«Robusta é ignorante muchacha: La anchura de tus caderas me enamora; Tú serás madre de cna ciita hijos míos (el qiiené-icomi), Tu vientre llegará á ser como el de una vaca (mcazi); Tus pechos de chota (memé) ge convertirán en pechos de [cabra (mbusi).))
Detrás de los trovadores vinieron los demás ciudadanos, atraídos por el efecto mágico que á sus ojos producían las luminarias, eligiendo para sus salidas las noclies serenas, en que ni el viento ni la lluvia desconcertaban los notables trabajos de — 264 - los faroleros. Aun las mujeres, desamparadas de la autoridad de sus señores, se asomaban tímidamente á las puertas para ver á hurtadillas lo que la moral del país no les permitía ver ¡Jor derecho propio. Comenzaron á cernerse en la atmósfera los preludios de una idea nueva, de las noches muntus, que hicieran juego con los días. Las mujeres no encontraban, ni en lá ley, ni en la tradición, nada en contra de sus pretensiones; los hombres decían que no pudo jamás preverse la aj^arición de tantos usos nuevos, pero que la sabia y prudente incomunicación de la mujer debía subsistir, y subsistir con más rigor durante la noche.
Está escrito que los progresos se rieguen y santifiquen con sangre humana, y sucedió que uno de los más agradables entretenimientos de los subditos de Mujanda vino á ser, sin que nunca se haya sabido quién fuera el iniciador, divertirse á costa de los funcionarios encargados del nuevo servicio, ya apagando las luces, ya robando el aceite, ya rompiendo las cazuelas, ya produciendo intencionados incendios. Hacíanlo algunos por vía de inocente pasatiempo, y otros con el picaro jjropósito de combatirme y desacreditarme; y quizás éstos hubieran realizado sus planes malévolos de no contar yo con la confianza de la corona, ó sea con el apoyo firmísimo é inconmovible de Mujanda, quien respondió á estas torpes expansiones con \m largo y bien meditado edicto, redactado por mí, imponiendo la pena capital á todo el que tocara una cazuela de aceite ó desobedeciera á alguno de los alumbradores. Para liacer más a])etecil)les las noches públicas, se las reducía á cuatro al mes; fuera de éstas, no era permitido salir de casa sino á los que obtuviesen real patente de libre circulación. Xo se señalaban tampoco noches lijas, pues el rey se reservaba, como nueva é importante prerrogativa, que venía muy á ¡Dunto á reforzar su un tanto mermado prestigio, el derecho de acordar cuáles habían de ser, en vista del estado del tiempo y del de su real h.umor. Para ganar el valioso auxilio de las mujeres, dejando siempre á salvo la incontestable supremacía que i)or la Naturaleza está señalada en favor del liombre, se disponía que de las cuatro noches dos fueran muntus, v que en ellas hubiera recepciones, conciertos y danzas, con otros esjiarcimientos populares.
Con esto se cortaron de raíz los abtisos que comenzaban á nacer, entre los cuales había algunos muy ¡peligrosos: el abandono de los hogares, amenazados de disolución si se exageraban los nuevos hábitos de vida social; las pendencias nocturnas entre los particulares y los serenos alumbradores, que ya habían prodticido numerosas víctimas; la exacerbación de las rivalidades amorosas, ctiya existencia me parecía innecesaria en un país como éste, donde tanta facilidad había para reunir, con no muy grandes desembolsos, una colección completa de mttjeres de todas las partes del reino. Al mismo tiempo se prepararon notables adelantos en el camino de la verdadera civilización, y por lo pronto se obtuvieron nuevos ingresos para el erario real. Sólo en la corte se recatidaron ciento veinte cabras por otras tantas licencias de circulación nocturna, la ctial vino á quedar reservada para los personajes ricos en bienes y en influencia palaciega; y en la primera noche muntn, los graneros reales crecieron en más de tres mil panochas de maíz, admitidas en pago de los líquidos que el rey, por medio de sus siervos, vendía á la exclusiva en varios aguaduchos instituidos por mí con este objeto y con el de dar el primer impulso ú, una revolución más grande que todas las hasta aquí mencionadas, la revolución de la industria y del comercio.
CAPÍTULO XVIÍI CAPÍTULO XVIÍI Mediiias políticas encaminadas á fortificar el poder central.— Fabricación y monopolio del alcohol. — Influencia capital de este importante líquido en el progreso de la nación maya.
El hombre es esencialmente salvaje mientras tiende á simplificar la vida j á 23rescindir de ne--cesidades artificiales, é inhumano mientras conserva sn amor al aislamiento, su odio á la solidaridad. La civilización no está, como muchos creen, en el mayor gTado de cultura, sino en las mayores exigencias de nuestro organismo, en la servidumbre voluntaria á que nos somete lo superfino; y los sentimientos humanitarios, más que de las doctrinas morales y religiosas profesadas, dependen de nuestra sumisión al poder absorbente de un núcleo social.
Superficialmente, parecía que los mayas caminaban con paso rápido hacia un estado envidiable de perfección, puesto que su sistema político era sinceramente democrático, sus costumbres cada día más suaves, su alimentación más abundante y sus vestidos más limpios; pero el exacto conocimiento que yo tenia de los medios por donde tales — 2G8 — — 2G8 — bellezas se habían conseguido me obligaba á ser cauto y á trabajar con prudencia para que los nuevos usos arraigaran. A veces ocurriaseme pensar qué pasaría allí si faltase mi dirección, j veía desaparecer mi obra como una decoración de teatro. Para que las costumbres sean duraderas han de ser también amadas, j para que sean amadas han de halagar los instintos, lian de satisfacer una necesidad fisiológica violenta.
Faltaba, pues, á mis reformas un detalle importante: estar ligadas entre sí jior algo que las asociara á la constitución es2:)iritual y corpórea de los subditos de Mujanda; j jo veía con inquietud que ninguna de ellas había podido tiranizar á estos hombi es espartanos, que, sometidos en la apariencia, deseaban tirar, como suele decirse, la casa por la ventana, j volver á su estado primitivo, no porque les pareciera mejor, sino porque, molestándoles soberanamente pensar y trabajar, las ventajas de los adelantos que yo les impuse no les compensaban la incomodidad de sostenerlos y perfeccionarlos. Así como los animales tienen como centro principal de atracción los alimentos, los mayas, situados un escalón más arriba en la escala zoológica, tenían dos: la cocina y la alcoba. Se imponía un esfuerzo más y un centro vital más elevado: el comercio de ideas.
Devanábame los sesos para ver el modo de acrecentar sus necesidades y de despertarles algunas muy violentas que ¡pudieran subsistir i^or su propia virtud, sin mi acción providencial permanente, y sirviesen de cimiento á tanta reforma útil hecha y por hacer. De las industrias creadas, — 2Ú[) — las más importantes, como la fabricación de bujías y jabón y preparación de abonos, se habían convertido en monopolios reales, y ni servían para estimular la iniciativa industrial del país, ni para hacerles trabajar mucho más. Las emisiones abundantísimas de rujus fueron más beneficiosas en este sentido; pero la llegada de los accas las había compensado con exaeso, y en general se veía á la simple vista que el pueblo maya era más holgazán bajo mi gobierno que bajo los gobiernos anteriores. La agricultura daba mayores rendimientos, la industria indígena había progresado notablemente en cuanto á la ejecución de sus diversas manufacturas, y el comercio era algo más activo á consecuencia de las mayores facilidades en las vías y medios de transporte; mas á pesar del crecimiento de esas fuerzas, que todo el mundo se ha puesto de acuerdo para llamar fuerzas vivas de las naciones, la resultante total no cambiaba gran cosa la constitución económica del país por faltar una ley de división del trabajo, sin la que no puede haber progresos duraderos.
Los mayas continuaban considerándose como aislados en medio de aquella sociedad, que, por ser democrática, parecía deber inspirarles confianza en el porvenir; sin acertar á explicarlo, pensaban en su fuero interior que el Estado maya era una coalición impuesta por el miedo recíproco y por la necesidad de disfrutar algunos períodos de paz para consagrarse con todas sus fuerzas á la procreación, llenar los huecos dejados por las luchas pasadas, y preparar nuevas y numerosas falanges para las venideras. Y ¿ quién sabe si en esta con- .cepción nebulosa de la vida social habrá nn fecundo germen de verdadero progreso, del j^rogreso que brota de los combates, no del impuesto por una inteligencia superior arbitraria? De esta suerte, considerando como un hecho posible, y aun probable, la disolución del Estado, se tenían á sí mismos como centros de su propia vida y se educaban como si hubieran de vivir de su exclusivo trabajo. La industria y el comercio eran como accesorios de la agricultura, j nadie se consagraba á ellos por entero; todos eran agricultores en primer término, y si no disponían de tierras productivas, cazadodores ó jíescadores. En el caso de dislocarse la nación, no existían clases sociales que quedasen en el aire y que se opusieran á la ruina y acabamiento final. Algún pequeño trastorno sufrirían los herreros ó carpinteros, los vendedores de pieles ó de pescado seco; pero trastorno momentáneo, pues á los pocos días los habitantes del bosque se darían |jor satisfechos con atracarse de frutas, los de tierra llana tendrían de sobra con sus cereales y legumbres, y los del río con los productos de la pesca.
El gran Usana debió pensar en tan importante cuestión, y sin duda jjara fundar la unidad nacional instituyó las fiestas religiosas y el congreso de los uagangas, que yo por mi parte había desarrollado hábilmente, con el proj)ósito ya expresado de centralizar más el poder, pero tan firmes instituciones no bastaban, porque, habiendo sido imitadas por todas las ciudades, cada una de ellas tenia en sí los medios de vivir independientemente de la corte. Sabida es la premura con que las ciu-4ades se apresuraban á copiar cuantas reformas — 271 ^ — 271 ^ se introducían en el gobierno, religión, fiestas, trajes y costumbres de la capital, j en un pueblo tan perezoso como el maya, ese apresuramiento quería decir que todo el mundo deseaba recobrar su autonomía ó mantenerse en estado de disfrutar de ella una vez que la centralización actual desapareciese. Cuando la revolución promovida por Viaco j los hijos de Lopo, se vió de un modo experimental que la civiliz&.ción maya liabía llegado ya á tal punto que repugnaba la autonomía de los ensis, bien por la imposibilidad de celebrar el afuiri y gozar de las tiernas expansiones de los días mu n tus, bien por la inséguridad de las i^ersonas y de los bienes; pero que aun no profesaba gran amor á la patria común, sin duda porque éste suele ser un estado superior del amor al terruño, amor que, por no haber tenido üsana el buen acuerdo de establecer la propiedad individual, los mayas no poseían. En vida del usurpador Viaco se habían reconstituido las ciudades contra el mandato de la ley, y aun después de muerto fué necesaria toda mi prudencia política para restaurar el imperio de la monarquía legítima sobre todo el país. Mi deseo, j)u es, había sido, y era, modificar de tal suerte la organización del Estado maya que, en caso de revolución, volviese éste 2)or las solas fuerzas naturales á reconstituirse para presidir eternamente los destinos de la nación una é indisoluble.
■ A tal punto se enderezaron algunas de ñiis reformas, como la venta de tierras á per23etuidad y la unificación de los escalafones. Estas reformas eran, sin embargo, armas de dos filos; antes de 272 — engendrar el noble sentimiento de amor á la patria, la propiedad territorial atraviesa por fases muy peligrosas, y la primera que yo pude estudiar más de cerca fué un crecimiento formidable del egoísmo de los que poseían mucho, y un desencadenamiento de los odios de los que poseían poco ó nada, y más aVin de los que perdían sus propiedades. Antes de convertirse en columna de las instituciones, el propietario procura ser él mismo institución, feudalizarse, ennoblecerse y avasallar. Por fortuna, las arremetidas de los grandes propietarios y ambiciosos del poder estaban contrarrestadas por el excesivo número de funcionarios inútiles, creados por mí, y que en este período de transición fueron la tabla en que se salvó la monarquía y el país.
Es costumbre hablar mal de los funcionarios que desempeñan destinos poco ó nada útiles para la marcha aparente del Estado, y se considera como ideal de una buena administración la ausencia de parásitos, que, en opinión de los mismos censores, no sólo dañan por lo que no hacen y por lo que no dejan hacer, sino más bien por lo que complican el engranaje administrativo y dificultan su ordenada marcha. Error grave, del que deben huir los estadistas deseosos de fundar instituciones duraderas, pues ninguna sociedad puede subsistir sin el parasitismo. En Maya observé yo la curiosa particularidad de que la vida de la nación estuviese principalmente sostenida y regularizada por el número, en verdad abrumador, de funcionarios públicos, que yo fui intercalando en dondequiera que las falanges administrativas me parecían poco — 27:] — espesas. Apenas ocurría algún trastorno, notaba que los empleados que desempeñaban una función necesaria, como los reyezuelos, eran losmás inse*: ,2ruros, porque contaban sobre la. realidad de su poder para' sostenerse en el gobierno. Los particu-í lares. simpatizaban con cualquier tentativa decam--bio político: los ricos, por ambición; los pobres, por descontento; todos por variar y mejomr. Los únicos fieles defensores eran los funcionarios inútiles^ que, convenóidos de que la agitación nacía del desea de turnar en el disfrute de las prebendas, se aprestaban sin vacilación á la lucha y, combatiendo por sus intereses, combatían por el Gobierno y le sos-^ tenían. El parasitismo es, ciertamente, una causa; de debilidad; pero es también signo seguro de vida, porqüe los parásitos huyen de la muerte. U;n Gobierno libre de ellos está á dos pasos de su fin, sea que termine por consunción, sea que se expon'ga.á morir de exceso de salud; estado ideal al que los humanos deben procurar cuidadosamente no aproximarse., -Sin embargo de haber obtenido brillantes resultados de la unificación é indefinido alarga--miento de los escalafones, con los que formé dos grandes grupos de funcionarios: pedagógicos y.sa^ cerdotales, que constituían la policía profiláctica, j': militares,. que representaban la terapé utica. d represiva (amén de los numerosos mnanis ó auxi^' liares de ambos- grupos), aun no vi bastantes tereses creados á la sonibra del orden y de la.uni-^ dad "üacionál, y temía que estos numerosos fu'ntí cidnarios: se acomodasen, en caso de necesidad,. ár tiívít.". sobre. «stas ó aquellas ciudades, en. lá mismn..
forma en que lo venían haciendo sobre la nación.' entera, j que no tuviesen bastante interés en con^ servar á ésta su preciosísima unidad. En tal caso, como ellos eran el vínculo más fuerte que mantenía unidos los diferentes núcleos ó cantones, la obra esbozada por Lopo, planteada por Usana y perfeccionada por mí, estaba expuesta á perecer.
Ese lazo de unión tan deseado lo hallé en un nuevo monopolio, que no fué admitido, como los anteriores, con indiferencia, sino con tan vivo entusiasmo, que vine á comprender que, en lo sucesivo, los mayas todos aceptarían y sufrirían el supremo poder de Mujanda y sus sucesóres para asegurar el disfrute del nuevo producto de la industria real, el alcohol, cuya venta se inauguró la primera noche muntu. Ninguno de mis éxitos, ni el del lavado y estampado de las túnicas, ni la institución del segundo día festivo, délas luchas de circo y del alumbrado, puede compararse con el de la invención del alcohol, aceptado desde el primer momento sin oposición ni discusión.
Cuando por primera vez se me ocurrió utilizar el alcohol para afianzar los poderes públicos, anduve madurando bastantes semanas mi proyecto, examinando sus contingencias posibles, buenas y malas. El interés gubernamental no hubiera baata,do á decidirme si comprendiera que había de seguirse algún daño para los individuos, ó cuando menos para la raza. Dos razones, entre otras, hicieron gran mella en mi ánimo y determinaron mi decisión afirmativa. La primera fué, que si por acaso resultaban exactos los dichos de los sociólogos, y el alcohol producía grandes perturbaciones — 275 — orgioit-as y funcionales en lo» individuos que de él aburaran, y la degeneración de su descendencia, siempre habría tiempo para suprimirlo: pues siendo un mono})olio, y no estando divulgado el secreto de la fabricación. I>a5taría jjara ello una decisión del poder real, que por algo O:? considerado por los estadistas como poder moderador. Xo era, sin embargo, probable que tales }^)erniciosas consecuencias se presentaran, ponqué los sociólogos que yo liabía leído se referían en })articiilar á ia raza blanca, en la que es cierto que el alcoholismo suele terminar por la locura, el idiotismo, las deformaciones orgánicas y demás signos de degeneración. La raza negra es más robusta, y no sólo podría resistir mejor la acción de ese agente deletéreo, sino que acaso encontraría en él un estíjuulo para espiritualizarse; de suerte que, si el alcohol engendra el idiotismo en los seres civilizados, vendría á producir el desarrollo intelectual en estas razas primitivas, que ya poseen el idiotismo por naturaleza. En el caso de que mis suposiciones resultaran fallidas, y de que realmente hubiera que lamentar un salto atrás en estos individuos, que tan pocos habían dado hacia adelante, venía en mi auxilio la segunda razón. «|ue me fué áumini^rada por el recuerdo de mis propias observaciones en el continente europeo, donde, no obsrtante las declamaciones de los mismos sociólogos, había notado que la prosperidad de las naciones dependía, en primer término, del embrutecimiento de sus individuos merced á varios abusos, y entre ellos el abuso del alcohol.
Kl progreso económico exige, c^^mo cx)ndición — 276 — esencial, la sumisión de grandes masas de liomlíi'eB á una inteligencia directriz. En tanto que los individuos se consideran á sí mismos como hombrea enteros, completos, y se mueven independiente^ mente los unos de los otros, y no se asocian sino contra su voluntad y para lo más necesario-^n 16 (|ue los mayas pueden servir de tipo perfecto,-^ el trabajo no progresa; todos los hombres son bres, pero la suma de sus libertades da la instabi^ lidad de la libertad general; ninguno es pobre,? j>erí> la reunión de sus mediocres fortunas da la pobreza colectiva. Silos individuos se transforman en< fragmentos de hombres, 'en instrumentos especíales ' de trabajo, y se asocian de un modo permanente' para producir la obra común, los resiiltados materiales son maravillosos, la obra es tanto más grande cuanto mayor es la humillación de los obreríiís, cuanto más completa eg la abdicación de m' perso^ nalidad; entonces todos los hombres son eíjclavos, pero la libertad colectiva es permanente; todos sonl)ob*re^;;|>ero la sociedad, representada por los que dil'igeh y Unifican esas fuerzras brutales, desborda de riquezas. Parecíame, pues, disculpable y hasta có'nvéhiente el problemático embrutecimiento y degéñéiiación' 'de lilis gobernados si la agricultura, la industria y el' comercio, fuentes vivas del país,, según indique antes, salían en ello gananciosas.
Aceptada- la idea, preocupóme largamente la elección del líquido alcohólico que había de' ém^ plearj pue's en:el privilegiado clima de Maya se eiicúentran priuieras matetiás para fabricarlos -de todas clases. Lo más inofensivo hubiera sido in*-trodiicir alg'Unas' )^^^ en las '^bebidas — 277 — — 277 — nacionales, entre las que la más usada era el vino de banano, obtenido, como todas las demás, por medio de la maceración de frutas; tanto el vino de banano, como el de spondio^ el de fenezi ó el tinto de amoméy eran licores ligeramente acidula--dos con cierto saborcillo á cosa podrida, al que no sin esfuerzo llegué á habituarme. Asimismo pensé en fabricar vino tinto, no de amomé, ni de nva, sino de materias tintóreas, que yo, como antiguo vinicultor, sabía emplear con gran habilidad. También la cerveza podía • ser útilísima en este país cálido, y fácil era obtenerla por abundar la cebada de excelente calidad y multitud de plantas aromáticas muy superiores al lúpulo; pero me pareció inconveniente no pequeño la excesiva cantidad que habría que fabricar para producir el efecto apetecido; sin contar con que esta bebida lleva consigo, é infunde á los que la beben á todo pasto, el amor á las ideas plácidas, la serenidad epicúrea, no exenta de humorismo, y en particular la atrofia del sistema nervioso, que me interesaba mucho robustecer y desarrollar en mis gobernados. Por fin mereció mi preferencia el alcohol puro, que por exigir pequeñas dosis era más fácil de fabricar, conservar, transportar y vender.
Con auxilio de varios hábiles uamyeras que de Bangola se habían trasladado á Maya, construí én uno de los pabellones interiores de mi palacio un alambique de capacidad bastante para producir en un solo día hasta diez hectolitros de alcohol. El monopolio estaba reservado al rey, pero yo me hice cargo de la fabricación para poder — 27B - tustruir más fácilmente á los feuános á^quieiíes lá^ confié, así como para realzar el prestigió díe úú cargo. Annqile el líquido podía expenderse sólo por la noche, el consumo fué tan coüsidemblé, que liubo que construir dos ■ alambiques ¿lás'^ j cuando la venta se extendió á todo el país, el interior de mi palacio se convirtió en una inmetísafábrica, donde funcionaban veinte alambiques y tenían ocupación diaria más de doscientos enanos.
La afición al alcohol fué un estímulo nuevo y poderoso en la vida de los majas, cuya primera aspiración unánime se cifró en obtener licencias de circulación nocturna para gozar del privíleg-ib que antes disfrutaban unos pocos, y todo el poder dé Mujan da no bastó para resistir el empuje dé la opinión. Bien pronto todas las noches fueron públicas, y las escenas domésticas, que tanto me áéleitaban, se transformaron en reuniones de t&,'-borna ¿ de café, al principio entre hombres- isolos', luego entre hombres y mujeres..,'>'nf>.
El sexo débil, qile en Maya es fortísimo pór i-e^ gla general, se conformó en los primeros días con salir una noche sí y otra no;' pero, relajados los frenos sociales, quiso ser igual al hombre, y se vi<ó favorecido por los excesos de aquellos j)oco pru^ dentes varones, que se embriagaban hasta el punto de obligar iúdirectámen te á sus mujeres á romper la recltisión para venir á recogerlos y llevarlos á cuestas á casa. Tales coáás vi, que se me ocurrió recomendar el empleo de un "sistema que me hftbíá. llamado lá atención en algunos pueblos de Flandes. Es costumbre del país que el hombre lleve por delante una carretilla de mano, cuyos vamlesj..
— 1^70 — atados á los dos extremos de una larga correa, penden del cuello j dejando las manos en libertad. Este uso es mny cómodo, porque en la carretilla se lleva el paraguas, indispensable en un país tan lluvioso, la merienda y algunas otras cosillas. Ouando el hombre de la carretilla queda atascado en tina taberna, la mujer, oportunamente avisada ó. convenida de antemano, acude á recogerlo y lo acarreia á domicilio terciado en la providencial carretilla. Como quiera ({ue ya había yo provisto á los mayas de este útilísimo aparato, no tuve níás que 'apuntar la' idea para que se introdujera el nuevo uso, (pie andando el tiempo se modificó un tanto, porque, embriagándose también- las mujeres, hubo que imponer por turnos á los alumbradores la obligación de conducir á domicilio á los borrachos de ambos sexos. ^wm^. ivÁlbiUnlr. nv.i-.siií' No obstante estos disculpables abusos, el alco^ bol producía resultados benéficos, pues los mayas, para poder embriagarse por la noche, trabajaban con gi-an celo dui-ante el día; salvo algunos,- basta'ntes, que, á cau.sa de su pereza congénita é invencible, obtenían por el robo lo que no eran capaces db ganar honradamente. Eñ los "primeros^ tieííitpOB el pago del alcohol se efectuaba por medio de pabilochas de maíz, ¿ razón de una por cada mcmio ó pequefia vasija dé Üarro, ^n - h% qiie entraba • und, médiít panilla de' líquido, inezcla de alcohol ptiíO y agua clai-a. Más adelante, y al mismo tiempo qite se introducía en Maya él ^uso importantísimo de las' tapaderas, hasta entonces absolutamente désGOüoridas,>s0 estableció la equivalencia de varios prodxicrtos para atajar el encarecimiento dél — 280 — maíz; y, por último, lancé á la circulación chapitas de hierro taladradas, complemento de los ru* jus y último grado de la evolución de la moneda, y cansa originaria de nn cambio trascendental ^n las túnicas. Me refiero á la apertura de los bolsillos laterales, que no sólo sirvieron para guardar la moneda, sino también, por una serie de gradaciones psico-fisiológicas, para albergar las manos de los mayas, y mediante la influencia refleja de la nueva y pacífica colocación de tan importantes aparatos gesticulatorios, para dulcificar el temperamento de mis gobernados y para dar á su apostura un aire más humano, más bello y más reflexivo.
Mediante los rujus se había creado plásticamente la confianza pública, y con ayuda de la excitación alcohólica surgió sin esfuerzo, y sin necesidad de acudir á Eubango, la moneda vulgar, y como consecuencia la moneda falsa, fabricada por cuenta y riesgo de los uamyeras. La moneda menuda tuvo gran influencia en la marcha económica del país, porque, no siendo ya necesario poseer productos de reserva para asegurar la vida, el trabajo se apartaba de la agricultura y buscaba en la industria y el comercio el modo de ganar más rápidamente las monedas ó mcumos, llamados asi porque desde el principio se los relacionó con las medidas de alcohol cuyo valor representaban. Nacieron de tan sencillo hecho los primeros asomos embrionarios de la fecunda ley de división del trabajo; y una vez que hubo hombres dedicados á lina especialidad, se hizo necesaria la aparición de los comerciantes con tienda abierta, y €on — 281 — ^llos otra 1er no inferior á la precedente, la de la oferta y la demanda: las dos ruedas indispensa-■bles para que marche el carro del progreso.
Como el alcohol era el artículo mávS solicitado, los primeros establecimientos que abrieron sus puertas fueron los cafés v las tabernas, que no se diferenciaban, como en Europa, por la mayor ó menor riqueza del decorado, ó por la cat^oría social de los concurrentes, sino porque los cafés eran los primitivos establecimientos abiertos de orden y cuenta del rey, y dirigidos por funcionarios públicos del grupo de los mnanis, cuyo escalafón se triplicó con tan fausto motivo, mientras que las tabernas eran casas particulares, donde se vendía al menudeo el alcohol comprado al rey al por mayor y á más bajo precio. Para señalar estos establecimientos tabernarios se plantaba á la puerta un árbol frutal llamado mpaful^ que dió nombre á las tabernas en Maya.
Modificada de esta suerte la idea primera del monopolio, los mayas se acostumbraron á la de las casas de comercio, y no tardó en liaber despachos de túnicas y sombreros, de cereales y legumbres, de carne, de pescado, de instrumentos de labranza y de transporte, y mil artículos nuevos que el buen ingenio de los mayas se apresuró á inventar, con arreglo á las ideas que yo les sugería, y que eran aceptadas con gusto porque facilitaban los cambios y porque venían á destruir las injusticias con que la Naturaleza les había repartido sus dones. Mientras las ciudades del bosque eran antes las más miserables, ahora prosperaban liasta sobrepujar en riqueza y cultui-a á las del llano, por- — 282 —