ejemplo y el de los jefes, y enardeciéndose con el ruido de los tambores, que repiqueteaban, y de los platillos, que metían el escalofrío en los huesos, cayeron sobre el enemigo, rompieron sus cuadros y le obligaron á huir hacia el bosque, donde las tropas del zancudo Quiyeré, allí apostadas, y las del narilargo Monyo y el prudente Uquima, que le perseguían, le infligieron una sangrienta derrota. Más de mil muertos, entre los que se contaba por anticipado á los heridos, rematados sin piedad, fueron recogidos entre la ciudad y el bosque, y arrojados al río para pasto de los peces; y más de tres mil hombres fueron hechos prisioneros y conducidos como esclavos á Zaco, Talay, Rozica y Ñera, en el extremo cccidental de la nación, donde, por imperar la poliandria, la población tendía constantemente á decrecer y necesitaba mucho de estos refuerzos. Como precioso botín de guerra, además de las flechas, cuchillos y demás armas blancas, recogimos cuarenta fusiles, que, aunque bastante deteriorados, serían útilísimos para continuar la campaña. Por nuestra parte hubo sólo ochenta muertos, que fueron enterrados al són de la música al pie del baobab funerario de Üttya, en el que grabé una intoipción conmemorativa de la victoria; y ciento cincuenta heridos, que fueron trasladados en carretillas á Lopo, donde organicé el primer hospital maya, deseando aprovechar en bien de la ciencia los funestos resultadoü de la guerra y valerme de estos héroes para ensayar algunas operaciones quirúrgicas.
Aunque la gloriosa batalla de ünya, que colocó á Mujanda á la altara del inmortal Usana, parecía resolver la contienda á nuestro favor, las tropas desearon tomar de nuevo la ofensiva, particularmente cuando se supo que entre las quince derrotas y el triunfo final habían muerto dos generales, cinco centuriones, cuarenta jefes de escuadra y más de mil soldados de número, con cuyaK vacantes hubo gran movimiento en las escalas é ingresaron cerca de mil cien soldados voluntarios en el ejército regular, previo el juramento de la poliandria. Pero antes de proseguir las operaciones creí preciso remediar dos deficiencias capitales notadas, entre otras muchas, en la organización (le nuestras tropas. Faltaba un cuerpo de administración militar qne las abasteciese de todo ht — 300 — necesario r evitase las numerosas deserciones ocasionadas por la carencia de mujeres, de alimentos j en particular del tan apetecido alcohol, y faltaba, asimismo, un servicio de información rápida entre el ejército y las ciudades más ]3róximas al centro de operaciones.
Al regresar á Maya tomé el camino de Bangola, y asesorado por su reyezuelo Lisu, el de los grandes ojos, encargué á los más hábiles herreros la construcción de cien carretillas con tapaderas de cierre muy ajustado, que pudiesen servir para el transporte de líquidos, y ordené que las confiaran á las mujeres de los ruandas, para que acompañaran al ejército como cantineras. Para el servicio de correos utilicé, con excelente inspiración, el velocípedo, que después sirvió también para la exploración en las avanzadas, y vino á suplir la falta de caballería. Con dos ruedas, poco más grandes que las que se hacían para las carretillas, y un montaje lo más sólido j sencillo posible, quedaba formada una bicicleta, de marcha un poco brusca pero de gran duración. Esta novedad se extendió al vuelo por todo el país, y los mayas, cuyas aptitudes eran universales, hicieron grandes progresos en este género de locomoción. Al poco tiempo pude notar, sin embargo, que el nuevo ejercicio les dañaba en su constitución física, pues el hábito de andar muy inclinados sobre ruedas les infundía vehementes deseos de andar luego á cuatro pies. También sus facultades intelectuales, y esto es más sensible, se debilitaban, y llegué á deducir de ello que la evolución cerebral debe depender de la posición del cuerpo, y (\xie si el hombre abandonara la es- — 301 — — 301 — tación bípeda por la cuadrúpeda, volvería prontamente á su estado orio-inario de animalidad. Estas observaciones no pretendo generalizarlas, ni creo que hallen comprobación en los velocipedistas civilizados; los mayas están más cerca que éstos del estado animal, y vuelven á él más fácilmente.
Realizadas tan importantes comisiones, regresé á la corte para celebrar el segundo ucuezi, el cual fué turbado por un acontecimiento trascendental y previsto por mí, aunque no para tan cercana fecha: la uciuerte repentina de Mujanda en pleno día y rodeado de sus subditos, primera é ilustre victima de una enfermedad desconocida hasta entonces: el delirium tremens. Acto seguido procedí á la proclamación del nuevo rey, Josimiré, y á la designación de regentes que, durante su menor edad, rubricasen los acúerdos del Real Consejo. Como las mujeres están excluidas de los cargos públicos, no había que contar con la vieja Mpizi, á la que 3^0 hubiera dado la preferencia, y entre los hombres, dada la importancia del cargo y la conveniencia de proveerlo sin tardanza, la elección debía recaer sobre uno de los tres consejeros que se hallaban presentes, el gran mímico Catana y el gigantesco Mjudsu, hijos del elocuente Arimi, y Asato, hijo del cabezudo Quiganza y aspirante al trono. Para no elegir sólo á Asato y para no desairarle tampoco, asi como para dejar más vacantes de consejeros, opté por la regencia trina, y Catana, Mjudsu y Asato fueron proclamados regentes por el pueblo, con lo cual la mayoría estaba asegurada á mi favor.
Felizmente consumada la transmisión legal del poder, di permiso á todos los subditos del nuevo rey para que se entregasen sin reserva á sii sincero dolor por la pérdida del gran héroe de Unja, muerto en el apogeo de su grandeza y de su popularidad.
Suspendiéronse las fiestas en el circo y todos los espectáculos anunciados para aquel día, y dióse libertad á cuarenta siervos accas, acusados de adulterio y destinados á sufrir, unos, la muerte en las astas de los búfalos; otros, el aj)aleamiento. Después comenzóse á formar, en el orden acostumbrado, el cortejo que antes de regresar á la ciudad debía dirigirse á la gruta de Bau-Mau para presenciar el sepelio de los reales despojos (que en Maya sigue inmediatamente á la defunción) y el >jacrificio de las mujeres de Mujanda que quisieran acompañar á su esposo al reino de las sombras. Privilegio envidiable, de que gozan sólo las mujeres del rey en el, momento preciso en que éste es arrojado en la gruta, pues según las creencias del país, el enterramiento al pie ó en el tronco de los baobabs es una especie de purgatorio, que termina cuando la persona enterrada logra llegar por caminos subterráneos á la sima de Bau-Mau, mientras que el sepelio en la gruta representa la gloria inmediata, el más rápido acceso á la mansión de Rubango. Por esto todas las mujeres apetecen ser sacrificadas, y lo serian si no fuera por la oposición del rey sucesor, que retiene á muchas de ellas para ornamento de su harén; pero á la muerte de Mujanda, por la tierna edad de Josimiré, no había obstáculo para que todas realizasen su deseo, avivado aún más porque las muertes violentas del cabezudo Quiganza y del fogoso - 303 — Viaco no habían permitido la celebración de los sacrificios.
Llegados á la gruta de Bau-Mau, que está cerca de la catarata, los tres consejeros regentes y yo, conductores del cadáver, le despojamos de la túnica, sandalias, penacho, collares, brazaletes y demás adornos, para devolverlo á la tierra en su pureza original, y separando las grandes piedras que cerraban la ancha abertura de aquel profundísimo agujero, le dejamos caer de cabeza, en medio de la general suspensión de los ánimos. Yo apliqué el oído; y como el silencio era tan solemne, pude percibir un lejano eco, semejante al que produce un acetre al caer en lo hondo de una tinaja; por donde comprendí que la gruta era una especie de pozo natural, en comunicación con el río ó quizás con el lago Ünzu, por debajo del lecho del Myera.
Encaramándome sobre una de las enormes piedras que habíamos quitado de la boca de la gruta^ con el cuchillo reluciente en la diestra, como un viejo druida, me apercibí á consumar el generoso sacrificio de las mujeres del malogrado Mujanda, las cuales se habían puesto presurosas delante de mí, separadas en cuatro grupos, como indicando que hasta la muerte conservarían los odios que en vida se habían tenido. Adelantóse la primera la aguanosa Midyezi, hija de Memé, y se despojó rápidamente de todos sus atavíos, y por iiltimo de su túnica; ya no era aquella candorosa adolescente que representó con su hermana, la noche de mi llegada á la corte, el patético episodio de la vida del rey Sol, aquel en que el rey de Banga, — 304 — vencido por Usana, descubre la ficción de sn sexo y conquista el corazón del vencedor, sino que era una bella y robusta matrona, de nobles líneas ondulantes, á la que, no sin pena, descargué el golpe fatal, que la envió á la mansión de los muertos.
Siguió el segundo grupo, de unas treinta mujeres, capitaneadas por la obesa Carulia, y luego más de cincuenta, agrupadas en torno de la tejedora Eubuca, y por fin otras setenta, dirigidas por la simple Musandé, la liija del carnoso Niama, reyezuelo de Quetiba, y todas fueron, una á una, inmoladas como lo había sido Midyezi, y arrojadas á la insaciable sima de Bau-Mau. Y no se oyó ningún lamento, ni se turbó la sublimidad del espectáculo con ningún acto de cobardía; y aun yo mismo llegué á creer que acaso sea preferible adelantar un poco el momento de la muerte si se ha de morir como morían las ilustres esposas de Mujanda, con tanta nobleza en la actitud y tanta felicidad en el semblante. Así como me repugnaba la muerte impuesta por mandato de la ley, me entusiasmó este sacrificio humano voluntario, y si de mí dependiera, lo restablecería sin vacilar en las naciones civilizadas. En cuanto se dificulta el único sacrificio noble que puede hacer el hombre, el de su vida en aras de su creencia ó de su capricho, el ideal se desvanece, y no quedan para constituir las sociedades futuras más que cuatro pobres locos, que aun no han acertado con el modo de suicidarse, y un crecido número de seres materializados por completo, embrutecidos por sus demasiado pacíficas y prolongadas digestiones.
CAPÍTULO XX De cómo Asato fué nombrado Igana Iguru, y del draconiano proyecto que concibió para corregir la creciente inmoralidad de las costumbres. — Sublevación de los accas. — Paz con el Ancori.
La reina Mj^izi no podía acostumbrarse á la soledad en que la había dejado, con la muerte de su hijo mayor, la brusca desaparición de sus ciento cincuenta y cinco nueras; por respeto á las tradiciones no intentó oponerse al para ella tan doloroso sacrificio; pero habíala impresionado vivamente, al regresar á su 23alacio, el profundo silencio que en todo él reinaba, turbado sólo por el ir y venir de los enanos. La infecundidad del rey había impedido que el palacio real disfrutara del mejor ornamento de una casa maya: los numerosos niños, traviesos, graciosos, juguetones, que inspiraban una dulcísima afección, exenta de penosos cuidados por abundar á bajo precio los artículos de primera necesidad; para mayor desgracia, los hijos que Mujanda había adquirido por accesión habían sido reclamados, al cumplir la edad legal, por los jefes de las familias de que por arte de padre procedían; y las gracias precoces del rey J osimiré, aunque consolaban un tanto a su - 306 — afligida madre, no podían remediar los inmensos estragos causados por la muerte.
Este particular estado psicológico de la reina Mpizi no es anotado aquí por simple curiosidad ó por presentar una excepción del tipo de la suegra, eternamente zaherido de la alocada juventud, sino por las consecuencias políticas que produjo; pues la tristeza y el aburrimiento hicieron concebir á la reina la idea de atraerme al palacio real, y de dar fin á la situación anómala en que, por altos ];espetos, habíamos ella y yo hasta entonces vivido. La ley maya ordena que la esposa siga al esposo; pero no se opone á que el esposo siga á la esposa; y ya que lo primero no había podido ser, era conveniente realizar lo segundo, ahora que tan gran parte del palacio había quedado desocupada. Yo expuse ante mis mujeres los deseos de Mpizi, y todas se mostraron bien dispuestas al cambio de domicilio, en el que salían mejoradas; en cuanto á la reina Muvi, su entusiasmo no podía ser mayor, pues su naturaleza vehemente atesoraba un inmenso caudal de ternura, de admiración y de orgullo por aquel inocente Josimiré, á cuya gloria y grandeza había ella sacrificado los augustos derechos de la maternidad.
Como en Maya los cargos j^i'ihlicos están ligados muy fuertemente á los atributos exteriores, no era posible que yo continuase ejerciendo el mío una vez que abandonara mi palacio, y con él todas sus pertenencias propias, entre las que ocupaba un lugar preeminente el sagrado hipopótamo, y había que pensar en el nombramiento de — 307 — mi Igana Igiirii; y quizá la razón que me decidió más que ninguna otra á acceder á la mudanza, fué el deseo de apartarme de los negocios públicos, de ver desde lejos cómo funcionaba el organismo fabricado por mí. Puesto que un día ú otro la muerte podía sorprenderme y la nación se había de ver privada de mis servicios, era prudentísimo hacer antes estos ensayos para corregir lo defectuoso, suprimir lo perjudicial y completar lo deficiente, con lo cual yo podría abandonar el mundo con la conciencia tranquila y con la satisfacción de haber realizado una obra buena y durable.
La elección de nuevo Igana Iguru correspondía á los regentes, y de buena gana h ubiera yo influido sobre éstos para que designasen una de las dos personas en quienes tenía más confianza: el listísimo Sungo ó su hijo, el astuto Tsetsé; pero la ley exigía que el Igana Iguru fuese hijo ó nieto de rey, y Sungo era sólo bisnieto, y Tsetsé tataranieto. Quedaban numerosos descendientes próximos del corpulento Viti, del ardiente Moru y el el fogoso Viaco; pero tenían derecho j)referente los del último y cabezudo rey Quiganza, entre los que había un solo hijo varón, el regente Asato; y en edad de desempeñar el cargo, varios nietos de línea femenina. Hice elegir, pues, á Asato por respeto á la ley y por apartarlo de la regencia. Los regentes tenían libre entrada en el palacio real, y vivían en la intimidad de Josimiré; y como Asato era ' presunto heredero de la corona, parecíame arriesgado mantenerle en un puesto en que le sería muy fácil matar á su primito. Asato aceptó con gran júbilo la dignidad de Igana Iguru, así como la designación de dos nuevos auxiliares ó Igurus que le ayudasen á llevar el pesado fardo de sus atribuciones: el bravo uaganga Angüé, el flechero, antes auxiliar mío en Upala, fué comisionado particularmente para la preparación de los abonos, y el astuto Tsetse para la fabricación del alcohol. Yo sólo me reservé, por razón de Estado, la facultad de crear los misteriosos rujus y de -fabricar las tinturas y la pólvora.
El puesto vacante por el nombramiento de Asato fué concedido á Sungo, con lo cual la regencia quedaba en manos de los tres hermanos. Sungo, Catana y Mjudsu; y para la prebenda de Boro, en la que el astuto Tsetzé había acumulado tantas riquezas, nombré al jefe de los pedagogos de Maya, al ilustre geógrafo Quingani, que había figurado en la expedición científica al Ancori, y que era el primer ejemplo de lo que pueden el ta-* lento y la perseverancia en un Estado democrático. Quingani era natural de Mbúa é hijo de siervos; su madre fué condenada, por robo, á trabajar en los campos del reyezuelo Muño, famoso por su crueldad y por sus tremendos labios, no menores que los de un hipopótamo; y en vista de su holgazanería, los capataces que vigilaban á los siervos la arrojaron viva, sin consideración á lo avanzado de su preñez, en una fosa que había en el valle del Ünzu, para que allí muriese de hambre. Pero la fortuna quiso que por aquellos días ocurriese la rebelión de Muño, su deposición y muerte, y la proclamación del nuevo reyezuelo Lisu, y por incidencia la liberación de la pobre — 309 — — 309 — sierva; la cual, durante su encierro en el in pace, había dado á luz el niño que por esta razón recibió el nombre de Quingani, ccel liijo del valle». Quingani, no obstante su ruindad y servilismo, llegó á ser el más hábil pedagogo de Lisn y el encargado de la educación de Mujanda, quien, al ser proclamado rey, le recompensó nombrándole pedagogo público y allanándole el camino para más altos honores.
Quedaban cuatro vacantes de consejeros, y antes de abandonar los negocios públicos quise proveerlas entre los más merecedores, para dejar un último y agradable recuerdo de mi influencia. Para la de Sungo, que era del orden de reyezuelos, hice designar al hermano de la reina, Lisu, reyezuelo de Bangola, con obligación de marchar á Ünya á dirigir la banda musical; al puesto de Lisu fué ascendido el corredor Churuqui, reyezuelo de Mbúa; el valiente Ücucu pasó de Upala á Mbúa; el narilargo Monyo vino á Upala, en recompensa de los méritos contraídos en la defensa de Unya; á Unya fué el veloz Nionjd, reyezuelo de Ancu-Myera, deseoso de tomar parte en la lucha contra el Ancori; á Ancu-Myera pasó el pacífico Mtata, reyezuelo de la decadente ciudad de Misúa, y este gobierno, rechazado por los reyezuelos de Mpizi, Urimi y Cari, á quienes lo ofrecí, fué admitido por el reyezuelo de Rozica, el despejado Macumu, llamado así por su extremada afición á las habas verdes, que en las vegas de Misúa se crían en abundancia; por último, á Rozica fué un reyezuelo de nueva creación, el famoso ca,ntor de las palmeras, Uquindu, siervo de Upala, — 310 — que me fué regalado por el corredor Churuqui, y que, casado con la viuda del siervo Encliúa, víctima de la revolución, había quedado en mi casa como primer pedagogo después de la liberación de los siervos.
Para la vacante de x^sato, que era del orden de generales, elegí al prudente Üquima, que, aunque reyezuelo de Lopo, había intervenido en la guerra como general de las trojjas voluntarias, dejando interinamente su gobierno al dormilón Viami, viejo jefe del partido ensi, elevado por su popularidad al cargo de presidente del yauri, local de Lopo; el mando de las tropas voluntarias fué concedido al nuevo reyezuelo de ünya, el veloz Nionyi; y Viami, el dormilón, fué nombrado en propiedad reyezuelo de Lopo, con lo cual quedó coronada la célebre transacción que dió vida á esta ciudad en los comienzos del reinado de Mujanda.
Las otras dos vacantes, del mímico Catana y de Mjudsu, el de la trompa de elefante, como eran del orden de uagangas, me sirvieron para demostrar más aún mi agradecimiento á los reyezuelos Mcomu y ücucu. Para la primera elegí á un hijo del viejo y honrado Mcomu, el gangoso Nganu, notable, como el mímico Catana, por la perfección con que remedaba los gritos de toda especie de animales; y 23ara la segunda, á un hijo del valiente ücucu, celebrado jjot lo descomunal de sus narices, heredadas de su ilustre padre, así como su nombre de Nindú, que se recordará fué el primer apodo de ücucu. En el narigón Nindú concurrían además dos circunstancias muy recomendables: la de liaber sido el que me acompañó en mi primer — 311 — viaje desde Ancu-Myera á Maya, y la de ser hermano del bello Rizi, cuya sangrienta muerte en el circo dió entrada en el consejo á mi hijo el morrudo Mjudsu. Había, pues, en este caso justa compensación, y los mayas aplaudieron el nombramiento.
Tan extensa promoción produjo, en últimas resultas, varios huecos en el cuerpo de uagangas y en el de pedagogos; mas conviniendo dejar siempre una jíuerta abierta á la esperanza, aplacé el resto de la combinación hasta el término de la guerra, en la que podrían aquilatarse los méritos de los infinitos pretendientes. Faltábame, pues, sólo, para retirarme con brillantez á la vida privada, idear una ceremonia solemne; y para ello, una vez instalado en el palacio real con mis cincuenta mujeres, los treinta y dos hijos con que contaba á la sazón, mis pedagogos, y accas, y ganados, y objetos de mi propiedad privada, me dediqué á levantar en los frescos prados del Myera, junto al templo de Igana Xionyi, una estatua del rey Mujanda por el estilo de la erigida en honor del radiante Usana. Sólo difería esta segunda estatua de la primera en que el pedestal era mucho más alto, para suplir la falta de jumento, y adornado con inscripciones alusivas á la batalla de Ünya. Mujanda estaba representado de pie, en actitud heroica, enarbolando en su diestra un asta bandera, donde debía ondear la túnica verde de Quiganza cuando la rescatásemos del Ancori. Eecordando el feliz éxito que tuvo en la estatua de Usana la intervención del piojoso can Chigú, quise también introducir algún elemento alegórico en la de Mujanda; y como de éste no se supo jamás que tuviese predilección por ningún animal, decidí colgarle del brazo izquierdo una gran marmita de las que servían para conservar el alcohol. Esta ocurrencia fué inspiradísima, puesto que obtuvo apasionados elogios, lo mismo de las personas inteligentes que de las masas populares.
En el primer día muntu celebrado antes de la ceremonia del afuiri se verificó el descubrimiento de la estatua, y al pie de ella entregué á Asato las insignias de mi autoridad, para que ejerciera por primera vez las funciones sacerdotales, no sin dirigir antes una breve arenga á la muchedumbre, atónita ante mi singular desprendimiento. Hasta aquel día no registraban los anales del país el ejemplo de que un hombre abandonase un puesto lucrativo por pura longanimidad. En Maya había varios medios para ingresar en los cargos públicos; pero no había para salir de ellos más que uno: la muerte natural ó violenta; el que allí cogía^una tajada, sólo la soltaba junta con los dientes.
El nuevo Igana Iguru inauguró sin tropiezo su pontificado asistido por sus dos adjuntos, en quienes me parecía ver ya el núcleo de un futuro colegio cardenalicio, y la numerosa concurrencia descuidó algún tanto aquel día los espectáculos y regocijos de costumbre para comentar con extraordinario interés los acontecimientos del día, tan inesperados como sorprendentes. La alegría era tan íntima, que no hallaba medio de desbordarse; de corazón en corazón, y de cara en cara, iba circulando, como por red telegráfica invisible, una corriente de sentimientos nuevos y misteriosos, engendrada por tantos y tan admirablemente — 313 — .combinados sucesos: la pacífica transmisión de los poderes públicos, garantía de nn orden y estabiliflad hasta entonces ni soñados; la estatua de Mujanda, símbolo de la justicia, de la gratitud y de -la inmortalidad; la infantil figura de Josimiré, rodeada de sus austeros regentes, signo de la debilidad amparada por la ley y por la fuerza. No debe extrañar qne despnés de la retirada las reuniones se prolongaran en cafés y tabernas, y que hasta muy altas horas de la noche los mnanis, inspectores del alumbrado, tuviesen que ocuparse en el acarreo de los que se habían excedido, más qne de costumbre, en sus libaciones.
Al día siguiente, viendo el orden admirable que por todas partes reinaba, decidí ausentarme de la corte y encaminarme á Ünya, donde el zancudo generalísimo Quiyeré daba la iiltima mano á los preparativos para la segunda expedición militar al Ancori. Mi deseo era presenciar el funcionamiento de los dos nuevos organismos creados por mí, y de paso apartarme aún más del gobierno, para que los políticos indígenas se acostumbraran á prescindir de mi concurso y de mi consejo. Mi decisión fué esta vez imprudente, pues, á poco de llegar á Üñya (después de haberme detenido algunos días en Mbúa y Ruzozi por invitación de los excelentes reyezuelos Ücucu y Mcomu, y en -Ancu-Myera para ver cómo gobernaba el pacífico Mtata), el astuto Tsetsé, montado en un velocípedo, vino á decirme que en la reunión de uagangas que había seguido al último día muntu, el inconsiderado Asato había propuesto la castración general.de todos los siervos enanos, y que muchos de ésto» — 314 — habían huido á Misiia, dispuestos á abandonar el país antes que sufrir tan bárbara mutilación.
Para comprender el draconiano proyecto del nuevo Igana Iguru es preciso presentar algunos antecedentes. La relajación de las antiguas costumbres había ido poco á poco poniendo más en contacto á hombres y mujeres, á señores y siervos; y del mayor contacto, en particular de las relaciones nocturnas, había surgido un aumento considerable en los delitos de adulterio; y en el aumento se atribuía á los accas la parte principal, no sólo porque así era realmente, sino porque los resultados, sin ningún género de duda, lo confirmaban. Aunque no habían estudiado etnografía, los mayas habían a])rendido á distinguir á primera vista un niño del país de un niño acca ó de un niño mestizo, y de esto á inducir que los niños mestizos procedían del cruce de razas, no había más que un paso. Si la superchería ideada en beneficio de Josimiré y de la nación no fné descubierta, no fué ciertamente porque tomasen al rey por puro ejemplar de raza huma, sino porque atribuían la rareza de su tipo á ser hechura mía, á estar aún bajo la influencia de las mutaciones sufridas por mí en las obscuras mansiones de Rubango.
Lo incomprensible era que, á pesar de la condición inferior de los accas, las mujeres del país, venciendo el desprecio y repugnancia que al principio les habían tenido, les mostraran después tan marcada predilección. Ocurría un hecho muy digno de estudio: los uamyeras, cuyo tipo se apartaba del de los mayas en detalles secundarios, cuya situación era la de hombres libres é industriosos, representaban nn papel semejante al de los gitanos en Europa. Muchos se habían trasladado desde las ciudades de Bangola, Bacuru, Matusi y Muvu á otras del país, á consecuencia del gran desarrollo que adquirió la industria metalúrgica; pero formaban en ellas rancho aparte, como suele decirse, y sin estar prohibida su unión con las indígenas, era raro que un maya comprase una uamyera, é inaudito qne una maya fuese dada en matrimonio á uno de estos extranjeroSé En cambio, los accas, sierYOS y enanos, tendían á desaparecer en dos ó tres generaciones por el cruce con los indígenas; los hombres tenían todos mujeres enanas, y las mujeres, no pudiendo ni (queriendo casarse con los accas, adulteraban con ellos, en virtud de un impulso fisiológico superior á su voluntad y á su recato. De esto inferí yo que existe una ley fisiológica en todas las sociedades, que obliga á sus diversos miembros á procrear, según una concepción sincrética, hasta fundir todos los tipos en uno solo. En virtud de esta ley, y teniendo en cuenta la fecundidad de los enanos, la raza acca y la indígena estaban condenadas á desa^jarecer, como desaparecieron, siglos atrás, la raza nyavingui, que yo he llamado etiópica, y la raza primitiva africana, dando vida al tipo huma, del que todavía difieren algunos individuos, cuyos rasgos reflejan el influjo predominante de uno ú otro de los elementos de la amalgama. Dicha ley, sin embargo, no es absoluta ni se aplica por igual á los dos sexos. Si la raza invasora es la más fuerte, el cruce es más seguro, porque el invasor tiene interés en — 310 — no destruir por completo al invadido, cuyo conocimiento del país suele ser útil; por regla general, se preñere esclavizarle y hacerle trabajar; pero, aun en, tan triste situación, la mezcla de las dos razas no deja de verificarse con el tiempo. Si la raza invasora es la más débil, supuesto que, en tal caso, la que ya estaba establecida no se oponga á la inmigración, el cruce es más difícil, porque, prohibidas por orgullo patriótico las uniones mixtas, no quedan más caminos que los extralegales, y suelen salir al paso medidas de brutal represión, como la ideada por el terrible Asato. Aparte de esto, resulta, según pude observar, que la potencia prolífica de los dos sexos depende, en primer término, de la relación de sus estaturas. Cuanto más diferencia hay entre las del hombre y la mujer, los crímenes pasionales son más frecuentes y violentos; pero el resultado útil no es siempre el mismo, porque el principio fundamental.de la buena generación es la supremacía de la hembra. Así en Maya las uniones adulterinas en que intervenían los enanos eran indefectiblemente fecundas, mientras que las de los mayas con las mujercillas accas, ó eran estériles, ó, si fecundas, ocasionadas á producir la muerte de muchas de las parturientes. En la primera especie de cruce notábase que tres cuartas partes de las crías eran de sexo femenino, con lo cual, en el porvenir, se acentuaría aún más el crecimiento de la población;