Un día se me acercó un hombre del pueblo para preguntarme:— ¿Usted que es abogado, no quiere decirme qué pena corresponde á quien ha hecho tal cusa de este modo, ó bien de aquel modo? Porque me citan como testigo en tal causa y yo no quiero ir á ciegas, sin saber si hago bien ó mal. Ese hombre es el testigo español, el cual declara, no lo que salte, sino lo que previamente adiestrado comprende que lia de conducir a la imposición de la pena que él cree justa. No es que desconfíe déla interpretación imparcial é inteligente de los jueces, porque no los juzgue inteligentes é imparciales, ó porque éstos sean menos dignOS (pie los (le otrOS países, donde se siguen prácticas diferentes; es (pie no quiere abdicar en manos de nadie. La rebeldía contra la justicia no viene de la corrupción del sentido jurídico: al contrario, arranca de su exaltación. Y esta exaltación tiene dos formas opuestas, que acaso vengan á dar en un término medio de justicia, superior al (pie rige allí donde la ley escrita es oxtrictamente aplicada.
La primera forma es la aspiración á la justicia pura; lo casuístico desagrada y las excepciones enfurecen; se desea un precepto óreve, claro, cristalino, que no ofrezca dudas, «pie no se preste ¡i componendas ni a subterfugios; (pie sea riguroso, y si es preciso, implacable. Cuando un hombre adquiere una personalidad bien marrada y cae en las garras déla crítica social, ha de ser impecable, incorruptible, perfecto y hasta santo y aún así el quijotismo jurídico hallará donde hincar el diente, donde herir. ¡Cuántas cosas que en España son piedra de escándalo y que pregonadas á gritos nos rebajan y nos desprestigian he visto yo practicadas regularmente en otros países de más anchas tragaderas!
La segunda forma es la piedad excesiva, que pone en salvar al caído tanto ó más empeño que el que puso para derribarlo; por lo cual en España no puede haber moralizadores, es decir, hombres que tomen por oficio la persecución de la inmoralidad, la corrección de abusos, la «regeneración de la patria.» El espíritu público los sigue hasta que llegan al punto culminante: el descubrimiento de la inmoralidad; pero una vez llegado allí, sin gradaciones, sin que haya como se cree desaliento ni inconstancia, da media vuelta y se pone de parte de los acusados; de suerte, que si los paladines de la moralidad no se paran á tiempo y pretenden continuar la obra hasta darle remate y digno coronamiento, se hallan frente á frente del mismo espíritu que al principio les alentó.
Este dualismo que bajo apariencias de desorden jurídico, lamentado por las inteligencias vulgares, encubre la idea más noble y alta que haya sido concebida y practicada sobre la humana justicia, es una creación del sentimiento cristiano y de la filosofía senequista en cuanto ambos son concordantes. El estoicismo de Séneca no es, como vimos, rígido y destemplado, sino natural y compasivo. Sóñeca promulga la ley de la virtud moral, como algo á que todos debemos encaminarnos; pero es tolerante con los infractores; exige pureza en el pensamiento y buen propósito en la voluntad, más sin desconocer, puesto que él mismo dio* frecuentes tropezones, que la endeblez de nuestra constitución no nos permito vivir en la inmovibilidad de la virtud, que hay que caer en inevitables desfallecimientos y que lo más que un hombre puede hacer os mantenerse como tal hombre en medio de sus flaquezas, conservando hasta en el vicio la dignidad.
El entendimiento que más hondo ha penetrado en el alma de nuestra nación, Cervantes, percibió tan vivamente esta anomalía de nuestra condición, que en su libro inmortal sopan» en absoluto la justicia española de la justicia vulgar de los Códigos y Tribunales; la primera la encarnó en 1 > * ► 1 1 Quijote y la segunda en Sancho Tanza. Los Tínicos tallos judiciales moderados, prudentes y equilibrados que en el Quijote so contienen son los que Sancho dictó durante el gobierno de su ínsula; en cambio, los de Don Quijote son aparentemente absurdos, por lo mismo que son de justicia trascendental; una veces peca por carta de más y otras por carta de menos; todas sus aventuras se enderezan á mantener la justicia ideal en el mundo y en cuanto topa con la cuerda de galeotes y ve que allí hay criminales efectivos, se apresuro á ponerlos en libertad. Las razones que Don Quijote da para libertar á los condenados á galeras, son un compendio de las (pie alimentan la rebelión del espíritu español contra la justicia positiva. Hay sí que luchar porque la justicia impere cu el mundo; poro no hay derecho estricto á castigar á un culpable mientras otros se escapan por las rendijas de la Ley; que;i' hn la impunidad general se conforma con aspiraciones nobles • y generosas, aunque contrarias á la vida regular de las sociedades; en tanto que el castigo de los unos y la impunidad de los otros son un escarnio de los principios de justicia, y de los sentimientos de humanidad á la vez.
No se piense que estas ideas se quedan en el aire, en el ambiente social, sin ejercer influjo en la administración de justicia; por muy rectos (pie sean los jueces y por muy claros que sean los Códigos, no hay medio de que un juez se abstraiga por completo de la sociedad en que vive, ni es posible impedir que por entre los preceptos de la ley se infiltre el espíritu del pueblo á quien se aplica; y eso espíritu, con labor sorda, invisible y por tanto inevitable, concluye por destruir el sentido que las leyes tenían en su origen, procediendo con tanta cautela que sin tocar á una coma de los textos legales, les obliga á decir, si conviene, lo contrario de lo que antes habían dicho.
El castigo de los criminales está regulado en España aparentemente por un Código, en realidad por un Código y la aplicación sistemática del indulto. En otro país se procuraría modificar el Código y acomodarlo á principios de más templanza y moderación. En España se prefiere tener un Código muy rígido y anular después sus efectos por medio de la gracia. Tenemos, pues, un régimen anómalo, en harmonía con nuestro carácter. Castigamos con solemnidad y con rigor para satisfacer nuestro de justicia; y luego sin ruido ni voces indultamos á los condenados, para satisfacer nuestro deseo de perdón.
Sr fuera ocasión cíe detenerse en el análisis de los hechos <lo nuestra historia, veríamos que muflios de ellos han sido engendrados por el espíritu jurídico independiente; y (pío son muy pocos los que so derivan de la marcha ordenada de nuestras instituciones regulares. I d momento crítico culminante do la Historia <\r Espafia os aquel en (pío ('astilla.
encerrada en el a ntro <le la Península, deseosa de terminar la Reconquista y de reconstituir la unidad nacional, empieza, pudiera decirse, á balancearse, inclinándose, ya hacia Aragón, ya hacia Portugal. Porque á la unidad no podía llegarse do una vez, puesto (pío los intereses } aspiraciones <U- losreinos oriental y occidental eran ó parecían sor antagónicos, y además la unión había de hacerse mediante enlaces, ya (pío ni las prácticas corrientes ni lo que os más importante, el espíritu nacional, aconsejaban acudir a medies violentos. < 'astilla, pudo ser mediterránea ó atlántica y ambas soluciones debían de iniciar nuevos períodos históricos; y difícilmente se podría imaginar ahora que conocemos las consecuencias de su unión con la parte oriental de la península, que su unión con la parte occidental hubiera sido más fecunda. Sin embargo, siendo la política castellana, una vez terminada la Reconquista, análoga, por no decir idéntica, á la portuguesa, esta unidad, este exclusivismo en la acción, hubiera dado vida á granacaso menos brillantes, poro más firmes 3 "4 "4 duraderas quo las que trajo la política continental. Lo cierto es que á la solución que se adoptase estaba ligado el curso de los sucesos históricos en nuestra patria y en el mundo, y que por raro azar el problema quedó planteado en términos exclusivamente jurídicos.
De un lado Portugal apoyaba á -Juana la B©1tr aneja y del otro Aragón á Isabel; y la decisión correspondía al pueblo castellano. Un pueblo respetuoso de la ley escrita no hubiera vacilado, y se hubiera puesto de parto de Juana, la cual había nacido en posesión de estado civil. En vez de meterse en averiguaciones indiscretas sobre los devaneos de la reina y de su favorito, lo correcto era atenerse á los principios jurídicos, legales, universales en materia de legitimidad, sin los que el régimen familiar no existiría. ¿Qué sería de la sociedad si la opinión pública pudiera modificar las actas del registro civil y aplicar con estricta justicia el axioma jurídico: «á cada uno lo suyo?» El artículo 109 de nuestro Código Civil vigente, dice: — «El hijo se presumirá Jegítimo aunque la madre hubiera declarado contra su legitimidad ó hubiera sido condenada corno adúltera.» Y este precepto no es invención moderna; se encuentra ya en las Partidas. Pero el pueblo castellano no quiso regirse por preceptos legales, sino polla realidad de los hechos, mejoró peor conocidos; puesto en el terreno de la legitimidad, necesitó acercarse todo lo más posible á la alcoba de sus príncipes. Y en el caso de la infeliz Juana de Castilla, no se satisfizo con murmurar y zaherir, que era á lo sumo lo procedente; se acogió á la ley natural y amparado en ella saltó por encima fie todos los cuerpos legales vigentes á la sazón y mantuvo los derechos de Isabel. Y así se constituyó* la nacionalidad española.
La síntesis espiritual de un país es bu arte. Pudiera decirse que el espirita territorial es la médula, la religión el cerebro, el espíritu guerrero el corazón, el espíritu jurídico la musculatura y el espíritu artístico como una red nerviosa que todo lo enlaza y lo unifica y lo mueve. Suele pensarse que la religión es superior al arte y que el arte es superior á la ciencia, considerando sólo la elevación del objeto hacia el cual tienden; pero vistos desde el punto de vista en que yo me coloco, como fuerzas constituyentes del alma de un país, la superioridad depende del carácter de cada pais. En el fondo, ciencia, arto y religión son una misma cosa: la ciencia interpreta la realidad mediante fórmulas, el arte mediante imágenes, y la religión mediante símbolos, y rara es la obra humana en que se encuentra una interpretación pura. La ciencia so vale de hipótesis, que no son otra cosa que imágenes utilizadas para cubrir los huecos que no se pueden llenar con fórmulas; el arte propende al simbolismo y en algunos casos se transforma en religión (y en los períodos de decadencia en ciencia arbitraria, fantástica, caprichosa y hasta documental); y la religión se sirve por necesidad del arte y de la ciencia para humanizar sus simbolismos. La diferencia real está en el sujeto; según la aptitud espiritual predominante en cada individuo, el mundo se muestra en una ú otra forma; y tudos ellos, bajo distintos aspectos y con diversa energía, producen el mismo resultado útil: la dignificación del hombre.
Para un matemático, el binomio de Newton es una obra de arte y es un dogma. Un artista verá en el binomio, si por acaso llega á comprenderlo, una igualdad de términos que siendo al parecer desemejantes, encierran en sí cantidades equivalentes, ni más ni menos que en la igualdad: tres más tres igual á cinco más uno; un matemático verá en ól una evolución ideal completa, que conduce por fórmulas graduales é inteligibles del arcano á lo evidente y un símbolo de valor general para remontarse al conocimiento de nuevas y desconocidas leyes de la realidad abstracta. En cambio, si un matemático analiza un drama de amor, como el délos «Amantes de Teruel», acaso lo reduzca á la fórmula: «lo infinito es igual á cero» ó á una ecuación amorosa en que la incógnita sea el sentimiento del deber; mientras que para un artista, el drama estará en la lucha interior de los sentimientos y en las formas visibles, plásticas, en que estos se exteriorizan, y para el creyente el drama será como un símbolo religioso, y los amantes no serán fuerzas ciegas movidas por el instinto, según la idea de Schopenhaner, sino dos almas dueñas de sus destinos, ennobleciéndose polla abnegación y por la dignidad con que transforman la pasión humana, contraria al deber, en amor espiritual y místico, mediante la muerte por el dolor la transfiguración, el tránsito desde la vida á las regiones donde el deber no existe, donde hay solo un deber, el de amar, que más que deber es goce y deleite de las almas.
Hat, pues, muchos modos de servir al ideal y á cada hombre se le debe de pedir sólo que lo sirva, según su natural comprensión; y á cada pueblo que lo entienda según su propio genio. Aunque sea vulgar el modo de expresión, hay que acudir á él por lo exacto: en el ideal existe también y debe de existir una prudente «división del trabajo.» Los hebreos fueron un pueblo religioso; los griegos, artistas; los romanos, legisladores. Todas las naciones europeas asi como las civilizadas por la influencia de Europa, están constituidas sobre esos tres sillares: la religión cristiana, el arte griego y la ley romana. Y aunque parezca que por esta conexión en los orígenes ya no puedan existir pueblos donde se destaque con vigor una forma del ideal, dejando anuladas las otras, en realidad sí existen esos pueblos, bien que en la actualidad no los distingamos bien, por hallarnos á muy corta distancia. La vida de una nación ofrece siempre una apariencia de integridad de funciones, porque no es posible existir sin el concurso de todas ellas; mas conforme transcurre el tiempo se va notando que todas las funciones se rigen por una fuerza dominante y céntrica, donde pudiera decirse que está alojado el ideal de cada raza; y entonces comienza á distinguirse el carácter de las naciones y el papel que han representado con más perfección en la historia ó comedia universal.
Nuestras ideas, si se atiende á su origen, son las mismas (pie las de los demás pueblos de Europa; los cuales, con mejor ó peor derecho, han sido partícipes del caudal hereditario logado pac la antigüedad; pero la combinación que nosotros hemos hecho de esas ideas es nuestra propia y exclusiva y es diferente de la que han hecho los demás, por ser diferente nuestro clima y nuestra raza. Á la vista está nuestro desvío de las ciencias de aplicación; no hay medio de hacerlas arraigar en España, ni aun convirtiendo á los hombres de ciencia en funcionarios retribuídos por el listado. Y no es que no haya hombres de ciencia; los ha habido y los hay; pero cuando no son de inteligencia mediocre, se sienten arrastrados hacia las alturas donde la ciencia se desnaturaliza, combinándose ya con la religión, ya con el arte. Castelar quiere sor historiador y sus estudios se le transforman en cautos épico-oratorios; Echegaray, matemático y dramaturgo, maneja los números con la maestría y profundo esplritualismo de los pitagóricos; y Letamendi escribe en nuestro tiempo sobre Medicina como un filósofo hipocrático.
Nuestro espíritu es religioso y es artístico y la religión muchas veces se confunde con el arte. A su vez el fondo del arte es la religión en su sentido más elevado, el misticismo juntamente con nuestras demás propiedades características: el valor, la pasión, la caballerosidad. Pero al decir esto, que es lo que la generalidad de las gentes dice ó piensa, no se dice nada ó casi nada; porque más importante que la tendencia ideal de un arte es la concepción y ejecución de la obra, ó sea, la «obra en sí». Los pueblos tienen personalidad, estilo ó manera como los artistas; dos pintores muy devotos de la Virgen pintan dos Vírgenes que no tienen entre sí punto de relación; y dos pueblos religiosos, nobles, apasionados, pueden dar vida á dos artes antagónicos; y la razón de esta diferencia está en el hecho interesante de que, mientras el fondo del arte procede de la constitución ideal de la raza, la técnica arranca del espíritu territorial.
Hace algún tiempo escribí yo que (roya era un genio ignorante y lo escribí con temor; porque comprendía que ese juicio que para mi era y es exacto, parecería disparatado ó paradójico según el modo vulgar de examinar y comprender las cuestiones de arte; asimismo oreo que Velázquez, que no es solamente un genio, (pie es el más grande genio pictórico conocido hasta el día, era tan ignorante como (¡ova. No odio yo de menos ninguna de las manoseadas «reglas»; ni hallo esa ignorancia corriente que engendra los anacronismos, la falsedad de los caracteres, la torcida interpretación do los hechos históricos, las monstruosidades anatómicas y demás torpezas y deficiencias que destruyen el efecto total de un cuadro; lo que yo veo es la carencia de reflexión técnica. ('» dicho en términos más llanos, que el artista no conoce cuándo está la obra en su verdadero punió de ejecución, porque se deja sólo guiar por el impulso de su genio. Y como el genio es una facultad falacísima, raras veces la mano que por él se guía remata bien una obra; en cualquier momento de la ejecución la obra «es: pero sólo en uno «está; y la mano se detiene á capricho, al azar, no en el momento de suprema perfección. Esta inseguridad produce en los momentos felices de los grandes <¿nnios creaciones originales, de esas (pie forman época en el mundo: pero aceptadaeomo procedimiento sistemático es causa de que los entendimientos medianos y ¡i veres los grandes también, fracasen vergonzosamente y de que esas mismas creaciones originales no traigan consigo como debieran un ennoblecimiento de las artes del país en que aparecen, antes contribuyan á formar el mal gusto y á precipitar la decadencia y envilecimiento del ideal.
No se piense que el rasgo señalado es privativo de Yelázquez ó de Goya; es constante y es universal en nuestro arte, porque brota espontáneo de nuestro amor á la independencia. Por eso en España no hay términos medios. Los artistas pequeños como los grandes van á ver lo que sale, y cuando empiezan á trabajar no suelen tener más que una idea vaga de la obra que van á crear y una confianza absoluta en sus fuerzas propias, en su genialidad, cuando no «confían en Dios y en la Keina do los Cielos» como dicen los romances que cantan los ciegos en las plazuelas. Siempre que un español de buena estirpe coge la pluma, ó el pincel, ú otro instrumento de trabajo artístico, se puede pensar, sin temor de equivocarse, que aquel hombre está igualmente dispuesto para crear una obra maestra ó para dar vida á algún estupendo mamarracho.
No existe en el arte español nada que sobrepuje al Quijote; y el Quijote, uo sólo ha sido creado á la manera española, sino que es nuestra obra típica, «la obra» por antonomasia; porque Cervantes no se contentó con ser un •independiente»; fué un conquistador: fué el más grande de todos los conquistadores, porque mientras los demás conquistadores conquis- (aban países para España, 61 conquistó á España misma, encerrado en una prisión. Cuando Cervantes comienza á idear su obra, tiene dentro de sí un genio portentoso; pero fuera de él, no hay más que figuras que se mueven como divinas intuiciones: después coge esas figuras y les arrea, pudiera decirse, hacia delante, como un arriero anea sus borricos, animándoles con frases desaliñadas de amor, mezcladas con palos equitativos y oportunos. X" busquéis más artificio en el Quijote. Está escrito en prosa y es como esas raras poesías de los místicos en las que igual da comenzar á leer por el fin que por el principio, porque cada verso es una Bensación pura y desligada, como una idea platónica. \f~^ ómo se expliea que Lope de Vega, con su ge-C V_y nio dramático original, fecundísimo, no nos haya dejado una ulna acabada como Bamlet? No es que las facultades creadoras de Lope fueran inferiores á las de Shakespeare; sino que Shakespeare disparaba después de apuntar bien y daba casi siempre en el blanco; mientras que Lope no daba casi nunca porque tiraba sin apuntar, al aire. V esta diferencia es tan clara, que en España misma Lope se ha visto relegado á segundo término por Calderón. que se servía de tipos teatrales, sin la lozanía y la espontaneidad de los del teatro de Lope; pero que sabía concentrar más su atención é infundir á sus personajes y escenas cierta intensidad, cierta emoción interiores, sin las cuales no hay obra duradera.
Y no se crea que Calderón profesaba principios estéticos más firmes que los de Lope; cuando la independencia del artista es tan exagerada como en 7a nuestro país, poco importan los principios, puesto que cada cual hace lo que mejor le parece; las equivocaciones y aciertos dependen en gran parte del azar, de una intuición feliz, interpretada con mejor ó peor fortuna. Un estudiante, para distraerse durante las vacaciones, comienza á escribir «La Celestina» y conquista el primer puesto en la literatura < 1 rara ática espa ñola.
Si el teatro español se hunde desdo las alturas de Lope en los abismos insondables donde vivía la ilustre patulea que sirvió á Moratín para componer su «Comedia nueva,» la culpa no es ciertamente de los discípulos de Don Hermógenes; es de Lope; y más que de Lope, de nuestro carácter. Los más bajos pretenden ser artistas como los más altos; no se detienen en un arte mediano y decoroso; se precipitan en los antros del salvajismo artístico. Yo vi una vez una Concepción de la escuela industrial sevillana, que me hizo pensar: el autor de este atentado es un pintor de brocha gorda; pero hay que ser justos y reconocer que maneja las brochas con la misma soltura con que Murillo debía de manejar los pinceles. Yo no acepto el criterio estrecho, mezquino y más francés que español de Moratín, quien conocía bien nuestro arte, pero no llegó nunca á comprenderlo. De no haber remedio humano para nuestras flaquezas artísticas, preferible es que seamos alternativamente geniales y tontos, que no que fuéramos constantemente correctos y mediocres. Pero esto no obsta para señalar que nuestro carácter, en cuanto á la técnica artística, es un exaltado amor á la independencia, que nos lleva á no hacer caso de nadie, á lo sumo á proceder por espíritu de oposición y luego á do hacer caso de nosotros misinos, á trabajar sin reflexión y á exponernos á los mayores fracasos.
Cuando el teatro francés de Corneille imperaba con más fuerza en Alemania, hubo un crítico dramático do extraordinaria perspicacia y comprensión, Lessing, que le movió guerra en nombre de los mismos principios del teatro clásico, de los que aquel era una falsa interpretación, demostrando la superioridad del teatro romántico de los españoles y de los ingleses. Y sin embargo, el teatro de Corneille era también como un reflejo del teatro español; era tina mezcla monstruosa de la sobriedad \ severidad del teatro griego y de las peripecias y artificios dramáticos imaginados por la fértil fantasía de Lope. Cito este ejemplo para hacer ver cuan peligroso es nuestro arte para los que intentan imitarlo. El mismo autor de la Dramaturgia, enamorado de la porsía. viveza y naturalidad de nuestro teatro, hacía grandes reservas en cuanto á los recursos teatrales inventados sin reflexión ni medida por nuestros autores. Por esto nuestra influencia en el desarrollo del teatro alemán fué secundaria y Schiller pudo decir más tarde con visos de verdad «que los alemanes habían tenido por únicos guías á los griegos y á Shakespeare^.
Lo más interesante en estas anomalías que de nuestro carácter provienen, es que no hay medio de evitarlas, imitando los buenos modelos y formando escuelas artísticas; nosotros no queremos imitar, pero aunque quisiéramos, uo podríamos hacerlo con fruto, porquo nuestros módulos, por su excesiva fuerza personal, son inimitables; y así ge aclara el hecho anómalo de que siendo tan independientes, sea nuestro arte, como nuestra -historia, una continuada invasión de influencias extrafias. En cuanto nos quedamos solos destruimos nuestro arto y para renovarlo tenemos que salir fuera de España para equilibrar nuevamente nuestro gusto; y apenas éste está un poco depurado, volvemos á las andadas. Estudíese la historia del arte español en nuestro siglo, la historia del arte (pie vive al aire libre, pues hay algún arte como la música «pie en su estilo genuinamente español y elevado apenas ha salido de los templos, y se comprobará la idea que acabo de exponer. Hemos tenido dos grupos de pintores que, el uno en Francia, el otro en Itaiia. han buscado el medio de renovar nuestro arte; y apenas levantado un poco el nivel estético de la nación, han aparecido también los españoles, los independientes y con ellos los primeros asomos de insubordinación y desorden. Tendremos como siempre obras magistrales creadas por los maestros y una rápida degradación provocada por la audacia y desenfado de los aprendices.
En cuanto á la poesía, á la novela, á la vista do todos está cómo hemos tenido ó tenemos representantes de todas las tendencias artísticas de Europa sin llegar á constituir grupos, por nuestra tendencia ó propensión á desvirtuar las formas convencionales aunque estén en gran predicamento, para convertirlas en estilo propio y personal; y á la vista está también que ningún poeta, ó novelista, ó simplemente escritor, acepta lecciones de quienes son reconocidos y acatados eomo maestros, que todos desean ser cabezas, de ratón ó de leóu poco importa, y que en vez de formar un ejército literario, do somos más t|iio una partida de guerrilleros de las letras.
J T~^ s imposible en absoluto modificar otes ins-CJLy tintos de insubordinación que nos destrozan y nos aniquilan? Yo oreo que uo. A. pesar de nuestro espíritu de independencia, hem o podido constituir dos naciones on nuestra península: no lia sido una sula. pero no lian sido tampoco más do dos; luego alguna cohesión se ha dado cueste punto al espíritu territorial. En cambio, en las artes, en vez de adelantar, retrocedemos. Por un error inexplicable, se ha creído que la anarquía proviene de las literaturas regionales, siendo estas al contrario, esfuerzos en pro de la disciplina; y por otro error de mayor calibre aún, se ha pensado que la centralización traería la cohesión, cuando para lo que sirve es para sacar á les individuos de los centros donde podrían recibir la influencia bienhechora de un templado ambiente intelectual y lanzarlos en el vacío y en la soledad de un medio más culto, pero más móvil Ó incoherente, en el cual no se encuentra nada (pie sirva de punto de apoyo, ni que dome los arranques naturales (pie suelen propender á la exageracióu y al <lesequilibrio. España, como nación, no ha podido crear todavía un ambiente común y regulador, porque sus mayores y mejores energías se han gastado en empresas heroicas. Apenas constituida la nación, nuestro espíritu se sale del cauce que lo estaba marcado y se derrama por todo el mando en busca de glorias exteriores y vanas, quedando la nación convertida en un cuartel de reserva, en un hospital de inválidos, en un semillero de mendigos. ¿Qué extraño, pues, que en ambiento tan puliré los hombres do valer que por acaso quedaban, sintiesen el deseo de dar rienda suelta á sus facultados sin comprender á dónde iban ni dónde debían detenerse? La reflexión no es como se cree un hecho puramente interno, os más bien una labor de unificación de las reflexiones que nos inspira la realidad en que vivimos; y aun á los espíritus más independientes hay medio de someterlos á la obra coman, si se los rodea de espíritus que les cerquen y les aprisionen.
Al estudiar la historia do las artes españolas hay que fundar la unión en las ideas. Tenemos una «Historia de nuestras ideas estéticas»; pero no tenemos (iba á decir ni podremos tener) una historia de nuestros procedimientos técnicos, do nuestros estilos, de nuestras escuelas; porque en España no es fácil relacionarlos todos en una unidad superior, en un concepto general, en una verdadera Escuela; y así los puntos más altos de nuestro arte no están representados por grupos unidos por la comunidad de doctrinas, sino por genios sueltos que, como Cervantes ó Yelázquez, forman escuela ellos solos. En Francia hay cuatro ó seis mil gacetilleros o cronistas, que sin una idea en la cabeza escriben con el aplomo de los grandes escritores. El espíritu patriótico les fuerza á formar núcleos y alrededor de cada sol giran innumerables planetas, satélites, asteroides y hasta bólidos. Cierto que esa gente menuda no hace cosas de gran provecho; pero tampoco hace daño. Mientras que en España sólo sirve para arrasar el sentido estético de la nación. Como dice mi amigo Navarro y Ledesma, uno de los pocos españoles que todavía piensan en castellano, la lengua francesa es como un gatián. y la española como una capa; no hay prenda más individualista ni más difícil do llevar que la capa; sobre todo cuando es de paño recio y larga hasta los pies. Esto 88 verdad; la lengua castellana es una capa y la mayoría de los escritores españoles la llevamos arrastrando.
Es incalculable el número de ingenios, arrebatados á las arfes españolas por las guerras y pella colonización; y la pérdida fué doble, pues se perdió todo lo que no crearon y la influencia que pudieron ejercer sobre les (pie quedaban, V esta idea no es hija de un sentimentalismo huero; yo no halle gran diferencia entre la muerte y la vida, pues creo (pie lo que realmente vive sen las ideas; pero también ha de vivir el individuo (pie es el creador de las idea- y la especie en cuanto necesaria para servir de asile á las ideas. Así pirs, no doy importancia á la muerte, ni menos á la ferina en (pie nos asalta; le que me entristece es que se (pieden en el cuerpo muerto las creaciones presentes ó futuras del espíritu. Hay muchas maneras de amar la patria y lo justo es (pie cada une la ame del modo (pie le sea más natural y (pie más contribuya á dignificarla. Nosotros liemos perdido hasta tal punto el sentido de la perspectiva, que no damos importancia más (pie al derramamiento de sangre. Les que no luchan con las armas ó per le menos con arrebatados discursos sen la «obra muerta de la sociedad, sen mirados con desprecio. Ya decía Goethe á este propósito contestando á los que le ¡tensaban do falta de patriotismo: Yo lie procurado llegar á donde más alto lie podido en aquellas cosas á que me sentía inclinado por mi naturaleza; lie trabajado con pasión, no he perdonado medio ni esfuereo para realizar mi obra; si alguno lia liecho tanto como yo, que alce el dedos.