SigPhi · Angel Ganivet

Cartas finlandesas

Spanish

Page 4 of 12

Estamos en pleno período electoral. — ¿Cómo es eso — exclamará el lector; — pues no escribe usted desde Rusia, donde todas las clases sociales «gimen bajo el ominoso poder de un autócrata?»— En efecto, escribo desde Rusia; pero Rusia, como ya sabemos, es un coloso: comprende muchas provincias y estados vasallos y autónomos; y uno de éstos es Finlandia, donde puedo decir que, no obstante tener mis orejas en estado completamente normal, no he oído hasta ahora ningunos gemidos; antes me parece que todo el mundo vive muy contento, en cuanto cabe vivir contento en este riguroso y despiadado clima. Hay, pues, elecciones, y hay un poder ejecutivo que gobierna muy bien, y hay un podtT legislativo, representado por un Landt-: dag ó Dieta, que se reúne cada tres años y que comenzará á funcionar en el próximo mes de Enero.— ¿Y cómo se ha llegado á tan despejada situación? ¿Han degollado ahí á algún rey, ó al menos, ya que reyes no los hay, á algún gran duque; ha habido revoluciones, motines ó pronunciamientos?— Aquí no ha pasado nada, mis queridos discípulos. Hubo largas guerras entre Suecia y Rusia, motivadas por la posesión de Finlandia. El emperador Alejandro I, despue's de vencer en toda la línea á Gustavo Adolfo, no el Grande, otro que lleva el número IV, se alzó con el dominio de este país; y comprendiendo. que no era posible tratarlo como á las demás provincias de su Imperio, porque aquí había una nacionalidad muy bien definida y muy capaz de;gobernarse,le concedió unacarta constitucional que después ha sufrido modificaciones, pero sin tocar á lo esencial el régimen autonómico y distinto de el del Imperio ruso. Se ha llegado á conceder que el Arancel de Aduanas de Finlandia sea distinto; que se acuñe moneda finlandesa; hasta que sean distintos los sellos de Co-. rreos. Porque los Emperadores del género autocrático son hombres tan discretos como los Reyes constitucionales y saben someterse á la autoridad del sentido común, que, tengo para mí, es una constitución que rige con más eficacia que todas las demás constituciones.

En San Petersburgo existe una Secretaría de Estado, Ministerio ó Delegación para los asuntos de Finlandia; y en Helsingfors reside un Gobernador general, que tiene el mando supremo de las tropas y preside el Gobierno finlandés 6 Senado, constituido por funcionarios nombra-^ dos por el Emperador. Este Senado consta de dos Ministerios ó departamentos, de Justicia y de Hacienda, los cuales deliberan y deciden en pleno en los asuntos de gran interés, y por separado bajo la dirección de su vicepresidente ó ^viceordfoerande,» en los de su exclusiva competencia; y los departamentos tienen varias expediciones ó Direcciones generales para asuntos judiciales, civiles, militares, económicos, eclesiásticos, agrícolas, etc. El Senado es un Gabinete sin ministros, esto es, un Ministerio ideal: así es que todo marcha como una seda. No faltará quien extrañe que haya sólo dos departamentos, y no ocho ó diez como en los demás países. Se comprende que no haya departamentos de Estado ni de Marina, porque estos asuntos corren á cargo dellmperio; y más fácilmente aún que no lo haya de Ultramar, por no haber colonias; pero ¿y los otros? Si no hay Gobernación, ¿quién gobierna? Y si no hay Fomento, ^quién fomenta/^ Yo creo que estas dificultades se resuelven con buena voluntad. Así como nosotros tenemos agrupados en un centro la instrucción pública, los ferrocarriles y carreteras, aquí han ido un poco más lejos y todas las funciones gubernamentales las han fundido en dos grandes grupos, por vía de simplificación, y no seré yo quien ponga reparos á tan excelente acuerdo.

El Landtdag, he dicho, se reúne de tres en tres años. El Emperador lo convoca con lá debida anticipación, y los distritos ó agrupaciones que tienen derecho á elegir representantes, íos eligen cuando á bien lo tienen. No hay dfa ni hora fijos, y, por lo tanto, la elección carece del saborcillo teatral que le presta entre nosotros el acudir la nación en masa á las urnas electorales, ó en caso de que los electores no concurran, el abrirse todos los colegios á una hora convenida, salvo en aquellos casos en que el meridiano local se trastorna un poco por alguna de las causas que las leyes no pueden prever ni evitar. Pero en uno y otro sistema, lo esencial es que los diputados, ya sea con actas limpias como aquí, ya con actas limpias y sucias como en España, quedan elegidos é investidos de la augusta representación nacional.

Y ahora empiezan las diferencias capitales. En Finlandia no funciona el Landtdag como un parlamento á la moderna; el Landtdag tiene cuatro brazos ó estados llamados «Stander:» el clero, la nobleza, la burguesía y el estado llano ó campesino. De estos cuatro brazos, el de la nobleza tiene su pala(!io propio, y los otros tres se reúnen en un mismo edificio: el palacio de la Dieta. Los acuerdos son sometidos luego á la aprobación del Emperador y promulgados con el refrendo senatorial. Tiene, por lo tanto, el Landtdag tres caracteres que lo diferencian de los parlamentos: se reúne trienalmente; no es elegido por sufragio universal, y no delibera en masa, sino por estados; es, por lo tanto, una asamblea representativa, calcada sobre el modelo de las Cortes medioevales. Y el país disfruta de tanta libertad práctica, como si existiera el parlamentarismo puro, y está perfectamente gobernado.

No quiere esto decir que yo aconseje á los países de sistema parlamentario, que vuelvan á la organización de la Edad Media. Así como de las uvas sale el vino, pero del vino no pueden salir uvas, así también de las antiguas Cortes se ha venido á dar en las modernas, pero de las modernas no se puede volver á las antiguas. Lo que yo pienso es que hay muchos modos de servir á Dios, y que debemos desechar el concepto ridículo de que el buen Gobierno esté vinculado en ésta ó aquella forma, en éste ó en aquel régimen. Lo que yo pienso es que nosotros, y como nosotros muchos otros, no hemos querido caminar por lo llano, sino por las trochas, ni pasar el río por la puente, sino tirándonos á él de cabeza, y que cuando llegamos al fin de la jornada con la ropa hecha una lástima y calados hasta los huesos, nos encontramos que otros han llegado al mismo punto caminando muy á gusto por el camino real.

La transformación de los sistemas políticos no depende de los cambios exteriores, sino del estado social: un pueblo culto es un pueblo libre; un pueblo salvaje es un pueblo esclavo, y un pueblo instruido á la ligera, á paso de carga, es un pueblo ingobernable. Las libertades las tenemos dentro de nosotros mismos: no son graciosas concesiones de las leyes. ^íQué importa* que la ley nos declare libres si estamos poseídos por vulgares ambiciones, y sacrificamos nuestra libertad y aun nuestra dignidad por satisfacerlas? Hemos adquirido el derecho de insultar las más respetables instituciones, y hemos perdido el derecho de usar una faja que, aparte de servirnos para meter en ella todos los objetos que llevamos diseminados por innumerables bolsillos, nos serviría también para conservar bien abrigado el estómago. A cambio de la libertad de las ideas, nos dejamos despojar de una libertad más bella y más noble, la de la forma; y nuestra aspiración parece hoy por hoy cifrarse en que todos los hombres, unidos en coro inmenso y fraternal, entonen un himno á la libertad, puestos previamente de frac y corbata blanca. Hay muchos que creen que si en la actualidad todos los pueblos de Europa, ó casi todos, disfrutan de un régimen político liberal, hay que buscar la explicación en las revoluciones. Si no hubiera habido pueblos que sacudieran el yugo y comenzaran la obra de liberación, no habríamos adelantado un paso. Esos otros pueblos que disfrutan hoy del nuevo régimen sin necesidad de haber acudido á la violencia, deben agradecerlo á los que lucharon por implantarlo. Yo recuerdo haber leído un discurso del general Serrano, en el que, sintiéndose por un instante erudito, decía para justificar la revolución de Septiembre: «Si en el mundo no hubieran existido revolucionarios, estaríamos aún adorando el caballo de Calígula.>> Y yo pensé entonces que la afirmación era un poco aventurada, porque los Cah'gulas tienen la vida corta y los ca-i ballos la tienen más corta aún, y el gobierno de una nación pasa prontamente de las manos de un Galígula ó de un Nerón á las de un Trajano, un Tito ó un Marco Aurelio. Para los que no se aturden ante el éxito; para los que no someten su juicio á la brutalidad del hecho consumado, sino que miden las cosas por la fuerza ideal que en sí contienen, la revolución de Septiembre es un pronunciamiento afortunado; y la mayor parte de las revolucionas son engendros de la ambición ó de la vanidad de los hombres, que no contentos con seguir la evolución natural de las cosas, se precipitan á dirigirlas, para cargar con la gloria de haber salvado á la humanidad.

El verdadero revolucionario no es el hombre de acción: es el que tiene ideas más nobles y más justas que los otros, y las arroja en medio de la sociedad para que germinen y echen fruto, y las defiende, si el caso llega, no con la violencia, sino con el sacrificio.

Pero volvamos al Landtdag finlandés, un poco olvidado con estas divagaciones. Aunque ya ft.

roo ft.

roo he dicho que satisface admirablemente las necesidades de este país, no basta la afirmación sin pruebas. El hecho es evidente, y el que dude no tiene más que venirse por acá para convencerse de que no le engaño. Pero no estará de más apoyarlo con algunos razonamientos, ya que en España se suele dar más importancia á los razonamientos que á la realidad. La primera ventaja de la Dieta finlandesa es la de reunirse sólo cada tres años. Si un comerciante de medio pelo hace su inventario una vez al año, una nación no pierde nada con fijar un período de tres ó de cinco años para deliberar acerca de la marcha de sus negocios, formar su balance general, y ver si conviene introducir algún cambio en el rumbo que hasta entonces se ha seguido. Una nación no debe de vivir al día, y las instituciones no deben funcionar sin descanso, porque el desgaste puede ser excesivo. Cuando nos habituamos á ver las cosas, les perdemos el respeto y concluímos por menospreciarlas; viéndolas de tarde en tarde, nos interesan más, nos aparecen con más prestigio y nos inspiran más confianza. Un parlamento que funciona constantemente, ha de dar por fuerza algunos tropezones y hasta puede caer en descrédito; y si se presenta una ocasión en que tenga que resolver un asunto, grave, se acude á él con incertidumbre y hasta con temor. En fuerza de trabajar en asuntos pequeños, se incapacita para resolver cuestiones grandes. Si el poder legislativo, que por su fun- • < lOI • < lOI clon es más alto, está á un andar con los otros» pierde su principal carácter, que es el de ser un refugio supremo en las grande crisis por que pueda pasar un país. Podría, pues, formularse un axioma político, diciendo que «la bondad de una Asamblea deliberativa está en razón directa del tiempo que media entre sus reuniones.* Cuanto más de tarde en tarde, tanto mejor; y si no tuviera que reunirse nunca, se habría llegado á la perfección, porque el hecho indicaría que ya no hacía ninguna falta.

El segundo carácter del Landtdag finlandés es el de ser elegido por clases y no por sufragio universal; y sólo la consideración de los buenos resultados prácticos que da aquí el sistema, me retiene y me impide manifestar mi disconformidad. En nuestro tiempo comienza á estar de moda hablar mal del sufragio, y los espíritus más distinguidos hablan de él con grandísimo desdén. Ibsen, en su Enemigo del pueblo^ ha lanzado el gracioso apotegma de que «siendo la mayoría de los hombres una caterva de imbéciles, la minoría es la que lleva la razón.» Idea que ya había yo leído en el Teatro critico del P. Feijóo, quien pensaba que todas las piedras del mundo reunidas no pueden formar una estatua, y que un águila ve mucho más que una bandada de gorriones. Por su parte Taine, que era un profundo político, se negó á ser elegido por sufragio universal, sin duda porque creía que la acumulación de varios millares de votos sobre su nombre no había de añadir nada á la gloria que él por su solo esfuerzo había conquistado.

Yo no estoy conforme con estas ideas: yo veo en el sufragio un pequeño reflejo de la Divinidad, un medio que la Providencia ha puesto en manos del hombre para que cree en el sentida estricto de la palabra crear, es decir, sacando las cosas de la nada. Hay una porción de gentes sin una idea en la cabeza ni en otra parte del cuerpo, que se morirían sin haber sido nada real y concreto en el mundo, si no existiese el sufragio. Con el sufragio, á un «quídam» de esos se le echa encima una pila de papeles, y se le transforma en todo lo que sea menester. Reco^ nozcamos que esto, como diría el ilustre D. Juan Valera en su estilo acicalado, no deja de ser muy bonito. Yo soy ardiente partidario del sufragio universal, con una limitación: la de que no vote nadie. Y no se crea que mi afirmación es una broma de mal gusto: es otro axioma de política transcendental, como demostraré ahora mismo, ya que en nuestros días hay que demostrar hasta los axibmas. Todos los argumentos expuestos en contra del sufragio se reducen á éste: la verdad no surge del concurso de muchos hombres, sino del esfuerzo de las inteligencias; si entregamos los intereses de la sociedad en manos de la mayoría de sus miejnbros, no contamos con un criterio verdadero, ni juslp, ni prudente, ni constante. Todo marchará al azar. Sin embargo, este razonamiento no ataca á la esencia del sufragio: va sólo contra su aplicación, y si á eso fuéramos, no existiría nada en el mundo. Para ser padre de familia se necesita, creo yo, más inteligencia que para depositar un voto en las urnas, si el padre de familia ha de cumplir á conciencia sus deberes. ^Cuántos hay que los cumplen.'^ Uno de cada mil, ^Y vamos por eso á suprimir la familia.'^ Aunque quisiéramos, no podríamos. No nos queda más recurso que resignarnos, y á lo sumo, cuando vemos que un hombrees decididamente incapaz para constituirse en familia, aconsejarle que no lo haga y esforzarnos por persuadirle. Este es mi criterio en la cuestión del sufragio: á mi juicio, todos los hombres que viven en sociedad tienen derecho estricto á intervenir en el arreglo de los asuntos de interés común. Antes que reconocerles á unos el derecho y á otros no, sería preferible volver al derecho divino, y resumir todos los derechos parciales en el derecho de un autócrata. Si después notamos que la mayoría no sabe hacer uso de su derecho, cabe aconsejarla y persuadirla á que no use de él. Y en España no habrá que molestarse mucho, porque el pueblo, reconociéndose sin inteligencia bastante para intervenir, no vota sino cuando le espolean. Pero no se piense que es lo mismo no votar porque no se puede, que no votar porque no se quiere. Yo salgo á la calle con cinco duros en el bolsillo y vuelvo á casa sin haber gastado un céntimo, y vuelvo alegre porque he ido por todas partes con la seguridad que da el llevar cinco duros para lo que pueda ocurrir; en cambio, salgo sin un cuarto y vuelvo de mal humor, porque se me ha antojado comprar todo lo que he ido viendo, y he temido verme en un compromiso que me obligara á declarar mi precaria situación. Así, pues, el Landtdag finlandés, que sin duda alguna supera á las Asambleas elegidas por sufragio universal, sería teóricamente más perfecto si existiese el voto universal y no votasen más que los que hasta aquí vienen votando. En este punto reconozco de buen grado que nosotros, teóricamente también, estamos á mayor altura que los finlandeses.

Queda aún un tercer extremo: la deliberación por brazos, como natural consecuencia de la elección por clases. Los acuerdos del Landtdag exigen el concurso de tres «stander» por lo menos, y de los cuatro para ciertos asuntos de gran interés, como las modificaciones de carácter constitucional, el servicio y cualesquiera reformas que afecten á los derechos de clase, las que no podrán ser admitidas sin el concurso de la clase interesada. También este sistema de deliberar por separado está hoy muy en baja, y se considera más perfecto el puramente parlamentario. Y es seguro que si una Asamblea íjjese representación íntegra de una nación, se habría dado un gran paso hacia el ideal político: la fusión de los diversos grupos sociales; io5 io5 pero bien á las claras vemos que en nuestros días vuelven á levantar la cabeza nuevos partidos de clase, que con razón ó sin razón no se consideran representados suficientemente en los Parlamentos del sufragio universal; y más claro se ve todavía que esos Parlamentos no pueden andar solos, que hay que ponerlos detrás, á modo de niñera, un Senado que los vigile y que les dé unos cuantos azotes cuando sus travesuras pasan más allá de lo que permite la prudencia. La Dieta finlandesa es á la vez Congreso y Senado, y sus varias representaciones se corrigen mutuamente, cuando el caso así lo exige: es un organismo basado sobre la realidad de los intereses colectivos, no en una concepción arbitraria; su composición no es homogénea, pero tiene el gran mérito de ser franca y de no cubrir la diversidad real de los intereses bajo la etiqueta de una unidad artificiosa.

En resumen: yo acepto todos los progresos políticos de «mi siglo,» y me enorgullezco de haber nacido en un país donde la democracia ha llegado á encarnar con tanta pureza y perfección; pero reconozco que el país mejor gobernado que he visto hasta el día es éste de Finlandia, donde todos esos progresos han sido hasta aquí letra muerta. Y ya que nosotros no podamos sacar otra enseñanza de esta observación, convenzámonos al fin de que nuestras luchas por cuestiones fantásticas deben de cesar; que con un sistema ú otro se va donde se quiere ir,' io6 io6 si no falta inteligencia ni buenos propósitos. Los que desean aún derramar su sangre generosa por introducir un cambio en las exterioridades del Gobierno, que tengan la bondad de reservarla para empresas más nobles, en las que se ventile el interés de «toda la nación;» y si la sangre les bulle tanto que no pueden aguantar más, que llamen á un sangrador y que se sangren y dejen en paz á sus conciudadanos.

V Reflexiohes psicológicas que le sugiere al corresponsal la lectura de la Guia de la ciudad de Helsingfors.

El que quiera hacer descubrimientos notables^ que no se gaste el dinero en comprar telescopios, ni pierda el tiempo en revolver archivos y bibliotecas: que se vaya á lo ancho de la calle, y allí donde note un movimiento espontáneo de muchas gentes en una misma dirección, esté seguro de hallar el principio de una investigación transcendental para la ciencia. El verdadero y profundo saber brota de las muchedumbres inconscientes: un pueblo que acude á votar á los comicios, no da ninguna luz sobre sus propias aspiraciones, porque ha pensado de antemano lo que va á hacer y acaso ha formado • artificialmente su criterio oyendo ó leyendo disparates ilustrados; ese mismo pueblo se congrega en la plaza pública para oir á un ciego cantar romances, y es seguro que hará ó dirá alga io8, por donde vengamos á descubrir sus ideas íntimas, tradicionales.

Oigamos al ciego entonar el romance de los nombres de las mujeres, donde se declaran los méritos y defectos, vicios y virtudes délas Juanas y las Petras, Jas Marías, las Tomasas y Jas Manuelas. Para los perezosos, para los que se contentan con juzgar sumariamente por impresión rápida y superficial, el ciego es un mendigo que dice unas cuantas tonterías á cambio de tinos cuantos ochavos; yo creo que es un artista útilísimo, un cultivador del arte más fecundo, el que se desarrolla al aire libre y sirve de pasto ideal á las clases pobres, que no tienen medios ni capacidad para conocer otras formas artísticas más cultas; y creo también que lo que el ciego dice son tonterías con un gran fondo de verdad.— Ya ve usted— se dirá: — asegura que las Marías son muy frías, y yo conozco precisamente cuatro, de las cuales una, es cierto, es fría como agua de aljibe; pero de las otras tres una es más que templada, otra es como un brasero y •otra arde en un candil. Ese ciego no debía tocar Ja guitarra, sino el violón. Sin embargo, si la ¿ente lo oye y le compra los romances, no dejemos en este punto nuestras observaciones: ahí hay, como suele decirse, gato encerrado.

Es innegable que los nombres tienen una fisonomía propia adquirida por el uso, aparte de la que algunos poseen ya por su significación. Don Juan es un conquistador de corazones, don José un señor muy patriarcal y don Pedro un hombre adusto. La religión, la historia ó el arte dan á los nombres ese carácter sugestivo, que nopuede ser desvirtuado por los hechos: si un hombre se conduce de un modo incongruente con el nombre que lleva, no por eso variamos nuestra concepto sobre el nombre, sino que decimos que éste está mal empleado. Jamás convendremos en que á un tunante le encaje bien el nombre de Homobono, ó á un hombre discreto el de don Hermógenes. Mas para que un nombre tenga.fuerza expresiva, es necesario que se le agregue algún rasgo que determine el estado social de la persona: si don Juan es el Tenorio, el tío Juan no es más qiie un buen hombre, rudo y tosco, y Juan á secas es un infeliz; y por otra parte, los nombres de los dos sexos no son iguales en este punto, porque los de mujer están menos usados que los de hombre. El papel de las mujeres ha sido yes principalmente dome'stico, y, por lo tanto, sus nombres sólo tienen expresión en la vida íntima y familiar, salvo contadas excepciones; son advocaciones de la Virgen; nombres poéticos, y en algunos casos formas femeninas de nombres de santos, las cuales no pueden conservar su significación originaria: doña Juana no puede echar sobre sí las glorias de don Juan. El error del ciego procede, pues, deque, obligado á componer para su clientela, formada principalmente por mujeres pobres, tiene que concretarse á los nombres femeninos que son lio lio los menos característicos, y á emplearlos sin añadidura, tales como los usan las mujeres del pueblo; pero esto no debe de impedir que reconozcamos la verdad de la idea generadora del romance, de la cual se deducen después consecuencias de mucha mayor importancia, puesto que así como existen nombres característicos de las personas, con estos nombres se forman después nombres característicos de las naciones.

Este preámbulo viene aquí á cuento, porque, •como creo haber dicho ya, el único libro de que dispongo para escribir estas cartas es el Adessbok och Yrkeskalender, ó Guía de la ciudad, y á fuerza de mirarlo me ha venido la idea de sacarle el jugo que contiene, que no es poco; voy, pues, á hablar de los nombres de los finlandeses y á deducir de ellos algunos rasgos psicológicos muy interesantes del pueblo finlandés.

Recorriendo las listas de apellidos, nótase la variedad de procedencias de la heterogénea población de Finlandia, particularmente de las ciudades del litoral. Hay algunos apellidos rusos, cuya desinencia más común, y conopida es en off: Matrosoff, Baranoff, Pletschikoff, y bastantes polacos en sky: Doubitsky, Galetsky, Baltschefsky. Vienen después los suecos, cuya estructura es análoga á la de los alemanes ó á la de los ingleses, como Lindberg, Bergstroem, Eklund, Ekholm, Lindfors, Nyholm, Suellman, Wasenius, Oesterman, Johansson, Carlsson, Thomasson, Danielsson, etc. Y los más típicos III III y extraños para nuestra vista son los finlandeses: Tuominen, Saastamoinen, Haemaelainen, Raatikalnen, Pikkarainen, Niinimaeki, Nikkilae, Aeyraepaeae, Jaeaeskelaeinen, Kokkonen, Kaekikoski, Kaeraejaemies, etc. — Estos nombres tan extraños, como ya lo indica la abundancia de vocales, se pronuncian con gran dulzura.

Los apellidos finlandeses son, por regla general, largos; hay también algunos breves, pero menos corrientes, como Erkóo, Aho, que pertenecen á dos distinguidos periodistas de la localidad; el finlandeses tan armonioso como el italiano; mucho más que el sueco, bien que éste posea la soltura y elegancia de la lengua francesa, y en muchas palabras la plenitud y sonoridad de la española.

En relación con los apellidos, los nombres pertenecen á diversos santorales ó se escriben de distinto modo: hay John, Johan, Juhani, Karl, Kaárl6; un nombre que me gustó la primera vez que lo leí en la Princesse Meleine, de Maeterlinck, tijalmar, es aquí corriente, así como Axel, Arvid, Eoro, Jaako, Uno, Ano, Edvin, Gunnar, Sigrid, P>ithiof, Haral, Erik. En nombres de mujeres los hay preciosos, y no dejaré tampoco de dar varios de los que más me agradan, por si alguna de mis lectoras se halla en estado interesante y preocupada por el nombre que le ha de poner «á lo que nazca:» Olga, Dagníar, Hilda, Ida, Lida, Gerda, Lidya, Aína, Selma,Sainaa, Sanny, Mia, Alma, Thyra, Ada, Dina, Aini, Huida, Edla, Ebba, Elsa. Algunos nohibres de mujer tienen estructura masculina: por ejemplo, Aino, nombre de una heroína del Kalevala, que andando el tiempo será dado á conocer en Europa y en España por una distinguida cantante de aquí, que ahora empieza su carrera: Aino Achté. Sin embargo, los nombres más usados son los de la antigua Iglesia católica, los cuales se escriben exactamente igual que en España: aquí, pues, abundan las Amelias, Natalias, Rosas, Olivias, Amandas, Paulinas, Carolinas, Cristinas, Gustavas, Elviras, Junias, Julias, Emilias, Augustas, Sofías, Auroras, Paulas, Ineses, Josefinas, Jacobinas y cien por el estilo.

Ya que estamos en posesión de los nombres, vamos á lo más importante: al modo de usarlos. Aquí el nombre propio tiene muy poco uso: los hombres y las mujeres firman con su inicial y el apellido, y á veces con sólo el apellido. Si en España recibimos una carta firmada J. Petersson, ó su equivalente J. Pérez, pensamos que quien escribe e^ un hombre, y nos extraña que no haya firmado con su nombre entero; aquí ese nombre puede ser de una señorita joven y guapa, y hasta si se quiere íntimamente conocida. Como la mujer trabaja como el hombre, ha perdido el calor sentimental y se ha convertido en una entidad útil: así, pues, el nombre propio, que es el afectivo, va camino de desaparecer. En España sería ridículo decir á una señorita: «Buenos días, Rodríguez;» aunque no se tenga confianza, se emplea el nombre propio, porque á la idea de mujer acompaña siempre la de amor ó delicadeza. Aquí me ofrece su tarjeta una señorita que se llama H. Lindroos: después de tratada mucho tiempo como Froeken Lindroos, preguntaré por curiosidad qué significa la H., y se me dirá que Hanna; y este nombre ¿qué es? ¿Es lo mismo que Anna, Ana? No. Es una forma abreviada de Johanna, Juana; pero después seguiré diciendo Lindroos á secas, pues el empleo del nombre propio sería una gran inconveniencia, por estar reservado para las expansiones íntimas. En toda Europa se observa que conforme avanza, la idea de emancipación de la mujer, decae la importancia del nombre propio; pero al menos las muchachas gustan de lucir sus nombres, en particular si son bonitas; aquí es donde he notado mayor desprecio por el nombre personal y sentimental.

En Finlandia los dos sexos usan el nombre de igual manera, porque su función social es también análoga, y el empleo predominante del apellido marca asimismo el carácter de esta sociedad. El nombre de una nación está representado por la forma usual del nombre de sus individuos: N. Koskinen es un finlandés (varón ó hembra); Louis Dupont es un francés; José Pérez y Gómez es un español; y no se crea que la diferencia está en la significación de las palabras, puesto que lo mismo diríamos que es francés Félix Martin y que es español Félix Martin Martin (sin acento). Donde los franceses dan un golpe, nosotros damos dos. Aquí hay un apellido español. Riego, cuyos usufructuarios no sé si descenderán del general que dio su nombre al himno de la libertad: si así fuera, habría que convenir en que el oficio de proclamador de Constituciones es un tanto azaroso. Pues bien: T. Riego será finlandés y Rafael del ^Riego español, y aún recuerdo haber leído algunas veces el nombre de Riego con su segundo apellido, no obstante ser tan celebrado y popular.

El nombre propio es el que marca la individualidad; el apellido las relaciones sociales. Así, pues, el nombre típico, usual de una nación, revela su carácter predominante. Hay nombre individualista y socialista, aristocrático y democrático. Los nombres griegos son individualistas y democráticos, porque se componen de un solo elemento: Solón, Sócrates, Platón, Aristóteles, Pericles; en España hay también nombres de expresión análoga, los únicos que acaso existen en el mundo, los de nuestros toreros: la exterioridad ofrece algo chocante; pero vistas las cosas de cerca, Costillai^es, Cuchares, el Tato, Pepe fíillo, Frascuelo y Lagartijo, son nombres esencialmente helénicos y expresan el fondo de individualismo -que aún conserva núesii5 tra raza, bien que no se muestre en obras maestras de ciencia y art^/sino en formas artísticas rudimentarias, como tienen que ser siempre los juegos públicos.

Roma es un pueblo de organizadores, constituido aristocráticamente sobre un patriciado; y el nombre romano es complejo, porque tiene que expresar, no sólo la personalidad, sino también el abolengo.^ Comparando estos dos nombres, Demóstenes y Marco Tulio Cicerón, se tiene la clave de dos historias y de dos civilizaciones. Los pueblos modernos conservan en gran parte el espíritu romano; pero el equilibrio, representado hoy por el uso simultáneo del nombre y del apellido, es inestable. Inglaterra es quizás la nación que se aproxima más á la. organización romana; en. Francia el nombfe propio pierde mucho terreno, lo cual indica muy á las claras que las tendencias colectivistas lo van ganando.

En Finlandia encontramos el nombre típico de una nación democrática y socialista, cuyo individuo ideal no tendría nombre propio, sino el apellido, es decir, el rótulo social. Un pueblo donde se diga D. José, D. Manuel, D. Antonio, no puede ser socialista jamás; el hombre del colectivismo tiene que' ser Fernández, Martínez, Rodríguez, García; y así se llaman aquí, cambiados sus nombres por otros. No faltan aristócratas sueltos, pero son la excep9ión: para convencerse de que este' país es democrático, ii6 ii6 basta fijarse en que un apellido vulgar, por ejemplo, Johansson, Juánez, es usado por todos como si fuera el más distinguido, sin buscar medios de diferenciación. Se desean diplomas, cruces y todo cuanto sea distinción personal y proporcione ventajas materiales, pero sin sacar nunca á relucir los pergaminos. En España un hombre no querría llamarse J. Fernández, y acudiría á mil artificios para tener su nombre bien marcado, ya poniéndose un nombre propio muy raro, ya colocando tras el Fernández uno ó dos apellidos más. Los finlandeses, antes que hombres, son miembros del organismo social, y tienen, como veremos en mil detalles, aptitudes sobresalientes para vivir libres dentro de organizaciones y reglamentaciones en lasque nosotros no podríamos movernos siquiera.

Entonces, se dirá, ^España no es una nación democrática? De ningún modo; somos el pueblo más aristocrático de Europa: así como en otros pueblos se ha debilitado el nombre propio, nosQtros lo conservamos porque conservamos nuestro amor al individualismo; pero hemos agregado un apellido más para señalar nuestro entronque, nuestra ascendencia. Yo soy el único que tiene aquí dos apellidos; y varias personas me han preguntado ya qué significa el segundo, y muchas más son las que han pegado los dos y los han transformado en uno solo; yo contesto siempre que en España la mujer, socialmente, es menos que aquí, pero que en casa lo es todo; que hasta conserva su nombre de familia y los transmite á sus hijos con el del padre. Lo cierto es que ¿n España Juan Fernández y García firma con más humos que Don Juan Fernández de Córdoba y García de Zúñiga. Hemos llegado á la igualdad, haciéndonos todos hidalgos, esto es, siendo todos aristócratas. Por eso, hablar de democracia en España es música celestial; no podemos ser demócratas, porque queremos demasiado á nuestra familia. En la actualidad vivimos en plena democracia, y estamos asistiendo al espectáculo interesante de la formación de un nuevo patriciado, de una aristocracia política, constituida por la aglomeración en los cargos públicos de gentes enlazadas por vínculos familiares. No gritemos contra los yernos, los sobrinos, los cuñados y * los primos, porque ahí está nuestra salvación^ en ese plantel de aristócratas de nuevo cuño, que en el porvenir han de dar muchos días de gloria á la patria, ó por lo menos á sus respectivas familias.

VI Donde se descubre el amor de los finlandeses al progreso, y se explica la causa de este amor.

La pereza intelectual que á todos nos domina, nos induce á inventar fórmulas convencionales que nos ahorren el trabajo de estudiar á fondo las cosas. Así, para dar idea del carácter general de una nación, hay etiquetas ó muletillas muy usadas que dejan completamente satisfecha nuestra curiosidad: «ese país es refractario á la cultura;» «éste es amante del progreso,» y «aquél avanza de un modo visible por la senda de la civilización.» Con arreglo á esta fraseología, es lícito decir que Finlandia es un país que ama el progreso y avanza á galope tendido por todas las sendas que á él conducen. Ahora lo que falta saberes lo principal, es decir, lo que aquí entienden por progreso; porque si interpretaran lá palabra al revés que nosotros, caminando hacia el progreso, irían á dar en donde nosotros menos pudiéramos figurarnos.

I20 I20 La idea corriente hoy por hoy sobre el progreso es, por desgracia, demasiado material: no se da apenas importancia á lo que es en cada pueblo la vida de familia, las relaciones amorosas, el trato entre amigos, la unión de las diversas clases sociales, y en particular de amos y criados; se atiende principal y casi exclusivamente á la extensión de la red de ferrocarriles, estado de las carreteras, servicio^ de correos, telégrafos, estadística comercial y cotización de los fondos públicos. Un pueblo cuyos valores se cotizan á la par, puede sin reparo degradarse y vivir en la corrupción más escandalosa; siempre será más culto que aquel otro cuyas cotizaciones anden entre el 70 y el 8o por 100. Como la familia existe desde el origen del mundo, y los adelantos mecánicos son cosa fresca, estamos aún en el período de la novedad, y no queremos convencernos de que los tan celebrados adelantos sólo traen servicios útiles para la vida, y que lo esencial continúa siendo la vida en sí: una vez que la familia se desorganiza, que las relaciones sociales se resquebrajan, que la vida colectiva se corrompe, el progreso material no sirve más que para cubrir las apariencias y para engañar á las gentes superficiales; es un progreso hipócrita y menguado, que sirve sólo para prolongar indefinidamente la existencia infructuosa, y á veces nociva, de los pueblos que á él se acogen.

En punto á progreso material, aquí en Finlandia existe cuanto puede apetecer el más descontentadizo; más que progreso, hay ensañamiento por el progreso y por muchas cosas que no lo son. Tienen, por ejemplo, la manía de rapar los jardines, y no dejan que la hierba levante una pulgada del suelo: concepción democrática mala. En cuanto un tallo verde asoma, tímido, entre dos piedras, viene una mujer con un gancho y lo arranca, como si se temiera que con el tiempo interceptara las atarjeas ó la vía pública. Y lo mismo pudiera decirse del adoquinado, del arrecifado y de los demás servicios de urbanización. A mí no me gustan estos excesos; y si por mí fuera, la hierba crecería á sus anchas hasta que le llegara la hora de agostarse, y las vías públicas tendrían muchos altibajos. En Atenas no fué conocido el entarugado, y andaban por las calles personas de más viso que las que hoy se echa uno á la cara: quizás si allí se hubieran dedicado á afeitar jardines y á adoquinar calles, hubieran desaparecido sin dejar rastro.

La psicología tiene sus misterios, y no es fácil ver así, de golpe, la influencia que en nuestro espíritu ejercen las formas exteriores que habitualmente nos rodean y nos moldean, sin que nos demos cuenta de su sorda labor. Nuestro orgullo nos hace creer que estamos sólo sometidos al influjo de los objetos en que voluntariamente fijamos nuestra atención; pero acaso sea más enérgico el influjo de lo imperceptible y de lo despreciable. Un hombre que habita en una