Esa mística ciudad de Dios tiene puertas que miran a todas pr, para algnificar el universal llamamiento: Unam omnia Rempublacam te mundum, dice Tertuliano. Para ella no hay bárbaros ni griegos, e. gentiles. En ella caben escita y el romano, el persa y el des aa acuden del Oriente y del Occidente, los que vienen de la lcd e M tentrión y de las partes del Mediodía. Suyo es el santo > o q bdo senanza y de la doctrina, suyo el Imperio universal y él a sace e: Hene por ciudadanos a Reyes y Emperadores; sus héroes son los a |. los santos. Su invencible milicia se compone de aquellos varones ortísimo fue vencieron en sí todos los apetitos de la carne y sus locas concupiscentias. El mismo Dios preside invisiblemente en sus austeros Senados y pi cd tísimos Concilios. Cuando sus Pontífices hablan a la tierra, su palabra 1Walible ha sido escrita ya por el mismo Dios en el cielo.,, 3. Esa Iglesia, puesta en el mundo sin fundamentos humanos, ci e haberle sacado de un abismo de corrupción, le sacó de la Nr e 5 mrbarie. Ella ha combatido siempre los combates del Senor; OS O ido en todos atribulada, ha salido en todos vencedora. Los herejes E 1 doctrina, y triunfa de los herejes; todas las pasiones pa se re % al sontra su Imperio, y triunfa de todas las pasiones humanas. Amps ó pelea con ella su último combate, y ella rinde a sus pies al paganismo. E seradores y Reyes la persiguen, y la ferocidad de sus PEI pane. po la constancia de sus mártires. Pelea sólo por su santa libertad, y el mundo 4 A inpeda fecundísimo han florecido las ciencias, se e puricado las costumbres, se han perfeccionado las leyes, y han crecido con 24 JUAN DONOSO CORTÉS MAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 25 ln el primer caso, la infalibilidad, atributo esencial del entendimiento mo, es el primero y el más grande de todos sus atributos, de cuyo princi-O se siguen naturalmente las siguientes consecuencias. Si el entendimiento lel hombre es infalible porque es sano, no puede errar porque es infalile; si no puede errar porque es infalible, la verdad está en todos los homres, ahora se los considere juntos, ahora se los considere aislados; si la verlad está en todos los hombres aislados o juntos, todas sus afirmaciones y adas sus negaciones han de ser forzosamente idénticas: si todas sus afir-Hiiciones y todas sus negaciones son idénticas, la discusión es inconcebible rica y espontánea vegetación todas las grandes instituciones domésticas, políticas y sociales. Ella no ha tenido anatemas sino para los hombres impíos, para los pueblos rebeldes y para los Reyes tiranos. Ha defendido la libertad, contra los Reyes que aspiraron a convertir la autoridad en tiranía; y la autoridad, contra los pueblos que aspiraron a una emancipación absoluta; y contra todos, los derechos de Dios y la inviolabilidad de sus santos Mandamientos. No hay verdad que la Iglesia no haya proclamado, ni error a que no haya dicho anatema. La libertad, en la verdad, ha sido para ella santa; y en el error, como el error mismo, abominable; a sus ojos el error nace sin derechos y vive sin derechos, y por esa razón ha ido a buscarle, ya perseguirle, y a extirparle en lo más recóndito del entendimiento humano.
Y esa perpetua ilegitimidad, y esa desnudez perpetua del error, así como ha sido un dogma religioso, ha sido también un dogma político, proclamado en todos tiempos por todas las potestades del mundo. Todas han puesto fuera de discusión el principio en que descansan; todas han llamado error, y han despojado de toda legitimidad y de todo derecho al principio que le sirve de contraste. Todas se han declarado infalibles a sí propias en esa calificación suprema; y sino han condenado todos los errores políticos, no consiste esto en que la conciencia del género humano reconozca la legitimidad de ningún error, sino en que no ha reconocido nunca en las potestades humanas el privilegio de la infalibilidad en la calificación de los errores.
De esa impotencia radical de las potestades humanas para designar los errores ha nacido el principio de la libertad de discusión, fundamento de las constituciones modernas. Ese principio no supone en la sociedad, como pudiera parecer a primera vista, una imparcialidad incomprensible y culpable entre la verdad y el error; se funda en otras dos suposiciones, de las cuales la una es verdadera y la otra falsa: se funda, por una parte, en que no son infalibles los Gobiernos, lo cual es una cosa evidente; se funda, por otra, en la infalibilidad de la discusión, lo cual es falso a todas luces. La infalibilidad no puede resultar de la discusión si no está antes en los que discuten; no puede estar en los que discuten, si no está al mismo tiempo en los que gobiernan: si la infalibilidad es un atributo de la naturaleza humana, está en los primeros y en los segundos; sino está en la naturaleza humana, ni está en los segundos, ni está en los primeros, o todos son falibles o son infalibles todos. La cuestión, pues, consiste en averiguar si la naturaleza humana es falible o infalible: la cual se resuelve forzosamente en absurda. Kn el segundo caso, la falibilidad, enfermedad del entendimiento ensrmo, es la primera y la mayor de las dolencias humanas 1; de cuyo princilo se siguen las consecuencias siguientes: si el entendimiento del hombre a falible porque está enfermo, no puede estar nunca cierto de la verdad, brque es falible; si no puede estar nunca cierto de la verdad porque es lible, esa incertidumbre está de una manera esencial en todos los homres, ahora se los considere juntos, ahora se los considere aislados; si esa certidumbre está de una manera esencial en todos los hombres, aislados Juntos, todas sus afirmaciones y todas sus negaciones son una contradicm en los términos, porque han de ser forzosamente inciertas; si todas in afirmaciones y todas sus negaciones son inciertas, la discusión es absurla e inconcebible.
Sólo el catolicismo ha dado una solución satisfactoria y legítima, como alas sus soluciones, a este problema temeroso. El catolicismo enseña lo miente: «El hombre viene de Dios, el pecado del hombre; la ignorancia y Lerror, como el dolor y la muerte, del pecado; la falibilidad, de la ignomecia: de la falibilidad, lo absurdo de las discusiones». Pero añade después: l hombre fue redimido», lo cual, si no significa que por el acto de la Reención, y sin ningún esfuerzo suyo, salió de la esclavitud del pecado, sig- ' No se olvide que Donoso habla de las grandes verdades sociales y religiosas. Y aunque razón enferma puede conocer y aun demostrar la existencia de Dios, la espiritualidad y hertad del alma, pero no es cierto que no pueda moralmente adquirir el cómputo de verdalea religiosas que necesita para su vida. (Cf. s. p. los Sum. I p. la 1). Testigos abonados de ta imposibilidad moral que no solamente los errores religiosos que prevalecieron en Grecia ¿loma antes de Jesucristo, sino modernamente las teorías monstruosas que han oscurecido tantas inteligencias las verdades católicas.
esta otra, conviene a saber: si la naturaleza del hombre es sana o está caída y enferma.
ó HAY z Y EL SOCIALISMO 27 26 JUAN DONOSO CORTÉS BAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y E o, la Iglesia, y la Iglesia sola, ha tenido el santo privilegio de las discutes fructuosas y fecundas. La teoría cartesiana, según la cual la verdad R.de la duda, como Minerva de la cabeza de Júpiter, es contraria a aqueley divina que preside al mismo tiempo a la generación de los cuerpos y a de las ideas, en virtud de la cual los contrarios excluyen perpetuamen-A6sus contrarios, y los semejantes engendran siempre a sus semejantes. virtud de esta ley, la duda sale perpetuamente de la duda, y el escepti-” 10 del escepticismo, como la verdad de la fe, y de la verdad la ciencia.
A la comprensión profunda de esta ley de la generación intelectual de Ideas se deben las maravillas de la civilización católica. A esa portentosa lización se debe todo lo que admiramos y todo lo que vemos. Sus teóloaun considerados humanamente, afrentan a los filósofos modernos y a lilósofos antiguos; sus doctores causan pavor por la inmensidad de su hicia; sus historiadores obscurecen a los de la antigúedad por su mirada heralizadora y comprensiva. La Ciudad de Dios, de San Agustín, es aún día el libro más profundo de la historia que el genio iluminado por los blandores católicos ha presentado a los ojos atónitos de los hombres. Las tas de sus Concilios, dejando aparte la divina inspiración, son el monumito más acabado de la prudencia humana. Las leyes canónicas vencen rabiduría a las romanas y a las feudales. ¿Quién vence en ciencia a San-“Tomás, en genio a San Agustín, en majestad a Bossuet, en fuerza a San blo? ¿Quién es más poeta que Dante? ¿Quién iguala a Shakespeare?
Hén aventaja a Calderón? ¿Quién, como Rafael, puso jamás en el lienzo piración y vida? Poned a las gentes a la vista de las pirámides de Egipto, dirán: -Por aquí ha pasado una civilización graciosa y bárbara-. Ponedlas 4 vista de las estatuas griegas y de los templos griegos, y os dirán: -Por mí ha pasado una civilización graciosa, efímera y brillante-. Ponedlas a la la de un monumento romano, y os dirán: -Por aquí ha pasado un gran eblo-. Ponedlas a la vista de una Catedral, y al ver tanta majestad unida a ti belleza, tanta grandeza unida a tanto gusto, tanta gracia Junta con a hermosura tan peregrina, tan severa unidad en una tan rica variedad, ii mesura junta con tanto atrevimiento, tanta morbidez en las piedras, y ita suavidad en sus contornos, y tan pasmosa armonía entre el silencio y luz, las sombras y los colores, os dirán: -Por aquí ha pasado el pueblo in prande de la historia y la más portentosa de las civilizaciones humanas; F pueblo ha debido tener del egipcio lo grandioso, del griego lo brillan- ¿del romano lo fuerte; y sobre lo fuerte, lo brillante y lo grandioso, algo nifica, a lo menos, que por la Redención adquirió la potestad de romper esas cadenas, y de convertir la ignorancia, el error, el dolor y la muerte en medios de su santificación con el buen uso de su libertad, ennoblecida y restaurada. Para este fin instituyó Dios su Iglesia inmortal, impecable e infalible. La Iglesia representa la naturaleza humana sin pecado, tal como salió de las manos de Dios, llena de Justicia original y de gracia santificante: por eso es infalible, y por eso no está sujeta a la muerte. Dios la ha puesto en la tierra para que el hombre, ayudado de la gracia, que a nadie se niega, pueda hacerse digno de que se le aplique la sangre derramada por Él en el Calvario, sujetándose libremente a sus divinas inspiraciones. Con la fe vencerá su ignorancia; con su paciencia el dolor, y con su resignación la muerte: la muerte, el dolor y la ignorancia no existen sino para ser vencidas por la fe, por la resignación y por la paciencia.
Síguese de aquí que sólo la Iglesia tiene el derecho de afirmar y de negar; y que no hay derecho fuera de ella para afirmar lo que ella niega, para negar lo que ella afirma. El día en que la sociedad, poniendo en olvido sus decisiones doctrinales, ha preguntado qué cosa es la verdad, qué cosa es el error, a la prensa y a la tribuna, a los periodistas y a las asambleas, en ese día el error y la verdad se han confundido en todos los entendimientos, la sociedad ha entrado en la región de las sombras, y ha caído bajo el Imperio de las ficciones. Sintiendo, por una parte, en sí misma una necesidad imperiosa de someterse a la verdad y de substraerse al error, y siéndole imposible, por otra, averiguar qué cosa es el error y qué cosa es la verdad, ha formado un catálogo de verdades convencionales y arbitrarias, y otro de sonados errores, y ha dicho: -Adoraré las primeras y condenaré los segundos- ignorando, tan grande es su ceguedad, que adorando a las unas y condenando a los otros, ni condena ni adora nada, o que si condena y si adora algo y se adora y se condena a sí misma.
5. La intolerancia doctrinal de la Iglesia ha salvado el mundo del caos. Su intolerancia doctrinal ha puesto fuera de cuestión la verdad política, la verdad doméstica, la verdad social y la verdad religiosa; verdades primitivas y santas, que no están sujetas a discusión, porque son el fundamento de todas las discusiones; verdades que no pueden ponerse en duda un momento, sin que en ese momento mismo el entendimiento oscile, perdido entre la verdad y el error, y se obscurezca y enturbie el clarísimo espejo de la razón humana. Eso sirve para explicar por qué, mientras que la sociedad emancipada de la Iglesia no ha hecho otra cosa sino perder el tiempo en disputas efímeras y estériles, que teniendo su punto de partida en un absoluto escepticismo, no pueden dar por resultado sino un escepticismo com- 28 JUAN DONOSO CORTÉS RAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 29 que sa más que lo grandioso, lo fuerte y lo brillante: lo inmortal y lo pers naturales se forman otros espontáneos, compuestos de los que buscan fecto. | loria por una misma senda, de los que se consagran a una misma indus- 6. Si se pasa de las ciencias, de las letras y de las artes al estudio de las iy de los que profesan un mismo oficio; y todos esos grupos, ordenados instituciones que la Iglesia vivificó con su soplo, alimentó con su substan ans clases, y todas las clases jerárquicamente ordenadas entre sí, consticia, mantuvo con su espíritu y abasteció con su ciencia, este nuevo espectá en el Estado, asociación ancha, en la que todas las otras se mueven con culo no ofrecerá menores maravillas y portentos. El catolicismo, que todo Shura. | lo refiere y todo lo ordena a Dios, y que refiriéndolo y ordenándolo a Dios Esto desde el punto de vista social. Desde el punto de vista político, las todo, convierte la suprema libertad en elemento constitutivo del orden su: millas se asocian en grupos diferentes: cada grupo de familias constituye premo, y la infinita variedad en elemento constitutivo de la unidad infini: Municipio; cada Municipio es la participación en común de las familias ta, es por su naturaleza la religión de las asociaciones vigorosas, unidas to: le forman, del derecho de rendir culto a su Dios, de administrarse a sí das entre sí por afinidades simpáticas. En el catolicismo el hombre no está plas, de dar pan a los que viven y sepultura a los muertos. Por eso cada solo nunca: para encontrar un hombre entregado a un aislamiento solita Micipio tiene un templo, símbolo de su unidad religiosa; y una casa murio y sombrío, personificación suprema del egoísmo y del orgullo, es nece: pal, símbolo de su unidad administrativa; y un territorio, símbolo de su sario salir de los confines católicos. En el inmenso círculo que describe lad jurisdiccional y civil; y un cementerio, símbolo de su derecho de esos confines inmensos, los hombres viven agrupados entre sí; y se agr altura. Todas estas diferentes unidades constituyen la unidad municipan, obedeciendo al impulso de sus más nobles atracciones. Los grupos mis la cual tiene también su símbolo en el derecho de levantar sus armas y mos entran los unos en los otros, y todos en uno más universal y compren lesplegar su bandera. De la variedad de los Municipios se forma la unisivo, dentro del cual se mueven anchamente, obedeciendo a la ley de und nacional, la cual a su vez se simboliza en un trono y se personifica en soberana armonía. El hijo nace y vive en la asociación doméstica, ese fu ley, Sobre todas estas magníficas asociaciones está la de todas las naciodamento divino de las asociaciones humanas. Las familias se agrupan entre “entólicas con sus Príncipes cristianos, fraternalmente agrupados en el sí de una manera conforme a la ley de su origen, y agrupadas de esta ma dle la Iglesia. Esta perfectísima y suprema asociación es unidad en su nera, forman aquellos grupos superiores que llevan el nombre de clases ny variedad en sus miembros: es variedad en los fieles derramados las diferentes clases se consagran a diferentes funciones: unas cultivan la el mundo, y unidad en la cátedra santa que resplandece en Roma, cerartes de la paz, otras las artes de la guerra; unas conquistan la gloria, otra “le divinos resplandores. Esa cátedra eminente es el centro de la huadministran la justicia y otras acrecientan la industria. Dentro de estos gru iilad, representada, en lo que tiene de varia, por los Concilios generaen lo que tiene de una, por el que es en la tierra Padre común de los y Vicario de Jesucristo.
lisa es variedad suprema, unidad suma y sociedad perfectísima. To-* El escritor racionalista Welte, muy celebrado también y no católico, se expresaba € an elementos que braman alterados y en desordenen las sociedades a aL en 1850 (Weber den Munster zu Strasbourg), hablando de la Catedral de Strasburgt As se mueven en ésta concertadamente. El Pontífice es Rey a un mis- «He visto la Catedral de Strasburgo», he visto este mil risti: ¿ e,. bid Rao 0 magro del mua crbifena, estasobra, col Émpo por derecho divino y por derecho humano: el derecho divino ida con tan extraordinario atrevimiento y con tan ardiente fe, este monumento de una edal E: NES ¿ que ya no existe (no existe para los protestantes, se entiende), y a su vista he sentido el alma sojuzgad wWece principalmente en la institución; el derecho humano se mani-¿principalmente en la designación de la persona; y la persona desigpor un poder desconocido, absorto como estaba en la contemplación y anegado en un mar d delicias. Allí está patente la potencia del genio humano, cuando la fe lo fortifica y lo alumb para Pontífice por los hombres es instituida Pontífice por Dios. Así este monumento vivirá mientras haya hombres capaces de recoger su espíritu y mientras dur reúne la sanción humana y la divina, junta en uno también las ventael amor a aquel Espíritu Santo, que sólo ha podido inspirarlo. Aquella masa que allí se levanta ta] las Monarquías electivas y las de las hereditarias: de las unas tiene la magnífica, transporta a las almas a las más excelsas regiones, comunicándoles aquella libertad d. espíritu, aquella grandeza de ánimo que han presidido a su construcción. Tan cierto es qu laridad, de las otras la inviolabilidad y el prestigio; a semejanza de las q 5 a grande nos levanta al cielo, y que cuando nos levanta al cielo canta | eras, la Monarquía pontificial está limitada por todas partes; a semed He las segundas, las limitaciones que tiene no la vienen de fuera, sino MSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO TL r Hen, porque todo viene de la unidad y se reduce a ella; y libertad, pues las diversas fuerzas plales conservan su vida propia, su acción y movimiento; mientras que donde ella es descof tida o hay anarquía por la destrucción de la unidad del poder, o despotismo por la destrucón de las diversas fuerzas sociales. El fecundo principio de donde había sacado Donoso CorlÑ el de que «el sello de Dios se halla en la creación entera» se lo había dado la teología itólica. «Dios -dice Santo Tomás- ha dado el ser a las cosas para comunicar su bondad a las Haturas y representarla por ellas. (Bondad aquí significa excelencia, perfección). Y como una datura sola no la habría podido representar suficientemente, ha producido criaturas múltiles y diversas, para que unas a otras se suplan en la representación de la bondad divina, por-Me la bondad (que en Dios es una y simple) es múltiple y dividida entre las criaturas...El jemplar primero, la esencia divina no está, pues, perfectamente representada por una sola Matura, y por esto puede serlo por varias. Pero siendo las ideas ejemplares de las cosas, a la luralidad de éstas corresponde en el entendimiento divino la pluralidad de ideas». (Summa eol., L, q. XLVII, 1).
Así el mundo es una representación imperfecta de la perfección divina, de la esencia ima de Dios, y las cosas que están en el mundo son reproducciones imperfectas de ejemlares eternos, de las ideas que están en Dios. Mas todo ser representa en cierto modo a la inidad Santísima.
«Todo efecto representa su causa de alguna manera, pero la manera con que la reprehtan los distintos objetos, no es la misma, Ciertos objetos no la reproducen sino como cauiy sin reproducir su forma: así representa, v. gr., el humo al fuego; y a esta manera de repre-) hitación se llama vestigio. Esto muestra, en efecto, que lo que lo dejó, ha pasado, pero no lite lo que es. Otros efectos representan su causa por una semejanza de su forma; así reprenta el fuego al fuego que le ha encendido, o un retrato a su original; esta última manera de Mmejanza se denomina imagen. Pero las procesiones de las Personas divinas se cumplen setin los actos de la inteligencia y de la voluntad, pues el Hijo procede como Verbo, y el Espíri-Santo COMO Amor. Por esto en las criaturas racionales dotadas de inteligencia y voluntad se alla la Trinidad representada como en ¿magen, pues hay en ellas un Verbo concebido y un Mor procedente; y en las demás criaturas, cualesquiera que sean, hay algo que descubre el sigo de su causa, que son las divinas Personas. Toda criatura, en efecto, subsiste en su ser, pne una forma que determina su especie y relaciones que a otros seres la coordinan. Como tancia creada, representa la causa y el principio, y de esta suerte la Persona del Padre, Hincipio sin principio; como forma constituida en su especie, representa al Verbo, como la ima de la obra la concepción del artista. Ligada por sus relaciones con otros seres, repreta al Espíritu Santo, en cuanto es amor, porque el orden que resulta de las relaciones enlos seres, viene de la voluntad del Creador. Por esto nos dice San Agustín (De Trinit., lib.
1); Que en cada criatura se encuentra un vestigio de la Trinidad en cuanto cada criatura es un ser Mw, una forma específica, y tiende a cierto orden. Esto mismo significan aquellas tres palabras del ibro de la Sabiduría (XD), el número, el peso y la medida, porque se aplican respectivamente: la ida a la substancia limitada por sus principios, el número a la especie y el peso al orden. Lo amo expresa San Agustín en otro lugar (Lib. de Natura boni. cap, II) con esta fórmula: el mio, la especie y el orden; y por esta otra (Lib. quaest., q. XVIII): Lo que constituye, lo que distingue lo que coordina, porque cada cosa es constituida en un ser por la substancia, distinguida por lorma y debidamente colocada por el orden; fácil es, por lo demás, reducir a estas fórmuta lo que se puede decir semejante a esto...«Objétase a-esto que, no representando el efecto y no siendo la causa de las criaturas las placiones que distinguen las personas, sino la esencia que les es común, no pueden las cria- Has representar la trinidad de personas, sino la unidad de esencia. A esto respondemos que de dentro, ni de la ajena voluntad, sino de la propia: el fundamento de sus limitaciones está en su caridad ardiente, en su prodigiosa humildad y en su prudencia infinita. ¿Qué Monarquía es ésta en la que el Rey, siendo elegi do, es venerado, y en la que, pudiendo ser Reyes todos, está en pie eternamente, sin que sean parte para derribarla por tierra ni las guerras domésticas ni las discordias civiles? ¿Qué Monarquía es ésta en la que el Rey elige a los electores que luego eligen al Rey, siendo todos elegidos y todos electores? ¿Quién no ve aquí un alto y escondido Misterio: la unidad engendrando perpetuamente la variedad, y la variedad constituyendo su unidad perpetuamente? ¿Quién no ve aquí representada la universal confluencia de todas las cosas? Y ¿quién no advierte que esa extraña Monarquía es la representación de Aquel que, siendo verdadero Dios y verdadero hombre, es divinidad y humanidad, unidad y variedad juntas en uno? La ley oculta que preside a la generación de lo uno y de lo vario debe de ser la más alta, la más universal, la más excelente y la más misteriosa de todas, como quiera que Dios ha sujetado a ella todas las cosas, las humanas como las divinas, las creadas como las increadas, las visibles como las invisibles: siendo una en su esencia, es infinita en sus manifestaciones; todo lo que existe, parece que no existe, sino para manifestarla; y cada una de las cosas que existen la manifiesta de diferente manera: de una manera está en Dios, de otra en Dios hecho hombre, de otra en su Iglesia, de otra en la familia, de otra en “ el universo; pero está en todo y en cada una de las partes del todo; aquí en un Misterio invisible e incomprensible, y allí, sin dejar de ser un Misterio, es un fenómeno visible y un hecho palpable?.
5 Partiendo del principio de que la creación, ya en conjunto, ya en todas sus partes, lleva impreso el sello del Creador, busca Donoso Cortés en todas partes señales de la Santísima Trinidad; por esto dice que, así como en Dios hay unidad de esencia y pluralidad de Personas, así hay en el universo unidad y variedad; y así como en Dios, la pluralidad de Personas no destruye la unidad de esencia, así la variedad del universo no destruye su unidad. Descendiendo después a aplicaciones particuláres, encontraba doquiera la unidad y la variedad, y en su unión armónica la condición misma de la existencia de las criaturas y del mantenimiento del orden y de la vida. Esta doctrina, fundamental para él, la recuerda o supone frecuentemente, no sólo en esta obra, sino en sus otros escritos, como sus Estudios históricoftlosóficos, por ejemplo, y su respuesta al Sr. Príncipe Alberto de Broglie. De este principio deducía también sus teorías sociales y políticas, mostrando que también en la sociedad humana el orden y estabilidad nacen de la coexistencia de la unidad y la variedad: unidad de poder, variedad de fuerzas jerárquicas procedentes de un solo poder, y reducidas a la unidad por la subordinación al poder de que proceden. Allí donde esta doble ley sea respetada, allí habrá orden y libertad; 32 JUAN DONOSO CORTÉS ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 33 odos los dignatarios, más bien que en lo que son algunos. No está en el Apostolado ni en el Pontificado, está en el sacerdocio = Considerada aisladamente la dignidad pontifical, la Iglesia parece una Monarquía absoluta. Considerada en sí su constitución apostólica, parece tna oligarquía potentísima. Considerada por una parte la dignidad común a Prelados y sacerdotes y por otra el hondo abismo que hay entre el acerdocio y el pueblo, parece una inmensa aristocracia. Cuando se ponen los ojos en la inmensa muchedumbre de los fieles derramados por el mundo, y se ve que el sacerdocio y el Apostolado y el Pontificado están a su hervicio, que nada se ordena en esta sociedad prodigiosa para los crecimientos de los que mandan, sino para la salvación de los que obedecen; cuando he considera el dogma consolador de la igualdad esencial de las almas; cuanlo se recuerda que el Salvador del género humano padeció las afrentas de la Cruz por todos y por cada uno de los hombres; cuando se proclama el principio de que el buen pastor debe morir por sus ovejas; cuando se refMexiona que el término de la acción de todos los diferentes ministerios está en la congregación de los fieles, la Iglesia parece una democracia inmensa en la gloriosa acepción de esta palabra; o por lo menos una sociedad instihiida para un fin esencialmente popular y democrático. Y lo más singular del caso es que la Iglesia es todo lo que parece. -En las otras sociedades Pyas varias formas de gobierno son incompatibles entre sí, o si por acaso se tintan en uno, no se juntan jamás sin que pierdan muchas de sus propietlades esenciales. La Monarquía no puede vivir juntamente con la oligarquía y con la aristocracia, sin que la primera pierda lo que naturalmente Hene de absoluta, y éstas lo que tienen de potentes. La Monarquía, la olifarquía y la aristocracia no pueden vivir con la democracia, sin que ésta Al lado del Rey, cuyo oficio es reinar con una soberanía independiente, y gobernar con un Imperio absoluto, está un Senado perpetuo, compuesto de Príncipes que tienen de Dios el principado. Y este Senado perpetuo y divino es un Senado gobernante; y siendo gobernante, lo es de tal manera, que ni entorpece, ni disminuye, ni eclipsa la potestad suprema del Monarca. La Iglesia es la sola Monarquía que ha conservado intacta la plenitud de su derecho, estando perpetuamente en contacto con una oligar quía potentísima; y es la única oligarquía que, puesta en contacto con un Monarca absoluto, no ha estallado en rebeliones y turbulencias. De la misma manera que en pos del Rey van los Príncipes, en pos de los Príncipes vienen los sacerdotes, encargados de un ministerio santísimo. En esta sociedad prodigiosa todas las cosas suceden al revés de como pasan en todas las asociaciones humanas. En éstas la distancia puesta entre los que están al pie y los que están en la cumbre de la jerarquía social es tan grande, que los primeros se sienten tentados del espíritu de rebelión, y los segundos caen en la tentación de la tiranía.
En la Iglesia las cosas están ordenadas de tal modo, que ni es posible la tiranía ni son posibles las rebeliones. Aquí la dignidad del súbdito es tan grande, que la del Prelado está en lo que tiene de común con el súbdito, más bien que en lo especial que tiene como Prelado. La mayor dignidad de los Obispos no está en ser Príncipes, ni la del Pontífice en ser Rey; está: en que Pontífices y Obispos son, como sus súbditos, sacerdotes. Su prerrogativa altísima e incomunicable no está en la gobernación; está en la potestad de hacer al hijo de Dios esclavo de su voz, en ofrecer el Hijo al Padre en sacrificio incruento por los delitos del mundo, en ser los canales por donde se comunica la gracia, y en el supremo e incomunicable derecho de remitir y de retener los pecados. La más alta dignidad está en lo que son