Este criterio no es particularista; al contrario, es universal, puesto que si existe un medio de conseguir la verdadera fraternidad humana, éste no es el de unir á los hombres debajo de organizaciones artificiosas, sino el de afirmar la personalidad de cada uno y enlazar las ideas diferentes por la concordia y las opuestas por la tolerancia. Todo lo que no sea esto es tiranía, tiranía material que rebaja al hombre á la condición de esclavo y tiranía ideal que le convierte en hipócrita. Mejor es que usted y yo tengamos ideas distintas que no que yo acepte las de usted por pereza ó ignorancia; mejor es que en España haya quince ó veinte núcieos intelectuales, si se quiere antagónicos, que no que la nación sea un desierto y la capital atraiga á sí las fuerzas nacionales, acaso para anularlas; y mejor es que cada país conciba el cristianismo con su espíritu propio, así como lo expresa en su propia lengua, que no se someta á una norma convencional. No debe satisfacernos la unidad exterior, debemos buscar la unidad fecunda, la que resume aspectos originales de una misma realidad.
Esto parecerá vago, pero tiene multitud de aplicaciones prácticas, de las que citaré algunas para precisar más la idea. El socialismo tiene en España adeptos que propagan éstas ó aquellas doctrinas de éste ó aquel apóstol de la escuela. ¿No hay acaso en España tradición socialista? ¿No es posible tener un socialismo español? Porque pudiera ocurrir, como ocurre, en efecto, que en las antiguas comunidades religiosas y civiles de España estuviera ya realizado mucho de lo que hoy se presenta como última novedad. Creo, pues, más útiles y sensatos los estudios del señor Costa, de quien usted hablaba con justo elogio, que los discursos de muchos propagandistas que aspiran á reformar á España sin conocerla bien.
En filosofía asistimos ahora á la rehabilitación de la escolástica, en su principal representación, la tomista. El movimiento comenzó en Italia y de allí ha venido á España, como si España no tuviera su propia filosofía. Se dirá que nuestros grandes escritores místicos no ofrecen un cuerpo de doctrina tan regular, según la pedagogía clásica, como el tomismo; quizás sea éste más útil para las artes de la controversia y para ganar puestos por oposición. Pero ni sería tan difícil formar ese cuerpo de doctrina, ni se debe pensar en los detalles cuando á lo que se debe atender es á lo espiritual, íntimo, subjetivo y aun artístico de la filosofía, cuyo principal mérito está acaso en que carece de organización doctrinal.
Aun en los más altos conceptos de la religión creo que es posible marcar el genio de cada pueblo; aun en los dogmas. Usted me hace notar la confusión dogmática que parece desprenderse de la primera idea de mi libro; antes que usted, me lo dijeron otros amigos, y antes que el libro se imprimiera alguien me aconsejó que la suprimiera, y yo estuve casi tentado de hacerlo, más que por el error que en ella pudiera verse por no dar á algún lector una mala impresión en las primeras líneas. Y sin embargo, no la suprimí. ¿Por testarudez? — se pensará — No fué sino porque veía en esa idea una idea muy española. El dogma de la Inmaculada Concepción se refiere, es cierto, al pecado original; pero al borrar este último pecado da á entender la suma pureza y santidad. El dogma literal se presta además á esa amplia interpretación, porque las palabras ''Concebida sin mancha" dicen al alma del pueblo dos cosas: que la Virgen fué concebida sin mancha; y que es concebida sin mancha eternamente por el espíritu humano. Hay el hecho de la Concepción real y el fenómeno de la concepción ideal por el hombre de una Mujer que, no obstante haber vivido vida humana, se vió libre de la mancha que la materia imprime á los hombres. Preguntemos uno á uno á todos los españoles y veremos que la Purísima es siempre la Virgen ideal cuyo símbolo en el arte son las Concepciones de Murillo. El pueblo español ve en ese misterio no sólo el de la concepción ni el de la virginidad, sino el misterio de toda una vida. Hay un dogma escrito inmutable, y otro vivo, creado por el genio popular.
También los pueblos tienen sus dogmas, expresiones seculares de su espíritu.
III Desea usted que el cristianismo impere por la paz y como usted no es un filántropo rutinario de los que tanto abundan, sino un verdabero pensador, habla aseguida de despaganizar á Europa, porque sabe que la guerra tiene su raiz en el paganismo. Sus ideas de usted son comparables á las que Tolstoí expuso en su manifiesto titulado "Le non agir,,, aunque Tolsto'í, no contento con combatir la guerra, combate el progreso industrial y hasta el trabajo que no sea indispensable para las necesidades perentorias del vivir.
Para que la organización cambie han de cambiar antes las ideas, ha de operarse la "metancia,, evangélica, y para esto es preciso trabajar poco y meditar bastante y amar mucho. La lucha por el progreso y por la riqueza es tan peligrosa como la lucha por el territorio. Vea usted, si no, amigo Unamuno, el desencanto que se están llevando los que creían que el porvenir estaba en América. En unas cuantas semanas se ha despertado el atavismo europeo, la riqueza acumulada por los negociantes se transforma en armas de guerra y aparece ésta en condiciones, que en Europa misma, serían impracticables. Porque en Europa no se usan ya guerras repentinas ni se suele acudir á las armas antes de agotar todos los medios pacíficos ni practicar ciertos procedimientos que hoy se emplean en nuestro daño. América tendrá ejércitos como Europa y disfrutará de los goces inefables de 1as guerras territoriales y de raza; en vez de hacer algo nuevo copiará á Europa y la copiará mal; y los hombres insignificantes que han derrochado estúpidamente las buenas tradiciones de su nación serán glorificados por la plebe.
La raza indoeuropea ha ejercido siempre su hegemonía en el mundo por medio de la fuerza. Desde los ejércitos descritos por Homero hasta los descritos hoy por la prensa periódica, son tantas las metamorfosis que ha sufrido el soldado ario que se pierde ya la cuenta. Unas veces han atacado en forma de cuña y otras en forma rectangular, y nosotros hemos descubierto últimamente el sistema de pelear boca arriba como los gatos. Los europeos dicen que dominan por sus ideas; pero esto es falso. La idea en que se ampara la fuerza de Europa es el cris tianismo, una idea de paz y de amor, que por esto no puede nacer entre nosotros. Nació en el pueblo judaico, que fué siempre enemigo de combatir y se pasó la vida huyendo de sus enemigos ó subyugado por ellos; porque en los momentos de peligro, en vez de aparecer en el seno de este pueblo grandes generales, "organizadores de la victoria,,, aparecían profetas que se ponían de parte del enemigo, considerándolo como un enviado de Dios. El precepto evangélico de no resistir el mal es consecutivo del espíritu judaico.
Por esto los europeos no lo han comprendido aún, ni menos practicado. Sov mos paganos de origen y de vez en cuando la sangre nos turba el corazón y se nos sube á la cabeza. Vea usted i si no, por vía de ejemplo, lo que ocurre en el arte. El cristianismo creó su arte propio, cuyo dogma se puede decir que era el resplandor del espíritu, así como el paganismo era el resplandor de la forma. Yo he visto en los Países Bajos centenares de obras inspiradas por el cristianismo puro y he visto cómo, aquellos artistas que tan torpemente creaban obras tan sublimes, se encaminaban á Italia, cuando en Italia apareció el Renacimiento; me hacen pensar en tristes ayunantes, que después de comer espinacas durante el período cuaresmal se relamen de gusto viendo un buen tasajo de carne ó un pavo relleno. Puesto entre las dos artes prefiero el cristianismo, porque es más espiritual; pero me seduce también el arte pagano y me seducen aún más las obras de aquellos artistas españoles que acertaron como ningunos á infundir el espíritu cristiano en la forma clásica. Esto parecerá eclecticismo; pero el eclecticismo está en nuestra constitución y en nuestra historia. En España se ha batallado siglos enteros para fundir en una concepción nacional las ideas que han ido imperando en nuestro suelo, y á poco que se ahonde se descubre aún la hilaza. En Granada, por ejemplo, no hay artísti- 70, 70, camente puro nada más que lo arábigo y aun debajo de esto suele hallarse la traza del arte romano. Lo que viene después tiene siempre dos caras: una cristiana y otra clásica, como en las esculturas de nuestro insuperable Alonso Cano, ó una cristiana y otra oriental, como en el poema admirable de Zorrilla. La primera habla al espíritu; la segunda á los sentidos, que también son algo para el hombre. La esencia es siempre mística, porque lo místico es lo permanente en España, pero el ropaje es vario, por ser varia y multiforme nuestra cultura. Todo lo más á que puede aspirarse es á que el sentimien-*¿ to cristiano sea cada día más alma de nuestras obras.
Así como hay hombres que viven una vida casi material y hombres que colocan el centro de su vida en el espíritu, dando al cuerpo sólo lo indispensable, así hay naciones que continúan aún aferradas á la lucha brutal y naciones que espiritualizan la lucha y se esfuerzan por conseguir el triunfo ideal. Pero no hay cerebro ni corazón que se sostenga en el aire; ni hay idealismo que subsista sin apoyarse en el esqueleto de la realidad, que es en último término la fuerza. El hombre está organizado autoritariamente (aun cuando el centro no funcione), y todas sus creaciones son hechas á su imagen y semejanza: desde la familia hasta la agrupación innominada, que forma el concierto de las naciones, Europa ha representado siempre el centro unificado y director de la Humanidad y esto ha podido lograrlo solamente ejerciendo violencia en los demás pueblos. Hay quien sueña, como usted, en el aniquilamiento de ese eterno régimen, y en que un día impere en el mundo por su pura virtualidad, el ideal cristiano. ¿Por qué no soñar y entusiasmarse soñando con tan admirable anarquía?
VI VI Quien haya leído sus artículos y lea ahora los míos creerá seguramente que somos dos ideólogos sin pizca de sentido práctico, cuando con tanta frescura nos ponemos á hablar de los caracteres constitutivos de nuestra nación, sin parar mientes en los desastres que llueven sobre ella. Tanto valdría, se pensará, ponerse á meditar sobre las mareas en el momento crítico de un naufragio, cuando sólo queda tiempo para encomendarse á Dios antes de irse á fondo. No obstante, la tempestad pasa y las mareas siguen; y quién sabe si una misma razón no explica ambos fenómenos. Las ideologías explican los hechos vulgares, y si en España no se hace caso de los ideólogos es porque éstos han dado en la manía de empolvarse y engomarse, de "academizarse", en una palabra, y no se atreven á hablar claro por no desentonar, ni á hablar de los asuntos del día por no caer en lugares comunes. Sin duda ignoran que Platón cortó el hilo de uno de sus más hermosos diálogos para explicar cómo se quita el hipo, y que Homero no desdeñó cantar en versos de arte mayor cómo se asa un buey. Se puede ser correcto y hasta clásico, explicando cómo se pierden las colonias.
Nosotros descubrimos y conquistamos por casualidad, con carabelas inventadas por los portugueses, llevando por hélice la fe y por caldera de vapor el viento que soplaba. Y al cabo de cuatro siglos nos hallamos con que en nuestros barcos no hay fe ni velas donde empuje el viento, sino maquinarias que casi siempre están inservibles. La invención del vapor fué un golpe mortal para nuestro poder. Hasta hace poco no sabíamos construir un buque de guerra, y hasta hace poquísimo nuestros maquinistas eran extranjeros. Al fin hemos vencido estas dificultades; pero tropezamos con otra: los buques necesitan combustible y nosotros somos incapaces de concebir una estación de carbón. No tenemos alma, aunque se dice que somos desalmados, para incomodar á nadie metiéndole en su casa una carbonera, como hacen los ingleses, por ejemplo, en Gibraltar. Cuando perdamos nuestros dominios se nos podrá decir: — Aquí vínie ron ustedes á evangelizar y á cometer desafueros; pero no se nos dirá: — aquí venían ustedes á tomar carbón. Demos por vencida también la falta de esta ciones propias para nuestros buques, 76 UNAMUNO Y GANIVLT y aún faltará algo importantisimoj: dinero para costear las escuadras, el cual ha de ganarse explotando esas coló nías que se trata de defender. Porque sería más que tonto comprar una escuadra formidable en el extranjero para enviarla á Filipinas á asegurar el negocio que allí hacen los mismos ex tranjeros. Más lógico es dejarse derrotar "heroicamente". Acaso la batalla más discretamente perdida, entre todas las de nuestra historia, sea esa batalla de Cavite, que usted, compañero Unamuno, comparaba en tono humo rístico con la de Villalar.
No basta adaptar un órgano; hay que adaptar todo el organismo. En España sólo hay dos soluciones racionales para el porvenir: someternos en absoluto á las exigencias de la vida europea,-^ retirarnos en absoluto también y trabajar para que se forme en nuestro suelo una concepción original, capaz de sostener la lucha contra las ideas corrientes, ya que nuestras actuales ideas sirven sólo para hundirnos á pesar de nuestra inútil resistencia. Yo rechazo todo lo que sea sumisión, y tengo fe en la virtud creadora de nuestra tierra. Mas para crear es necesario que la nación, como el hombre, se recojan y mediten, y España ha de reconcentrar todas sus fuerzas y abandonar el campo estéril, en el que hoy combate por un imposible, con armas compradas al enemigo. Nos ocurre como al aristócrata arruinado que trata de restaurar su casa solariega hipotecándola á un usurero.
Nuestra colonización ha sido casi novelesca. La mayoría de la nación ha ignorado siempre la situación geográfica de sus dominios; le ha ocurrido como á Sancho Panza, que nunca supo donde estaba la ínsula Barataría ni por donde se iba á ella ni por donde se venía, lo cual no le impidió dictar pre ceptos notables que si los hubieran cumplido hubieran dejado tamañitas á nuestras famosas leyes de Indias, á las que tampoco se dió el debido cumplimiento, por lo mismo que eran dema siado buenas. Pero nadie nos quita el gusto de haberlas dado, para demostrar al mundo que si no supimos gobernar no fué por falta de leyes, sino porque nuestros gobernados fueron torpes y desagradecidos.
Detrás de la antigua aristocracia vino la del progreso. El pueblo que antes pertenecía á un gran señor y era administrado por un mayordomo de manga ancha, cayó en las garras de un usurero y el pueblo inocente, que creía llegada una era de prosperidades trabaja más y gana más y come lo mismo ó menos; y si algún infeliz se atreve á coger un brazado de leña en el monte, que antes estaba abierto para todos, no tarda en ser cogido por un guarda y enviado unos cuantos años á presidio. Este es el porvenir que le aguarda á nuestra población colonial, que cree cándidamente que han de venir gentes más activas á enriquecerla. Pero nada se gana con predicar á estas alturas. La humanidad, ella sabrá por qué, se ha dedicado á los negocios, y ahí está la causa de nuestra decadencia. Nosotros no tenemos capital para emprenderlos ni gran habilidad tampoco; y si emprendemos alguno nos olvidamos, por falta de espíritu previsor, de apoyarlo bien para que no fracase. Hay en Europa naciones que sostienen artificialmente con los productos que exportan varios millones de habitantes, que el suelo no podría nutrir; en España no llegan quizás á un millón los que viven de la exportación á Ultramar, y esos están hoy amenazados, y tal vez se vean pronto obligados á buscar el pan en la emigración. Hemos podido ingeniarnos para conseguir la independencia económica, impuesta por nuestro carácter territorial, y dejándonos de libros de caballería, atenernos á nuestro suelo, cuyas fuerzas naturales bastan para sostener una población mayor que la actual.
Así se hubiera evitado la guerra; porque esta guerra que se dice sostenida por honor es también, y acaso más, lucha por la existencia. La pérdida de las colonias sería para España un descenso en su rango como nación; casi todos sus organismos oficiales se verían disminuidos y, lo que es más sensible, la población disminuiría también á causa, de la crisis de algunas provincias. Se puede afirmar que todos los intereses tradicionales y actuales de España salen heridos de la refriega; los únicos intereses que salen incólumes son los de la España del porvenir, á los que al contrario conviene que la caída no se prolongue más, que no sigamos eternamente en el aire, con la cabeza para abajo, sino que toquemos tierra alguna vez.
Este gran problema que nos ha planteado la fatalidad ha sido embrollado adrede por falta de valor para presentarlo ante España en sus términos brutales, escuetos, que serían: ¿Quieres ser una nación modesta y ordenada y ver emigrar á muchos de tus hijos por falta de trabajo, ó ser una nación pretenciosa ó flatulenta y ver morir á mu chos de tus hijos en el campo de batalla y en el hospital? ¿Qué cree usted, amigo Unamuno, que hubiera contestado España?
V V Usted, amigo Unamimo, que es cristiano sincero, resolverá la cuestión radicalmente, convirtiendo á España en una nación cristiana, no en la forma, sino en la esencia, como no lo ha sido ninguna nación en el mundo. Por eso acudía usted al admirable simbolismo del Quijote y expresaba la creencia de que el ingenioso hidalgo recobrará muy en breve la razón y se morirá, arrepentido de sus locuras. Esta es también mi idea, aunque yo no doy la curación por tan inmediata. España es una nación absurda y metaf ísicamente UNAMUNO Y GANIVEB imposible, y el absurdo es su nervio y su principal sostén. Su cordura será la señal de su acabamiento. Pero donde usted ve á Don Quijote volver vencido por el caballero de la B1anca Luna, yo lo veo volver apaleado por los desalmados yangüeses, con quien topó por su mala ventura.
Quiero decir con esto que Don Quijote hizo tres salidas y que España no ha hecho más que una y aún le faltan dos para sanar y morir. El idealismo de Don Quijote era tan exaltado, que la primera vez que salió de aventuras se olvidó de llevar dinero y hasta ropa blanca para mudarse; los consejos del ventero influyeron en su ánimo, bien que vinieran de tan indocto personaje, y le hicieron volver pies atrás. Creyóse que el buen hidalgo, molido y escarmentado, no volvería á las andadas, y por sí ó por no, su familia y amigos acudieron á diversos expedientes para apartarle de sus desvarios, incluso el EL PORVENIR D'¿ ESPAÑA de murar y tapiar el aposento donde estaban los libros condenados; mas Don Quijote, muy solapadamente, tomaba mientras tanto á Sancho Panza de escudero, y vendiendo una cosa y empeñando otra y malbaratándolas todas, reunía una cantidad razonable para hacer su segunda salida, más so bre seguro que la primera.
Este es el cuento de España. Vuelve ahora de su primera escapatoria para preparar la segunda; 3^ aunque muchos españoles creamos de buena fe que se lo hemos de quitar de la cabeza, no adelantaremos nada. Y acaso sería más prudente ayudar á los preparativos de viaje, ya que no hay medio de evitarlo. Yo decía también que convendría cerrar todas las puertas para que España no se escape, y sin embargo, contra mi deseo, dejo una entornada, la de Africa, pensando en el porvenir. Hemos de trabajar, sí, para tener un período histórico español puro ¡mas la fuerza ideal y material que durante él adquiramos, verá usted cómo se va por esa puerta del Sur, que aún seduce y atrae al espíritu nacional No pienso, al hablar así, en Marruecos: pienso en toda Africa; y no en conquistas y protectorados, que esto es de sobra conocido y viejo, sino en algo original, que no está al alcance ciertamente de nuestros actuales políticos. Y en esta nueva serie de aventuras tendremos un escudero, y ese escudero será el árabe.
Se me dirá que el Africa está ya repartida como pan bendito; pero también estuvo repartido el mundo, ó poco menos, entre España y Portugal, y ya ve usted á dónde hemos llegado. En nuestros días hemos visto aparecer varias doctrinas flamantes como la de Monroe y la de la protección de interés, la de la ocupación efectiva y la del arrendamiento. Europa se arrienda á China en diversos lotes y se reparte el Africa, porque no estaba ocupado efectivamente. Y á esto no hay nada que objetar; si la propiedad privada se pierde por el abandono de la misma, ¿por qué no ha de perder una nación sus derechos soberanos sobre territorios que nominalmente se atribuye? Lo único que se puede decir es que ahora tampoco es efectiva la ocupación, y que lo que se llama "esfera de influencia" ó "hinterland" es, con nombre diverso, la misma soberanía nominal, hoy desusada. No sé si usted es amante del Derecho, amigo Unamuno, y si se disgustará porque le diga que el Derecho es una mujerzuela flaca y tornadiza, que se deja seducir por quien quiera que sepa sonar bien las espuelas y arrastrar el sable. Si España tuviera fuerzas para trabajar en Africa, yo, que soy un quídam, me comprometería á inventar media docena de teorías nuevas para que nos quedáramos legalmente con cuanto se nos antojara. Ahora y antes, el único factor efec- 88 UNAMUKO Y GANIVET tivo que en Africa existe, aparte de los indígenas, es el árabe, porque es el que vive de asiento, el que tiene aptitud para aclimatarse y para entenderse con la raza negra de un modo más natural que el que emplean los misioneros, que introducen, según la frase de usted, el "fetichismo pseudo cristiano". El árabe, habilitado y gobernado por un espíritu superior, sería un auxiliar eficaz, el único para levantar á las razas africanas sin violentar su idiosincrasia. Los árabes dispersos por el Africa están obscurecidos y anulados en la apariencia con los europeos, porque éstos no saben entenderse con ellos; nosotros sí sabríamos. Actualmente la empresa es disparatada, pues sin contar nuestra falta de "dineros y camisas", el antagonismo religioso lo echaría todo á perder. Pero, ¿quién sabe lo que dirá el porvenir? ¡Utopia! ¿No le agradan á usted las utopías? "Sí, me agradan, me contestará usted, pero esa pasa de la marca: yo hablo en pro de la paz y usted nos arma para nuevas guerras." Si usted me dice que hay que despaganizar á Europa y destruir en ella los gérmenes de agresión, yo estoy con usted, porque el deseo es generoso y noble. Pero mientras la forma de la vida europea sea la agresión y se proclame moribundas á las naciones que no atacan y aun se piensa en descuartizarlas y repartírselas, la paz en una sola nación sería más peligrosa que la guerra. La nación más cristiana, por temperamento, ha sido la judaica, y tiene que vivir, como quien dice, con los trastos á cuestas. Así, pues, España encerrada en su territorio, aplicada á la restauración de sus fuerzas decaídas, tiene por necesidad que soñar en nuevas aventuras; de lo contrario, el amor á la vida evangélica nos llevaría en breve á tener que alzarnos en armas para defender nuestros hogares contra la invasión extranjera. El espíritu territorial independiente movió á las regiones españolas á buscar auxilio fuera de España, y ese mismo espíritu, indestructible, obligará á la nación unida á buscar un apoyo en el continente africano para mantener ante Europa nuestra personalidad v nuestra independencia.
SEGUNDA PARTE DE MIGUEL ANGEL DE UNAMUNO A GANIVET I ¡Como refresca el corazón, querido amigo, conversar á larga distancia, separados por la suerte que á los hombres desparrama, después de haberse saludado un momento en el pedregoso camino de la vida! Y el ser pública esta conversación — más que en diálogo, en monólogos entreverados — le da cierta consagración de gravedad, haciéndola, á la vez que más jugosa, más íntima también. Más íntima, sí; porque no cabe duda alguna de que estos artículos, en que nos dirigimos reflexiones que puedan sugerir algo á todos los que, mirando más allá del falaz presente, nos hagan la merced de leernos, son para nosotros una correspondencia más entrañable y más cordial que la que por cartas privadas sostenemos. Obligados por el respeto debido al público que nos lea á mantenernos en cierta elevación de tono, prescindimos de nosotros mismos, siendo asi como cada cual logra dar lo más granado y lo mejor de sí mismo, lo que á nuestro pueblo debemos y se lo tornamos acrecentado en cuanto nuestra diligencia alcanza.
Usted ha rodado por tierras extrañas, puestos siempre su corazón y su vista en España, y yo, viviendo en ella, me oriento constantemente al extranjero, y de sus obras nutro sobre todo mi espíritu. Son dos modos de servir á la patria diversos y concurrentes. Y en punto á patriotismo, ¡qué tristes nociones ha esparcido la ignorancia por España! Hase olvidado que ÉL PORVENIR DE ESPAÑA la verdadera patria del espíritu es la verdad; que sólo en ella descansa y trabaja con sosiego.
Y dejándome de escarceos, que huelen á la epístola moral á Fabio, me voy derecho á lo que usted dice de la raza española.
Siempre he creído que la historia, que da razón de los cuatro que gritan y nada dicen de los cuarenta mil que callan, ha hecho el papel de enorme lente de aumento en lo que se refiere al cruce de raza en el suelo español. Las crónicas nos hablan de la invasión de los iberos, de los celtas, de los fenicios, de los romanos, de los godos, de los árabes, etc., y esto nos hace creer que se ha formado aquí una m escolan za de pueblos diversos, cuando estoy persuadido de que todos esos elementos advenedizos representan junto al fondo primitivo, prehistórico, una proporción mucho menor de lo que nos figuramos, débiles capas de aluvión sobre densa roca viva. Un batallón de ginetes que entra metiendo mucho ruido en un pueblo pacífico, que en su mayor parte le ve entrar con indiferencia, da que decir á las gacetillas, y el más leve motín de un lugar abulta en los telegramas, donde no se da cuenta de los que van, como todos los años, á trillar sus parvas. Desde la orilla se ve durante una tempestad cómo se alzan tumultuosas y potentes las olas, y no se da cuenta de que todo aquel tumulto no pasa de la superficie, de que las aguas que se embravecen y braman son una débil película comparadas á las profundas capas que permanecen en reposo. Brama la tempestad sobre la solemne calma de los abismos submarinos. El día mismo del desastre de la escuadra de Cervera hallábame yo, acordonado desde hacía días para no recibir diarios, en una dehesa en cuyas eras trillaban en paz su centeno los labriegos, ignorantes de cuanto á la guerra se refiere. Y estoy seguro de que eran en toda España muchísimos más los que trabajaban en silencio, preocupados tan sólo del pan de cada día, que los inquietos por los públicos sucesos.
Es la historia como un mapa, y no mejor que un mapa los lugares del esespacio, determina aquélla los sucesos del tiempo. La leyenda, aunque al parecer menos exacta, es más verdadera, como es más verdadero un paisaje, por libre que sea, que un plano topográfico tomado á toda ciencia trigonométrica. Danos el mapa los contornos de los continentes é islas en cuanto el nivel ordinario del mar los define; pero si ese nivel fuese bajando, i qué grandes cambios en nuestra geografía! Así en la historia, si fuese posible hacer bajar el nivel del olvido, que encubre para siempre la vida fecunda y silenciosa de las muchedumbres que pasan por el mundo sin meter ruido, ¡cómo iría cambiando el mapa de los sucesos con que han alimentado nuestra memoria!
Hay en los abismos del Océano inmensas vegetaciones de minúsculas madréporas, que labran en silencio la red enorme de sus viviendas. Sobre estas vegetaciones se asientan islas que surgen del mar. Así en la vida de los pueblos aparecen aislados en la historia grandes sucesos, que se asientan sobre la labor silenciosa de las obscuras madréporas sociales, sobre la vida de esos pobres labriegos que todos los días salen con el sol á la secular labranza. Lo que ocurre en la isla, afecta muy poco á su basamento madrepórico.
Muy poco, creo, han afectado á la base de la vida popular española las diversas irrupciones que la historia nos cuenta ocurridas en su superficie. ¿Cuántos eran los fenicios que llegaron, con relación á los que aquí vivían? ¿Cuántos los romanos, los godos, los árabes, y hasta qué punto penetraron en lo íntimo de la raza? Yo creo que pasaron poco de la superficie, muy poco, y que en cuanto pasaron algo, fueron absorbidos; como creo que dejará más rastro Pidal, que tiene cosa de una docena de hijos, que otros políticos de más nombre y menos fecundidad efectiva. Hay que fijarse en lo más íntimo. Parmentier hizo más obra y más duradera trayéndonos las patatas, que Napoleón revolviendo á Europa, y hasta más espiritual, porque, ¿qué no influirá la alimentación patatesca en el espíritu?
Todo esto sirve para indicar nada más mi idea de que el fondo ele la población española ha permanecido mu -cho más puro de lo que se cree, engañándose por la falaz perspectiva histórica, creencia que parecen confirmar las investigaciones antropológicas.
Celtas, fenicios, romanos, godos, los mismos árabes, de que parece usted tan prendado, fueron poco más que oleadas, tempestuosas si se quiere, UNAMUNO Y OAN1VET pero oleadas al fin, que influyeron muy poco en la base sub-histórica, en el pueblo que calla, ora, trabaja y muere. Luego por ley, larga de explicar aquí, sucede que al mezclarse pueblos diversos en proporciones distintas, el más numeroso prepondera en lo fisiológico y radical más que lo que su proporción representa.
Creo asimismo que las diferencias étnicas interiores que en España se observan — gallegos, vascos, catalanes, castellanos, etc., — arrancan de diversidades prehistóricas.
Nosotros los vascos tenemos fama, como usted me lo recuerda, de conservarnos más puros. No sé si esto es verdad; sólo sé que para que esa idea se haya difundido ha servido el que hayamos tenido la felicidad de ser un pueblo sin historia durante siglos en teros. La historia no ha velado, con su falsa perspectiva, un hecho que creo se cumple en los demás pueblos peninsulares. Y por no haber tenido historia y sí vida pública sub-histórica, mi pue- y blo vasco ha combatido á las libertades individuales, atomísticas, luchando por las sociales. Mas como esto es muy largo de contar, mejor es dejarlo.
II II No podrá haber sana vida pública, amigo Ganivet, mientras no se ponga de acuerdo lo íntimo de nuestro pueblo con su exteriorización, mientras no se acomode la adaptación á la herencia. Esta, que es la idea capital de usted, es también la mía. Concordamos en ella disintiendo algo en su desarrollo, lo cual da carácter armónico á nuestra conversación, haciéndola en su unidad varia.
La historia, la condenada historia, que es en su mayor parte una imposición del ambiente, nos ha celado la roca viva de la constitución patria; la historia, á la vez que nos ha revelado gran parte de nuestro espíritu en nuestros actos, nos ha impedido ver lo más íntimo de ese espíritu. Hemos atendido más á los sucesos históricos que pasan y se pierden, que á los hechos sub históricos, que permanecen y van estratificándose en profundas capas. Se ha hecho más caso del relato de tal cual hazañosa empresa de nuestro siglo de caballerías que á la constitución rural de los repartimientos de pastos en tal ó cual olvidado pueblecillo. Nos han llenado la cabeza de batallas, expediciones, conquistas, revoluciones y otros líos semejantes, sin dejarnos ver lo que bajo la superficie pasaba entretanto; nos han puesto en la orilla á contemplar tempestades para que templemos nuestro espíritu en los grandes espectáculos, y no nos han dejado ver la labor de las madréporas de que le hablaba en mi anterior capítulo. Hemos oído en lontananza el eco de los cascos de los caballos de los árabes al invadir España, y no el silencioso paso de los bueyes que á la vez trillaban las parvas de los conquistados, de los que se dejaron conquistar.
Se ha perdido la inteligencia del lenguaje propio del pueblo, lenguaje silencioso y elocuente, y se ha querido que hable en los comicios, donde, como dice usted muy bien, no sabe responder. Pedirle al pueblo que resuelva por el voto la orientación política que le conviene, es pretender que sepa fisiología de la digestión todo el que digiere. Como no se sabe preguntarle nó responde, y como no habla en votos, lenguaje que le es extraño, cuando quiere algo habla en armas, que es lo que hicieron mis paisanos en la última guerra civil. Ellos querían algo sin saber definirlo, y á falta de mejor medio de expresarlo se fueron al monte, dejando que formulasen su deseo algunos señores, que maldito si lo sabían. Porque el carlismo de Mella y de El Correo Español, pongo por caso, es al carlismo real y efectivo mucho menos que un mapa al terreno real, siguiendo la metáfora que establecí ya una vez. El carlismo popular, que creo haber estudiado algo, es inefable, quiero decir, inexpresable en discursos y programas; no es materia oratoriable. Y el carlismo popular, con su fondo socialista y federal y hasta anárquico, es una de las íntimas expresiones del pueblo español. Algo más adelantaríamos si nuestros estadistas, ó lo que sean, en vez de atender á las idas y venidas de don Carlos, y hacer caso de los periódicos del partido ó de las predicaciones de éste ó de aquel Mella que toma al carlismo de materia oratoriable y de sport político, se fijasen en las necesidades de los pueblos, en las íntimas, en las que no se expresan. Cuando se habla de mi Vizcaya, en seguida se acuerdan todos de los dichosos fueros, ignorándose que mucho más que los tales fueros le importa al aldeano vizcaíno el cierre de los montes que fueron del común un día.