4 Esta y la siguiente poesía se leen en la colección del Códice de Jaén y Sacro Monte. La primera la trasladan, además, numerosos manuscritos, entre otros, el 8.795, 8.492 y 2.201 de la Nacional. En este último se lee también la segunda. Ambas se publican ajustadas al Códice jienense, que nos merece absoluta confianza.
Sólo en su Dios arrimada. Por eso ya se dirá La cosa que más estimo, Que mi alma se ve ya Sin arrimo y con arrimo.
2. Y aunque tinieblas padezco En esta vida mortal, No es tan crecido mi mal; Porque, si de luz carezco, Tengo vida celestial; Porque el amor de tal vida, Cuando más ciego va siendo, Que tiene al alma rendida, Sin luz y a oscuras viviendo.
3. Hace tal obra el amor, Después que le conocí, Que, si hay bien o mal en mi, Todo lo hace de un sabor, Y al alma transforma en sí; Y así, en su llama sabrosa, La cual en mí estoy sintiendo, Apriesa, sin quedar cosa, Todo me voy consumiendo.
XX Glosa a lo divino del mismo autor Por toda la hermosura Nunca yo me perderé, Si no por un no sé qué Que se alcanza por ventura.
1. Sabor de bien que es finito, Lo más que puede llegar, Es cansar el apetito Y estragar el paladar; Y así, por toda dulzura Nunca yo me perderé, Sino por un no sé qué Que se halla por ventura.
2. El corazón generoso Nunca cura de parar Donde se puede pasar, Sino en más dificultoso; Nada le causa hartura, Y sube tanto su fe, Que gusta de un no sé qué Que se halla por ventura.
3. El que de amor adolesce, Del divino ser tocado, Tiene el gusto tan trocado, Que a los gustos desfallece; Como el que con calentura Fastidia el manjar que ve, Y apetece un no sé qué Que se halla por ventura.
4. No os maravilléis de aquesto, Que el gusto se quede tal, Porque es la causa del mal Ajena de todo el resto; Y así, toda criatura Enajenada se ve, Y gusta de un no sé qué Que se halla por ventura.
5. Que estando la voluntad De Divinidad tocada, No puede quedar pagada Sino con Divinidad; Mas, por ser tal su hermosura, Que sólo se ve por fe, Gústala en un no sé qué Que se halla por ventura.
6. Pues de tal enamorado, Decidme si habréis dolor, Pues que no tiene sabor Entre todo lo criado; Sólo, sin forma y figura, Sin hallar arrimo y pie, Gustando allá un no sé qué Que se halla por ventura.
7. No penséis que el interior, Que es de mucha más valía, Halla gozo y alegría En lo que acá da sabor; Mas sobre toda hermosura, Y lo que es y será y fué, Gusta de allá un no sé qué Que se halla por ventura.
8. Más emplea su cuidado Quien se quiere aventajar, En lo que está por ganar, Que en lo que tiene ganado; Y así, para más altura Yo siempre me inclinaré Sobre todo a un no sé qué Que se halla por ventura.
9. Por lo que por el sentido Puede acá comprehenderse, Y todo lo que entenderse, Aunque sea muy subido, Ni por gracia y hermosura Yo nunca me perderé, Sino por un no sé qué Que se halla por ventura.
XXI Del Verbo divino.
Del Verbo divino La Virgen preñada Viene de camino Si le dais posada (1).
XXII Suma de la perfección.
Olvido de lo criado, Memoria del Criador, Atención a lo interior Y estarse amando al Amado (2).
1 Véase lo dicho en la Introducción de las Poesías.
2 Como del Santo la publicó el P. Esteban de San José en la edición que hizo de las Cautelas en 1667.
I SOBRE EL LITIGIO HABIDO ENTRE LAS DESCALZAS Y EL COLEGIO DE LA COMPA-ÑIA DE CARAVACA (1).
En la carta que el Santo dirigió desde Sevilla (junio de 1586) a la Priora de las Carmelitas Descalzas de Caravaca, R. A\. Ana de San Alberto, habla, al parecer, con alguna dureza, de un litigio que tenían las Descalzas con los Padres de la Compañía de la dicha villa de Caravaca. De los papeles antiguos que allí pude examinar relativos a este asunto, voy a probar de poner en claro, lo más brevemente posible, en qué consistió la cuestión entre las dos Comunidades, que tan bien se llevaron siempre, y cómo se resolvió al fin en completa armonía.
Con fecha 15 de marzo de 1558, según se lee en una copia simple de donación que conservan las Carmelitas de Caravaca, don Francisco de la Flor, «superior de Montalbán y vicario de la vicaría de Caravaca y sus anexos», dispuso lo que sigue: «Que por cuanto yo soy en encargo y obligación a vos Florencia Vázquez, mi sobrina, hija legítima de Sancho Sánchez de la Flor, mi hermano, por muchos servicios que de vos he recibido, y por otras muchas causas e respectos que me mueven, e porque ésta es mi determinada voluntad, por esta presente carta, en la mejor forma y manera que puedo e de derecho debo, otorgo y conozco que hago gracia y donación pura, perfecta, inrevocable, que es hecha entre vivos, a vos la dicha Florencia Vázquez, mi sobrina, que estáis presente, de unas casas con su huerto que yo tengo en esta villa de Caravaca, linde de la Calle Mayor, y de casas y huerto de Garcíabas (sic), y con la huerta de la Orden [de Caballeros de Santiago], y con las casas y huerto de esta Encomienda de Caravaca con todas sus entradas y salidas, usos y costumbres, derechos y servidumbres, cuanto ahí tienen las dichas casas y gasto que les pueden y deben pertenecer en cualquiera manera, con cargo de cuatrocientos y cincuenta maravedises de censo perpetuo que sobre las dichas casas y huerto tiene la Orden del Señor Santiago, y el comendador de esta Encomienda por la dicha Orden en cada un año, por el postrero de diciembre, retiñiendo, como 1 Cumplimos aquí el ofrecimiento hecho en la Carta IV, página 257, nota 4.
retengo, en usufruto, de las dichas casas y cuento por el dicho tiempo de mi vida...»
A la muerte de don Francisco de la Flor entró en posesión de la finca mencionada en la donación anterior, su sobrina doña Florencia Vázquez de la Flor, casada con don Alonso de Robles, y de ésta pasó a su hija Isabel de San Pablo, que profesó en las Carmelitas Descalzas de Caravaca el 27 de diciembre de 1587, pero que hacía ya bastante más de un año que estaba en el Convento como novicia.
Habían fundado en 1570 los Padres de la Compañía un Colegio en la Calle Mayor, y junto a él, sin más separación que un callejón y unas casas, hizo Santa Teresa la fundación de Carmelitas Descalzas al comenzar el año de 1576. Estas casas y huerto sitas junto al dicho callejón, llamado de la Compañía, son las que había dejado en herencia doña Florencia a su hija la Carmelita, y al ir a tomar posesión de ellas, los jesuítas se les adelantaron, alegando, sin duda, mejor derecho. Así se infiere de la facultad para ponerles pleito que San Juan de la Cruz otorga a las religiosas como Vicario Provincial suyo que era, con fecha 2 de marzo de 1587, donde se lee: «...por la presente doy licencia a la priora y monjas del convento del glorioso S. Joseph, que es de Carmelitas Descalzas en la villa de Caravaca, para que puedan poner demanda ante cualesquier tribunales que de derecho puedan, sobre las casas que los padres de la Compañía les han tomado, pertenecientes al sitio de su convento, las cuales eran de Alonso de Robles, vecino de la dicha villa de Caravaca» (1).
Las casas y huerto en cuestión debían de venir bien a entrambas Comunidades para ensanchar algún tanto sus respectivas posesiones. De ahí el interés por poseerlas. Por la carta citada del Santo a la Priora de Caravaca, se ve que habían tratado de una avenencia, pero el Santo no se fiaba del todo en las palabras dadas, y propone a la M. Ana la compra de otra casa que debía de estar junto a las heredadas por Isabel de San Pablo, con intención, a lo que parece, de hacer inútil a los Padres la posesión de 'estas últimas; quién sabe si porque se ubicaba entre ellas y el Colegio de la Compañía.
Por fin, después de algunos años de desavenencias y fracasados intentos de arreglo, se llegó al siguiente concierto, que firma el mismo Rector del Colegio de la Compañía en Caravaca. «El contrato que ha de haber entre los Padres de la Compañía de Jesús y las Monjas descalzas ha de ser del tenor siguiente: •Que les hemos de vender la casa y huerto que al convento le pertenecen por herencia de Doña Florencia Vázquez, madre de Isabel de S. Pablo, monja profesa, por precio de mili y ciento y sesenta ducados y con carga de un censo que tiene, del cual se han de hacer cargo de pagar las pensiones, y a nuestro cargo queda el traer 1 Más bien eran de su mujer D.¡» Florencia Vázquez, según es dicho. Reitera la autorización en 1587 (27 de septiembre) el nuevo provincial Fr. Agustín de los Reyes. En 30 de septiembre de 1 589, se la otorga desde Segovia el P. Nicolás Doria, vicario general, para que puedan trocar censos y otras cosas.
licencia para la dicha venta y pagar la veintena, y al saneamiento obligaremos los propios y rentas deste dicho convento, y la escriptura se hará con licencia que tenemos de nuestro P. Provincial. Las pagas han de ser en esta manera: la mitad en un censo que nos han de hacer por parte de la Compañía, que se ha de otorgar el día que este convento otorgare la escriptura de venta de la dicha casa, obligándose, así al censo como a los dineros, personas legas. La paga de la mitad del dinero ha de ser para el día de S. Juan deste presente año de mili y quinientos y noventa y cinco. La paga de estos dineros se entienda que ha de ser en fin de agosto del dicho año. Y porque esto será verdad, y lo cumpliremos, no faltando deste concierto por parte de la Compañía; porque así lo cumpliremos, y la Priora y clavarias, lo firmamos de nuestros nombres.
«Acepto el contrato y concierto de paz, y en testimonio de que lo apruebo y de mi parte lo haré bueno, lo firmé de mi nombre. 8 de Marzo de 1595. — Gerony.s Rodríguez, Retor». [Hay una rúbrica].
Así terminó este desagradable incidente entre las dos Comunidades, que por otra parte no logró suspender la buena vecindad en que siempre vivieron.
II DICTAMENES DE ESPIRITU (1).
En virtud del precepto que se me ha intimado, dice el padre fray Eliseo de los Mártires, digo y declaro lo siguiente: Conocí al padre fray Juan de la Cruz, y le traté y le comuniqué muchas y diversas veces. Fué hombre de mediano cuerpo, de rostro grave y venerable, algo moreno y de buena fisonomía; su trato y conversación apacible, muy espiritual y provechoso para los que le oían y comunicaban. Y en esto fué tan singular y proficuo, que los que le trataban, hombres o mujeres, salían espiritualizados, devotos y aficionados a la virtud. Supo y sintió altamente de la oración y trato con Dios, y a todas las dudas que le proponían acerca de estos puntos respondía con alteza de sabiduría, dejando a los que le consultaban muy satisfechos y aprovechados. Fué amigo de recogimiento y de hablar poco; su risa, poca y muy compuesta. Cuando reprendía como superior (que lo fué muchas veces), era con dulce severidad, exhortando con amor fraternal, y todo con admirable serenidad y gravedad.
Dictamen primero.— Fué enemigo de que los Superiores de religiosos, y más reformados, mandasen con imperio; y así repetía: «Que en ninguna cosa muestra uno ser indigno de mandar, como mandar con imperio; antes han de procurar que los subditos nunca salgan de su presencia tristes».
1 Se deben al venerable P. Eliseo de los Mártires, religioso primitivo de mucho espíritu que conoció y trató en España al Santo en distintas ocasiones. De este religioso habla con elogio la Reforma en diversos lugares. Del P. Elíseo habla también el P. Diego del Espirku Santo en el capitulo XX del libro II de su obra titulada Carmelo Mexicano, donde dice: "El Padre Fray Eliseo de los Mártires, extremeño, profesó la Regla primitiva en Granada. Fué varón de grandes virtudes y de prendas muy relevantes; el primer visitador general que pasó a las Indias: el primer provincial carmelita descalzo de este Reino de Méjico, y el primero que en la Nueva España enseñó con su ejemplo a huir a los Carmelitas de los palacios de los principes, retirándose a este Convento de Méjico, sin admitir prelacia alguna: siendo para toda la Descalce: un espejo clarísimo de humildad, de abstracción y de todas las virtudes monásticas: porque entregado todo a su ejercicio, y a la observancia puntual de los rigores primitivos, perseveró en ellos hasta el último aliento, con que entregó a Dios su espíritu en esta casa el año de 1620, cuando cumplía de edad setenta, y de hábito cuarenta y nueve."
Una copia de estos Dictámenes trasladó el P. Manuel de Santa María en el Manuscrito 13.245, folios 248-251. Por dicha copia se han corregido en esta edición y enmendado algunas faltas que tenía la edición del P. Gerardo (t. III, págs. 59-67), donde se publicaron por vez primera. En el llamado Libro del Santo, que guardan nuestros padres de Segovia, se lee otra copia debida asimismo al P. Manuel, sin más diferencia que la de dividir este escrito en veinticinco dictámenes, cuando el Manuscrito 13.245 los reduce a diecisiete. Nos acomodamos a la copia de este último.
Nunca hablaba con artificio ni doblez, de que era inimicísimo, porque decía él: Dictamen segundo.— Que los artificios violaban la sinceridad y limpieza de la Orden, y eran los que mucho la dañaban, enseñando prudencias humanas con que las almas enferman.
Dictamen tercero. — Decía del vicio de la ambición que en gente reformada es casi incurable, por ser el vicio más envicionero de todos, porque colorean y matizan su gobierno y proceder con apariencias de virtud y de mayor perfección, con que la guerra se hace más cruda y la enfermedad espiritual más incurable. Y decía de este vicio ser tan poderoso y pestilente, que hace a los que pose-e tales pecadores, que de sus vidas y enredos viene. a hacer el demonio una argamasa que pone en confusión a los confesores, aunque sean muy sabios, porque pican en todos los vicios. Tenía constante perseverancia en la oración y presencia de Dios y en los actos y movimientos anagógicos y jaculatorias oraciones.
Dictamen cuarto. — Decía que la vida de un religioso era toda un sermón (o había de serlo) doctrinal, que tuviese por tema estas palabras, repetidas algunas veces al día: Antes morir y reventar que pecar. Que dichas de voluntad limpian y mundifican el alma, y la hacen crecer en amor de Dios, y dolor de haberle ofendido y propósito firme de no ofenderle más.
Dictamen quinto. — Decía que hay dos maneras de resistir vicios y adquirir virtudes. La una es común y menos perfecta, y es cuando vos queréis resistir a algún vicio y pecado o tentación por medio de los actos de virtud que contrasta y destruye el tal vicio, pecado o tentación. Como si el vicio o tentación de la impaciencia o del espíritu de venganza que siento en mi alma por algún daño recibido, o palabras injuriosas, entonces resisto con algunas buenas consideraciones, como de la Pasión del Señor (qui aun male tractaretur, non uperuit os suum); o considerando los bienes que se adquieren de) sufrimiento y de vencerse el hombre a sí mismo; o pensando que Dios mandó que sufriésemos, por ser estas nuestras mejoras, etc. Por las cuales consideraciones me muevo a sufrir y querer y aceptar la dicha injuria, afrenta o daño, y esto a gloria y honra de Dios. Esta manera de resistir y contrastar la tal tentación, vicio o pecado, engendra la virtud de la paciencia, y es buen modo de resistir, aunque dificultoso y menos perfecto.
Hay otra manera de vencer vicios y tentaciones y adquirir y ganar virtudes, más fácil y más provechosa y perfecta, que es cuando el alma, por solos los actos y movimientos anagógicos y amorosos, sin otros ejercicios extraños, resiste y destruye todas las tentaciones de nuestro adversario y alcanza las virtudes en grado perfectísimo. Lo cual decía ser posible en esta manera. Cuando sintiéremos el primer movimiento o acometimiento de algún vicio como de lujuria, ira, impaciencia o espíritu de venganza por agravio recibido, etc., no le habernos de resistir con acto de la virtud contraria, como se ha referido, sino que luego en sintiéndole acudamos con un acto o movimiento de amor anagógico contra el tal vicio, levantando nuestro afecto a la unión de Dios, porque con tal levantamiento, como el alma se ausenta de allí y se presenta a su Dios y se junta con El, queda el vicio o la tentación y el enemigo defraudado de su intento* y no halla a quien herir; porque el alma, como está más donde ama que donde anima, divinamente hurtó el cuerpo a la tentación, y no halló el enemigo donde hacer golpe ni presa, porque el alma ya no está allí donde la tentación o enemigo la quería herir y lastimar. Y entonces, ¡cosa maravillosa!, el alma, como olvidada del movimiento vicioso, y junta y unida con su amado, ningún movimiento siente del tal vicio con que el, demonio quería tentarla, y lo procuró: lo uno, porque hurtó el cuerpo, como está dicho, y no está allí, y, si así puede decirse, es casi como tentar un cuerpo muerto, pelear corr lo que no es, con lo que no está, con lo que no siente, ni es capaz por entonces de ser tentado.
Y de esta manera se engendra en el alma una virtud heroica y admirable, que el angélico doctor Santo Tomás llama virtud de alma perfectamente purgada. La cual virtud, dice el Santo viene a tener el alma cuando la trae Dios a tal estado, que no siente los movimientos de los vicios, ni sus asaltos ni acometimientos o tentaciones, por la alteza de la virtud que en la tal alma mora. Y de aquí le nace y viene una perfección altísima que no se le da nada que la injurien, o que la alaben o ensalcen, o que la humillen, o que digan mal de ella ni bien. Porque como los tales movimientos anagógicos y amorosos lleven el alma a tan alto y sublime estado, el más propio efecto de ellos en la dicha alma es, que la hacen olvidar todas las cosas que son fuera de su Amado, que es Jesucristo. Y de aquí le viene, como queda dicho, que estando el alma junta con su Dios y entretenida con El, no hallan las tentaciones a quién herir, porque no pueden subir a donde el alma se subió o la subió Dios: Non accedet ad te malum.
Aquí dijo el Venerable Padre Fray Juan de la Cruz que se le advierta a los nuevos, cuyos actos amorosos o anagógicos no son tan prestos ni ligeros, ni tan fervorosos que puedan con su salto ausentarse de allí del todo y unirse con el Esposo, y que si por el tal acto y movimiento anagógico vieren que no se olvida del todo el movimiento vicioso de la tentación, no dejen de aprovecharse para su resistencia de todas las armas y consideraciones que pudieren, hasta que del todo venzan la tentación. Y su manera de resistir y vencer ha de ser ésta: Que primero resistan con los más fervorosos movimientos anagógicos que pudieren, y los obren y ejerciten muchas veces; y cuando con ellos no bastare (porque la tentación es fuerte y ellos flacos), aprovéchense entonces de todas las armas de buenas meditaciones y ejercicios que para la tal resistencia y victoria vieren ser necesarios. Y que crean que este modo de resistir es excelente y cierto, porque incluye en sí todos los ardides de guerra necesarios e importantes.
Y decía que las palabras del Psalmo 118: Memor esto verbi tui servo tuo, in quó mihi spem dedisti, son tan poderosas y eficaces, que con ellas se acaba con Dios cualquier cosa.
Y diciendo con devoción las palabras del Santo Evangelio: Nesdebatís quia in his, quae Patris mei sunt, oportet me esse? aseguraba que se reviste el alma de un deseo de hacer la voluntad de Dios a imitación de Cristo Señor Nuestro, con ardentísimo deseo de padecer por su amor y del bien de las almas.
Y que queriendo la Majestad divina por medio de una crudelísima tempestad destruir y acabar la ciudad de Constantinopla, oyeron a los ángeles repetir tres veces estas palabras: Sanctus Deus, Sane tus Fortis, Sanctus Immortalis, miserere nobis. Con las cuales súplicas luego se aplacó Dios y cesó la tempestad, que había hecho mucho daño y le amenazaba mayor. Y así decía, que son estas palabras poderosas para con Dios en necesidades particulares de fuego, agua, vientos, tempestades, guerras y otras de alma y cuerpo, honra, hacienda, etc.
Dictaa\en sexto.— Decía asimismo que el amor del bien de los prójimos nace de la vida espiritual y contemplativa, y que como ésta se nos encarga por Regla, es visto encargarnos y mandarnos este bien y celo del aprovechamiento de nuestros prójimos. Porque quiso la Regla hacer observantes de vida mixta y compuesta por incluir en sí y abrazar las dos, activa y contemplativa. La cual escogió el Señor para sí por ser más perfecta. Y los modos de vida y estados de religiosos que las abrazan, son los más perfectos de suyo. Salvo que entonces, cuando decía y enseñaba esto, no convenía publicarlo por los pocos religiosos que había, y porque no se inquietasen; antes convenía insinuar lo contrario hasta que hubiese gran número de frailes.
Y declarando las palabras de Cristo Señor Nuestro ya referidas: Nesciebatis guia in his, quae Patris mei sunt, oportet me esse?, dijo: que lo que es del Padre Eterno aquí no se ha de entender otra cosa que la redención del mundo, el bien de las almas, poniendo Cristo Señor Nuestro los medios preordinados del Padre Eterno. Y que San Dionisio Areopagita, en confirmación de esta verdad, había escrito aquella maravillosa sentencia que dice: Omnium Divinorum Divinissimum est cooperari Deo in salutem animarum. Esto es, que la suprema perfección de cualesquiera sujetos en su jerarquía y en su grado, es subir y crecer, según su talento y caudal, a la imitación de Dios, y lo que es más admirable y divino, ser cooperador suyo en 'la conversión y reducción de las almas. Porque en esto resplandecen las obras propias de Dios, en que es grandísima gloria imitarle. Y por eso las llamó Cristo Señor Nuestro obras de su Padre, cuidados de su Padre. Y que es evidente verdad que la compasión de los prójimos tanto más crece, cuanto más el alma se junta con Dios por amor, porque cuanto más ama, tanto más desea que ese mismo Dios sea de todos amado y honrado. Y cuanto más lo desea, tanto más trabaja por ello, así en la oración como en todos los otros ejercicios necesarios y a él posibles.
Y es tanto el fervor y fuerza de su caridad, que los tales poseídos de Dios no se pueden estrechar ni contentar con su propia y sola ganancia; antes pareciéndoles poco el ir solos al cielo, procuran con ansias y celestiales afectos y diligencias exquisitas llevar muchos al cielo consigo. Lo cual nace del grande amor que tienen a su Dios; y es propio fruto y efecto éste de la perfecta oración y contemplación.
Dictamen sétimo.— Decía que dos cosas sirven al alma de alas para subir a la unión con Dios, que son la compasión afectiva de la muerte de Cristo y la de los prójimos; y que cuando el alma estuviere detenida en la compasión de la Cruz y Pasión del Señor, se acordase que en ella estuvo solo obrando nuestra redención según esta escrito: Torcular calcavi solus. De donde sacará y se le ofrecerán provechosísimas consideraciones y pensamientos.
Dictamen octavo. — Y tratando de la soledad en cierta plática que hizo en el convento de Almodóvar del Campo, refirió las palabras del Papa Pío II, de buena memoria, el cual decía que el fraile andariego era peor que demonio. Y que los religiosos, si visitasen, fuesen casas honradas, donde se habla con recato y compostura.
Dictamen noveno.— Y declarando las palabras de San Pablo: Signa apostolatus nostri ¡acta sunt super vos, in omni patíentia, in signis, et prodigiis, et virtutibus; donde reparaba el anteponer el Apóstol la paciencia a los milagros. De modo que la paciencia es más cierta señal del varón apostólico que el resucitar muertos. En la cual virtud certifico yo haber sido el padre fray Juan de la Cruz varón apostólico, por haber sufrido con singular paciencia y tolerancia los trabajos que se le ofrecieron, que fueron muy sensibles, y que a los cedros del monte Líbano derribaran.
Dictamen décimo.— Y tratando de los confesores de mujeres, como experimentado, decía que fuesen algo secos con ellas, porque blanduras con mujeres no sirven más que de trocar la afición y salir desaprovechadas. Y que a él le castigó Dios por esto con ocultarle un gravísimo pecado de una mujer, la cual le había traído engañado mucho tiempo, y no fió de él el remedio por serle blando; aunque trazándolo así el Señor lo descubrió por otro camino en nuestra misma Religión, de que yo tengo harta noticia.
Dictamen undécimo.— Díjome en cierta ocasión que cuando viésemos en la Orden perdida la urbanidad, parte de la policía cristiana y monástica y que en lugar suyo entrase la agrestidad y ferocidad en los superiores (que es propio vicio de bárbaros), la llorásemos como perdida. Porque, ¿quién jamás ha visto que las virtudes y cosas de Dios se persuadan a palos y con bronquedad? Trajo para esto lo de Ezequiel, capítulo 34: Cum austeritate imperatis eis, et cum potentia.
Y que cuando crían a los religiosos con estos rigores tan irracionales, vienen a quedar pusilánimes para emprender cosas grandes de virtud, como si se hubieran criado entre fieras, según lo que significó Santo Tomás en el opúsculo 20 de Regimine principium, capítulo III, diciendo: N atúrale est enim, ut nomines sub timore nutriti in servilem degenerent animum, et pusillanim.es fiant ad omne virile opus et strenuum. Y traía lo de San Pablo: Patres, noli te ad iracundiam provocare filios vestros, ne pusillanimes fiant.
Dictamen duodécimo.— Y decía que se podía temer ser traza del demonio el criar los religiosos de esta manera; porque criados con este temor no tengan los superiores quien les ose avisar ni contradecir cuando erraren. Y si por este camino o por otro llegare la Orden a tal estado, que los que por las leyes de caridad y justicia (esto es, los graves de ella), en los capítulos y juntas, y en otras ocasiones no osaren decir lo que conviene por flaqueza o pusilanimidad, o por miedo de no enojar al superior, y por esto no salir con oficio (que es manifiesta ambición), tengan la Orden por perdida y del todo relajada.
Dictamen decimotercero.— Y tanto, que afirmaba el buen padre fray Juan de la Cruz, que tendría por mejor que no profesasen en ella, porque la gobernará entonces el vicio de la ambición y no la virtud de la caridad y justicia. Y que se echará de ver claramente cuando en los capítulos nadie replica, si no qu2 todo se concede y pasan por ello, atendiendo a sólo sacar cada uno su bocado. Con lo cual gravemente padece el bien común y se cría el vicio de la ambición.
Que se había de denunciar sin corrección, por ser vicio pernicioso y opuesto al bien universal. Y siempre que decía estas cosas, era habiendo tenido grandes ratos de oración y coloquios con Nuestro Señor.
Dictamen decimoclarto.— Decía que los prelados habían de suplicar a menudo a Dios les diese prudencia religiosa para acertar en su gobierno y guiar las almas de su cuidado al cielo. Alababa mucho al padre fray Agustín de los Reyes de esta virtud, que la tenía con excelencia.
Dictamen decimoquinto.— Aigunas veces le oí decir que no hay mentira tan afectada y compuesta que, si se repara en ella, por un camino o por otro no se conozca que es mentira.
Ni hay demonio transfigurado en ángel de luz que, bien mirado, no se eche de ver quién es.
Ni hay hipócrita tan artificioso y disimulado y fingido, que a pocas vueltas y miradas no le descubráis.
Dictamen decimosexto.— Con ocasión de un castigo severo que hizo un superior, dijo una divina sentencia: «Que los cristianos, y más religiosos, siempre tienen cuenta de castigar los cuerpos de los delincuentes, de manera que no peligren las almas, no usando de extraordinarias crueldades, de que suelen usar los tiranos, y los que se rigen por fiereza. Y que debían leer las palabras de Isaías, capítulo XLI, y a San Pablo, 1.a Corinthios, IX, 10, los Prelados a menudo».
Dictamen decimoséptimo.— Habiéndole propuesto un pretendiente del hábito, y hablándole algunas veces, dijo: «Que no le recibiesen, porque le olía mal la boca. El cual olor procedía de tener las entrañas dañadas; y que de ordinario los tales son mal inclinados, crueles, mentirosos, medrosos, murmuradores, etc., y que es regla de filosofía, que las costumbres del alma siguen el temple y complexión del cuerpo».
Esto es lo que por ahora me acuerdo. Si más me acordare, lo avisaré a N. P. General en cumplimiento de su precepto. Fecho en Méjico, a 26 de Marzo de 1618.— Fray Elíseo de los Mártires* III CARTA DE FRAY DIEGO DE LA CONCEPCION. (BUJALANCE, 15 DE NOVIEMBRE DE 1603) (1).
Jesús.
A honra y gloria de Dios y ció la Inmaculada Virgen Santa María y del santo Patriarca San José, habiendo puesto un precepto nuestro padre Provincial, fray Bernardo de Santa Alaría, para que cada uno de los religiosos de este convento de nuestra Señora del Carmen de esta villa de Bujalance dijese lo que supiese de las virtudes y santidad de los religiosos y religiosas de nuestra sagrada Orden de nuestra Señora del Monte Carmelo de los Descalzos, y en cumplimiento del dicho precepto dije lo que sabía, que es lo siguiente.
Primeramente, lo que sé de nuestra santa madre Teresa de Jesús, es que estando yo en la ciudad de Granada, en nuestro convento de los Santos Mártires, tenía unas cuartanas tan grandes que de los sudores que me daban calaba los colchones cuatro veces cada noche, y quedaban tales que, si no los enjugaban, no se podía hacer la cama otro día; y los médicos habían hecho tanto en mí, que decían no entendían aquel mal ni sabían qué hacerse, que aguardase al verano que era mejor tiempo y podría ser se me quitasen; porque ahora es invierno y en lo más fuerte de él, que es por Navidad, y no es tiempo para que se quite este mal. A esta sazón, entre Navidad y los Reyes, me enviaron de las monjas de nuestra Orden una reliquia de nuestra Santa Madre Teresa de Jesús, y en poniéndomela, me dio una cuartana, y nunca más me volvieron, sino que totalmente se me quitaron. Y volviendo los médicos a visitar otro enfermo (porque a mí ya me habían dejado como cosa incurable), les dije cómo ya se me habían quitado las cuartanas, y ellos se espantaron y dijeron que aquello era milagro, porque el tiempo era muy contrario, y esto es así verdad in verbo sacerdotis ct sub praecepto.
Y habiéndolo leído me ratifico en lo dicho que es así verdad como en ello se contiene. Que es fecho en Bujalance y en nuestro dicho Convento de Nuestra Señora del Carmen de Descalzos, a quince días del mes de noviembre de mil seiscientos tres años. — Fr. Diego de la Concepción.
De nuestro Padre fray Juan de la Cruz, que fué el que dijo la primera misa en Duruelo y el primero que fundó aquel santo convento, y por esta y otras muchas razones se le debe el título de fundador de esta sagrada Religión, porque aquel convento de Duruelo, aunque después se deshizo, fué el primer convento que hubo en nuestra sagrada Religión (ahora me dicen que lo han tornado a poblar de frailes, y con mucha razón), lo que sé es que era el dicho padre fray Juan de la Cruz muy grande contemplativo y de muy alta oración; y esto sé porque siendo él prior en Granada fui yo su novicio y fui también mucho tiempo su subdito; y cuando fué vicario provincial de estas dos Provincias de Sevilla y Granada, porque entonces no había provinciales, fui yo su compañero mucho tiempo y le traté y comuniqué.
Era también el dicho padre nuestro fray Juan de la Cruz, el santo, hombre de grande paciencia y deseoso de padecer por Dios; y sé esto, porque cuando le persiguieron algunos frailes de nuestra sagrada Religión y lo enviaron a La Peñuela era yo a la sazón conventual de aquel santo convento, y en todo aquel tiempo que estuvimos juntos no le oí decir mal de ninguno de sus perseguidores, ni se había de murmurar ni decir mal de otro delante de él, y si alguno se descuidaba en alguna palabra, le decía que callase.