— 282 — <jue aplicadas al traba,jo industrial, cuyos productos eran más estimados que los naturales, podían obtener éstos en ' abundancia y acumular el sobrante; también los pescadores' ribereños del Myera y los cazadores del Unzu obtenían grandes ventajas del activo transporte de mercancías,' del aumento de consumo de pescado seco y de la preparación de carnes y pieles. Las ciudades agrícolas comenzaban á perder su preponderancia, y sus habitantes, habituados á la vidañicil, con memos estímulos para aceptar desde un principio las nuevas industrias, se convertían en tributarios 'de las ciudades que antes les habían estado sometidas. Sólo Maya se salvó de este menoscabo polr liaberse iniciado en ella las reformas y poseer el monopolio del alcohol y por su privilegiada reptesentación política; pero bieü pronto hubo ciudades tnás ricas que ella, como Bangola, MpM, Calu y Muvu, merced al desarrollo de sus industrias metalúrgicas, á la 'perfección de sus tejidos 6 á sus adelantos en la construcción naval.' ^q* non; La única ciudad agrícola que, aparte do' Ma.yjaj salió gananciosa con estos cambios, fué Boro, la ciudad de la montaña, y no por haber s^uido las nuevas corrientes, sino por la industria del que allí desempeñaba el cargo de auxiliar del Igana Iguru. Sabido es que Boro disfruta en Maya< de ciertos privilegios religiosos no establecidos por la ley, pero sí a23oyados en la costumbre de los fieles de ir en peregrinación á la montaña donde -fué construido el gran enju, y donde tuvo lugar la elevación del Igana Nionyi ó hipopótamo alado: y creo haber dicho que Monyo, el reyezuelo de nariz larga y afilada como un cuchillo, había provocado g'vaveá discusiones por exigir á los peregrinos ciertos derechos do peaje. Para arreglar estos incidentes a})roveché la primera combinación de cargos que se me presentó (pues solía haberlas con frecuencia), y trasladé con ascenso á Monyo á la ciudad fluvial de Unya, cuyo reyezuelo, el viejo Inchumo, flaco como una lanza, acababa de morir; al glotón Viaculia, reyezuelo de Viyata, á Boro; á Xdjudju, corpulento como un elefante, desde Tondo á Viyata; á Gané, el cuarto hijo del li»-tisirao Sungo, desde Yiloqué á Tondo, cerca de sus otros tres hermanos, que seguían gobernando^ las ciudades uamyeras de Bacuru, Matusi y Muvu; siendo nombrado para el arrinconado gobierno de Yiloqué un hermano de la gorda y malograda Mcazi, hijo mayor del honrado Mcomu, reyezuelo de Ruzozi, que había quedado en Viloqué de jefe del yaurí ^ocal, y que á su industria de triturador de trigo, ó molinero, debía su nombre de Nsano. Con igual propósito trasladé á mi auxiliar en Boro á Upala, vacante por ascenso á uaganga de] valiente flechero y forzudo atleta Angüé, y nombré para Boro á un quinto hijo del listísimo Sungo, el joven Tsetsé, el moscón, llamado así porque de niño era muy aficionado á matar moscas y otros insectos que, desgraciadamente, abundan en el l)aís. Mi objeto al enviarle allí era suprimir el impuesto establecido por el impopular y narilargo Monyo, sustituyéndolo por una contribución vo-1 untaría: la venta de amuletos ó fetiches. Y fué tal la liabilidad del astuto Tsetsé, que en breve plazo creó la industria más floreciente del país y _ 284 — •convirtió un cargo de tercer orden en la prebenda más ansiada de todo el reino, más aún que el gobierno de Bangolá. Todos los progresos industriales eran aceptados sin pérdida de tiempo por mi agente, que, mediante la sencilla j nada costosa imposición de manos, transformaba toda clase de objetos en sagradas reliquias, y obtenía mayores ganancias que los artífices profanos. Mis demás auxiliares no se descuidaron en imitar tan notables procedimientos, con resultados variables y sin llegar nunca todas las ciudades reunidas á obtener tan pingües beneficios como la hierática Boro.
CAPÍTULO XIX Florecimiento de las bellas artes y de las ciencias. — Exaltación de les sentimientos patrióticos. — Guen-a con el Ancori. — Muerte repentina de Mujanda é interesante sacrificio humano en la gruta de Bau-Mau.
Con ser tan considerable el progi'eso material 4e los mavaS; no admitía comparación con el espiritual. Entregado el país, con sn rey á la ca^ * beza. á la alcoholización gi-adnal y sistemática, sobrevino una especie de recalentamiento de aquellas ^'igorosas naturalezas; y, según mis previsiones, comenzó á ecliar chispas y a lanzar vivos destellos el espíritu nacional, hasta entonces es* clavizado bajo el rudo imperio de las funcione^ animales; y como la vida social nocturna en café$ y- tabernas facilitaba el cruce de las ideas, el despertar de las pasiones, el desgaste de los brutales sentimientos primitivos y el afinamiento de la pa*-labra v de la o-esticulación, las artes no tardaron fn adquirir gran vuelo. De mí partían 'siempre las iniciativas, pero los mayas se apresuraban á mcir Víirlas y á hacerlas fructificar. -. íj- •; <i-r En el orden de evolución de las- áírtes, Goriegr pendió la prioridad á la escultura, no sé si por- — 286 — que el hombre primitivo enciieutra más facilidad para cultivar este arte, en el ({ue la cantidad de materia empleada es mayor, ó si á consecuencia de una feliz invención mía encaminada á despertar en los mayas el deseo de amar y glorificar á sus héroes, cual fué la erección, frente al antiguo palacio de los uagangas, convertido después en lavadero nacional, de una estatua del gran rey Usana. Para construirla coloqué sobre cuatro columnas de hierro una montera muy sólida, cubierta de pizarra, á fin de que la lluvia no destruyese mi obra, que tenia que ser de barro, porque, dada mi insuficiencia, yo no podía trabajar en otras materias menos dóciles. Después cubrí por los cuatro costados aquel cobertizo, jmra que los mayas no viesen el monumento hasta que estuviese acabado, y la impresión fuese más profunda.
Construí una plataforma de dos vams de altura, j sobre ella monté una armazón de madei-a, que representaba como el esqueleto de un hombre montado sobre el esqueleto de un asno (pues caballos no se crían en el país, y no había medio de que la estatua fuera completamente ecuestre), y por último, retapé, rellené y redondeé, como mejor pude, la armazón con blanda arcilla, hasta sacar, después de muchos tanteos, un conjunto suficientemente claro y expresivo. Para animar la composición, y para desvanecer las dudas que pudieran quedar acerca de quién fuese aquel personaje, coloqué entre las patas del asno la figura de un perrillo ratonero, pues, según las tradiciones populares, Usana iba siempre acompañado de un •can, que los vates caseros celebran aún bajo el — 287 - nombre de clúgú^ «el piojo», probablemente porque estaría plagado el pobre animal de estos parásitos cosmopolitas.
El día del descubrimiento de la estatua, que faé un segundo ucuezi, quedará inscrito entre los más famosos de los anales mayas, y sirvió de punto de partida á una revolución en el de orado de las habitaciones, y más tarde en Ja construcción de los edificios, por el deseo de sustituir los objetos simplemente útiles por otros que fueran á la vez útiles y figurativos. Yo he visto, y nunca lo olvidaré, ese estremecimiento de la naturaleza humana, esa invasión de la ardiente fe en un pueblo primitivo, que comienza á ver plásticamente reproducidas, por obra de la mano del hombre, las obras de la Creación. Primer «eureka» mezclado de alegría y de estupor; primer enlace espiritual del hombre con b1 mundo, para elevarse desde la ciega reproducción sexual á la creación libre de toda especie de seres, en la matriz infinita de la materia.
Después de la escultura y la arquitectura, florecieron la música y el canto. Conatos hubo antes de reproducciones pictóricas; pero yo logré ahogarlos prontamente, por temor á que sobreviniera la falsificación de los preciosos rujus, instrumento principal de mi gobierno. La música apareció por primera vez en los acompañaluientos funerales de los héroes que morían en el circo. Con el tiempo hubo banda y orfeón nacionales, instituidos por mí, que amenizaban las fiestas de los días muntus juntamente con los mimos, danzas y juegos acuáticos. La mayor parte de los instrumentos musicales empleados eran, por su fácil construcción, tambo- — 288 — — 288 — rés, zambombas, platillos de hierro y triángiiloá^ pfero no faltaban tampoco flautas y otros instrumentos de viento de difícil clasificación, así como de cuerda, de forma rudimentaria, como el laúd y la chicharra. Con tan heterogéneos sonidos el cónjuñto era angustiosamente inarmónico; mas á ratos producía la impresión de profunda, pesada y monótona melancolía, de que están impregnados todos los aires populares mayas. Como entre éstos no había ninguno que pudiera servir para la marcha triunfal, indispensable después de las victorias de los gladiadores, hice que la banda y el orfeón aprendiesen el himno de Riego, rjue, una vez pegado bien al oído, se convirtió en himno nacional, cuya letra, naturalmente, no era la del himno español, sino una apología de las refornias de üsana, entre las que yo hábilmente enumeraba las mías para darles el indispensable sello tradicional. Las estrofas eran seis, y todas terminaban por un estribillo consagrado' á dar gracias á Huh bango, por la felicidad que produce la ehibriaguez. alcohólica.
En las danzas y m_imos mi intervención no fué tan necesaria, porque ya existían y se iban des.t arrollando espontáneamente, conforme los hábitos de sociedad se afinaban. Sin embargo, yo fui el iniciador de los bailes combinados con los mimos; de donde salió el arte teatral, cuya forma primera fué el episodio, coreado por el público. En realidad^ las artes aparecieron " allí como han debido aparecer en todos los pueblos, como expansiones del espíritu público, que ansia desahogarse de las^pe^-ualidades "de- la Vida individual por medio ' á'erúa « — 2cS3 - algazara y del escándalo; v ái aiguua particularidad merece registrarse en la evolución de las artes mayas, es sólo la rapidez con que se realizó, por tener dos grandes fuerzas auxiliares: mi iniciativa y el alcohol. Las primeras tragedias fueron, más que otra cosa, motines populares, como aquel en que la tejedora Rubuca dió muerte al usurpador Viaco. Xo faltaba en ellas más que el público pasivo, que fué formándose poco á poco con los incapacitados y los inhábiles. De las masas informes, desenfrenadas, se destacaron por selección natural los especialistas de cada grupo de juegos artísticos, que venían á constituir ya verdaderos cuadros de ejecutantes, cuyo mérito forzaba á los demás á abstenerse con cierta inquieta resignación; entre el deseo de figurar y el de recrearse en el espectáculo, que le subyuga por su perfección, el hombre concluye siempre por dominar los arranques de su egoísmo. Sólo existe un arte, el de la danza, en el que á hombres y á animales es dificilísimo contener las violentas sacudidas de los más importantes aparatos nerviosos; y así, cuando después de las ceremonias del ucuezi y de la representación de alguna farsa y ejecución de alguna pieza de música, llegaba la hora de bailar, los frescos prados del Myera, que hasta entonces habían ofrecido el golpe de vista de un teatro al aire libre, se transformaban en confuso salón de baile, donde no sólo las personas, sino también los animales que solían acompañarlas, como los asnos, que servían de porteadores, los perros guardianes, las cabras y vacas de leche, ejecutaban tan complicados é incongruentes valses y galops, que jamás los concebiría el más robusto genio coreográfico.
El esplendoroso florecimiento del espíritu maya, que voy reseñando sumariamente, se extendió también á las ciencias; pero como éstas no despertaban tanto entusiasmo como las artes, fué necesario estimular su cultivo con recompensas metálicas. Todos los trabajos científicos eran considerados como funciones públicas, y sea por obtener los sueldos consiguientes, sea por curiosidad natural, que en este punto estoy en duda, los mayas demostraron gran afición á todo género de investigaciones. Aparecieron gran número de naturalistas, y se emprendió la construcción de un museo para coleccionar todas las especies de la fauna y flora del país; en Boro fué edificada una nueva torre, no para elevar otro Igana Nionyi, sino para observar el curso de los astros, comisionándose á este efecto á doce pedagogos, bajo la hábil dirección del enciclopédico Tsetsé; se instituyó un cuerpo de médicos para que estudiaran las nuevas enfermedades que iban apareciendo y para curarlas por el sistema hidroterápico, en el que yo les instruí rápidamente; y hasta se dió el primer paso en los estudios metafísicos, siendo iniciado en ellos el consejero y hábil calígrafo Mizcaga, el cual mostró desde un principio gran apego á la filosofía aristotélica. Pero la ciencia que atrajo mayor niimero de cultivadores, fué la ciencia geográfica.
Aunque tenían conocimiento de la existencia de otros pueblos, los mayas no habían sentido nunca curiosidad por conocer quiénes eran y cómo vivían. Las forestas que limitaban el país, y los — 2í)i — — 2í)i — cuarteles en ellas establecidos, fueron siempre considerados como una valla tras la cual el pensamiento, si penetrara, se extraviaría, como se extraviaba en el tenebroso j nunca surcado Océano la imaginación de los europeos anteriores al descubrimiento de América. Una vez que yo tracé el primer mapa del país ante aquellos incipientes geógrafos, comenzó á tomar cuerpo la idea de averiguar qué había más allá de los bosques, en los inmensos territorios que yo señalaba como habitados por otros seres humanos y variadas especies de animales. Parece como que se les picó el amoipropio al verse reducidos á un punto imperceptible en medio de tan vastas tierras, y acaso deseaban traspasar las fronteras de la nación, para convencerse de que los asertos que yo les presentaba como adquiridos en la sombría morada de Rubango eran una estúpida ficción. Los geógrafos, pues, lanzaron la idea de explorar los países vecinos, y crearon una corriente momentánea que yo procuré utilizar para resolver definitivamente el grave problema del orden interior. Porque la permanente excitación en que vivían los mayas, tan favorable para mantenerles en la vía del progreso, cm más favorable aún para enconar las rivalidades y conflictos personales y locales, de que estaba sembrada la nación, y que, como ya dije, me apesadumbraban por un lado y me proporcionaban por otro el placer de gobernar á un pueblo enérgico y capaz de grandes empresas.
Por esto decidí hacer la guerra al extranjero, único recurso que tenía á mano para reunir las energías dispersas en una corriente nacional. Parecíame injusto hacer mal á unos hombres para asegurar el bien de otros; pero pensabe, al mismo tiempo que la verdadera civilización exige imjjeriosamente, ya que no sea posible extinguir los odios entre los hombres, ir agrandando cada vez más las filas de combate, hasta llegar á destruir todos los odios parciales y á congregar á todos los hombres en dos grandes masas enemigas, que, ó bien se destruyan recíproca y definitivamente, ó bien se decidan á vivir en paz á causa del miedo mutuo y permanente.
Como pretexto para la guerra ideé un pequeño artificio de resultado seguro. Entre las mujeres de Mujanda figuraban, como es sabido, muchas que antes pertenecieron al cabezudo Quiganza, las cuales formaban una importante camarilla bajo la dirección de la obesa Carulia. Estas mujeres habían conservado como instrumentos para asegurar su poder, y como reliquias piadosas, algunos objetos usados por su infeliz señor, entre ellos una túnica verde de las que se usaban antes de mis reformas. Yo exhumé esta prenda, que tan dolorosos recuerdos despertaba, y después de dibujar en ella la cabeza de un asno y de bendecirla en la ceremonia del afuiri, al tiempo de degollar la vaca (porque desdé la institución de la fiesta del circo, éste era el único sacrificio cruento, continuado por respeto á las tradiciones) la até al extremo de un palo muy largo, y la entregué, convertida ya en estandarte, al listísimo consejero Sungo. La costumbre había lentamente establecido que el desfile, en los días muntus, fuese iniciado por la banda y el orfeón capitaneados por — 293 — Sungo, como consejero del orden de muanangos j director de Bellas Artes, siguiendo por orden jerárquico el rey y su familia, el Igana Iguru y la suya, los consejeros, uagangas, pedagogos y demás mnanis, el pueblo (en el que ya se empezaba á distinguir á los ricos ó nobles, de los pobres ó plebeyos), y, por último, los accas. Asi, pues, la flamante bandera nacional marchaba, con Sungo, al frente, y por necesidad óptica venia á ser el punto adonde convergían las miradas de todos los desfi-. lantes, que por un curioso fenómeno de autosugestión quedaban al instante sometidos al influjo de un sentimiento único, nuevo, extraño: el sentimiento patriótico. Porque asi como existe un amor patrio, un amor al pedazo de tierr^ donde se nace y se van adquiriendo los sucesivos desarrollos, amor común á hombres y animales, así existe también un sentimiento patriótico impuesto por el hábito de caminar juntos los hombres de diversos territorios en una misma dirección ó hacia un mismo ideal, dirigidos sus ojos ó sus corazones hacia un punto fijo; un lugar: la Meca, el Sinaí, el Gólgota; un hombre: Alejandro, César; una demarcación geográfica: ¡cuántas naciones I; una etiqueta genérica: latinos, germanos, eslavos; una bandera hábilmente tremolada, una túnica verde, como la que á mí me servía, á falta de otra cosa, para imprimir cierta cohesión á los mayas, indisciplinados, rebeldes al sentimiento de solidaridad nacional. La túnica verde del tan desventurado como cabezudo Quiganzaj ftié un.precioso símbolo del primer embrión de patria; todas las ciudades y guarniciones, llevadas de su manía imi- - — tativa, quisieron tener también una bandera, r Mujanda accedió, por indicación mía, á sus deseos, distribuyéndoles'cuantas túnicas fueron menester; pero todas quedaron sometidas á la influencia centralizadora déla túnica primitiva, que, á la ventaja de ser Vmica, reunía la de haber pertenecido á un rey mártir.
Organicé una expedición científica para que varios notables geógrafos explorasen los territorios comarcanos, y se decidió comenzar por el lado oriental, navegando contra la corriente del Myera y saliendo del país también por la vía fluvial, con un ligero destacamento de mandas, tomado de la guarnición de Unya. La expedición iba dirigida por el listísimo consejero Sungo, y llevaba como secretario al consejero y calígrafo Mizcaga. Para asegurar el éxito se juzgó indispensable colocar la empresa bajo la bandera nacional, que yo confié á mi hábil auxiliar en Boro, á quien puse al corriente de mis secretos designios. Los días que estuvimos en Maya sin noticias de la expedición, la inquietud fué vivísima en todos los ánimos, y más aún en el mío, porque, falto de noticias sobre el estado de Africa durante mi largo período de aislamiento, había decidido á ciegas el camino que debía seguirse, y temía que, si los europeos ocupaban ya la región de los grandes lagos, ocurriese algán serio contratiempo y concluyese bruscamente mi ensayo político experimental. Al cabo ^ de diez días se presentó up correo de Lope anunciando el regr^ de los expedicionarios y el fra- j caso de su misión: una tribu del Ancori les había | sorpr^ftdido y atacado á traición, mientras el há« I bil calígrafo Mizcaga tomaba notas de gran interés científico, y les había obligado á buscar la salvación en la fuga, no obstante el probado valor de los ruandas; y al huir, el portaestandarte Tsetse, en un momento de debilidad, había abandonado la túnica verde del cabezudo Quiganza. En vista de tan graves acontecimientos, el reyezuelo de Lopo, el prudente Uquima, concertado con el narilargo Monyo, reyezuelo de Ünya, había decidido partir en guerra contra el Ancori para rescatar la bandera y devolverla al afligido Tsetse.
Estas noticias produjeron tan honda impresión en todos los espíritus, que los uagangas, tanto los que deliberaban por la mañana como los que danzaban por la tarde, tuvieron una junta extraordinaria y declararon la guerra al Ancori, con la entusiasta aprobación de Mujanda, á quien los excesos alcohólicos iban compenetrando cada día más con el pensamiento de su nación. El gigantesco consejero Mjudsu, el de la trompa de elefante, fué el encargado de movilizar las fuerzas de las guarniciones, dejando en cada una un pequeño destacamento; y al consejero Quiyeré, el de las descomunales patazas, padre de la bella Memé, le fué confiada la dirección suprema de la guerra. También se abrió banderín de enganche para los que quisieran sentar plaza de voluntarios, y se activó considei-ablemente la fabricación de armas. Como por encanto cesaron las luchas intestinas, y la nación, con patriótica unanimidad, se puso al lado del Gobierno para sostenerle en este momento crítico, en que había de habérselas con las tribus valerosísimas del Ancori.
— — — — Los primeros encuentros, según noticias recibidas con gran retraso, eran fatales para nuestras tropas. En oclio elías habíamos sufrido ocho derrotas, ocasionadas por la cobardía de los ruandas, afeminados tras largo período de paz y de cobro puntual de pingües salarios, y por la valentía de las bandas de rugas-rugas á sueldo de los reyezuelos del Ancori. Estos mercenarios combatían con armas mortíferas que inspiraban profundo terror á los ruandas, quienes las consideraban como una invención diabólica de los nyavinguis ú hombres del Norte. Sin duda las tribus del Ancori, en su comercio con las del Uganda, donde los europeos habían penetrado desde hacía muchos años, se habían provisto de armas de fuego, y en tal caso, la partida era más arriesgada para nosotros. Pero la opinión pública, que no podía razonar así, atribuía las derrotas á la impericia del zancudo Quiyeré y á la ausencia de Mujanda, cuyo primer deber, según costumbre nacional, era ponerse al frente de sus ejércitos.
Para robustecer el prestigio de las instituciones, y no obstante mi convicción de que el rey, entregado como estaba á la embriaguez, no serviría para nada de provecho, le aconsejé entrar eti campaña; yo debía acompañarle y asegurarle la victoria con el auxilio del omnipotente Rubango. Mientras tomábamos estas decisiones, las derrotas sucedían á las derrotas, y cuando llegamos á ünya había sufrido nuestro ejército quince consecutivas. Su primer ataque al enemigo tuvo lugar muy eu 6l interior del Ancori, y su último revés le habin ííncerrado en ünya, que los ragas-rugas, después — 297 — (le destruir los cnarteles fronterizos, intentaban tomar por asalto. En tan desesperada situación adopté un rápido plan de defensa, cuya primera parte fué pronunciar, ante nuestras desmoralizadas tropas, una enérgica arenga, digna del verdadero Arimi, ofreciéndoles el apoyo de la divinidad para la próxima y decisiva batalla; les hice salir de la ciudad y situarse en las márgenes del Myera en correcta formación, bajo el mando del zanquilargo Quiyeré, y con orden expresa de que, en cuanto el enemigo intentase dar el asalto, se dirigieran á marchas forzadas por el camino de Viti, hacia el bosque, donde debían estar apercibidos para cortarle la retirada. Aparte de este cuerpo de ejército, de más de ocho mil hombres, quedaban dentro de la ciudad dos compañías escogidas, á las órdenes del prudente Uquima y del narilargo Monyo, la banda de música, que venía en el séquito del rey, dirigida por el listísimo Sungo, y un numeroso grupo de accas á las órdenes del astuto Tsetsé, quien me auxilió en la parte más delicada de mi plan, la preparación de morteros en el costado más desguarnecido de Unya, por donde era seguro que el enemigo no§ atacaría, sin prever el movimiento rápido y envolvente de las fuerzas del zancudo Quiyeré, á las que, después de quince derrotas, los rugas-rugas considerarían como cantidad despreciable. En efecto, los enemigos, cuando fué bien de día y pudieron hacerse cargo de nuestras posiciones, nos atacaron briosamente por el lado oriental, y después de hacer algunos disparos al aire para producir el espanto en los mandas, rompiendo las vallas exteriores, — 298 — penetraron en la ciudad en número como de seis mil, sin encontrar resistencia, porque el narilargo Monyo y el prudente Uquima, siguiendo los consejos del astuto Tsetsé, se habían retirado al extremo opuesto, en donde nosotros estábamos, para rehuir el primer choque. Entonces fué cuando, transmitido el fuego por conductos hábilmente preparados, comenzó la formidable y para todos, menos para mí, horripilante y terrorífica explosión de los morteros, que, sin producir gran mortandad, esparcieron el pavor en las filas de los rugas-rugas y en las de los mandas, con su rey al frente; y es probable que se hubiese dado el caso original de huir ambos ejércitos, derrotados, en opuestas direcciones, si no hubiese impedido yo la desbandada con la oportuna invocación del nombre de Rubango, dios de nuestra bandería. Los ruandas, dominando su terror ante aquellos retumbantes estampidos, exaltándose ante mi