A esto presumo que dejaremos contestación cumplida en las páginas siguientes, donde insistiremos en demostrar que las lineas fundamentales de ambos Cánticos son las mismas. En B no se condena cosa alguna fundamental de A. Se modifica el punto de vista citado de los desposorios y matrimonio, no en nada substancial, sino en la explicación de algunos de sus efectos, y se amplía una manifestación de deseo de posesión de gloria en las cuatro últimas canciones. ¿A qué hablar de condenaciones, reacciones, desviaciones, cristalizaciones, vivisecciones, que huelen a clínica de experimentos, y causan el efecto de una descomunal y cruel degollina del Cántico A, cuando la cosa es tan chica y sencilla, y A pasa un tanto remozado, íntegro y hermoso al Cántico B?
En el Cántico B se habla del desposorio desde la canción XIII a la XXI O lo que es lo mismo, que las nueve estrofas que en B forman la tercera linea están tomadas de A, aunque con distinta colocación, salvo las tres primeras que ocupan el mismo lugar que A (1). Estas nueve estrofas tienen en ambas la misma significación y desarrollo substancial de doctrina: describir el desposorio espiritual, las causas que alteran la paz todavía entre Dios y el alma y las virtudes que ha de adquirir la esposa antes de la celebración del espiritual matrimonio con el Amado. La exposición de la doctrina comienza en ambos Cánticos y se continua en tres estrofas consecutivas con el mismo orden. Lo que el alma goza en los desposorios esta admirablemente dicho en la canción «Apártalos, Amado» (12-XIII), y como efecto de este inefable gozo, sale de vuelo para comunicarlo a todas las criaturas y cantar las grandezas del Amado. De aquí las dos magnificas estrofas que empiezan: «A\i amado, las montañas...», y «La noche sosegada...»
Ya en la «Anotación* observa el Santo, «que en este vuelo espiritual que acaba de hablar, se denota un alto estado y unión de amor, en que después de mucho ejercicio espiritual suele Dios poner al alma, al cual llaman desposorio espiritual con el Verbo Hijo de Dios. Y al principio que se hace esto, que es la primera vez, comunica Dios al alma grandes cosas de sí, hermoseándola de grandeza y majestad, y arreándola de dones y virtudes, y vistiéndola de conocimiento y honra de Dios, bien asi como a desposada en el día de su desposorio. Y en este dichoso día, no solamente se le acaban al alma sus ansias vehementes y querellas de amor que antes tenía, mas, quedando adornada de los bienes que digo, comiénzale un estado de paz y deleite y de suavidad de amor, según se da a entender en las presentes canciones, en las cuales no hace otra cosa sino contar y cantar las grandezas de su Amado». Así ocurre, ciertamente, en estas dos canciones (XIV y XV de B, 13 y 14 de A); pero en las siguientes, en vez de continuar en el mismo grato oficio de «contar y cantar» grandezas del Amado durante algunas estrofas más (15-24) y pasar luego a señalar ciertas amarguras que alteran algún tanto la paz del dicho desposorio espiritual (25, 26, 31, 32, 29, 30), como ocurre en el Códice A, cesa en B de este «contar y cantar», para señalar gradualmente las causas que impiden algún tanto la paz del desposorio. Y la primera es ¡a acción del demonio (XVI-25), que es a quien se alude en la caza de las raposas de esta canción; la segunda (XVII-26), las ausencias del Amado, producidoras de penosas sequedades; la tercera (XVIII-31), la inquietud y movimiento de la parte inferior del hombre que osa bullirse contra la superior, y se ha hecho ésta tan enemiga de la inferior, que suplica al Amado (XIX-32) que se le comunique amella sola y muy adentro y en forma que no rebase a la parte sensitiva; hasta que, por fin (XX-XXI-29-30), el Amado pone en armonía y posesión de paz y tranquilidad ambas partes, inferior y superior, de la Esposa, limpia, además, «de todas sus imperfecciones y poniendo en razón las potencias y razones naturales del alma y sosegando todos los demás ape- 1 Códice B: XIII, XIV, XV. XVI. XVII. XVIII. XIX. XX y XXI. que en el A equivalen a la 12, 13. 14. 25. 26. 31. 32. 29. 30.
titos». Y torio esto como preparación inmediata del matrimonio espiritual que están a punto de celebrar ambos desposados, y de hecho lo celebran en la siguiente canción.
Como se habrá advertido, la tercera linea fundamental del Cántico i\ ha pasado en nueve estrofas al Cántico B, y con el mismo plan: el desposorio entre Dios y el alma. Repetiremos lo que se dijo de las dos lineas primeras: que es muy accidental que en B se llame a esta tercera linca además de desposorio, via iluminativa. De hecho, el matrimonio espiritual supone mucha más perfección, y.el Santo traza con él la cuarta linea fundamental del Cántico A, que lo es también de! Cántico B. El cambio de puesto de algunas estrofas (25, 26, 31 y 32 de A) es muy racional, como se advierte con reparar en la sola sucesión lógica con que están en el Cántico B (XVI-X1X) (1): racionabilidad y lógica que resaltan más aún en el estado de los perfectos, o sea de las almas que han tenido la dicha de unirse a Dios mediante el matrimonio espiritual. Nueve de las estrofas (16, 17. 18, 19, 20, 21. 22, 23 y 24) que en el Códice A se ordenaban a exponer las excelencias del desposorio, pasan en B (XXV-XXX1II) a cantar las excelencias del matrimonio místico entre Dios y el alma.
En la misma canción (el orden es distinto: XXII en B, 27 en A), se da comienzo en los dos Cánticos a la exposición de esta última etapa ascendente de! amor divino, en la cual dice dos cosas: la una, cómo llegó, al fin, tras de tantas luchas, al «estado deleitoso del matrimonio espiritual; la otra, «contar las propiedades de dicho estado-. í «Declaración» de la canción XXII) (2). Y así lo va ejecutando en forma bellísima en las canciones que restan hasta el fin, que en conjunto son veintiuna.
Si algún salto brusco parece había de haber en la dislocación que hace B en las canciones de A, es singularmente en las que siguen a la primera en que habla del matrimonio espiritual, ya que es el salto más considerable que se les hace dar, puesto que el grupo 15-24 de A pasa a ser el XXIV-XXXIII de B, con la agravante de que formando parte en A de la tercera línea fundamental, o sea del desposorio, en B la forman de la cuarta, o sea del matrimonio espiritual. Reflexionando, sin embargo, en la nueva distribución, se convence fácilmente que es muy justa y acordada.
Sin dejar de reconocer que cuanto en estas estrofas sublimes se canta y se comenta pueda tener aplicación al desposorio espiritual, la tiene más cumplida y ajustada al matrimonio, que es estado más perfecto y más seguro y de mayores riquezas espirituales. Bastarían las siguientes líneas tomadas de la «Declaración de la estrofa XXIV (15 de A), para persuadirlo: «Y en ésta [canción], no sólo las va prosiguiendo [las alabanzas de la gracia y grandeza de su Amado], mas 1 En ei mismo Cántico A, a! entrar a tratar del matrimonio espiritual (estrofa 27, "Declaración"), parece justificar de antemano el orden seguido en estas canciones en B por estas palabras: "Habiendo ya el alma puesto diligencia en que las raposas se cazasen, y el cierzo se fuese, que eran estorbo e inconvenientes..." donde las canciones 25 y 26 son antes que las demás dedicadas al matrimonio espiritual.
2 Las dos primeras lineas de esta "Declaración" se refieren sin duda ninguna a las dos estrofas que preceden a ésta en el Códice de Sanlúcar.
también canta el feliz y alto estado en que se ve puesta y la seguridad de él. Y lo tercero, las riquezas de dones y virtudes con que se ve dotada y arreada en el tálamo de su Esposo...Lo cuarto, porque tiene ya perfección de amor. Lo quinto, que tiene paz espiritual cumplida...> La seguridad en la posesión del amor, según el Santo y los místicos en general, es mucho mayor en el matrimonio que en el desposorio espiritual, y la paz del alma mucho más completa; puesto que, como acabamos de ver en el mismo Santo, el alma después de los desposorios aún es muy combatida del demonio y de la parte inferior del hombre. Alayor confirmación tenemos aún en la glosa que el Santo pone a los versos de esta canción, comenzando por el primero:.Vuestro lecho florido, que la esposa «llama muy propiamente a esta junta de amor con Dios...»; «porque así la llama la Esposa hablando con el Esposo en los Cantares, diciendo: Lectulus noster floridas*...De cuevas de leones enlazado, comienza la estrofa XXIV, y el Santo comenta: «entendiendo por cuevas de leones las virtudes que posee e! alma en este estado de unión con Dios. La razón es. porque las cuevas de los leones están muy seguras y amparadas de todos los demás animales; porque temiendo ellos la fortaleza y osadía del león que está dentro, no sólo no se atreven a entrar, mas ni aun junto a ella osan parar...» ¿Quién no ve que todo esto cuadra más al matrimonio que a los simples desposorios?
Aún está el Santo más explícito, si cabe, en la canción XXVI (17 de A), que comienza: En la interior bodega. Glosando este primer verso, comenta en ambos Cánticos: «Para decir algo de esta bodega y declarar lo que aquí quiere decir o dar a entender el alma, era menester que el Espíritu Santo tomase la mano y moviese la pluma. Esta bodega que aquí dice el alma, es el último y más estrecho grado de amor en que el alma puede situarse en esta vida, que por eso la llama interior bodega: es a saber, la más interior. De donde se sigue que hay otras no tan interiores, que son los grados de amor por do se sube hasta este último...» «Es de saber que muchas almas llegan y entran en las primeras bodegas, cada una según la perfección de amor que tiene, mas a esta ultima y más interior pocas llegan en esta vida; porque en ella es ya hecha la unión perfecta con Dios que llaman matrimonio espiritual».
Lo mismo puede decirse de las demás estrofas desglosadas del Cántico A, en que vivían en la zona templada del desposorio para pasar en B a la ardiente del matrimonio espiritual, donde en espléndida y jamás igualada floración de imágenes y requiebros místicos se cantan las excelencias del mayor grado de amor que en este mundo es dado alcanzar a los servidores de Dios.
Las restantes estrofas hasta el fin (33-39 de A), no sufren alteración alguna de orden de colocación, aunque sí se modifican algún tanto y se amplían los efectos del matrimonio espiritual en el alma, en cumplimiento de estas palabras del «Argumento»: «y las últimas canciones tratan del estado beatífico, que sólo ya el alma en aquel estado perfecto pretende». En conformidad con ellas, modifica los comentarios de las cuatro últimas canciones y los adiciona, sobre todo los de la penúltima y antepenúltima.
Como resumen de lo dicho acerca del nuevo encasillado de las estrofas en la segunda redacción del Cántico, sacamos una conclusión que discrepa harto de la del P. Chevallicr, es a saber: Que en el Cántico de Jaén no se varió el plan del primero; que ambos conservan las mismas lineas fundamentales y convienen en la mayor parte de los puntos secundarios de doctrina; que no son cuatro las estrofas que del Cántico A conservan en B su sentido primero, sino que son las treinta y nueve, excepción hecha de las que dijimos en la página 505 que se habían trasladado del estado del desposorio al del matrimonio espiritual, con grande ventaja, a mi juicio, para el Cántico Espiritual, y dos (57 y 58 de A, XXXVIII y XXXIX de B), que no obstante de conservar el mismo orden, se alteran bastante los comentarios y se adicionan para hacer resaltar las excelencias del estado beatífico que el alma desea en el matrimonio espiritual.
Entre los dos planes se da verdadera oposición, afirma, por fin, Dom Ph. Chevallier en la progresión ascendente que señala de discrepancias entre las dos redacciones del Cántico (p. 79). La última de las cuatro lincas— escribe — del Cántico B implica un punto de vista netamente opuesto al punto de vista desarrollado por el Santo en el Cántico A. En éste el deseo del cielo, de la visión intuitiva sin dilación, sostiene y ocupa las once primeras estrofas, para luego desaparecer súbitamente en el momento de los desposorios espirituales a la palabra del Amado: «la comunicación que ahora de mi recibes aún no es de ese estado de gloria que tú ahora pretendes; pero vuélvete a mí». Cuanto más se relee el comentario del Cántico A, más claramente parecen los desposorios y matrimonio espiritual algo así como terrenal respuesta, tranquila y espléndida, al deseo impaciente de la unión en la gloria. Hasta el día de los desposorios— nos dice en sustancia en la «anotación» que precede a la «declaración» de las estrofas 13 y 14—, es el tiempo de las «ansias vehementes», de las «querellas del amor; a partir del desposorio espiritual, «comienza un estado de paz y deleite y de suavidad de amor», estado de «comunicación y ejercicio de dulce y pacífico amor». De forma que hasta la última "línea de la última estrofa del Cántico A, el alma se halla satisfecha; deja venírsele el ciclo sin hacer a él la menor referencia.
El redactor del Cántico B nos dice todo lo contrario. El «argumento» ya citado, concluye por estas palabras: «las últimas canciones tratan del estado beatífico, que sólo ya el alma en aquel estado perfecto pretende». E inmediatamente antes de la estrofa XXXVI, leemos: «En la siguiente canción y en las demás que se siguen, se emplea en pedir aF Amado este beatífico pasto en manifiesta visión de Dios».
El deseo de la visión de la gloria, punto de partida en A, es de término en B. La razón es, porque en A el ardiente deseo del cielo, manifestado en las primeras estrofas, ha como caído, si así se puede decir, porque apenas toca la cima de la plena transformación, el alma ha recibido del Espíritu Santo el poder de dar a Dios de esta vida, otra semejante: el poder de amar a Dios tanto como Dios ama al alma. «Esta pretensión —dice San Juan de la Cruz— es la igualdad de amor que siempre el alma natural y sobrenaturalmente desea. Porque el amante no puede estar satisfecho si no siente que ama cuanto es amado, y como ve el alma la verdad de la inmensidad de] amor con que Dios la ama, no quiere ella amarle menos altamente y perfectamente. Y para esto desea la actual transformación, porque no puede el alma venir a esta igualdad y enterez de amor si no es en en transformación total de su voluntad con la de Dios. En que de tal manera se unen las voluntades, que se hace de dos una, y asi hay igualdad de amor. Porque la voluntad del alma convertida en voluntad de Dios, toda es ya voluntad de Dios, y no está perdida la voluntad del alma, sino hecha voluntad de Dios. Y así el alma ama a Dios con voluntad de Dios, que también es voluntad suya. Y así le amará tanto como es amada de Dios, pues le ama con voluntad del mismo Dios, en el mismo amor con que El a ella la ama; que es el Espíritu Santo que es dado al alma. Según lo dice el Apóstol diciendo: Grada Dei di¡fusa est in cordibus nostris per Spiritum Sanctum qui datas cst nobis. Que quiere decir: La gracia de Dios está infusa en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos es dado» (1).
En B una tan completa compenetración de amor no es posible sobre la tierra. El alma se irá confirmando más y más, a la medida que el comentario avanza, de esta grave importancia, cada vez más apretada de su deseo del cielo. «Como el alma ve que con la transformación que tiene en Dios en esta vida, aunque es inmenso el amor, no puede llegar a igualar con la perfección de amor con que de Dios es amada, desea la ciara transformación de gloria, en que llegará a igualar con el dicho amor». En esto se halla la oposición de los dos Cánticos.
El tema del Cántico A se reduce a lo siguiente: El deseo impaciente del cielo, que atormenta a los perfectos, tiene en la tierra respuesta espléndida y pacificadora. Y el tema del Cántico B se puede formular así: Por la escala de tres grados de caridad, el alma, pasando de los principiantes a los aprovechados y perfectos, se lanzará desde el olvido de Dios (antes de la primera estrofa) al solo deseo del cielo (expresado en la última).
Advierte el P. Chevallier que deja a los expertos el cuidado de decidir cuál de los dos temas es el más provechoso a las almas, el más digno del Doctor místico, y el más glorioso para Dios; en una palabra, el más espiritual. La incumbencia del critico es más modesta.
No acierto a ver la oposición entre los dos Cánticos de que habla en las anteriores líneas el P. Chevallier, como ni he podido lograr de mi mismo la convicción y rendimiento que habría deseado como tributo a las razones que aduce para probar la dicha oposición, antes me inclino a creer qUe estamos ante un nuevo embrollo de cosas muy fíciles y entendederas. Una vez más repetiremos, que el deseo del cielo y cuanto se enseña en las once primeras estrofas de A, se afirma y se sostiene en las primeras once canciones de B, puesto que son las mismas en su doctrina, en sus tendencias, en su desarrollo, en todo. Dice el P. Chevallier que este deseo de cielo súbitamente desaparece en A en los momentos del desposorio; y yo sostengo que la misma crisis fulminante padece tal deseo en B, y precisamente, en los desposorios espirituales. ¿Razón? Porque en este extremo se da la mismísima doctrina en ambos Cánticos. Veámoslo.
Las canciones XIV y XV en B (15 y 14 en A) tratan en A y B del desposorio espiritual. Pues bien, en la «anotación que ambos traen, se lee: «Y en este dichoso dia [del desposorio J, no solamente se le acaban al alma sus ansias vehementes y querellas de amor que antes tenía, mas quedando adornada de los bienes que digo, comiénzale un estado de paz y deleite y de suavidad de amor, según se da a entender en las presentes canciones, en las cuales no hace otra cosa sino contar y cantar las grandezas del Amado, las cuales conoce y goza en él por la dicha unión del desposorio. Y así en las demás canciones siguientes ya no dice cosas de penas ni ansias como antes hacía, sino comunicación y ejercicio de dulce y pacífico amor con su Amado, porque ya en este estado todo aquello fenece*. Sí, pues, según el P. Chevallier en las anteriores estrofas «todo era ansias y deseos de cielo y de la visión intuitiva», vea cómo en B, lo mismo que en A, en en el momento que se celebran los desposorios, ya el alma «no dice cosas de ansias y penas», sino que vive en «comunicación dulce y pacífica con su Amado», comunicación reafirmada en B como en A (1).
Tampoco en las últimas estrofas de ambos Cánticos hay oposición, porque en unas (A) no se exprese el deseo de conseguir el estado beatífico, y en otras (B) se manifieste dicho deseo. En primer lugar, se trata de un deseo pacífico, tranquilo, que en nada altera la bienandanza que el alma goza en el grado de amor a que ha llegado en el matrimonio espiritual. No es como el deseo de las primeras estrofas, vehemente, arrebatador, perturbador. Esta clase de anhelo es el que se opondría a las tranquilas dulcedumbres de la unión de matrimonio.
El deseo dulce del estado beatífico brota espontáneo en estas almas enamoradas, como uno de tantos efectos de la unión por matrimonio entre Cristo y la esposa. Para ahorrarnos ejemplos, citemos a Santa Teresa de Jesús, cuyo parecer no es fácil recusar en estas materias. Léanse sus admirables escritos, y se verá cuán a menudo surgían en ella los deseos de unirse a Dios en vida perdurable junto con otros de prologación de esta vida mortal, para sufrir y padecer más por el Amado. Estas contradicciones aparentes, son en realidad subidas y variadas manifestaciones de un corazón herido y abrasado de amores seráficos. Así, por ejemplo, Santa Teresa, en el capítulo XXXVII de su Autobiografía escribe: «Y digo ansí, que si me dijesen cuál quiero más, estar con todos los trabajos del mundo hasta el fin de él y después subir un poquito más en la gloria; u sin ninguno irme a un poco de gloria más baja, que de muy buena gana tomaría todos los trabajos por un tantito de gozar más de entender las grandezas de Dios». Unos capítulos más adelante, en el cuarenta del mismo libro, afirma que pedía a Dios algunas veces con toda su voluntad: «u morir, u padecer». En el capítulo III de las Séptimas Moradas habla muy bien la Santa de esta variedad y alternativas en ciertos deseos de las almas que han merecido celebrar matrimonio espiritual con el Amado.
San Juan de la Cruz no hace otra cosa en estas últimas canciones 1 Pág. 63 y la 266 de este tomo.
(XXXVI-XL). Al reelerlas, quizá cayó en cuenta que ese deseo latente que tiene el alma desposada de gozar perennemente del Amado, se exterioriza a veces, y esta manifestación no se recogía en las dichas estrofas. El caso es que en el Códice de Sanlúcar puso de su puño y le-Jra algunas anotaciones que le recordaran este deseo, como se ve por los comentarios que hizo luego en la nueva redacción. Así, v. gr., en la canción 35 (XXXVI de B), al terminar la glosa del verso «Al monte y al collado», añade en nota marginal: Vadam ad montan myrrhae et ad callan thuris; y en el de Jaén se recoge y comenta esta nota: «A este monte y collado deseaba venir la esposa cuando dijo: Iré al monte de la mirra y al collado del incienso; entendiendo por el monte de la mirra la visión clara de Dios, y por el collado del incienso la noticia en las criaturas...» (1).
Glosando en la segunda redacción la apostilla puesta a la «Declaración» de la estrofa 37 de Sanlúcar, que dice «porque el fin de todo es el amor», escribe: «Lo que aquí dice el alma que le daría luego, es la gloria esencial, que consiste en ver el ser de Dios»...Y lo propio ocurre con otra adición del Santo que dice: «Aunque es verdad que la gloria consiste en el entendimiento, el fin del alma es amar», que se glosa en el mismo pasaje de la anterior en el Cántico jienense. Un poco más adelante, y con las mismas tendencias a la vida eterna, se explica en la segunda redacción (XXXVIII) la palabra calculum, que el Santo escribió al margen de la última línea de la «Declaración» de la canción 37 de Barrameda. Precisamente en esta canción (XXXVIII-37) en que más expresamente se explican los deseos de gloria que siente el alma, es también donde se comentan más apostillas del Santo al Códice de Sanlúcar. No es temerario suponer lo que antes dijimos, es a saber: que el Doctor Místico notó la falta en su comentario primero de este deseo maduro y tranquilo que sienten las almas de unirse a Dios en la gloria perdurable, y puso de momento algunos guiones que le recordasen su futuro desenvolvimiento, que, por dicha, realizó.
Esta aspiración del alma no implica la supresión ni el anhelo de otros deseos que siente en esta unión perfectísima con Dios, por ejemplo, el de padecer por el Amado; pues aquí como en el de Sanlúcar, se leen estas hermosas palabras, comentando el verso Entremos más adentro en la espesura: «De donde también por esta espesura en que aquí el alma desea entrar, se entiende harto propiamente la espesura y multitud de los trabajos y tribulaciones en que desea esta alma entrar, por cuanto le es sabrosísimo y provechosísimo el padecer; porque el padecer le es medio para entrar más adentro en la espesura de la deleitable sabiduría de Dios, porque el más puro padecer trae más íntimo y puro entender, y, por consiguiente, más puro y subido gozar, porque es de más adentro saber» (2). Pero aun en las almas unidas a Dios en que menos haya ahondado la idea de la gloria, está poderosa y latente en ellas, pues nada más natural del alma enamorada que el deseo de perpetuidad para aquella unión sabrosa que a Dios le junta, y la perpetuidad no es de esta vida caduca. En substancia, que ni aun 1 C-fr. Canción XXXVI. pág. 401.
2 Vid. Canción XXXVI. pág. 402.
en esto del estado beatífico hay oposición ninguna entre las dos redacciones del Cántico. La del segundo supone una mejora positiva, que debemos agradecer al Santo.
En cosas de amor místico débese proceder con grande cautel? y no medirlas con regla y escuadra. En este libro no procedió el Santo con el rigor lógico que en la Subida y la Noche, ni era posible siquiera. Por eso insiste tanto en el prólogo en que se deben tratar con amplitud, o, como él dice: «los dichos de amor es mejor dejarlos en su anchura, para que cada uno, de ellos se aproveche según su modo y caudal de espiritu, que abreviarlos a un sentido a que no se acomode todo paladar». Cabalmente en la «anotación* a las canciones 13 y 14 del Cántico A, al tratar de los efectos que el desposorio espiritual causa en el alma, hace el Doctor místico esta oportuna y discreta advertencia, propia de un consumado maestro de espíritu: «Pero no se ha de entender, que a todas las que llegan a este estado se les comunica todo lo que en estas dos canciones se declara, ni en una misma manera y medida de conocimiento y sentimiento; porque a unas almas se les da más y a otras menos; y a unas en una manera y a otras en otra, aunque lo uno y lo otro puede ser en este estado del desposorio espiritual».
A nuestro juicio, la adición de la estrofa undécima, así como el desglose y zurcido de las citadas estrofas en el Cántico B y la modalidad introducida en las últimas respecto al estado beatífico implican una perfección nueva, son un verdadero acierto. El contraste entre el desposorio y el matrimonio espiritual resalta mucho mejor en B que en A. Quien hizo tal obra — para mí no hay duda que fué San Juan de la Cruzmanifestó tacto místico finísimo. Así como mejoró el Monte de Perfección, como a su tiempo dijimos (1), no veo por qué no pudiera hacer ¡o mismo con el Cántico Espiritual.
Por lo demás, no ha terminado el P. Chevallier su juicio acerca de los Cánticos. Si la complejidad — dice— del plan de B no necesita estudio, tan claro y preciso es el «Argumento», no sucede lo propio con el plan de A; el lector mejor dispuesto se ve embarazado; las divisiones de la obra no han sido estudiadas; su nombre es inquietante, sus títulos un enigma. ¿Cómo una tal pluralidad de estados tan diferentes pueden conciliarse con la pretendida unidad? ¿Cómo semejante variedad de sentimientos, tan opuestos entre sí, no nos ha de conducir a ta persuasión de que el poema responde a diversos estados de la vida espiritual? (p. 83).
El redactor de B tendrá a nuestros ojos la ventaja de haber utilizado la distinción clásica de los tres grados de la caridad. Con él, todo es claro. Nadie ignora la doctrina de la Suma Teológica de Sto. Tomás (II. a 11.55, q. 24, a. 9) tomada de San Agustín: «Caritas cum juerit nata nutritur, quod pertinet ad incipientes; cum fuerit nutrita roboratur, quod pertinet ad proficientes; cum fuerit robórala perficitur, quod pertinet ad perfectos; ergo est triplex gradas caritatis». Pero, ¿quién no dudará un momento delante de estos cuatro miembros: los trabajos y amarguras de la mortificación (cstrof. 1 a H) las penas y estrechos del amor (5 a 11) los presentes y joyas de la esposa (12 a 26) la cima de la llena transformación (27-39).
Se hace necesario demostrar cómo estos cuatro miembros se han inspirado en el precitado artículo de Santo Tomás, y suponen mejor inteligencia del dicho pasaje. Denunciando las tres notas de los perfectos (dadas por Santo Tomás) a cada uno de los dos tiempos de la vía unitiva (nombrados por Santa Teresa), el Cántico A tiene seis partes, o cuatro líneas, pero no describe más que una etapa de progreso espiritual.
A la cuestión de si es a propósito para distinguir tres géneros en la caridad: el del que comienza, progresa y acaba, responde Santo Tomás: «La distinción de los grados de la caridad procede de la variedad del empeño que la caridad pone en la medida de sus aumentos. El primer cuidado del hombre es huir del pecado y resistir las inclinaciones contrarias a la caridad. Este es trabajo de los que comienzan, que deben nutrir y fomentar la caridad, no se corrompa. El segundo empeño consiste en que el hombre intente principalmente adelantar en el bien; y éste es cuidado de los aprovechados, porque sus desvelos propenden singularmente a que la caridad se robustezca por el aumento. El tercero tiende a unirse a Dios y gozarle, lo que pertenece a los perfectos que anhelan dejar sus cuerpos para vivir con Cristo».
Recordemos la final y las tres maneras de perfectos: —primeramente, desean abandonar el cuerpo para unirse a Cristo —; en segundo lugar, obtienen en la tierra una unión con Dios —; y, por último, comparten la fruición de Dios. La expresión «fruición de Dios» es particularmente reveladora; ella es la que nos pone en la pista y nos comienza a decir que San Juan de la Cruz ha resumido magistralmente estas diversas maneras de perfectos y sacado de ellas la trama entera de su Cántico.
Observa el P. Chevallier, que San Juan de la Cruz nutrió su inteligencia en los escritos del Angélico, como se infiere de muchos pasajes de las obras de aquél. Así es fácil comprender que la palabra fruición, que se halla diversas veces en el Cántico, sea un eco directo del «frui» de Santo Tomás; porque esta palabra «fruición» para los compatriotas de San Juan de la Cruz era poco clara y hasta sospechosa o extraña, si hemos de juzgar por la mala fortuna que tuvo hacia el 1630. Los que prepararon la edición hecha ese año en Madrid sustituyeron hasta cuatro veces la palabra «fruición» por la de «unión». E] Santo la empleó sin miedo, y no dió de su empleo explicación ninguna, porque tenía a Santo Tomás por guía (1).
1 No era extraña esta palabra ni sospechosa, cuando se empleaba en buen sentido, ni a los lectores del siglo XVI. ni a los preparadores de la edición de Io30. Lo que hizo el P. Jerónimo de San José las tres veces que cambió (págs. 71 y 73) la palabra fruición por visión, fué sencillamente por dar al concepto mayor exactitud filosófica y teológica, en cuanto que en los tres casos citados la palabra fruición responde a la actuación de la inteligencia y no de la voluntad, a quien compete. Los La estrofa 12 del Cántico A es otra fuente del pensamiento del Santo. El se excusa de no hablar más largamente de los éxtasis y arrobamientos que preceden al desposorio, y se remite a lo que «dejo escrito de estas cosas de espíritu admirablemente la bienaventurada Teresa de Jesi'is, nuestra madre*. Léese esta doctrina in extenso en Las Moradas (Morada VI, cap. IV). San Juan de la Cruz, en el Cántico, tiene presente la doctrina del Castillo Interior en la distinción de los dos modos de unión de los perfectos, de que aquí se habla: la distinción de «desposorio> y «matrimonio», que es una de las características del pensamiento de Santa Teresa.
Esta distinción teresíana de dos épocas en la unión de los perfectos, la adopta San Juan de la Cruz en su Cántico, y la recuerda en la Llama de amor viva. De la doctrina de Santa Teresa y Santo Tomás obtiene el Santo el doble ritmo que expresará su propia experiencia. Con Santa Teresa admite dos grados muy diferentes de la unión que es propia de los perfectos; con Santo Tomás acepta, antes de cada unión, un deseo, después de ella, una fruición. El obtiene, por lo tanto, en el sentido del único estado de los perfectos seis partes: dos deseos, • ios uniones y dos fruiciones (p. 87).
Un primer deseo de la visión intuitiva (can. 1 a 11) es seguido de::na unión más íntima, de una primera igualdad de amor (canc. 12), causa de una fruición sabrosa (canc. 13-23); y después un segundo deseo de mayor intimidad (canc. 24-26), alcanzarán una unión superior, la segunda igualdad de amor, y por ella la fruición incomparable (canc. 27 a 39).
Once estrofas nos explicarán previamente eí tormento del primer deseo. Este deseo es un grito (estrof. 1), un ruego (estrof. 2), un ímpetu (estrof. 3), una petición (estrof. 4), y luego una herida (estrofas 5 y 6), una llaga (estrof. 7), una agonía (estrof. 7-11).
Esta gradación ascendente la va probando el P. Chevallier con la sucesión, rápidamente comentada, de las treinta y nueve estrofas del Cántico A, y de esta forma pone a nuestra vista los dos deseos, las dos uniones y las dos fruiciones. Estas seis partes dan la explicación de las cuatro líneas fundamentales, cuya inteligencia tanto ha preocupado al P. Chevallier. En la página 87 de este su ultimo trabajo, las estrofas fueron divididas en seis partes; en la página 7ó las dichas estrofas fueron clasificadas en cuatro líneas. Comparadas ambas divisiones, obtendremos la siguiente ecuación: las estrofas 1.» a 11 convienen a la primera parte (primer deseo), y a las dos primeras líneas ios trabajos y amarguras de la mortificación, (la mise á mort), los sufrimientos y congojas de amor; — las estrofas 12 a 26 convienen a la segunda, tercera y cuarta parte (primera unión, primera fruición, segundo deseo); y a la tercera línea, los presentes y joyas del Esposo;—las estrofas 27 a 39 pertenecen a la quinta y sexta parte (segunda unión, segunda fruición), y a la última línea (la cima de la transformación plena) (p. 108).
españoles no tenían entonces ningún miedo a ésta ni otras palabras más fuertes. La intención del P. Jerónimo es bien transparente y candorosa.
Después de lo anteriormente dicho, nada de particular se nos ocurre acerca de cuanto expone aquí el P. Chevallier, sino sólo que dé Dios a los lectores que tenga interés de imponerse en ello buenas entendederas y la paciencia que ha tenido el distinguido crítico benedictino para escribirlo. Nada nuevo dice; es más bien confirmación de lo que antes había afirmado; y, por lo tanto, nos atenemos a las contestaciones dadas en anteriores líneas. No comprendo por qué persiste tanto el P. Chevallier en la claridad de plan del Cántico B, y en la absoluta ausencia de diafanidad del Cántico A, cuando en los dos son iguales, excepto las pequeñas diferencias accidentales ya apuntadas. Toda la claridad de B la hace depender el paciente crítico del «Argumento» que viene después del poema, donde se dice que hablará de la vía purgativa, iluminativa y unitiva, correspondiente a los principiantes, aprovechados y perfectos, respectivamente. Las últimas estrofas hablan de la unión fruitiva en el estado beatífico. Como, salvo esto último, en todo lo demás, substancialmente, son iguales los dos Cánticos, el citado «Argumento» cuadra muy bien al Cántico A.