A cada reyezuelo que le hiciera algún regalo, debería entregarle cinco rujus; á cada destacamento militar, una soldada extraordinaria; á cada consejero, un ruju; á los pueblos les perdonaría seis entregas en especie, de las que hacen á diario á las autoridades. Era preciso hacer ver que con ningiin rey se obtendrían tantos beneficios como con Mujanda, y el medio demostrativo, afortunadamente no nos costaba gran cosa. Pero el punto culminante de este viaje no era tanto la entrega de los donativos, como la particularidad de éstos, nueva invención mía., j Dos inconvenientes me había descubierto la experiencia en los rujus anteriores: uno, el valor -excesivo de cada pedazo de piel, y otro, el más — 148 — grave, la aglomeración del ganado en nuestra provincia, cuyos prados no bastaban ya para contenerlo, y menos para alimentarlo. 'No todos los distritos poseían ganados, y en éstos las transacciones eran imposibles, porque los mayas no habían caído en la cuenta de separar el valor figurado de los rujus de su valor equivalente en otras especies; aunque ima cabra valiese un onuato de trigo, no se babía ideado el recurso de cambiar un ruju de cabra por un onuato. En los destacamentos -militares cambiaban los rujus por ganado, y después, cuando era preciso, éste por otros artículos. De aquí mi idea de estampar nuevos rujus y de aprovechar el viaje del rey para lanzarlos, con éxito seguro, á la circulación. Pero tampoco pude pensar, ni por un momento, que los nuevos grabados representaran directamente las especies, porque, ni era posible figurar el trigo, el maíz ó las habas, ni sustituir las figuras por inscripcio- . ciones que no todos sabrían leer y que no tenían la fuerza artística sugestiva de la representación pictórica. Acudí, pues, á otro medio é hice tres troqueles en los que representé una mujer desnuda y obesa, cuyos pechos caían hasta las rodillas; un hombre, portador de un carcaj, á la usanza délos guerreros, y un niño desnudo, sentado en el suelo, jugando con la tierra. El secreto de mi invención estaba en que, abolida la servidumbre de los indígenas, no había medio de utilizar estos rujus, sino cambiándolos por sus antiguos valores representa-Mvos; una mujer valía, por su precio dotal (pues la mujer no se compró nunca como sierva), de tres ,á seis on^Uatos de trigo, que es la semilla más 149 ^ abundante y la que sirve de regulador; un siervo,, de dos á cuatro onuatos, y un niño, medio onuato, ó sea una fanega de Avila.
El éxito de mis nuevos rujus fué completo, y en adelante todas las especies, reguladas por el trigo, fueron objeto de compraventa, y la circulación fiduciaria llegó á representar la mitad de la riqueza del país, pues, aparte de la que estaba en continuo movimiento, había una gran cantidad destinada á usos fijos. No había casa regularmente acomodada que no tuviese como principal adorno e^n las habitaciones de reunión nocturna, á modo de galería de cuadros, una serie completa de rujus, de las siete clases de emisión, con preferencia los de mujer. Estas incipientes aficiones artísticas las exploté yo, variando los tipos femeninos hasta el número de ocho, pues sabía que cada nuevo tipo representaba una cantidad enorme de onuatos de trigo en los graneros reales. Los ricos, que antes enseñaban con orgullo sus montones de semillas, y sus manadas de vacas y de cabras, ahora introducían al visitante en su ci mará familiar, y le enseñaban la colección de rujus colgados de las paredes. Así inmovilizaban gran parte de sus bienes, que pasaban á manos de Mujanda. Los rujus de mayor circulación eran los de figura de niño, utilizados para la mayor parte de los cambios. • La prosperidad de la hacienda del rey y de la general, puesto que un rey rico distribuye entre sus subditos, aun siendo tacaño, como Mujanda, más que pueda distribuir un rey pobre, no bastó,.sin embargo, á aquietar los ánimos de ima majiera permanente, de donde saqué yo en claro una — 150 — vez más, que la felicidad de un pueblo es cosa imposible de conseguir. Bien es cierto que las medidas adoptadas eran las primeras, las perentorias, y que aun conservaba yo preparadas para después otras de mayor trascendencia, que quizás alcanzarían lo que las primeras no habían alcanzado; pero no era indicio tranquilizador que la recompensa inmediata de mis esfuerzos fuera la ingratitud y la enemistad de los que recibían de mí tantos beneficios. Todo el pueblo murmuraba en voz baja, acusándome de abusos y de robos, porque suponían, demostrando con ello ser capaces y aun estar deseosos de hacer lo que me imputaban, que, siendo yo el autor de los rujus, mi riqueza podía aumentarse á mi arbitrio; los uagangas y pedagogos me acusaban de dilatar la provisión de los cargos de consejero, para ser solo en el torpe ánimo y en la floja voluntad de Mujanda, y este mismo llegó á sospechar que yo cambiaba rujus por mi cuenta y me enriquecía á expensas reales. No le bastaban los inmensos bienes acumu-; lados por mi buen ingenio, sino que su ansia envidiosa se extendía hasta los míos, que si, á decir verdad, algo y mucho habían crecido con mis trabajos de grabador, no eran suficientes para recompensar mi inteligencia y mis esfuerzos. Yo percibía, oído avizor, estos primeros leves rumores, y me apresuré á acallarlos con abundantes dádivas á los pobres, en la seguridad de que éstos, al menos, cederían mientras estuvieran ocupados en digerir mis donativos; pero comprendí que allí hacía, gran falta una reforma orgánica. El equilibrio político, indispensable para la buena marcha del — 151 — gobierno, se había roto en beneficio del rey y de los siervos, y en daño de la clase media, y había que restablecerlo por cualquiera de los medios que se emplean para restablecer el equilibrio de una balanza: ó quitando del platillo que tiene de más, ó añadiendo al que tiene de menos, ó partiendo la diferencia. Esto último, que era lo más justo, me pareció desde luego lo más impracticable y lo más expuesto á desatar las envidias y los odios. El sistema de aligerar el platillo más pesado, ofrecía, además de las resistencias naturales en quienes viesen disminuidos sus privilegios, otro peligro más grave: si los desequilibrios eran muy frecuentes, y iioy se quitaba de un lado y mañana del otro, siguiendo con constancia el mismo procedimiento sustractivo, no tardarían en quedar los dos platillos vacíos. No había, pues, otro recurso que el de nivelar, añadiendo donde fuera menester. Este último sistema no ofrecía más inconveniente que uno: aumentando sin cesar los privilegios, hoy á unos, mañana á otros, siempre para, conservar el ansiado equilibrio, no tardaría en ser tan enorme el peso total que se tronchara el eje de la balanza gubernamental y todo viniera abajo. Pero como esta catástrofe, aunque posible, no sería inmediata, y acaso ocurriría cuando yo hubiese muerto, me decidí desde luego por el criterio aumentativo, y con arreglo á él me dispuse á redactar una Constitución.
CAPÍTULO XI CAPÍTULO XI Continúa la restauración. — Reformas introducidas en el luobiliario y en la indumentaria. — Invención de Ja pólvora.
Seis meses duró la ausencia de Miijanda; pnes aujique el viaje hubiera podido terminarse en menos de la mitad de tiempo, el rej se complacía en prolongar sus visitas más de lo que conviniera n su alta dignidad. Los subditos no se hartaban de ver á su legítimo soberano, j el soberano no se liartaba de vivir á costa de sus subditos; j el único atractivo que podía apresurar el regreso del rey á Maya, el amor de sus esposas, estaba neutralizado por otro de igual fuerza, porque los reyezuelos y próceres, conocedores de la afición de Mujanda al sexo femenino, le ofrecían la flor de sus harenes, deseando recoger en cambio algún vástago regio. En este punto, sin embargo, les defraudó su soberano, que en la corte y fuera de ella dió señales de que nunca tendría sucesión.
Mientras tanto yo continuaba en Maya encargado del gobierno y dedicado á implantar algunas reformas menudas, preliminares de otras más inaportantes, cuya ejecución requería ciertos datos que el rey,.por. encargo mío, había, de re^coger §n — 154 — todas las localidades, y reunir en un acta confiadai. á la pericia de un pedagogo, que juntamente con cuatro uagangas formaba parte de la real comitiva. Sólo tuve que abandonar mi puesto dos veces para asistir á dos ceremonias jurídicas, una en Upala, con cuyo motivo volví á ver al corredor reyezuelo Churuqui, y otra en Lopo, la naciente ciudad creada por mi famosa transacción, donde el listísimo Sungo se veía y se deseaba para conservar el orden entre sus díscolos conciudadanos. Sólo la pesca en el río había podido librarles de morir de hambre, porque estos antiguos siervos manifestaban una invencible aversión al cultivo de la tierra, del que habían hecho cargo á sus siervos enanos; pero los hombrecillos accas, unos solos, otros con sus familias, se habían fugado de Lopo y refugiado en la vecina ciudad de Bangola; el reyezuelo Asato, el hijo del cabezudo Quiganza, les había concedido amparo y los había distribuido entre los uamyeras, sus subditos, en calidad de siervos, sin que hasta el día uno solo hubiera vuelto á aparecer por su antigua morada. La causa de esta fuga eran, como ocurre de ordinario, las mujeres; los amos querían apropiarse las esposas de sus siervos (que, aunque enanas, no dejaban de apetecérseles), y éstos, conformes en prestarlas á su señor, se negaban á cederlas por completo. Muchos amos, irritados por la resistencia, habían impuesto duros castigos, y en algún caso habían dado la muerte á los pobres accas, que, aterrorizados, escaparon como pudieron, mientras los criminales quedaban impunes, porque la ley no decía nada sobre estos hechos. La población — 155 - estaba excitadísima contra los de Bangola, á quienes se consideraba como extranjeros y enemigos, y deseaba la muerte de una mujercita acca, muy joven y graciosa, acusada de haber asesinado, durante el sueño, á su señor para vengar la muerte de su marido. En la ley antigua se reconocía la legitimidad de la venganza personal entre gentes de igual condición; por venganza, un hombre libre podía matar á un hombre libre, y un siervo a otro siervo. Si la condición era distinta el crimen no era legítimo, y el autor debía en castigo, si era hombre libre, libertar á toda la familia del muerto y pagar una multa al rey, y si era siervo, sufrir la última pena. El problema planteado era difícil, porque la opinión común negaba á los accas la dignidad personal; y aunque para este caso se les consideró como personas, quedaba aún otro punto obscuro. Un siervo establecido en Lopo, libertado por su dueño sin cumplir las formalidades antiguas, ¿era siervo como antes para los efectos de la ley penal, ó gozaba de los privilegios del hombre -libre? Era clarísimo en el caso presente que la condición civil había variado, porque la transacción borró de hecho los antiguos procedimientos para manumitir, y que la enana debía sufrir la pena de los siervos, en cuyo lugar se encontraban los individuos de su especie. Yo condené á muerte á la intrépida heroína, mas para librarla hice saber que en la corte no había reos para el próximo afuiri y que deseaba llevármela. Estas transferencias de víctimas de unas ciudades á otras eran muy frecuentes, porque en ninguna se quería ce- — 156 — Ifibrar el día muntu sin derramamiento de sangre; pero en el momento actual mi decisión produjo n^alísimo efecto, j la plebe se encargó de revocarla, amotinándose, apoderándose de la reo y sacrificándola acto continuo. , Yo regresé á Maya disgustado por estos procederes, y para castigarlos, de acuerdo con el listísimo Sungo, envié á los jefes de los destacamentos de Yiti y de Unya orden de atacar á Lopo. Al mismo tiempo, para mi tranquilidad, encargué á Sungo que aprovechase la ocasión de matar á Quizigué, del que le dije temer un acto de rebeldía; al frente del destacamento de Viti colocaríamos á Asato, el hijo de Quiganza, más aficionado á las armas que al gobierno; Sungo pasaría á gobernar la gran ciudad de Bangola, populosa y fructífera como Maya, y su hijo cuarto, deseoso de obtener algún cargo, quedaría de reyezuelo en Lopo. Tan extensa combinación se realizó en seis días; Lopo quedó medio en ruinas, y Cañé, el hijo de Sungo, encontró disminuidos sus subditos en una mitad, pero más dóciles para someterse á sus mandatos.
El gobierno interior de la casa real, á falta de hijoá, corría á cargo de la madre de Mujanda, la sultana Mpizi, cela hienaj>, llamada asi porque su amor de madre era tan intenso que, habiéndosele muerto un hijo, le dió piadosa sepultura en sti propio estómago. Como en Maya las atribuciones domésticas de un rey no están perfectamente deslindadas de las facultades públicas, tuve que entenderme, para evitar conflictos de jurisdicción, con el ama del palacio, y de aquí nacieron ciertas relaciones íntimas y censurables, no deseadas por — 157 — mí, en verdad, que si fueron benéficas para la marcha de los negocios públicos, no dejaron de producir murmuraciones y críticas en todas las clases sociales. Desentendiéndome de ellas yo, continué mis trabajos de restauración, deseoso de contribuir, con cristiano desinterés, á la felicidad de los que tanta malquerencia me mostraban, y comencé por algunas reformas *de carácter doméstico.
Mi primera innovación fué en el lecho, que" era muy incómodo; se reducía á de una tarima estrecha y alargada, puesta al ras del suelo de pizarra, más propia para quebrantar los huesos que para reposarlos. Construí para mi uso un catre de tijera, é hice rellenar de j)lumas dos colchones anchos y una almohada, y con estos elementos compuse un lecho blando y aseado, sobre el cual se podía dormir beatíficamente. Mis esposas, ya por curiosidad, ya por deseo de agradarme, solicitaron tener camas como la mía, y yo, instruyendo á los veinte accas que tenía á mi servicio, cuyas facultades imitativas estaban muy desarrolladas, les hice construir catres para todas, en tanto qué ellas mismas se cuidaban de hacer los colchones y las almohadas. En el primer día muntu que subsiguió la novedad se hizo pública, y en todas las familias entró el deseo de gozar del precioso invento. Yo no hice de él ningún misterio; al contrario, deseaba que se generalizara y que conocieran las comodidades que producía, para que se mostraran mejor dispuestos á recibir las reformas que vendrían después. Mis esperanzas, sin embargo, no se realizaron por el momento, y conforme se extendía él — 158 — uso del catre de tijera, se iba aumentando la malquerencia de mis conciudadanos; porque, acostumbrados á dormir casi en el suelo, solían, cuando les molestaba el calor, rodarse instintivamente fuera del lecho y dormir sobre la fresca pizarra; y cuando comenzaron á hacer uso del catre, todas las noches se caían de él, y muchos se hacían contusiones, de las qtie yo, sin culpa real, era el único responsable. Este mismo inconveniente lo habían sufrido mis mujeres, pero no se habían atrevido á quejarse, y yo lo remedié aconsejando el uso de ligaduras al pecho y á las piernas. Otra de las contras de mi innovación era su costo excesivo, que para las familias numerosas se elevaba á una fortuna, pues el precio de cada juego completo no bajaba de cinco rujus pequeños, ó sea dos onuatos y medio de trigo. Por último, en las noches de calor, el lecho de plumas se les hacía insoportable, y más insoportable aún cuando los insectos, abundantes en estas latitudes, se conjuraron también contra mi reforma. El tiempo se encargó de desvanecer estos males; las plumas fueron sustituidas por granzones majados, que antes se perdían en los rastrojos y que no costaban más que la molestia de recogerlos; se empleó otra madera más dura, que resistía los ataques de los insectos; en suma, el catre de tijera, con sus accesorios, se aclimató en el país, y los rudos cuerpos de sus habitantes creo que me lo agradecerán eternamente; pero mi recompensa fué un largo período de impopularidad, de la que participó el dios Rubango, de cuyas mansiones decía yo, así á propósito de éste como de todos mis inventos, haber traído las nuevas ideas.
— 159 — Resuelto á seguir con tenacidad la obra emprendida, dedicaba todo el tiempo á preparar sorpresas, y no pasaba día muntu sin que mis mujeres, vehículo inconsciente de la regeneración de su patria, llevasen á la colina alguna nueva relación, que los indígenas, sin dejar de hablar contra mí, escuchaban con interés; no había fiesta completa si faltaba la comidilla habitual, la última cosa que el Igana Iguru había pensado por inspiración de Rubango. Y no era lo menos interesante de estas escenas la forma de que se valían mis mujeres para explicarse, j el público para compren-' derlas, siendo casi todas las novedades tan fuera de los usos y del vocabulario del país. Después del lecho siguieron la mesa y la silla. En el país sólo era conocido el taburete para sentarse, y para comer, el suelo; de ordinario, los hombres comían de pie, y las mujeres sentadas, y en cuanto al uso de la vajilla, era muy limitado, porque los alimentos son por lo general secos y se sirven á la mano: pastas de trigo, de maíz ó de manioc, frutas, legumbres, huevos, pescado seco, y alguna vez tajos de carne asada, son los platos ordinarios. El uso de las sillas y las mesas producía una verdadera revolución en las costumbres, y tuvo encarnizados partidarios y detractores; en cuanto á la silla, la variación principal estaba en el respaldo, absolutamente desconocido en Maya, y la ventaja sobre el simple taburete era innegable. Las mujeres, que pasan el día sentadas, se declararon en mi favor; pero los hombres estaban en contra porque su costumbre era sentarse en el bajo taburete ó en el suelo, cruzar los brazos alrededor de las rodillas, y — 160 — *^cEar la cabeza sobre éstas para descansar ó dor-'mir. Tal postura les parecía más cómoda ' que •permanecer tiesos sobre las nuevas sillas; y en cuanto á retreparse no había que pensar en ello, •porque se mareaban y aun se desvanecían mirando un poco tiempo hacia arriba. El principal motivo lie la oposición estaba, sin embargo, en que, juntamente con la silla y la mesa, apareció la idea de aplicarlas á las comidas familiares.
Yo había dispuesto, para no aburrirme á solas, que en el patio del harén se colocara una larga mesa, capaz para mis cincuenta mujeres, y que ei^ torno de ella, todos sentados, hiciéramos las comidas en común. Los siervos se encargaban de entretener á los niños y del servicio de la mesa, y después quedaban libres para comer, á su vez, en el patio ó en las galerías exteriores de la casa» Esto exigía dos interrupciones de la vida aislada,, sostenida por la tradición; pero no me pareció imprudente la reforma, porque, si antes se temía el contacto de las mujeres y los siervos, ahora qué éstos eran, con ligeras excepciones, de la raza enana, no había peligro, dado el desprecio con que las mujeres los consideraban. Sin embargo, los indígenas habían conservado rutinariamente la idea de que entre hombres y mujeres no debe haber relación fuera del día muntu, y, aparte de esto, rechazaban el pensamiento de familiarizarse con sus esposas é hijos, de igualarse con ellos, comiendo todos los mismos alimentos, en la misma mesa y á la misma altura. La costumbre autorizaba al padre á comer ruejor que los demás, y sólo los hijos mayores eran admitidos en su compañía; las mujeres comían todas juntas, señoras y siervas, madres é liijas, por turnos rigurosos de elección,, y los siervos después de su señor, con los jóvenes aun sometidos al cuidado de los pedagogos. Había, por tanto, tres comidas diferentes, según sexo, edad y categoría, y en sustitución de ellas implantaba yo dos, haciendo caso omiso del sexo y la edad. Las ventajas del nuevo sistema eran grandes: las comidas lieclias en familia adquirían ciertos atractivos que no podían tener haciéndolas cada cual por separado; se igualaba la condición do las mujeres y de los hijos á la del padre, y se instituían dos horas de reposo de las doce dedicadas al trabajo o á los pasatiempos. En el sistema antiguo la comida era un mero accidente, que no suspendía por completo las faenas ni proporcionaba ningún solaz. A pesar de todo- esto, después de algunos días de boga, mi proyecto fracasó, arrastrando en su caída las mesas, sillas y demás accesorios del servicio que yo había ido agTegando; sólo contadas familias, entre ellas la mía y la del rey, conservaron en parte el nuevo uso, y muchos vendieron los muebles, que se convirtieron en objetos de adorno y de distinción, siendo así que yo los introduje con propósitos igualitarios. Todos mis buenos deseos se estrellaron contra la incapacidad de los mayas para educarse en el arte de comer, contra el orgullo de los jefes de familia y su errónea creencia de q,ue sus mujeres y sus hijos no eran dignos de equiparárseles, contra la prevención que inspiraba el contacto con los siervos, fuesen ó ño fuesen enanos. Para ser completamente veraz, no omitiré que las mÍBma,s mujeres, que al — 162 — principio se mostraron partidarias de la silla con respaldo, la rechazaron después 7 se negaron á comer en familia por conservar viejas preeminencias. Las favoritas, que eran las más influyentes, encontraban preferible comer á solas, tumbadas sobre una piel 7 eligiendo los alimentos, con tal que sus compañeras de menos prestigio comieran de las sobras 7 sentadas en sus taburetes ó en el suelo.
Para reconquistar las simpatías del sexo débil acudí á un invento que me desquitó con creces de la caída anterior 7 que adquirió en todo el país una rápida popularidad: las telas de colores. En Ma7a sólo eran conocidos, 7 mu7 imperfectamente, los colores rojo (ó más bien encarnado) 7 verde; el rojo se obtenía mojando las telas en sangre de búfalo, 7 el verde, restregando sobre ellas tallos 7 hojas de plantas jugosas que crecen en los bordes del río. No obstante lo sencillo de la manufactura, era difícil hallar bellas túnicas de color; éste se daba antes de formar la prenda, cuando la tela, está en tiras estrechas, como de media cuarta, á modo de pleitas formadas con fibras textiles del miombo 7 de algunos otros árboles, mu7 groseramente entretejidas; de suerte que al unir estas tiras con un cabo entrecruzado, dándoles vueltas para formar un largo miriñaque (forma primera de las túnicas, antes que el uso las arrugue 7 las aje), el color no quedaba compacto, sino mu7 nial distribuido, 7 más en las túnicas verdes que en las encarnadas. Yo recurrí al auxilio de punzones de caña, por el estilo de las almaradas que usan los talabarteros, 7 pude formar te- — 163 — — 163 — las de gran ancho, de costuras poco perceptibles, y componer túnicas de hechura más fácil y airosa. Estas telas anchas eran sometidas á la estampación en una prensa de madera, compuesta de dos cilindros giratorios, uno de ellos seco, y el otro untado de diversas tinturas minerales y vegetales, en las que representé todos los colores del iris en sus matices más vivos y chillones. Primeramente hice telas de colores lisos y listados, y después, por medio de toscos grabados en la madera, saqué dibujos caprichosos á cuadros y á lunares, y algunos con cabezas representativas de toda la fauna del país.
Mi ñaca esposa Quimé tuvo una idea que á mí no se me había ocurrido: emplear estas telas en el adorno de los sombreros, los cuales, creo haber dicho ya, se componían sólo de cuatro hojas anchas y picudas, unidas en forma de pirámide. Como los hombres los usaban de igual forma que las mujeres, fuera de los que por su dignidad llevan en día de gala la diadema de plumas, estos adornos servirían para embellecer á la mujer, y al mismo tiempo para distinguirla del hombre. Hay que tener en cuenta que los mayas de ambos sexos visten del mismo modo, y que los hombres no tienen barba ni otras señales muy claras y visibles de su sexo, para comprender el afán con que los varones procuraban distinguirse de las hembras, ya por el tamaño del sombrero, que algunos agrandaban hasta convertirlo en quitasol ó paraguas, ya por la forma de las sandalias, ya por la longitud de las túnicas. El signo más seguro del sexo fué hasta entonces el cinturón, usado sólo por — 16^ — las mujeres el día muntu; pero como este adherente impedía la circulación del aire, era justamente odiado, y muchas -lo descuidaban. El pensamiento de la flaca Quimé tenía, pues, extraordinaria trascendencia, y con aplauso de todo el mundo los sombreros de la mujer fueron en adelante cubiertos con retazos de colores y adornados con escarapelas y lacitos en combinaciones muy variadas.
El primer día que mis mujeres se presentaron en la colina del Myera luciendo sus vistosas túnicas, todas distintas y á cuál más llamativas j caprichosas, y sus sombreros de última novedad, fué tal la imj)resión del público, que no hubo atención para las ceremonias sagradas, ni sosiego para los esparcimientos, ni ojos para otra cosa que para contemjjlar con misteriosa delectación el brillante espectáculo. Veíase á las claras que no había mujer que no quisiera en aquel momento pertenecerme á trueque de obtener una túnica de colores, y que no había varón que no me envidiara mis esposas, con el nuevo atavío resplandecientes de hermosura. La murmuración encontró un tema inagotable, dentro del tema favorito por este tiempo: mis relaciones con la sultana Mpizi, que eran públicas y notorias, porque ésta, con su franqueza nacional, declaraba el secreto á todo el mundo. La arrogante sultana lució aquel día una túnica pintarrajeada con rojas cabezas de león, regalo que yo le había hecho despreciando las habladurías de la plebe; las mujeres de Mujanda, disgustadas ya por el abandono en que das tenía su señor, me dirigían dardos enconados y ardían en, celos contra su suegra colectiva.
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