SigPhi · Angel Ganivet

La conquista del reino de Maya por el ultimo conquistador español Pio Cid

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• este país, donde los más altos tienen el prurito do arrebatar sus mujeres á los más bajos. Con- mi liberalidad yo nada perdía, pues mis mujeres eran - siempre cincuenta, límite máximó que voluntaria- • mente me impuse y que nunca traspasé, y para renovarlas contaba con los milagrosos rujus.

Mucho contribuyó también á modificar los'^malos hábitos de mis mujeres el de comer todas á la misma mesa y sin privilegios irritantes. En reste punto conseguí verdaderos triunfos; uno de los motivos más fuertes de la oposición contra las comidas familiares, se recordará que fué el odio á • codearse demasiado con los accas; yo realcé cuanto pude á los infelices.enanos, y llegué hasta á sentar á la mesa común, sin protesta de nadie, á la . reina Muvi cuando fiié aceptada por mí como esposa. Séase por el poco amor qué yo les demostraba, séase por mi raro aspecto y por las nebúlt)- — 206 — «idacles de mi historia, todas mis mujeres me tenían una suerte de veneración, rayana en el amor místico.

No sucedía así á Mujanda. Yo, incapaz de apasionarme de ninguna de mis mujeres, las consideraba como un medio de diversión y pasatiempo, usado, es verdad, con m_ucha humanidad y tacto. Mujanda, poseído de su papel, y tomando la comedia por realidad, concebía amores súbitos, hoy por una, mañana por otra de sus mujeres. Además, el harén real era cuádruple del mío y muy heterogéneo; en él se veían, como en las formaciones geológicas, las diversas- capas, superpuestas y perfectamente separadas, que lo habían ido formando. La sultana Mpizi tuvo muchos hijos, de los cuales el único sobreviviente era el débil Mujanda, al que quería con pasión y al que gobernó á su antojo hasta la edad de veinte años. En este tiempo, que fué el de mi llegada al país, el príncipe tomó su primera esposa, Midyezi, «la bebedora de agua», hija mayor de Memé. Suegra y nuera habían vivido en el destierro de Viloqué, formando el nucléolo del harén de Mujanda, y continuaban estrechamente unidas.

La segunda capa estaba formada por los restos del antiguo harén del cabezudo Quiganza, cuyas mujeres é hijas habían pasado á poder de Mujanda, después que éste fué proclamado rey. Sólo la madre del consejero Asato pasó á poder de su hijo, y la descendencia de la gorda y malograda Mcazi al del abuelo Mcomu, á la sazón reyezuelo de Ruzozi. Todas las demás mujeres pertenecían á Mujanda, y formaban un fuerte bando, cuya cabeza visible — 207 — — 207 — era la obesa' Carulia, que había sido madre de doce hijos. T rivalj por la cantidad de sus carnes, de la difunta Mcazi. Carnlia profesal^a odio mortal á su suegra y se sentía mortificada por su postergación, dado que el nuevo rey, sin hacer ascos á la abundancia excesiva de carnes, era menos esclavo de éstas que su tío, y se inclinaba en favor del tipo que yo he llamado etiópico. Por esto su íntima favorita era la tejedora Rubuca. capitana del tercer bando, compuesto, en su casi totalidad, por muje-Tes de los dos harenes de Viaco, antes y desj)ués de la revolución, así como por las confiscadas al dentudo consejero de Menú. A pesar de sus cuarenta años y de sus ocho hijos, no dejaba Rubuca de tener •seducciones, aparte de la no pequeña de ser matadora de un usurpador. Era una mujer del mismo ■corte que Memé, y mantem'a á raya el bando de la obesa Carulia, siquiera éste fuese más numeroso. Había, por liltimo, una cuarta camarilla, la de las provincianas regaladas al rey en sus viajes, dirigida por la simple Musandé, hija pre<:lilecta del carnoso Xiama, reyezuelo de Quetiba. Este bando, menos diestro en las intrigas de la corte, se aliaba de ordinario con el más pobre en número y rico en influencia, el de la stiltana Mpizi.

Tan discordes elementos, excitados por las torpezas y por las parcialidades del rey, se hacían cruda guerra, y las rivalidades se acrecentaban con la incertidumbre del ix)rvenir. El rey no había tenido hijos, ni se esperaba que los tuviera, y la idea fija del harén era averiguar qué se haría en caso de morir Mujanda. A falta de sobrinos, de hijos y de hermanos, caso nuevo en la historia — '2Q8 dinástica de la prolífica nación, ¿quién sería el heredero? ¿Asato, liijo mayor, ó Lisu, liermano menor de Quiganza? Mpizi,- y la camarilla de Mn-.sañdé estaban por éste; la camarilla de Carulia^ por aquél. Rubuca confiaba aún en la juventud j larga vida de Mujan da, y se mantenía indecisa. M una sola voz se levantó en defensa del princi^ pió de libre elección, por donde se comprenderá lo arraigado que está en este país el amor á la mo^ narquía hereditaria. Desgraciadamente, la creencia de que el rey no estaba llamado á ser padre era tan ciega, aun en el ánimo del rey mismo, que todo rumor de embarazo daba lugar á imputaciones calumniosas y recrudecía los odios.

Hubo tres falsas alarmas: la primera de Rubuca, que fué á manchar la limpia reputación del listísimo Sungo* otra de Mbusi, hija de Mtata, reyezuelo de Misúá, antigua esposa del heroico y orejudo Mato, con cuyo motivo no quedó bien parado el mímico Catana,, y la última de Risoma, que tuvo un desenlace trágico. Esta Risoma, llamada así porque padecía de denteras y se las curaba mascando «salitre», era, como Mbusi, del bando de Rubuca, pero procedente del harén del dentudo Menú, y fué acusada por sus celosas compañeras de querer introducir un heredero en la faüiilia real con auxilio del consejero Menú, su ex sobrino político. A mi juicio, la acusación era falsa como las anteriores, porque ofensa tan grave, ni podía caber en la mente de un consejero, ni.era de hecho posible, dada la vigilancia de las camarillas; además, los acusados negaban, prueba plena en el procedimiento penal maya, y el einba- — 209 — razo no era visible; pero á instancias del rey, al qne ¡carece que molestaba el rechinar de dientes de la malaventurada Risoma, tnve que condenar á muerte á los presuntos adúlteros. Un uaganga, Rizi, el más bello de los hijos del valiente Ucucu, sustituyó á Menú, y la posibilidad del empate entre consejeros se alejó hasta perderse de vista.

Cuando los ánimos estaban más empeñados en resolver el pavoroso problema de la sucesión de Mujanda, una noticia imj^revista vino á cortar de raíz todas las querellas: la noticia del embarazo positivo é innegable de la sultana Mpizi, de quien nadie, á sus cincuenta y lúco de años, esperaba este alarde de fecundidad. La nueva fué acogida por la nación con entusiasmo, y por mí con orgullo, porque veía la j)osibilidad de que naciera un varón y de que un hijo mío fuese rey de Maya. Sólo me entristecía el pensar que este hijo, si es que era hijo, fuera tan inteligente como sus hermanos; porque en la nueva organización política, un rey inteligente sería peligroso, y lo esencial, el bien de la j)atria, tendría mucho que padecer. Desde que los primeros rumores circularon hasta el día del alumbramiento, los bandos políticos estuvieron como adormecidos, y el pueblo esperaba con ansiedad la llegada del día muntu para recrearse en la contemplación del vientre, cada mes más desarrollado, de la vieja y engreída sultana. Allí en aquel vientre veían por entonces la represen ta,ción de la legitimidad dinástica y de la paz social; y el mismo Mujanda se preocupaba mucho del desenlace de la preñez, deseando el nacimiento de un príncipe heredero, que por el solo hecho de u — 210 — ser dudoso, aventajaba á cualquiera de los dos conocidos, Lisu j Asato.

En Maya existe la costumbre, á mi juicio muy acertada, de que el marido haga de comadrón en los partos de sus esposas. El alumbramiento tiene lugar en el harén si es de día, ó en la sala familiar si es de noche, y todas las mujeres rodean á la parturienta para asistirla en caso necesario y para presenciar la aparición del nuevo sér. No es que haya temor á un fraude, á una ficción de parto ó á una sustitución de personas; aunque adelantados los mayas, no conocen aún estos progresos jurídicos; es que hay vivo deseo de ver el sexo á que pertenece el recién nacido, porque al sexo está ligado muchas veces el porvenir de una familia, y tratándose de Mpizi, el porvenir de una nación. Como yo no podía entrar y salir libremente en el harén real, y ráenos en la sala de familia, si el parto se presentaba por la noche, la sultana decidió vivir en mi casa los últimos días de sil gestación. Realmente ella era mi esposa legítima, por haber dado Mujanda su beneplácito á nuestro enlace; pero el cambio de domicilio no había tenido lugar porque el que debía reclamarlo era yo, y jamás quise hacerlo, temeroso de enajenarme las simpatías del rey, amantísimo de su madre, y las de la misma Mpizi, para quien la mudanza significaba un descenso de categoría. Los partidarios de que las cosas vayan siempre por la línea derecha no comprenderán ni aprobarán este irregular concierto, mezcla de matrimonio y barraganía, del que sólo podía nacer un gravísimo desdoro para las instituciones; pero la ^ 211 — vida es así, enemiga de lo simétrico y fecunda en formas nuevas é inadaptables á los patrones usados de ordinario. El fondo es el que continúa siendo eternamente igual; y el fondo en la unión del hombre y de la mujer, ya con arreglo á un modelo, ya con arreglo á otro, es la procreación de un nuevo organismo viviente, el cual, si tiene la fortuna de nacer varón y en las raras y felices circunstancias en que iba á venir al mundo el hijo de Mpizi, tiene grandes ¡írobabilidades de here-, dar una corona y de regir cerca de medio millón de sus semejantes.

Realizóse la mudanza, y á los seis días el fausto acontecimiento. Cuando la descuidada ciudad dormía á pierna suelta, en la mansión del Igana Iguru todo el mundo velaba alredor de Mpizi, hasta que ésta, á las altas horas de la noche, pudo dar á luz, sin señales de gran molestia y en medio de nuestros solícitos cuidados, un hermoso príncipe, que fué confiado á los desvelos de la reina Muvi, en tanto que la parida y mis demás mujeres se retiraban á sus alcobas á descansar. Muvi amamantaba aún á su hijo Tití, entrado en el sexto mes de edad, y aunque enana, era tan buena criadora que la elegí para que diera las primeras veces al recién nacido. Yo me quedé acompañándola todo el resto de la noche, porque la escena á que acababa de asistir me había producido mucha impresión y me había ahuyentado el sueño.

Esta elección mía fué uno de esos misteriosos acaecimientos en que los espíritus más incrédulos reconocen la ma-n^ providenciarque rige los desi I — 212 — I — 212 — tinos del mundo y de las naciones; á no ser por ella, las esperanzas de los mayas hubieran sido frustradas, y la- paz del reino puesta en peligro. No sé si por falta de desarrollo, muy justificada por la edad más que madura de su madre, ó si por torpezas cometidas por mí, poco ducho en obstetricia, é incapaz, sobre todo, de hacer bien un ombligo, el príncipe que acababa de nacer fué tan poco viable que á las dos horas de venir * el mundo dio su último y débil aliento en los brazos de Muvi. ¿Qué hacer en este angustioso trance? ¿Defraudar los sueños dorados de Mpizi y de toda la nación, alimentados durante tan largos meses? ¿Déjar que las camarillas y los bandos levantaran otra vez la cabeza y perturbaran el desarrollo normal de la vida política? Esto me pareció insensato mientras hubiera un recurso á mi alcance, é inspirándome en el bien de la nación concebí una idea patriótica: la sustitución del hijo de Mpizi por el de Muvi. Ambos erau hijos míos, ambos nacidos de reina y mulatos, y el enanito Tití, con sus seis meses, podía pasar por un recién nacido de raza común. Muvi era mujer capaz de comprender mi intento, y se sometió á mis mandatos con humildad, deseosa en el fondo de que mi fraude prosperara en bien de su hijo. En su vida de azares había aprendido á conocer la utilidad del engaño, al que á sabiendas quizás no se hubiera asociado ninguna otra de mis mujeres por falta de costumbre y de habilidad.

Muvi trasladó^el cadáver de mi malogrado hijo a lo más oculto de su celda, y trajo á la sala fa- - 213 - miliar á rai otro afortnnado hijo, al vivaracho Tití, y le envolvió en la misma tela que había servido para el j^rimero. Por la mañana toqué el cuerno de búfalo, y mis mujeres pasaron al harén; pero á Mpizi le recomendé que no saliera de su cámara nocturna, y le di por compañera á Muvi, nodriza interina del príncii^e, al que la sultana c/)lmó de caricias, sin que la temible voz de la sangre deshiciera nuestro piadoso engaño. Entretanto, la noticia del parto había corrido por toda la ciudad, y la multitud se agolpaba á mis puertas para cerciorarse del acontecimiento; el harén real ardía en deseos de conocer al príncipe; Mujan da vino á ver á su madre y á su hermano, y los consejeros llegaron detrás del rey, á excepción de uno de ellos, Asato, que sufría un acceso de furia y de desesperación. Para satisfacer la justa y general curiosidad, y para asegurar el éxito de mi fraude, á los cuatro días de repetirse estas escenas del día primero deslicé suavemente la idea de que Mpizi, cuyo estado era excelente, podía trasladarse, montada sobre el sagrado hijjopótamo, al palacio real, donde se encontraría con mayores comodidades y con más decoro y dignidad que en mi mezquina casa. Así se hizo aquella misma tarde.

Yo en persona enjaecé la tranquila bestia con tal arte, que sus lomos, adornados con almohadas y telas, formaban un blando diván, nada impropio para servir de trono ambulante. Sobre él regresó al real palacio la reina Mpizi, llevando en Jos brazos al venturoso príncipe, que fué aclamado ■por las autoridades y por el pueblo bajo el nom- — 214: — bre sonoro de Yosimiré, «dón precioso 3>, prenda de concordia y de paz. Mientras tanto, la pobre Muvi, escondida en su celda con el cadáver del verdadero príncipe, se deshacía en alegres lágrimas, y reía y danzaba como una locuela.

% CAPÍTULO XV Eeformas agrarias. — Edicto estableciendo la propiedad individual. — Nuevos instrumentos de labranza, — Riegos y abonos. — Creación de un estercolero nacional bajo el patronato de Mujanda.

Durante el embarazo de la reina Mpizi tuvieron lugar importantes innovaciones, algunas de las cuales venía yo lentamente preparándolas de largo tiempo atrás. De todas ellas se hablará aquí por la gran resonancia que alcanzaron, y por el influjo que ejercieron en la marcha de la nación, comenzando por las famosas leyes agrarias, radicalísima transformación de la propiedad territorial y del sistema de cultivo.

Un presupuesto maya, reducido á sus términos' más simples, no contenía más que un artículo cóñ-' sagrado á los gastos: sostenimiento de la casa real y de la servidumbre, del ejército y de los consejeros y demás autoridades de la corte. En cuanto á los ingresos, no había que determinarlos expresamente, porque lo eran todos los productos de la nación. En el distrito de Maya el rey labraba muchas tierras directamenté por medio de sus siervos; en los demás distritos confiaba este cuidado á los reyezuelos, cediéndoles la mitad de los beneficios, parar que sostuviesen las cargas del gobierno; pero como ni el rey ni los reyezuelos j)odían cultivar toda la tierra, asi como tampoco podían cazar todas las fieras de los bosques, ni pescar todos los peces del río, se otorgaban concesiones á quienes las deseaban 2)ara labrar, cazar y pescar, mediante entrega de la mitad de las ganancias. Fuera de estas faenas, todas las demás, como las industrias, el comercio, la edificación, la cría de ganados, etc., eran libres y no estaban sujetas á gravamen. Había, sí, recursos eventuales, como la confiscación de bienes y las multas jDcnales; más tarde, por mi intervención, hubo dos rentas: la de los rujus y la del lavado; pero siempre estos ingresos eran considerados como reintegro, porque fundamentalmente toda la riqueza era del rey. Las concesiones permanentes eran inconcebibles, y aun las temporales eran sólo una liberalidad real, un donativo momentáneo. La propiedad era siempre única, indivisible é inseparable de la persona del rey, y al mismo tiempo colectiva; porque el rey, como representante de todos sus súbditos, aunque tenía el derecho de distribuir entre ellos á su antojo las riquezas, no por eso estaba menos obligado á distribuirlas con equidad ó sin ella.

Me encontraba, pues, dentro de un régimen socialista rudimentario, y veía asomar por todas partes, rudimentariamente también, sus funestas consecuencias. El rey poseía más de lo que necesitaba para sus atenciones, y no estaba interesado en prosperar sus haciendas; los concesionarios se limitaban á obtener lo preciso para el día; los industriales tampoco se esforzaban para reunir ri- — 217 — quezas que, apaa'te de ser mobiliarias ó semovientes, nunca territoriales, estaban amagadas bajo la mano todo poderosa del rey. Existiendo un poder nivelador de la riqueza, y faltando estímulos permanentes para adquirir, los únicos móviles del trabajo eran el hambre y el amor. Quien reunía provisiones para un mes y lograba encerrar en su harén varias esposas, era hombre feliz. Si aun le quedaban ánimos para moverse, luchaba en los juegos públicos ó se alistaba en un bando para combatir contra sus vecinos por cualquier pique ó rencorcillo de poco momento, casi siempre por satisfacer la vanidad personal ó local.

Mis reformas en el mobiliario, en el traje, en la higiene personal, habían forzado un tanto la perezosa marcha de estas gentes embrutecidas por la carencia de necesidades; con la creación de los escalafones, abriéndoles pers^oectivas grandiosas, les di un gran impulso en la vía de la civilización; la ley agraria les dió los medios para luchar, les señaló el terreno donde debían moverse. Yo establecí las concesiones permanentes; pero no á la manera de los inconscientes individualistas del partido ensi, sino según los principios elementales del derecho de propiedad. El rey continuaba siendo nominalmente el dueño absoluto y único, y otorgando concesiones á su antojo; pero estas concesiones eran para siempre si los colonos entregaban en cambio los frutos de cinco años, evaluados á ojo de buen cubero. Los nuevos colonos no tendrían que dar cada año, en lo sucesivo, más que una cuarta parte de los frutos en vez de la mitad, y podrían vender sus- labores por ganados, por ma- — 218 — nufactaras ó por riijns. Y para que la desamortización fuera completa, privé á los reyezuelos de sus derechos territoriales. El precio de las ventas y el canon anual serían percibidos por el rey, y los reyezuelos y demás autoridades locales tendrían un considerable sueldo fijo. Con esto hubo ocasión de colocar á más de cincuenta nuevos recaudadores y se satisficieron apremiantes exigencias de las camarillas.

Esta profanda reforma no era para ejecutada ^ íen poco tiempo. Primeramente faltaban becbos prácticos que la hicieran comprensible, y después ahorros para poder comprar. Yo fui uno de los primeros compradores, y algunos consejeros y reyezuelos me imitaron; pero era sólo por complacerme, no porqae sintieran el amor á la propiedad territorial, causa en otros pueblos de tantos desvelos y crímenes. Ellos luchaban por el aprovechamiento, mas nunca por la posesión; la idea de propiedad estaba circunscrita al hogar doméstico, á las esposas, á los hijos, á los ganados y á las provisiones, vestidos y muebles. Para facilitar el ahorro fueron muy útiles mis mejoras en el cultivo, •El cultivo délas tierras en Maya era fatalista; el labrador arañaba un poco la corteza laborable, arrojaba la semilla y la cubría; en algunos casos hacía agujeros con el punzón de hierro para enterrar más honda la simiente, y los tapaba con el almocafrón, imico instrumento usado para remover el suelo; después dejaba pasar los días hasta la época de la recolección. Si la cosecha era buena, daba las gracias á Igana Nionyi; si era mala, se enfurecía contra Rubango. Este sistema era gene- — 219 raJ, y practicábanlo desde el rey hasta el más rain pegujalero.

No debe extrañar que me preocupase la reforma del cultivo. Veía un éxito seguro para mí y bienes incalculables para la nación. Por obra de la Providencia sin diida, las cosechas no se perdían; pero yo las aseguraría más; y cuando lograra meter en labor el suelo y el subsuelo, inactivos quizás desde la creación del mundo, la fertilidad sería tan asombrosa que no podría haber en adelante miseria ni hambre como las que registraban los archivos y las viejas tradiciones de la nación. Conociendo, sin embargo, que la rutina, fuerte en todas las clases sociales, es más fuerte aún entre los labradores (y en este punto los mayas son como sus congéneres de todas las partes del globo), no establecí nada por edictos, sino que fui poco á poco mejorando mis tierras, en la seguridad de que los demás me imitarían; por desgracia tardó mucho en despertarse la curiosidad, pues, inhábiles para investigar las causas de las cosas, los que veían mis abundantes recolecciones las explicaban por un favor de Rubango, que protegía mi hacienda y descargaba todas sus furias sobre las de los otros.

Había en Pangóla algunos herreros muy hábiles que recorrían de vez en cuando el país vendiendo sus manufacturas: flechas de varias formas, lanzas, sables de diversos tamaños, cuchillos rectos y corvos, hachas, punzones, barrotes para verjas, almocafrones y otras varias herramientas de carpintero, y labores menudas para el adorno de las personas. De estos uamyeras de Pangóla, y de algunos accas instruidos por ellos, me serví paraitacer njievos instrumentos de labranza, como picos muy agudos para cavar las duras tierras, azadas pai^ tajarlas, escardillos y hoces. Más tarde introduje el aj-ado de horcajo, de reja muy corta y de armadura muy ligera, para poder enganchar á los indígenas; mi deseo hubiera sido hacer arados grandes para yunta de cebras ó cebúes; pero, no cojitando con buen^os gañanes, temía que los braceros del país me estropeasen las bestias á rej'onazos. Aunque yo los regalaba á todo el mundo, ninguno de los nuevos instrumentos logró abrirse camino, excepto el arado, y no como yo lo apliqué. Con gran sorpresa mía, los accas que trabajaban en mis labores, y sobre los cuales había recaído exclusivamente el penoso trabajo de arar, tuvieron la primera idea original observada por mí en este país, la idea de atar una cebra á los varales del instrumento y apalearla para que tirase. Esto me agradó mucho, porque me hizo ver que el espíritu inventivo no estaba completamente atrofiado en mis peojaes, y que sólo faltaba someterlos á una fuerte presión para despabilarlos, lo cual me propuse hacer siempre que fuera posible.

El nuevo arado con tiro de bestias fué visto con mejoj'es ojos, y no faltó quien lo ensayara.

Pero lo que obtuvo un éxito rápido, hasta convertirse en artículo de moda, fué el regado de las tierras, cuyo punto de arranque fué el mismo de la creación del lavadero. La apertura del primer c?inal de Eubango desvaneció las supersticiones que impedían el uso de las aguas; en adelante fué éste más fácil con el auxilio de norias de construcción muy sencilla, cuyos grandes cangilones de barro podían elevar el agua hasta á diez ó doce palmos de altura. Estas norias estaban movidas á brazo; pero la idea ingeniosa de los accas se generalizó de tal suerte, que no sólo en el arado y en la noria, sino en donde quiera que había que hacer un esfuerzo, aparecía el nuevo motor. Las canoas, por ejemplo, eran antes arrastradas 23or hombres hasta la margen más próxima del rio, donde eran botadas al agua: ahora se acudió al nuevo método, y los cebúes eran los encargados de la conducción. Lo mismo se hizo para tronchar los árboles y para arrastrar grandes jñedras, utilizadas como hitos ó mojones en los campos, después que el edicto sobre propiedad individual hizo necesarios los deslindes permanentes. Con gran asombro mío se aplicó la fuerza animal á la carretilla de mano, convertida por obra de los indígenas en carretón. La carretilla inventada por mí para el transporte de abonos, se componía de una ancha rodaja, cortada irregularmente de un tronco circular, en la que hacían de ejes dos punzones de hierro; sobre este cilindro giratorio se apoyaban los dos varales, que, sujetos por dos travesanos, formaban una parihuela móvil, donde iba la cubeta llena de abonos, y, en caso necesario, los haces de mieses ó cualquier otra clase de carga. Los indígenas fueron ensanchando la rueda hasta convertirla en rulo apisonador, y uncieron á los varales cierta especie de cebra pequeña y de pelo basto, á la que yo lie llamado, no sé si con derecho, borrico ó asno. Al principio la carretilla se volcaba, y acudieron á dos largos palitroques ¡cuestos en la misma foi-ma que las orejeras del arado; pero, se- — 222 — gún se alargaba el cilindro, la estabilidad era mayor. Estas innovaciones eran muy de mi agrado, pero no favorecían mis planes, porque los indígenas, en vez de volverse más trabajadores cuando el trabajo era más llevadero, descargaban todo el peso de él sobre las bestias y se hacían más á la holganza.

Si esencial fué el adelanto de los riegos, porque con ellos se duplicaba la fertilidad de las tierras, antes baldías en la estación estival, no le fué en jzaga el de los abonos, reducido al redilado que los rebaños hacían involuntariamente dondequiera que pastaban. En este punto me favoreció la protección regia, á la que acudí para apresurar la lenta marcha de mis innovaciones. Los trabajos ya realizados servían de preparación y de prueba anticipada, pero no eran bastantes si el rey no imponía por la fuerza los nuevos usos, ni tomaba parte activa en ellos. Mucho hubiera deseado que el rey empleara en sus labores los útiles y procedimientos que yo empleaba en las mías; pero Mujanda era muy poco dado á la agricultura, y abundando en recursos de toda especie, tampoco tenía necesidad de molestarse. Tal era su desapego á las cosas del campo, que aceptó con júbilo la idea de las concesiones permanentes, que le libraba de los cuidados agrícolas; bien es verdad que le aseguré que con el nuevo sistema los trabajos irían á cargo de todos los súbditos y los beneficios seguirían siendo para él.

El único medio de interesar al imprevisor Mujanda en mi empresa, era convertir la reforma agraria en una nueva renta, como el lavado, que — 223 — á la sazón llegaba á su apogeo. Pero esto no era fácil, porque si los nuevos instrumentos, regalados por mí á todo el mundo, tenían poca aceptación, ¿cómo la tendrían si se les ponía un precio, aun siendo el rey el expendedor? Y luego los ingresos por tal concepto serían momentáneos, porque los aperos de labor se renuevan muy de tarde en tarde, mientras convenía un ingreso seguro y constante que asegurara el apoyo seguro y constante de Mujanda. Más justificado me parecía un gravamen sobre los riegos; el río era, como todo, propiedad real, y el uso de sus aguas podía ser sometido á fiscalización. Únicamente me contuvo el miedo de que por no pagar las nuevas cargas cejaran los colonos en este camino, en el que tanto se había adelantado. Todo era posible por la fuerza, pero la fuerza debía ser suave para no hostigar demasiado á los labradores, ahora que se trataba de aumentar su número, de facilitarles los medios de adquirir propiedades, de interesarles por ellas como por sus mismas mujeres é hijos, de infundirles el amor al terruño, de transformarles en columnas bien basadas de una nación estable y fuerte.

El medio que buscaba yo en vano por todas partes, me lo ofrecieron los mismos labradores. Un colono de Maya, muy bien acomodado y de numerosísima familia, cultivaba, lindando con mis tierras, en los mismos bordes del río, un haza de gran cabida, apreciada como una de las mejores concesiones reales. Porque de ordinario éstas eran de terrenos incultos y muy distantes de la capital; ó de tierras cultivadas varios años por los — 224 — siervos del rey, y cnya fecuiididad se había agotado por el exceso de producción. Los colonos descortezaban el suelo endurecido, y aun limitándose á un trabajo superficial, su obra era brillante comparada con la de los siervos y equivalía á una roturación. El labrador vecino mío era padre de dos bellas jóvenes, desposadas por el fogoso Viaco, y á la sazón en poder de Mujanda, y adheridas al bando de la tejedora Rui)uca, las cuales habían conseguido que el rey dejara á su padre en pacífico usufructo de las buenas tierras que Viaco le concediera cuando se hizo el reparto territorial. Este afortunado colono cuidaba con celo de su labor (tanto por virtud, cnanto por la necesidad de sostener su bien repleto harén), y fué uno de los pocos que se fijaron en los cambios que yo introduje en la mía, y el primero en solicitar mis instrucciones y en emplear el arado, la carretilla y los riegos. Como contrapeso de sus bellas cualidades tenía una flaqueza: la de amar los bienes ajenos y apoderarse de ellos siempre que la oportunidad se le presentaba. En esta misma escuela había educado á sus diez hijos varones y á sus cinco siervos enanos, y era tan patente su debilidad, que todos sus conciudadanos le llamaban (y este nombre le quedó) Chiruyu, cdadroncito». Es seguro que si no existieran sus hijas, que le hacían suegro doble del rey, sería llamado ladrón, y los pedagogos y mnanis le hubieran exigido cuenta estrecha de sus procederes. Yo le toleraba sus raterías por no malquistarme con hombre tan abierto á las ideas de progreso, y mi tolerancia tuvo su recompensa. La primera vez que aboné mis tierras hice trans-