SigPhi · Juan Donoso Cortés

Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo (1851)

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1. «Cuando esté puesto en el alto, es decir, en la Cruz, traeré todas las cosas a mí: es decir, aseguraré mi dominación y mi victoria, sobre el mundo» *. En estas palabras, solemnemente proféticas, descubrió el Señor a sus discípulos a un mismo tiempo lo poco que valían para la conversión del mundo las profecías que anunciaron su advenimiento, los milagros que publicaban su omnipotencia; la santidad de su doctrina; testimonio de su gloria, y lo poderoso que había de ser para obrar este prodigio su inmensísimo amor, revelado a la tierra en su crucifixión y en su muerte.

' Et ego si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad me ipsum. (JoAnn., XII, 32).

Ego veni in nomine Patris mei, el non accipitis me: si alvus venerit in nomine suo, illum accipietis. (Joann., cap. V, versículo 34). En estas palabras está anunciado el triunfo natural del error sobre la verdad *, del mal sobre el bien. En ellas está el secreto del olvido en que tenían puesto a Dios todas las gentes, de la propagación asombrosa de las supersticiones paganas, de las hondas tinieblas tendidas por el mundo; así como el anuncio de las futuras crecientes de los errores humanos, de la futura diminución de la verdad entre los hombres de las tribulaciones de la Iglesia, de las persecuciones de los: justos, de las victorias de los sofistas, de la popularidad de lo blasfemos. En aquellas palabras está como encerrada la historia, con todos los escándalos, con todas las herejías, con todas las revoluciones. En ellas se nos declara por qué, puesto entre Barrabás y Jesús, el pueblo judío condena a Jesús y escoge a Barrabás; por qué, puesto hoy el mundo entre la Teología católica y la socialista, escoge la socialista y deja la católica; por qué las discusiones humanas van a parar a la negación de lo evidente y a la proclamación de lo absurdo. En esas palabras, verdaderamente maravillosas, está el secreto de todo lo que nuestros padres vieron, de todo lo que verán nuestros hijos, de todo lo que vemos nosotros. No: ninguno puede ir al Hijo, es decir, a la verdad, si su Padre no le llama *; palabras profundísimas que atestiguan a un tiempo mismo la omnipotencia de Dios y la impotencia radical, invencible, del género humano?.

? Donoso se refiere aquí sin duda a la naturaleza viciada por la culpa original, y en este sentido dice ser natural que el error triunfe de la verdad.

% Nemo potest venire ad me, nisi Pater, qui misit me, traxerit eum. (Joann., VI, 44).

1 Ya hemos advertido antes que Donoso Cortés no habla en su libro de las primeras verdades abstractas, generales y vagas, que el hombre, según Santo Tomás, es incapaz de aborrecer, y sobre las cuales no hay disputa, pues no ofenden ningún interés ni pasión alguna. No se refiere tampoco a las demás verdades, que son objeto de las ciencias humanas, sino que, cuanto dice acerca de la razón en el hombre caído, y de su impotencia para alcanzar la verdad, y del odio que la tiene, etc., se aplica únicamente a la verdad en cuanto «a lo que nos es propio» «y solamente por la cual podemos tener la verdadera conducta que debe gobernar nuestra vida»; y aun en ese mismo orden, no dice que no podamos conocer tal o tal verdad particular: dice solamente que sin la gracia, sin la revelación, sin la Iglesia, no podemos, en el estado en que la culpa nos deja, alcanzar la verdad; o como él dice, la verdad religiosa, la verdad doméstica, la verdad política, la verdad social, es decir: el conjunto de creencias y leyes necesarias para gobernar nuestra vida individual, doméstica o de familia, política, social, en el estado actual de la humanidad, estado que no es puramente natural, pues Dios ha querido llamarnos a la vida: sobrenatural, imponiéndonos así necesidades y obligaciones que no podemos satisfacer con nuestras propias fuerzas. Es doctrina católica que «ni la doctrina más verdadera y santa, ni los ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 5!

» Pero el Padre llamará | adre llamará, y le responderán las gentes: El Hijo será puesto | p la Cruz, y atraerá a sí todas las cosas: ahí está la promesa salvadora del iiunfo sobrenatural de la verdad sobre el error, del bien sobre el mal; pro- | mesa que será del todo cumplida al fin de los tiempos. Pater meus usque modo operatur: et ego operor sicut Pater...sic et Jfilius quos l vuli vivificat. (Joann., cap. V, versículos 17, 21). Expedit vobis ut ego vadam: si enim non abiero, Paraclitus non veniet ad vos: si autem abiero, mittam eum ad a | (Joann., cap. XVI, versículo Pe | Las lenguas de todos los doctores, las plumas de todos los sabios no bastarían para explicar todo lo que esas palabras contienen. En ellas se de- | clara la soberana virtud de la gracia, y la acción sobrenatural, invisible per- | mnanente, del Espíritu Santo. Ahí está el sobrenaturalismo católico cóñ su | infinita fecundidad y con sus maravillas inenarrables; ahí está explicado | sobre todo, el triunfo de la Cruz, que es el mayor y el más inconcebible dé todos los portentos. | En efecto; el cristianismo, humanamente hablando, debía sucumbir y era necesario que sucumbiera: debía sucumbir, lo primero, porque era E verdad; lo segundo, porque tenía en su apoyo testimonios elocuentísimos milagros portentosos y pruebas irrefragables. Jamás el género humano dejó de rebelarse y de protestar contra todas esas cosas separadas; y no era ES hable, ni creíble, ni imaginable siquiera, que dejara de lin y de -testar contra todas ellas juntas; y de hecho estalló en blasfemias, y en prolestas, y en rebeldías.

Empero, el Justo subió a la Cruz por amor, y derramó su sangre por pmoz, y dio su vida por amor: y ese amor infinito y esa preciosísima sangre merecieron al mundo la venida del Espíritu Santo. Entonces todas las co- Ñas mudaron de faz, porque la razón fue venida por la fe, y la naturaleza por la gracia.

milagros más evidentes, ni las profecías más ciertas y más rigurosamente cumplidas, hubieran bastado sin los auxilios de la gracia, interior, para convertir al mundo». Luego a 1 hablando, es decir, prescindiendo de la gracia, la conversión del murido ae a oxibla. 23 instanismo debía necesariamente sucumbir; y no obstante esto, ni las profecías tibia dit Y certidumbre, ni los milagros su evidencia, ni la doctrina su verdad. La verdad de la doct. ht, la evidencia de los milagros, la certidumbre de las profecías no habrían sorviddl en pi hipótesis, si 1 | p, SINO para hacer más culpables a los hombres y redoblar el odio a la verdad que el pecado ha puesto en sus corazones. dd al 2, ¡Cuán admirable es Dios en sus obras, cuán maravilloso en sus designios y cuán sublime en sus pensamientos! El hombre y la verdad andaban reñidos; el orgullo indomable del primero se compadecía mal con la evidencia un tanto insolente y brutal de la segunda. Dios templó la evidencia de la segunda poniéndola entre nubes transparentes, y envió al primero la fe, y enviándosela, ajustó con él este pacto: «Yo dividiré contigo el imperio; yo te diré lo que has de creer, y te daré fuerza para que lo creas, pero no oprimiré con el yugo de la evidencia tu voluntad soberana?; te doy la mano para salvarte, pero te dejo derecho de perderte; obra conmigo tu salvación, o piérdete tu solo; no te quitaré lo que te di, y el día que te saqué de la nada, te di el libre albedrío». Y este pacto, por la gracia de Dios, fue libremente aceptado por el hombre. De esta manera la oscuridad dogmática del catolicismo salvó de un naufragio cierto a su evidencia histórica. La fe, más conforme que la evidencia con el entendimiento del hombre, salvó del naufragio a la razón humana. La verdad debía de ser propuesta por la fe, si había de ser aceptada por el hombre, rebelde de suyo contra la tiranía de la evidencia.

Y el mismo espíritu que propone lo que se ha de creer, y nos da fuerza para que lo creamos, propone lo que es necesario obrar, y nos da el deseo de obrarlo, y obra con nosotros para que lo obremos. Tan grande es la miseria del hombre, tan honda su abyección, tan absoluta su ignorancia y tan radical su impotencia, que no puede por sí solo ni formar un buen propósito, ni trazar un gran designio, ni concebir un gran deseo de cosa que agrade a Dios y que aproveche a la salvación de su alma. Y por otro lado, es tan alta su dignidad, su naturaleza tan noble, su origen tan excelso, su fin tan glorioso, que el mismo Dios piensa por su pensamiento, ve por sus ojos, anda con sus pies y obra por sus manos. Él es el que le lleva para que ande, y el que le detiene para que no tropiece, y el que manda a sus ángeles que le asistan para que no caigan; y si por ventura cae, Él le levanta por sí mismo; y puesto en pie, le hace que desee perseverar, y le hace que persevere. Por eso dice San Agustín: «Ninguno creemos que viene a la verdadera salud, si Dios no le llama; y ninguno, después de llamado, obra lo que conviene para esta misma salud, si Él no le ayuda». Por eso dice el mismo Dios, 5 Hay en esta expresión cierta finísima ironía, que parece continuarse en todo el párrafo con la supuesta tiranía de la evidencia.

MHBAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 5) ' el Evangelio de San Juan, cap. XV, vers. 4 y 5: Manete in me el ego in vobis. pu patmes non potest Jerre fructum a semetipso, nisi manserit in vite; sic nec vos, 481 in me manseritis. Ego sum vitis, vos palmites: qui manet in me, et ego in eo, hic ' l fructum multum; quia sine me nihil potestis facere. El Apóstol, en su segun pola a los de Corinto, cap. III, vers. 4 y 5, dice: Fiduciam autem talem habemus per Christum ad Deum, non quod suficientes simus cogitare aliquid a nobis quasi ex nobis; sed sufficientia nostra ex Deo est. Esta misma impotencia radical del hombre en el negocio de su salvación confesaba el santo Job cuando Mecía (cap. XIV): «¿Quién puede hacer limpia una cosa concebida de masa plicia, sino vos, Señor?». Y Moisés diciendo (Exod., cap. XXXIV): «Nadie por sí mismo puede ser inocente delante de ti». San Agustín, en el inimitable libro de Las Confesiones, volviéndose a Dios, le dice: «Señor, dadme gra-Fla para hacer lo que Vos mandáis, y mandadme lo que mejor os parezca». De manera que, así como Dios me declara lo que debo creer, y me da fuer-Ns para creerlo, del mismo modo me manda lo que debe obrar, y me da la fpracia para obrar aquello mismo que me ha ordenado. 3. ¿Qué entendimiento habrá que conozca, qué lengua habrá que de-Flare, qué pluma habrá que escriba la manera en que Dios obra en el hombre estos igi:. 1 soberanos prodigios, y cómo le lleva por el camino de la salvación con mano a un mismo tiempo misericordiosa y justa, suavísima y potente? ¡Quién senalará los linderos de ese imperio espiritual, entre la voluntad plivina y el libre albedrío del hombre? ¿Quién dirá cómo concurren sin conhundirse y sin menoscabarse? Sólo sé una cosa, Señor: que pobre y humilde cOmO soy, y grande y potente como eres, me respetas tanto como me amas, y me amas tanto como me respetas. Sé que no me abandonarás a mí mismo, porque por mí mismo nada puedo, sino olvidarte y perderme; y sé que al tenderme la mano que me salva, me la tenderás tan blanda, tan cariñosa y tan suave, que no la sentiré venir. Tú eres como silbo de viento delgado en lo suave, como aquilón en lo fuerte. Soy llevado por ti como por el aquilón, y me muevo hacia ti libremente, como mecido por viento delgado. Me llevas como si me empujaras; pero no me empujas, sino que me solicitas, Yo soy el que me muevo, y, sin embargo, Tú te mueves en mí. Tú vienes a mi puerta y llamas con blandura, y si no respondo, aguardas a mi puerta y vuelves a llamar: sé que puedo no responderte y perderme; sé que puedo responderte y salvarme; pero sé que no podría responderte, si Tú no me llamaras, y que cuando respondo, respondo lo que me dices, siendo tuya la pregunta, y tuya y mía la respuesta. Sé que no puedo obrar sin ti, y que por ti obro, y que cuando obro, merezco; pero que no merezco sino porque Tú me ayudas a merecer, como me ayudaste a obrar; sé que cuando me pre- 54 JUAN DONOSO CORTÉS ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 0 mias porque merezco, y cuando merezco porque obro, me das tres gracias: en los Apóstoles la gracia que nos mereció la muerte del Hijo por la miserila gracia del premio, con que galardonas; la gracia del merecer que me dis- cordia del Padre, viniendo de esta manera a ocuparse en la obra inefable te, con la cual galardonaste; la gracia que me diste de obrar con ayuda tuya. de nuestra Redención, como antes en la creación del universo, la Trinidad Sé que Tú eres como la madre, y yo como el niño pequeñuelo en quien la divina.

madre infunde el deseo de andar, y luego le da la mano para que ande, y Esto sirve para explicar dos cosas, que sin esta explicación serían de después le da un beso en la frente porque deseó andar y anduvo con la todo punto inexplicables, conviene a saber: cómo fue que los Apóstoles obraayuda de su mano. Sé que no escribo sino porque Tú me has encendido en ron mayores milagros que su divino Maestro, y que los milagros de los priel deseo de escribir, y que no escribo sino lo que me enseñas o lo que per- meros fueron más fructuosos que los del segundo, según les fue anunciado mites que escriba; creo que el que cree que mueve un miembro sin ti, ni te por el Señor repetidas veces y en diferentes ocasiones. Consistió esto en conoce ni es cristiano. que el rescate universal del género humano en toda la prolongación de los - 4, Yo pido perdón a mis lectores por haber entrado, siendo profano y siglos, desde los tiempos adámicos hasta los últimos tiempos, había de ser lego como soy, por el camino recóndito y escabroso de la gracia. Todos re- el galardón de la sangrienta tragedia de la Cruz, y en que, hasta que fuera conocerán, sin embargo, a poco que reflexionen, que el entrar algún tanto consumada, las divinas mansiones debían estar cerradas ante los desdichapor ese áspero camino era una exigencia imperiosa del gravísimo asunto dos hijos de Adán con puertas de diamante.

que vengo tratando en los últimos capítulos. 'Tratábase de averiguar cuál es Cuando los tiempos fueron llegados, el espíritu de Dios vino sobre los la explicación legítima del prodigio, siempre antiguo y siempre nuevo, de Apóstoles como un viento impetuoso en lenguas de fuego. Entonces sucela acción poderosa que el cristianismo ha ejercido y está ejerciendo en el dió que sin transición ninguna fueron mudadas, en un punto todas las comundo, para venir a parar después en el misterio no menos estupendo y sas, en virtud de una acción sobrenatural y divina. En los Apóstoles se obró prodigioso de la virtud de transformación que ha mostrado en sí al poner- la primera mudanza: no veían, y tuvieron luz; no entendían, y tuvieron ense en relación y contacto con las sociedades humanas. El prodigio de su tendimiento; eran ignorantes, y fueron sapientísimos; hablaban cosas vulpropagación y de su triunfo no está en los testimonios históricos, ni en los ares, y hablaron cosas prodigiosas. La maldición de Babel tuvo fin: desde anuncios proféticos, ni en la santidad de su doctrina; circunstancias todas entonces cada pueblo había hablado su lengua; los Apóstoles las hablaron que, en el estado a que fue reducido el hombre después de la prevarica- sin confusión todas juntas; eran pusilánimes, fueron atrevidos; eran cobarción y de la culpa, han sido más propias para apartar de él a las gentes que des, fueron valerosos; eran perezosos, fueron diligentes; habían abandonapara llevarle triunfante y vencedor hasta los términos más apartados de la do a su Señor por la carne y por el mundo, abandonaron por su Señor el tierra. Los milagros no han sido tampoco parte para obrar este prodigio; mundo y la carne; habían dejado la Cruz por la vida, dieron la vida por la porque si bien es cierto que considerados en sí son una cosa sobrenatural, Cruz; murieron en sus miembros, para vivir en sus espíritus; para transforconsiderados como una prueba exterior son una prueba natural, sujeta a marse en Dios, dejaron de ser hombres; para vivir vida angélica, dejaron la las mismas condiciones que los otros testimonios humanos. La propagación humana y el triunfo del cristianismo es un hecho sobrenatural, como quiera que se Y así como el Espíritu Santo había transformado a los Apóstoles, los ha propagado y ha triunfado a pesar de llevar en sí todo lo que debía ha- Apóstoles transformaron al mundo; pero no ellos en verdad, sino el Espíriber impedido su propagación y su victoria. Siendo este un hecho sobrena- tu invencible que estaba en ellos. El mundo había visto a Dios, y no le hatural, no podía explicarse legítimamente, sino subiendo a una causa que, bía conocido, y ahora que no tenía su vista, tuvo su conocimiento. No hasiendo por su naturaleza sobrenatural, obrara en lo exterior de una mane- bía creído en su palabra, y ahora que había dejado de hablar creyó en su ra conforme a su propia naturaleza, es decir, sobrenaturalmente. Esta cau- palabra; había visto sus milagros vanamente, y ahora que era ido a su Padre sa sobrenatural en sí misma y sobrenatural en su acción es la gracia. La gra- el que los obró, creyó en sus milagros. Había crucificado a Jesús, y adoró al cia nos fue merecida por el Señor cuando padeció en la Cruz muerte afren- que había crucificado; había crucificado a los ídolos, y quemó sus ídolos.

tosa, y la recibieron los Apóstoles cuando bajó sobre ellos el Autor de toda Lo que había tenido por argumentos vanos, tuvo ahora por argumentos vicgracia y de toda santificación, el Espíritu Santo. El Espíritu Santo infundió toriosos e inconcebibles: cambióse en amor inmenso su odio profundo.

56 JUAN DONOSO CORTÉS ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 20 manera. Sólo Dios es criador de todo lo que existe, el conservador de todo lo que subsiste y el autor de todo lo que sucede ”, según se ve por estas palabras del Eclesiástico, (cap. XI, vers. 14): Bona et mala, vita et mors, paupertas e! honestas a Deo sunt. Por eso dice San Basilio que en atribuírselo todo a lios está la suma de toda la filosofía cristiana, conforma a lo que dice el senor en San Mateo (cap. X, vers. 29 y 30): Nonne duo passeres asse veneunt? El unus ex illis non cadel super terram sine patre vestro? Vestri autem capilli capitis umnes numeral: sunt.

Considerando las cosas desde esta altura, se ve claro que de la misma manera depende de Dios lo que es natural, que lo que es sobrenatural y lo que es milagroso. Lo milagroso, lo sobrenatural y lo natural son fenómehos idénticos sustancialmente entre sí por razón de su origen, que es la volhintad de Dios; voluntad que, siendo actual en todos ellos, es en todos eterna. Dios quiso eterna y actualmente la resurrección de Lázaro, como quiere eterna y actualmente que los árboles fructifiquen; y los árboles no tiehen una razón más independiente de la voluntad divina para fructificar, que Lázaro para salir después de muerto del sepulcro. La diferencia de eslos fenómenos no está en su esencia, puesto que uno y otro dependen de la voluntad divina, sino en el modo; porque en los dos casos la divina voluntad se ejecuta y se cumple por dos diferentes maneras, y en virtud de alos leyes distintas. Una de estas dos maneras se llama y es natural, y la otra se llama y es milagrosa. Los hombres llamamos naturales a los prodigios tliarios, y milagrosos a los prodigios intermitentes.

Por donde se ve cuán grande es la locura de los que niegan la potestad le obrar los intermitentes al mismo que obra los diarios. ¿Qué otra cosa Mene a ser esto, sino negar al que hace lo que es más, la potestad de hacer bH que es menos; o lo que viene a ser lo mismo, negar que puede obrarse Alguna vez aquello que se obra siempre? Vosotros, los que negáis la resurección de Lázaro, porque es obra milagrosa, decidme: ¿por qué no netis otros prodigios mayores? ¿Por qué no negáis ese sol que asoma por el Jriente, y esos cielos tan hermosos y refulgentes y tendidos, y sus luminares lernos? ¿Por qué no negáis esos mares bramadores, hermosísimas, tirbulentísimos, y esa arena blanda, leve, en donde mueren humildes esos mWncos bramidos, esas concertadas armonías y esas grandes turbulencias?

5. Así como el que no tiene idea de la gracia, no la tiene tampoco del cristianismo, el que no tiene noticia de la Providencia de Dios, está en la ignorancia más completa de todas las cosas. La Providencia, tomada en su acepción más general, es el cuidado que tiene el Criador de todas las cosas creadas. Las cosas existieron porque Dios las crió; pero no existen sino porque Dios cuida de ellas * por medio de un cuidado continuo, que viene a ser una creación incesante. Las cosas que antes de que fueran no tuvieron en sí razón de ser, no tienen en sí razón de subsistir después de que fueron: sólo Dios es la vida y la razón de la vida, el ser y la razón del ser, el subsistir y la razón del subsistir. Nada es, nada vive, nada subsiste por su virtud propia. Fuera de Dios, esos atributos supremos no están en ninguna parte ni en cosa ninguna. Dios no es a manera de un pintor que, hecho el cuadro, se separa de él, le abandona y le olvida; ni las cosas que Dios crió subsisten de la manera que la figura pintada, que subsiste por sí sola. Dios hizo las cosas de una manera más soberana, y las cosas dependen de Dios de una manera más sustancial y excelente. Las cosas del orden natural, las del orden sobrenatural, y las que, por salir del orden común natural o sobrenatural, se llaman y son milagrosas, sin dejar de ser diferentes entre sí, como quiera que son gobernadas y regidas por leyes diferentes, tienen todas algo, y aun mucho de común, que consiste en su dependencia absoluta de la voluntad divina. No se afirma de las fuentes cuanto de ellas hay que afirmar cuando se afirma que corren, porque su naturaleza es correr; ni de los árboles, cuando se afirma de ellos que fructifican, porque su naturaleza es dar frutos. Su naturaleza no da a las cosas una virtud propia e independiente de la voluntad de su Criador, sino cierta manera determinada de ser dependiente en todos y en cada uno de los momentos de su existencia, de la voluntad del Soberano Hacedor y del Divino Arquitecto. Corren las fuentes porque Dios las manda correr con un mandamiento actual; y las manda correr porque hoy, cómo en el día de su creación, ve que es bueno que corran; fructifican los árboles, porque Dios les manda fructificar con un actual mandamiento; y les da este mandamiento porque hoy, como en el día de su creación, ve que es bueno que los árboles fructifiquen. Por donde se ve cuán errados andan los que van a buscar la última explicación de los sucesos, ya en las causas segundas, que existen todas bajo la dependencia general e inmediata de Dios, ya en la fortuna, que no existe de ninguna ' Esta expresión va puesta aquí en el sentido teológico, señaladamente por lo que hace mal, que, propiamente hablando, no es obra de Dios, sino en cuanto Dios lo permite en $ Porque «Dios las conserva», quiso decir sin duda nuestro autor, hs criaturas inteligentes y libres.

58 JUAN DONOSO CORTÉS ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 59 ¿Por qué no negáis esos campos tan llenos de frescura y esos bosques tan aspiraréis a explicar al hombre sin la gracia, y a la sociedad sin la Providenllenos de silencio, de majestad y de sombras, y esas inmensas cataratas con la: sin la Providencia y sin la gracia, la sociedad y el hombre son para el sus inmensos vuelcos, y esos deslumbradores cristales de clarísimas fuen- éneto humano un arcano perpetuo. La importancia de esta demostración tes? Y si no negáis estas cosas, ¿cómo es tan grande vuestra locura, y vuestra y su trascendencia altísima se verá más adelante, cuando bosquejando el inconsecuencia tan palpable, que negáis como imposible, o como difícil si- triste y lamentable cuadro de nuestros extravíos y de nuestros errores, se quiera, la resurrección de un hombre? Yo de mí sé decir que no niego mi les vea brotar todos de la negación del sobrenaturalismo católico, como de fe, sino al que afirma que, habiendo abierto sus ojos exteriores para ver lo hu propia fuente. Entretanto conviene a mi propósito dejar consignado aquí que le rodea, o sus ojos interiores para ver lo que en sí pasa, ha visto fuera jue la acción sobrenatural y constante de Dios sobre la sociedad y sobre el o dentro de sí cosa que no sea milagro. hombre es el anchísimo y seguro fundamento en que se asienta todo el edi- Síguese de lo dicho, que la distinción por una parte entre las cosas na- cio de la doctrina católica; de tal manera, que, quitado ese fundamento, turales y las sobrenaturales, y por otra entre los fenómenos ordinarios, así bdo ese gran edificio en que se mueven anchamente las generaciones hudel orden natural como del sobrenatural, y los milagrosos, no lleva ni pue- manas viene abajo a igualarse con la tierra.

de llevar consigo no sé qué rivalidad y antagonismo oculto entre lo que existe por la voluntad de Dios y lo que existe por la naturaleza, como si Dios no fuera el autor y el mantenedor y el gobernador soberano de todo lo que existe.

Todas estas distinciones, sacadas de sus límites dogmáticos, han ido a parar, a lo que vemos, a la deificación de la materia, y a la negación absoluta, radical, de la Providencia y de la gracia.

Volviendo a anudar, para concluir, el hilo de este discurso, diré que la Providencia viene a ser una gracia general, en virtud de la cual Dios mantiene en su ser, y gobierna según su consejo todo lo que existe; así como la gracia viene a ser a manera de una providencia especial, con la que Dios tiene cuidado del hombre. El dogma de la providencia y el de la gracia nos revelan la existencia de un mundo sobrenatural en donde residen substancialmente la razón y las causas de todo lo que vemos: sin la luz que viene de allí, todo es tinieblas; sin la explicación que está allí, todo es inexplicable; sin esa explicación y sin esa luz todo es fenomenal, efímero, contingente; todas las cosas son humo que se deshace, fantasmas que se desvanecen, sombras que se deslizan, sueños que pasan. Lo sobrenatural está sobre nosotros, fuera de nosotros, dentro de nosotros mismos. Lo sobrenatural circunda lo natural y lo penetra por todos sus poros.

El conocimiento de lo sobrenatural es, pues, el fundamento de todas las ciencias, y señaladamente de las políticas y de las morales *. En vano 8 Esto y lo que precede, ha de entenderse con relación al estado en que considera al hombre Donoso Cortés, y al fin del hombre mismo en el orden sobrenatural.

CAPÍTULO SÉPTIMO QUE LA IGLESIA CATÓLICA HA TRIUNFADO DE LA SOCIEDAD A PESAR DE LOS MISMOS OBSTÁCULOS Y POR LOS MISMOS MEDIOS SOBRENATURALES QUE DIERON LA VICTORIA SOBRE EL MUNDO A NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO SUMARIO. -1. La Iglesia, lo mismo que Cristo, es rechazada por la índole de las verdades que proclama. -2. Pero con la gracia divina transforma a los hombres. Esto explica la superioridad de las sociedades católicas sobre los antiguos. -3. Lamentable ceguedad de Guizot que, al señalar los diversos elementos de la civilización, no descubrió la secreta acción de la gracia con que la Iglesia puso el alma de la civilización católica.

l. La Iglesia católica, considerada como institución religiosa, ha ejercili misma influencia en la sociedad que el catolicismo, considerado como Ftrina, en el mundo; la misma que nuestro Señor Jesucristo en el hom-, Consiste esto en que nuestro Señor Jesucristo, su doctrina y su Iglesia Kon en realidad sino tres manifestaciones diferentes de una misma cosa; viene a saber: de la acción divina obrando sobrenatural y simultáneate en el hombre y en todas sus potencias, en la sociedad y en todas sus ituciones. Nuestro Señor Jesucristo, el catolicismo y la Iglesia católica 1 la misma palabra, la palabra de Dios resonando perpetuamente en las Miras.

Esa palabra ha tenido que superar los mismos obstáculos y ha triunfapor los mismos medios en sus encarnaciones diferentes. Los Profetas de ael habían anunciado la venida del Señor en la plenitud de los tiempos, 62 JUAN DONOSO CORTÉS FINSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 63 potestades del mundo y del infierno. Tendió por toda la prolongación de los tempos su vista soberana, y anunció el fin de todas las cosas, y la inmor-Inlidad de su Iglesia, transformada en aquella Jerusalén celestial vestida de liz y de piedras resplandecientes, llena de gloria y empapada en perfumes ile suavísimas fragancias. Á pesar de esto, el mundo, que la vio siempre perseguida y siempre triunfante, que ha podido contar y ha contado por sus tribulaciones sus victorias, le da perpetuamente nuevas victorias con sus huevas tribulaciones, cumpliendo así ciegamente la grande profecía, al mismo tiempo que se olvida de lo profetizado y del Profeta. La Iglesia es percta, y santísima, así como su divino Fundador fue perfecto y santísimo.