SigPhi · Angel Ganivet

La conquista del reino de Maya por el ultimo conquistador español Pio Cid

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Dióse, pues, un edicto restableciendo el día muntu en su forma antigua, y nombrando Igana Iguru al dormilón Viami; y la solemnidad próxima tuvo lugar en la colina del Myera, en el templo de Igana Monyi. Las dificultades, sin embargo, aumentaron: mientras unos residían cerca de Maya, otros necesitaban cuatro horas de camino para llegar á la Colina, y cuando llegaban se sentían fatigados y poco dispuestos á divertirse; cuando se vivía en Maya, se cerraban las puertas de la ciudad y todo quedaba seguro; pero viviendo en el campo, unos venían á la colina, y otros, los incrédulos, se quedaban en sus casas, y aprovechaban el tiempo j)ara saquear las del vecino. Un nnevo edicto declaró obligatoria la asistencia á las ceremonias religiosas, sin adelantar más, porque el recuento era imposible, j los autores de los robos descargaban la culpa sobre los habitantes de los distritos próximos. De esta suerte, los jefes tuvieron que resolver que cada día muntu quedara en los ensis una parte de la familia, encargada de la vigilancia; y sin quererlo, pusieron la chispa que produjo la explosión.

Si los hombres se habían resignado á sufrir, esperando, bien que con progresiva desconfianza, la venida de los cabilis, de la cual yo era el anuncio, las mujeres estaban preparando sordamente la obra de liberación. No podían consentir que del único día libre de cada mes se les robase, primero las horas del viaje de ida y vuelta, y luego el día de vigilancia, siquiera fuese uno de cada seis; excitaron las pasiones de sus esposos y de sus padres, tomando como blanco al dormilón Yiami, al que consideraban indigno de ser Igana Iguru y al que atribuían todos los males: los robos, los adulterios? las muertes, obra de Eubango, irritado por la condición servil de su ministro. Llegó el décimo muntu del cómputo revolucionario y la hora del ucuezi. Yiami se adelantó, descorrió las cortinas del templete, desató la cuerda y la dejó correr; á los primeros tirones, el gallo ¡ cosa nunca vista! agitó las alas (sin duda porque no estaba bien muerto). Toda la concurrencia profirió en maldiciones contra el pobre exsíervo, y mientras los hombres se esforzaban por descubrir el misterio que haber pudiera en el estremecimiento del — 128 — — 128 — gallo, y veían en él una señal de la indignación de Igana Nionyi, las mujeres, con instinto más certero, se arrojaron sobre Viaco, y una de ellas, llamada Rubuca, le cortó la cabeza con un cuchillo. Esta Rubuca cda tejedora», era la etíope, la esposa del desgraciado y orejudo Mato, muerto en Misiia, confiscada por el rey usurpador y agregada después á su harén.

Todos 23resintieron la matanza y se agruparon para defenderse; los antiguos siervos á un lado, dirigidos por el dormilón Viami, se apercibían para, sostener la lucha, y junto al cadáver, el dentudo Menú proclamaba al príncipe Mujanda, mientras, la familia real lloraba y gesticulaba según las costumbres del país, al mismo tiempo que reconocía como señor al nuevo rey para asegurar la vida y la manutención. Menú, en nombre del rey legítimo, acordó suprimir aquel día las ceremonias religiosas, y dedicar el tiemj)0 al traslado de los hogares á la ciudad, por turnos designados á la suerte. La falta de armas impidió por el momento la lucha; pero los siervos tuvieron una idea, que creyeron salvadora. Trataron de deshacer el error cometido al conservar la ciudad, de la que ahora se aprovechaban los enemigos, y se dirigieron á Maya, sembrando por todas partes la destrucción y el incendio; el dentudo Menú, con buen golpe de hombres y de mujeres, los persiguió y los obligó á liuir; mas, por desgracia, no había otra agua que la del río, que está lejos, y no fué posible atajar el incendio, que destruyó media población. Sin embargo, destruida hasta los cimientos, hubiera reaparecido nuevamente; porque no era la ciudad material lo que atraía, sino la ciudad espiritual^ la vida antigua en mal liora interrumpida por los quiméricos reformadores.

En los diez días del gobierno provisional del dentudo Menú, la traslación se fué realizando; las sendas de todo el distrito de Maya eran largos hormigueros de mujeres afanosas, que ya iban ligeras á los ensis, ya volvían cargadas con vestidos, pieles, telas, jaulas de pájaros, taburetes y demás menudencias de su uso; los muchachos guiaban el ganado á los nuevos establos; cebúes y cebras acarreaban las provisiones y materiales de construcción; y dentro de la ciudad, los hombres, convertidos en albañiles y carpinteros, construían casas nuevas y restauraban las deterioradas. Mientras tanto. Menú perseguía á los incendiarios, ordenaba á los reyezuelos vecinos la entrega de los que cogiesen, y todas las tardes, después de concluidos los trabajos, hacía enfrente del palacio del rey una ejemplar hecatombe.

Al amanecer del día siguiente al de nuestra llegada me dirigí al palacio real y me encerré á solas con Mujanda, para acordar con él lo que debía hacerse en tan críticos momentos; algunos incendiarios se habían refugiado en las fronteras del Xorte, y los jefes militares se negaban á entregarlos; Menú sabía que en tiempo de Viaco muchas ciudades occidentales se habían resistido á enviar los impuestos; por todas ]3artes la indisciplina asomaba la cabeza, porque, viendo que el rey toleraba el abandono de un régimen que él mismo había personalmente implantado, le creyeron impotente para reprimir otros abusos; mu- — 130 — clios reyezuelos soñaban con declararse independientes, ^ cada general aspiraba á ser el amo del país. Esto no nacía sólo del reparto territorial, que apenas había dado sus frutos, sino de la debilidad del fogoso Yiaco: toda la energía del organizador se convirtió en flojedad en el gobernante; el que había resistido un año de fatigas en la guerra, no soportó una semana de deMtes en la paz; los artículos asignados al pago de los funcionarios fueron invertidos en la compra de mujeres, y las horas que debía consagrar al gobierno las dedicaba á satisfacer sin medida sus sensuales pasiones.

Urgía, pues, remediar pronto estos males, y así se lo hice presente á mi yerno; pero éste, que por una extraña coincidencia aprovechada por los vates caseros,^ se llamaba c(Buen Camino» (que esto significa la palabra mujanda), no quería comprenderme. Era un hombre de la misma madera que Viaco, y con gran sentimiento mío supe que hasta entonces no se había preocupado lo más mínimo por la suerte del reino, cuando yo, sin otro interés que el puramente humanitario, me había pasado las horas en vela cavilando sobre la situación y revolviendo en mi mente toda la historia de la humanidad en busca de las triquiñuelas más sencillas y más seguras para restaurar la monarquía legítima, las fuentes de la riqueza y las sabias tradiciones nacionales.

La falta capital de los gobernantes mayas es la pobreza de memoria. Yiven al día porque, careciendo del hábito de la abstracción, no ven más que lo visible, y no pueden abarcar las series de — 131 - hechos históricos para comprender en qué punto se hallan y qué dirección es la más segura. Sus recuerdos son exclusivamente pasionales: una ofensa se les graba con tenacidad, y subsiste durante veinte generaciones; una enseñanza les hace tan poca mella como el són de los roncos bordones del laúd, que apenas llegan al oído. Después de diez meses de privaciones, Mujanda despertaba en su gran palacio, se veía rodeado de doscientas mujeres y cincuenta siervos, y halagado por las adulaciones de las personas distinguidas y por las aclamaciones de la plebe; nada tan difícil como hacerle comprender que el camino del destierro seguía donde antes estaba; que aquellas mujeres podían pasar legalmente, en veinticuatro horas, de sus manos á las de un usurpador; que aquellos siervos podían imitar, en caso de apuro, la bochornosa conducta del ala central de nuestro ejército en la batalla de Misúa; que aquellos aduladores habían adulado antes que á él al cabezudo Quiganza y al fogoso Yiaco; que aquellos aclamadores habían aclamado cuando proclamaron á Quiganza y cuando le cortaron la cabeza; cuando Viaco triunfó y cuando fué asesinado; cuando Menú degollaba y cuando se suspendió la degollación.

Yo, que sabía por la historia que los príncipes amamantados en las enseñanzas de la adversidad, cuando llegan á restaurar el trono de sus ascendientes suelen ser los más ciegos, los más sordos y los más disolutos, no intenté vay iar el orden de la sabia naturaleza y me abstuve de dar consejos. Únicamente solicité algunas facultades para trabajar por mi cuenta, y en este punto hay que hon- — 132 — rar á Mujanda con el titulo de modelo sin 23ar de reyes constitucionales. íí'o sólo me concedió lo que yo deseaba, sino que me dió amplísimos poderes para hacer y deshacer á mi antojo, y hasta me hizo entrega de losrujus amarillos, donde se escriben los edictos reales. Estos rujus no los poseía nadie más que el rey, porque eran de preparación antigua, y ya no se sabía hacer en Maya la tintura con que se les daba su extraño color; pero yo descubrí el procedimiento, que se reduce á extraer el jugo de las flores grandes y pajizas de la gayomba ó de una planta muy parecida, que abunda en las orillas del Myera, y á mezclarlo con sangre de conejo y aceite de palma. Este hallazgo fué trascendental, porque á la abundancia de rujus, y no á otra cosa, se debió la salvación del país. v Varios peligros inmediatos amenazaban, y había que atacar de frente: la indisciplina de las tropas, la desobediencia de los reyezuelos y la inmoralidad pública. Una de las consecuencias inse2)arables de los períodos de agitación y de cambios políticos, lo mismo entre los negros que entre los blancos, es la desmoralización. Los que han visto á una autoridad caer hoy ¡jara levantarse mañana, pasar del destierro á los honores y de la pobreza á la abundancia; los que han tenido que adular en poco tiempo á los desposeídos, á los usurpadores y á los restauradores, y acaso han obtenido trij)les beneficios, se acostumbran á considerar la vida como una danza continua de hombres y de cosas, pierden gran parte del temor á la ley, que confían no ha de cumplir el que gobierna por falta de tiempo, ni el que gobernará después por espíritu — 133 — — 133 — de oposición, y sienten iin deseo violento de medrar, de aprovechar el momento oportuno para meterlos brazos hasta los codos (y los brazos de ios mayas son extremadamente largos) en la ha-. cienda de la comunidad y aun de los particulares; las tropas aspiran á desjíojar al país para cobrar de una vez la soldada que el gobierno les da en pequeñas raciones; los reyezuelos quieren fundar cada uno su dinastía independiente y descargarla del vasallaje; los consejeros, los uagangas, los pedagogos, husmean de dónde sopla el ^dento, para volver las espaldas al que manda hoy y ponerse del lado del que mandará mañana; los ciudadanos se dedican á expoliarse mutuamente, coafiados en hallar amparo presente ó futuro ]3ara la conservación de los bienes de procedencia turbia. El estratégico de Misúa, el dentudo Menú, es un tipo caractei'istico de la época: con el cabezudo Quiganza fué consejero y se enriqueció; con el fogoso Viaco fué consejero y dobló su fortuna; muerto Yiaco, fué jefe del partido de Mujanda, y se redondeó con los despojos de los siervos que hizo decapitar; con el débil Mujanda continuó de consejero, y se dispuso á seguir acumulando, insaciable, cuanto cayera entre sus garras En situación semejante no había más recurso eficaz que calmar los apetitos, y para esto faltaban los medios materiales. Entonces tuve yo una idea, que llamaré genial. Me encerré solo en mi habitación con el paquete de rujus amarillos, con varios pedazos de plomo, con un cuchillo y con un -tarro de tinta verde, de la que se usa para escriir. En aquellos cuatro elementos estaba la rege- — 134 — neración nacional. Corté cuatro pedazos de plomo en placas redondas, que alisé por una de las caras, j grabé con la punta del cuchillo diversas figuras: ' una hermosa vaca, cuyas ubres llegaban al suelo; una cabrita con cuernos muy retorcidos; un cebú mocho con su enorme giba en la cruz; una cebra primorosamente listada. Luego unté los grabados con la tinta verde, y los estampé sobre las pieles, cuidando de aprovechar el espacio; y cuando se secó la estampación, los recorté en redondo con el cuchillo y los fui colocando unos sobre otros en cuatro montones, para prensarlos y desarrugarlos. En el primer día hice cien estampitas, veinticinco de cada serie, y quedé satisfecho de mi obra, que, sin ser un prodigio de arte, debía parecerlo á quienes yo las destinaba. Faltábame ahora un detalle importante; lanzar este papel moneda á la circulación. Para ello redacté un edicto breve y claro, del que, por su importancia, doy aquí la copia: «A los hijos de Maya. — Un motivo de la furia de Rubango es la marcha de los animales por las sendas; así veis que los destruye con los rayos del sol, con las aguas de los ríos, con los ataques de las fieras. En el reino de Rubango los ganados se conservan en las cuadras y en las colinas. Cuando Rubango quiere enviar vacas, envía pequeños rujus amarillos en los que su mirada crea vacas. Un ruju es una vaca, una cabra ó lo que Rubango desea. Sus reyezuelos dan una vaca al que tiene un ruju con una vaca de Rubango. Arimi ha venido de las mansiones de Rubango y tiene la mirada de Rubango; Arimi crea vacas y cabras y toda — 135 — clase de ganados. Los reyezuelos de Maya harán como los de Eubango. — Mujanda.»

Después de leer este edicto, que hice circular por todo el país, los mayas debieron quedar sumidos en la mayor confusión; la idea sin el hecho visible, es para ellos un arcano. Pero bien pronto llegó el hecho, ün pastor de la corte iba á Misúa á vender cinco cabras, y se presentó en el palacio real. Yo estaba allí; le hice dejar las cinco cabras y le di en cambio cinco rujus, que él mii*aba con ojos de asombro. Marchóse á Misúa, y el ])acífico reyezuelo Mtata, muy adicto á Mujanda, de quien temía un fuerte castigo, á la vista de los rujus entregó al pastor cinco cabras, al parecer más gordas que las que en Maya quedaron. Este pastor fué el primer agente de propaganda. Bien pronto se comentó el hecho en la corte y en Misúa, y todo el mundo deseaba ver los milagrosos rujus, cuya fabricación proseguía yo sin descanso previendo los acontecimientos. En un mes se hicieron diez transacciones como la primera con distintas localidades, y ni uno de los rujus que salían fué devuelto al cambio, porque los reyezuelos, por regla general bien acomodados, encontraban preferible conservar aquellas figuras que parecían vivas, creadas en perganiino regio por la mirada de Rubango ó de su ministro. No tardaron en llegar peticiones de rujus, mediante la entrega de ganados, que los establos de Mujanda eran pequeños para contener. La confianza se engendró en poco tiempo, y otro hecho palpable acabó de cimentarla. Lisu, el de los espantados ojos, reyezuelo de Mbúa, vino el día de costumbre — 136 — á entregar el impuesto, y mientras los demás reyezuelos mandaban trigo ó cabezas de ganado, él, 2)or indicación mía, se limitó á contar cierto número de rujus. El pago fué válido, y además Mujanda, á la vista del pueblo, le obsequió con un bonito puñal. Esto puso el sello á la reputación de los rujus, y no hubo maya que no trabajase por alcanzar siquiera uno de cada clase, convencido de que en un rujo se poseía un amuleto de Eubango, y además, en caso prej^iso, un animal como el que se liabía entregado, en caso desque no fuera más gordo. Lejos de tropezar en el peligro que yo creí, tropezaba en el opuesto, en la exageración de la confianza, en el deseo de convertir todas las riquezas en papel. Esta exageración me proporcionó un conflicto con el imprevisor Mujanda, que, á gobernar á su gusto, hubiera liquidado en pocos días el reino.

El quería que jamás faltasen rujus dispuestos para el cambio, y se irritaba cuando alguien exigía 1^ devolución del ganado. Así es que el día del pago de Lisu, habiéndole yo dado instrucciones para que recibiera los rujus é hiciera el regalo del puñalito, que era mío, se resistió á obedecerme. Él comprendía la primera parte de la operación, la de recoger el ganado; pero no la segunda, la de entregarlo. ¿Qué ventaja había en recibir, si después existía la obligación de devolver, si era nejcesario conservar tantas cabezas de ganado como rujus expedidos, para darlas á sus dueños cuando éstos lo desearan? Esto era un trabajo inútil. Pero entonces le expliqué yo cómo, si existía la seguridad de que en cualquier momento los establos — 137 — reales poseían ganados para cambiar los rujus, la mayoría, sea por confianza, sea por el gusto de poseer las estampitas, sea por la comodidad para transportar sus bienes de nn punto á otro sin molestar á Rubango, dejarían en paz los establos mientras no les precisara, y siempre tendríamos una gran cantidad de animales que no nos pertenecían. «Los rujus no multiplican el ganado, pero, permiten que éste tenga dos dueños: uno, el que posee el ruju; otro, el que posee el animal; el que tiene un rujil con figura de vaca, es el dueño de ■una vaca; pero la vaca la tenemos nosotros, disponemos de ella, nos bebemos la leche y nos quedamos con las crías.))

Este líltimo ejemplo fué el que iluminó al imbécil Mujanda; su [inteligencia era obscura, pero, una vez que atrapaba una idea, la percibía con gran penetración. Su aire de torpeza se desvaneció de improviso, y cuando el caso de la vaca le hizo comprender la parte jugosa del cambio de los rujus, estiró la boca hasta las orejas para reírse de una manera que, si en Maya hubiese diablos, podría llamarse diabólica.

CAPÍTULO X Pacificación del país y abolición de la servidumbre. — Invasión y establecimiento de los uamyeras y de los accas. — Continúan las emisiones de valores fiduciarios. ^ Gracias á mi ingenio y al candor de los súbditos de Miijanda bien pronto me hallé en disposición de resolver la crisis por que atravesaba el país,. y de trabajar por la felicidad de aquellos hombres que, no obstante la diferencia de color, yo consideraba como mis hermanos. No eran tampoco mis móviles exclusivamente humanitarios, pues sentía una noble curiosidad científica, un vivo deseo de hacer ensayos y experimentos sobre esta nación, para deducir principios generales de arte político. En estas sociedades primitivas, los órganos están más desligados y las funciones se presentan de una manera más descarnada, permitiendo á un mediano observador descubrir ciertas leyes de carácter elemental, base de toda la estática y la dinámica políticas.

Mis primeros esfuerzos se encaminaron á restablecer la disciplina militar de los destacamentos del Noreste, que se habían negado á proclamar á Mujanda. Esta proclamación no tenía para ellos ningún interés, porque las raciones las recibían — 140 — directamente de las ciudades próximas, y éstas no dejaban de entregarlas con puntualidad. Yo dispuse que todas las ciudades, sin distinción, juagaran el impuesto al rey, y que éste entregara de sus fondos las soldadas. Tal sistema hubiera sido muy penoso cuando los jmgos se hacían en especies, y parecería además inútil enviar los cargamentos á la corte para reenviarlos desde la corte á la, frontera; pero con auxilio de los rujiis era " sencillísimo, y ofrecía la ventaja de permitir á los ruandas la compra diaria de sus provisiones. Sin embargo, la medida produjo gran descontento en las ciudades y en los cuarteles; en las ciudades se temía que, si el rey se olvidaba de pagar a tiempo ■ oportuno, se amotinaran las troj^as y saquearan las haciendas particulares; en los cuarteles se re-. chazaba esta intervención desusada de la autoridad real, y se manifestaba un desconocimiento absoluto del mecanismo de la compraventa. Hubo varias asonadas militares, y cinco destacamentos, el de ünya, el de üquindu, el de Mpizi, el de Urimi y el de Viti, puestos de acuerdo y dirigidos por el jefe de este último, el guerrerazo Quizigué, de quien no había yo encontrado aún el medio de deshacerme, se declararon en abierta rebeldía é intentaron apoderarse de Maya. Las ciudades de la orilla izquierda del río nos enviaron refuerzos, é iba á comenzar la guerra; pero antes acudí á un.hábil recurso, que hizo inútiles los procedimientos de fuerza y evitó la siempre dolorosa efusión de sangre. Publiqué, firmado por Mujanda, un edicto ^anunciando que si las tropas sublevadas volvían á sus cuarteles no sufrirían ningún castigo, y que — Ul — en adelante se doblaría la ración á todo el ejército, pnes ésta, y no otra, era la idea del rey al tomar á su cargo el abono de los salarios. La obediencia fué inmediata, y para mayor garantía y demostración;de nuestras promesas se hizo una entrega anticipada.

Este ejemplo decidió á los reyezuelos remisos en el cumplimiento de sus deberes á acatar al nuevo rey, quien para ganarles más la voluntad les perdonó los atrasos, y como término feliz de la pacificación acordó la condonación de un mes de impuesto á todas las ciudades. Siempre alabaré el ¡patriotismo de todas las clases de este país, y el espíritu de sumisión de que dieron repetidos ejemplos en época tan azarosa. Bien es verdad que si de un modo rudo y grosero se hubiese exigido á cada uno de los ciudadanos la entrega de una parte de sus bienes, acaso la solución de la crisis se realizara más lenta y difícilmente; pero en tal caso la responsabilidad sería del gobernante inhábil, que no había sabido revestir sus medidas de esa forma suave y poética que tanto agrada á la imaginación popular. Aun la conducta de las tropas, que parecerá un tanto interesada, la encontré digna de aplauso, porque revelaba un gran amor al orden y á la estabilidad. Hay organismos que aspiran á cambiar de postura con demasiada frecuencia, y que son un germen de continuos trastornos; hay otros más sensatos, que sólo cambian para mejorar, y á ellos pertenece el ejército ruanda; por esto no ace^ítaron la innovación en el sistema de pagos hasta que vieron que les producía algún beneficio.

— 142 — Este levantamiento militar, tan noblemente ahogado por sus mismos iniciadores, fué motivo de un suceso feliz", de un hecho que formará época en la historia nacional. Apenas quedaron libres las fronteras de los distritos de Urimi y Mpizi, comenzaron á invadir el país numerosas tribus de aspecto misérrimo, hambrientas, desnudas y fatigadas por largas marchas al través de los bosques. Los reyezuelos reclamaron auxilio para expulsarlas, y los sublevados se disponían á enviar fuerzas para destruirlas. Pero, realizada la sumisión de los rebeldes, yo me dirigí á los parajes invadidos so pretexto de combatir personalmente á los intrusos y con ánimo de entablar negociaciones. Procedían estas tribus de los bosques del Norte de Maya, y quizás algunas venían desde las forestas del alto Congo, y desde los bordes del ^Aruvimi, hostigadas por los tratantes árabes que dominan toda esa vasta región; sus tipos eran muy diversos, pero la diferencia principal estaba entredós, que representaban, sin ningún género de duda, dos razas muy distintas: una muy semejante á los puros indígenas mayas, habitantes del bosque, y otra de estatura más pequeña y de rasgos muy análogos á los de la raza acca, al Norte del Aruvimi. Sin embargo, los exploradores han exagerado estos rasgos, puesto que los accas no son, ni con mucho, liliputienses; su talla es como dos tercios de la de un hombre ordinario; su color es moreno verdoso, como el de todas las tribus que viven á la sombra; su inteligencia es viva, y su agilidad extraordinaria. Según me dió á entender uno de los jefes (rúes su idioma me — 143 — era desconocido) venían en són de paz, buscando refugio contra las persecuciones de unos hombres de tipo extraño que habían llegado por Oriente.

Yo persuadí á Mujanda para que les permitiera establecerse, ya que nuestro reino era muy extenso y el número de los invasores no tan grande que los hiciera temibles; cuanto mayor fuera el número de sus súbditos, mayores serían sus ganancias, y en las ciudades nada tendrían que padecer por la vecindad de estas gentes pacíficas. Así, pues, fué acordado admitirlos, y yo, por mi parte, les anuncié que avisaran á sus congéneres que aun quedaban en el exterior antes que se cerrara la frontera. En menos de dos meses penetraron en el país más de sesenta mil personas, esto es, una cuarta parte de la población que yo calculaba en todo el reino. Esta gran masa humana fué distribuida en cinco grupos: uno formado por los accas, en número de diez mil, quedó cerca de Maya, sostenido á nuestras expensas; de los cuatro restantes, de raza común, á los que el pueblo llamó uamyeras, «hombres del río3>, uno se estableció al Norte, entre Viti y Mpizi, y los otros tl*es al Sur, entre Tondo y Ñera, todos en el bosque. Según el convenio hecho, recibieron algunas provisiones y reyezuelos de nuestra nación; los 'res hijos mayores del listísimo Sungo, y el único hijo sobreviviente del cabezudo Quiganza, fueron favorecidos con estos cargos.

Respecto de los accas, un plan más vasto había ..surgido en mi mente. Era para mí incuestionable que una restauración no podía ser perfecta mientras no se aceptase algo de lo que se había hecho — 14é — durante el período de gobierno ilegítimo. Gobernar es transigir, y yo buscaba con afán las personas ó el partido con quien pudiera acordarse una honrosa transacción. En la cuestión del reparto territorial no era posible transigir, porque los mismos reformadores habían tolerado que quedara sin efecto, y ahora, con la presencia de los nuevos colonos, la división sería más difícil, por no decir de todo punto irrealizable; la cuestión religiosa era muy dada á conflictos, y además Yiaco la había retrotraído á su antigua pureza con aplauso general. Realmente, este extremo lo consideraba yo perfecto, y nada necesitado de mejoras ni de componendas; una religión que afirma la existencia de un sér superior ó supraterreno, fuente de bienes y de esperanzas, y de un sér inferior ó subterráneo, fuente de males y de terrores, es una religión completa, especialmente si cuenta, como la de los mayas, con ritos externos, que proporcionan de vez en cuando alguna expansión á los espíritus y algún reposo á los cuerpos.

Por tanto, no quedaban más que dos puntos de transacción. El primero, reconocer que Urimi, la ciudad sin caminos, había tenido algún fundamento para asociarse á Yiaco y permitir, como así se hizo, que continuara usando las sendas abiertas sin autorización, cuando el régimen en si fué abandonado. El segundo, y más importante, conceder la libertad á los siervos. La mayoría de éstos había entrado de nuevo en la servidumbre con aparente satisfacción; mas era de temer que bajo esta falsa apariencia se ocultase un juego peligroso. Los destacamentos sublevados entregaron — 145 — al hacer la paz cinco siervos incendiarios, entre los cuales se contaba el dormilón Viami, únicos que habían podido escapar á la furia del dentudo Menú. Estos cinco siervos representaban, á mi juicio, una minoría vencida, siempre digna de respeto, y con ella me entendí para hacer la tan deseada transacción.

Se acordó que los cinco siervos, con sus familias, fundasen una nueva ciudad, que llevaría el nombre de Lopo, entre Unya y Maya, en la orilla derecha del Myera. Estos siervos, y los que se fueren agregando, recibirían como presente una familia acca, y los dueños de los siervos que reclamaran su libertad recibirían igualmente dos familias enanas. De esta manera se abría una puerta para que la liberación se fuese poco á poco reaKzandOj sin perjuicio de nadie, hasta llegar á la completa abolición de una costumbre ofensiva para el decoro del hombre. En cuanto á los enanos, su integres manifiesto estaba en no morir de hambre, y se conformarían con la servidumbre hallándose en un país de hombres más altos, más fuertes y mayores en número, y desconociendo la lengua que se les hablaba. Ün año tardé en invertirlos á tor dos: á cada reyezuelo le fueron enviadas cincuenta parejas, y á los que gobernaban ciudades á cielo descubierto, cincuenta más para los trabajos agrícolas; y era tal la fecundidad de las mujercillas accas, que en cinco años se había duplicado el número de los nuevos siervos. Yo tomé á mi servicio cuatro reyes y cuatro reinas, y en ese período de tiempo aumentaron su familia con veinticuatro príncipes. - Entretanto, los uamyeras se propagaban también muy rápidamente y fundaban cuatro grandes ciudades, que se llamaron: la del Norte, Bangola, y las del Sur, Bacuru, Matusi y Muvu.

La ciudad libre de Lopo se desarrolló con más lentitud, porque los antiguos siervos no llevaban de ordinario más que una esposa; casi todos se proveyeron de mujeres enanas para acrecentar su familia, pero el cruce de razas no fué muy feliz. La fundación de esta ciudad proporcionó á Mujan da una inesperada ventaja, pues, aparte de la no pequeña de separar de Maya y de otras ciudades elementos pei-turbadores, los libertos nos descargaron del peso del dentudo Menú. Este^ creyendo que en Lopo podría continuar explotando á los siervos, que afluían en gran número, más que por su voluntad porque sus dueños los despedían para recibir en cambio las dos familias enanas ofrecidas, solicitó ser nombrado reyezuelo, y á los pocos días de su llegada fué asesinado, no se supo por quién, á la puei-ta de su palacio. El listísimo Sungo fué á sustituirle y á restablecer el orden; y Mujanda, nada torpe en esta ocasión, confiscó en provecho propio las grandes riquezas de Menú, sin exclusión de su familia.

Aun no había cumplido el nuevo rey un precepto tradicional en este país, la visita á todas las ciudades y cuarteles del reino, después que ha tenido lugar la proclamación y el recibimiento en la corte. Mujanda estaba deseoso de cumplir este grato deber; porque, insaciable de riquezas, soñaba con los regalos que recogería en su excursión; el pueblo pedía con insistencia que la visita se reali- — 147 — zara, porque existe la superstición de que el subdito que muere sin ver á su rey es muy mal recibido en las mansiones de Rubango. A esto se agregaba el miedo de que el mal recibimiento fuese todavía peor por haber aceptado un rey ilegítimo. Muchos se vanagloriaban de no haber visto á Viaco, y algunos decían verdad: los que conservan la pureza de las tradiciones son en este país tan exagerados en materia de legitimidad real, que la presencia sola de un rey usurpador les turba y learhace llorar; mientras que la contemplación de un rey legítimo les inunda de placer y les hace llorar asimismo, pero de alegría. Después de muchas prórrogas, fundadas en mis planes secretos, aconsejé por fin á Mujanda que hiciera la visita, quedándome yo en la corte al frente del gobierno y dándole instrucciones precisas sobre lo que debía hacer.