ES PROPIEDAD A raíz del desastre, dos pensadores de la talla de Angel Ganivet y Miguel de Unamuno, escribieron los capítulos que integran este libro trazando un camino ideal por el que España pudiera llegar á la cicatrización de la herida profunda que acababan de inferirle sus propios errores.
Han pasado desde entonces catorce años y los problemas que en estas páginas se tratan permanecen en igual situación que aquellos días; durante período tan largo el país ha dormido; por eso reproducimos esta voz que quiso despertarle.
Se habla aquí de la guerra, de la conquista de África, del socialismo, de los partidos políticos, de la enseñanza, del problema económico, de la religión, de todo, en fin, lo que sigue inquietando á la nación, de todo lo que continúa y continuará siendo de transcendental y cálida actualidad.
Muerto Ganivet, estas son sus últimas palabras sobre el porvenir de España, y si es cierto que el espíritu y el pensamiento del insigne Unamuno han podido evolucionar en parte, no lo es menos que el país sigue padeciendo de los mismos males, y que, por tanto, los remedios, no fracasados, guardan aún toda su eficacia. Por eso se publica este libro.
Los Editores.
ACLARACIONES PREVIAS Conocí á Angel Ganivet en la primavera de 1891 hallándonos ambos en Madrid con el fin de hacer oposiciones á cátedras de griego, yo á esta de Salamanca que profeso, y él á una de Granada. El Tribunal, presidido por mi venerado Maestro D. Marcelino Menéndez y Pelayo, era el mismo para las dos oposicianes, pero los ejercicios eran distintos; primero, los de la cátedra de Salamanca, y después, los de Granada. Ganivet asistió á mis ejercicios todos y yo á los suyos, y todos los días de aquellos alegres y claros de Mayo y Junio, nos reuníamos después de almorzar en el café, y después de haber concluido los ejercicios, á media tarde, nos íbamos á tomar sendos helados—de que, como yo, era goloso — á una horchatería de la Carrera de San Jerónimo y desde allí al Retiro.
Tenía yo entonces veintisiete años aún no cumplidos y era Ganivet algo más que un año más joven que yo. El por aquel tiempo hablaba mucho menos que me han dicho hablaba después, y yo hablaba tanto ó más, que he seguido hablando, y era yo, por lo tanto, quien de ordinario llevaba la palabra. Pero sus observaciones é interrupciones eran agudas y sutiles, aunque creo recordar que no siempre congruentes. De lo que más hago memoria es de las cosas que de los gitanos de Granada me contaba, y él escribió más tarde, recordar unas ranas algo antropomórficas que solía dibujar yo en la mesa del café, pues por aquel tiempo me entró el capricho, sugerido por un dibujo japonés, de ilustrar la Batracomiomaqüía, para lo que me había provisto de ranas, á las que con una especie de potro, colocaba en posturas humanas, tomando luego apuntes del natural de ellas.
Después de una compañía cotidiana de más de mes y medio, reuniéndonos y conversando día á día, Ganivet y yo nos separamos, yo para venir á mi cátedra de Salamanca, y él, pues no le dieron la de Granada, que se llevó D. José Alemany, muy excelente helenista hoy, para ir á vivir la vida de Pío Cid y á prepararse á oposiciones al Cuerpo consular. Y pasó el tiempo, y yo, justo es decirlo, llegué casi á olvidar á aquel granadino parco en palabras que durante mes y medio me sirvió á diario de ¡oh, amado Teótimo! para ejercer mi instinto de charla.
Algunos años después de esto, hacia 1896, hallándose en ésta de Catedrático de Derecho civil mi muy querido amigo el granadino D. José María Segura, uno de los hombres más simpáticos y de los conversadores más amenos é ingeniosos que he conocido, me dijo si no me acordaba de un cierto Angel Ganivet á quien en Madrid había conocido y me dió unas correspondencias escritas por éste desde Gante á El Defensor de Granada. Las leí y me encontré con otro hombre que el que en nuestras conversaciones se me había mostrado. Le escribí, me contestó y trabamos una nueva relación, ésta epistolar, que no se interrumpió hasta pocos días antes de su misteriosa y tal vez trágica muerte en que me escribió su última carta de nuestra correspondencia, una carta desolada y trágica. Porque yo no sé bien lo que escribiría á otros, pero en las cartas que á mí me escribió, el trágico problema de ultratumba palpitaba siempre.
De ésta nuestra correspondencia, que duró dos años, nació la idea de cambiar cartas abiertas y públicas en El Defensor de Granada en que expusiéramos los dos nuestros respectivos puntos de vista por entonces referentes al porvenir de España, objeto primordial de la preocupación suya y de la mía.
Tal es el origen de estos escritos que hoy publica la "Biblioteca Renacimiento,,.
Como han pasado cerca de catorce años desde que estas cartas abiertas se publicaron y en estos años he cambiado no poco en mi manera de ver y apreciar nuestras cosas yo, por mi parte, habría condenado á no ser jamás reeditada la parte que en este volumen me corresponde, y si he accedido á ello, es sólo para que así resulte más claro y más justificado lo de Ganivet que á lo mío se refiere como lo mío á lo suyo. Quiero, pues, hacer constar que sólo como antecedente ó más bien concomitante de una obra de Ganivet dejo que se publique mi parte.
Ni es cosa tampoco, me parece, de que me ponga ahora aquí á señalar aquellos puntos en que ratificaría y aquellos otros en que rectificaría ó refutaría hoy mis opiniones de entonces. La conducta de todo hombre que de veras vive y no es esclavo de una embrutecedora y tiránica consecuencia, es una continuación, ratificación y rectificación de su pasado. Y en un escritor basta seguirle. Además, no tengo ahora á la vista el material de este volumen y ni recuerdo tampoco lo que escribí entonces.
Aunque aquí trato de Ganivet he de tratar también, por fuerza, de mí mismo, y el lector ha de permitirme un desahogo, desahogo que dejo se achaque á ese egotismo que algunos me reprochan.
Es el caso que al hablar de Ganivet algunos le han llamado precursor, y de hecho todos somos precursores de los que nos siguen y continuadores de los que nos preceden, pues la cadena humana no se rompe sino para los locos. Ahora, cuando al llamarle precursor se han referido, entre otros, en alguna ocasión á mí, tiene ello un sentido contra el que quiero protestar. Porque si se llama precursor al que muere antes que otro, como Ganivet murió hace más de trece años, y yo, por la gracia de Dios, aún vivo, claro es que meprecurrió en la muerte; pero si se aplica al nacimiento natural, yo nací un año, tres meses y catorce días antes que él, y si al nacimiento espiritual, como publicistas, también empecé á escribir antes que él.
Cuando Ganivet publicó su Idearium español, hacía ya algún tiempo que había publicado yo en La España Moderna, en los números de los meses de Febrero á Junio de 1895, mis cinco ensayos En torno al casticismo, en los que se encuentran, en germen unas veces y otras desarrolladas, no pocas UNAMUNO Y GANIVhT ideas del Idear ium. Lo que podría comprobar con las cartas mismas que Ganivet me escribió. Es decir, y lo digo redondamente y sin ambajes, que si entre Ganivet y yo hubo influencia mutua fué mucha mayor la mía sobre él que la de él sobre mí.
Esto podrá parecer un pretexto para recriminaciones por carambola, y sobre un muerto venerando, que es peor, y de hecho lo es. Porque sí; de Ganivet, de aquel hombre todo pasión y lealtad, nada sino mucho bueno tengo que decir; pero ya estoy harto de oir que niegan haberme conocido y conversado conmigo los que más me de ben — aunque yo también les deba algo— y de ser víctima del robo con asesinato.
No me he dedicado nunca á administrador, con mayores ó menores emolumentos de administración, de la gloria ajena ni á exhibir las cartas de altos espíritus que á cambio de las muchas que yo he escrito he recibido; pero guardo el culto de los hombres en uno ú otro sentido heroicos con los que he tenido la suerte de encontrarme alguna vez é ir un trecho del brazo por el camino de la vida. Y sé que si Ganivet resucitara aprobaría mi anterior desahogo.
Y hechas estas aclaraciones personales, demasiado personales, en exceso humanas acaso, aquí quedan al lector las cartas abiertas de Ganivet y mías, debiendo repetirle una vez más que por lo que hace á éstas, á las mías, quedan invalidadas por cuanto después he escrito sobre los mismos temas y que hoy por hoy sólo en parte respondo de ellas. Aunque en rigor un escrito una vez publicado no es ya del autor, sino de todo el que lo lea, y habrá de seguro quien se encuentre más de acuerdo con lo que escribí hace catorce años que con lo que escribo yo. Pero no seré éste yo, seguramente.
De lo que me felicito es de poder contribuir á que sea mejor conocido aquel hombre de pasión, de pasión más que de idea, aquel gran sentidor, sentidor más que pensador — lo mismo que Joaquín Costa, otro apasionado y sentidor— en esta tierra en que es pasión y sentimiento y entusiasmo más que ideas y doctrinas lo que falta.
Miguel de Unamuno.
Salamanca, Febrero 1912.
PRIMERA PARTE DE MIGUEL DE UNAMUNO ANGEL GANIVET I Espero no haya usted dado á com pleto olvido, amigo y compañero Ganivet, aquellas para mi felices tardes de Junio de 1891, en que trabamos unas relaciones demasiado pronto interrumpidas, mucho antes, sin duda, de que llegásemos á conocernos uno á otro más por dentro. Débole por mi parte confesar que, al volver al cabo de los años á saber de usted y al conocerle de nuevo en sus escritos, me he encontrado con un hombre para mi nuevo, y de veras nuevo, un hombre nuevo, como los que tanta falta nos hacen en esta pobre España, ansiosa de renovación espiritual.
Su Idearium español, ha sido una verdadera revelación para mi. Al leerle, me decía: "Torpe de mi, que no le conocí entonces...éste, éste es aquél que tales cosas me dijo de los gitanos una tarde en el café, en libre charla.,, Esa libre y ondulante meditación del Idearium, merece, en verdad, no haber despertado en España ni los entusiasmos ni las polémicas que obra análoga hubiese provocado en otro país más dichoso, y lo merece así por la misma merced, por la que mereció abandonar la vida sin haber recibido el premio á que se había hecho acreedor aquel Agatón Tinoco, cuya muerte tan hermosamente usted nos narra. Vale más que su obra haya entrado á paso tan quedo que no el que hubiese hecho rebrotar á su cuenta el centón de sandeces y simplezas aquí de rigor en casos tales.
El Idearium se me presenta como alta roca á cuya cima orean vientos puros, destacándose del pantano de nuestra actual literatura, charca de aguas muertas y estancadas de donde se desprenden los miasmas que tienen sumidos en fiebre palúdica espiritual á nuestros jóvenes intelectuales. No es, por desgracia, ni la insubordinación ni la anarquía lo que, como usted insinúa, domina en nuestras letras; es la ramplonería y la insignificancia que brotan como de manantial de nuestra infilosofía y nuestra irreligión, es el triunfo de todo género que no haga pensar.
En tal estado de cosas, al concacto espiritual con obras tales como su Idearium, se fortifica en el ánimo el santo impulso de la sinceridad, tan cohibida y avergonzada como anda por acá la pobre. Porque entre tantos prestigios de que según dicen necesitamos con urgencia, nadie se acuerda del prestigio de la verdad, ni nadie se para tampoco á reflexionar en que nunca es una verdad más oportuna que cuando menos lo parezca serlo á los que de prudentes se precian y se pasan. En este sentido no conozco en España hombre más oportuno que el señor Tí y Margal!. Espera á que la muela le duela para recomendar su extracción.
Oportunísimo es ahora ese su libro de honrada sinceridad, ese valiente Idear ium en que afirma usted que "en presencia de la ruina espiritual de España hay que ponerse una piedra en el sitio donde está el corazón y hay que arrojar aunque sea un millón de españoles á los lobos, si no queremos arrojarnos todos á los puercos,,.
Sí, como usted dice muy bien, España, como Segismundo, fué arrancada de su caverna y lanzada al foco de la vida europea, y "después de muchos y extraordinarios sucesos, que parecen más fantásticos que reales, volvemos á la razón en nuestra antigua caverna, en la que nos hallamos al presente encadenados por nuestra miseria y nuestra pobreza, y preguntamos si toda esa historia fué realidad ó fué sueño,,. Sueño, sueño y nada más que sueño ha sido mucho de eso, tan sueño como la batalla aquella de Villalar, de que usted habla, y que según parece no ha pasado de sueño, y si la hubo, no fué en todo caso más batalla que la de Cavite, que de tal no ha tenido nada.
No está mal que soñemos, pero acordándonos, como Segismundo, de que hemos de despertar de este gusto al mejor tiempo, atengámonos á obrar bien.
«pues no se pierde el hacer bien ni aun en sueños. >> Hay otro hermoso símbolo de nuestra España, moribunda, según Salisbury, y es aquel honrado hidalgo manchego Alonso Quijano, que mereció el sobrenombre de Bueno, y que al morir se preparó á nueva vida renunciando á sus locuras y á la vanidad de sus hazañosas empresas, volviendo así su muerte en su provecho lo que había sido en su daño.
Pero de esto y de la necesaria muerte de toda nación en cuanto tal, y de su más probable transformación futura, diré lo que me ocurra en otro capítulo.
Para él dejo la tarea de exponer con entera sinceridad las reflexiones que su preñado Idearium me ha sugerido acerca del porvenir de los pueblos apremiados en naciones y estados y acerca del porvenir de nuestra España sobre todo. Empezaré por D. Quijote II Don Quijote y su escudero Sancho son en el dualismo armónico que manteniéndolos distintos los unía, símbolo eterno de la humanidad en general y de nuestro pueblo español muy especial. Por lo común, desconociendo el idealismo sancho -pancesco, el alto idealismo del hombre sencillo que que- * dando cuerdo sigue al loco, y á quien la fe en el loco le da esperanza de ínsula, solemos fijarnos en Don Quijote y rendir culto al quijotismo, sin perjuicio de escarnecerlo cuando por cul~ pa de él nos vemos quebrantados y molidos.
Una enfermedad es trastorno del funcionamiento fisiológico normal, pero rarísima vez destrucción de éste.
La locura, que es trastorno del juicio, lo perturba, pero no lo destruye. Cada loco es loco de su cordura, y sobre el fondo de ésta disparata, conservando al perder el juicio su indestructible carácter y su fondo moral.
Así conservó Don Quijote, bajo los desatinos de su fantasía descarriada por los condenados libros, la sanidad moral de Alonso el Bueno, y esta sanidad es lo que hay que buscar en él. Ella le inspiró su hermoso razonamiento á los cabreros; ella le dictó aquellas razones de alta justicia, como usted muy bien indica, amigo Ganivety en que basó la liberación de los Galeotes.
Pero sucede, por mal de nuestros pecados, que cuando se invoca en España á Don Quijote es siempre que se acomete á molinos de viento, ó cuando la trabajamos con pacíficos frailes de San Benito, ó para acometer sin razón ni sentido á algún nuevo caballero vizcaíno. Conviene, pues, ver el fondo inmoral de la quijotesca locura, Las empecatadas lecturas de los mentirosos libros de caballerías, última escoria de aquel híbrido monstruo de paganismo real y cristianismo aparente que se llamó ideal caballeresco; tales lecturas despertaron en el honrado hidalgo la vanidad y la soberbia que duerme en el pozo de toda alma humana. Preocupábase de pasar á la historia y dar qué cantar á los romances; creíase uno de los "ministros de Dios en la tierra y brazos por quien se ejecuta en ella su justicia,,, y de tal modo le engañó el enemigo que bajo sombra de justicia fué á imponer á los demás su espíritu y á erigirse en arbitro de los hombres. Cuando Vivaldo le argulló el que no se acordasen los caballeros andantes antes de Dios que de su dama, esquivó la definitiva respuesta.
Me llevaría muy lejos el disertar acerca de lo profundamente anti-cristiano é inhumano, por lo tanto, al fin y al cabo, que resultan el ideal caballeresco, el pundonor del duelista, la tan decantada hidalguía y todo heroísmo que olvida el evangélico "no resistáis al mal,,. Nunca me he convencido de lo religioso del llamado derecho de defensa, como de ninguno de los males, supuestos necesarios, como es la guerra misma. Si el fin del cristianismo no fuese libertarnos de esas necesidades, nada tendría de sobre-humano. A lo imposible hay que tender, que es lo que Jesús nos pidió al decirnos que fuésemos perfectos como su Padre.
Y volviendo á nuestro Quijote, creo yo que las más de las desdichas del español son fruto de sus pecados, como las de todos los pueblos. Nuestro pecado capital fué y sigue siendo el carácter impositivo y un absurdo sentido de la unidad. Mientras otros pueblos se acercaron á éstos ó aquéllos para explotarlos, en lo que sin duda cabe beneficio á la vez que explotación mutuas, nos empeñamos nosotros en imponer nuestro espíritu, creencias é ideales, á gentes de una estructura espiritual muy diferente á la nuestra. En Europa misma combatimos á éstos ó á aquéllos porque tenían sobre tal ó cual punto tal idea, cuando resulta, en fin de cuenta, que nosotros no teníamos ninguna.
Más de una vez se ha dicho que el español trató de elevar al indio á sí, y esto no es en el fondo más que una imposición de soberanía. El único modo de elevar al prójimo es ayudarle á que sea más él cada vez, á que se de- * puré en su línea propia, no en la nuestra. Vale, sin duda, más un buen guaraní ó un tagalo que un mal español.
"Colonizar no es ir al negocio, sino civilizar pueblos y dar expansión á las ideas,,, dice usted. Y yo digo: ¿á qué ideas? Y, además, el ir al negocio, ¿no puede resultar acaso el medio mejor y más práctico de civilizar pueblos? Con nuestro sistema no hemos conseguido ni aun lo que Pío Cid en el reino de Maya. Yo no sé si como ha habido civilización china, asiría, caldea, judáica, griega, romana, etc., cabrá civilización tagala; pero es el hecho que nada hemos puesto por despertarla, contentándonos con provocar entre los indígenas filipinos el fetichismo pseudocristiano.
"No por culpa mía, sino de mi caballo, estoy aquí tendido,,, gritaba Don Quijote con arrogancia. Así nos sucede á nosotros, tendidos por culpa de los malos gobiernos, después de no haber llevado otro camino que el que quieren éstos, que en ello consiste la fuerza de las aventuras.
Y viendo que no podemos menearnos, acordamos de acogernos á nuestro ordinario remedio, que es pensar en algún paso de nuestros libros de historia, pues todo cuanto pensamos, vemos ó imaginamos, nos parece ser hecho y pasar al modo de lo que hemos leído. ¡Esa condenada historia que no nos deja ver lo que hay debajo de ella!
uHemos tenido, después de períodos sin unidad de carácter, un período hispano-romano, otro hispano-visigótico y otro hispano-árabe; el que les sigue será un período hispano-europeo ó hispano-colonial, los primeros de constitución y el último de expansión. Pero no hemos tenido un período español puro, en el cual nuestro espíritu, cons tituído ya, diere sus frutos en su propio territorio; y por no haberlo tenido, la lógica exige que lo tengamos y que nos esforcemos por ser nosotros los iniciadores.,, Esto es pensar con tino, amigo Ganivet. Don Quijote, molido y quebrantado y vencido por el caballero de la Blanca Luna, tiene que volver á su aldea; y desechando ensueños de hacerse pastorcico y de convertir á España en una Arcadia, prepárase á bien morir, renaciendo en el reposado hidalgo Alonso el Bueno.
"¡Verdaderamente se muere y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano el Bueno!,, salió exclamando el cura cuando Don Quijote hizo su última confesión de culpas y de locuras. Es lo que debemos aspirar á que de nosotros se diga. ¿Es que tiene acaso que morir España para volver en su juicio?, exclamará alguien. Tiene, sí, que morir Don Quijote para renacer á nueva vida en el sosegado hidalgo que cuide de su lugar, de su propia hacienda. Y si se me arguye que el mismo hidalgo Alonso murió en cuanto volvió á su juicio, diré que creo firmemente que el fin de las naciones en cuanto tales está más próximo de lo que pudiera creerse— que no en vano el socialismo trabaja — y que conviene se prepare cada cual de ellas á aportar al común acervo de los pueblos lo más puro, es decir, lo más cristiano de cada una. De la perfecta cristianización de nuestro pueblo es de lo que se trata.
III "Duele decirlo, pero hay que decirlo, porque es verdad; después de diez y nueve siglos de apostolado, la idea cristiana pura no ha imperado un sólo día en el mundo.,, Ni imperará, amigo Ganivet, mientras haya naciones y con ellas guerras, ni tampoco imperará en España mientras no nos libertemos del pagano moralismo senequista, cuya exterior semejanza con la corteza del cristianismo hasta á usted mismo ha engañado.
La nación, como categoría histórica transitoria, es lo que más impide que se depure, espiritualice y cristianice el sentimiento patriótico, desligándose de las cadenas del terruño, y dando lugar al sentimiento de la patria espiritual.
La nación, y la historia con ella, es el capullo que protege la vida del patriotismo en larva; pero si ha de convertirse en mariposa espiritual que se bañe en luz y sea fecunda, tiene que romper y abandonar el capullo.
El desarrollo de esto me llevaría muy lejos y tampoco quiero extractar aquí lo que antes de ahora he escrito acerca de la crisis del patriotismo. Lo que sí haré es tomar nota de la mención que al final de su obra hace usted de Robinsón, el héroe típico de la raza anglosajona.
Con tener, como usted dice, Robinsón su semitismo opaco, no hace sino ganar mucho, y en lo de que carezca su alma de expresión no concuerdo con usted, porque ni es la palabra, ni siquiera la idea, la única expresión del alma. "Los ingleses—dice Carlyle— son un pueblo mudo, pueden llevar á cabo grandes hechos, pero no describirlos „ De los griegos en cambio tal vez quepa decir la inversa; toda la grandeza de Aquiles es de Homero.
Don Quijote se creó un mundo ideal que le hizo andar á tajos y mandobles con el real y efectivo y trastornar cuanto tocaba sin enderezar de verdad tuerto alguno, y Robinsón reconstruyó un mundo real y tangible sacándolo de la naturaleza que le rodeaba, allí donde el caballero manchego, sin las alforjas de Sancho se hubiese muerto de ham -bre, á pesar de jactarse de conocer las yerbas.
Un pueblo nuevo tenemos que hacer nos sacándolo de nuestro propio fondo, Robinsones del espíritu, y ese pueblo hemos de irlo á buscar á nuestra roca viva en el fondo popular que con tanto ahinco explora D. Joaquín Costa, investigador, á la vez que del derecho consuetudinario, de la antigüedad ibérica. No creo un absurdo aquello de la instauración de las costumbres celtibéricas, anteriores á los tiempos de la dominación romana, en que soñaba Pérez Pujol, pero lo que creo más vital es la completa despaganización de España. De los árabes no quiero decir nada, les profeso una profunda antipatía, apenas creo en eso que llaman civilización arábiga y considero su paso por España como la mayor calamidad que hemos padecido.
No ahinca usted en su libro en la concepción religiosa española ni en la obra de su cristianización, y aun me parece que en esto no ha llegado usted á aclarar sus conceptos. Sólo así me explico lo que en la página 23 dice usted de la Reforma, juzgándola con notoria injusticia y á mi entender con algún desconocimiento de su última esencia, así como del "verdadero sentido del cristianismo „, que ha de haliarse en la fe que permanece bajo las disputas de los hombres. Así me explico también que al principiar su libro confunda usted el dogma de la Concepción Inmaculada con el de la virginidad de la madre de Jesús.
Es una lástima el que los espíritus más geniales, más vigorosos, más sinceros y más elevados de nuestra patria no hayan trabajado lo debido sus concepciones y sentimientos religiosos, y que en este país, que se precia de muy católico, sea general la semiignorancia en cuanto al catolicismo y su esencia, aun entre los teólogos. La llamada/*? implícita ha tomado un des arrollo que debe espantar á toda alma sinceramente cristiana.
Es menester que nos penetremos de que no hay reino de Dios y justicia sino en la paz, en la paz á todo trance y en todo caso, y que sólo removiendo todo lo que pudiere dar ocasión á guerra es como buscaremos el reino de Dios y su justicia, y se nos dará todo lo demás de añadidura.
Y no prosigo ni despliego por ahora las ideas que acabo de apuntar, porque espero hacerlo con mayor sosiego. Ya sé que se las tachará de pura utopia.
¡Utopias! ¡Utopias! Es lo que más falta nos hace, utopias y utopistas. Las utopias son la sal de la vida del espíritu, y los utopistas, como los caballos de carrera, mantienen, por el cruce espiritual, pura la casta de los útilísimos pensadores de silla, de tiro ó de noria. Por ver en usted, amigo Ganivet, un utopista, le creo uno de esos hombres verdaderamente nuevos que tanta falta nos están haciendo en España.
DE ANGEL GANIVET A MIGUEL DE UNAMUNO No he olvidado, amigo y compañero Unamuno, aquellas tardes que usted me recuerda ni aquellas charlas de café, ni aquellos paseos por la Castellana, cuando con el ardor y la buena fe de estudiantes, recién salidos de las aulas, reformábamos nuestro país á nuestro antojo. Recuerdo aún sus proyectos de entonces, entre los cuales el que más me interesó era el de publicar la Batracomiomaquía de Homero (ó de quien sea), con ilustraciones de usted mismo, que para salir con lucimiento de su árdua empresa, estudiaba á fondo la atonía de los ratones y de las ranas. ¿Qué fué de aquella afición? Sobre la mesa de mármol del café me pintó usted una rana, con tan consumada maestría, que no la he podido olvidar; aún la veo, que me mira fijamente, como si quisiera comerme con los ojos saltones.
Han pasado siete años, que para usted han sido de estudios, y para mí de zarandeo y vagancia, salvo alguna que otra cosilla que he escrito para desahogarme; pero la amistad intelectual, aunque se forme en cuatro ratos de conversación, es tan duradera y firme, que en cuanto usted ha leído un libro mío y ha sabido por él que no me he muerto, ha pensado reavivarla con las tres bellísimas cartas que me envió, publicándolas en El Defensor, para que no se perdieran en el camino. Me encuentra usted completamente cambiado, y yo tampoco le hallo en el mismo punto en que le dejé. Por algo somos hombres y no piedras. Hay quien de la consecuencia hace una virtud, sin fijarse en que la consecuencia del que no piensa, participa mucho de la estupidez. La principal virtud es que cada uno trabaje con su propio cerebro. Si trabajando así es consecuente consigo mismo, tanto mejor.
Lo que más me gusta en sus cartas es que me traen recuerdos é ideas de un buen amigo como usted, con quien me hallo casi de acuerdo, sin que ninguno de los dos hayamos pretendido estar acordes. Lo estamos por casualidad, que es cuanto se puede apetecer, y lo estamos aunque sentimos de modo muy diferente. Usted habla de "despaganizar,, á España, de libertarla del "pagano moralismo senequista,,, y yo soy entusiasta admirador de Séneca; usted profesa antipatía á los árabes, y yo les tengo mucho afecto, sin poderlo remediar. Conste, sin embargo, que mi afecto terminará el día que mis antiguos paisanos acepten el sistema parlamentario y se dediquen á montar en bicicleta.
Usted, amigo Unamuno, desciende en línea recta de aquellos esforzados y tenaces vascones, que jamás quisieron sufrir ancas de nadie; que lucharon contra los romanos, y sólo se sometieron á ellos por fórmula; que no vieron hollado su suelo por la planta de los árabes; que están todavía con él fusil al hombro para defender las libertades modernas, que ellos toman por cosa de farándula. Así se han conservado puros, aferrados al espíritu radical de la nación. Por esto habla usted de la instauración de las costumbres celtibéricas, y cree que el mejor camino para formar un pueblo nuevo en España, es el que Pérez Pujol y Costa han abierto con sus investigaciones. Yo, en cambio, he nacido en la ciudad más cruzada de España, en un pueblo que antes de ser español fué moro, romano y fenicio. Tengo sangre de lemosín, árabe, castellano y murciano, y me hago por necesidad solidario de todas las atrocidades y aun crímenes que los invasores cometieron en nuestro territorio. Si usted suprime á los romanos y á los árabes, no queda de mí quizás más que las piernas; me mata usted sin querer f amigo Unamuno.
Pero lo importante es que usted, aunque sea á regañadientes reconozca la realidad de las influencias que han obrado sobre el espíritu originario de España; porque hay quien lleva su exclusivismo hasta ánegarlas; quien cree ya extirpadas las raíces del paganismo, y quien afirma que los árabes pa~ saron sin dejar huella; sueñan que somos una nación cristiana, cuando el cristianismo en España, como en Europa, no ha llegado todavía á moderar ni el régimen de fuerza en que vivimos, heredado de Roma, ni el espíritu caballeresco que se formó durante la Edad Media, en las luchas por la religión. La influencia mayor que sufrió España, después de la predicación del cristianismo, la que dió vida á nuestro espíritu quijotesco, fué la arábiga. Convirtiendo nuestro suelo en escenario, donde diariamente se representó, siglo tras siglo, la tragedia de la Reconquista, los espectadores hubieron de habituarse á la idea de que el mundo era el campo de un torneo, abierto á cuantos quisieran probar la fuerza de su brazo. La transformación psicológica de una nación por los hechos de su historia, es tan inevitable como la evolución de las ideas del hombre, merced á las sensaciones que va ofreciéndole la vida. Y el principio fundamental del arte político ha de ser la fijación exacta del punto á que ha llegado el espíritu nacional. Esto es lo que se pregunta de vez en cuando al pueblo en los comicios, sin que el pueblo conteste nunca, por la razón concluyente de que no lo sabe ni es posible que lo sepa. Quien lo debe de saber es quien gobierna, quien por esto mismo conviene que sea más psicólogo que orador, más hábil para ahondar en el pueblo que para atraérselo con discursos sonoros.
He aquí una reforma política grande y oportuna. ¿Quién sabe si dedicados algún tiempo á la meditación psicológica, descubriríamos ¡ oh grata sorpresa! que la vida exterior que hoy arrastra nuestro país, no tiene nada que ver con su vida íntima, inexplorada? Yo creo á ratos que las dos grandes fuerzas de España, la que tira para atrás y la que corre hacia adelante, van dislocadas por no querer entenderse, y de esta discordia se aprovecha el ejército neutral de los ramplones para hacer su agosto; y á ratos pienso también que nuestro país no es lo que aparece, y se me ocurre compararlo con un hombre de genio que hubiera tenido la ocurrencia de disfrazarse con careta de burro para dar á sus amigos una broma pesada.
II La comparación de que me valí para explicarcómo entiendo yo la influencia arábiga en España, sirve asimismo para comprender el desarrollo de las ideas del hombre. Lo que usted recuerda mejor de mí, al cabo de siete años, es que yo le hablé de los gitanos. ¿Qué casta de pájaro será éste (pensaría usted), que parece interesarse más por las costumbres gitanescas que por las ciencias y artes que le habrán enseñado en la Universidad? Todo se explica, sin embargo, querido compañero, porque yo viví muchos años en la vecindad de la célebre gitanería granadina.
También le diré que el concepto de las ideas "redondas" que me sirvió de criterio para escribir el Idearium, me lo sugirió mi primer oficio. Yo he sido molinero, y á fuerza de ver cómo las piedras andan y muelen sin salirse nunca de su centro, se me ocurrió pensar que la idea debe de ser semejante á la muela del molino, que sin cambiar de sitio da harina y con ella el pan que nos nutre, en vez de ser como son las ideas en España, ideas "picudas", proyectiles ciegos que no se sabe á donde van y van siempre á hacer daño.
Mientras en España no existan hábitos intelectuales y se corra el riesgo de que las ideas nobles se desvirtúen y conviertan en armas de sectario, hay que ser prudentes. La sinceridad no obliga á decirlo todo sino á que lo que se dice sea lo que se piensa. Por esto encuentra usted obscuros mis conceptos en materia de religión; no sería así si yo hubiera puesto en mi libro una idea que se me ocurrió y que suprimí, porque si no era picuda por completo, tampoco era redonda del todo; era algo esquinada la infeliz y lo sigue siendo. Esta idea es la de adaptar el catolicismo á nuestro territorio, para ser cristianos españoles. Pero bastaría apuntar la idea para que se pensara á seguida en iglesias disidentes, religión nacional, jansenismo y demás lugares del repertorio; y nada se adelantaría con decir que lo uno nada tiene que ver con lo otro, porque al decirlo por adelantado, se daría pie para que pensaran peor aún. Sin embargo, en filosofía dije claramente que era útil romper la unidad, y en religión llegué á decir que, en cuanto en el cristianismo cabe ser original, España había creado el cristianismo más original.
Lo más permanente en un país es el espíritu del territorio. El hecho más transcendental de nuestra historia es el que se atribuye á Hércules, cuando vino y de un porrazo nos separó de Africa, y este hecho no está comprobado por documentos fehacientes. Todo cuanto viene de fuera á un país, ha de acomodarse al espíritu del territorio si quiere ejercer una influencia real.