SigPhi · Angel Ganivet

Cartas finlandesas

Spanish

Page 5 of 12

ciudad desigual, con calles quebradas, con jardines semisalvajes, circundado por la belleza natural que la tierra da de balde, es un hombre apto (si se decide á trabajar, justo es decirlo) para la creación de obras originales: por lo me -nos es un hombre llano, natural, sin artificio; ese mismo hombre habita en otra ciudad muy bien entarugada, alineada, arrecifada, barrida y fregada, é insensiblemente comienza á perder los rasgos más salientes de su personalidad: comienza él también á alinearse, á recortarse, á pelarse, á afeitarse y á engomarse, en una palabra, á estropearse por fuera y por dentro, y quizás al encontrar un amigo en la calle no sepa ya saludarle familiarmente, sino haciendo varios movimientos mecánicos, y ofreciendo en vez de toda la mano, como antes se hacía, el dedo índice, que parece apuntar como cañón de revólver. Estas y otras bellezas nos trae el progreso mal entendido, y nos las trae por nuestra ignorancia, porque no vemos el enlace que las cosas entre sí, á la callada, mantienen.

Una señora finlandesa me preguntaba cierto día: — ¿Es verdad que en España, cuando pasa una mujer bonita, los hombresla echan álos pies la capa y el sombrero? — Sí, señora: es verdad — contesté yo; — pero desgraciadamente la costumbre se va perdiendo. — ¿ Ycómo explica usted ese cambio? ¿Es que se vuelven ustedes más calmosos, menos enamorados y galantes? — No es eso, señora mía; es que ha decaído mucho la capa: hoy se usa con preferencia el gabán, y la nueva prenda no sirve para el caso. La capa va suelta sobre los hombros, y en menos que se piensa, en un abrir y cerrar de ojos, está extendida en el suelo: el movimiento es elegante y artístico. En cambio, el gabán es una prenda sin gracia: no hay modo de quitárselo en medio de la calle, pues parecería que se iba uno á desnudar; si se le extiende sobre el suelo, tomará mil figuras y todas ellas serán antiestéticas, y hasta sería posible que la beldad á quien se pretendía rendir homenaje tropezara y cayera por nuestra culpa. Y en cuanto al sombrero, como ahora se gastan de casco duro, al tirarlo al suelo iría botando como una pelota y se llenaría de bollos y piquetes. Los españoles somos, pues, como éramos; pero el traje ha cambiado y no nos deja hacer lo que antes hacíamos.

Hechas estas salvedades, para que conste ai menos que á mí los adelantos no me turban hasta el punto de cegarme y entontecerme poi" completo, no tengo inconveniente en reconocer las ventajas del progreso material y en guiarme por éste, como signo exterior, para descubrir el progreso efectivo de las naciones; pero tengo que separarme de nuevo de la corriente general y decir que no me bastan los hechos; que yo doy más importancia que á los hechos, á la forma en que se presentan.

Lo característico de Finlandia es el entusiasmo con que se aceptan todas las innovaciones de utilidad práctica, la rapidez y perfección con que todo el mundo se las asimila. En España tenemos ferrocarriles; pero no sólo los tenemos de mala manera, sino que en algunos casos hemos llevado nuestra mala voluntad hasta el extremo de que el tren sea derrotado por la diligencia. En nuestra provincia existe ese raro fenómeno. Aquí los ferrocarriles son del Estado finlandés, y á pesar de lo escaso de la población dan ingresos muy lucidos; en cuanto al servicio, casi compite con el alemán, que es el más perfecto de Europa. --El teléfono es aquí tan usual •como los trastos de cocina; es una persona más «n cualquier conversación. Muchas veces ocurre una duda que puede ser resuelta por alguien •que está ausente: al minuto se tiene la respuesta, «casi como si el consultado se hallara en la reunión.— No conozco ciudad donde existan, proporcionalmente al número de almas, más carruajes que en ésta: están distribuidos por toda la población y en constante movimiento; son muy ligeros y muy baratos, y los usan hasta las •clases pobres. — Por el velocípedo hay verdadero delirio, y las mujeres le han aceptado como instrumento de emancipación; no se da un paso sin topar con una señorita inontada en su Bici-•cleta: si os fijáis por detrás, veréis que de esa parte del organismo que sirve, entre' otras cosas, para sentarse, pende en forma humorística un cartelito, donde se lee un número, que quizás pase del cuatro mil: ese número, que es el del 1^5 « 1^5 « registro velocipédico, indica á las claras el abuso que se hace del pedal. Porque aquí no se fijan más que en el ahorro de fuerzas, y en cuanto una novedad es útil, todo el mundo la acepta en masa, sin que á nadie se le ocurra criticar ni dárselas de refractario.

Yo hice un día ciertos reparos al hecho de que una señora vieja y horriblemente voluminosa, fuese también dando tumbos en una angustiada bicicleta (por cierto que ese día sentf ' por primera vez algo nuevo: la compasión por un aparato mecánico), y la persona á quien me dirigía sólo me contestó: «Yo lo encuentro bien; es útil.»— Finlandia es el país de los lagos: casi todas las ciudades y pueblos del interior están unidos por vías navegables, surcadas conti^ nuamente por vapores; y no es extraño el caso de que un campesino se encargue durante una travesía de dirigir una embarcación con la seguridad de un marino práctico. Y como éstos hay mil hechos curiosos que revelan la satisfacción rústica con que son aquí acogidos todos los adelantos,'y la prontitud y perfección con que se los introduce en la vida vulgar y corriente.

Mas no se crea que tan ardiente amor al progreso es signo de energía espiritual; es todo lo contrario. La opinión irreflexiva ve en la actividad febril de un hombre que se pasa la vida rodando por los trenes, dando órdenes por telégrafo y por teléfono ó yendo como una centella en velocípedo^ una prueba de robustez cerebral extraordinaria; cuandp en realidad lo que debe de verse en todo eso es un desequilibrio orgánico: la exaltación de la fuerza muscular y la atrofia del sistema nervioso. He aquí la causa de que los pueblos meridionales sean por temperamento refractarios álas'innovaci'ones mecánicas e incapaces de resistir el ajetreo excesivo de los novísimos medios de locomoción.

El tipo perfecto del hombre activo es el norte-americano; hoy es ya popular en Europa* la idea del yankee á lo Bourget: un hombre vulgar de alma y cuerpo, poseído por la manía de reunir muchos millones; posee alguna línea de ferrocarriles, y si llega el caso alguna ciudad entera que fundó por su cuenta y riesgo ó que ganó en una jugada de Bolsa; trabaja día y noche en su bufete, con un aparato telefónico en cada oreja, el telégrafo enfrente y un exprés de propiedad particular silbando á la puerta, por si los negocios exigen de repente un viaje de cuatro ó seis mil kilómetros; y por último, el pobre hombre cae un día muerto sobre su escritorio á consecuencia de un ataque cerebral, mientras su mujer da un baile en París ó en Cannes, ó juega fuerte en Monte Cario. Hay sin duda en estos rasgos exageraciones de tipo novelesco; mas lo novelesco difiere poco de lo real: en el estudio de Bourget, -Owfremer, aparecen figuras semejantes á la que yo he indicado en cuatro líneas, y Outremer no es un libro humorístico, aunque á ratos lo parezca.

Tan extraordinario derroche de actividad no podría prolongarse mucho tiempo si estuviera alimentado por la inteligencia: yo he visto funcionar grandes empresas comerciales, y he comprendido sin gran molestia la marcha de los negocios; y una vez dominada esta primera dificultad, he visto qué todo se reduce á una rutina para la que sólo se requieren facultades de resistencia. La gente profana, que no ve más que la complicación aparente de las operaciones, piensa que el que las dirige es un hombre de genio: una vez en el secreto, se convencería de que aquel trabajo está al alcance de cualquier burro de carga. Yo encuentro un gasto mucho más grande de energía en el que crea una obra de arte; y si se quiere un ejemplo de actividad material, diré que más fortaleza física se requiere para ser matador de toros que para ser millonario al estilo yankee. No hay que ir á América para hallar hombres fuertes; para lo que hay que ir es para encontrar temperamentos que resistan la tensión pasiva á que nos condena el progreso mecánico.

A un amigo mío, lagartijista entusiasta, le oí referir una anécdota muy significativa sobre el insigne maestro cordobés. Se hablaba de lo malo y de lo bueno que tienen las profesiones y oficios, y se llegó á tocar al toreo; y alguien le preguntó á Lagartijo qué era lo que más le disgustaba de su profesión, á lo cual el interpelado, con una concisión digna de Tácito, contestó: «Er tren.»— En estas dos palabras, mejor ó peor dichas, hay más substancia psicológica que en todos los tratados de Psicología que sirven de texto en los Institutos. Un torero de raza se halla en su elemento mientras lucha, mientras su actividad libre é inteligente está, enfrente del toro, y se fatiga de ir incrustado en un vagón, prueba evidente de que para resistir el traqueteo de los innumerables vehículos de nuestra época, la energía natural del temperamento es más bien un obstáculo; lo que él vulgo toma por actividad es inercia: ese hombre que va cincuenta horas en tren, no va, sino que lo llevan; él no hace más que aguantarse.

He presentado estos dos tipos de actividad para hacer ver, por medio de ejemplos conocidos, lo que son los finlandeses. El finlandés se aproxima al tipo yankee: no tiene campo de acción para ejercitarse en empresas de alto vuelo; pero en su esfera funciona como un organismo libre, adaptado á una función mecánica; es calmoso hasta un extremo desesperante, pero tiene una constancia á prueba de bomba; su entusiasmo progresista nace, propiamente hablando, de su pereza, del deseo de economizar tiempo y de molestarse lo menos posible. La primera advertencia que me hicieron á mí al llegar, cuando di mi ropa blanca á la lavandera, fué que tardarían en lavarla, según es costumbre, de dos á tres semanas; y como con el lavado ocurre con muchas cosas más. Aquí no quieren trabajo extraordinario ni apresuramientos; gustan de la regularidad, y dan á cada obra su plazo marcado é inflexible. Yo hace ya muchos años que no tengo reloj, y lo suprimí después de tenerlo otra porción de años parado. En España esto sería una dificultad, y fuera de España también he caído en faltas graves por no saber nunca la hora; aquí he resuelto el problema, porque cada ciudadano es un aparato de relojería: la muchacha que enciende las estufas, las ocho; la mujer de la leche, las ocho y media; mi staederska, las nueve; el correo de la mañana, las diez; el almuerzo, las once; la joven que viene del kontor, las doce; segundo correo, la una; la chica que vuelve de sus clases, las dos; mi vecina, una joven pintora, va á comer, las tres; la doktorinna pasa en bicicleta, las cuatro. De aquí en adelante ya no se distinguen los bultos; hay un intervalo hasta las nueve, en que mi criada viene á hacerme la cama. Porque aquí, dicho sea de paso, las camas son duras como piedras y las hacen cuando se va á dormir.

vil El corresponsal traza un inesperado y curioso paralelo entre la manteca finlandesa y los jamones de Trevelez.

En una de las innumerables revueltas estudiantiles que agitaron la vida escolar de mi tiempo, no recuerdo en cuál, en una que sería provocada, como de costumbre, por las reacciones gubernativas en vísperas de Nochebuena, se reveló, salió á luz un nuevo orador, que desde lo alto de una reja nos arengó, nos entusiasmó y nos inflamó á los incipientes revolucio -narios: era el joven tribuno un prodigio en el arte de escalar rejas y de enardecer á sus semejantes. En la reunión se hallaban dos señores viejos atraídos por la curiosidad, y tengo muy presente que el uno dijo: — Ese muchacho llegará á Ministro; me lo da el corazón.— ¿En qué te fundas? — repuso el otro, — porque yo creo que lo que está diciendo es una sarta de disparates.— No importa: dice disparates; pero los dice bien, y además tiene una agilidad sorprendente para encaramarse en sitios altos; repito que Ministro tenemos.

Muchas veces he recordado la profecía (que se reah'zará, po cabe la menor duda), y he pensada que aquel flamante tribuno tenía una cualidad muy rcomendable: la de ser siquiera hombre franco. Aspiraba á salvar el país, y lo decía para que nos enterásemos. ¡Cuan diferente es Fernández! Fernández ha publicado un tomo de poesías con el título de Rugidos de un loco: las ha dedicado á un personaje influyente de la situación, y ha recibido una credencial de ocho mil reales en el Ministerio de Hacienda; ya es poeta distinguido, y cuando ascienda á doce mil será poeta inspirado; si llegase á jefe de sección^ sería eminente; y genial, si consiguiera el nombramiento de Consejero de Estado: aún le queda que rugir para que sea verdad tanta belleza. — Gómez es un autor dramático. Ha compuesto un drama en que figura un genio falto de recursos, y lo que es peor, enamorado de una señorita de buena casa; pero el genio lucha y logra un acta de diputado y se casa á seguida, sin dificultad; y al caer el telón, el público piensa que el genio es el mismo Gómez, y que el drama es una indirecta; y el público está en lo firme. — Pérez ha llegado á concejal. Pérez es un joven de provecho que desea ser útil ásus conciudadanos: ha estudiado á fondo todas las «cuestiones vitales» de la vida municipal, y tiene en cartera un plan completo de reformas: ocho grandes vías cruza* Í33 Í33 das, y en los cruces plazas muy grandes con monumentos muy pequeños para que no haya ■estorbos, y una red de tranvías que circularán con gran rapidez. Y algunas personas respetables que conocen el pie de que cojea la humanidad en general, y Pérez en particular, piensan que á Pérez, como á Gómez, habrá que darle un acta para que vaya á desahogarse al Parlamento, porque si no es capaz de. echar la ciudad abajo. Si fuéramos á multiplicar los ejemplos, tendríamos un volumen de caracteres como los de Labruyére: hasta tal punto nuestra sociedad abunda en tipos de nuevo cuño, forjados todos en el yunque de las necias y vulgares ambicio-, nes. Pero no puedo olvidar un tipo que rebosa interés por los cuatro costados; un amigo y antiguo condiscípulo: González. González es un alpujarreño, de familia bien acomodada, y aspira á ser el representante de su distrito natural; ha creído descubrir la causa de los males que afligen á sus electores, y ha comenzado una campaña de propaganda enérgica; lleva pronunciados más de doscientos discursos, cuya síntesis se halla en el siguiente silogismo: «Todos nuestros males provienen de no tener medios fáciles de comunicación; para tenerlos hace falta un hombre que se mueva donde hay que moverse; pues bien: yo me ofrezco á ser ese hombre.)^ El argumento, como se ve, no admite réplica. Yo, sin embargo, creí que no estarían de más algunas aclaraciones, y apoyado en la antigua «34 amistad que me une con González, le escribí la siguiente carta: «Estimado amigo: Leo con sumo interés lasnoticias que da la prensa sobre tu brillante campaña política, y encuentro en ellas un buen agarradero para reanudar nuestras viejas y un tanto olvidadas relaciones. El mundo es demasiado grande, y cuando dos amigos se separan no saben cuándo ni cómo se volverán á encontrar: lo más que puede hacerse es tener confianza en la firmeza de la amistad y en el servicio de correos. Así, pues, me daré por contentísimo si esta carta que te escribo desde las cercanías del Polo Norte llega á tu poder, y te suena á consejo de amigo verdadero y desinteresado. Y ahora empieza mi cuento.

»No hallo nada que censurar en tus aficiones políticas; sé que dispones de recursos sobrados para vivir, y que sola te espolea el picaro deseo de colocarte en un sitio visible y en el que te sea fácil trabajar por el bien común. Tú no vas á ensuciarte, estoy seguro de ello, y eres una «fuerza sana» de nuestra política. Pero á mi ver equivocas el camino, y porque creo que te equivocas es por lo que molesto tu atención.

»Desdfc que llegué á este país, habré leído hasta cuatrocientos artículos referentes á la manteca; yo, que soy poco amigo de grasas, estoy, sólo de leer, empachado. Todos los días traen los periódicos algo sobre la manteca; «smoerfragan» «s el epígrafe general de los trabajos que se pu-r blican sobre «la cuestión de la manteca;)» debe de haber redactores especiales que conozcan á fondo tan substanciosa materia, y luego hay otros epígrafes como «smoerexport,» exportación de mantecas; «smoerrnoteringar,» notas de precios del artículo; «smosrprofningarna,» 6 sean ensayos y análisis, etc., etc.

»Es decir, que aquí hay una porción de personas distinguidas qué se consagran principal y acaso exclusivamente al estudio de las mil cuestiones que afectan á la preparación y exportación de manteca. Después de la madera en bruto ó labrada, artículo que ocupa el primer lugar en la exportación, viene la manteca, que compite en calidad y precio con la más celebrada de Holanda ó Dinamarca; y como es necesario aumentar constantemente la exportación para adquirir otros muchos artículos indispensables para la vida, los trabajos de quienes en estos asuntos se ocupan son patrióticos y celebrados con igual título que los de la política, las ciencias ó las artes.

»Viendo lo que aquí ocurre y leyendo lo que tú dices sobre la necesidad urgente de construir carreteras en tu distrito, se me ha ocurrido pensar que tienes un medio más seguro de extender tu influencia y de conseguir el triunfo de tu candidatura. Si mal no recuerdo, tu abuelo amasó la fortuna de que tú ahora disfrutas negociando en jamones alpujarreños, en los jamones famosos y celebrados urbi et orbi bajo la advocación de Trevelez. ¿Por qué no reanudas tú los negocios con los medios é inteligencia que posees, y «creas una fuente de riqueza» que con el tiempo abriría ella sola sus propios caminos? Tú me dirás que antes de trabajar hacen taita medios de comunicación, y caeremos, como siempre ocurre, en el insoluble problema de qué fué lo primero: el huevo ó la gallina. Yo tengo vehementes sospechas de que lo primero fué la gallina, y de que lo primero que debe haber en tu distrito es una gran exuberancia de jamones.

Si pusieras manos en el asunto, tendrías materia para no acabar nunca: i.°, mejoramiento de la raza porcina por medio del cruce y de la alimentación apropiada: libros hay escritos sobre el particular, y tú podrías hacer observaciones y ensayos por cuenta propia y escribir un nuevo tratado; y si te sientes poeta, componer un poema épico con el título de la «Cerdada;» 2.^, preparación y conservación de jamones hasta conseguir que los de Trevelez, no sólo sean muy buenos,.sino que sean los mejores del globo, y dejen tamañitos á los de Westfalia; 3.°, lanzamiento del artículo con arreglo al arte comercial moderno, para aumentar el consumo hasta donde lo permitieran los medios de producción. Hay, pues, tela cortada para rato. No creo que tengas impedimiento alguno para trabajar en tan bella obra; hoy no deshonra ningún oficio, y si quedan aún algunas preocupaciones ridiculas, hay que echarlas abajo corf hechos contundentes.

Ya sé que tú desciendes en linea recta, según los genealogistas más autorizados, nada menos que del Conde Fernán González. Pero hoy trabajan también los aristócratas, pues en algo han de entretener el tiempo. No há mucho hice yo un viaje á Hangoe, y fui todo el camino hablando con un noble finlandés, el barón Hisinger, dueño de una gran fábrica de instrumentos agrícolas, establecido en Bilnaes; y todas sus preguntas iban encaminadas á averiguar los derechos de importación de herramientas en España, precios, estado de nuestra industria metalúrgica, etc. La idea de mi interpelante es fabricar más barato aún que los alemanes y crear un nuevo ramo de exportación, y todo podría ser que lo consiguiera. No dejes de contestarme, diciéndome con franqueza qué te parece mi consejo, y cuenta siempre con la buena amistad de tu antiguo condiscípulo y amigo invariable, etc., etc.»

A esta carta mía contestó á vuelta de correo mi amigo con otra, que copio á la letra, no sin sentir cierto escozorcillo por el abuso de confianza que á sabiendas conieto: «Mi muy estimado amigo: Ante todo un millón de gracias por tu carta, que me ha llenado de satisfacción. Al cabo de cinco años de silencio, lo que yo menos podía esperarme era una carta tuya, y una carta escrita desde donde la escribes. ^*Cómo podía yo figurarme que te acordaras aún de mí, y que estuvieras tan al tanto de las idas y venidas de este pequeño átomo social? Te repito que tu carta ha sido para mf una verdadera sorpresa.

»En efecto, amigo mío: me picó la moscarda política, y más que por vanidad, como supones,. por compromiso, ando en estos belenes, de los que acaso salga con las manos en la cabeza. La verdad es que me aburría sin hacer nada, y que ahora por lo menos me distraigo; la política,, cuando se le toma el gusto, tiene grandes atractivos, que compensan ampliamente los disgustos y quebrantos que proporciona.

»Pero aun así y todo, dichoso tú que huyes como un filósofo de estas miserias humanas, y que no te tomas ni el trabajo de comprenderlas. Y digo esto, porque tu carta revela un desconocimiento tal de lo que es nuestra nación, que parece que escribes, no ya desde Finlandia, sino desde la luna. Si yo siguiera tus consejos, no sería flojo el regocijo que daría á mis adversarios; hoy me ponen reparos, porque mi fortuna viene del negocio que á tí te entusiasma: si yo reanudara la tradición familiar, me llamarían el Marqués de los Jamones y habría concluido mi vida política. Hay dos ó tres negocios que están de moda y en los que se puede trabajar sin peligro: por ejemplo, la fabricación de azúcar. Cuando se habla de un ingenio, el público se figura algo muy grande, en que el amo es como un reyezuelo ó un señor á la antigua; se recuerda que en los ingenios había antes esclavos á quienes apalear, y la imaginación, recogiendo éstos y otros detalles, fornía su caramHlo y en--cubre la parte vulgar que puede ^haber en ese género de industria. Pero en la de janiones no hemos dado aún un paso y todo el que la toque se ensucia.

»Yo no quiero aumentar mi caudal: quiero vivir sin preocupaciones; y para no estar completamente ocioso' me he metido en la política; Y como hay necesidad de hablar, hablo sobre el tema que más interesa ahora, sobre los medios de comunicación. El tema es inagotable, y una vez que se le domina se pueden improvisar bellos discursos, en que se habla de las carreteras como lazos de unión entre los hombres, como red de arterias y venas por donde circular la riqueza, es decir, la sangre de los pueblos. Esto gusta y á esto hay que atenerse.

»Quizás en el fondo tú llevas la razón; pero en mi distrito soy yo quien está en lo firme. Esto no es Finlandia, y yo creo que es mejor que Finlandia; porque aquí queda aún fantasía, y no estamos aún subyugados por el materialismo ni por el utilitarismo. Por lo demás, yo te aseguro, con la conguiente reserva, que si salgo adelante con mis planes, no he de hacer nada para que construyan vías de comunicación: hay que ir dando largas y dejando el trabajo á los que vengan detrás, porque las gentes nunca están satisfechas, y si se les da lo que ahora piden, no tardarán en pedir algo nuevo.

)>Dispénsame la excesiva franqueza con que te hablo; examina con imparcialidad mis razonamientos, y creo que comprenderás el error en que te hallas; y que esto no sea ocasión para que se interrumpan de nuevo nuestras relaciones, que desearía estrechar con una correspondencia continuada y frecuente, tu amigo, etc.»

Después de leer esta carta he pensado: «González es un picaro; pero González lleva toda la razón.»

VIII Diversos estados sociales de la mujer: solteras, casadas» viudas y divorciadas.

Cuando se escribe sobre cualquier país, basta de ordinario hablar del hombre. El hombre es el ser humano en general, varón y hembra, y lo que de e'l se dice se aplica á los dos sexos. Aquí en Finlandia la regla no es estrictamente aplicable, porque la hembra ha sacado los pies del plato. La «kvinna,» la mujer, es pájaro de cuenta: tiene su personalidad propia y bien mar* cada, y merece un estudio psicológico 'aparte. Voy, pues, á escribir varias cartas sobre la mujer, estudiándola de fuera adentro, y principia mi tarea por lo que es más exterior: por el estado social. Hablaré de las solteras, de las ca-»-sadas, de las viudas y de las divorciadas; de las monjas no puedo hablar, porque no las hay.

El tipo más curioso de la mujer es la soltera que vive sola. La que vive con su familia es poco más ó menos como en todas partes, sólo que aquí tiene una libertad de movimientos ex-^ traordinaria. Desde pequeños, los muchachos y las muchachas estudian juntos en la escuela y van y vienen en pandilla; y esta unión, esta intimidad se prolonga durante los estudios secundarios, que forman la educación corriente de la mujer, y los facultativos ó universitarios, seguidos también por gran número de señoritas. La mujer ve en el hombre un compañero de estudios, un camarada, un amigo, con el que se puede tratar como una amiga, salvo en los casos* en que la amistad se transforma en sentimiento más íntimo, en «kaerlek» ó amor. Mas este amor no es chispazo divino ni un arrebato frenético: es una amistad más tierna y cariñosa. La palabra kaerlek se compone de kaer^ que se pronuncia cher^ y significa en francés «querido,» y de /e^, que quiere decir «juego:» así, pues, kaerlek no es más que un «juego de afectos,» una broma sin consecuencias. Hay mujeres que se caen; pero se caen porque quieren, después de pensarlo muy despacio: la cabeza está siempre despejada, y el corazón funciona como un cronómetro. Sólo un Hércules podría acometer el trabajo de trastornar la brújula de «na mujer finlandesa.

Aunque aquí la mujer no es tan libre como en Rusia, no faltan señoritas que comprendan, al menos teóricamente, las ventajas de la unión libre; pero si se decidieran á cometer una tontería, la cometerían intelectualmente. La frescura del temperamento, apoyada por la instrucción, k «43 k «43 salva á estas mujeres de la caída pasional; de suerte que para engañarlas no queda más camino abierto que el de la propaganda cientíil-. ca. Don Juan tiene que convertirse aquí en maestro de escuela, porque Doña Inés está cargada de diplomas; en vez de declamar tiradas de versos apasionados, tiene que discutir como \in sofista. Para comprender la concepción amorosa de este país, basta ver en los escaparates de las librerías las colecciones de estampas que están de muestra: muchas son de las que en España se venden de ocultis; lo que para nosotros es obsceno y peligroso, porque forma parte de las costumbres — de las malas costumbres, — aquí es inofensivo, porque dista mucho de la realidad. Una joven que ve una mujer desnuda en actitud escabrosa, cree que aquello es mitológico y se queda tan tranquila como si viera la Venus de Milo. A una señorita, conocida mía, muy aficionada á la literatura francesa, le di yo una vez varios periódicos y revistas, advirtiéndole que faltaba un número de cierta revista parisiense en el que venía una escena, no ya indecente, sino hasta sucia. — Eso no importa— me contestó la froeken, un tanto picada por el acto de tutela que yo pretendía ejercer: — no tenga usted reparo en dármelo. Yo miro esas cosas desde un punto de vista artístico.

La mujer finlandesa sabe usar de su libertad. Como en España los padres dejan ir á sus hijos á estudiar á las capitales donde pueden seguir la carrera que se ha elegido, aquí se deja también ir á las hijas. Hay muchas señoritas que viven solas como los hombres: unas vienen á estudiar ó á pretender empleos; otras trabajan en oficinas públicas ó privadas; dan lecciones de idiomas^ de música, de pintura. Tienen sus amigos y dan pequeñas reuniones en las horas libres de trabajo ó en los días de fiesta. No hay inconveniente en que una joven vaya á casa de un hombre soltero á dar lecciones ó á tomarlas, ni en que á su vez invite á un amigo á tomar una taza de té y á charlar un rato. El público no murmura mientras no hay actos «exteriores» que dan á entender que se han perdido los estribos. Dentro de su casa cada cual hace lo que quiere: una mujer que da lecciones de idiomas no es más que una «spraklaerarinna,» y si sus discípulos aprenden ó no aprenden, á nadie le interesa saberlo. La ley no puede hacer más que prohibir la aglomeración de señoritas solas en una casa cuando no se va por buen camino; no está permitido que vivan juntas más de dos. De estas mujeres sueltas, algunas se encariñan con la vida libre y sacuden el yugo masculino: comienzan por hablar mal de los hombres; luego compran una bicicleta, y, por último, se cortan el pelo. Hay emancipadas palomas, de esas que pudiéramos llamar «feas definitivas,» que cuando se cortan el pelo quisieran cortarse hasta el cráneo; pero las demás, las que tienen algún agarradero, no pierden nunca la esperanza, y se dejarían crecer la cabellera si alguien con interés y cariño se lo aconsejara. Hasta he creído notar que las mujeres que se dedican á trabajos más vulgares tienen mayor propensión á la vida sentimental: el prosaísmo de sus ocupaciones les quita la gracia y delicadeza de la expresión; pero debajo de apariencias adustas, masculinas, se conserva la idea madre, la idea constitutiva de la naturaleza de la mujer: la de rendirse y someterse, de mejor ó peor gana, á la autoridad natural del hombre.

Lo más extraño, dada la libertad de las costumbres, es la importancia que aquí tiene el noviazgo ó prometimiento. Un hombre y una mujer pueden conocerse á fondo, tratándose como amigos íntimos, mucho mejor que en España los novios cuyas relaciones están sujetas á mil cortapisas; y sin embargo, no se dan por satisfechos: necesitan verse aún más de cerca, y de amigos pasan á «foerlofvade.» Con este título en los periódicos suecos, y con el de «kihloissa» en los finlandeses, hay en primera plana una sección donde los novios publican juntos sus nombres.

El «foerlofning» se reduce al cambio de anillos, y no crea ninguna obligación: hay señorita que ha tenido tres ó cyatro; pero influye en las relaciones sociales, pues los novios pueden ir solos por todas partes, viajar juntos y permitirse alguna que otra expansión inocente. La joven que antes saludaba con un duro apretón de manos, puede suavizar un poco el movimiento y manifestar su ternura arreglándole la corbata á su amante, ó limpiándole las pelusas del gabán. La moralidad no padece, porque el noviazgo es un período de prueba para la mujer, y ésta sabe que en el juego le va el casorio.

Cuando los novios se han hartado de jugar (no se olvide que aquí el amor es un- juego), se pasa á mayores y viene el casamiento, que se anuncia también en la sección de «Vigde» en sueco, y «Vihityt» en finlandés, poniendo, como en la de «Foerlofvade,» el nombre de la mujer y el del marido, y además la iglesia en que ha tenido lugar la ceremonia. Entonces empieza la mujer á funcionar en su papel propio, pero sin cambiar tan bruscamente de vida como la mujer española. En general la mujer casada es aquí muy callejera, porque tiene el hábito adquirido en el período de soltería; mas aparte de este pun-. to ñaco y de que algunas señoras no se avienen al régimen autoritario, la mujer casada es excelente, continúa trabajando en labores que pueden hacerse en casa (esto aun en las familias de buena posición) y es un auxiliar del marido; es experimentada é instruida como el hombre, y está unida con él, no sólo por el afecto ó por los intereses domésticos, sino por la comunidad intelectual.

Yo comprendo las ventajas de la familia intelectual á estilo finlandés, y prefiero la familia sentimental á la española. En España, un hom- H7.

H7.

bre de ciencia ó de arte encuentra con dificultad una mujer que se interese por sus trabajos: tiene que pensar solo; pero el pensar no es toda la vida. Hay muchos hombres que no piensan •casi nunca; y de los que piensan, hay también muchos que lo hacen de tarde en tarde: así, pues, lo intelectual en la mujer es secundario, s¡ se atiende al papel que ésta representa en la vida del hombre! Muy bello sería que la mujer, sin abandonar sus naturales funciones, se instruyera con discreción; pero si ha de instruirse con miras emancipadoras ó revolucionarias, preferible es que no salga de la cocina. La mujer finlandesa no está conforme aún con su situación: envidia á la rusa y á la norte-americana, y cree que á fuerza de estudios ha de lograr nivelarse con ^1 hombre; mas al casarse, y á veces antes, nota que la tiranía no viene del hombre, sino de la naturaleza femenina, y particularmente de la maternidad, y procura descargarse de este fatigoso deber. Hay quien cree que á las señoras inteligentes se les seca la matriz: yo opino que lo que se les seca es la voluntad. En cuanto una mujer adquiere conciencia exacta de sus obligaciones, y obra, no por instinto, sino por reflexión y cálculo, se insubordina contra su propia naturaleza, donde está la causa de sus penalidades, y se convierte en un hombre estrecho de hombros y corto de piernas, en una calamidad estética y social.

Aunque aquí se nota á las claras que los duros trabajos de la generación corren principalmente á cargo de las clases pobres y de los campesinos^ no se ha llegado todavía al ideal moderno. Y las señoras sabias y multiftngües se resignan, bien que con marcado disgusto, á ser madres de familia. El nacimiento de un nuevo ser es aquf algo más importante que en España, y se anuncia también en la prensa como todos los actos de la vida familiar. No es necesario conocer á un periodista para que el público se entere del fausto acontecimiento, pues en la primera plana de los periódicos hay una sección de <#cFoedde» ó «Syntynit,» donde los padres dan cuenta del aumento de familia en los términos entusiastas con que aquí se hace todo. La forma más seria es poner en letras muy grandes: «En dotter» ó «En gosse,» y debajo los nombres de la madre y del padre y la fecha y localidad, pues se anuncia el hecho donde quiera que los padres tienen amigos y quieren hacer público su regocijo. Ordinariamente el lugar de «dotter» 6 hija se pone algo más expresivo, por ejemplo: «En frisk flicka,» «En rask ñicka,»— una robusta niña; — «En naett toes,»— una linda muchacha,—y si es en finlandés, «Reipas Tyttoe;» y en vez de «gosse» ó niño, «En rask gosse,» «En duktig gosse» ó «Reipas Poika» y otros semejantes. Este y otros mil rasgos existen aquí, que revelan cierto candor y naturalidad propios de pueblos primitivos, en pugna con los refinamientos de una cultura algo artificiosa.