto es posible al hombre, todo espíritu de partido, me he considerado como un neófito venido del Nuevo Mundo, y que todavía no hubiese abrazado ninguna opinión; y he aquí dónde al fin me he detenido, y, entre todos los dictámenes que he examinado, lo que me parece que debe ser reconocido por todo hombre exento de preocupaciones, como lo más conforme á la Escritura Santa, á la respetable antigüedad, y hasta á la recta razón y á los hechos históricos más ciertos.»
Leibnitz establece en seguida la existencia de Dios, la Encarnación, la Trinidad, y los otros dogmas del Cristianismo; adopta con candor y defiende con mucha ciencia la doctrina de la Iglesia católica sobre la tradición, los sacramentos, el sacrificio de la misa, el culto de las reliquias y de las santas imágenes, la jerarquía eclesiástica, y el primado del Romano Pontífice. «En todos los casos, dice, que no permiten los retardos de un concilio general, ó que no merecen ser tratados en él, es preciso admitir que el primero de los obispos, ó el Soberano Pontífice, tiene el mismo poder que la Iglesia entera.»
[8] Pág. 63.--Quizás algunos podrían creer que lo dicho sobre la vanidad de las ciencias humanas, y sobre la debilidad de nuestro entendimiento, es con la sola mira de realzar la necesidad de una regla en materias de fe. Muy fácil fuera aducir larga serie de textos sacados de los escritos de los hombres más sabios, antiguos y modernos; pero me contento con insertar un excelente trozo de un ilustre español, de uno de los hombres más grandes del siglo XVI. Es Luis Vives.
«_Iam mens ipsa, suprema animi et celsissima pars, videbit quantopere sit tum natura sua tarda ac praepedita, tum tenebris peccati caeca, et a doctrina, usu, ac solertia imperita et rudis, ut ne ea quidem quae videt, quaeque manibus contrectat, cuiusmodi sint, aut qui fiant assequatur, nedum ut in abdito illa naturae arcana possit penetrare; sapienterque ab Aristotele illa est posita sententia: Mentem nostram ad manifestissima naturae non aliter habere se, quam noctuae oculum ad lumen solis_: ea omnia, quae universum hominum genus novit, quota sunt pars eorum quae ignoramus! nec solum id in universitate artium est verum, sed in singulis earum, in quarum nulla tantum, est humanum ingenium progressum, ut ad medium pervenerit, etiam in infimis illis ac vilissimis: ut nihil existimetur verius esse dictum ab Academicis, quam: _scire nihil_.» (_Ludovicus Vives, De Concordia et Discordia. Lib. 4, cap. 3._) Así pensaba este grande hombre, que, á más de estar muy versado en toda clase de erudición, así sagrada como profana, había meditado profundamente sobre el mismo entendimiento humano; que había seguido con ojo observador la marcha de las ciencias, y que, como lo acreditan sus escritos, se había propuesto regenerarlas. Sensible es que no se puedan copiar por extenso sus palabras, así del lugar citado, como de su obra inmortal sobre las causas de la decadencia de las artes y ciencias y el modo de enseñarlas.
Como quiera, á quien se manifestase descontento porque se han dicho algunas verdades sobre la debilidad de nuestros alcances, y tuviese recelos de que esto dañara al progreso de las ciencias, porque así se apoca el entendimiento, será bien recordarle que el mejor modo de hacer progresar á nuestro espíritu es el que se conozca á sí mismo; pudiendo á este propósito citarse la profunda sentencia de Séneca: «Pienso que muchos hubieran podido alcanzar la sabiduría, si no hubiesen presumido que la habían ya alcanzado.» «_Puto multos ad sapientiam potuisse pervenire, nisi se iam crederent pervenisse._» [9] Pág. 70.--Es cierto que, al acercarse á los primeros principios de las ciencias, se encuentra el entendimiento rodeado de espesas sombras. He dicho que de esta regla general no se exceptúan las mismas matemáticas, cuya certeza y evidencia se han hecho proverbiales. El cálculo infinitesimal, que en el estado actual de la ciencia puede decirse que la domina, estriba, sin embargo, en algunas ideas sobre los _límites_, ideas que hasta ahora nadie ha podido aclarar bien. Y no es que trate de poner en duda su certeza y verdad; solo me propongo hacer notar que, si se quisiera llamar á examen en el tribunal de la metafísica las ideas que son como los elementos de ese cálculo, no dejarían de poder esparcirse sobre ellas algunas sombras. Aun concretándonos á la parte elemental de la ciencia, se podrían también descubrir algunos puntos que no sufrirían sin algún daño un detenido análisis metafísico é ideológico; cosa que sería muy fácil manifestar, si lo consintiese el género de esta obra. Entre tanto puede recomendarse á los lectores la preciosa carta dirigida por el distinguido jesuíta español _Eximeno_ á su amigo _Juan Andrés_, donde se hallan observaciones muy oportunas sobre la materia, hechas por un hombre á quien de seguro no se puede recusar por incompetente. Esta carta está en latín, y su título es: _Epistola ad clarissimum virum Ioannem Andresium_.
Por lo que toca á las otras ciencias, no es necesario insistir en manifestar cuánta obscuridad se encuentra al acercarse á sus primeros principios; pudiéndose asegurar que los brillantes sueños de los hombres más ilustres han reconocido este origen. Impulsados por el sentimiento de sus propias fuerzas, penetraban hasta los abismos en busca de la verdad; allí la _antorcha se apagaba en sus manos_, por valerme de la expresión de un ilustre poeta contemporáneo, y extraviados por un obscuro laberinto se entregaban á merced de su fantasía y de sus inspiraciones, tomando por la realidad los hermosos sueños de su genio.
[10] Pág. 73.--Para ver con toda claridad, para sentir con viveza la innata debilidad del espíritu humano, no hay cosa más á propósito que recorrer la historia de las herejías, historia que debemos á la Iglesia por el sumo cuidado que ha tenido en definirlas y clasificarlas. Desde Simón Mago, que se apellidaba el _legislador de los judíos_, _el reparador del mundo_, _el Paracleto_, mientras tributaba á su querida Elena culto de latría bajo el nombre de Minerva, hasta Hermán, predicando la matanza de todos los sacerdotes y magistrados del mundo, y asegurando que él era el verdadero Hijo de Dios, puede un observador contemplar ese vasto cuadro, que, si bien es muy desagradable, cuando no por otras causas, al menos por su extravagancia, no deja, sin embargo, de sugerir graves y profundas reflexiones sobre el verdadero carácter del espíritu humano, manifestando la sabiduría del Catolicismo, cuando en ciertas materias se empeña en sujetarle á una regla.
[11] Pág 79.--Quizás no todos se persuadirán fácilmente de que las ilusiones y el fanatismo estén, como en su elemento, en medio de los protestantes; y por esto será preciso traer aquí el irrecusable testimonio de los hechos. Podrían escribirse sobre el particular crecidos volúmenes, pero habré de contentarme con una rapidísima reseña, empezando desde Lutero. Yo no sé si puede llevarse más allá el delirio, que el pretender haber sido enseñado por el diablo, y gloriarse de ello, y sostener con tamaña autoridad las nuevas doctrinas. Y, sin embargo, el fundador del Protestantismo, el mismo Lutero, es quien así delira, dejándonos consignado en sus obras el testimonio de su entrevista con Satanás. ¿Puede darse mayor desvarío? Ya fuese real la aparición, ya fuese un sueño de cabeza calenturienta, ¿puede llegarse más allá en la línea del fanatismo que jactarse de haber tenido tal maestro?
Varios fueron los coloquios que, según nos dice él mismo, tuvo con el diablo; pero es digna de referirse la visión, en que, según nos cuenta con toda seriedad, le obligó Satanás con sus argumentos á prohibir la misa privada. La descripción que del caso nos hace es muy viva. Despierta Lutero á media noche, se le aparece Satanás, Lutero se horroriza, suda, tiembla, y el corazón le palpita de un modo horrible. Entáblase, no obstante, la disputa; el diablo, á fuer de buen dialéctico, le estrecha con sus argumentos de tal manera, que no le queda respuesta. Lutero queda vencido; y no es extraño, porque la lógica del diablo dice que andaba acompañada con una voz tan horrorosa que helaba la sangre. «Entonces entendí, dice este miserable, lo que sucede á menudo, de que mueren repentinamente muchos al amanecer, y es que el demonio puede matar ó ahogar á los hombres; y hasta sin esto, los pone con sus disputas en tales apuros, que puede causar la muerte de esta manera, como muchas veces lo he experimentado yo.» El pasaje es peregrino. El fantasma de Zuinglio, fundador del Protestantismo en Suiza, no deja también de presentar un ejemplo de ridícula extravagancia. Quería este heresiarca negar la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, pretendiendo que lo que hay debajo de las especies consagradas no es más que un signo. Como en la Sagrada Escritura se expresa tan claramente lo contrario, se hallaba embarazado con la autoridad del sagrado texto; cuando he aquí que, mientras se imaginaba que estaba disputando con el Secretario de la Ciudad, se le aparece un fantasma _blanco ó negro_, como nos dice él mismo, y le señala una salida que le deja libre del apuro. Este gracioso cuento lo sabemos por el mismo Zuinglio.
¿Quién no se aflige al ver á un hombre como Melanchton entregado á las preocupaciones y manías de la superstición más ridícula, al verle neciamente crédulo en materia de sueños, de fenómenos raros, de pronósticos astrológicos? Y, sin embargo, nada hay más cierto; léanse sus cartas y se tropezará á cada paso con semejantes miserias. Al tiempo de celebrarse la dieta de Augsburgo, parecíanle presagios muy favorables al nuevo _Evangelio_, una inundación del Tiber, el que en Roma una mula hubiese dado á luz un monstruo con un pie de grulla, y el haber nacido en el territorio de Augsburgo un becerro con dos cabezas. Estos acontecimientos eran para él anuncios indudables de un cambio en el universo, y singularmente de la próxima ruina de Roma por el cisma. Así escribía seriamente á Lutero. Forma él mismo el horóscopo de su hija, pero está temblando por ella á causa de que Marte presenta un aspecto horrible, asustándole no menos la pavorosa llama de un cometa muy septentrional. Los astrólogos habían pronosticado que por el otoño serían los astros más favorables á las disputas eclesiásticas, y ese pronóstico basta para consolar á nuestro buen hombre de que las conferencias de Augsburgo sobre religión vayan tan lentamente; y se ve además que sus amigos, es decir, los jefes del partido, se dejan dominar también por tan poderosas razones. Como si no tuviera bastantes penas, se le pronostica que había de padecer un naufragio en el Báltico y él se guardara de surcar aquellas aguas fatales.
Cierto franciscano había tenido la humorada de profetizar que el poder del Papa iba á debilitarse y en seguida á caer para siempre, como y también que en el año 1600 el turco dominaría la Italia y la Alemania; y el bueno de Melanchton se gloría de tener en su poder la profecía original, además que los terremotos que suceden le confirman en su creencia.
Apenas acababa de erigirse en juez único el espíritu privado, ya la Alemania estaba inundada de sangre por las atrocidades del más furioso fanatismo. Matías Harlem, anabaptista, puesto á la cabeza de una turba feroz, manda saquear las iglesias, destrozar sus ornamentos y quemar todos los libros como impíos ó inútiles, exceptuando sólo la Biblia. Situado en Múnster, que él llama _La Montaña de Sión_, hace llevar á sus pies todo el oro y plata y joyas preciosas que poseen los habitantes, lo deposita en un tesoro común, y nombra diáconos para la distribución. Obliga á todos sus discípulos á comer en común, á vivir en perfecta igualdad y á prepararse para la guerra que habían de emprender, saliendo de la _Montaña de Sión_, _para someter_, según decía, _á su poder todas las naciones de la tierra_; y mueren por fin en un arrojo temerario, en que se prometía que, _cual nuevo Gedeón_, exterminaría con un puñado de hombres el _ejército de los impíos_. No faltó á Matías un heredero de fanatismo, presentándose luego Becold, quizás más conocido bajo el nombre de Juan de Leyde. Este fanático, sastre de profesión, echó á correr desnudo por las calles de Múnster gritando: _El rey de Sión viene_. Entró en su casa, se encerró allí por tres días, y, cuando el pueblo se presentó preguntando por el, aparentó que no podía hablar.
Como otro Zacarías, pidió por señas recado de escribir, y escribió que Dios le había revelado que el pueblo había de ser regido por jueces, á imitación del pueblo de Israel.
Nombró doce jueces, escogiendo aquellos que le eran más adictos, y hasta que la autoridad de los nuevos magistrados fué reconocida, tuvo él la precaución de no dejarse ver de nadie. Estaba ya asegurada en cierto modo la autoridad del nuevo profeta, pero no se contentó con el mando efectivo, sino que le ambicionó rodeado de toda pompa y majestad; propúsose nada menos que proclamarse _rey_. En tan lastimoso vértigo estaban los fanáticos sectarios, que no le fué difícil salir á cabo con su loca empresa: no se necesitaba más que jugar una grosera farsa. Un platero, que estaba en inteligencia con el aspirante á rey, y que también se hallaba iniciado en el arte de profetizar, se presenta á los _jueces de Israel_ y les habla de esta manera: _He aquí lo que dice el Señor Dios, el Eterno: como en otro tiempo yo establecí á Saúl sobre Israel, y después de él á David, no siendo más que un simple pastor, así establezco hoy á Becold, mi profeta, rey de Sión_. Los jueces no podían determinarse á renunciar; pero Becold aseguró que también había tenido él la misma revelación, que la había callado por humildad, pero que, habiendo Dios hablado á otro profeta, era menester resignarse á subir al trono, _para cumplir las órdenes del Altísimo_. Los jueces insistieron en que se convocase al pueblo, que en efecto se reunió en la plaza del mercado; y allí, habiéndosele presentado por un _profeta_ de parte de Dios una espada desnuda _en señal de quedar constituído justiciero sobre toda la tierra para extender el imperio de Sión por los cuatro ángulos del mundo_, fué proclamado rey con ruidosa alegría, y coronado solemnemente en 24 de junio de 1534. Como se había casado con la esposa de su predecesor, la elevó también á la dignidad real; pero, si bien á ésta sola la miró como reina, no dejó de tener hasta diez y siete mujeres; todo conforme á la _santa_ libertad que en esta materia había proclamado. Las orgías, los asesinatos, las atrocidades y delirios de todas clases que se siguieron, no hay por qué referirlo: pudiendo asegurarse que los 16 meses del reinado de este frenético no fueron más que una cadena de crímenes. Clamaron los católicos contra tamaños excesos; clamaron también, es verdad, los protestantes; pero ¿quién tenía la culpa? ¿no eran aquellos que habían proclamado la resistencia á la autoridad de la Iglesia, y que habían arrojado la Biblia en medio de aquellos miserables, para que con la interpretación individual se les trastornase la cabeza, y se arrojaran á proyectos tan criminales como insensatos?
Así lo conocieron los mismos anabaptistas, y así es que se indignaron sobremanera contra Lutero, que con sus escritos los condenaba. Y, en efecto: quien había sentado el principio ¿qué derecho tenía para atajar las consecuencias? Si Lutero encontraba en la Biblia que el Papa era el Anticristo, y de su propia autoridad se arrojaba á destruir el reino del Papa, exhortando á todo el mundo á conjurarse contra él; ¿por qué no podían también los anabaptistas decir: _que habían hablado con Dios, y que habían recibido el mandato de exterminar á todos los impíos, y de constituir un nuevo mundo en que vivieran solamente los pios é inocentes, siendo dueños de todas las cosas_?
Hermán predicando la _matanza de todos los sacerdotes y magistrados del mundo_; David Jorge proclamando que sólo su doctrina era perfecta, que _la del antiguo y nuevo Testamento era imperfecta, y que él era el verdadero Hijo de Dios_; Nicolás desechando la fe y el culto como inútiles, despreciando los preceptos fundamentales de la moral, y enseñando que _era bueno perseverar en el pecado para que la gracia pudiese abundar_; Macket pretendiendo que había descendido sobre el el espíritu del Mesías, enviando á dos de sus discípulos, Arthington y Coppinger, á vocear por las calles de Londres _que el Cristo venía allí con su vaso en la mano_, y clamando él mismo á la vista del cadalso y en el trance del suplicio: «_¡Jehovah! ¡Jehovah! ¿no veis que los cielos se abren, y á Jesucristo que viene á libertarme?_» Esos deplorables espectáculos, y cien y cien otros que podríamos recordar, son pruebas harto evidentes del terrible fanatismo nutrido y avivado por el sistema protestante. Venner, Fox, William Sympson, J. Naylor, el conde Tinzendorf, Wesley, el barón de Sweedenborg, y otros nombres semejantes, bastan para recordar un conjunto de sectas tan locas, y una serie de extravagancias y crímenes tales, que darían materia para formar gruesos volúmenes donde se presentarían los cuadros más ridículos y más negros, las mayores miserias y extravíos del espíritu humano. Eso no es fingir, no es exagerar; ábrase la historia, consúltense los autores, no precisamente católicos, sino protestantes, ó sean cuales fueren; por dondequiera se encontrarán abundancia de testigos que deponen de la verdad de esos hechos; hechos ruidosos, sucedidos á la luz del día, en medio de grandes capitales, en tiempos que casi tocan á los nuestros. Y no se crea que se haya agotado con el transcurso del tiempo ese manantial de ilusión y de fanatismo; á lo que parece, no lleva camino de cegarse, y la Europa está condenada todavía á escuchar la relación de otras visiones como la acaecida en la fonda de Londres al barón de Sweedenborg, y á ver pasaportes de tres sellos como los que despacha para el cielo Juana Soutchote.
[12] Pág. 86.--Nada más palpable que la diferencia que media en este punto entre los protestantes y los católicos. En ambas partes hay personas que se pretenden favorecidas con visiones celestiales; pero con las visiones los protestantes se vuelven orgullosos, turbulentos, frenéticos, mientras los católicos ganan en humildad, y en espíritu de paz y de amor. En el mismo siglo XVI, cuando el fanatismo de los protestantes llevaba revuelta la Europa entera, y la inundaba de sangre, había en España una mujer que, á juicio de los protestantes y de los incrédulos, debe de ser una de las que más han adolecido de achaque de ilusión y fanatismo; pero el pretendido fanatismo de esa mujer, ¿hizo derramar acaso, ni una gota de sangre, ni una sola lágrima? Y sus visiones ¿eran acaso órdenes del cielo para exterminar á los hombres como desgraciadamente sucedía entre les protestantes? Después que en la nota anterior se habrá horrorizado el lector con las visiones de los sectarios, quizás no le desagradará tener á la vista un cuadro tan bello como apacible.
Es Santa Teresa, que, escribiendo su propia vida, por motivos de pura obediencia, nos refiere sus visiones con un candor angelical, con una dulzura inefable. «Quiso el Señor que viese aquí algunas veces esta visión, veía un ángel cabe mí, hacia el lado izquierdo, en forma corporal; lo que no suelo ver, sino por maravilla, aunque muchas veces se me representan ángeles, es sin verlos, sino como la visión pasada, que dije primero. En esta visión quiso el Señor le viese ansí, no era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido, que parecía de los ángeles muy subidos, que parece todos se abrasan: deben ser los que llaman serafines; que los nombres no me los dicen; mas, bien veo que en el cielo hay tanta diferencia de unos ángeles á otros, y de otros á otros, que no lo sabría decir. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces, y que me llegaba á las entrañas: al sacarle me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios.» (_Vida de Santa Teresa_, capítulo 29, n.º 11.)
He aquí otra muestra: «Estando en esto, veo sobre mi cabeza una paloma bien diferente de las de acá, porque no tenía estas plumas, sino las de unas conchitas, que echaban de sí gran resplandor. Era grande más que paloma, paréceme que oía el ruido que hacia con las alas. Estaría aleando por espacio de una Avemaría. Ya el alma estaba de tal suerte, que perdiéndose á sí de sí la perdió de vista. Sosegóse el espíritu con tan buen huésped, que, según mi parecer, la merced tan maravillosa le debía de desasosegar y espantar, y como comenzó á gozarla, quitósele el miedo y comenzó la quietud con el gozo, quedando en arrobamiento.» (_Vida_, cap. 28, n.º 7.)
Difícil será encontrar algo de tan bello, expresado con tan vivo colorido, y con tan amable sencillez.
No será inoportuno el copiar otros dos trozos de distinto género, que, al paso que harán sensible lo que nos proponemos evidenciar, podrán contribuir á despertar la afición hacia cierta clase de escritores castellanos que van cayendo en olvido entre nosotros, mientras los extranjeros los buscan con afán, y hacen de ellos lujosas ediciones.
»Estando una vez en las horas con todas, de presto se recogió mi alma, y parecióme ser como un espejo claro toda, sin haber espaldas, ni lado, ni alto, ni bajo, que no estuviese toda clara, y en el centro de ella se me representó Cristo Nuestro Señor como le suelo ver. Parecíame en todas las partes de mi alma, le veía claro como en un espejo, y también este espejo (yo no sé decir cómo) se esculpía todo en el mismo Señor, por una comunicación que yo no sabré decir, muy amorosa. Sé que me fué esta visión de gran provecho, cada vez que se me acuerda, en especial cuando acabo de comulgar. Dióseme á entender que estar una alma en pecado mortal, es cubrirse este espejo de gran niebla, y quedar muy negro, y ansí no se puede representar, ni ver este Señor, aunque esté siempre presente dándonos el ser, y que los herejes, es como si el espejo fuese quebrado, que es muy peor que obscurecido. Es muy diferente el cómo se ve, á decirse, porque se puede mal dar á entender. Mas hame hecho mucho provecho y gran lástima de las veces que, con mis culpas, obscurecí mi alma, para no ver este Señor.» (_Vida_, capítulo 40, número 4.)
En otro lugar explica un modo de ver las cosas en Dios, y presenta su idea bajo una imagen tan brillante y grandiosa, que nos parece que leemos á Malebranche explanando su famoso sistema.
«Digamos ser la Divinidad como un claro diamante muy mayor que todo el mundo, ó espejo, á manera de lo que dije del alma en otra visión, salvo que es por tan sublime manera que yo no lo sabré encarecer, y que todo lo que hacemos se ve en este diamante, siendo de manera que él encierra todo en sí, porque no hay nada que salga fuera de esta grandeza. Cosa espantosa me fué en tan breve espacio ver tantas cosas juntas aquí en este claro diamante, y lastimosísima cada vez que se me acuerda ver que cosas tan feas se me representan en aquella limpieza de claridad, como eran mis pecados.» (_Vida_, cap. 40, número 7.)
Supongamos ahora con los protestantes que todas esas visiones no sean más que pura ilusión; pues es evidente que ni extravían las ideas, ni corrompen las costumbres, ni perturban el orden público; y ciertamente que, aun cuando no hubieran servido más que para inspirar tan hermosas páginas, no habría por qué dolernos de la ilusión. Y he aquí confirmado lo que he dicho sobre los saludables efectos que produce en las almas el principio católico, no dejándolas cegar por el orgullo, ni andar por caminos peligrosos, antes limitándolas á un círculo, desde el cual no pueden dañar á nadie, si es que sus favores del cielo no sean más que ilusión, y no perdiendo nada de su fuerza y energía para hacer el bien, dado caso que su inspiración sea una realidad.
Mil y mil otros ejemplos podría citar; pero, en obsequio de la brevedad, me he limitado á uno solo, escogiendo á Santa Teresa, ya por ser una de las que más se han distinguido en la materia, ya por ser contemporánea de las grandes aberraciones de los protestantes, ya también por ser española; aprovechando esta oportunidad de recordarla á los españoles que empiezan á olvidarla.
[13] Pág. 96.--He indicado las sospechas que inspiraban algunos de los corifeos de la reforma, de que, procediendo de mala fe, no dando asenso á lo mismo que predicaban, tratasen únicamente de alucinar á sus prosélitos. No quiero que se diga que he andado con ligereza en achacarles ese cargo, y así produciré algunas pruebas que garanticen mi aserción.
Oigamos al mismo Lutero. «Muchas veces pienso á mis solas que casi no sé dónde estoy, ni si enseño la verdad ó no.» «Saepe sic mecum cogito: propemodum nescio quo loco sim, et utrum veritatem doceam, necne.» (Luther, colloquio. Isleb. de Christo.) Y éste es el mismo hombre que decía: «Es cierto que yo he recibido mis dogmas del cielo: no permitiré que juzguéis de mi doctrina, ni vosotros, ni los mismos ángeles del cielo.» «Certum est dogmata mea habere me de coelo. Non sinam vel vos vel ipsos angelos de coelo de mea doctrina iudicare.» (Luth. Contra Reg. Ang.) Juan Metthei, que publicó algunos escritos sobre la vida de Lutero, y que se deshace en alabanzas del heresiarca, nos ha conservado una anécdota curiosa sobre las convicciones de Lutero; dice así: «Un predicante llamado Juan Musa me contó que cierta vez se había lamentado con Lutero, de que no podía resolverse á creer lo que predicaba á los otros. _Bendito sea Dios_, respondió Lutero, _pues que sucede á los demás lo mismo que á mí: antes creía yo que sólo á mí me sucedía_.» (Ioannes Matthesius, condone 12.)
Las doctrinas de la incredulidad no se hicieron esperar mucho, y quizás no se figurarían algunos lectores que se hallen consignadas expresamente en varios lugares de las obras de Lutero. «Es verosímil, dice, que, excepto pocos, todos duermen insensibles.» «Soy de parecer que los muertos están sepultados en tan inefable y admirable sueño, que sienten ó ven menos que los que duermen con sueño común.» «Las almas de los muertos no entran ni en el purgatorio ni en el infierno.» «El alma humana duerme embargados todos los sentidos.» «En la mansión de los muertos no hay tormentos.» «Verisimile est, exceptis paucis, omnes dormire insensibiles.» «Ego puto mortuos sic ineffabili, et miro somno sopitos, ut minus sentiant aut videant, quam hi qui alias dormiunt.» «Animae mortuorum non ingrediuntur in purgatorium nec infernum.» «Anima humana dormit omnibus sensibus sepultis.» «Mortuorum locus cruciatus nullus habet.»
(Tom. 2, Epist Latin Isleb. fol. 44. Tom. 6, Lat. Wittemberg, in cap. 2, cap. 23, cap. 25, cap. 42, et cap. 49. Genes. et Tom. 4, Lat Wittemberg, fol. 109.) No faltaba quien recogiese semejantes doctrinas, y los estragos que tal enseñanza andaba haciendo eran tales, que el luterano Brentzen, discípulo y sucesor de Lutero, no dudaba en decir lo siguiente: «_Aunque no exista entre nosotros ninguna profesión pública de que el alma perezca con el cuerpo, y que no haya resurrección de muertos, sin embargo, la vida impurísirna y profanísima que la mayor parte lleva, indica bien á las claras que no creen que haya otra vida. Y á algunos se les escapan ya semejantes expresiones, no sólo entre el calor de los brindis, sí que también en la templanza de las conversaciones familiares._» Etsi inter nos nulla sit publica professio, quod anima simul cum corpore intereat, et quod non sit mortuorum resurrectio: tamen impurissima et profanissima illa vita, quam maxima pars hominum sectatur, perspicue indicat quod non sentiat vitam post hanc. Nonnullis etiam tales voces, tam ebriis inter pocula excidunt, quam sobriis in familiaribus colloquiis. (_Brentius, hom. 35, in cap. 20, Luc._)