SigPhi · Juan de la Cruz

Llama de Amor Viva, Cautelas, Avisos, Cartas y Poesias

Spanish

Page 30 of 36

Oíle decir a esa misma madre, que así estos trabajos, como otros, y enfermedades que había pasado este venerable Padre, lo había llevado con gran paciencia y alegría de ánimo, por amor de Dios; y asimismo le oí contar por dos u tres veces que estuvo en Madrid, y venía muchas veces a nuestro convento a confesarnos, que nunca había tenido mayor contento su alma, ni gozado de la suavidad y luz de Nuestro Señor como en todo el tiempo que estuvo en aquella cárcel; y que era tan escura y lóbrega, que aun para leer no le entraba casi luz ninguna; y que le proveyó Nuestro Señor de que por un agujero bien pequeño le entraba un rayo de luz y sol, con que se consoló y pudo escribir la declaración de aquellas canciones espirituales que él compuso, que empiezan: En una noche oscura, con ansias en amores inflamada, ¡oh dichosa ventura!

salí sin ser notada, estando ya mi casa sosegada.

Trata altísimamente de la íntima comunicación y contemplación, unión que el alma tiene con Dios y de su divino amor.

También oí contar muchas veces a mi madre Ana de Jesús y a la buena madre María del Nacimiento, que esté en gloria, que nuestra santa madre Teresa de Jesús, que estimaba y quería mucho a este venerable Padre y fué su confesor mucho tiempo, y que decía de é) que le amaba tiernamente, porque tenía un alma muy Cándida y pura, y que era varón sin malicias ni marañas, y que tenía altísima contemplación y una paz grandísima. Lo que puedo decir con gran verdad es, que todas las veces que le miraba y hablaba, en su semblante y compostura parecía un ángel del cielo, y parecía estar en oración y en la presencia del Señor. Tenía una alegría santa y apacible, resplandecía en él la caridad, humildad, mansedumbre y una modestia grave y religiosa.

Luego que murió, oí decir había hecho por él Nuestro Señor muchos milagros, sanando algunos enfermos que tocaban su cuerpo, y que está entero y con suavísimo olor. Yo he visto un dedo de su mano, qu€ viniendo a esta casa nuestro santo padre fray Elias de San Martín, que Dios tenga en su gloria, nos le mostró a todas. Está este dedo con su carne entero, de color de dátil, y con suavísimo olor. Yo tengo en mi poder una poquita de carne, y está de la misma manera que he dicho del dedo; y así, siempre le he tenido y tengo en opinión a este venerable Padre, nuestro fray Juan de la Cruz, por uno de los varones santos que ha habido en la iglesia de Dios, y que creo que goza de grande y muy aventajada gloria.

Nuestra Santa Madre Teresa de Jesús dejó escrito mucho de este Santo en sus Fundaciones, y trata muy a la larga de su llamamiento, y cómo se quería ir a ser cartujo, y de su gran virtud y religión. Si la madre Ana de Jesús es viva, ella puede decir mucho de este venerable Padre, porque le trató mucho tiempo en Beas, y fué con ella a la fundación de Granada y a la de Madrid; y entiendo sabe muchas cosas suyas y muy particulares. En Talavera también está una religiosa de velo blanco, que se llama Ana de Jesús, que es ñija de la casa de Granada, y conoció y comunicó mucho allí y en Madrid a este santo, y le oía yo contar a esta hermana, el tiempo que estuvimos juntas en la casa de Madrid, muchas cosas de la santidad y virtud de nuestro venerable padre fray Juan de la Cruz. Si no es muerta, ella lo dirá mejor que yo, que por tener flaca memoria no me acuerdo bien.

Así de las que van aquí nombradas y de otras muchas personas que conocieron a este santo, puede saber V. R. mucho de sus grandes y heroicas virtudes y santidad; y porque es muy gran verdad todo lo qu«? va aquí escrito, lo firmo de mi nombre, hoy día del jlorioso santo Padre Serapión, a 30 del mes de octubre de este año de 1614, en este convento de nuestro Padre San José de Consuegra. — María de la Encarnación.

[Postdata]: Padre nuestro: Perdone V. R. el mal estilo con que esto va escrito, que la gran voluntad con que se ha dicho, suplirá las muchas faltas que lieva. A V. R. suplico humildemente me envíe su bendición, avisándome de su salud, la cual suplicaré a Nuestro Señor en mis pobres oraciones acreciente a V. R. con muchos años de vida, para que pueda hacer a Nuestro Señor señalados servicios, y las informaciones de muchos santos y santas que van muriendo cada día en nuestra sagrada Religión, y que sea yo una de ellas; que si V. R. me ayuda con sus santas oraciones y sacrificios, confío en su Divina Majestad me dará abundancia ae su gracia para que le sirva con veras. Dios me guarde a V. R. como deseo y hemos menester todas sus hijas y subditas.

X CARTA DE ISABEL DE JESUS MARIA. — CUERVA, 2 DE NOVIEMBRE DF 1614 (1).

Jesús María.

Las virtudes y santidad de nuestro padre fray Juan de la Cruz fué muy grande, y en particular resplandeció en él una maravillosa mansedumbre y paciencia en grandes trabajos que padeció en su vida, particularmente cuando la separación de la provincia el ano de 1580; porque los Padres Calzados le tuvieron preso en el convento del Carmen, en Toledo, en tan grande aprieto y asperísimo tratamiento, que sintiéndose que ya iba a desfallecer y se le acababa la vida, se determinó de huir. En lo cual le ayudó Nuestro Señor y su Santísima Madre miraculosamente, porque se descolgó por una ventana de la cárcel, poniendo las mantas en que dormía a manera de sogas, y asido de ellas, bajó un trecho altísimo; y estando ya en lo bajo, se halló en unos cercados por donde halló imposibilitada la salida por las tapias muy altas, y se vió entonces tan afligido y sin remedio humano, que quiso dar voces a los mismos frailes, pidiendo misericordia y que le volviesen a la prisión. Acudióle a favorecer aquí la de Nuestro Señor, y sin saber cómo, se halló en la calle y fuera de aquel cercado.

Vino al amanecer a nuestro convento de Descalzas de Toledo, tan acabada la virtud y fuerzas naturales, así de la turbación, como del mal y trabajos de la prisión, que casi no podía hablar a la portera; a la cual dijo con mucha humildad, que le favoreciesen a priesa, porque entendía venían en su seguimiento.

La madre Ana de los Angeles, priora que era entonces de aquel convento, se halló confusa, no sabiendo qué hacer para asegurarle en aquel peligro. Proveyó Nuestro Señor que una religiosa enferma, que estaba en la cama, a este punto dijo que tenía necesidad de confesar y que entrase aquel padre a confesarla. Hízose así, y después con mucho secreto, salió a la iglesia del convento, donde estuvo escondido algunas horas, hasta que a ruego de la madre priora vino Don Pero González de Mendoza, canónigo de la Iglesia Mayor de Toledo, y tío del Conde de Arcos; y él mismo en su carroza, llevó y puso en salvo, enviándole después a un convento de Descalzos die la Orden; y el criado que le acompañó, volvió diciendo a las religiosas, que qué fraile era aquel, que salía de él un olor celestial.

Acuérdome también, que en aquel rato que le tuvimos escondido 1 Ms. 12.738, fol. 835. Toda de letra de esta religiosa, que profesó en Toledo y pasó luego a la fundación de Cuerva.

en la iglesia, dijo unos romances que traía de cabeza— y una religiosa los iba escribiendo—, que había el mismo hecho. Son tres, y todos de la Santísima Trinidad, tan altos y devotos, que parece pegan fuego; y en esta casa de Cuerva los tenemos que empiezan: «En el principio moraba el Verbo, y en Dios vivía». Esto pasó estando yo novicia en Toledo.

La opinión y estima que hay de los escritos y obras es grandísima, que con ellas y sus palabras he oído decir y experimentado en mí misma que pegan fuego del cielo, y son tan estimadas sus obras, que no parece tener tanto trato de espíritu, que como un precioso tesoro las tienen y guardan, sin que basten ruegos ningunos de personas que las piden para sacarlas. Y de éstas, y con esta estima, tiene el Conde de Arcos unas liras o líricos con su glosa o declaración a cada copla, cosa muy delicada y espiritual, que comienzan: «A dónde te escondiste».

El gobierno de este Santo el tiempo que Nuestro Señor le ponía en él, fué de mucha rectitud, caridad y prudencia, como se echó de ver en las cartas y orden que enviaba a nuestra madre Ana de los Angeles siendo priora; y lo mismo entiendo que hizo en todas las demás ocasiones; y nunca he sabido otra cosa en contrario, sino que su religión, oración y paciencia fué admirable.

Y lo que algo en contra de esto se dijo y proceso en el tiempo de su muerte y trabajos, Vuestras Reverencias sabrán qué verdad tuvo, que en eso no me meto, ni tampoco en creer tuvo culpa en aquellas cosas este gran santo, que yo no lo creo.

He oído decir grandes milagros de la entereza de su cuerpo, y de los que hacían al tiempo de su muerte las vendas que de las llagas le quitaban, y que quien ve alguna reliquia de su carne, ve juntamente su rostro del Santo, y que se apareció al tiempo de su muerte a una bienhechora suya, agradeciéndole lo que por él había hecho y que pueden dar gran relación de su vida la Madre Ana de Jesús, priora que fué de Granada, y las religiosas de aquel convento.

Esto es lo que yo sé de este gran religioso, de vista y oídas, a personas que sabían algo de su vida; y lo dicho es nada para lo que habrá que decir de su mucha santidad. Yo le tengo por santo.

Y por ser verdad lo firmo de mi nombre, hoy, a 2 de noviembre, año de 1611, en Cuerva.— Isabel de Jesús María.

XI CARTA DE CATALINA DE CRISTO. (20 DE AGOSTO DE 1604) (1).

Jesús María.

Lo que yo tengo que decir de nuestro venerable padre fray Juan de la Cruz, es que le tengo por un santo que puede mucho con Dios, y esto tengo por experiencia, ayudándome de su intercesión en muchas ocasiones de trabajos interiores y dudas de espíritu; que conociendo notable fruto en él con la lección de su admirable doctrina, que raras veces me ha acaecido haberlo leído que no saque particular aprovechamiento y deseos de virtudes, particularmente de amor de Dios y desprecio de mí misma y de todas las cosas; y estos efectos son más o menos cuando se leen estos libros cuanto más o menos está pura la conciencia; y cuando no lo está, no se entiende la gran sabiduría que en ellos se encierra.

Esto he oído decir a otras personas, de más de tenerlo yo por experiencia. Oí decir de esta doctrina a un gran santo varón de la Compañía de Jesús, eminente en cosas de espíritu, que se llamaba Cristóbal Caro: este decía tener a nuestro Padre por gran santo, y su doctrina y escritos por admirables para el bien de las almas, y llamábala doctrina divina y celestial, y persuadía a que le leyesen las personas espirituales.

Este santo varón era confesor de un hermano de nuestro venerable Padre, hombre casado, de admirables virtudes y santidad, y de grandes mercedes de Dios, que decía de él este su confesor: tan gran santo es Francisco de Ycpes como su hermano; y yo le traté y vi en muchas ocasiones esta verdad; al cual oí contar acerca de los milagros de nuestro venerable padre fray Juan de la Cruz muchas cosas, que con un relicario que le dió su santo hermano habían sanado personas de algunas enfermedades, y así le traían de una parte a otra por la experiencia de la verdad. No sé que entonces tuviese reliquia del Santo más de ser suyo; a mí me le pusieron mis padres siendo pequeña veinte o treinta días. Tenía unas calenturas de opilaciones, de las cuales me dió la enfermedad de piedra. Eché dos muy grandes, y sané de aquella enfermedad. Entonces y después, aunque por algún tiempo me quedaron algunas reliquias, al fin quedé del todo buena, como si en mi vida hubiera tenido tal enfermedad, que es ésta de mal de piedra, la cual me decían me había de impedir el ser monja descalza.!, i La duda de este milagro está, en que esto que digo de la sanidad 1 Ms. 12.738, Col. 831. De letra de la misma religiosa.

de esta enfermedad no la conocí yo entonces por milagro del relicario, como era niña; ahora me parece fué la causa de ella los merecimientos de este Santo.

Si esto le pareciere a V. R. basta para jurarlo, y si no, otras cosas bien claras tiene su santidad manifiestas.

A este hermano de nuestro Santo, le oí yo contar un milagro que le aconteció camino de Segovia, yendo él acompañando una reliquia de su santo cuerpo, que llevaban de una parte a otra; si no me engaño decía ser un brazo del Santo que entonces había poco que murió. Decía, pues, este su hermano, que llegando a los puertos, se levantó una grandísima tempestad, la cual en un instante le llevó en el aire y le puso en una parte tan alta y peligrosa de perder la vida, y pensó ser muerto; y conociendo él ser el demonio y que había hecho esto de envidia de la reverencia que se hacía a la reliquia, dió voces al Santo que le ayudase y librase de aquel peligro en que estaba; y decía que en aquel punto que le llamó, cesó la tempestad, que era de oscurísimas tinieblas y muy 'distante del camino por donde antes iba con la reliquia; y en un instante se halló en el camino, y le prosiguió con serenidad. Decíame que llevaba abrazado consigo la santa reliquia, y que los demonios le habían hecho gran fuerza por quitársela.

Esto es lo que le oí. V. R. sabrá la verdad que esto puede tener. Habrá ventitrés años que yo oí esto, y más otras muchas cosas que no se me acuerdan, que en Medina del Campo desde entonces le llamaban el santo padre fray Juan de la Cruz.

El me alcance de Dios yo lo sea, y guarde a V. R., a quien pido me encomiende.— Catalina de Christo.

XII CARTA DE FRAY PABLO DE SANTA MARIA. (VILLANUEVA DE LA JARA, 8 DE NO-VIEMBRE DE 1611) (1).

Fray Pablo de Santa Alaría, en cumplimiento del precepto que nuestro P. Provincial ha puesto para que diga lo que supiere acerca de la buena y santa vida de nuestro buen padre fray Juan de la Cruz, primer fundador de nuestra sagrada Reforma, digo que estuve en su compañía dos años en Segovta acerca de los del Señor, 1590, cuando se edificaba el convento nuevo; en!os cuales vi en él muchas cosas de edificación y virtud y de un espíritu verdaderamente apostólico. Era muy humilde y en todas las ocasiones resplandecía en él gran virtud, en particular se holgaba de traiar de la pobreza de sus padres y de lo poco que él valía en el siglo,::osas que otros procuran callar y encubrir.

Era un varón de un espíritu muy encendido y muy claro entendimiento en lo que toca a la Teología mística y materia de oración, de suerte que si no estuviera muy aprovechado en la vida espiritual, tengo por imposible que pudiera hablar tan bien acerca de cualquiera virtud; y tengo por cierto que sabía toda la Biblia, según jugaba de diferentes lugares de ella en pláticas que hacía en capítulos y refectorio sin estudiar para ello, sino ir por donde el espíritu le guiaba, diciendo siempre cosas excelentes y de provecho y edificación para las almas por verlas practicadas en él.

Era muy afable y alegre para con todos, y para sí austero y penitente; y en lo más riguroso del invierno y con mucha nieve se iba sin reparo en los pies a la cantera donde se sacaba la piedra a ser sobrestante de los peones, y nevando y granacizando su cabeza y calva descubierta, parece que pegaba fuego a todos. Y muchos días de éstos, con ser de edad, comía a la una del día sin haberse desayunado más que con el Smo. Sacramento, que parecía más de bronce que de carne.

Un día, yendo a confesar las monjas y habiendo mucha nieve cerca de la casa, se metió en un hoyo de nieve hasta las rodillas, y habiendo estado un rato allí atollado, quisiera el compañero que se volviera a casa para que se enjugara los pies; pero él dijo que no hacía al caso, y del frío que le entró, se le desollaron los dedos de los pies, de lo cual soy yo testigo ocular; y sin duda en materia de ayunos, oración y penitencia fué varón muy señalado.

Era muy recto en lo que toca a la observancia regular; no disimulaba defectos, pero reprendíalos con entrañas paternales y con una severidad eficaz, envuelta con mucha blandura y amor.

1 Autógrafa de este religioso. Léese en el folio 847 del Ms. 12.738.

Era muy caritativo con los religiosos, y yo le vi quitarse una túnica nueva y buena para dársela a un religioso, tomando para sí una vieja en el rigor del invierno.

Era muy regular y observante, y no le faltó lo que primeramente se suele examinar en los Santos, que fueron algunas persecuciones, mudándole a Baeza cuando la obra de Segovia, que estaba a su cargo, se estaba en gerga, y cuando la fundadora doña Ana de Peñalosa favorecía más la casa por su respecto por ser él su confesor; mas él obedeció sin alteración ninguna, sino con mucha alegría y paz de alma, aunque la fundadora lo sintió mucho por echar de ver que le faltaba el maestro de su espíritu y el dechado de toda virtud.

Y esto es lo que se me ofrece en suma acerca de este particular, y porque sé que todo esto pasa al pie de la letra lo firmé en 8 de noviembre de 1611, en Villanueva de la Jara,— Fr. Pablo de Santa María.

XIII CARTA DE FRAY MARTIN DE S. JOSE. (BAEZA, 25 DE ABRIL DE 1614) (1).

Jesús María.

Respondiendo al precepto que se nos ha puesto por parte de V. R. para que digamos lo que sabemos acerca de la virtud y santidad de nuestro padre fray Juan de la Cruz, a quien comúnmente llamamos el Santo, lo que de presente se me ofrece es lo siguiente.

Primeramente, que el dicho padre fray Juan de la Cruz fué el primero que se descalzó y vistió el hábito, dando principio a nuestra Reformación de Carmelitas Descalzos.

Item, que por la común opinión de santidad en que siempre fué tenido, así en muerte como en vida, y de la que yo en él vi por mis ojos; habrá treinta años que me dió este Santo siendo prior de Granada el hábito de esta sagrada Religión, y desde entonces traigo puesta la correa que él me puso con sus manos, estimándola por esto más que si fuera de oro, y la he prestado para algunas necesidades y me han dicho que ha sido de mucho provecho.

Item, siendo yo novicio y habiendo hartos años que me daba gran pesadumbre una tentación, comunicándole una vez como entonces se usaba, con sola una palabra que me dijo, que fué que no hiciese caso de ella, me la quitó hasta el día de hoy, cuanto ni una sola vez me acuerdo haberme vuelto.

Item, que se le conoció en muchas ocasiones tenía admirable discreción de espíritus, no sólo cuando muchas personas le daban cuenta del estado de sus almas, sino en otras muchas ocasiones. Venían a pedir algunos el hábito de nuestra Religión, y pareciendo a los demás concurrían en ellos todas las partes necesarias, él los despedía sin proponerlos, conociendo que no convenían, y, al contrario, aprobaba los que a otros no cuadraban tanto.

En confirmación de esto diré lo que le pasó cuando fué al Capitulo de Lisboa, que como entonces estaba en su mayor reputación aquella monja de las llagas, muchos de los demás padres más graves de nuestra Orden la fueron a visitar, y trajeron como una gran reliquia aquellos pañicos que daba teñidos con la sangre que decía salir de sus llagas; y el santo Padre no sólo no hizo caso de semejantes cosas, más ni aún quiso ir a ver a la dicha monja ni sus llagas; y cuando volvió a Granada, de donde era prior, estando una tarde con muchos religiosos en la recreación, le hicieron grande instancia para que diese alguna reliquia de aquella monja o dijese lo 1 Autógrafa. Viene en el folio 855 del Ms. 12.438.

que sabía y habría visto. Respondió estando yo presente: Yo no la vi ni la quise ver, porque me quejara yo mucho de mi fe si entendiera había de crecer un punto con ver cosas semejantes, y no mucho después se manifestó a toda España eran todos engaños y embustes.

Item, tenía don de altísima oración como se echa de ver claramente por los escritos que dejó de cosas altísimas de ella en verso y prosa, y por su trato común do Dios, que era tan admirable en todo tiempo y lugar, que sin ser enfadoso a los que le oían, siempre trataba cosas de nuestro Señor. De mí sé decir era tanto el gusto que en oirle tenía, y la admiración que me causaba, que ni antes ni después en la Religión, ni fuera de ella, he oído persona que con tanta suavidad trate de Dios; y siempre ha juzgado que de los religiosos nuestros con quien comunicó y trató nuestra Santa Madre Teresa de Jesús este santo Padre fué el heredero de su espíritu, como otro Eliseo del de nuestro Padre Elias.

En confirmación de esto pudiera referir muchas ocasiones en que esto experimenté, asi en las pláticas de capítulos, como otras públicas; mas porque todos cuantos le trataron echaron de ver esto, las callo.

Como todo su trato era de Nuestro Señor, así tenía notable gusto de tratar de él, de manera que encareciéndole yo una vez el mucho contento que en oirle tenía y que no querría se cansase, me dijo que aunque días y noches hablase de Nuestro Señor no se cansaba ni cansaría como los que le oyesen no se cansasen; así gustaba de tratar con gente espiritual y muy poco con los que no lo eran, aunque fuesen personas muy graves y de que le podía resultar crédito o aprovechamiento temporal para su convento.

A esto se seguía también no ser amigo de saber ni ver las cosas que se tienen por maravillosas en el mundo, tanto que pasando una vez por el Viso adonde el A\arqués de Santa Cruz había labrado unas maravillosas casas, que nadie pasaba por allí que no las tuese a ver como una gran maravilla, rogándole el compañero que traía que las fuese a ver, le respondió una sentencia digna de tal espíritu: nosotros no andamos por ver, sino por no ver.

Item, se le conoció en vida particular don contra los demonios, y así los conjuraba y echaba de los cuerpos y hacía le obedeciesen con gran imperio; y oí decir que una vez se le había jurado el demonio que se lo había de pagar, y que después lo cumplió, tengo olvidado el cómo. El padre fray Juan Evangelista, prior que ha sido tantos años del Desierto, creo sabe esto y otras muchas cosas, porque fué su compañero muchas veces.

Su humildad y caridad con los religiosos era tan grande, que a todos los tenía tan rendidos, que cada uno le amaba más que si fuera padre carnal. Cuando salía de casa, aunque no fuese más de a la ciudad por dos o tres horas, era tanta la alegría que los religiosos tenían de verle volver, que a gran priesa íbamos todos los que le veíamos a tomar su bendición y besarle la mano o escapulario, como si fuéramos a ganar un gran jubileo.

Su paciencia, ¿quién podrá encarecerla en las persecuciones que tuvo, así de los superiores, como de los inferiores? Buen testigo son de esto las informaciones que contra él se hicieron, sin que jamás se le oyese decir una palabra de queja. Pues en las enfermedades, que padeció gravísimas hasta la hora de la muerte, fué también su paciencia admirable. Estando enfermo de unas terribles angustias de estómago y vómitos, noté, estando yo en la misma enfermería malo, que dándole aquellos vómitos tan recios, que en cada uno parecía lanzaba el alma, en pasando el vómito, con quedar con terribles angustias, no se quejaba, antes se quedaba tan en paz que parecía no tenía mal ninguno.

De lo que tuvo en la enfermedad de que murió, porque hay muchos testigos que vieron, no digo nada más de que supe cosas maravillosas, que así a los que le curaron, como al médico, causaron grande admiración, y aun mudanza y mejoría en costumbres, viendo tal ejemplo de paciencia y santidad.

Con esta vida conformó su muerte, que es como me han informado personas que se hallaron presentes. No sé cuantas horas antes que diese las doce de la noche, dijo a los que allí estaban que había de ir a cantar los maitines en otra vida, y así fué, que cuando tañeron a maitines dió su bendita alma al que la crió.

Sus vestidos se repartieron por reliquias, y hasta los pánicos de sus llagas, con que se han visto algunos milagros. Acuerdóme que una sierva de Dios, que los lavaba, aunque iban llenos de materias, no le causaban ninguna pesadumbre, antes muy gran consuelo, como ella me lo contó; y que estando otro fraile malo de no sé qué postema, juntaron los pañicos de éste con los del santo padre fray Juan de la Cruz, y los enviaron a la misma que los lavase todos; la cual, sin saber nada, recibió notable asco y mal olor con los unos, y con los otros no; la cual, admirada cuando supo la causa, dió gracias al Señor porque aun los pañicos de su siervo quería se diferenciasen de los demás.

Algunos milagros me han dicho que han sucedido con algunas reliquias de este santo Padre, así de «sus vestidos, como de su santo cuerpo. No digo ninguno, porque no me acuerdo con certeza.

Lo que sé es que la señora Doña Ana de Ceballos, hermana del señor Racionero Molina, secretario que fué de don Francisco Sarmiento, obispo de Jaén, de buena memoria, que hoy viven en Jimena, tiene un dedo margallite de la mano del santo Padre, y me dicen ha hecho Nuestro Señor por él cosas maravillosas, curando enfermos de diversas enfermedades.

Esto es lo que así de repente se me ha acordado de nuestro santo padre fray Juan de ia Cruz, que, como hijo de obediencia, declaro; y si algo más después se me ofreciere, también daré noticia de ello, que no es razón que el hijo, aunque tan ruin como yo, falte a la obligación que tiene a un tan santo Padre, con quien el Señor nos junte, amén.

De Baeza y abril, 25, de 614.— Fray Martín de San José.

XIV CARTA DE FRAY BARTOLOME DE SAN BASILIO. (SAN JUAN BAUTISTA DE TRASIE-RRA (CORDOBA), 20 DE MAYO DE 1614) (1).

Jesús María.

Para cumplimiento de un precepto que nuestro padre Provincial puso acerca del padre fray Juan de la Cruz, que murió en Ubeda, para que digan lo que saben, digo lo siguiente.

Primeramente digo que conocí al padre fray Juan de la Cruz, desde que fué de La Peñuela enfermo a Ubeda, hasta que murió; y acerca de todo lo que sé de sus milagros, tengo dicho en otra ocasión que nuestro Padre General pasado mandó se dijese, con un precepto, y así me remito a lo que entonces dije por si en esto se me olvidare alguna cosa.

Estando yo conventual en Ubeda supe de los frailes de la Peñuela que habiéndose emprendido un grande fuego, el cual venía a dar al convento, se pusieron grande cantidad de gente de por medio con instrumentos para haberlo de atajar, y en ninguna manera pudieron resistirle; se puso el santo padre fray Juan delante de él de rodillas, y milagrosamente paró.

En aquella casa le dieron unas calenturas, y había ocho días que no podía comer cosa alguna. Le enviaron a curarse a Ubeda, y le dijo al mozo que lo llevaba que comería unos espárragos; y llegando al río de Guadalimar a refrescarse, vió en una peña, dentro del río, un manojo. Esto fué en fin de setiembre, cuando en parte alguna los hay, particularmente de pan. Estos los vi yo y todo el convento de Ubeda, lo cual juzgaron ser milagro.

Allí en Ubeda estuvo enfermo hasta que murió con grande ejemplo y edificación de todos, con ser los dolores que padecía al parecer muy grandes, porque estaba todo su cuerpo hecho una llaga, de manera que de cualquiera de todas las llagas no era menester para sacar dos o tres escudillas de podre más de aflojar un poco la venda. Testificaban todos y el propio médico que aquella podre no tenía mal olor ninguno, antes olía bien.

Unas doncellas honradas que lavaban los paños de estas heridas, decían lo mismo; y a un religioso del mismo convento se le hizo una postema y fué necesario ponerle algunos paños. Enviando todos juntos a lavarlos, los de él conocieron por solo el olor, sin saber ellas si en el convento había otro enfermo.

El más del tiempo que estuvo en la cama asistí con él teniéndole compañía; hablaba muy poco, y de rato en rato le oía decir estas pa- 1 Autógrafa. Viene al folio 859 del Ms. 12.738.

labras, que me causaban grandísima devoción: Haec requies mea in saeculum saeculi. Persuadiéronle un día que le querían traer unos músicos para alegrarle, y él, por dar gusto, dijo que sí la admitiría. A\ientras los músicos estaban cantando, parecía se dormía. Acabado, le preguntaron qué le parecía; y él respondió, que había estado atendiendo a otra música interior más suave, de que fueron todos muy edificados. Oíamosle decir muchas veces: Satiabor cum apparuerit gloria tua.

Era muy amigo que le dijeran sus faltas, y en comprobación de esta verdad, un día llegó nuestro padre fray Antonio de Jesús, y le dijo: ¡Padre mío fray Juan! ahora le quiere Dios pagar todos los trabajos pasados. Respondióle con grande alteración diciendo: ¡Padre!, no diga esas cosas; tráigame mis pecados a la memoria. Tuvimos por muy cierto que supo muchos días antes la hora de su muerte, aunque no nos lo dijo hasta un día antes, y todo aquel día nos parecía estaba interiormente hablando con Dios; y algunos ratos nos preguntaba qué hora es hasta que oyó la campana a las cinco de la tarde, viernes, y preguntó ¿qué hora es esta? Y le dijimos: Padre, son las cinco; y entonces dijo: Dichoso yo que esta noche voy a decir los maitines al cielo, y desde esta hora no nos habló más, y en dando la primera campanada para los maitines abrió los ojos y se despidió para ir adonde le aguardaban. A esta hora algunos de los que estaban presentes, afirmaron habían visto sobre su cabeza una grande lumbre, la cual muchos días después vió un religioso donado sobre su sepulcro, de manera que estando los religiosos en la disciplina nos alborotó algunas veces.

A cabo de un rato de su muerte, entró un hombre dando voces, diciendo que aquel santo que había muerto le había librado de la muerte despertándole, y halló dos espadas desnudas sobre sí de dos enemigos suyos, y esto decía a grandes voces.

A su entierro vinieron todas las Religiones sin ser llamadas, venerándole como a santo, teniéndose por muy dichoso el que alcanzaba alguna cosa de sus reliquias.

Un paño que el santo solía traer sobre el estómago se lo dieron a Cristóbal...to, que había muchos años que tenía mal de ijada y poniéndoselo no le acu...jamás.

Yendo yo a ayudar a morir a una mujer de un jurado, llamado Castrillo, que los médicos no le daban más de tres horas de vida, su marido me pidió que si había quedado alguna reliquia de un fraile santo que sabía había muerto en...Dile un bonetillo que e» santo se ponía, y así como a la mujer se lo pusieron, volvió en sí, diciendo a grandes voces que aquel Santo la había resucitado.

A cabo de un año de su muerte, vinieron por mandado de nuestro Padre General por su cuerpo para llevarlo a Segovia, y esto con mucho secreto. Estando yo durmiendo, antes de la media noche, me dispertaron a grandes voces, diciéndome: corre, verás, que se llevan al padre fray Juan, y desnudo corrí hacia la eglesia y hallé ser así, y supe que de las llagas de las espaldas le salía sangre y podre como cuando estaba vivo.

De aquí no supe más; sólo sé está en Ubeda alguna parte de su cuerpo donde le tienen en mucho respeto y veneración y hace Nuestro Señor por él muchos milagros. De éstos no tengo mucha certeza y así no los pongo.

Esto sé para el cumplimiento de este precepto, y lo firmé en S. Juan Bautista de Trasierra de Córdoba, en 20 de Mayo de seiscientos y catorce años. — Fr. Bartolomé dt San Basilio.

XV RELACION DE LA A\. BARBARA DEL ESPIRITU SANTO (1).

Notificándole a la Madre Bárbara del Espíritu Santo el precepto dijo lo siguiente: Primeramente, que conoció al P. fr. Juan de la Cruz siendo vicario provincial, y siendo rector de Baeza, y antes que tuviera oficio, y siempre oyó decir había ejercitado estos dficios y otros santa y loablemente y con grande edificación de los religiosos y aprovechamiento de ellos. Conoció asimismo mucha virtud en este Santo, grande humildad y penitencia, y el tiempo que le conoció a los principios le vió andar descalzo sin sandalias, y a la Santa AVadre Teresa de jesús le oyó decir muchas veces de este Santo, y en particular de la oración y penitencia, a la cual oí decir que de ordinario no se quitaba cilicio, y no traía otra ropa más que el hábito y la túnica interior, siendo invierno; y en lo que toca a la oración decía la Santa Aladre muchas veces que no se podía hablar con el Padre fray Juan de la Cruz de cosas de Dios porque luego se trasponía. En lo de los palos que le dieron y en lo de la monja endemoniada de Avila, dice que es verdad y se lo oyó decir al Santo, y así se remite a lo que dice la Madre Ana de S. Alberto en este dicho de arriba.

Conoció en este santo que tenía don de conocer espíritus, y este testigo dice que le llamó una vez y le dijo: ¿qué tiene, hija?, ¿cómo no me quiere decir lo que le pasa en su alma?; pues ya que ella no me lo dice, yo se lo quiero decir, y le dijo todo el trabajo interior que pasaba, y le dijo más: yo le quiero dar unas buenas nuevas y es que se le quitará muy presto y quedará con grande paz, y así sucedió como el santo lo dijo. Fué muy pobre así en palabras como en obras, y en esto dió siempre grande ejemplo. También dice este testigo que vió ella a este Santo con aquel resplandor y luz que dice la M. Ana de S. Alberto en este dicho de arriba, y yo doy fe de las dos que son religiosas de mucho crédito y de mucho espíritu. También dice este testigo lo que la Aladre Ana de San Alberto dice acerca de haber quitado a una religiosa de esta casa un gran trabajo interior que tenía muchos años había; dícelo la Madre Ana de San Alberto en el párrafo segundo de su Dicho. También dice le conoció don de profecía, y que sin decirle ni saber nada escribía algunas veces cosas muy secretas, y dice que sabe que es verdad lo que la madre Ana de San Alberto dice de que le escribió desde Granada. Está en el 1 Ms. 12.738, fol. 568. Bárbara del Espíritu Santo (del Castillo) profesó el año de 1 574 en Pastrana; más adelante fué a la fundación de Caravaca, donde fué muchos años supriora. La letra es del P. Juan Evangelista, que fué quien en nombre del P. Provincial tomó está declaración.