gobierno; era una exacta interpretación del pensamiento del antiguo legislador. En el edicto original no se hablaba más que de parentesco; pero los sucesores de Usana habían restringido la idea,, reduciéndola á sus términos más escuetos, á los grados de consanguinidad más inmediatos. Así mismo se preceptuó que la sesión mensual de la interesante asamblea debía celebrarse ocho días después del muntu, para que de todos los lugares del reino se pudiese asistir á ella, y que n o hubiera lugar á exclusión ^por torpezas cometidas en la danza, ni por excesos en las peroraciones. El rey sí conservaba el derecho de silbar, y aparte de éste, un nuevo derecho, el de aplicar un cogotazo á los ejecutantes torpes, por vía de afectuosa advertencia, cuando las faltas fuesen muy numerosas. Con estas medidas el número total de los uagangas fué por el momento de dos mil,, y bien á las claras se veía que no era posible que se congregaran en su antiguo palacio. Entonces Mujanda acordó que se dividieran en dos grupos, uno de viejos y otro de jóvenes, y que hubiera dos sesiones sucesivas, una por la mañana y otra por la tarde, en los frescos prados del Myera, dentro de un redil (ó cosa semejante) construido á imitación de la valla circular que - 184 - sifre para cercar el palacio del rey. Este excelénte acuerdo, qiie j^i'o^l^ijo gran entúsiasino en todas las clases sociales, me inspiró la idea de ájirovechar el vacío é inactivo palacio de los tiagángas pai'u establecer en él un iiuevo j curioso organismo gubernamental.
CAPÍTULO xni Medidas higiénicas. — Creación de los canales de Rubango. — Invención del jabón. — Establecimiento de un lavadero público y del lavado obligatorio nacional.
XJnú de los puntos en que la nación maya dejaba más qiie desear, era el de la higiene pública y privada. Fuera de los edificios jamás se había adoptado medida alguna de aseo, y dentro de ellos la limpieza tenía lugar muy de tarde en tarde. En (iuanto á las personas, algunas acostumbraban á bañarse, y había también mujeres que, no pudiendo hacér esto, se lavaban de vez en cuando; peío en g^etieral se huía el contacto del agua. Las túnicas servían sin interrupción meses y años, y sólo en «oñtádas casas se tenía la buena costumbre de lavarlas) aunque con resultados mUy deficientes púf escasear agua en las ciudades. Los siervos la recogían del río, de los arroyos ó de las lagunas en vasijas de barro, y la traían á domicilio para el gasto diario; los sobrantes eran vertidos en un hoyo ó i3Ílón abierto en el patio de los harenes, en él que las mujeres mojaba'n las telas, para secarlas despU'és al sol.
Em^ por lo tanto, de urgente necesidad traer á hbB ciudades agua corriente; en algunas no era é — 186 — posible por no haber otra que la de las charcaspero en la mayor parte bastaba desviar el curso de los arroyos, y en casi todas las de la margen izquierda del río, y en Maja, podía tomarse el agua de éste. Me parecía imposible que ni los incendios,, ni las sequías, ni las molestias de ir y venir continuamente con los ganados ó con las cazuelas, hubieran abierto los ojos de los indígenas y les hubieran hecho ver la conveniencia de una operación tan fácil como abrir boquetes en el río y dejar que el agua por sus propios pasos viniera á las ciudades cuando fuere menester. La razón de ello era,, sin embargo, muy faerte, y para dominarla ttive yo que sostener una lucha gigantesca. Decía la. tradición que en el Unzu había existido en el tiempo una gran ciudad, cuyos habitantes intentaron hace ya muchísimos años robar las aguas del río; por lo cual éste irritado, desbordándose, la destruyó en una sola noche y se quedó dormido encima de ella para que jamás volvieran á verla ojos humanos. Tal vez en el fondo de esta leyenda se oculte algún hecho histórico; los mayas la aceptaban como artículo de fe y sentían invencible temor á tomar aguas del río. Aunque las cosechas se perdieran por falta de lluvias, no se atrevían á abrir tomaderos ni canales para regar sus áem-^brados. ' Yo acudí al supremo recurso dé decir que las aguas serían conducidas debajo del cadalso donde se celebraban los afuiris y que Rubango se las: bebería. Así se aplacaría su furor y sería más be-,higno con los hombres. Mi intento era encauzar las aguas por la colina, hacia los lugares sagrado»,, — 187 — para darles después la salida, aprovechando el desnivel del terreno, por debajo de la catarata. Después, cuando se familiarizaran con el agua y perdieran el miedo á las inundaciones, abriría á la^ derecha de la acequia primitiva una secuela que penetrara dentro de la misma ciudad. JSTo faltaron profetas de males, y el día de la apertura de la: acequia, que fué día muntu, la población en masa seguía mis pasos y observaba mis últimas maniobras llena de cobarde curiosidad. Tales maravillas me habían visto hacer, que, dominando sus temores, todos querían asistir á la realización del nuevo milagro. Las aguas, sumisas, siguieron el cnrso. previamente trazado en la colina, entraron bajo la plataforma de Rubango, y salieron después más negras, según el testimonio unánime de los espec^ tadores, para continuar su camino y precipitarse al pie de la gran catarata. Y no sólo ocurrió esto,, sino que después anuncié que iba á suspender el curso de las aguas, y subiendo hasta el tomadero eché la compuerta preparada para el caso, la retapé con broza y dejé el cauce en seco. Estos acontecimientos produjeron un pasmo general.
Al cabo de algún tiempo conseguí abrir el segundo canal, al que se llamó pomposamente, así como al primero, canal de Rubango; era una atarjea ó canalizo de dos palmos de profundidad, por cuatro de anchura, que atravesaba la ciudad por el centro, y describía después una curva hacia, la izquierda, para juntarse con la acequia, madre bajo el mismo altar de los afuiris. Las ventajas de tener agua corriente á mano eran tales, que hubo que abrir cinco nuevos canalizos como el primero — 188 — para surtir todos los barrios. En las plazas pú-Micás liice grandes estanques, que sirvieron de abrevaderos públicos y de escuelas de natación, donde los negrillos ensayaban sus fuerzas, sin peligro, iantes de lanzarse á nadar en el Myera.
Como mi pensamiento era acostumbrar á los mayas á la limpieza del cuerpo, preparación muy conveniente para limpiar después sus espíritus, la conducción de las aguas no era más que la mitad del camino qtie había que recorrer, si bien una mitad no despreciable. Sin ir más lejos, se había conseguido purificar la corte, centro del poder y albergue de las instituciones más altas del país, de muchas inmundicias que antes atormentaban los ojos y las narices, y que ahora las benditas aguas arrastraban en su carrera* Para los indígenas, sin embargo, este detalle valía bien poca cosa, porque carecen del importante sentido del olfato. Ven muy bien y oyen regular, pero huelen y gustan muy imperfectamente. Se había conseguido también adelantar algo eu el aseo de los hogares, no habiendo ya miedo á gastar agua sin medida, y, por último, se habían generalizado los baños. Cerca del templo del Igana Nionyi las aguas formaban un tranquilo remanso, agrandado más cada día, y el muntu, una de las distracciones favoritas fué con el tiempo bañarse las mujeres y verjas los hombres na,dar y hacer juegos acuáticos. Esta diversión no era inmoral, como pudiera creerse, porque los hombres están habituados á ver á las mujeres desnudas en sus harenes, y las mujeres ostán acostumbradas á ser vistas de los hombres; se mira Mi ana mujer desnuda con menos malévola — 189 — — 189 — tención que en Europa la mano ó la cara de una mujer vestida, y la mujer se exhibe sin malicia, á lo sumo deseosa de que su figura agrade y le atraiga un buen esposo.
Lo que seguía sin enmienda era el abandono pesimista de las túnicas. Estas eran muy resistentes, y la práctica más general era a2)urarlas sin la^ varias. Aunque las lavaran, como era con agua sola y con mucho retraso, no se conseguían mejoras sensibles. Agréguese á esto que el alumbrado era de teas muy resinosas, cuyo humo tiznaba tanto como el hollín, y se comprenderá que con estas costumbres los mayas debían estar sucios y asquerosos, siendo necesaria mucha grandeza de alma para vivir entre ellos y para amarles como á her^ manos. Yo no desesperé de mejorar su exterior, como tampoco desesperaba de mejorarlos por dentro, y lleno de fe emprendí la fabricación de jabo^ nes. Los hice duros y blandos, de sosa y de potasascomunes para el lavado de la ropa, y finos para el lavado de las personas; los hice también de esencias para mis mujeres, cuyo olor me mortificaba fuertemente, y más tarde para otras personas que aprendieron á olfatear. Hay en el país muchas vides silvestres, cuyos pámpanos dejan cenizas muy cargadas de potasa, de las que me serví con preferencia para fabricar el jabón, pues con ellas se ha^ cen lejías excelentes; como grasas, utilicé varios aceites, en primer término el de palma, que abunda por todas partes. La clase común la hacía de ordinario con una mezcla de sebo y de aceite de palma. En una sesión nada más hice próximamente (quince arrobas de pasta suave y acaramelada, con — 190 — — 190 — la que se podía lavar todas las túnicas de la nación. , Pero lo más importante era organizar el lavado. Los hombres no- sabían lavar, y de las mujeres, contadas eran las que habían tenido en sus manos una túnica para zapatearla. Y en este punto, -la dificultad eterna era la incomunicación del -sexo femenino. Era muy complicado repartir agua:Corriente á domicilio, porque los canales abiertos llevaban muy poca y no se disponía de aparatos elevadores; el único que introduje mucho después, fué la noria para facilitar los riegos; la conduc-•<;ión del agua á mano exigía depósitos para con--servarla, lavaderos de madera ó piedra, y caños de agua sucia. Lo más sencillo hubiera sido que ■las mujeres salieran á la calle á lavar en los canales; pero en esto no había que pensar, porque la experiencia me había demostrado que las reformas que alteraban en el fondo las costumbres -estaban condenadas á un seguro fracaso.
Por todos estos motivos, antes de emprender la apertura de los canales y la fabricación de los jabones, había yo compuesto mi plan, que abarcaba varios extremos y que resolvía de plano todas las 'dificultades. Mil veces me había entristecido el espectáculo de las pobres mujeres condenadas á -trabajos forzados en las haciendas del rey. Su debito era por lo común la holgazanería, la esterilidad ó el adulterio, y más que todo, el ser feas, puesto que, siendo bellas, nunca carecían de protectores que las adquiriesen como esposas. Muchas de ellas eran ancianas, y arrastraban penosamente los últimos años de su vida bajo los rayos del sol, con el punzón de hierro en la mano abriendo agujeros para la siembra; las más fuertes manejando iin largo almocafrón, que sirve para cubrir los agujeros y remover un poco la capa laborable, ó el cuchillo corvo, en forma de hoz, empleado para la siega, ó acarreando al palacio real gavillas y haces de leña. Aunque el rey cedía á estas pobres mujeres por muy poco precio, yo no me atreví á libertarlas, porque la faena que juntamente con los accas cumplían era útilísima é indispensable para la vida nacional, y si no iba á cargo de ellas, recaería sobre otras personas tan infelices como ellas mismas; pues siempre el buen orden de la rej)ública exige que haya quien trabaje por los qae, ocupados en las altas cosas del espíritu, en los manejos del gobierno, en las ciencias y en las artes, en sostener la guerra y en negociar la paz, en presidir el orden de sus palacios y en ser ornamento de las ciudades, no tienen tiempo libre para procurarse los elementos materiales de la vida.
Por fortuna, la laboriosidad de los accas era ejemplar, y desde su llegada, los pedagogos habían podido aflojar la mano y condenar ipenos mujeres á los trabajos agrícolas; antes sí era preciso condenar, á veces sin motivo, para que la hacienda del rey no padeciera. Yo concebí el noble propósito de acabar para siempre con el rudo trabajo de las mujeres delincuentes dedicándolas á una tarea más dulce, al lavado de la ropa sucia de las ciudades. Por lo que toca á la corte, Mujanda no era muy favorable á mis ideas en este punto; pero yo le acallé asegurándole que el Imevo trabajo le produciría tantos beneficios como — 192 — el antiguo. Hacía falta un local para lavadero público, y yo había pensado desde luego en el vacío palacio de los nagangas, que me pareció que ni pintado para el caso. En primer término, lo recomendaba su situación céntrica y despejada; después su mismo orden arquitectónico, que permitiría al público presenciar las faenas desde la calle, y sobre todo, la proximidad de una de las escuelas de natación, de donde fácilmente podría tomarse el agua necesaria. El rey no opuso reparo á mi proyecto, y la única objeción partió del cqüsejero Asato, que, por lo que vi, deseaba destinar el local para alojamiento de las caballerías de los numerosos uagangas que el día marcado para las reuniones llegaban de todas las partes del reino; pero el rey manifestó que en su inmenso palacio cabían ( y esto era exacto) todas las del país, y mi propuesta fué aprobada.
Auxiliado por el listísimo Sungo, yo mismo me encargué de transformar el palacio de la manera conveniente. Se respetaron los bancos adosados á las paredes para que en ellos pudieran descansar las fatigadas lavanderas, y el dosel, debajo del cual pusimos el remojadero de la ropa sucia; se abrió una zanja en forma de herradura, y ancha, para que pudieran lavar arodilladas las mujeres^ por dentro y por fuera de ella, y se colocaron» cien piedras inclinadas, como es costumbre ponerlas en los lavaderos. El agua limpia entraba por la puerta principal, desde eb estanque de la plaza, y se repartía por los dos callos de la herradura, y la sucia escajjaba por la curva, para caer en el canal primitivo de Rubango. Las cuatro puertas — 193 — debían permanecer abiertas para lu mejor ventilación, y Las operaciones serían públicas, para que las personas interesadas pudieran • presenciar el lavado de sus prendas. ^: El consejero y calígrafo Mizcaga se encargó.' de redactar el edicto estableciendo el lavado nacional. Cada jefe de familia estaba obligado á entregar, por turnos ménsuales, su ropa^ sucia, que le sería devuelta en el mismo día convénientemente lavada. Todas las mujeres condenadas á trabajos forzados en la actualidad y en lo sucesivo serían lavanderas públicas, alimentadas á expensas del rey, y éste, en cambio, recibiría de seis en seis muntus una cabeza de ganado por cada, casa de la ííiudad; las casas pobres, aunque- albergaran varias familias, darían sólo una cabrá; las ricas una vaca. Los que cumplieran estos preceptos serían gratos á Rubango, y evitarían enfermedades y miserias. ' Este edicto circuló por todo el país, y los reyezuelos se apresuraron á cumplirlo por la cuenta que les tenía. Los efectos se sintieron, sin embargo, muy poco á poco, porque las ventajas para el público eran imperceptibles; sólo la costumbre de ver á los más avanzados con túnicas lavadas sobre las que resaltaban mejor los colores y dibu jos, y la satisfacción con que en tiempo calúposo se nojtaba la frescura de la ropa limpia, decidieron lentamente el triunfo del aseo personal. Cierto que algunas.tinturas se perdían con el lavadoy qiie otras bajaban de color y que había que repetir las operaciones del tinte;- pero éstas se habían vulgarizado, todos tenían prensas estampadoras, y lo — 194 — único costoso, las tintaras, seguían saliendo de mi laboratorio. El tropiezo, por lo tanto, no fué de gravedad. En muchas ciudades dirigí yo personalmente los trabajos de apertura de los canales ó de desviación de las aguas, y las instalaciones de lavaderos, y para enseñar á lavar fueron enviadas algunas maestras de la corte.
En ésta, la acción inmediata de las instituciones apresuró la victoria del jabón. El día de la apertura del lavadero público, que coincidió, por cierto, con el segundo alumbramiento de la flaca Quimé y la venida al mundo del séptimo de mis bijos, fué de gran expectación. Ochenta mujeres eran entonces las condenadas, y las que entraron en el lavadero, abierto de par en par por los cuatro costados, á las miradas del público. Muchas de ellas no habían cogido jamás un trapo en sus manos, y ninguna tenía la más ligera noción de lo que allí iba á ocurrir. Bajo el antiguo dosel estaba en remojo la ropa que había de lavarse: la de la casa real. El rey, los consejeros y las demás autoridades ocupaban las primeras filas de la numerosa asistencia. Yo cogí una túnica del rey, que fué de color de caña, y que ahora, después de usada á diario durante los seis meses de viaje (fuera de los momentos solemnes, en que se ponía la verde y roja), parecía una negra sotana, y descendiendo de las alturas de mi pontificado para enseñar á las que no sabían, tomé una pellada de blando y acaramelado jabón, y enjaboné la túnica para comenzar á desmugrarla. Bien pronto el jabón levantó espuma, hasta cubrir por completo la tela; los espectadores observaban ma- — 195 — ravillados el fenómeno, y noté que no cesaban de mirarme á la boca.
Mientras daba esta primera vnelta, las fnturas lavanderas ponían especial cnidado en aprender el modo de sacar espuma, qne, según les dije, era lo esencial de la operación. Tres enjabonaduras distintas di á la túnica, porqne, no pndiendo pasarla por la colada, había qne cargar la mano en el jabón, y, por último, la zapateé con agua sola y la ondeé con gravedad, para imprimir cierto carácter litúrgico á mi labor. Cuando la ondeaba cogí una pompa de jabón, y, soplándola, la puse del tamaño de una naranja; la pompa se escapó de mi mano, y, por raro azar, antes de deshacerse ascendió un breve espacio. Entonces les dije que así habían hinchado á Igana Nionyi para que volara al firmamento, yparéceme que por primera vez los que me escucharon creyeron con verdadera fe en la ascensión del hombre-hipopótamo y en las aventm*as que, según Lojdo, le habían sucedido. Ad, por la trabazón natural que entre sí tienen los hechos reales y los ideales, mi maniobra grosera é indigna de ocupar la atención de un legislador, servía para enaltecer las ideas religiosas de todo un pueblo y para consolidar sus vacilantes creencias. Quitando la suciedad de sus ropas, limpiaba de dudas sus entendimientos.
Al cabo de media hora de trabajo, que me hizo sudar copiosamente, di por terminada mi faena. No quedó la túnica de Mnjanda blanca como el armiño, mas para los indígenas debía parecer de una blancura inmacnlada, pues de seguro, ni por obra de la natnmleza ni por obra de la industria.
.— 196 — se presentó jamás á bh vista hada comparable.. En estos países no nieva, y la Jeche,' por la calidad cíelos pastos, es dé color muy amarillento. Ptiestá la blanca túnica sobre la "negra piel, realzaba vigorosamente la belleza de los indígenas •por el vivo contraste de los colores y les alegraba con ese estremecimiento espontáneo de alegría ' qne produce la blancura, símbolo de la vida. Los poetas caseros sacaron gran partido de este contraste, y se valieron para representarlo de mil comparaciones caprichosas; la ' más exacta y ' la más poética fué original de nn joven siervo de Mujanda, que para celebrar /al día siguiente la, aparición de su señor con la túnica lavada por mí, compuso una canción en que le llamaba «árbol • de fuerte tronco, envuelto en una nube blanqueada por la luz de la luna llena:?).
Para la segunda parte del ensayo, cada mujer tomó una túnica y ocupó su sitió, de rodillas, . junto á las jpiedras de lavar, con las cazuelas del jabón al lado. Todas á un tiempo comenzaron á untar el jabón y á restregar las telas, demostrando poca memoria pero no común habilidad. Yo recorría las filas, exhortándolas á apretar bien los puños, á volver las prendas por todas partes, á distribuir la espuma equitativamente, para que la. mugre desapareciera por igual, y ellas obedecían con prontitud y aprovechaban bien mis lecciones.
. Una joven condenada por glotona, según supe después, no sólo aprendió en el acto á lavar con perfección, "sino que daba lecciones á sus compañeras como una maestra consumada, por donde yo vine á entender que quizás en el fondo dé la ña- — 197 — turaleza de las mujeres haya cierta particular ó innata aptitud para el lavado, ya que tan sin esfuerzo lo dominaban. Ciertamente, si en lugar de mujeres hubieran sido hombres mis discípulos, no habría triunfado. yo con tan poca molestia. Como premio á la precocidad de la joven glotona, llamada por el bello nombre de Matay, cda bebedora de leche», la rescaté en el acto por dos cabras, y, además de elevarla á la dignidad de esposa, la nombré mi lavandera familiar. Aunque yo estaba, como todos, sometido á la ley, y debía entregar mis ropas á las lavanderas públicas, esto no se oponía á que para el aseo de mi persona tuviera una mujer hábil que lavase á diario las ropas de mi uso, siquiera fuese á costa de un excesivo derroche de alimentos.
De esta manera se inició en la corte de Maya el lavado con jabón, una de las glorias más puras del glorioso reinado de Mujanda-.
CAPÍTULO XIV Nuevas costumbres políticas.— Intervención de la mujer.- — Camarillas palaciegas. — Luchas provocadas por la infecundidad de Mujanda.— Relación del embarazo y alumbramiento de la vieja Mpizi.
La centralización del poder traía consigo grandes bienes. Todas las discordias, que antes vivían desparramadas por la faz del país, se concentraron en la corte; los ciudadanos que, apartados de la escena política, peleaban por motivos fútiles, por la caza ó por la pesca, por el aprovechamiento de los ríos ó de los pastos, tenían ahora nn asunto más elevado en que poner sus miras: el gobierno en cualquiera de sus órdenes j grados. Predominando antes el principio de la herencia, las luchas políticas eran familiares y se reducían al cruce de influencias de las mujeres para que sus hijos, sí había varios, fuesen los preferidos por el padre; éste elegía á su arbitrio, y aplacaba los enojos con medidas de orden puramente doméstico. Raro era el caso de que el rey impusiera á las localidades reyezuelos de su familia, porque los miembros de ésta preferían vivir en la corte á expensas de su pariente y soberano. Algunos aficionados á las armas obtenían cargos militares; otros ejercían ~ 200 — ~ 200 — cargos palatinos puramente decorativos. Durante el reinado del cabezudo Quiganza, una sola excepción liubo á esta regla: el nombramiento de su hermano Lisu, el de los espiantados ojos, para Mbúa; -pero fué á petición de esta ciudad, y luego que Lisu derrotó- al jefe r'ebélde Muño, el de los grandes labios.
El nuevo sistema cambiaba de arriba ab^o todas las relaciones sociales. La lucha era ahora por obtener el favor del rej,' del dispensador exclusivo de mercedes. Los reyezuelos habían aceptado gustosos que se les privara de la facultad de transmitir su cargo por herencia y de nombrar sus subordinados,.'viendo la compensación de una mejora inmediata, de un traslado favorable ó de un ascenso á otra categoría; al mismo tiempo intrigaban para que sus deudos ocuparan los puestos vacantes. Del mismo modo, en todas las clases sociales, las aspiraciones hábilmente despertadas habían cegado los ojos para que no viesen lo que el interior de mi reforma contenía: un despojo de atribuciones en beneficio del poder central y en beneficio. del país, si el rey sabía imponerse y dirigir todas las energías perdidas á fines útiles para la patria.
: M y así tenía que suceder, que todos los que aspiraban á elevarse y todos los que se oponían á que otros se elevaran, esto es, la totalidad de la nación, dirigieron suí^ tiros contra el rey, y como el rey se escudaba con sns consejeros, contra los consejeros. Xo se tardó en comprender que la fuente de los milagros era el rey en apariencia, y el Igana Igui*u en realidad.
En la nueva organización el rey nó conservaba más que dos prerrogativas: oir á los uágangas, silbarles j acogotarles, y decidir con su voto en los consejos, cuando hubiera entre los* consejeros, lo que. no habría nunca: empate» En una sola ocasión, con motivo de la apertijra del lavadero público, el consejei-o Asato había estado enf reí: de mí; á lo suma, podía temerse que otro consejero, Menú, fuera en un momento crítico desleal á mi causa; pero siempre me sostendrían, sin vacilaciones ni veleidades, los otros cuatro: mis dos hijos Sungo y Catana, el pedagogo Mizcaga, hechura míaj y Quiyeré, el de las descomunales patazas, padre de la bella Memé. Eu cuanto á los uagangas, la mayoría era adicta á mi persona y á mi parecer, porque yo me granjeaba sus voluntades -con atenciones y regalos; y aparte de ésto, sus deliberaciones continuaban siendo platónicas. Los acuerdos efectivos arrancaban sólo del consejo.
Aunque la influencia del rey fuera tan limi-; tada, había, no obstante, una excepción; el rey contaba con un recurso supremo, del que era proj^ietario exclusivo: la legitimidad y el extraño poder que ésta ejerce sobre el pueblo y las autoridades. Á una palabra de Mujanda, todos los mnanisestaban dispuestos á prender y á decapitar no im-. porta á quién, al mismo Igana Iguru. En cambio yo, poseedor real del poder, no hallaría en parte alguna quien se prestase a matar á Mujanda. Tendría para ello que promover un levantamiento, destronarle y darle la muerte cuando estuviera caído. Por fortuna, la mediación de la reina Mpizi me aseglaraba el favor del rey, y el interés Ae éste- — 202 ~ era dejarme vivir para enriquecerse con mis inventos y mis ingeniosos arbitrios.
Resultaba de aquí nn dualismo en el gobierno y un dualismo en el juego de las influencias; los unos se dirigían á mí por lo que yo hacía, y los otros al rey por lo que podía hacer; y para los. asuntos de menor importancia, á los consejeros, que, á cambio de su adhesión personal, justo es qne fueran un poco atendidos. Mas como no siempre las pretensiones podían ser satisfechas, los desesperanzados acudían á otros medios más enérgicosque la simple petición, y en jdccos días de nuevo régimen fueron peritísimos en las artes de la corrupción, del soborno, de la seducción y del cohecho. Para ejercitarlas utilizaban, como materia más blanda y dúctil, á la mujer, que adquiría á. ojos vistas una gran importancia: el uso de las tánicas de colores y de los sombreros las había embellecido, el de los baños las había purificado, y el del jabón las hizo casi omnipotentes. A ellasse enderezaban las súplicas y los regalos, y ellas escuchaban las unas y se guardaban los otros, decididas á abogar por los obsequiosos suplicantes..
Yo pude convencerme de lo difícil que es resistir las seducciones de las mujeres. Más de veinte pedagogos locales pretendían suceder al calígrafo Mizcaga y al prudente Uquima, y, á falta de precisión en la antigüedad de los servicios, la elección recayó sobre un hijo del desleal reyezuelo Muño, impuesto por mi sensual esposa Canúa, la cual había pertenecido antes áLisu, el de los espantados, ojos, y antes que á éste á Muño, el de los grandes labios, y sobre un hermano de la tejedora Rubuca^ — 203 — recomendado por ésta al rey. Quedaron dos vacantes de pedagogo en Mhúa y Cari, y fueron: la de Mbúa, para un hijo de la misma Rubuea y del heroico y orejudo consejero Mato, y la de Cari, para^. un primo de mi flaca esposa Quimé, siervo pedagogo del reyezuelo de esta ciudad. El nombramiento del hijo de Rubuca dió mucho que decir, porque se toleró que el joven presentase cuatro loros en vez de seis, y además se susurraba que no habían sido amaestrados por él.
En esta lucha de influencias las mujeres se dividían en bandos alrededor de las favoritas. Contra la costumbre, yo no hice jamás designación especial de ellas; pero de hecho resultaban designadas por el grado de afecto que cada una merecía y por su fecundidad. Mi criterio se guiaba por los méritos de cada mujer, más por los del alma que por los del cuerpo, por ser éstos escasos en todas ellas para un hpmbre de mi raza. Primeramentedistinguí á la esbelta Memé, la cual las superaba, á todas por la regularidad de las formas y por lavehemencia del carácter; luego á la flaca Quimé, cuya sensibilidad artística me parecía maravillosa, para haberse desarrollado en la vida servil, entre los zafios pastores de Cari; la sensual Canúa atesoraba grandes bellezas plásticas, tenía excelentes aptitudes para los juegos mímicos y era fecundísima. Ella sola, en menos de tres años que iban transcurridos desde mi llegada, me había hecho padre de tres hijas, dos de ellas gemelas; Quimé había tenido una hija y un hijo, y Memé uno solo,, en el destierro. Ñera, al morir, me había dejado otro,, que murió, y asimismo murieron, arrastrando <50ii;sigo á sus madres, d'os más, nacidos de dos diferentes reinas accas. De' mezcla acca' no salió ' adelante más que uno, llamado á desempeñar un. gran papel en la historia nacional, é hijo de la reina Muvi, mujer tan pequeña por el cuerpo como grande por el corazón. Este fué mi hijo pre-, 4ilecto; era enanillo como su madre, más negro: que. -SUS hermanos, y tan.vivaracho que le puse el.nombre de Tití. Los otros seis, y muchos más que llegué á reunir, eran de un tipo mulato muy semejante al gitano puro; aun siendo pequeños, dejaban ya ver, y creo que con el tiempo lo demos-, trarán, que eran inteligentísimos por efecto del buen cruce de razas. El primogénito, el de Memé, el más parecido á mí, era tan grave y reservado que no quería hablar nunca, razón por la cual (así como por ser el mayor) le di el nombre de Arimi, que en mi idea quería decir: niño elocuente por su silencio.
En torno de las tres madres se agrupaban, se- .gún sus simpatías, todas mis mujeres, así como las síervas reconocían la superioridad de Muvi. Las antiguas mujeres de Arimi seguían fieles á Memé. Ganúa capitaneaba el bando más numeroso. Quimé era la más modesta, y aunque tenía sus partidarias, se inclinaba al bando de Memé, su protectora. Más tarde hubo una nueva y turbulenta parcialidad con la llegada de la revoltosa y glotona Matay, la lavandera, que llegó á ser madre de cuatro hijos y una de las favoritas. Pero igualmente cuando eran dos que cuando eran tres los bandos, mi táctica prudente y mi enérgica se-Teridad redujeron las animosidades á su menor expresión. Un medio de que me valí, con éxito, para sostener el orden en mi casa y para influir de rechazo en la de los demás, fué la renovación continua de mi harén. Las mujeres que eran ma-.dres y las del difunto Arimi, demasiado viejas para mi objeto, quedaban como base inamovible de mis combinaciones;. pero las demás eran rega- • ladas por turno, cuando adquiría otras en sustitución. El rey, los consejeros, los reyezuelos y algunos uagangas distinguidos tuvieron en sus harenes alguna mujer que había sido mía, y que, . por haberlo sido, ocupaba un lugar preeminente,. si no el primero. Así afianzaba yo mi influencia • y ganaba buenas amistades y adquiría fama de rectitud, por ser mi conducta desacostumbrada en