dado, bien de pedagogos domésticos, bien de pedagogos libres, que representan á nuestros maestros de escuela. A los doce años la vida común de la infancia se disuelve, y cada cual adquiere la consideración que corresponded su sexo y á su clase, pero sin romperse por completo los vínculos familiares creados; las jóvenes entran en el gineceo con sus madres en espera de matrimonio; los jovenzuelos viven cerca de sus padres, ayudándoles ó aprendiendo una profesión basta que son capaces de crear familia. Los siervos tenían derecho, desde los veinte años, á que el señor les sostuviera una mujer; y sus bijas, si llegaban á tenerlas, pasaban de ordinario á ser esposas del amo de la casa. Lo bermoso de esta organización familiar, sin embargo, más que en lo dicbo, estaba en la vi Ja nocturna. En cuanto el sol se ponía y las puertas dé la ciudad se cerraban, todos estos organismos descritos se deshacían hasta el día siguiente, y encada uno de los hogares, ya aislados, ya unidos bajo un mismo techo, quedaba constituida una verdadera familia natural; el hombre libre dejaba el trabajo, el siervo sus servicios, la mujer el gineceo y sus faenas, los hijos la escuela pública ó privada, y todos se reunían para gozar de las dulzuras del amor familiar, mucho más vivo que entre nosotros por no ser. posible saborearlo á todas, horas. Había en. estas reuniones, cuyo interés se renovaba cada día,. cierto candor bíblico, difícilmente comprensible para nosotros, acostumbrados ya á las casas de muchos pisos y á las familias de pocos miembros; á trabajar incansables para téner familia y casa ¡propias, para pasar el día y la noche lejos de ellas.:, — G7 — La reunión terminaba siempre cuando se iban á apagar las teas, cuya duración era de cuatro ó cinco horas. Las mujeres se retiraban á descansar solas ó con sus hijos menores si los tenían; las hijas mayores á sus alcobas, junto á las de las mujeres, y los hijos cerca de sus padres.
En Maya no era tampoco conocida la costumbre de permanecer en el lecho los señores y hacer madrugar á los siervos y á las mujeres; los usos obligaban al señor á ser el primero en levantarse y tocar á diana en un cuerno de búfalo. Al primer toque se levantaban sus mujeres é hijas, que, pasando por la sala de reuniones nocturnas, saludaban al señor y después entraban en el gineceo; al segundo, sus hijos, que se presentaban á recibir.órdenes. Estos dos toques servían también para la servidumbre, y cada siervo recibía de los suyos iguales saludos y reverencias. A un tercer toque toda la casa entraba en movimiento con la regularidad de una máquina convenientemente reparada y engrasada.
La mansión del Igana Iguru está cerca del pialado real, y si el verdadero Arimi se hubiera encontrado en mi puesto, la habría hallado casi como el día que la abandonó. Después de la condena de Muana, el cabezudo Quiganza había confiscado y vendido todos sus bienes particulares, mujeres, hijos, siervos, ganados y provisiones, respetando exclusivamente las pertenencias anejas al cargo, las cuales pasaron á poder de Viaco, miembro de una familia nueva en la dignidad. Pero á la noticia de mi reaparición, el rey hizo ■depositar en su palacio todos los bienes de Yiaco, — 68 — y ordenó por edicto que se me restituyesen los míos, siempre que fuera posible, bajo promesa de indemnización, y todos los antiguos adquirentes se apresuraron á obedecer. De mis quince mujeres, que en mis veinte años de ausencia habían naturalmente envejecido, no faltó ninguna, pues Niezi era la única que había salido de Maya. De mis veintidós hijos habían muerto siete; pero en cambio adquiría, 23or accesión á sus madres, cinco menores de cuatro años. Mis tres siervos y sus familias fueron entregados por el mismo Quiganza. En suma, las vínicas pérdidas sensibles recaían sobre los establos y graneros.
Por el momento no pude observar qué impresión produjo mi persona sobre la servidumbre, pues á poco de llegar sonó la hora de retirada. Se me acercaron mis hijos varones, algunos de los cuales eran más viejos que yo; todos cinco estaban casados y solicitaron de mí que aprobase los actos que habían realizado creyéndose libres. Yo concedí mi aprobación y noté con gusto que eran de los uagangas que habían formado en el ala del centro, y que el mayor de ellos no era otro que el listísimo Sungo. Aunque sea adelantar noticias, debo decir que la representación nacional en Maya no se basaba en la elección, ni tampoco, como yo había creído, en la selección mediante ejercicios difíciles, sino en el parentesco. Todos los parientes del rey, del Igana Iguru, de los uagangas consejeros, que eran tres, de los reyezuelos locales, que eran veintitrés, y de los jefes del ejército, que eran y continúan siendo doce, figuraban en aquella por derecho propio, que sólo se perdía cuando — 69 - en tres danzas seguidas se caía en falta. En la celebrada con motivo de mi resurrección habían quedado excluidos definitivamente siete, que eran otros tantos enemigos míos, puesto que yo había sido causa, bien que inocente, de su inhabilitación.
Muy satisfechos se retiraron mis hijos á sus respectivas moradas, á tiempo que entraban en mis habitaciones todas mis mujeres, llevando cinco de ellas á sus pequeiluelos desnudos, tres niños y dos niñas; detrás venían mis diez hijas, ocho de las cuales, habiéndose casado, traían sus hijuelos, en número de veinte. De las ocho hice entrega á sus maridos, que, de acuerdo con ellas, esperaban á la puerta, confiando en que yo accedería á convalidar el contrato hecho por el cabezudo Quiganza. Esta conducta mía, que después supe fué muy celebrada por todo el mundo, no tenía mérito alguno, porque, aparte de no haberme hecho cargo aún de la utilidad que podía sacar de una numerosa familia, encohtraba un alivio á mi turbación disminuyendo el número de los que me rodeaban, puedo menos de admirar la soltura con que estos hombres, que nos parecen inferiores, se mueven en medio de una familia de cincuenta ó cien personas, y atienden á mil cuidados, preguntas y peticiones, sin aturdirse y sin fatigarse. Creo sinceramente que cualquier negro maya haría en nuestros salones figura más suelta y airosa que muchos encumbrados aristócratas y espirituales literatos.
Cuando me quedé solo con mis quince mujeres, mis dos hijas mayores y mis cinco hijos accesivos, — 70 — pude respirar con algún desahogo y adqnirir el aplomo necesario para dominar la situación. Por lo qne pude ver al turbio resplandor de las teas que desde los rincones de la habitación alumbraban, sólo tres de mis mujeres conservaban restos del brillo juvenil, aunque ya pasarían de los treinta y cinco años; las demás estaban en pleno período de descenso, y algunas tocaban en la edad sexagenaria. Mis hijas eran dos robustas doncellas, de diez y nueve y veinte años, y ambas habían nacido de Memé, la más joven de mis muje^ res y la favorita de Arimi después que Niezi, que lo había sido, avanzó en años. Memé y sus hijas eran las únicas que no habían salido de la casa, pues de Arimi pasaron á Muana, y luego las adquirió el fogoso Viaco. Según me dijeron, una de las jóvenes debía casarse en breve con el príncipe Mujan da, el que tan solícito se me había mostrado.
La primera que rompió el silencio fué Niezi, para decirme que todas sus hermanas, esto es, mis mujeres, estaban ya enteradas de mi maravillosa historia y se habían alegrado de volver á su antigua casa, y que ella estaba muy triste por la ausencia de Ñera, una de las mujeres del bravo ücucu, á la que amaba entrañablemente. Así, pues, me rogó que tomase á Ñera por mi mujer, en lo cual ücucu recibiría un nuevo honor.
Después de ofrecer á Niezi lo que me pedía, usé "brevemente de la palabra para repetir el relato der mi inmersión en el Unzu, y de las maravillas que $e encierran en los palacios de Kubango. Enton-(jes pude observar que la razón de la rápida creen- — 71 — ciá en mis invenciones, estaba en que los mayas,.tanto hombres como mujeres, no habían llegado, como nosotros, a sentir la necesidad de la noble mentira (sin la cual muchos adelantos religiosos, políticos y sociales serían imposibles), y creían á ciegas en la veracidad de la palabra humana; Como es natural en el árbol echar hojas y en el río llevar agua, lo es en la palabra anunciar la verdad. Ni en el procedimiento civil ni en el- penal se admite otra prueba que la declaración de los litigantes ó de los reos, y los abo^^dos (esto pudo verlo el lector en el juicio de Ant a-Myera) se limitan á conmover al juez, que á veces falsea la ley, no por error, sino por exceso de sensibilidad.
Cada, una de mis mujeres fué exponiendo sus impresiones, y por último mis hijas me manifestaron, llenas de candor, que el fogoso Yiaco se había negado á entregarlas á los diversos preten^r dientes que habían tenido, y que ellas deseaban que yo las casara á la mayor brevedad. Ante, declaraciones tan ingenuas me apresuré á ofrecerles, á la una, que al día siguiente concertaría el enlace proyectado con Mujanda, y á la otra, que la enviaría al valiente Ucucii á cambio de Ñera; todo lo cual fué muy del agrado de la reunión, y de las jóvenes en particular, y se realizó, en efecto, al día siguiente.
Tras estas explicaciones vinieron los deseos de cerciorarse de los cambios que me habían ocurrido en mi vida subacuática; me tocaron la barba y me palparon los brazos, que yo mostré para que vie?^ ran su blancura; me encontraban más joven que — 72 — antes de mi desaparición, y se extrañaban de las mudanzas de mi fisonomía, de la que tampoco tenían recuerdo exacto, pues cada cual la reconstruía de un modo distinto.
La esbelta Memé, que ejercía sobre las demás mujeres cierta supremacía, cogió un laúd, cuyas cuerdas, untadas de resina, lanzaban roncos sonidos, como los bordones de una guitarra, y tocó en él una triste melodía, que acompañaba con su canto y coreaban todas las mujeres con gran afinación. La música era muy antigua y popular, y la saben desde pequeños todos los mayas; pero la letra había sido compuesta aquella mañana por el siervo Enchúa. Este nombre significa lo mismo que nuestra palabra « anchoa », y dada la estrecha relación fonética y morfológica que existe entre uno y otra, no es inútil hacer aquí esta indicación y recomendarla al estudio de nuestros modernos y sagaces filólogos. La canción decía así: « Arimi, el de la lengua de fuego, Arimi, enmudeció durante miles de soles, El gran Arimi escapó de las prisiones de Rubango, Y ya sabe conocerle y vencerle. Los mayas esperan á Arimi, Y Arimi será el fuerte escudo de Quiganza. Se acabará la ruina de las cosechas; Arimi sujetará el viento destructor. Arimi detendrá las aguas del río.
Las lágrimas se acabarán con la llegada de Arimi.»
Como los predicadores de aldea conmueven casi siempre á sus oyentes con sólo repetir sin tregua ni reposo el nombre del santo Patrón del lugar, ftsí, los poetas mayas utilizan el recurso de repetir — 73 — ■en cada verso el nombre del héroe en cuyo loor cantan. Sin embargo, bajo la tosca estructura de ^sta canción, compuesta en mi obsequio, se encubre todo el pensamiento religioso nacional, pesimista y candoroso; y todo un programa político, puesto que en ella se contienen los dos elementos integrantes de un programa: la enumeración de los males que acostumbran los pueblos á padecer y la promesa de remediarlos.
Después de la mVisica y del canto vino un baile ejecutado graciosamente por las hijas de Memé, que al final, despojándose una de ellas de su túnica, quedaron enlazadas en un grupo muy artístico. Este baile es con rigorosa propiedad un episodio dramático de la historia de Usana, y el fin representa un momento culminante de la vida del gran rey: cuéntase que después de vencer al rey de Banga y de tenerle tendido bajo sus rodillas, éste le declaró que era una mujer, se arrancó la túnica y con sus maravillosos encantos prendió -el corazón de Üsana en las redes del amor.
Tocó el turno á los niños, que recitaron varias ■canciones y algunas tiradas de historia, aprendidas de labios de sus hermanos mayores; el más pequeño, que tendría poco más de dos años, les superaba á todos por su despejo y por su gracia. Así agradablemente fueron pasando las horas, y llegó la de dormir, marcada por las teas, á punto ya de consumirse. Cada mujer se retiró á su alcoba, y los pequeños con sus madres, y yo quedé f?olo, embebecido en la interior contemplación de tantos y tan extraños acontecimientos como en aquel día habían ido sucediéndose. Toda la noche — 74 — ia Habría pasado sobre mi estrecHo tabrtrete, me-?-dio dormido, medio despierto, de no volverme á la realidad la presencia de Memé, qne, llena de azoramiento y completamente desnuda, penetró en la estancia, se acercó á mí rápidamente y me dijo al oído con voz agitada: — ¿Arijo? Arijo Viaco. ¿Estás aquí, señor? Viaco está aquí.
De un salto me incorporé, é instintivamente miré en torno mío buscando un arma. La esbelta Memé se dirigió á un rincón, arrancó de la pared lin cuchillo que servía de palmatoria, y separando de la hoja la tea, aun encendida, me le ofreció con valiente ademán. Era una figura hermosa que me hizo reconocer por primera vez la belleza de una mujer negra. Su cuerpo tenía esa plenitud y perfección de formas que sólo se encuentra en las. mujeres que han pasado ya los años de la juventud; el pecho, que las afea tanto por su excesivo y monstruoso desarrollo, era en ella pequeño y muy recogido (de donde sin duda la venía el nombre de Memé, que quiere decir «cabrilla»); la cabeza airosa y de expresión enérgica y arrogante, y como coronamiento de la obra unos ojos grandes, tristes y hechiceros como los de una gitana.
La alarma fué inútil, porque Viaco no pareció» Quizás, descubierta á tiempo su tentativa, tomaría el partido de escapar, pues oímos un vivo cacareo de gallos, que, según Memé, indicaba el paso del fugitivo. Quizás todo fuera una alucinación muy común en la exaltada naturaleza de las mujeres africanas. Quizás una treta de la hermosa Memé para atraerme y reconquistar sobre mi el ascendiente que había ejercido veinte años atrás.
CAPÍTULO VI La religión maya. — El afuiri y el ucuezi. — Descripción de estas ceremonias y de la vida maya en un día muntu.
Aunque las mujeres mayas vivían en absoluto aislamiento, tenían cada mes lunar un día libre, el día muntu ó de la mujer, en que se presentaban en público para concurrir al ucuezi y al afuiri, ceremonias religiosas instituidas por la ley. A estos dos ritos estuvo reducida la religión maya, la antigua y la nueva, hasta mi pontificado, y en ambos el sacerdote iinico era el Igana Iguru, después del rey, la primera figura de la nación.
Examinando los manuscritos del archivo de^ Arimi (acrecentado con los posteriores á su muerte), encontré en diversas piezas numeradas todas las noticias necesarias para reconstituir la historia religiosa del país. Cada manuscrito ó ruju es una piel de buey un poco recortada y redondeada, y su conservación es perfecta; pero su manejo es tan penoso y su interpretación tan difícil, que tuve que auxiliarme de mis dos siervos pedagogos. Todos los rujus, en número de ochenta, pertenecen á una época reciente, pues de su contexto se deduce que la escritura fué introducida en Maya por un indígena llamado Lopo, que había vivido largos años — 76 — — 76 — fuera del país en otras tierras donde habitan hombres caídos del cielo. A este Lopo se le llamó Igana Iguru, fué el iniciador de un nuevo período histórico de carácter revolucionario, y según mis cómputos, debió vivir hace unos tres siglos, allá por los reinados de nuestros Felipes II y III. Sin embargo, los manuscritos abarcan mayor extensión de tiempo y transmiten muchas tradiciones antiguas que sobrevivieron á la época revolucionaria, y que representan en la actual uno de los elementos de la religión vigente.
Los antiguos mayas creían exclusivamente en p.n espíritu malo. Recordando las noticias transmitidas de boca en boca de unas á otras generaciones, aprendían que jamás los campos dieron en un año doble cosecha, ni los árboles echaron dos veces hojas y frutos, ni las fieras dejaron de devorar al hombre, ni éste dejó de trabajar bajo la inclemencia del sol y de la lluvia. La naturaleza, que para el maya no es buena ni mala, sigue su curso sin mostrarse una sola vez generosa con el hombre, dándole siempre lo ordinario. En cambio, ¡cuántas tradiciones no refieren que tal año se desbordó el río y anegó los campos, que tal otro el huracán arrasó los sembrados y abatió los árboles! ¡Cuántas hambres, guerras, incendios y enfermedades! Los mayas creían, pues, que toda alteración en la marcha de la impasible naturaleza era para daño del hombre, y personificaban todos los males en un solo sér incognoscible, llamado Etibango, por ser el más funesto de los males la enfermedad, la «fiebre». En la patología maya ioda la nomenclatura de los padecimientos se re- — 77 — duce á la palabra rubango, y por una sencilla traslación metafórica, todo el arte médico se reduce también al acto de aplacar el espíritu irritado de Rubango. Este acto era el afuiri, sacrificio jurídico, y se conservó en la religión reformada.
La explicación de esta doctrina y de su ritual religioso llena veintitrés pieles; los restantes rujus se refieren á la época moderna y pueden dividirse en dos grupos: uno de catorce, que contienen la parte fija ó dogmática, y otro de cuarenta y tres, con la parte movible ó histórica, después del edicto de Usana. Sobre este último grupo mi examen fué fnuy somero, porque los relatos se repiten constantemente, variando sólo los nombres del rey, del Igana Iguru, de los individuos sometidos al afuiri y de los concurrentes al ucuezi. Son, más que otra cosa, censos de población. Los Kim ó dogmas sí merecen examen, porque, bien que bajo formas rudimentarias, encierran los fundamentos de un curioso monoteísmo.
En un principio la tierra era lisa y hueca, como una calabaza de agua, y dentro de ella vivían los animales; pero tanto crecieron éstos que faltó espacio para contenerlos, y la corteza terrestre tuvo que irse estirando. Así se formaron las montañas y los valles. Las lluvias, que antes resbalaban por la superficie de la tierra, ahora descendían de las montañas y se reunían en los lagos, que son los depósitos de los ríos. Con la humedad aparecieron las plantas. Por último, la tierra se abrió por diversos lugares y dió á luz un par de animales de cada una de las especies que contenía en su inte-.rior. Entre ellos figuraba un par de soceos 6 monos — 78 — antropomorfos, primera forma del hombre terrenal, aparecida en el mismo lugar donde hoy se alza Maya, en una' gruta llamada Bau-Mau, gruta ■de los primeros padres. Este primer Kim no se opone á la aparición de otras parejas fuera del reino de Maya; al contrario, se cree que cada reino se formó de una pareja distinta, y por esto no es lícita la conquista territorial. Aunque los pueblos guerreen unos contra otros y se despojen de sus riquezas, especialmente de sus mujeres y ganados, jamás se deben modificar las fronteras, ni una ciudad de un reino debe pasar á otro reino dis--tinto. Lo que la tierra hace, el hombre no debe deshacerlo, dice una sentencia maya.
El segundo Kim comprende la construcción del gran en?/u y la ascensión del Igana Nionyi. Estos dogmas no son más que una deforme mezcolanza de la leyenda de la torre de Babel y de la fábula de icaro. Cuando estos hechos ocurrieron, los mayas no tenían ya cola, y sabían hablar correctamente; su deseo de conocer lo que hubiera en las alturas les impulsó á construir una cabaña en •forma de pirámide; pero como no percibieran desde 'tal observatorio más de lo que habían percibido desde la tierra llana, eligierou de entre ellos á un hombre valiente y audaz, le hicieron subir á la cúspide de la pirámide, y después de adaptarle dos alas, hechas con plumas de pájaro, soplándole por ambos conductos le hincharon de tal suerte, ■que adquirió el volumen de un hipopótamo; inmediatamente el Igana Nionyi se elevó como un globo y fué subiendo, subiendo, hasta perderse de vista, sin que hasta el día haya vuelto á parecer.
El tercero y último Kim refiere cómo el Igana Nionyi llegó á una tierra que está en el firmamento 7 que ocupa sobre nuestra tierra la misma posición que ésta ocupa sobre la inferior, de donde nacieron los mayas; porque el mundo es como un inmenso edificio compuesto de muchos pisos de gran altura, y cada capa terrestre es á un tiempo el tejado del mundo que está debajo y el suelo del que está encima. En esta nueva tierra, cuyo suelo es muy pobre, no existen hombres ni mujeres; pero hay muchas ciudades habitadas por monos, blancos como el armiño, y hábiles en toda suerte de industrias, los cuales, aunque no saben hablar, reconocieron á Igana Nionyi por su rey y le juraron ser sus esclavos. Pasando el, tiempo, el rey, forzado por la necesidad, se unió con numerosas esclavas, y de sus enlaces nacieron seres mixtos, morenos, habladores é irracionales, que por su doble naturaleza recibieron el nombre de cabilis.
Tenían de las madres la voracidad y el amor á la esclavitud, y del j^adre el dón de la palabra y cierta tendencia á rebelarse cuando no sentían el látigo sobre las espaldas; por lo cual, entristecido el rey, bien que amara su obra con el amor de l)adre, y temeroso de que la nueva raza,' cuya propagación era muy rápida, agotase todas las subsistencias, determinó hacer envíos de ella á la tierra baja j)ara que trabajase en provecho de sus antiguos hermanos, los hombres. Son muchas las comarcas afortunadas donde se verificó ya la irrupción de los cabilis, y en todas las demás se -verificará si los hombres saben congraciarse con Igana Nionyi. El dia que Maya reciba su lote se acabarán para siempre las penalidades y los trabajos, cada hombre tendrá un grupo de cabilis á su servicio y se dedicará á holgar y á bendecir el nombre de Igana Nionyi. Ese día está próximo; será forzosamente en el ucuezi, esto es, en el segundo día de un plenilunio, que por esta razón se celebra con fiestas en honor del gran padre de los cabilis.
Sin entrar en una crítica detallada y comparativa de estas creencias, cabe hacer una ligera exégesis que nos aclare su sentido y nos oriente en cuanto á su verdadero valor. A mi juicio, el primer Kim, ó sea todo lo relativo á la creación de la tierra, de las plantas, de los animales y del hombre, es de puro origen africano, puesto que, más ó menos adulterada, esta creencia se extiende por casi toda Africa, y antes de llegar á Maya la había yo recogido en dos distintas localidades: en Sinyanga, pequeño Estado regular cerca del Sequé, en el Usocuma, y en Mavona, en la frontera del Caragüé.
El reformador Lopo, ya por habilidad, ya por instinto, había sin duda aprovechado una creencia arraigada y popular para establecer sobre ella el castillo ' de naipes de sus fábulas. Porque esta son, y no otra cosa, la erección del gran enyu, la ascensión del hombre-pájaro, la formación de la raza de los cabilis y la venida de éstos á la tierra. iNo es posible que un pueblo tan atrasado en Arquitectura y en Física haya siquiera concebido la idea de construir una pirámide y de lanzar al es-* pació un hombre-globo; y en cuanto á la invención de una nueva tierra en el firmamento, la — 81 — contradicción es patente con el primer Kim; porque en éste el mundo es semejante á una calabaza hueca, y en aquélla se le compam á un edificio que, como un teatro ó una plaza de toros, tuviese varias galerías superpuestas,- dejando un gran hueco central para que alumbraran el sol y la luna.
Lopo tuvo relaciones con los navegantes portugueses que por aquel tiempo arribaron á. diversos puntos de la costa occidental de Africa, y no es aventurado suponer que les acompañase hasta Europa, y que de las impresiones de su viaje compusiera una religión acomodada á las necesidades de su patria, introduciendo el principio fecundo de un dios bienhechor, Igana Nionyi, contrapeso muy conveniente del dios malo Eubango. Esta suposición explica el origen de las reformas religiosas de Lopo, y nos ofrece el medio de conocer, en su curiosa invención de los cabilis, las impresiones y juicios de un hombre de Africa sobre la sociedad europea de fines del siglo xvi.
Pero la principal reforma de Lopo consistió en instituir el culto público. La religión antigua de Rubango tenía carácter individual ó familiar, y si algún acto público se realizaba, era con el concurso de hombres solos; la religión de Igana Nionyi fué pública y nacional, y no admitía distinción de sexos en cuanto al cumplimiento del deber religioso. Nació de aquí un inevitable dualismo; sin flaquear en la fe, los hombres se inclinaban á la creencia antigua, que estaba más en su naturaleza; y las mujeres á la reformada, que comprendían con más dificultad; entre los hom- - 82 - bres, visto que el tiempo pasaba en balde, se generalizó la opinión de qne la venida de los cabilis tendría Ingar un poco más tarde, cuando quizás toda la generación viviente hubiera perecido; entre las mujeres se hizo de día en día más popular el ucuezi, y bien pronto- el día libre se llamó muntu, y fué el pensamiento constante del bello sexo. Este dualismo cesó con el edicto de Tisana, quien] dispuso muy cuerdamente que el ucuezi y el afuiri se celebrasen en un mismo día y con el mismo carácter público: la oposición no tuvo ya razón de ser, y bien pronto el espíritu nacional, sobreponiéndose á los convencionalismos, exaltó la ceremonia clásica y deprimió la ceremonia nueva, que hoy ha perdido toda su significación.
En los primeros tiempos de la reforma, el afuiri se celebraba sin día fijo, siempre que, con motivo de un crimen, se imponía al autor [la última pena; el ucuezi tenía lugar el día segundo de los plenilunios, y se festejaba con gran pompa. Toda la ciudad entraba en júbilo y concurría al templo del nuevo dios, donde el Igana Iguru entonaba bellos cánticos caminando alrededor de un altar que servía de peana al hipopótamo sagrado, provisto para esta solemnidad de dos grandes alas extendidas, como si fuera á volar. Todos los asistentes cantaban en coro y gritaban llenos de entusiasmo; había discursos, banquetes y danzas; se repartía trigo á los enfermos pobres, y para terminar se leía el tercer Kim, que contiene la promesa de la venida de los cabilis.
Después del edicto de üsana el afuiri se celebró — 83 — •en el plenilnnio;.se separaron las jurisdicciones, quedando á cargo de jueces ordinarios los delitos menores, y á cargo del Igana Iguru los de maerte, y la pena capital no pudo aplicarse más que un día de cada mes, lo cual representaba un gran progreso jurídico. En cambio, el ucuezi fué decayendo: dejó de darse trigo á los enfermos pobres; se suprimieron los banquetes y los cánticos; después se -suprimieron las alas del hipopótamo, las cuales se habían roto con el uso, y, por último, para facilitar la ceremonia se suprimió también el hipopótamo, poniendo en su lugar un gaHo, al que por medio de una cuerda se le hacía bailar.
A los diez días de mi llegada á la corte presencié, siendo yo el actor principal, estos ejercicios religiosos y demás divertimientos que caracterizaban el día muntu. Muy de mañana, contra la costumbre ordinaria, me despertaron mis mujeres, cuyo número ascendía ya á diez y siete con la llegada de Ñera, la amiga de Niezi, y de Canúa, otra bella joven, regalo de Lisu, rey de Mbúa, y notable por su boca grande y sensual, á la que es deudora de su nombre. Me levanté y me vestí al instante, porque me aguardaba á la puerta el hipopótamo, ricamente engalanado por mis siervos; y montando sobre él, me encaminé al lugar de la fiesta, fuera de la ciudad. Toda mi familia, sin exclusión de persona, me acompañaba, y en el camino íbamos encontrando nuevas familias, dirigidas siempre por sus jefes, con las cuales nos reuníamos sin confundirnos. A la salida del sol todo el mundo está en los alrededores del templo, en la hermosa colina del Myera, y la animación es tan — 84 - viva como en las ferias, verbenas y romerías españolas.
Cada familia elige un lugar jíara hacer alto y para depositar los pequeñuelos y las provisiones; y una vez el sitio elegido, todo el mundo se desparrama y se mezcla, grita, danza y corre y hace cuantas diabluras le sugieren sus malos instintos. Aquí un grupo de hombres graves se dedica á apurar panzudos cazolones de vino dulce, ligero é inofensivo; allá un coro de mujeres, cogidas de la mano, danza al compás de una canción, mientras los jóvenes las rode^ y las dirigen frases más ó menos galantes; ya es un montón de negrillos desnudos que se revuelcan por el suelo, ya una banda de galancetes que, laúd en mano, rondan de un lado i>ara otro festejando á las mujeres que son de su agrado, ya una pareja de negros tórtolos que desaparece en el bosque vecino.
Un hecho que se compadecía mal con la sujeción de la vida diaria, era la libertad en que los padres dejaban á sus hijas para retozar con quien bien las pareciera. Esa libertad, sin embargo, no producía malos resultados, porque, aparte de la poca importancia concedida á la castidad de las doncellas, era muy raro el caso de que una joven con hijos, y algunas solían llevar varios como dote, no se casara con el padre de éstos, quien se apresuraba á concertar la boda ó por amor ó por interés. Como un hijo representaba un valor constante, pues varón se le podía vender como siervo, y hembra como esposa, no ocurría, como entre nosotros, que un padre se negara á reconocer á su hijo. En Maya todos los hijos tenían padre, y el infanticidio, segim — 85 — — 85 — pude ver, era cosa inaudita. En los casos de adnltmo en que por la calidad superior del amante no había ofensa personal, el marido consideraba como honroso j lucrativo aceptar los hijos ajenos, sin que jamás mediara ignorancia, pues estas mujeres no supieron jamiís mentir ni tenían interés en engañar á sus esposos. Por una extraña anomalía, los hijos nacidos de una manera irregular, los que nosotros llamamos naturales y adulterinos, eran allí mirados con predilección, por suponérseles engendrados en día muntu y porque, como hijos de la pasión, solían aventajar en méritos y defectos á los hijos del deber. Vese, pues, que en Maya existían iguales vicios que en otras sociedades, pero con la ventaja de tener día fijo; el ¡^adre y el esjíoso podían ser ofendidos en su autoridad ó en su decoro, pero solamente un día de cada mes.