Los dos factores radicales de la vida de un pueblo, los dos polos del eje sobre que gira son la economía y la religión. Lo económico y lo religioso es lo que en el fondo de todo fenómeno social se encuentra. El régimen económico de la propiedad, sobre todo de la rural y el sentimiento que acerca del fin último de la vida se abriga, son las dos piedras angulares de la constitución íntima de un pueblo. Toda nuestra historia no significa nada como no nos ayude á comprender mejor cómo vire y cómo muere hoy el labriego español; cómo ocupa la tierra que labra y cómo paga su arrendamiento, y con qué estado de ánimo recibe los últimos sacramentos; qué es y qué signica una senara ó una exctisa) y qué es y qué significa una misa de difuntos.
En el país español que mejor conozco, por ser el mío, en Vizcaya, el establecimiento de la industria siderúrgica por altos hornos y el desarrollo que ha traído consigo, representa más que el más hondo suceso histórico explosivo; es decir, de golpe y ruido, como creo que en esa Granada el establecimiento de la industria de la remolacha ha tenido más alcance é importancia que su conquista por los Reyes Católicos.
Y como esto exige algún mayor desarrollo, aunque sea sumario y por vía sugestiva, como todo lo contenido en estos capítulos, lo dejo para otro.
III "Para que la organización social cambie han de cambiar antes las ideas,,, dice usted, amigo Ganivet, y ya no conformo con usted en éste su idealismo. No creo en esa fuerza de las ideas, que antes me parecen resultantes que causas. Siempre he creído que el suponer que una idea sea causa de una transformación social, es como suponer que las indicaciones del barómetro modifican la presión atmosférica. Cuando oigo hablar de ideas buenas ó malas me parece oir hablar de sonidos verdes ó de olores cuadrados.
Por esto me repugna todo dogmatismo y me parece ridicula toda inquisición.
Lo que cambia las ideas, que no son más que la flor de los estados del espíritu, es la organización social, y ésta cambia por virtud propia, obedeciendo á leyes económicas que la rigen, por un dinamismo riguroso.
No fué Copérnico quien echó á rodar los mundos, según las leyes por él descubiertas, ni fueron Marx y sus precursores y sucesores los que produjeron el movimiento socialista. Esto lo sabe usted mejor que yo, sin que se le haya turbado la clara visión de tal verdad por cierto excesivo historicismo que en usted observo.
En diferentes obras, algunas magistrales como las de Marx y Loria, está descrita la evolución social en virtud del dinamismo económico, y si alguna falta les noto, es que, ó prescindan del factor religioso, ó quieran englobarlo también en el económico.
No el cambio de ideas, el de organización social, sino éste traerá á aquél. Las fábricas de altos hornos en mi país, y las de remolacha en el de usted, harán mucho más que lo que pudiese hacer un ejército de ideólogos como usted y yo.
La misma cuestión colonial, hoy tan candente que nos abrasa, es ante todo y sobre todo una cuestión de base y origen económicos. Hay que estudiarla no en nuestra historia colonial, que sólo cuenta lo pelicular, no en los épicos relatos de nuestros navegantes de la edad de oro, no en toda esa faramalla de nuestros destinos en el Nuevo Mundo, sino en las aduanas coloniales. No creo con usted que fuimos á evangelizar y cometer desafueros, sino á sacar oro; fuimos á sacar oro, que pasaba luego á Flandes, donde trabajaban para nosotros y á nuestra costa se enriquecían con su trabajo. Y como nuestro modo de explotar á las colónias no encaja en la actual economía pública, las explotarán otros.
Es preciso hablar claro por verdadero patriotismo, ahora que piden la paz por motivos impuros y egoistas muchos que por motivos egoistas é impuros pidieron la guerra. Raro es quien execra de la guerra por la guerra misma, por cristianismo, y si no, vea usted cómo fueron de los más encendidos apóstoles del duelo internacional los que más predican contra el individual y contra el falso honor mundano.
Hay que hablar claro. Al campesino que sin más capital, que sus brazos emigra de España en busca de pan, lo mismo le da que sea española ó no la tierra á que arriba, lo mismo se gana su vida y acaso labra su fortuna en los cafetales del Brasil, q ue en las pampas argentinas ó cuidando ganado en las sabanas de Tejas, en los Estados Unidos, como alguno que conozco. Pero á la industria nacional que quiere vivir sin gran esfuerzo del monopolio no le cía lo mismo. Traía trigo de los Estados Unidos, de esos mismos Estados Unidos con que estamos en guerra, le molía aquí, en la península y llevaba la harina á Cuba, haciendo pagar cara á los cubanos la maquila de la molienda. Se encarecía la vida en Cuba en provecho de los industriales y negociantes de aquí. Y luego venía lo de hacer pasar harina por yeso y todo lo demás de la canción. Añada usted lo del azúcar y tendrá bien claro el principal factor de lo que por de pronto nos abruma.
Y todo esto no lo han traído ideas especiales de los españoles acerca de la colonización, sino nuestra constitución económica, basada en última instancia en la constitución de nuestro suelo, última ratio de nuestro modo de ser. Es la misma idea de usted respecto á lo territorial.
Ha}^ en España algo que permanece inmutable bajo las varias vicisitudes de su Historia, algo que es la base de su subhistoria.
Este algo es que España está formado en su mayor parte por una vasta meseta, en que van los ríos encajonados y muy deprisa, y cuya superficie resquebrajan las heladas persistentes del invierno y los tremendos ardores del estío. Es un país en su mayor extensión, de suelo pobre, carcomido por los ríos que se )e llevan la substancia, escoriado por sequías y por lluvias torrenciales. Y este país quiere seguir siendo lo que peor puede ser, país agrícola. La cuestión es ésta: ó España es, ante todo un país central ó periférico ó sigue la orientación castellana, desquiciada desde el descubrimiento de América, debido á Castilla, ó toma otra orientación. Castilla fué quien nos dió las colonias y obligó á orientarse á ellas á la industria nacional; perdidas las colonias, podrá nuestra periferia orientarse á Europa, y si se rompen barreras proteccionistas, esas barreras que mantiene tanto el espíritu triguero, Barcelona, podrá volver á reinar en el Mediterráneo; Bilbao florecerá orientándose al Norte, y así irán creciendo otros núcleos naciona les ayudando al desarrollo total de España.
No me cabe duda de que una vez que se derrumbe nuestro imperio colonial surgirá con ímpetu el problema de la descentralización, que alienta en los movimientos regionalistas. Y el hacer cuatro indicaciones acerca de esto lo dejo para otro capítulo.
IV "Mejor es que usted y yo tengamos ideas distintas, que no que yo acepte las de usted por pereza ó por ignorancia; mejor es que en España haya quince ó veinte núcleos intelectuales, si se quiere, antagónicos, que no que la nación sea un desierto y la capital atraiga á sí las fuerzas nacionales, acaso para anularlas.,, Esto dice usted, amigo Ganivet, con excelente buen sentido, en el segundo de los artículos que me dedica. De esas ideas me hago solidario, y sobre ellas voy á insertar aquí cuatro reflexiones.
Nada dificulta más la verdadera unión de los pueblos que el pretender hacerla desde fuera, por vía impositiva, ó sea legislativa, y obedeciendo concepciones jacobinas, como suelen serlo las del unitarismo doctrinario. Esa unión destruye la armonía, que surge de la integración de lo diferenciado.
Quéjanse los catalanes de estar sometidos á Castilla, y quéjanse los castellanos de que se les somete al género catalán. La sujeción de una de estas regiones á la otra en. lo político se ha equilibrado con la sujeción de ésta ó aquélla en lo económico Y de tal suerte padecen las dos. El caso cabe extenderlo y ampliarlo.
En vez de dejar que cada cual cante á su manera y procurar que cantando juntos acaben por formar concertado coro armónico, hay empeño en sujetarlos á todos á la misma tonada, dando así un pobrísimo canto al unísono, en que el coro no hace más que meter más ruido que cada cantante, sin enriquecer sus cantos.
No cabe integración sino sobre elementos diferenciados y todo lo que sea favorecer la diferenciación es preparar el camino á un concierto rico y fecundo. Sea cada cual como es, desarróllese á su modo, según su especial constitución, en su línea propia, y así nos entenderemos mejor todos.
Hace ya algún tiempo publiqué en un diario catalán un artículo acerca del uso de la lengua catalana, abogando por que escriba cada cual en la lengua en que piensa. En él asentaba que es mejor que los catalanes escriban en catalán y los castellanos los traduzcan, que no el que se traduzcan ellos mismos, mutilando su modo de ser. Al esforzarse el castellano por penetrar en los matices de una lengua que no es la suya y al trabajar por traducir un pensamiento que le es algo extraño, ahondará en su propia lengua y en su pensamiento propio, descubriendo en ellos fondos y rincones que el confinamiento le tiene velados. Si el castellano se empeñase en penetrar en el espíritu catalán y el catalán en el espíritu castellano, sin mantenerse á cierta distancia, llenos de mutuos prejuicios por mutuo desconocimiento íntimo, no poco ganarían uno y otro. El conocimiento íntimo de lo ajeno es el mejor medio de llegar á conocer lo propio. Quien sólo sabe su lengua — decía Goethe, — ni aun su lengua sabe. Pueblo que quiera regenerarse encerrándose por completo en sí, es como un hombre que quiera sacarse de un pozo tirándose de las orejas.
Si entre sus virtudes tiene algún vicio profundo el pueblo castellano es este de su íntimo aislamiento, aunque viva entre otros pueblos. Corrió tierras y mares entre pueblos extraños, pero siempre metido en su caparazón.
Así como cree con terca ignorancia que le bastarían los recursos de su suelo para vivir la vida que hoy se le ha hecho habitual, encerrado en sí, cree también que tiene en su fondo tradicional con qué nutrir su espíritu, satisfaciendo á la vez á la necesidad imperiosa de progreso. Con herir tanto el desdén del catalán ó del vasco no sé si es menos hondo, aunque más callado, el desdén del castellano.
Si el carlismo se extiende por toda la Península es porque se extiende por toda ella el regionalismo. Y hay un síntoma de buen agüero, y es que nace y va cobrando fuerza el regionalismo castellano, el de los trigueros. Cuando la región centralizadora, la que durante siglos ha impulsado la obra unificadora, se hace regionalista, es porque el regionalismo se impone. Entra como una de tantas en el concurso.
Ahora sólo falta que ese regionalismo se haga orgánico y no exclusivista; que se pida la vida difusa en beneficio del conjunto: que se aspire á la diferenciación puestos los ojos en la integración; que no nos estorbemos los unos á los otros para que cada cual dé mejor su fruto y puedan tomar de él los demás lo que les convenga.
Y este problema del regionalismo, que surgirá con fuerza así que salgamos de la actual crisis, surgirá combinado con el problema económicosocial. El revivir del carlismo no es más que un mero síntoma del revivir del regionalismo en cierto modo socialista, ó del socialismo regionalista. Y ¿por qué no decirlo?, es el fondo anarquista del espíritu español que pide forma, expresión, desahogo.
Ese fondo, que tomaría forma potente si nuestra nación se integrara sobre base popular, culmina más que en nada en el cristianismo español de que usted habla, en el que representan nuestros místicos.
Y con esto llego al final de estas reflexiones.
V Es tal el nimbo que para la mayor parte de las personas rodea á la palabra anarquismo, de tal modo la acompañan con violencias dinamiteras y negaciones radicales, que es peligroso decirles que el cristianismo es, en su esencia, un ideal anarquista, en que la única fuerza unificadora sea el amor.
En ninguna parte acaso se comprendió mejor que en nuestra patria este sentido cristiano; pocos místicos entendieron tan bien como los místicos castellanos aquellas palabras de San Pablo de que la ley hace el pecado.
Usted mismo, amigo Ganivet, ha trazado en las más hermosas páginas de su Idear mm la silueta del anarquismo cristiano español, sobre todo donde trata usted de la justicia quijotesca, que es en el fondo la justicia pauliniana, la cristiana. En mis artículos En torno al casticismo, que no sé cuando recogeré en un tomo, había yo ya tratado este mismo punto.
Pero el impulso que á los sentimientos religiosos pudo haber dado en España la mística castellana quedóse poco menos que en mera iniciación; fue ahogado por factores históricos, por el fatal ambiente en que se movía la historia de nuestro pueblo. La reforma teresiana. después de haber sido embotada en su misma orden, fué obscurecida por los jesuítas. La Compañía de Aquaviva más bien que de mi paisano San Ignacio — espíritu nada jesuítico— es la que de hecho ha dado tono desde entonces á la religiosidad consciente de España.
Y aquí encaja como anillo al dedo lo que usted dice muy gráficamente de las ideas picudas: que puede aplicarse á los sentimientos.
Cuanto usted nos dice que le sugirió su primer oficio de molinero tiene perfecta aplicación en este orden.
La tarea silenciosa y pausada de moler con muela redonda, sin picos de intolerancia y dogmatismo, en nada es más provechosa que en la vida religiosa.
Pero aquí se ha hecho de la fe religiosa algo muy picudo, agresivo, cortante, y de aquí ha salido ese jacobinismo pseudo-religioso que llaman integrismo, quintaesencia de intelectua -lismo libresco. Y para vestir á este descarnado esqueleto, rígido y seco y lleno de esquinas y salientes, no se ha encontrado mejor carne que un siste -ma de prácticas teatrales y ñoñas, con sus decoraciones, sus luces, sus coros y su letra y música de opereta mala con derroche de superlativos dulzarrones y acaramelados. Y por debajo de este aparato fisiológico la constante cantinela de que el liberalismo es pecado, sin que logremos llegar á saber qué es eso del liberalismo.
La vida cristiana íntima, recogida, entrañable, hay que ir á buscarla á tales cuales almas aisladas, que alimentándose del tradicional legado, no se dejan ahogar por esa balumba de fórmulas, silogismos, rutinas y cultos de molinillo chinesco.
De cómo está oscurecido el sentimiento cristiano nos dan continuas pruebas las circunstancias por que pasa la nación. Aun no hace dos días he leído en un semanario religioso elogios á unos frailes que han tomado en Filipinas las armas, y á nadie, que yo sepa, se le ha ocurrido todavía que si las órdenes religiosas del archipiélago hubiesen cumplido su misión se habrían sublevado los tagalos contra España, pero no contra ellas. Su oficio no debe ser mantener la soberanía de tal ó cual nación sobre éste ó el otro territorio; una orden religiosa no debe ser patriótica de esa manera, pues no está su patria en este mundo. Sé que á muchos parecerá lo que voy á decir una atrocidad, casi una herejía, pero creo y afirmo que esa fusión que se establece entre el patriotismo y la reli- v gión daña á uno y á otra. Lo que más acaso ha estorbado el desarrollo del espíritu cristiano en España es que en los siglos de la Reconquista se hizo de la cruz un pendón de batalla y hasta un arma de combate, haciendo de la milicia una especie de sacerdocio. Las órdenes militares y la leyenda de Santiago en Clavijo son en el fondo impiedades y nada más. El patriotismo tal y como I103- se entiende en los patriotismos nacionales es un sentimiento pagano. Decimos con los labios que todos los hombres somos hermanos, pero en realidad practicamos el adversus aeterna auctoritas, y tenemos de la fraternidad la idea que tienen las tribus salvajes: sólo es hermano el de la misma tribu.
Tiene usted muy triste razón cuando afirma que el cristianismo apenas se ha iniciado, que no es más que una débil capa en los pueblos modernos. El evangelio de éstos es, en realidad, ese condenado Derecho romano, quintesenciado sedimento del paganismo, medula del egoísmo social anticristiano. Cuando se dirija usted á mi, amigo Ganivet, puede decir del Derecho cuantas perrerías se le antojen, porque lo aborrezco con toda mi alma y con toda ella creo, con San Pablo, que la ley hace el pecado. Derecho y deber, estas dos categorías con que tanto nos muelen los oídos, son dos categorías paganas; lo cristiano es gracia y sacrificio, no derecho ni deber.
Y ¡á qué monstruosidades no ha llevado el infame contubernio del Evangelio cristiano con el Derecho romano! Una de ellas ha sido la consagración religiosa que se ha querido dar al patriotismo militante.
Mucho me sugiere cuanto usted apunta acerca de los judíos, de esta raza perseguida, que por no formar nación subsiste mejor como pueblo; de esa raza de que salieron los profetas y de donde salió el Redentor, á quien dieron muerte sus compatriotas alegando que era su conducta antipatriótica, como puede verse en el versillo 48 del capítulo XI del Evangelio, según San Juan.
Y de aquí podría pasar á indicarle la gran diferencia que hallo entre nación y patria, tan grande que suelen aparecérseme tales términos como contrapuestos. Pero como todo esto me llevaría ahora muy lejos, prefiero dejarlo para otra ocasión.
Hoy, que tanto se habla por muchos del reinado social de Jesús, se debía meditar algo más en que tal reinado no puede ser más que el reinado de la paz y de la justicia, de la paz sobre todo, de la paz siempre y á toda costa. No hay fariseísmo que pueda empañar el claro y terminante: ¡no matarás! Y si para no infringirlo hay que renunciar á ciudadanías históricas, se renuncia á ellas.
DE ANGEL GANIVET A MIGUEL DE UNAMUNO y i cs: jei se mi ?c se & I Poco apoco, sin pretenderlo, vamos á componer un programa político. No uno de esos programas que sirven para conquistar la opinión, subir al poder y mal gobernar dos ó tres años, porque esta especialidad está reservada á los jefes de partido, y nosotros, que yo sepa, no somos jefes de nada; de mí al menos puedo decir que, desde que tengo uso de razón, estoy trabajando para ser jefe de mí mismo, y aún no he podido lograrlo. Pero hay también programas independientes que sirven para formar la opinión, que son como espejos en que esta opinión se reconoce, salvo si la luna del espejo hace aguas. Tales programas están al alcance de todas las personas sinceras, y en España son muy necesarios, porque la opinión sólo tiene para mirarse el espejo cóncavo de su profunda ignorancia, y hace tiempo que no se mira de miedo de verse tan fea.
Hay quien se lamenta de la ineptitud política de la gente nueva, la cual, en el cuarto de siglo que llevamos de restauración, no ha dicho aún esta boca es mía; así se comprende que estamos gobernados por hombres anteriores á la revolución, los más de ellos condenados ya á muerte en 1866, y que núestra política consista sólo en ir tirando, aunque sea con vilipendio. Mas lo lamentable sería que la juventud hubiera seguido las huellas que se encontró marcadas y aceptado la responsabilidad de los hechos presentes. Si alguna esperanza nos queda todavía, es por- EL PORVENIR DR ESPAÑA que confiamos en que esos hombres nuevos, que no han querido entrar en la política de partido, estarán en otra parte y se presentarán por otros cami nos más anchos y mejor ventilados que los de la política al uso.
No se entienda por esto que yo confíe mucho en la gente nueva; de no formarse los hombres de Estado por generación espontánea, no sé cómo se van á formar en nuestro país, donde no se enseña ni el abecedario de la política nacional. La restauración acometió de buena fe la reforma de los estudios; pero el nuevo plan fué imitativo, como lo es todo en España, por ser también nuestro sistema de gobierno una pobre imitación; se adoptó un hermoso programa de asignaturas, cuya única deficiencia consiste en que, á pesar de lo mucho que enseña, no enseña nada de lo que más conviene saber á un español.
Nuestro pasado y nuestro presente nos liga á la América española: al pensar y trabajar, debemos saber que no pensamos ni trabajamos sólo por la Península é islas adyacentes, sino para la gran demarcación en que rige nuestro espíritu y nuestro idioma. Tan difícil como era sostener nuestra dominación material, tan fácil es (y ahora que el dominio se extinguió en abso" luto, más aún) mantener nuestra influencia, para no encogernos espiritualmente, que es el encogimiento más angustioso. ¿Qué sabe de América nuestra juventud intelectual? Cuatro nombres retumbantes, comenzando por el retumbantísimo de Otumba. La fecha de la independencia de nuestras colonias, que debió marcar sólo el tránsito de uno á otro género de relaciones, es para nosotros una muralla de la China. No faltan esfuerzos aislados, como los de las Ordenes religiosas, los de la Academia de la Lengua, el del Centenario, la publicación de las "Relaciones de Indias,, y los es tudios críticos de Valera; pero estos trabajos no influyen en la educación de la juventud.
Si se mira el porvenir, hay mil hechos que anuncian que Africa será el campo de nuestra expansión futura. ¿Qué sabe de Africa nuestra juventud "estudiosa,,? Menos que de América; ni los primeros rudimentos geográficos. Hay también esfuerzos aislados, que en un país tan perezoso como España, quieren decir mucho. Granada, en particular, es el centro de donde han salido nuestros mejores orientalistas y donde se conserva más apego á la política simbolizada en el testamento de Isabel la Católica Si yo dispusiera de capital suficiente (del que no dispondré jamás, porque tengo la desgracia de dedicarme á los trabajos improductivos), 'fundaría en Granada una Escuela africana, centro de estudios activos, según una pauta que tengo muy pensada y con la que creo había de formarse un plantel de conquistadores de nuevo cuno, de los que España necesita La gente se burlaría de mí, y quién sabe si al cabo de un siglo ó dos se diría que yo había sido el único hombre de Estado de nuestra patria en los siglos xix y xx. Gran celebridad es la que me pierdo por no tener recursos, y lo siento, no por la celebridad, sino porque la obra se quedará en proyecto, como todas las buenas.
No hay nada superior en Arquitectura á las iglesias góticas, porque en ellas la armonía no es convencional y geométrica, como en las obras clásicas, sino que es psicológica y nace en lo ínlimo de nuestro ser por la sugestión que nos produce la convergencia de las líneas ascendentes hacia un punto del cielo, semejantes á ideas que se enlazan en un solo ideal, ó á las voces de un coro que se unen en una sola oración.
He aquí un criterio fijo, inmutable, para proceder cuerdamente en todos los asuntos políticos: agarrarse con f uerza al terruño y golpearlo para que nos diga lo que quiere. Lo que yo llamo espíritu territorial no es sólo tierra, es también humanidad, es sentimiento de los trabajadores silenciosos de que usted habla. La acción de éstos no es la historia, como el basamento de la isla no es la isla; la isla es lo que sale por encima del agua, y la historia es el movimiento, es la vida, que debe de apoyarse sobre esa masa inerte, rutinaria, que ya que no ejecute grandes hechos, sirve de regulador é impide que los artificios tengan la vida demasiado larga y destruyan el espíritu nacional.
II II A pesar de lo dicho creo, y la gratitud nos obliga á creer, que la restauración ha prestado al país un gran servicio; nos ha dado un período de paz relativa, y en la paz hemos visto claro lo que antes no veíamos; se decía que nuestros males venían de las guerras, revoluciones y pronunciamientos, y ahora sabemos que la causa de nuestra postración está en que hemos construido un edificio político sobre la voluntad nacional de una nación que carece de voluntad. Vivimos, pues, en el aire, como quien dice, de milagro. Se explica perfectamente ese movimiento instintivo de la nueva generación en busca de una realidad en que afirmar los pies, eso que se ha llamado movimiento regionalista, aunque propiamente no lo sea. No hay ya jóvenes que vayan á Madrid con el uniforme de ministro en la maleta, y los hay que comienzan á comprender que un hombre no aventaja en nada con añadir su nombre al catálogo inacabable de ce lebridades inútiles y nocivas de España, y los hay también que prefieren trabajar en sus casas y en beneficio de sus pueblos, á ganar en la tribu parlamentaria estériles aplausos. El día que haya en las diversas capitales de Es paña hombres de talento y prestigio, que estudien los verdaderos intereses y aspiraciones de sus comarcas y los fundan en un plan de acción nacional, dejarán de existir esas entilequias ó engendros de gabinete con que hoy se nos gobierna, y habremos entrado en la realidad política.
Yo soy regionalista del único modo que se debe serlo en nuestro país, esto es, sin aceptar las regiones No obstante el historicismo que usted me atribuye, no acepto ninguna categoría histórica tal como existió, porque esto me parece dar saltos atrás. A docenas se me ocurren los argumentos contra las regiones, sea que se las reorganice bajo la monarquía representativa ó bajo la república federal, sea bajo ésta ó aquella componenda debajo del actual régimen; encuentro demasiado bo rrosos los linderos de las antiguas regiones, y no veo justificado que se los marque de nuevo, ni que se dé suelta otra vez á las querellas latentes entre las localidades de cada región, ni que se sustituya la centralización actual por ocho ó diez centralizaciones provechosas á ciertas capitales de provincia, ni que se amplíe el artificio parla UNAMUNO Y ÜANIVET mentado con nuevos y no mejores centros parlantes...Usted, que es vizcaíno, reconocerá que un parlamento vasco no les hace ninguna falta, teniendo como tienen diputaciones forales que no son focos de mendicidad como muchas de España, sino diputaciones verdaderas; yo, que soy andaluz, declaro que Andalucía políticamente no es nada, y que al formarse las regiones habría que reconocer dos Andalucías: la alta y la baja; el mismo Pi y Margall en Las Nacionalidades las admite.
Pero hay además una razón que de fijo le hará á usted mella. El valor de los organismos políticos depende en nuestro tiempo de su aptitud para dar vida á las reformas de carácter social, y ni el Estado, ni la Religión, ni ninguna de sus formas posibles satisfacen esta necesidad de nuestro tiempo; el socialismo español ha de ser comunista, quiero decir, municipal, y por esto defiendo yo que sean los municipios autónomos los que ensayen las reformas sociales; y en nuestro país no habría en muchos casos ensayo sino restauración de viejas prácticas. El pueblo y la ciudad son organismos reales, constituidos por la agrupación de moradas fijas, inmuebles, y por lo] mismo que son una realidad, podrían vivir independientes con ventaja y sin peligro. El peligro está en las instituciones convencionales porque éstas, faltas de asunto real, divagan y caen en todo género de excesos.
No sé cómo hay socialistas del Estado ni de la Internacional; en España es seguro que la acción del Estado sería completamente inútil. Se darían leyes reguladoras del trabajo y habría que vigilar el cumplimiento de esas leyes: un cuerpo flamante de inspectores, es decir, de individuos que en virtud de una Real orden tendrían el derecho de pedir cinco duros á todos los ciudadanos que cayeran bajo su dirección.
Un ministro muy formal, el Sr. Caniacho, dijo que siempre que daba una credencial de inspector, creía poner un trabuco en manos de un bandolero. Y si para mayor garantía los inspectores eran de la clase obrera, entonces apaga y vamonos.
Les voy á contar á ustedes un cuento que no es cuento. Había en una ciudad, de cuyo nombre me acuerdo perfectamente, aunque no quiero decirlo, un orador socialista de los de espada en mano. Todos los abusos le llegaban al alma, y el que le llegaba más hondo era el de que se robase en el pan, "base alimenticia del pueblo,,. La idea del pan falto se le fijó en la mollera, y tanto fué y vino y tanto clamó y aun chilló, que el alcalde de la ciudad le llamó á su despacho, y después de una larga entrevista, en la que hizo gala de su amor al pueblo, á la justicia y á las hogazas cabales, le nombró inspector del peso del pan. Los panaderos faltones se echaron á temblar, excep to uno, el más viejo y socarrón del gremio, gran conocedor de sus semejantes, que dijo á sus compañeros: — «Ese es un ej umbrío, y si queréis yo me encargo de untarle la mano.» Asi se hizo, y desde entonces ya no le faltaban al pan dos onzas, sino cuatro; las dos de costumbre y dos más para untar al «hombre nuevo».— Todo eso se remediaría, diría alguien, nombrando un inspector superior con título para que meta en cintura á sus subalternos.—-Ese nuevo inspector, contesto yo, no sóio se dejará sobornar, sino que exigirá que le lleven el dinero á su cas^ y que le oseen las moscas ó le saquen los niños á paseo. Y tantos inspectores podríamos nombrar, que ocurriese con las hogazas lo que con las caperuzas del cuento del Quijote; las habría tan chicas que habría que comerlas con microscopio. Mientras el mundo exista habrá hombres listos que vivan sin trabajar á expensas del público y los golpes irán siempre á dar en la hogaza, es decir, en la realidad. Ensanchemos, pues, esta realidad para que vivan todos, los listos y los que no lo son. Y esto se con sigue reservando parte de la propiedad para usufructo común. Comunida des benéficas, ele pósitos, de disfrute de montes y de pastoreo, etc., etc., según las condiciones de cada municipio, á fin de que el vecindario tenga la seguridad de que, no obstante albergar en su seno un considerable número de bribones, éstos no impiden que todo el mundo coma, por muy mal dadas que vengan.
III III Muchas contradicciones hallará el lector en el programa de usted, pero yo sólo hallo una. La alianza que usted establece entre regionalismo, socialismo y lo que llama carlismo popular, suena aún á cosa incongruente, y sin embargo, es la fórmula política en la nueva generación y es practicable dentro del actual régimen. Municipio libre, que sirva de "laboratorio socialista" (la frase es de Barres) y del cual arranque la representación nacional, que los electores tienen abandonada: una representación efectiva que sustituya á la ficción parlamentaria y una autoridad fuerte, verdadera, que garantice el orden y la cohesión territorial. Esta combinación da más libertad práctica que la actual centralización. Donde yo encuentro que usted se contradice es al enlazar su cristianismo evangélico con sus ideas progresivas en materia económica, y aunque yo no tenga gran afición á los problemas económicos le diré también en este punto mi parecer.
Quiere usted vida industrial intensa, comercio activo, prosperidad general, y no se fija en que esto es casi indiferente para un buen cristiano. Pregunte usted á todos esos hombres que se afanan por ganar dinero y por cuyo bienestar usted se interesa, qué piensan hacer cuando tengan un gran capital, y le contestarán: "Darme buena vida. Comer mejor, tener buena casa y muchas comodidades; coche, si á tanto alcanza; divertirme cuanto pueda y (esto en secreto) cometer algunas tropelías/' Los montes dan grandes gemidos para dar á luz un mísero ratón. No pienso molestarme jamás para ayudar á ganar dinero á gente que se mueva por rutina. Me es antipático el mecanismo material de la vida y lo tolero sólo cuando lo veo á la luz de un ideal; así, antes de enriquecer á una nación, pienso que hay que ennoblecerla, porque el negocio por el negocio es cosa triste.
Pero la sociedad no piensa como yo sobre el particular, lo reconozco. La sociedad piensa por comparación, y como hoy lo que priva es el dinero, todos se afanan tras él, sin considerar que acaso estarían mejor sin él. Hay quien se muere de repente al saber que le ha tocado la lotería y quien de hombre de bien se convierte en un mal sujeto, porque heredó cuatro ochavos y después de malgastarlos no quiere doblar la raspa. En suma, el valor del dinero depende de la aptitud que se tenga para invertirlo en obras nobles y útiles., Se dice que la prosperidad material trae la cultura y la dignificación del pueblo, mas lo que realmente sucede es que la prosperidad hace visibles las buenas y malas cualidades de un pueblo, que antes permanecían ocultas. Si no se tienen elevados sentimientos, la riqueza pondrá de relieve la vulgar grosería y la odiosa bajeza: y en España, cuyo flaco es la desunión, si no inculcamos ideas de fraternidad, el progreso económico se mostrará en rivalidades vergonzosas. Hay familias pobres que se quitan el pan de la boca para dar carrera al niño, que salió con talento, y algunos de estos niños, en vez de ayudar después á los suyos para que se levanten, se apresuran á volver las espaldas. Yo conocí á un estudiante aventajado, hijo de una lavandera, que cuando se vió con su título de médico en el bolsillo, llegó hasta á negar á su madre. Algo de esto ocurre en nuestro país.
He estado tres veces en Cataluña, y después de alegrarme la prosperidad de que goza, me ha disgustado la ingratitud con que juzga á España la juventud intelectual nacida en este período de renacimiento; á algunos les he oido negar á España. Y, sin embargo, el renacimiento catalán ha sido obra no sólo de los catalanes, sino de España entera, que ha secundado gustosamente sus esfuerzos. En las Vascongadas sólo he estado de paso; pero he conocido á muchos vascongados; los más han sido bilbaínos, capitanes de buque, y éstos son gente chapada á la antigua, con la que da gusto hablar; los que son casi intratables son los modernos, los enriquecidos con los negocios de minas, que no sólo niegan á España y hablan de ella con desprecio, sino que desprecian también á Bilbao y prefieren vivir en Inglaterra. El motivo de estos desplantes no puede ser más español; es nuestra propensión aristocrática: en cuanto un español tiene cuatro fincas necesita hacer el señor; vivir lejos de sus bienes, contemplándolos á distancia y cobrando las rentas por mano de administrador.
De lo peligrosa que es esta manía, sírvanos de ejemplo lo que nos acaba de pasar. La cuestión cubana ha sido cuestión económica, como usted dice; pero lo que conviene también decir es que en ella no hemos sido tan egoístas como decían los Tirteafueras, que á cada momento nos reconvenían para no dejarnos comer á gusto. España no podía ser mercado para los productos de Cuba, pero le abrió el mercado de los Estados Unidos, ofreciendo á éstos en compensación ventajas que nadie ha querido tomar en cuenta, porque no hay peor ciego que el que no quiere ver. Era una reciprocidad por earambola con la que sólo conseguimos pasarle al gato la sardina por las narices. Pusimos la vida económica de Cuba en manos de la Unión, y ésta pudo entonces emplear su sistema de herir solapadamente y condolerse en público de la crisis cubana, del mismo modo que después alimentaba en secreto la insurrección y abiertamente se queja de sus estragos. Hemos repetido la prueba de El curioso impertinente con la circunstancia agravante de que el marido curioso del cuento tenía confianza en su mujer y en su amigo, en tanto que nosotros sabíamos que entre ellos mediaba cierta intimi dad sospechosa.