En Castilla, el espíritu conquistador nace del de rivalidad, apoyado por la religión. La tendencia natural de Castilla era la prosecución en el suelo africano de la lucha contra el poder musulmán, del que entonces podían temerse aún reacciones ofensivas; pero interponiéndose Colón, las fuerzas que debieron ir contra África se trasladaron á América. La organización política dada á la nación por los Reyes Católicos había do tener como complemento una restauración intelectual, que diere á las obras del espíritu más amplia intervención en la vida y una restauración de las fuerzas materiales del país, empobrecido por las guerras. Mas estas dos obras requerían mucha constancia y mucho esfuerzo: la primera fué iniciada con brillantez porque el impulso partió de los reyes y de los hombres escogidos de (pie supieron rodearse; pero la segunda, que era más obra de brazos que de cabeza y más de sudar que de discurrir, tenía que descansar sobre los hombros del pueblo trabajador, el cual, no encontrándose en la 4* mejor disposición de ánimo para entrar en faena, acogió con júbilo la noticia del descubrimiento del nuevo mundo, que atraía y seducía como cosa de encantamiento. Y dejando las prosaicas herramientas do trabajo, allá partieron cuantos pudieron en busca do la independencia personal, representada por el «Oro; no por el oro ganado en la industria ó el comercio, sino por el oro puro, en pepitas.
Así, pues, el espíritu de agresión que generalmente so nos atribuye, es sólo, como dije, una metamorfosis del espíritu territorial; lia podido adquirir el carácter ile un rasgo constitutivo de nuestra raza por lo largo do su duración; pero no lia llegado á imponérsenos y ha de tener su fin cuando se extingan los últimos ecos de la política (pie le dio origen. En la historiado España sólo aparece un conato de verdadera agresión: el envío de la Armada Invencible contra Inglaterra; y sabido es que esa aventura, cuyo fin fué tan desastrado como lógico, no fué obra nuestra exclusiva; nosotros pusimos el brazo; pero no pusimos el pensamiento, puesto que el interés político ó religioso no abarca todo el pensamiento íntimo de una nación. El examen de los documentos relativos á la diplomacia pontificia en España (al que ha dedicado recientemente un concienzudo trabajo un escritor español peritísimo en la materia, D. Ricardo de Hinojosa) pone de relieve que si España tuvo un momento la idea de agredir á Inglaterra, protectora y amparadora de los rebeldes flamencos, esa idea fué alimentada y sestenida y resucitada y subvencionada por la Iglesia de Roma con tanta ó mayor insistencia que la empleada para constituir la Liga contra los turcos, la cual respondía á un pensamiento más justo, oj de defenderse contra un poder violento y en auge, peligroso para los intereses de toda Europa.
Y en nuestra historia interior, siendo como es, ¡i ir desgracia, fértilísima en guerras civiles, no existen tampoco guerras de agresión, sino luchas por la independencia. La unión naco por la paz 7 en virtud do enlaces ó del derecho hereditario; así se unieron Aragón y Cataluña, Castilla y Aragón, España y Portugal. La guerra aparece sólo al separarse; de un lado se combato por la independencia, del otro por conservar la unidad, es decir, la legalidad política establecida; por tanto, no hay agresión. Un hecho como la ocupación do Gibraltar por Inglaterra, sin derecho ni precedente que lo justifique, por cálculo y por conveniencia, no existe en nuestra historia.
* * Los términos «espíritu guerrero» y «espíritu militar» suelen emplearse indistintamente, y sin embargo, yo no conozco otros más opuestos entre sí. A primera vista se descubro que el espíritu guerrero os espontáneo y el espíritu militar reílejo; que el uno está en el hombre y el otro en la sociedad; que el uno es un esfuerzo contra la organización y el otro un esfuerzo de organización. Un hombre armado hasta los dientes va proclamando su flaqueza cuando no su cobardía; un hombre que lucha sin armas da á entender que tiene confianza absoluta en su valor; un país que confía en sus fuerzas propias desdeña el militarismo y una nación que teme, que no se siente secura, pone toda sn fé en los cuarteles. España es por esencia, porque así lo exige el espíritu de su territorio, un pueblo guerrero, no un pueblo militar. Abramos una Historia de España por cualquier lado y veremos constantemente lo mismo: un pueblo que lucha sin organización. En el período romano sabemos que Xumaneia prefirió perecer antes que someterse, pero no sabemos quién hizo allí de cabeza y casi estamos seguros de que allí no hubo cabeza; buseamos ejércitos y no encontramos más que guerrillas, y la figura que más se destaca no es la de un jeté regular, la de un rey ó regalo, sino la de Viriato, un guerrillero. En la Reconquista habiendo tantos reyes, algunos sabios y basta santos. la figura nacional es el Cid, un rey ambulante, un guerrillero que trabaja por cuenta propia; y el primer acto que anuncia el futuro predominio de Castilla no parte de un rey, sino del Cid, cuando emprende la conquista de Valencia é intercepta el paso á Cataluña y Aragón. Xo importa que la conquista no fuera definitiva, basta la intención, el arranque; así pues, al exaltar la figura del Cid, al colocarla por encima de sus reyes, el pueblo de Castilla do va descaminado. Cuando los que combaten buscan un apoyo en la religión, no se contentan con invocar el auxilio divino, sino que transforman á Santiago en guerrero; y no en general; en simple soldado del arma de caballería. Y esto no es obra exclusiva de la religión, del odio al infiel, puesto que en nuestro siglo, contra los cristianos franceses, Aragón transformó á la Virgen del Pilar en Capitana de las tropas aragonesas.
Cuando la fuerza de los acontecimientos nos obligó á mezclarnos en los asuntos de Europa, el guerrero se convierte en mili lar; poro nuestras creaciones militares no son organismos complicados, son la compañía y el tercio. Para presentar ante Europa una figura militar de primer orden, tenemos que acudir á un capitán nada más, al Gran Capitán, el creador de nuestro ejercito en las campañas de Italia. Y la genialidad de Gonzalo de Córdoba consistió, como ya dije hablando de Séneca, en que no inventó nada, en que no hizo más que dar forma á nuestras ideas. Entonces también había grandes ejércitos y el Gran Capitán creó la táctica de los que son menores en número, la defensiva combinada con las maniobras rápidas y las agresiones aisladas, esto es, la táctica de guerrillas, medio infalible para quebrantar la cohesión del enemigo, para fraccionarlo y para derrotarlo, cuando ese enemigo confía el éxito á una sola cabeza y anula las iniciativas de los núcleos secundarios, desligados.
Para nuestras empresas de América no fué necesario cambiar nada y los conquistadores, en cuanto hombres de armas, fueron legítimos guerrilleros; lo mismo los más bajos que los más altos, sin exceptuar á Hernán Cortés. He aquí porqué Europa no ha comprendido nunca á nuestros conquistadores, y les ha equiparado á bandoleros. Mil veces, desde que vivo fuera de España, he oido la eterna acusación, lanzada por sabios é ignorantes y hasta por los poetas, que suelen tener más ancho criterio para comprender las cosas humanas. Heine, en su «Romancero», en su torpe leyenda de «Yitzliputzli» Hanía también á Hernán Cortos: «un capitán de bandidos.» Y en vez de indignarse, creo que lo procedente es decir que no comprenden á nuestros conquistadores, porque no han podido tenerlos.
Holanda imitó la política do Portugal y buscó también en la colonización fuerzas que la exigüidad de su territorio no le daba para asegurar su independencia en el continente; pero Holanda contaba ya con medios de acción mucho más perfectos, y como además su espíritu era ya otro, su colonización se transformó en negocio comercial, en algo útil, práctico, sin duda, pero que ya no era tan noble; y esta colonización así entendida pasó del Continente á Inglaterra, que adquirió luego la supremacía colonial en el mundo; y acaso sería más justo decir que no pasó á Inglaterra, sino á Escocia, puesto que los escoceses, no los ingleses, fueron los iniciadores.
En nuestros días, Bélgica, ó mejor, el rey de los belgas, ha emprendido la misma política (la cual puede ser peligrosa si, sacando al país de su neutralidad, no le diera los medios para sostener por cuenta propia lo que hoy está sostenido por el acuerdo de las naciones;) pero esta política, que desde luego es noble y generosa, está apoyada también en el comercio y en la arción militar regular, no en el espíritu conquistador; que no son conquistadores quienes sirven un breve período de tiempo en una colonia por obtener riquezas ü honores, sino quienes conquistan por necesidad, espontáneamente, per impulso natural hacia la independencia, sin otro propósito que demostrar la grandeza oculta dentro de la pequenez aparente. Y tan conquistadores como Cortés ó Pizarro son Cervantes, preso en Argel y eomprometióndose en una rebelión por España y San [guació de Loyola, otro oscuro soldado que con un puñado de hombres acomete la conquista del mundo espiritual. Cuando Europa, pues, habituada á la acción regular de la milicia y del comercio ve á unos cuantos aventureros lanzarse á la conquista do un gran territorio, no pudiendo ó no queriendo comprender la fuerza ideal que les anima, los toma por salteadores de caminos, ó interpreta las crueldades que por acaso cometan, no como azares del combate, sino como revelación do instintos vulgares, sanguinarios; sin lijarse en que sin esos héroes tan mal juzgados, de quienes puede decirse que fueron los roturadores del mundo colonial, no hubieran venido después loa que sembraron y recogieron, los que no contentos con sacar la utilidad del trabajo ajeno, pretenden recabar para sí toda la gloria.
Tales errores de juicio responden á una hipocresía sistemática en que hoy todos nos complacemos, á una ceguedad intencionada ó voluntaria, de que todos padecemos. Unimos el efecto a la causa sólo cuando uno y otra están ya unidos de un modo natural y no hay medio de separarlos. Un ejército que lucha con armas de mucho alcance, con ametralladoras de tiro rápido y con cañones de grueso calibro, aunque deje el campo sembrado de cadáveres es un ejército glorioso; y si los cadáveres son de raza negra, entonces se dice que no hay tales cadáveres. Un soldado que lucha cuerpo á cuerpo y que mata á su enemigo do un bayonetazo, empieza á parecemos brutal; un hombre vestido de paisano, que lucha y mata, nos parece un asesino. No nos rijamos en el hecho, nos fijamos en la apariencia.
Nuestra sociedad desprecia y maltrata al prestamista y admira y ennoblece al banquero. ¿Porque'. Porque el prestamista so pone en contacto con su clientela y el banquero trabaja en grande escala, valiéndose con frecuencia del telégrafo y del teléfono. Xos irrita, que el prestamista llevo un tanto por ciento exagerado, porque la víctima sabe quién lo hace el mal y al quejarse nos dice el aombre del usurero; nos maravilla (pie un bolsista gane un millón en una jugada hábil, porque las víctimas no le conocen y al caer en la ruina, quizás al acudir al suicidio no pueden decir quién ha abusado de su torpeza ó de su ignorancia.
Yo he vivido en países donde el crédito está admirablemente organizado, donde no hay apenas capital inactivo, pues todo él está en manos (pie lo hacen fructificar. Hay combinaciones variadísimas para (pie los trabajadores puedan ahorrar obteniendo intereses, desde una peseta en adelante; para que los niños puedan ahorrar desde un sello de á céntimo, á fin do (pie desde pequeños vayan adquiriendo hábitos de economía. Todo esto está muy bien. Pero no he vivido en ningún país, donde en caso de apuro una familia pobre (que en todas partes las hay) sai pie más partido que en España de una camisa vieja ó de unos calzoncillos usados. Xos superan en el crédito negativo, que es el de recoger: pero se quedan muy por bajo en el positivo, que os el de dar. Nuestro crédito también s»1 organiza en guerrillas y los prestamistas son los guerrilleros. Su acción es individual y por esto, como dijo, es más irritante; pero su malicia está encauzada por la misma estrechez de su círculo de operaciones; conforme este círculo se agranda, alimenta sin duda la cuantiado las empresas hasta llegar á las obras colosales, de las qué se dice que son las «maravillas del crédito;» pero la maldad crece en la misma proporción y las catástrofes también son colosales y maravillosas.
Yo no diré así en absoluto esto es mejor que aquello; en absoluto sólo puede decirse (pie ambas cosas son malas. No me gusta la propiedad individual ni la colectiva; pero la comprendo aliada con el amor; un hombre que posee una casa y la ama, porque en ella nació y piensa morir, es un propietario útil; un hombre que construye casas y las posee sólo hasta que logra venderlas con beneficio, es un propietario perjudicial, pues si le dejan, será capaz de construirlas tan frágiles, que so hundan y aplasten á los pobres inquilinos. Todo el progreso moderno es inseguro, porque no se basa sobre ideas, sino sobre la destrucción de la propiedad fija, en beneficio de la propiedad móvil; y esta propiedad, que ya no sirve sólo para atender á las necesidades del vivir y que en vez de estar regida por la justicia está regida por la estrategia, ha de acabar sin dejar rastro, como acabaron los brutales imperios de los medos y de los persas.
Nuestro desprecio del trabajo manual se acentúa más de día en día y sin embargo en él está la salvación; él solo puede engendrar el sentimiento de la fraternidad, el cual exige el contacto de unos hombres con otros. Así, la guerra civilizada, que parece más noble, porque coloca á gran distancia á los que matan y á los que mueren, es una guerra profundamente egoísta y salvaje, porque impido que se muestre la piedad; el que ludia desde lejos mata siempre que acierta á matar; el que lucha cuerpo á cuerpo mías veces mata y otras veces se compadece j perdona. Los españoles >-> «n tenidos por guerreros duros y crueles y acaso sean los que han ofrecido más ejemplos de piedad y de magnanimidad, no porque sean más magnánimos y más piadosos, sino porque han peleado siempre muy cerca del enemigo.
Para vaierme de una dem (Stración más vulgar y por tanto más enérgica, compararé al zapatero de portal con el fabricante de zapatos. Si pregunte cuál de los dos es más meritorio en su oficio, se me dirá «pie el fabricante; porque éste trabaja en grande escala, con mayor delicadeza \ elegancia y acaso á más bajo precio. Yo estoy por el zapatero de portal. porque éste trabaja sólo para unos cuantos parroquianos, y llega á conocerle-; los pies y á considera r estos pies como cosa propia; cuando hace un par de botas no va sido á ganar un jornal, va á afanarse cuanto pueda para (pie los pies encajen en las botas perfectamente, ó cuando menos, con holgura; y esta buena intención basta ya para levantarle á mis ojos muy por encima del fabricante que mira sólo á su negocio y del obrero mecánico que atiende sido á su jornal. Venimos, pues, á la misma conclusión que cuando hablábamos del propietario; hay un obrero socialmente útil, el (pie trabaja y ama su obra, y un obrero perjudicial, el que trabaja por instinto utilitario. Esto no lo dice sólo la cabeza; meditando mi So poco sobre el caso del zapatero, paróceme que hasta nuestros pies se pondrían de parte de la ya casi extinguida descendencia de San Crispín, quien no trabajó nunca en ninguna fábrica, ni hubiera llegado;i santo si hubiera sido fabricante.
Siempre que en España surge un conflicto que demanda ser resuelto por la fuerza de las armas, presenciamos el espectáculo de la insubordinación de todas las clases sociales, deseosas de suplir la acción del Estado, en la que no se tiene absoluta confianza, y de tomar sobre sí la dirección de la guerra. Y los hombres sensatos condenan duramente esas iniciativas, claman contra el desequilibrado espíritu nacional y piden poco menos que un silencio religioso y solemne, para que el ejército cumpla su misión con entero desembarazo. Esto es lógico, es científico y no es español. Si fuera posible destruir Jas anomalías de nuestro carácter, habría en el acto que suplirlas con un militarismo tan desenfrenado como el que hoy consume á las naciones del continente. Cuando todo el mundo aumenta su poder militar de una manera formidable, sólo dos naciones se mantienen refractarias: Inglaterra, enemiga por tradición délos grandes ejércitos, tiene sólo un ejército, organizado según sus propias ideas y apropiado á las necesidades de su política; España confía la salvaguardia de su independencia al espíritu del territorio y cuenta con fuerzas suficientes para sostener el orden interior; no posee siquiera un ejército colonial, á pesar de ser una nación colonizadora. Y acaso las dos naciones que puedan mirar con más seguridad el porvenir sean España ó Inglaterra, porque la una tiene su apoyo más firme en el carácter nacional y en el aislamiento y la otra en su situación insular y en sus fuerzas navales.
Si fuese posible, pues, destruir nuestro espíritu territorial y confiar nuestros intereses á un ejército numérese y disciplinado, nuestra independencia, hoy indiscutible, otaría constantemente amenazada. He aquí que hemos organizado un ejército de cien mil hombres, más aún, de quinientos mil; supongamos que todos eses hombres obedecen á una Bola cabeza y supongamos, que ya es suponer, que hay una cabeza para dirigir á todos esos hombres. Esa masa militar recibe el choque del enemigo, que viene pelel Norte, y como es tres ó cuatro veces inferior en número, vemos con dolor (pie en virtud de los principios del arte moderno de la guerra, queda derrotada, aplastada, como los franceses en Sedán. ¿Qué hacer? ¿Dejar (pie el enemigo disperse!<>> restes de nuestro ejército derrotado, sitie Madrid y lo tome si así le parece conveniente, firmar luego un tratado por el que se nos sangre y se nos mutile, y quedarnos contentos porque se nos dice (pie nuestra derrota se ajusta á los preceptos que hoy recomienda la civilización? Si la guerra hubiera de ser no más (pie una lucha científica de dos cabezas que jugaran con las masas de hombres como se juega en la Bolsa con los capitales, bastaría conocer los censos de población para (pie los menos se humillasen ante los más. para (pie una nación de quince millones de habitantes se considerara virtualmentc vencida por otra de treinta ó cuarenta. Ante la idea de esta esclavitud brutal, bien que bajo apariencias civilizadas.
toda alma noble é independiente se subleva y busca el remedio en la acción individual y se defiende con arreglo á otra táctica que equilibre las fuerzas desiguales; y el arte militar acude á esto deseo y así como da reglas para regir grandes masas, da también reglas para destruir esas grandes masas.
Véase, pues, cómo una idea que parece vaga é inaprisionable, como la del espíritu del territorio, lleva en sí la solución de grandes problemas políticos. Nosotros queremos tener ejércitos iguales á los del Continente y nuestro carácter pide, exige, un ejército peninsular. El soldado continental comprende la solidaridad y se siente más valiente y animoso cuando sabe que con él van contra el enemigo uno ó dos millones, si es posible, de compañeros de armas. El soldado peninsular se encoge y se aflige y como que se ahoga cuando se ve anulado en una gran masa de tropas, porque adivina que no va á obrar allí humanamente, sino como un aparato mecánico. El número da al uno fuerzas y al otro se las quita. Eu cambio, si sobreviene un desastre á cualquiera de los grandes ejércitos de Europa, la desmoralización es casi instantánea, porque la fuerza principal no estaba dentro de los soldados, sino en la cohesión (pie se n»mpe y en la confianza que desaparece; y un ejército español renace una y cien veces como un fénix, porque su fuerza constitutiva era el espíritu del soldado y ese espíritu no cuesta nada, lo da gratuitamente la tierra.
ok donde quiera (pie echemos á andar por los caminos de España, nos saldrá al paso la eterna esfinge con la eterna y capciosa pregunta: — ¿es me- S3 jor vivir como hasta aquí hemos vivirlo, ayer cargados de gloria, hoy hundidos y postrados, mañana de nuevo en la prosperidad y siempre organizados al modo bohemio, ó conviene romper definitivamente con las malas tradiciones, convertirnos en nación á la moderna, muy bien ordenada y equilibrada? Ni esto ni aquello. No debemos cruzarnos do brazos y dejar que hasta lo que es virtud se transforme en causa de menosprecio y de escarnio; hay que tener ana organización y para que ésta no sea de puro artificio, para que cuaje y se afirme, ha de acomodarse á nuestra constitución natural. Aunque parejea extraño á primera vista, una organización do ese generóos tan hacedera, está tan al alcance de la mano, que no requiere ningún esfuerzo de imaginación, ni largas meditaciones, ni complicados razonamientos. Lo lógico sale al paso y si no lo vemos muchas veces es porque estamos distraídos buscando soluciones caprichosas.
Organizar un ejército que sirva á la vez para una guerra á la moderna y para una guerra á la española, parece obra de romanos. V no obstante, esa obra estuvo ya realizada en nuestra época de apogeo militar; basta, para resucitarla, constituirlos peque-Bos núcleos ó unidades de combate con tal solidez y vigor, que lo mismo sirvan para formar unidos un ejercito regular que, separados, en caso de dislocación, para formar centros de suprema resistencia, l'n ejército español no puede prescindir del espíritu guerrero individual de los habitantes del territorio, ha de contar con él y ha de apoyarse, en caso extremo, sobre él; sus unidades de combate no deben de S4 ser organismos frénicos solamente, sino reducciones de la sociedad plena y entera. Eay que prescindir de organizaciones artificiales, imitadas de tós triunfadores del día ó de la víspera y atenerse á lo que las necesidades propias exigen, sin fijarse en lo que hagan los demás. La imitación de lo extraño tiene que concretarse á los detalles, á todo aquello que sea progreso efectivo y encaje bien dentro de la concepción nacional; pues á veces, loqueen otro país es cuestión de primer orden, en el nuestro es menos que de segundo ó tercero y lo que es útil, inútil y hasta perjudicial, por falta de concordancia con lo esencial de nuestra organización.
En un ejército continental lo más importante es la movilización de las grandes masas, con rigor matemático, con la precisión de un mecanismo perfecto; lo secundario es la función de cada unidad de combate; en un ejército español, la movilización, con ser de tan alta trascendencia, es lo secundario, y lo principal es la función desligada de las compañías; las cuales por esto mismo han de ser un reflejo y un compendio de la nación, de todas las clases sociales, de lo actual y de lo tradicional, de lo que la nación fué y es y desea ser. El mejor ejército español no será aquel que cuente con muchos soldados, sometidos á una sola cabeza, sino aquel que se componga de compañías, que se muevan como un solo hombre y que tengan, como el dios Jano, dos caras, una mirando al campo donde se libran las batallas regulares, y otra á la montaña donde se encuentra un último y seguro refugio para defender la independencia nacional.
Contados son los libros donde lio so emplea la alegoría de la nave como símbolo de las cosas humanas. No hay medio de escapar de tan manoseado tópico, porque las ideas que nos vienen al espíritu cuando vemos una nave flotando sobre las aguas, son la> que más claramente revelan nuestra concepción universal y harmónica de la vida. Yo vivo en una rasa rodeada de árboles, junto al mar. Á vives veo en el Lejano horizonte la forma indecisa de un barco que surge entre el mar y el cielo, como portador de mensajeros espirituales; después comienzo á distinguir el velamen y la arboladura; luego el casen y algO COnfllSO que se mueve: más eerea las maniobras de los tripulantes: por fin veo entrar el liaren en el puerto y arrojar per las escotillas sobre el muelle la carga multiforme (pie lleva escondida en su enorme buche. V pienso que así se nos presentan también las ideas; las cuales comienzan por un destello divine, ipie conforme tema cuerpo en la realidad va perdiendo su originaria pureza hasta hundirse y encenagarse y envilecerse en las más groseras encarnaciones. Por un instante qne el alma, se deleite en la contemplación de una idea «pie nace limpia y sin mancha entre las espumas del pensamiento cuánta angustia después para hacer sensible esa idea en alguna de las menguadas y raquíticas formas de que nuestro escaso poder dispone,.cuánta tristeza al verla convertida en algo material, manchada por la impureza inseparable di1 lo material! Si esto puede decirse de todas las ideas, aplícase S6 con más rigor que á las demás, á la idea de justicia; nada existe qne parezca venir de tan alto y nada existe que descienda tan bajo; nada hay que se presente más simple v más puro y nada hay que tome aspecto más impuro, ni más grosero, ni más inhumano. En espíritu jurídico do un país se descubre observando en qué punto de la evolución de la idea do justicia so ba concentrado principalmente su atención. Porque los códigos poco valen, tienen sólo un valer objetivo; han de ser interpretados por el hombre. No hasta decir (pie España se rigió per leyes remanas y luego por leyes romanas y germánicas y luego por una amalgama de éstas y de los principios jurídicos que el progreso fué introduciendo en las antiguas legislaciones; porque si se miran las cosas de cerca, ha existido y existe por encima do todo ese fárrago de leyes reales, una ley ideal superior, la ley constante de interpretación jurídica, que en España ha sido más bien de disolución jurídica.
España no ha tenido nunca leyes propias; le han sido impuestas por dominaciones extrañas; han sido hechos de fuerza. Así, cuando durante la Reconquista se relajaron los vínculos jurídicos, desapareció la unidad legislativa y casi pudiera decirse que hasta la ley; puesto que los fueros, con que se las pretendía sustituir sistemáticamente, llevaban en sí la negación de la ley. El fuero se funda en el deseo de diversificar la ley para adaptarla á pequeños núcleos sociales; pero si esta diversidad es excesiva, como lo fué en muchos casos, se puede llegar á tan exagerado atomismo legislativo, que cada familia quiera tener una ley para su uso particular. En la Edad Media nuestras Regiones querían reyes propios, no para estar mejor gobernadas, sino para destruir el poder real; las ciudades querían tueros que las eximieran de la autoridad de esos reyes ya achicados; y todas las clases sociales querían fueros y privilegios á montones; entonces estuvo nuestra patria á dos pasos de realizar su ideal jurídico: que todos los españoles llevasen en el bolsillo una carta toral con un sólo artículo, redactado en estos términos breves, claros y contundentes: — «Este español está autorizado para hacer lo (pie le dé la pina.
Un criterio jurídico práctico se atiene á la legislación positiva y acepta de buen erado las desviaciones que la, idea pura de justicia sufre al tomar cuerpo en instituciones y leyes; un criterio jurídico idealista reacciona continuamente contra el estado de derecho impuesto por la necesidad y pretende remontarse á la aplicación rigurosa de lo que considera que es justo. El primer criterio lleva a! ideal jurídico de la sociedad, á la aplicación uniforme, acompasada, metódica, de las leyes; el segundo lleva al ideal jurídico del hombre cristiano, á regirse por la justicia, no por la ley, y a aplacar después los rigores de la justicia estricta por la caridad, por el perdón generosamente concedido.
Como en la filosofía, en el derecho hubo también ilustres rapsodas que convirtieron el derecho pagano en cristiano á fuerza de zurcidos habilísimos, pero conservándole como fundamento invariable la idea romana, la tuerza, en pugna con la idea cristiana, el amor. Duele decirlo, pero hay que decirlo, porque es verdad; después de diez y nueve siglos de apostolado, la idea cristiana pura no ha imperado un sólo día en el mundo. El evangelio triunfó de los corazones y de las inteligencias, mas no ha podido triunfar de los instintos sociales, aforrados brutalmente á principios jurídicos que nuestros sentimientos condenan, pero que juzgamos convenientes para mantener el buen orden social, ó en términos más (daros, para gozar más sobre seguro de nuestras vidas y de nuestras haciendas.
Existí:, pues, una contradicción irreductible entre la letra y el espíritu de los códigos y por eso hay naciones donde se profesa poco afecto á los códigos; y una de esas naciones es España. Las anomalías de nuestro carácter jurídico son tales cpie permiten á veces suponer á quien nos observa superficialmente que somos una nación, donde todas las injusticias, inmoralidades, abusos y rebeldías tienen su natural asiento. No hay pueblo cuya literatura ofrezca tan copiosa producción satírica encaminada á desacreditar á los administradores de la ley; en que se mire con más prevención á un Tribunal, en que se ayude menos la acción de la Justicia. ¿Qué digo ayudar? Más justo es decir que se entorpece y burla si es posible la acción de la justicia. Es algo muy hondo que no está en nuestra mano arrancar; yo he estudiado leyes y no he podido ser abogado porque jamás llegué á ver el mecanismo judicial por su lado noble y serio; y esto le ocurre á muchos en España; á todos los que, como yo, estudian sin abandonar por completo el trabajo manual, sin perder el contacto con el obrero ó con el campesino. Mientras un español permanezca 1¡- pido á las clases proletarias, que son el archivo y el depósito de los sentimientos inexplicables, profundos, de un país, no puede ser hombre de ley con la gravedad y aplomo que la naturaleza del asunto requiere.