SigPhi · Angel Ganivet

La conquista del reino de Maya por el ultimo conquistador español Pio Cid

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Una de las mujeres que, tumbadas sobre' pieles, holgaban, especie de matrona de carnes abundantísimas, des23ués de obtener la venia de Fcucu, me dirigió la palabra para pedirme noticias de la corte de Maya, donde había nacido y pasado su juventud. Yo procuré salir del paso con respuestas ambiguas que no descubrieran mi superchería y que me proporcionasen alguna luz sobre mi verdadera situación. Esto ofrecía serias dificultades, porque Niezi, ó Estrella (que así se llamaba — 42 — la matrona), se expr,esaba en ún lenguaje rápidoy confuso, muy diferente del que hasta entonceshabía yo oído.

Á lo que pude entender, el Igana Iguru, cuyo título y preeminencias usurpaba yo en aquellos momentos, era el primer magistrado ó sacerdote del rey Quiganza, y su misión, además de presidir los sacrificios, era recorrer de tiempo en tiempo todas las ciudades del reino y decidir,, como supremo juez, las cuestiones judiciales arduas. Niezi había sido en primeras nupcias esposa de un Igana Iguru llamado Arimi, el hombre «elocuente», cuya muerte fué misteriosa. Habiendo llegado cerca de Mbúa, se apeó del hipopótamo sagrado y se dirigió á la gruta de Rubango, que hay en el lago Unzu, para hacer una ofrenda é inspirarse antes de entrar en la ciudad y condenar á muerte al culpable reyezuelo Muño.. Al cabo de cinco días, el hipopótamo fué encontrado solo en el bosque, y en la gruta la túnica y las sandalias de Arimi, que, bañándose en el lago,, había sido devorado por un cocodrilo, según anunció el espíritu de Rubango por boca de Muana, hermano de Arimi, sucesor de su dignidad, y condenado poco después á muerte por el rey. Á este hecho debieron la libertad las mujeres del Igana Iguru, entre ellas Niezi, vendida por su padre á Ucucu. El nuevo Igana Iguru fué el l\ija del ardiente rey Moru, Viaco, cuya muerte ignoraban los hijos de Ancu-Myera, bien que se alegrasen de ella, como todos los mayas, pues á la crueldad de Viaco había sucedido la piedad, de que yo daba tantas señales.

43 — 43 — Esta charla me puso al corriente de la situación, j, como hombre que se resuelve á jugar el todo por el todo, adopté mi plan, convencido de que los mayores imposibles se logran con audacia cuando se cuenta con inteligencias pobres j exaltadas, propicias á aceptar más ñícilmente lo absurdo que lo razonable.

Apenas había acabado Mezi de hablar, cuando JO, con tono solemne 7 plañidero, le manifesté ser el propio Arimi, su antiguo señor, á quien una serie de desventuras había conducido al destierro y á la cautividad. Grandes clamores acogieron estas palabras mías, y Niezi estuvo un momento vacilante, no queriendo dar crédito á mis palabras y menos aún á sus ojos; pero al fin se arrodilló delante de mí é hizo signos de reconocerme y de condolerse de mis males. Viéndola hincada de hinojos sentí un movimiento de generoso entusiasmo en pro de nuestra pobre raza humana, tan injustamente vituperada. ¿Dónde encontrar un sér que diese crédito á mi voz con esta noble confianza, con este agi-adecido reconocimiento? Ni entre las especies animales más celebradas por sus virtudes é inteligencia, como el perro, el caballo ó el elefante, hubiera encontrado un rasgo semejante de leal sumisión.

Contra lo que creen algunos pesimistas, es más; difícil gobernar á los animales que al hombre, porque los animales no se someten más que á la fuerza ó á la razón, interpretada por su instinto, en tanto que el hombre se contenta con algunas mentiras agradables é inocentes, cuya invención está al alcance de hombres de mediano entendí- — 44 — miento. Juzgúese, pues, la torpeza de los que, tomando al hombre por animal perfeccionado, intentan someterle j^or-la violencia j derramamiento de sangre ó con auxilio de leyes é imposiciones penales. Estudiando de cerca estos pueblos más primitivos, se ve claro que el gobierno de las naciones no exige hombres de estado, ni legistas, ni soldados, sino poetas, comediantes, músicos y sacerdotes. Una canción tiene más fuerza que un código, y una letanía alcanza más lejos que un €añón rayado.

Entre estas reflexiones no olvide lo que convenía á mis intereses, y después de levantar del suelo á Niezi, viéndome rodeado de oyentes deseosos de escucharme, comencé un relato, que inventaba al correr de la palabra y pronunciaba con unción y pausa.

«Cuando el día que ocurrió mi supuesta muerte, penetré en la gruta de Rubango, varios hombres, pagados por mi envidioso hermano Muana,. estaban al acecho; me despojaron de mis ropas y me arrojaron al lago. En el fondo de éste se abre una galería que conduce á un mundo distinto del nuestro; allí viven los que mueren sobre la tierra, gobiernan los espíritus y se habla un idioma desconocido. En estas mansiones subterráneas, donde no penetra el sol, los hombres se vuelven biancos, sus cuerpos se cubren de pelo y la memoria olvida el pasado por^ que aprende á conocer el porvenir. Bien que mi deseo hubiera sido permanecer allá, mi deber me había impulsado á volver á la vida terrestre para salvar á Quiganza de una horrible conjuración y al pueblo maya de una completa ruina. » — á5 — — á5 — •Terminado mi discurso, comprendí que todos los ánimos se hallaban embargados j^or una profunda impresión. De este ¡primer movimiento dependía el éxito futuro, porque las palabras que buscan el apoyo de la fe sólo necesitan, como, el amor, un primer destello, que después crece y se propaga y se convierte en amplísimo incendio; son como el rayo que cae de lo alto, y si encuentra á su paso materias inflamables, reduce en j)oco tiempo una ciudad á escombros. A su lado, las ^^alabras que se dirigen al entendimiento son las mortecinas luces que arden por toda la ciudad sin disipar siquiera las sombras.

ücucu deseaba comunicar al pueblo estas niievas, y me hizo abandonar el gineceo para volver al lado de sus auxiliares. Todos ellos sufrieron el contagio, y aquel mismo día Ancu-Myera estaba convertido en un foco de entusiastas defensores de Arimi. La opinión popular había interpretado libremente mis revelaciones y me consideraba como un reformador religioso y político y como un defensor de sus intereses particulares.

Por la tarde hubo yaurl, ó consejo, en el palacio de Ucucu, con asistencia de todas las autoridades locales; el consejo es realmente el que forman los uagangas^ «adivinos», asesores del reyj j)ero en circunstancias extraordinarias concurren también los más respetables cabezas de familia á quienes de antemano se haya otorgado esta preeminencia. En el consejo, al que yo asistí, se acordó expedir correos á varias ciudades próximas y á la capital. Con gran sorpresa mía vi que uno de los uagangas sabía esci'ibir en caracteres semejantes á los latinos, — 46 — trazados sin ligamen, y redactaba, sobre pedazos de piel, los despachos que habían de enviarse, así como el acta del yaurí, que se junta con las precedentes, formando el archivo histórico de la localidad.

Cuando me quedé á solas con ücucu le hablé del rescate de Niezi, ofreciéndole la restitución del precio dotal. íío se crea que esta proposición era una imprudencia política, inspirada por censurables apetitos. Niezi no me inspiraba ningún -deseo impuro, y en cuanto á Ücucu, nada había que temer dada mi nueva situación. En Europa no se ve que los hombres tengan á honra entregar sus mujeres á los que tienen un rango superior, bien para sacar provecho, bien para recibir de rechazo el honor que la mujer recoge en el trato con hombres superiores; pero en estos pobres países africanos, donde la vida es muy candorosa, nada tiene de extraño que las gentes de sangre inferior deseen elevarse mediante cierta comunidad con los superiores. De aquí que no sólo sea un honor regalar ó vender una esposa al que tiene superior categoría, sino que el adulterio existe exclusivamente cuando el adúltero es de clase igual ó inferior al marido. En Maya no sufre excepción la regla, y^-aun está admitido que, si el adúltero es superior, el agravio se convierta en beneficio y el adulterio se llame yosimiré, gracia señalada. Como vemos, en el fondo de cada maya se oculta un pequeño general Anfitrión, bien que conformándose con algo menos que con un Júpiter.

El móvil que me impulsaba á solicitar á Niezi no era de carácter pasional. Me convenía adquirir — 47 — «esta mujer, educada en la corte j conocedora de -detalles interesantísimos para mí, qne siendo el alma de toda la intriga, marchaba completamente á ciegas. Me era preciso soltarme en el manejo del idioma, que Niezi hablaba con gran perfección j finura; y juntábase á todo esto ¿por qué no decirlo? un agradecimiento que hubiera degenerado rápidamente en simpatía, y quizás en amor, si ciertas particularidades de raza no fueran por lo pronto bastantes para impedirlo.

Gran parte de aquella noche la pasé al lado de Niezi, arreglándome una vestimenta al uso del país y dirigiéndole innumerables preguntas é instruyéndome con sus respuestas. Pude hacer valiosos descubrimientos psicológicos sobre la mujer maya y sobre la mujer en general, los cuales, completados en el tiempo que se sucedió, merecerían un tratado especial, aunque no dejaré de apuntar más adelante algunas ideas.

Cuando me separé de Niezi, de mi esposa, puesto que lo era con arreglo á la ley del país, pensaba con tristeza que aquella noche otros hombres celebrarían sus bodas más alegremente que yo; pero me consolaba pensando también que la noche de bodas de un enamorado no sería tan pura como mi noche de bodas, consagrada toda ella á los trabajos de sastrería y á la observación psicológica.

CAPÍTULO IV CAPÍTULO IV Desde Ancu-Myera á Maya, por Ruzoziy Mbua. — Mi recepción en el palacio de los representantes. — Espectáculo original, llamado danza de los uagangas.

Mny de mañana me despertaron los rumores populares que llenaban la plaza pública. Abandoné las duras piedras que me habían servido de lecho, y eché una ojeada por la claraboya de mi alcoba sobre los grupos de pescadores que aguardaban mi aparición.

Me dirigí hacia la puerta de entrada del palacio, encontrando en el zaguán al rey con sus hijos y con algunos de su servidumbre, ün siervo abrió la puerta y me mostré á la multitud, que me aclamó, y que, satisfecho ya el deseo que la retenía, se filé dispersando en dirección del río para preparar sus canoas y emprender las faenas diarias de la pesca.

Los personajes que en la tarde anterior habían asistido al yaurí nos hicieron el saludo matinal, y después dedicamos la mañana á visitar todas las piezas del palacio: los graneros, bien repletos de maíz rojo, de trigo obscuro, muy semejante al centeno, de cierta clase de habas, álas <l\\e llaman macuemé, y de otras varias legumbres — 50 — — 50 — secas; la armería, donde había muestras de un notable adelanto industrial; los establos de mcazis ó vacas de leche, de mbusis ó cabras, de cebúes y de cebras; la pescadería, donde son secados al fuego los peces del río {pues los majas no practican la salazón) y conservados en sartas para las épocas de escasez; por último, las cocinas, en las que hicimos alto para tomar el almuerzo, que consistió en leche, diversas legumbres, pasta de trigo y abundantes tragos de vinos diversos, hechos con jugos de frutas pasadas.

Mientras comíamos, uno de los hijos de Ucucu • me refirió el origen del nombre de su padre, ücucu significa «gallo», y este animal, en el país maya, es muy parecido á los gallos ingleses que se crían para las riñas. Su valor. supera al de los demás animales, pues aunque le rompan las espuelas, le rajen la cabeza, le salten los. ojos y le despedacen -el cuerpo, lucha hasta triunfar ó perder la vida. Así es Ucucu. Un día, luchando con una pantera, Tecibió cinco veces en su cuerpo la garra del irritado animal, y no obstante, siguió luchando cuerpo á cuerpo hasta venc/Crla. Después de esta hazaña le ' cambiaron sus súbditos el nombre, que antes faé -Mndú, «Narizotas», como nuestro buen rey Fernando VIL Así como el nombre de Ucucu tiene su historia, ' el de Nindú tiene su filosofía. Uno de los rasgos que caracterizan al africano es su entusiasmo por • lo monstruoso, que para su gusto vale tanto como • para el nuestro lo bello. La regularidad es la vulgaridad, y si para distinguirse moralmente hay que acometer algún hecho extraordinario, para .- 51 — valer corporalmente hay que ostentar alguna particularidad chocante, que deje una impresión durable del individuo: la nariz muy desarrollada, la boca muy grande, los pechos muy largos en la mujer, son las cualidades preferidas, y siguen después las manos, el cuello, los dientes y las orejas. Si naturalmente no se posee ninguno de estos rasgos, se suele acudir al artificio, á los inj'ertos., taladros y demás extravagancias que pueden verse en los relatos de los exploradores.

Es, sin embargo, indudable, dicho sea en descargo de los africanos, que estos gustos y estas ■ costumbres existen también entre los europeos, bien que suavizados, porque nosotros somos más túnidos y respetamos más nuestro organismo. Fuera de algunos usos crueles, que aun conservamos, como el del corsé, el de los zapatos estrechos, el del cuello engomado, el del sombrero de copa alta y el de los quevedos ornamentales, en general, puede decirse que logramos distinguirnos sin grandes martirios merced á los progresos de la fa-,bricación de tejidos y de las artes indumentarias.

Terminado el almuerzo me retiré á mis liabitaciones, donde me entretuve hablando con Mezi, qu,é á falta de aviso mío se había levantado muy tarde, hasta que llegaron emisarios de Euzozi y de Mbúa, y poco después de Maya, anunciando que en todas partes había tenido eco la voz de ücucu y su consejo, y que el rey Quiganza me ordenaba emprender sin demora el viaje á Maya. No esperé segundas órdenes, é inmediatamente hice traer el hipopótamo y enjaezar una vaca para...eL servicio de Niezi, y me despedí de Ucucu, de — 52 — sns hijos y de sns mujeres en medio de recíprotías muestras de amistad. Después emprendimos la marcha, siguiéndonos á pie los emisarios y un hijo y dos siervos de ücucu como escolta d^ honor.

Desde Ancu-Myera á Maya hay seis horas de camino por el que yo traje á mi venida, y ocho siguiendo el curso del Myera; yo elegí el más largo para pasar por las dos ciudades amigas que hay en el trayecto: Ruzozi, la ciudad de la «colina», y Mbúa, llamada así por la fidelidad «canina» con que sus habitantes han seguido siempre la buena y la mala fortuna de los reyes mayas. Ruzozi está distante del Myera, y es una ciudad de agricultores y ganaderos; Mbúa se dedica á la pesca y á. los trabajos metalúrgicos, y es muy rica y populosa. Sus habitantes pasan de ocho mil, mientras que Ruzozi tendrá unos tres mil, y Ancu-Myera quizás no llegue á esta cifra. En ambas ciudades fui. recibido con entusiasmo y se agregaron á la comitiva algunos personajes de la intimidad de Nionyi y Lisu, que son los reyezuelos respectivos.. Nionyi se llama así porque su marcha es tan rápida como el Taelo de un «pájaro», y Lisu ú Ojazos (porque, en efecto, los tenía -desmesuradamente grandes y abiertos) era el jefe leal que depuso á su predecesor Muño, con motivo de cuya condena había ocurrido mi muerte, esto es, la supuesta muerte de Arimi. Sus intereses estaban ligados con los míos, y sus muestras de adhesión fueron, por tanto, muy vehementes.

A la salida de Mbúa el rio se ensancha y permite el paso de los hombres y de las bestias, que — 53 — íiecesario porque Maya se encuentra en la margen opuesta. Algunos de los hombres de á pie cruzaron por un puente de madera que está mucho más abajo, sobre dos tajos, entre los cuales el río se estrecha para precipitarse en altísima catarata. Desde los tajos se contempla 3^a el panorama de la ciudad de Maya, situada en el término de un suave declive y extendida en un espacio tal, que la mirada no puede abarcarla en conjunto. Como los edificios son de planta baja y separados los unos de los otros, una población de veinte mil habitantes exige un área tan extensa como la de Madrid. El plano de la ciudad está formado por más de cien núcleos diferentes, pues cuando ha ^ sido preciso ensanchar el núcleo primero, que constituyó en lo antiguo un pueblo insignificante, se han ido levantando á distancia como de mil pies, edificios centrales para residencia de la autoridad, y alrededor de ellos casas irregularmente diseminadas, hasta tocar en las pertenecientes á otro grupo. Tal sistema parece desde cerca muy irregular, pero desde lejos produce el efecto agradable de una gigantesca colmena, y permite conocer la marcha que ha seguido en su evolución la ciudad primitiva.

Entre cuatro y cinco de la tarde hice mi entrada en Maya, y difícilmente olvidaré las circunstancias que la acompañaron. A las puertas de la ciudad estaba el rey Quiganza rodeado de un centenar de próceros. Todos vestían túnicas de colores verde y blanco, excepto la del rey, que era verde y roja. El rey llevaba además, como signos de distinción, un collar de piedras brillantes, y sobre su cabeza colosal, á la que debía su nombre de Qaiganza, una diadema de plumas irisadas. Sus acom-" pallantes llevaban sólo penacho de plumas blancas y rojas, aretes y cinturón de piel. Detrás de este^ grupo había otro de gentes de inferior calidad y presencia, y, por último, dos largas filas de soldados vestidos como, los del ejército de Quizigué.

Después de la pesada ceremonia de las salutaciones, descendí del hipopótamo (del cual, así como de conducir á Mezi á mi antigua morada, se encargaron cuatro de los circunstantes de segunda fila) y presenté al monarca á los hombres de mi séquito, que, cumplida su misión, emprendieron el regreso á sus hogares. Rompióse la marcha por entre la doble fila de tropas, y llegamos á una gran plaza en cuyo centro se eleva un espacioso tembé que yo creí ser el palacio real, y era el 'sitio donde se reunían los representantes del país. Esto no me extrañó, pues por las indicaciones de Niezi sabía ya que el gobierno maya tenía mucho de parlamentario, y sin necesidad de tales indi- "caciones, bastaba conocer la organización del gobierno local para inferir la existencia de un yaurí colectivo que asumiera la representación de los diferentes yauríes locales.

El edificio era una nave cuadrilonga, como, según la tradición, era el arca de Noé, y por sus cuatro costados guarnecida de pórticos de estilo grie^-o. Las columnatas eran hileras de árboles desmochados á diversas alturas, y los arquitrabes y cornisas zarzos de cañizo cubiertos de una especie de pizarra que sirve también para reforzar el pajote de los tejados y para enlosar los pavimen- — 55 - — 55 - tos. En el interior, las paredes, revestidas de l)arr(r gris, no ostentaban ningún adorno, y en el testero principal, á la cíereclia de la puerta de entrada; había un dosel, debajo del cual nos sentamos el cabezudo Quiganza, su sobrino, que es el príncipe heredero, y yo; los representantes, cuyo niimero era de ciento uno, se fueron sentando por orden en un banco de madera adosado á la ¡íared. Un grupo de cincuenta á la derecha, otro de veinticinco enfrente, y el resto en el banco de la izquierda. De esta suerte, el centro del salón quedaba Ubre, y los muros parecían adornados por uumerosas estatuas, en las que se combinaban de un modo extraño los colores verde y blanco de las túnicas, con el negro de la cara y los brazos, y el blanco y rojo de los penachos.

A un silbido lanzado por el cabezudo Quiganza, el ala derecha de los uagangas, que así se llaman por extensión los representantes, aunque este nombre es más propio de los consejeros, se levantó, y, avanzando hasta la mitad de la sala^ se dis-» puso á ejecutar una danza originalísima, de la que difícilmente podré aquí dar idea.

El que figuraba á la cabeza de la fila, hombrei viejo y de fisonomía expresiva, llamado Mato por ser muy «orejudo», hizo unas muecas muy raras: abría la boca hasta formar con ella una O; elevaba los ojos al cielo y cruzaba las manos sobre el pecho; después cerraba los ojos, descruzaba las manos y juntaba la boca, bostezando con gran ruido. Y lo curioso del espectáculo era que, como si todos los hombres de su fila estuvieran unidos por una corriente eléctrica, según se iban miranda — 56 — "anos á otros, abrían tocios la boca como el orejudo Mato la abría; alzaban los ojos como él los alzaba; jnntaban las mano's como él las juntaba, y deshacían todas estas gesticulaciones como él las deshacía, hasta venir á parar en el bostezo, que resonaba como un fuerte huracán. Esta primera figura de la danza es la salutación.

Después siguió un cuadro muy bello, en que, además de mover la boca y guiñar los ojoy de muy extraños modos, se meneaban las piernas y los brazos como en el clásico fandango andaluz, y no se sabía qué admirar más, si la perfección artística con que el director representaba la figura, ó si la rapidez y exactitud con que todos, cual si fuesen monos amaestrados, la copiaban. Sin embargo, con sus habituados ojos, el cabezudo Quiganza debió ver algo que yo no veía, pues antes que terminase el cuadro silbó de una manera particular, é inmediatamente el jefe separó de la fila á lino de los danzantes, que fué á sentarse en los bancos de la izquierda.

Al fandango (si así es permitido llamarle) siguió otra figura (]^ue, si bien muy difícil de ejecutar, me pareció menos artística. Consistía en sacar la lengua todo lo más posible, sujetarla con los dientes y hacerla girar en redondo con gran velocidad. Esta es la gimnasia que emplean como preparación pa,ra el arte oratorio, en el que llegan á una considerable altura. El final de este cuadro no me atreveré á reproducirle, porque, sin contener nada que amengüe el prestigio de la respetable clase de uagangas, j>udiera chocar un tanto con nuestras costumbres, más exigentes en materia — 57 — de aseo que las de los pueblos africanos. Basta saber que no cayó en falta ninguno de los ejecutantes.

Para terminar, el director dejó caer los brazos, y sin gran esfuerzo se puso á cuatro patas, si bien las traseras (ó sea los verdaderos pies) quedaron un poco encogidas. Todos le imitaron casi instantáneamente, y á seguida emprendieron unos tras otros una rápida carrera alrededor de la sala, á la que dieron seis vueltas, hasta que jadeantes se sentaron en sus bancos en medio de un rumor de aprobación. Diez hombres habían caído en la carrera, y se sentaron en los bancos de la izquierda.

Este último ejercicio, que á los lectores europeos parecerá un j)Oco brutal, tiene su razón de ser en que los valientes mayas recurren para cazar las fieras al artificio de cubrirse con pieles semejantes á las de éstas, y acometerlas corriendo á cuatro pies y llevando un cuchillo en la boca. Antes que el desgraciado animal conozca el engaño, su acometedor le sepulta impunemente el cuchillo en lugar donde la muerte sea segura é inmediata.

Tras un breve reposo sonó un nuevo silbido del cabezudo Quiganza, y el ala izquierda, reforzada por los excluidos de la derecha, en conjunto treinta y siete uagangas, entró en juego, comenzando, según costumbre, por donde la anterior había terminado. Dieron una carrera comj^leta, con mayor velocidad, si cabe, que las precedentes, y el director, viejo muy flaco y ágil, llamado Menú por el descomunal tamaño de su « dentadura », para terminar, se plantó en el centro de la sala, se puso en cuclillas y comenzó á moverse con tal habilidad, — 58 — — 58 — qtie parecía una campana. Aunque todos pretendían imitarle, no llegó á dos docenas el número dé los que lo consiguieron, pues la figura exigía que las piernas se sostuvieran firmes como caballetes, j que sobre ellas el cuerpo y la cabeza, en perfecto, equilibrio, se balancearan sin caer para atrás ni dar de hocicos en el suelo. En esta forma reman los mayas, que siendo un pueblo muy dado á lar navegación, pone sus cinco sentidos en educar la juventud para la marinería, y tiene el gran sentido práctico de convertir los ejercicios de instrucción en juegos populares, mezclando, con el su-' premo' arte de los clásicos, lo agradable con loútil.

Otra figura de la danza consistió en imitar gritos de animales, y lo hacían con tan maravillosa perfección que llegué á sentir miedo. Estos son ios gritos que emplean en la caza y en la guerra.

Por último, ejecutaron una marcha muy extraña, valiéndose también de piés y manos, pero en forma distinta de la primera, pues ahora saltaban como saltan los conejos, dando al mismo tiempo agudos chillidos como las ratas. Así recorrieron varias veces la sala en distintas direcciones, hasta que el rey dió la señal de alto. De todos estos juegos sólo habían salido diez y ocho airosamente, y los demás se fueron acogiendo al banco que estaba, frente á nosotros.

' Los que en él se sentaban siguieron la danza, y aun á riesgo de ser pesado, ño omitiré la indicación de las que ejecutaron. El comienzo fué la marcha á saltos, que terminó con una pantomima muy graciosa, en que todos los saltarines hacían — 59 — con la cara gestos mny semejantes á los del conejo cuando come. En este extremo ninguno igualaba al jefe, que es el inventor del juego, y por esta razón se llama Sungo, que quiere decir «conejo»» Noté que de todas las figuras ésta era la que' más agradaba al rey, quien retrasó el silbido' reglamentario y tuvo á los ejecutantes cerca de media hora moviendo la boca, la nariz y las orejas. En todos los pueblos hay un animal [que simboliza la astucia: en Asia, el chacal; en Europa, la zorra. En Maya no hay zorras ni chacales, y el instinto popular cifra todos los rasgos de la astucia en el conejo,* cuyo fruncimiento constante de hocico, contrastando con la impasibilidad de su mirada y la posición expectante de sus orejas, ofrece cierto aire de picardía, que nosotros los psicólogos europeos no hemos advertido, ün artista como Sungo, haciendo la figura del conejo revela más graciosa malicia y zahiere con más refinada intención, que la cantante parisiense más procaz ó el orador parlamentario más maestro en el arte- de las reticencias.

Cuando el cabezudo Quiganza tuvo á bien darse por satisfecho, el malicioso Sungo inició un [baile del corte de nuestros tangos cubanos, con el que 'se mezclaban gritos feroces en los que creí notar la alegría salvaje de los cantos de triunfo. Después siguió un cuadro de natación en el que muchos cayeron en falta, pues había que poner el ■ cuerpo horizontal, sostenerse sobre una sola pierna, como las grullas, y mover la otra pierna y los brazos como cuando se nada. Veintiséis uagángasquedaron excluidos en esta suerte y tuvieron que — 60 — abandonar el local; de donde yo deduje que acaso estas ceremonias equivaldrían á nuestros complicados procedimientos electorales j servirían para aquilatar el mérito de los candidatos y excluir á los que no fuesen dignos de tomar parte en las deliberaciones.

Ello fué que, cuando sólo quedaron los que habían imitado con exactitud los ejercicios, danzas gestos y gritos de alguno de los tres directores todos se levantaron, y confundidos en un solo grupo se dirigieron hacia la puerta principal, dando saltos y con los brazos extendidos y las manos colgantes á la manera de los osos. Así fueron hasta la plaza, mientras Quiganza, el príncipe y yo, nos quedábamos en el dintel presenciando el nuevo espectáculo.

Todos los ciudadanos en masa habían acudido frente al palacio, y cuando salieron de él los uagangas, la danza se generalizó. Era maravilla ver cómo un gesto, un salto, una zapateta, un chillido? corrían de cara en cara, de cuerpo en cuerpo, de boca en boca, de tal suerte que, siendo miles los danzantes que allí estaban, parecían sólo tres, Mato, Menú y Sungo, cuyas figuras se reflejaran en mágica combinación de impalpables espejos y se multiplicaran de una manera prodigiosa.

Jamás en mis viajes por Europa, en los que siempre procuré profundizar cuanto mis alcances me permitían sobre el carácter y las costumbres, las virtudes y los vicios de la sociedad, había yo presenciado nada comparable á esta diversión. Y no estaría de más que la presenciaran muchos censores de mala voluntad, que todo lo que no es euro- — 61 — peo lo encuentran detestable y que afirman con error patente que en Europa están los únicos cen-, tros de producción del «servum pecus», tan útil para la vida ordenada y próspera de las naciones» La fiesta se prolongó hasta la puesta del sol; pero antes el cabezudo Quiganza, al que seguimos el príncipe y yo y una pequeña escolta, se dirigió á su palacio, en cuyos umbrales obtuve permiso para retirarme á descansar. El príncipe, que se me babía mostrado muy solícito, me acompañó hasta mi morada, que estaba muy cerca de la del rey.

CAPÍTULO V CAPÍTULO V La vida privada de los mayas. — Antigua organización de la familia. — Recuerdos de mi primera noche en la mansión del Igana Iguru.

En Maya la vida social duraba hasta la pnesta 'del sol. No se tenía idea del alumbrado público, ni de los espectáculos nocturnos; no existían cafés ni otros lugares de reunión. Al anochecer, cerradas las puertas de la ciudad, que están unidas entre sí por altas y espesas empalizadas, ningún .sér viviente podía entrar ni salir hasta el nuevo día. Junto á cada una de las puertas había un pequeño cuartel, donde vivían los soldados con sus , familias; pero las guardias no las hacían hombres ni mujeres, sino gallos, de sueño más ligero, que daban el grito de alarma al menor ruido de hombres ó de fieras que escuchaban media legua á la redonda. Dentro de la ciudad, cada hombre se reftigiaba en su guarida; las calles quedaban silenciosas, y en cada habitación comenzaba una nueva vida, la vida íntima del hogar, llena de pe- . queños placeres y de menudos cuidados, de expansiones y de misterios.

He de confesar que si la vida exterior de estas .ciudades no llegaba á satisfacerme por completo, — 64 - la vida doméstica me seducía liasta el ¡Diinto de hacerme olvidar, durante meses enteros, mi querida patria. Los mayas son sobrios en el dormir, más aún que en el comer, j con seis lioras de reposo tienen más que suficiente; las otras seis horas de la noche (pues la duración de días y noches esconstantemente de doce horas) las consagraban á la vida de familia. Ya trabaje el hombre en su propia casa, ya fuera de ella, durante el día vive en trato exclusivo con otros hombres. De día sólo eran visibles las mujeres que en virtud de condena tenían que trabajar en los campos; las demás vivían incomunicadas, muy á su placer, dentro de los gineceos, entretenidas en sus quehaceres, según vimos en casa de Ucucu.

Esta existencia, que parecerá insoportable, es en realidad, justo es decirlo, la más propia del sexo débil, siempre que tenga el natural complemento de la poligamia, institución creada en su beneficio, pues gracias á ella se hace imposible la miseria y la prostitución de la mujer y se resuelve un problema doméstico que en las naciones civilizadas es insoluble. Me refiero á la necesidad que tiene la mujer de vivir dentro de casa para llenar cumplidamente su misión, y á la necesidad que también tiene de tratarse con otras personas de su sexo y de su clase. Entre nosotros, la cuestión se resuelve rara vez harmónicamente: hay mujeres que llevan la vida de pobres prisioneras, y hay otras que transplantan su hogar á la casa de sus amigas, á los paseos y á los teatros. Entre los mayas la solución es perfecta. ^Si el hombre cuenta -con riquezas, crea dentro de su casa una sociedad fe- — G5 — — G5 — menina, en la que cada mujer ocupa el rango qué corresponde á sus méritos, y todas satisfacen dos aspiraciones inherentes á su naturaleza: la de hallar un protector que atienda á sus necesidades y á las de sus hijos, y la de tener compañeras con quienes departir, murmurar, enfadarse y desenfadarse, reñir y hacer las paces, distraer, en suma, el espíritu por medio de juegos inofensivos, que por falta de libertad no pueden degenerar en faltas vituperables. Los hombres pobres que no pueden sostener varias mujeres ni servidumbre, se asocian (generalmente los individuos de una misma familia) para vivir en una sola casa, que se divide con equidad y procurando que las habitaciones de las mujeres comuniquen entre sí. De este modo, las mujeres viven en comunidad durante el día, sin los peligros que serían de temer entre nosotros, habituados á entremeternos á todas horas en los asuntos caseros. Esto entre los hombres libres; los que voluntariamente ó por herencia ó por delito vivían en la servidumbre, tenían por casa la de su señor, quien se obligaba, en cambio de los servicios recibidos, á sostener al siervo y á su familia: á su mujer ó á sus mujeres, que de día acompañaban como siervas á las mujeres del señor y á sus hijos, que vivían también hasta cierta edad con los hijos del señor.

Dentro de cada mansión, que representa un organismo social más perfecto que nuestros municipios, cada gTiipo tiene su hogar propio: el señor, los siervos, las mujeres y los hijos. Estos pertenecen á la madre hasta los cuatro años, y después jiasan á manori del padre, quien los confía al cuir-_ — 66 —