SigPhi · Angel Ganivet

La conquista del reino de Maya por el ultimo conquistador español Pio Cid

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Después de un largo intervalo comenzó la segunda parte del programa. Más de veinte paladines, armados de lanzas y de cuchillos, pisaron la arena. Entre ellos estaba el valiente ütíucu, el joven y guapo consejero Rizi, mi hijo Mjudsu, notable por su corpulencia, y otros cuatro uagangas; los demás eran mnanis y personajes distinguidos de la corte; de Mbúa y Upala, patria de los más — 245 — — 245 — •atrevidos cazadores. Tocó el rey el cnerno, y salió á la plaza la enardecida pantera, recelosa de verse entre tantos enemigos ^y turbada por el clamoreo de la muchedumbre. El bello Rizi se puso á cuatro patas, con el cuchillo en la boca, y, rápido como una saeta, partió contra la fiera, que, acorralada junto á la puerta de su jaula, se agachó y se apercibió para embestir. De repente, Eizi se incorporó, y, sesgando el cuerpo, le asestó una furiosa cuchillada; la pantera huyó á medias el golpe, que faé á herirla en un brazuelo, y revolviéndose con-'tra su acometedor, le clavó una garra en el hombro y otra en la cabeza y le tiró una tremenda dentellada en la garganta. El valiente Ücucn acudió á socorrer á su hijo, y la pantera, al verle, soltó su presa; pero ücucu, en cegado, la persiguió alrededor del circo, la hirió por detrás con la lanza, y cuando la fiera se volvió para defenderse á la desesperada, se abalanzó sobre ella y la clavó el cu-^ chillo hasta el mango en medio del pecho, reci^ hiendo sólo una uñarada en el brazo izquierdo. Mientras tanto, el pobre Rizi yacía agonizante en •lel suelo, y no tardó en expirar en los brazos de su 'padre y rodeado de los demás combatientes. Retirado del redondel, Ucucu abandonó también el campo, llevando consigo la pantera, premio de un brillante triunfo, enturbiado tristemente por la malaventura de su hijo.

Quedaron los demás lidiadores distribuidos por la plaza, esperando la salida de los búfalos. El sol ■declinaba ya, y los espectadores contenían el aliento, temerosos de perder algún detalle del ^ nuevo y más tremendo combate. Los dos biífalos — 246 — plantaron en medio del circo, como dudando^ entre atacar ó defenderse. Un esforzado cazadar de Upala fué el primero en romper plaza; desde la barrera, donde, como los demás, estaba resguardado, arrancó á correr por medio del ruedo, y al pasar por delante de uno de los búfalos, le tiró la lanza contra el testuz con tanto tino, que la bestia resopló roncamente, dió un bramido é hincó la rodilla. Todos la creímos muerta, pero aun se levantó y anduvo tambaleándose una buena pieza, é intentando acometer, basta que con varias lanzadas sin arte la acabaron los demás campeones. .El de Upala le cortó la cabeza, que fué el premio de la victoria.

El segundo búfalo tuvo la muerte más dura; aunque muchos intentaban repetir la suerte que tan buena cuenta había dado del primero, no fueron afortunados, y sólo conseguían irritar más al cornúpeto, que en sus carreras cogió y volteó á tres lidiadores, hiriéndolos gravemente. Uno de los mnanis, familiarizado con las decapitaciones de seres humanos, intentó.dar muerte á su enemigo clavándole el cuchillo. en la nuca; el búfalo le enganchó por un sobaco, y, á pesar de que le acosaban los demás lidiadores, le paseó por el ruedo, y después, de soltarle y recogerle varias veces, le dejó muerto en medio de él. Entonces, sobrepo.-niéndose al miedo que era natural sintiesen todos, mi hijo, el corpulento Mjudsu, el de la.trompa de elefante, corriendo por detrás de la. .fiera, montóse sobre ella, abrazándose á su cue.-íllo. El búfalo corría y bramaba, y se sacudía cop tal fuerza y ceguedad, que fué á topar contra — 247 — la verja, donde quedó enganchado por los cnernos; Mjiidsu ai^rovechó hábilmente esta feliz coyuntura, y cogiendo el cuchillo que tenía sujeto entre sus dientes, le remató con el aplomo y arte de un puntillero de oficio.

Mujanda dió por terminada la función, y el público, gritando y vociferando, abandonó los tablados. Una vez en tierra, yo ordené que todos los hombres se pusieran en filas, y llevando entre ellos, en dos carretillas, los restos mortales del bello Rizi y del mnani, todos nos encaminamos al baobab funerario, donde les dimos sepultura, no sin que yo pronunciara un breve elogio de los finados. Mujanda nombró en el acto para la vacante de Rizi á mi hijo Mjudsu, uaganga del ala central, y concedió la dignidad de uaganga al diestro cazador de Upala. Este detalle de la fiesta no era el menos interesante, pues con él se demostraba que, aparte de otras ventajas, el nuevo afairi tenía la de aclarar las filas de los pretendientes y aumentar las probabilidades de obtener bellos cargos. Con esto se me quitó un gran peso de encima, viendo el felicísimo remate que tantas y tan diversas y azarosas peripecias habían tenido, y el artístico equilibrio con que se habían ido sucediendo. El triunfo era total y definitivo. Mientras» los de la corte nos quedamos apurando las últimas delicias del día histórico en la hermosa colina del Myera, los forasteros se marchaban á gran prisa, llevando por todo el país la buena nueva. Para el siguiente afuiri, no hubo pueblo que no tuviera su circo y que no lo Utilizara como en la corte. Se acabaron — 248 — — 248 — • las excursiones judiciales; cayó en desuso el antiguo enjuiciamiento criminal; mis auxiliares, al perder gran.parte de sus atribuciones, adquirieron mayor realce é influencia. Las artes, el espíritu de sociabilidad, el entusiasmo caballeresco, adelantaron mucho.

CAPÍTULO XVII TJeformas en el alumbrado. — Las lamparillas de aceite y las velas de sebo. — Primeros ensayos de alumbrado público. — Institución de las fiestas nocturnas.

Intento referir en este lugar un ciclo entero de combates heroicos sostenidos contra un pueblo enemigo de la luz, y rematados con una victoria que reputaré siempre como la más grande de todas las que conseguí sobre el natural refratario é indomable del pueblo maya. No es privilegio exclusivo de esto el horror á las innovaciones en el alumbrado. Todos los pueblos son fotófobos en mayor ó menor escala, y aun aquellos que figuran á la cabeza de la civilización han pasado por días de prueba al sustituir unas luces por otras. Dentro de las casas, el candil se defendió siglos y siglos contra el velón, el velón contra el quinqué y las lámparas de petróleo, el petróleo contra el gas, el gas contra la luz eléctrica. En los lugares públicos, la obscuridad tardó miles de años en ser turbada por las linternas portátiles y las débiles lamparillas de aceite, colgadas en algunos lugares piadosos, como ofrendas de la fe; y ¡cuántos esfuerzos para establecer el alumbrado regular con candilejas de aceite, para pasar de las can- — 250 — — 250 — dilejas á los faroles de gas, de los faroles á la. lámpara incandescente y al arco voltaico!

Todo en el hombre es apegado á la tradición; pero la retina es, sin duda, la parte del organismo humano más refractaria al progreso; quizás el instinto, que silencioso vigila dentro de nosotros, siente con vigor, por medio del aparato óptico, una pena que nosotros sentimos vagamente: la pena de ver bien á nuestros semejantes. Amamos el día por oposición á la noche, símbolo de la muerte; pero amamos las tinieblas por oposición á la luz, emblema del conocimiento real de la vida que nos duele poseer. El ideal de la humanidad sería vivir semi á obscuras. Los mayas toleraban la luz del sol como la toleran todos los hombres, porque es fuerza que alumbre y vivifique la tierra; pero cuando el sol se ponía y suspendían sus faenas, y se refugiaban en sus hogares, no sentían la nostalgia de la luz: antes se hubieran entristecido si por acaso el sol se dignase venir á iluminar las escenas de su vida íntima^ que con la turbia y humosa luz de las teas gozaba de poéticos encantos, y podía inspirar, aun á hombres de mi raza y de mi temple, sentimientos de benevolencia, mezclados, bien es cierto, con no j)equeña dosis de amargo pesimismo.

Sin embargo, yo deseaba librarme del humo asfixiante y de la tizne pegajosa de las teas, y acudí esta vez, sin miras de reformador de las costumbres, á medios simplicísimos: cuatro cazuelas de barro, llenas de aceite; cuatro discos de corteza de miombo, taladrados y atravesados por torcidas de hilaza, y cuatro rinconeras que coloqué en los^ — 251 — ángulos de mi sala familiar, donde antes estaban, clavados los cuchillos portateas. Todo esto lo hice sin preparar los ánimos, creyendo dar una agradable sorpresa á mis mujeres; pero, como suele decirse, la erré de medio á medio. La primera noche que penetraron en la habitación familiar, que debió parecerles un ascua de oro, todas se llevarpn las manos á la cara, como si obedecieran á una consigna. Aquella luz era demasiado fuerte para sus ojos, y las lastimaba tan cruelmente que tuve que apagar dos de las lamparillas, temiendo que se les ¡produjera alguna peligrosa oftalmía. Mas á pesar de mi previsión no desapareció el malestar, pues, influido todo su organismo por los ojos, mis pobres esposas estaban como desasosegadas por una tremenda zozobra; no sabían sentarse bien, ni mantenerse con aplomo, ni hablar con- acierto, ni mirarse sin desconfianza. Parecía que la luz, interponiéndose entre los.cuerpos, separaba también los espíritus, individualizaba más las personas y abría entre ellas abismos infranqueables. Era una curiosa observación psicológica. El goce inefable que inundaba el alma de los mayas cuando se reunían en sus nocturnos hogares no provenía (conao yo había creído, y era natural que creyese) de que se vieran todos juntos en amor y compaña, sino de que se veían confusamente, emborronados, sin personalidad, como siendo parte de un organismo -humano complejo, semejante á una mancha de color, en la que, apenas indicados los perfiles, se adivinara la composición total, sin distinguir una a una, con su propia expresión y significado, lasdiversas figuras que la formaran.

— 252 — De tal suerte determina la luz la conciencia de la personalidad, que con el antiguo alumbrado, que era la menor cantidad de alumbrado posible, ocurría un fenómeno extraño, que alguien pretenderá explicar por rnedio de la sugestión, hoy tan en candelero: en un mismo instante, cuando las teas se iban á extinguir, todas mis mujeres eran invadidas por el más profundo sueño. Con las lamparillas, que podrían alumbrar muchas horas seguidas, esta notable armonía se quebrantó dolorosamente, y la noche del ensayo nadie supo cuándo debía dormirse; algunas mujeres que estaban -fatigadas por el trabajo del día, y la primera de todas la lavandera Matay, empezaron á dai> cabezadas mucho antes de la hora de costumbre; las favoritas, que habían pasado el tiempo holgando, y que quizás habían dormido la siesta, no sintieron deseos de acostarse ni cuando yo di la orden de retirada. En las tinieblas, todos los cuerpos funcionaban á compás, como si fueran impulsados por un mismo motor; á la luz clara, aunque débil, de las mariposas, cada organismo recobraba su imperio y medía las horas con su propia medida, según su temperamento y necesidades. ¡Con cuánta razón sé ha dicho; siempre que la luz es el fundamento de la libertad!

Pero los mayas, aunque amantes de la libertad, atribuyen á esta palabra un sentido impropio, precisamente el contrario del que nosotros le damos, y encontraron en esta variación un achaque ^ara renovar sus censuras. Pasada la primera descagradable impresión, los ojos se habituaron á la nueva luz, y no faltó quien comprendiera que las túnicas salían ganando con el cambio; pero la, opinión general se condolía del trastorno que yo había introducido en las veladas, de la inquietud que se apoderaba de los ánimos, por no saber cuándo era llegado el momento preciso de dormir^ La innovación tenía carácter particular, y yo nunca pretendí imponerla; pero mis mujeres y mis siervos propalaron la noticia, y como el invento estaba al alcance de todo el mundo, se extendió con gran rapidez. Había yo llegado á ser algo asi como un tirano de la moda, y, bien que á regañadientes, hasta mis más encarnizados enemigos me^ imitaban. Así son los mayas de ambos sexos, y así es la humanidad. En Europa, por ejemplo, existen dos grandes partidos: el uno favorable, el otro, el más numeroso, contrario al miriñaque. ¿Quién duda que si, por uno de esos infinitos azares que la guerra ofrece, la minoría se impusiera por un momento, todas las mujeres sacrificarían sus opiniones personales y aceptarían el miriñaque, aunque fuera á costa de su tranquilidad íntima y haciendo constar sus protestas más solemnes? Esto ocurriría, y ocurriría también que, mientras las más audaces exageraban la moda, usando miriñaques como piedras de molino aceitero, las menos osadas la atenuarían, llevándolos en forma, de lavativas. Los mayas aceptaron sin necesidad las nuevas lamparillas, zahiriéndome muchos de ellos y alabándome algunos pocos, y las modificaron á su capricho. Quiénes las hicieron tan pequeñas que ardían con dificultad; quiénes las^ agrandaron desmesuradamente, con lo cual las rinconeras, no pudiendo soportar el peso, se des-' — 254 — prendían y ciaban higar á escenas de familia muy dolorosas. Entre los exagerados se llevó la ¡Dalma el zanquilargo consejero Quiyeré, el cual llegó á construir lámparas cuyo depósito era un onuato, en el que navegaban con holgura docenas de lucecillas.

Con estos extremos, los males del alumbrado de aceite (que, como toda obra humana, debía traer algunos) se agTavaban y se multiplicaban, siendo siempre el principal caballo de batalla el no poder ñjar las horas. A falta de relojes, que jamás quise inventar porque los odiaba y los odio con todas mis fuerzas, tuve que acudir, por primera providencia, á una imprudente transacción, que con-* sistía en encender al mismo tiempo que las lamparillas una tea, cuyo papel no era el de alumbrar, sino el de servir de cronómetro. Esta componenda produjo, contra mis esperanzas, un estúpido dualismo en el alumbrado: sin abandonar las luces de aceite, se restableció, como existía en lo antiguo, el uso de las teas; por estos caminos la reforma se desnaturalizaba, y venía á ser inútil y aun perjudicial. De aquí surgió la necesidad de mi segundo invento, el de las velas de sebo, que, á mi juicio, había de sentar las bases de una nueva industria. Los mayas poseían ciertos conocimientos rudimentarios sobre varias ramas de la metalurgia, pero ignoraban en absoluto cuanto se refería á la fundición; no tenían idea de lo que es un molde, ni pensaron jamás en derretir ninguna sustancia mineral ni vegetal. Enseñándoles yo el procedimiento para construir moldes y para rellenarlos de materias derretidas, lo mismo podían fundir el sebo para hacer velas, que el plomo ó el hierro para hacer estatuas.

JEn lo que aventajaban sobre todo las bujías á las luces de aceite, era en la mayor posibilidad de hacerlas, como yo las hice, de modo que viniesen á durar unas cinco horas, poco más ó menos, que eran las que los mayas vivían de noche, no contando, naturalmente, como vividas las dedicadas al sueño. El sueño, que es en todas partes una interrupción de la vida consciente, es en Maya una anulación completa del vivir. Ningún pueblo iguala á éste en las facultades dormitivas. Un maya dormido era un sér inanimado, y luego de aclimatarse el catre de tijera, no habría inconveniente en llamarle inorgánico. Por esto los servicios de vigilancia nocturna, como vimos en otro lugar, corrían á cargo de los gallos, verdaderos serenos del país.

Aunque la manufactura de las velas era más complicada que la de las lamparillas, su uso era más fácil, más cómodo y menos dado á accidentes; así, pues, no tardaron en imponerse, condenando para siempre al olvido el antiguo alumbrado nacional. Cada familia, según sus posibles y su grado de resistencia óptica, se alumbraba con una vela ó con una docena, sin grandes dispendios. Al principio la fabricación era libre y el precio muy inseguro; pero en vista de los bellos rendimientos del negocio, Mujanda, aconsejado por mí (bien que en esta ocasión mi consejo coincidiera con su real parecer), lo monopolizó en su favor, y dispuso que, tanto en la corte como en el resto del país^ no se gastaran otras velas que las de procedencia — 256 — 256 real, señalando el precio fijo de un onuato de trigo por cada ochenta y cuatro velas. El número ochenta y cuatro- representa en Maya, lo mismo que entre nosotros la centena, una cifra redonda que se obtiene sumando los días de tres meses lunares. La renta del lavado, se recordará, se cobraba por número doble de días, ó sea por semestres, y la de los abonos por cuádruple, ó sea por años lunares. Á los contraventores de este edicto se les imponía, como á todos los que violaban los demás referentes á rentas reales, la pena de muerte, según los nuevos usos jurídicos. Más de cien siervos trabajaban continuamente en los patios del palacio real fabricando la nueva manufactura, y más de otros cien se ocupaban en transportarla en carretillas á todas las ciudades, donde los reyezuelos se encargaban de expenderla, con lo que obtenían beneficios no del todo ilícitos, y ganaban en prestigio y en autoridad.

El uso de las velas de sebo, al mismo tiempo que daba fin á la larga y ominosa dominación de las teas, hubiera ahogado en sus comienzos el incipiente reinado de las lamparillas sin un recurso ingenioso de que me valí para continuar utilizando éstas en nuevos y más importantes servicios. Como el gasto estaba ya hecho y el aceite era abundantísimo en el país, y se obtenía casi de balde, se me ocurrió colocarlas en la fachada de mi casa para que alumbraran por la noche. A una altura como de un hombre de talla ordinaria, y á trechos regulares, puse las cuatro cazuelas de aceite, sostenidas por estacas y cubiertas por piramidales sombreros en forma de pantallas. La cara delantera tenía una aberhira ovalada, por donde salía la luz, y las superficies interiores estaban revestidas de yeso blanco j)ara que hicieran las veces de reflector. Como i)or ensalmo, todas las casas de la ciudad aparecieron adornadas con estas originales farolas, que por la noche alumbraban sin molestia para nadie; pues si mis conciudadanos se apresuraron á imitarme, no pudo ocurrírseles a})rovechar el alumbrado público para romper de un golpe sus arraigados hábitos de aislamiento nocturno.

La poligamia, creando una vida de familia más bella y variada que la de nuestras sociedades, comprimidas por los usos monogámicos, había lieclio innecesaria la vida social nocturna; pero liay siempre elementos enemistados con las costumbres y i^restos á ir contra la corriente, y en Maya los había, y se darían á conocer cuando las condiciones del medio social les fuesen favorables. Donde la vida de sociedad adquiere un desarrollo excesivo no faltan gentes que, por pesimismo ó melancolía, tomen el partido del aislamiento y de la soledad, y vivan muy á su gusto escondidas como hurones en sus huroneras; donde predomina la insociabilidad, por el contrario, suele haber es2)íritus aficionados al activo comercio con sus semejantes, en particular entre la juventud, enamorada siempre del progreso ó de todo lo que huele á progreso, aunque en el fondo no lo sea. Mas en el punto concreto que aquí se ventila nadie osará suponer que no sea nn progreso efectivo, quizás un foco de progresos, salir cada núcleo de la soledad de su celda para vivir en trato común unas — 258 - — 258 - familias con otras durante las horas libres de preocupaciones y trabajos. Asimismo sería un notable progreso, cnando-el trato social absorbiera en demasía el tiemjjo debido á las operaciones de la vida interior, retraerse algún tanto de él y encerrarse entre cuatro ¡paredes, siquiera media hora diaria, para pensar un 2^oco á solas en lo que se ha hecho y. en lo que se va á hacer. Esto tendría la virtud de permitir, ya que no á todos los hombres, por lo menos á los que poseyeran cierto caudal de sensatez, darse cuenta de las necedades que en las últimas veinticuatro horas hubieran cometido, y corregirse para en adelante. El abuso de la vida social tiene ese lado adverso: la imposibilidad de aquilatar las res])onsabilidades, dado que todos los desatinos corren como obra común; porque brotando al contacto de unos liombres con otros, éstos no han tenido después calma para reconocerse autores ó cómplices de ellos, ó para destruirlos antes que se jDropalen mucho, ó para remediarlos con otros pensamientos más juiciosos y dignos de la racionalidad. Por todo lo cual se nota constantemente que los países mejor dotados de eso que suele llamarse espíritu de asociación son los más aptos para los trabajos de fuerza, v. gr., para construir ¡cuentes ó para abrir canales;: pero que, en cambio, están muy expuestos á adnritir como artículo de fe todo género de tonterías, y concluyen por deshonrar su civilización material con la pesadumbre de su interna barbarie.

Nada de esto reza con los mayas, que, si bien tenían el vicio de liablar demasiado, se libraban de decir grandes disparates, porque en las horas que pasaban en la soledad de sus habitaciones se aprendían de memoria lo que habían de decir, que de ordinario era lo mismo que ya otros precedentemente habían dicho con aplauso de las asambleas. Al pedagogo y calígrafo Mizcaga le oí diez veces el mismo discurso, que luego resultó haber sido pensado hacía treinta años por el propio Arimi, mi alter ego^ uno de los pocos hombres que, según parece, supieron en este país para qué les servía la cabeza. A mi suegro Quiyeré, el de las zancas largas, le ocurrió un lance gracioso, originado por estas raras costumbres oratorias: aprendióse de coro un discurso, nada menos que del gran rey Usana (según noticias que reservadamente tuve yo), y pronunciólo con motivo de la institución del estercolero. El esperaba recoger muchos aplausos, pues á creer lo que decía el ^qygamino donde espigó las partes esenciales de su notable trabajo, de memoria de hom.bre no se recordaba entusiasmo igual al que produjo esta oración de Usana; pero las tres alas de jóvenes representantes estuvieron unánimes en apreciar la tal rapsodia como opuesta á mi proyecto, y arrojaron sobre el orador una nube de insultos, inspirados más que por nada por la envidia. Esto enseñó al viejo y zancudo Quiyeré que el espíritu nacional no es siempre el mismo, ó, por lo menos, que no está siempre del mismo humor, y que muclio influye en lo que se dice la persona que lo dice, pudiendo recoger Quiyeré abundante cosecha de silbidos y de injurias, allí donde Usana conquistó aplausos y aclamaciones.

Pasa por averiguado que los hombres tienen — 2G0 — cierta propensión innata á vivir de día y á dormir de noche j y que sólo al progreso debe culpársele de haber trastornado el orden natural de las cosas, inclinando lentamente el ánimo del hombre á alargar los días por el fin y á acortarlos por el principio, mediante el funesto empleo de la luz artificial. Pero aun está por resolver el problema de si ha sido el alumbrado la causa de la mutación de las primitivas costumbres, ó si, á la inversa, ha sido el deseo de modificar las costumbres el origen de la invención del alumbrado. Mi experiencia personal en Maya me permite resolver esta intrincada cuestión, asegurando que el hombre, como otros muchos animales, tiene marcada predilección por la noche, aunque vive de día por pura necesidad, y llega á aficionarse al día por pura costumbre. Los ojos del hombre parecen dar á entender que éste no es animal nocturno, como los buhos ó las lechuzas; ¡Dcro si á los ojos vamos, muchas fieras del bosque y de los desiertos, teniéndolos también organizados para la vida diurna, viven más de noche que de día, porque de noche encuentran más sobre seguro el necesario sustento. Cuando el hambre aprieta la función crea el órgano, y no ya fieras, sino hombres habrá que por satisfacer su ajDctito vean en noche cerrada más claro que ven - los que están hartos, de día, con sol y sin nubes.

Esta tradicional costumbre de los mayas de vivir encerrados por la noche parecíame algo así como un pacto tácito y cobarde con las fieras, á las que dejaban en usufructo la nación durante doce largas horas, no obstante los infructuosos cacareos de los gallos, que rara vez producían el — 261 — — 261 — apetecido efecto de despertar á los soldados de guardia. Las ñeras saltaban, cuando el hambre las impelía, los cercados de las ciudades, y hacían cuanto estaba en su poder, esto es, en sus garras y en sus dientes, para forzar las entradas de los establos y saciar su voracidad. El alumbrado público afianzó la seguridad de las personas y de los bienes, y tan manifiesta era su utilidad que hasta los más empedernidos y gruñones retrógrados cejaron en su quejumbrosa campaila y me dieron tregua y coyuntura para perfeccionar mi obra con el establecimiento alrededor de la ciudad de nuevas luminarias, que formaban un círculo de fuegos opacos, ahujentadores de las asustadas fieras. Los antiguos guardianes se vieron convertidos en alumbradores, á cuyo cargo fué confiado el inapreciable servicio de preparar, encender y atizar las luces del interior y las del circuito, que bien ir^isarían de mil. El aceite era de cuenta de los particulares, y la reposición de cazuelas y mechas, de cuenta del rey; y desde el j)rimer día los trabajos se llevaron con tal actividad y perfección, que me hicieron concebir halagüeñas esjoeranzas sobre la suerte de un país, criadero de hombres tan hábiles como éstos, que sin violencia ni embarazo dejaban las antiguas destructoras armas por las nuevas y benéficas que se les entregaban: los pedernales y yescas, los atizadores de hierro y las alcuzas de barro, una de las creaciones de la cerámica en este período.

No era éste un fenómeno aislado, antes en todos los Vamos de la administración maya se tropezaba con la misma variedad de aptitudes: algunos de — 262 — los antiguos verdugos pasaron sin esfuerzo á ser directores de la fabricación de bujías, y en cuanto toca á su transporte j expendición, los pedagogos no conocían rivales; mis auxiliares del orden sacerdotal eran maestros consumados en el arte de recaudar las contribuciones, y los uagangas, en los ejercicios de fuerza y en los juegos públicos. Era frecuente hallar hombres con aptitudes universales, lo mismo i^ara guardar ganado que para arar, así para las armas como para las letras, para el consejo como para el gobierno. Comparativamente los más torpes eran los pedagogos, que sabiendo leer y escribir aprendían más en los pergaminos que en la experiencia, y se distinguían más por la palabra que por la acción; de donde tuvo origen un profundo ju-overbio maya, que dice: c<La ciencia no entra por los ojos, sino por el pellejo»; del cual parece una feliz traducción la sublime máxima: «La letra con sangre entra», que muchos dómines han desacreditado, interpretándola de una manera estrecha y disparatada. No hay saber tan alto como el saber dominar y enseñorearse de todos los estados de la vida, merced á la dura instrucción y práctica que los acontecimientos traen consigo.

Se estableció, pues, se extendió y arraigó, á pesar de su impopularidad, el alumbrado público, no sólo en la corte, sino también en todas las ciudades del país, é insensiblemente los ciudadanos fueron echándose á la calle por la noche. Empezaron los jovenzuelos con achaque de cortejar á las mujeres, que si durante el día estaban encerradas en los harenes, de noche hallábanse en estado de escuchar las niúsicas y cantos de los rondadores, pues Lis salas nocturnas estaban en las galerías exteriores y tenían claraboyas ó tragaluces á la calle, por donde penetraban los roncos sones de los laúdes y las no muy bien entonadas canciones de los obscuros galanes, de quien ya es sabido que no eran muy famosos por la finura de sus orejas.

(^on esto, la poesía subjetiva ó lírica comenzó á tomar grandes vuelos, particularmente en la rama erótica, y la literatura nacional se enriqueció con variedad de trovas, serenatas y madrigales, que sin aliño retórico, con la ruda naturalidad que conviene á una lengua que, como la maya, posee sólo palabras que designan objetos palpables, ó por lo menos visibles, expresaban los eternos amorosos sentimientos del varón por las hembras de su agrado. Aunque sea trabajo perdido traducir literalmente estas canciones á lenguas civilizadas, ofreceré como muestra un madrigal de los más célebres, que, bajo apariencias un tanto candidas, encierra cuanto de sustancial puede decir un enamorado galán á una doncella: