SigPhi · Angel Ganivet

Los trabajos del infatigable creador Pio Cid, Tomo I

Spanish

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— 271 — indiferentes, que ven las cosas como son, y el otro es el amante que descubre el sér espiritual, íntimo, del modelo artísticamente amado. Y como hay quien ama poco y quien ama mucho, hay pequeños y grandes artistas; y en el origen del arte humano, en la formación del alma creadora del hombre, hay eternamente una revulsión del amor natural, sin la que este amor no se remontaría á la contemplación pura de los seres. Un carácter débil no soporta las penas de amor, y cae en el odio, en la venganza y en mil bajas pasiones, y desea la destrucción y aniquilamiento de cuanto existe; un carácter enérgico reacciona y pasa fácilmente del odio momentáneo, engendrado por el despecho amoroso, á un amor más noble que el que primeramente tuvo. Este amor será menos vivo, pero es más hondo y más creador; y, ajustadas bien las cuentas, si bueno es el uno, mejor es el otro. Ya le decía yo á usted que el poeta errante de su serenata estaba á dos pasos de ser ridículo, como lo son los enamorados á quienes se da con la puerta en las narices; pero que también estaba muy cerca de ser sublime, como lo son los enamorados que saben volar por las alturas celestes y reírse desde allá de la amada desagradecida y del afortunado rival, si le hubiere. Conque ánimo, cazador sin ventura; cúrese usted la herida que lleva por dentro, y recoja con amor la sangre que de ella gotee, que esa sangre es néctar poético, digno de que lo saboreen los mismos dioses del Olimpo.

— No se burle usted, amigo Cid— dijo Gandaria, exasperado ante la insistencia cruel con que — 272 — Pío Cid le ponía el dedo en la llaga. — Si fuéramos á cuentas, quizás esté usted más herido que yo; porque yo no he hecho hasta ahora nada de particular; pero usted ha creado mucho más que yo, y, según su teoría, debe haber sufrido grandes contrariedades amorosas. Y, aun ahora mismo, ¿quién sabe si por medio habrá alguna pasioncilla contrariada? Algo podría yo decir, pues aunque no soy ningún gran observador, no soy ciego del todo — -Eso lo dice usted por tomar el desquite — interrumpió Pío Cid, — porque quizás cree usted que yo le he llamado cazador con ánimo de burlarme del grave accidente que le ocurrió en su excursión al bosque de los cuervos.

— No es esa mi idea — replicó Gandaria, — es más bien curiosidad que he sentido por saber si en efecto todos los poetas comienzan por ser amantes desdeñados — Pero aunque yo fuera un verdadero poeta — replicó Pío Cid, — habría que retroceder muchos años para investigar mis comienzos.

— También se refrescan las heridas — insistió Gandaria, — y así como apostaría algo á que su juventud ha sido borrascosa, estoy por pensar que ahora mismo está usted corriendo un temporal muy duro. Usted arde más ligero que la estopa cuando le sopla el diablo del amor, y sin salir de esta casa, tiene usted aquí una colección de bellísimos diablos No hablo en mal sentido — añadió Gandaria corrigiéndose, temeroso de haber ido demasiado lejos. — Usted es casado, y ha de observar, naturalmente, sus deberes de jefe de familia.- — 273 - Quiero decir que por esto mismo, si le gustara^ alguna además de la suya, tendría que — En ese punto va usted descaminado — dijo Pío Cid riendo. — Mi combustibilidad amorosa es sólo espiritual, y no hay peligro de que yo, á estas alturas, me enamore. Las primitas son para mí más bien hermanas ó hijas — Usted lo cree así — interrumpió Gandaria; — pero ¿y si usted mismo se equivoca? No digo yo. que sea usted un amante desdeñado, ni mucho menos; al contrario, ¿quién sabe si es usted correspondido con exceso? Sólo que usted es un hombre de honor, que sabe respetar á las mujeres, y por respetarlas, quizás sufra tanto como si recibiera crueles desdenes. En fin, yo soy un torpe, un majadero, que no debía meterme en lo que no me incumbe; perdone usted mi indiscreción.

— No es indiscreción — dijo Pío Cid — hablar con franqueza, cuando yo mismo le he dado el ejemplo. A veces una observación oportuna nos da á conocer nuestros propios sentimientos, y bien pudiera usted ponerme sobre aviso contra mí propio diciéndome qué ha notado en mí que le autorice para pensar como piensa, puesto que yo tengo ahora la primera noticia — No es nada, es una tontería de mi parte — dijo Gandaria; — había creído notar en usted cierta sospechosa predilección por Candelita — Es verdad — asintió Pío Cid; — pero Se oyó un grito agudo, y al mismo tiempo un golpe como de un cuerpo que cae desplomado. Pío Cid y Gandaria se levantaron llenos de sobresalto y miraron hacia la puerta clavada que había deis trás del sofá, y que en otro tiempo debió servir para comunicar la sala con la habitación de al lado, que era dormitorio y despacho de Pío Cid. Este pensó sin vacilación lo que había ocurrido: que Martina había estado escuchando y había oído la revelación de Gandaria, que, aunque infundada, venía á corroborar las sospechas que ella abrigaba, puesto que más de una vez se había lamentado con su marido, insinuando vagamente los oelos que de su prima tenía. Pío Cid acudió prestamente á socorrer á Martina, á la que, al abrir la puerta de su cuarto, vió tendida, cuan larga era, sobre el desnudo pavimento. Gandaria, que había seguido detrás, miraba con ojos espantados; y no sabiendo qué hacer ni qué decir, se despidió atropelladamente luego que Pío Cid, cogiendo en brazos á Martina y sentándola en una silla apoyada contra la mesa de escribir, dijo con tono muy tranquilo: — Esto no es nada. Pronto pasará Después que Gandaria se marchó. Pío Cid cerró por dentro la puerta, tendió á Martina sobre la cama, le roció el rostro con agua, y se puso á pasear, esperando que pasase aquel ligero desmayo, sin necesidad de mover en la casa un levantamiento. No tardó mucho en volver en sí Martina, que, más que desvanecimiento, lo que sufría era un ataque de furor reconcentrado por el silencio que se vería obligada á guardar, no obstante los motivos de queja que tenía ó creía tener desde que Pío Cid entró en la casa; y aprovechando la oportunidad de su desmayo para desahogarse, se incorporó en el lecho y, se alisó los enmarañados cabellos,,.

— 275 — mientras pensaba el modo de iniciar el combate. Como mujer que era, y mujer muy femenina, sn rencor no iba contra Pío Cid, que ella creía verdaderamente culpable, sino contra Candelita, que, aunque fuera inocente, había cometido el delito de agradar y de ser amada, el mayor que á los ojos de una mujer enamorada puede cometer otra mujer. Sin embargo, no acertó á decir nada contra su prima, y hallando más á mano á Gandaria, enristró con él y comenzó con el siguiente ex abrupto: — ¿Se ha ido ya ese gomoso? Bien sabe Dios que tengo atravesado al tipo ese y á toda su familia. No sé á qué vienen esas conferencias ni esos tapujos; parece que vais á descubrir un nuevo mundo Lo que descubra el idiota ese Bien podía untarse algo para echar barba, y no que parece un chivo afeitado. Venir á sacar á las personas de sus casillas para yo no sé para qué Es decir, lo sé de sobra — añadió echando los pies hacia el borde de la cama como si fuera á apearse. — Sé que hoy las mujeres no tienen vergüenza, y que en cuanto ven á nn hombre no guardan respetos á nadie; de seguro que te han echado el ojo para la hermana del necio ese. La joven parece una espátula; pero hay dinero y aparato Te haces el distraído; no me contestas — prosiguió con calma fingida. — ¿Qué me has de contestar, si llevo la razón? Tú eres el que no quiere nada y el que no pretende nada, y en cuanto has visto dos dedos de luz, allá vas ciego á encaramarte ó á que te encáramen, aunque tengas que perder hasta la dignidad Todos sois lo mismo, hipócritas; esto es lo que sois — 276 — los hombres...Y querer engañarme á mí como á una criatura recién nacida <rYoy á casa de esos amigos (imitando la voz de Pío Cid), á hablar un poco en inglés...D Así se les secara la lengua á todos los embusteros De fijo que ya sabrán que yo no soy tu mujer Esas cosas se saben en seguida, y si no lo sabían, lo habrás dicho tú ¿Por qué, si no, te invitan á ti, y los demás somos un cero á la izquierda? Es que un hombre es siempre un sér privilegiado que es bien recibido en todas partes, aunque sea un canalla, mientras que á las mujeres no se nos perdona la falta más mínima. Tú eres más cuco que pareces: cuco no, egoísta es lo que eres, y por eso todo lo arreglas á tu conveniencia. ¿Qué tengamos con que no quieras nada tuyo, con que lo des todo, si esto lo haces por no molestarte? ¡Eso no tiene gracia! Y además, yo quisiera verte en ciertos lugares Al fin y al cabo, tú no has sido nunca nada, y si llegara la ocasión de que fueras algo, veríamos No veríamos, hemos visto ya — exclamó con nuevo furor. — Si apenas ha hablado cuatro palabras con una medio señorita, ya le hemos tenido haciéndose cruces ó poco menos Y todo porque la joven se da la importancia de una aristócrata, como si yo no fuera más noble que todos los nobles de España juntos, como consta en los papeles que algún día te meteré por los ojos para que los veas bien, ¡Venirme con ñato aristocrático á mí, que á orgullo no me gana nadie cuando quiero tenerlo! Y el día que vimos á la carilacia esa, de amazona, que nos la enseñaste como si no supiéramos lo que es tener caballos Pues si hubieras tú visto el — 277 — potrero de mi abnela, cuando teníamos el ingenio, te asustas. En el fondo, lo que tú tienes es ignorancia por no haber salido nunca de tus cuatro paredes; así es que todo te sorprende, y aunque quieras aparentar gran conocimiento del mundo, eres un babieca. Hombre, para lo único que tienes talento es para engañar y para manejar las personas á tu gusto. No sé como te las compones, que siempre te sales con la tuya; sin embargo (con tono amenazador) tú no conoces aún á Martina de Gomara; ¿qué me has de conocer? Tú has creído que yo soy una muñeca, con la que se puede jugar; pero eso ha sido porque yo me he hecho la tonta, por no meter la guerra en la casa. ¡No creas que la cosa va á durar, no! ¿Para qué sirve sacrificarse? Para que todo el mundo abuse cada día más. Yo he callado hasta hoy; pero ya esto acabó, vaya si acabó. No te hagas el distraído, ni pasees más, que me mareas; atiéndeme y contéstame, que no soy ningún perro, y dime si tú crees seriamente que esto va á seguir así.

— Esto, ¿qué es? — preguntó Pío Cid sin alterarse.

— Esto es esto — pronunció Martina con violencia,— de sobra lo sabes. Yo no vivo más así. Yo no tengo necesidad de que nadie me señale con el dedo. Vamos á ver, ¿son mis primas de mejor condición que yo?...Pues entonces, ¿por qué te parece muy bien que Paca se case y que yo sola sea la que haga el Cristo? Si eres tan enemigo del matrimonio, cuando Pablito ha hablado de casarse has debido decirle que las ceremonias no sirven más que para perder tiempo, y gastar dinero; pero — 278 — no, señor, no sólo no has dicho eso, sino que yo estoy convencida de que si Pablito no se casara le pondrías en lo ancho de la calle. Aquí tú solo tienes el privilegio de divertirte con la sociedad — Pablito — interrumpió Pío Cid — es un buen muchacho, pero no sabe dónde está de pies, y hay que casarle dos ó tres veces, si es posible, para que se entere de que es casado y para que sepa, viendo lo que hacen otros matrimonios, lo que él ha de hacer. ¿Qué culpa tengo yo de que la mayor parte de los hombres sean como las mercancías que van de un punto á otro, que para que lleguen á su destino hay que pegarles una etiqueta? Yo, malo ó bueno, me tengo por hombre, y no tolero que me facture nadie. Tá eres mi mujer, ya te lo he dicho, y no hay que repetirlo más. Si la sociedad se incomoda, con no hacerle caso estamos listos.

— ¡Bien! — prosiguió Martina; — pero aunque yo no le dé importancia á la sociedad porque la desprecio, dime, ¿qué salgo ganando con vivir como vivo? Yo soy aquí una de tantas; ni más ni menos que mis primas. Yo he oído siempre decir que el casado casa quiere, y puesto que tú me consideras como tu mujer, quiero ser dueña de mi casa y no estar á las órdenes de nadie. Aquí las amas son la mamá y la tía, ó, mejor dicho, el ama es mi tía, porque mi madre es una mujer sin disposición. Yo no soy nadie, ni dispongo de nada; estoy aquí como estaba antes de conocerte, quizás peor; ¿crees tú, repito, que esto va á continuar?

— Sí lo creo — afirmó rotundamente Pío Cid.

— 279 — — ¿Lo crees? — gritó Martina, saltando al suelo como si le hubieran tocado á un resorte.

— Sí — repitió Pío Cid con sequedad.

— I Hola, amiguito; parece que tocan donde duele! — exclamó Martina poniéndose delante de Pío Cid. — Ya sé que yo para ti soy poco, casi nada. Y no me importa, porque tú para mí eres menos que un guiñapo. ¿Quién te va á querer á ti, cuando no sabes siquiera lo que es una mujer, ni las consideraciones que deben guardársele? Me has visto tirada en el suelo y me has recogido como se recoge un vestido que se cae, y no se te ha ocurrido darme nada Quizás deseabas que me muriera de una vez No sabes tratar á una mujer delicada, no sabes. Otro hombre, conociendo el estado en que me encuentro, se hubiera enternecido, pero tú no me quieres á mí, ni quieres á nadie, y, si por desgracia, tienes un hijo, no le querrás tampoco, porque no tienes corazón ¡Ah! Ya te lo decía yo la primera noche que te conocí: ¡antes me hubiera muerto mil veces! Ya te lo decía: tú tienes algo bueno, pero mucho, muchísimo malo, un alma cruel como la de una pantera Eres un lobo disfrazado de cordero ¡Qué desgracia la mía! — añadió, sentándose en una silla y echándose á llorar.

— Si yo te tratara con blandura — dijo Pío Cid — á las veinticuatro horas habrías echado de la casa hasta á tu madre, y á las cuarenta y ocho me habrías pegado á mí. Y lo de que me pegaras es lo que menos me importa.

— ¡Querrás decir — gritó Martina levantándose — que yo soy aquí la mala!

' —Eres más egoísta que yo — contestó Pío Cid, — porque tú no entiendes el amor sin el exclusivismo, y te interesaría más hacer ver que eres el ama de la casa que conservar el afecto de tu familia.

— Y ¿qué te importa á ti mi familia? — preguntó Martina, reanudando la catilinaria. — Tú te has casado conmigo sola, y yo quiero ser sola, como lo son todas las mujeres que se casan. Si tú tienes otras ideas, podías irte á la Morería, y allí vivir á tus anchas con cuatro ó con cuarenta mujeres; pero aquí estamos en España, y yo no tolero que me engañes.

— ¿Qué te importa si no me quieres? — interrumpió Pío Cid.

— No es por amor ni por celos por lo que te lo digo — contestó Martina, — es por orgullo. Es porque me considero demasiado grande para que un tipo como tú me ponga la ceniza en la frente. ¡Por amor iba á ser! — añadió con tono compasivo. — ¡Pobre infelice! A puntapiés tendría yo, si quisiera, hombres qne valen más que tú. Tú eres un Don Nadie, lleno de pretensiones; y si se te puede mirar ahora á la cara, es porque yo me he tomado la molestia de ponerte decente ¡Cuando pienso — ■ rugió de repente, amenazando á Pío Cid — que algunas veces hasta te he cortado el pelo y te he arreglado la barba, para que luego fueras á presumir por ahí con otras que no son dignas ni de lavar la ropa que yo ensucio I Para eso sirvo yo, para criada tuya, como si tú fueras alguien. Así te has crecido tanto, que hasta te consideras con derecho n burlarte de mí, sin siquiera darme explicaciones cuando te hablo. ¡Si supieras el odio que me estás — 281 — metiendo en el alma, quizás no te reirías, porque ahora mismo me están dando ideas de clavarte un. Cuchillo en el corazónl — ¿No dices que no tengo corazón? — pregunta Pío Cid sonriendo.

— ¡No le tienes, nol — gritó Martina.

— Si así fuera — continuó Pío Cid, — me daría por muy contento, porque el corazón es un estorbo en la vida. Tú tienes un gran corazón y amas con el corazón y eres una calamidad, y lo serias mucho mayor si te dieran rienda suelta. Yo debo también tener corazón á juzgar por los muchos disparates que he cometido y cometo. Y si á pesar de todos los pesares nos entendemos nosotros dos, es por el corazón, porque nuestras ideas son casi opuestas. Yo te juro solemnemente que cuando me has insultado he permanecido en silencio, no por indiferencia, sino por escuchar tus insultos, que los sabes decir con mucha gracia y expresión. Ofenderme no me ofenden, porque lo dices sin motivo. Tus celos — Yo no tengo celos — interrumpió Martina; — ¡qué más quisieras tú!

— Bueno; tu amor propio, ó lo que sea — prosiguió Pío Cid, — anda viendo visiones. Yo soy muy franco, y si algún día te engañara te lo diría, precisamente para que no hubiera engaño, porque á mí no me gusta engañar á nadie. Yive, pues, tranquila y no des importancia á las necedades que á cualquiera se le ocurra decir.

— No son necedades — dijo Martina en tono más tranquilo. — Yo he oído muy bien que tú has dir cho: Es verdad.

— A lo que te decía ese joven, de que tú tenías relaciones con — No inventes lo que no has oído — rectificó Pío Cid con tono ofendido. — Ese muchacho ha dicho que si yo tenía ó no tenía predilección por Cándelita, y yo habré contestado lo que es la verdad, que se la tengo por su talento. Mira tú, qui^ zás quiera más á Paca; á Cándelita la atiendo más porque me interesa que estudie y que adelante.

— Pero cuando los extraños lo notan — insistió Martina.

— Los extraños como tú, no distinguen entre el afecto puro y desinteresado y el que oculta ma^ las intenciones. No ven más que por fuera. Tú sabes que no llevas razón, y si tus quejas fueran sólo porque yo me preocupo por el porvenir de Cándelita, demostrarías ser envidiosa, y la envidia es un sentimiento que me dolería mucho ver en ti.

— Yo no tengo para qué envidiar á nadie — replicó vivamente Martina; — y si yo quisiera, podría saber tanto como ella; sólo que no he tenido nunca paciencia para estudiar. Y luego, que las mujeres lo que deben hacer es casarse y tener hijos muy bonitos; lo demás son tonterías.

— Comienzas á hablar como un oráculo — dijo Pío Cid, cogiendo una mano de Martina y estrechándosela con cariño. — Tú eres buena, aunque tu carácter es un poco violento. Si quieres darme gusto, no hablemos más de lo que hasta aquí hemos hablado. Queriendo ó sin querer, pronto voy — 283 — á emprender ese viaje; á la vuelta veremos el partido que hay que tomar.

— Nada que venga de la familia esa — dijo Martina mirando á Pío Cid con mejores ojos — me satisface á mí. No sé por qué, creo que la amistad que te demuestran es falsa; quizá el tiempo te abrirá los ojos. ¡Eramos tan felices cuando no venía nadie y tú no salías más que para ir á la oficina! Esas entradas y salidas de ahora, esos visiteos y convites, no me agradan. Si tú te guiaras por mí, puesto que tienes esos trabajos, que dices que te durarán más de dos años, debías dejar las lecciones y dejarte de política, y ni siquiera escribir para el periódico, ó por lo menos no tratarte con los periodistas, que son gente que me es poco simpática — Te advierto — dijo Pío Cid — que estamos encerrados no sé cuánto tiempo. Yo no sé cómo no nos han llamado ya. Quizá porque han oído tus gritos y no han querido meterse por medio. ¿Qué vas á decir si preguntan?

— ¿Yo? — preguntó á su vez Martina con cierta coquetería.

— Di — le contestó Pío Cid, acabando de arreglarle el cabello y pasándole la mano por la cara, en la que aun quedaban huellas del lloriqueo reciente,— di que te has incomodado conmigo porque no estás conforme con mi viaje.

— Y ¡no estoy conforme, no, señor! — chillé Martina, alzando el gallo de nuevo.

— No empecemos otra vez — dijo Pío Cid dirigiéndose á la puerta y desechando la llave, mientras Martina le preguntaba con interés: — 284 — . — Oye, cuando entraste á levantarme, ¿venías solo?

. — No, que vino detrás Adolfito; pero se fué en seguida, sin decir bueno ni malo.

— Y ¿cómo estaba mi vestido? ¿Se me habrá visto algo? — preguntó Martina, subiéndosele los colores á la cara.

— No se te veían más que las puntas de las zapatillas. Tienes talento hasta para desmayarte, y si te dedicaras al teatro serías una gran actriz — dijo Pío Cid saliendo de la habitación.

Martina le siguió, y ambos entraron en la sala sin que D.* Justa y las primitas, que allí estaban, hicieran ninguna pregunta, aunque en el aire se les conocía que habían oído algo y que no se daban cuenta exacta del motivo que hubiera para la gritería de Martina. «No será cosa mayor, pensarían, cuando tan pronto ha pasado la borrasca.»

Entretanto, el atortolado Gandaria sufría una terrible congoja, la mayor quizás que había pasado en su vida. Salió de casa de Pío Cid disparado y como loco, con el corazón oprimido, que parecía que se lo apretaba una mano muy fuerte. No acertaba á pensar, aunque concentraba la atención para recuperar la conciencia de sí mismo; ni siquiera veía por dónde andaba, aunque no andaba, sino que corría sin tropezar con nada ni con nadie. Sin saber cómo se halló en Recoletos, cerca de la estatua de Colón, y allí se detuvo sin saber si debía seguir hacia su casa, que estaba en la calle de Génova, ó si volver atrás y meterse en algún sitio donde hubiera mucha gente, para aturdirse un poco. Lo primero que se le vino claramente al — 285 — pensamiento fué la última estrofa de Él cazador herido, j lo que más le extrañaba era que aquellos versos que él había escrito sin emocionarse, ahora le daban escalofríos y aun le parecían poco fuertes para expresar el dolor amarguísimo que le traspasaba de parte á parte como un finísimo florete: aunque no se ve mi herida, traigo la muerte en el pecho.

— No es que traiga la muerte — pensaba, — es que estoy muerto ya, porque parece que me han despegado la cabeza de los hombros y que yo no soy yo, sino un autómata.

Y en aquel instante, por una inconsecuencia muy propia de un poeta, que es lo que él comenzaba á ser sinceramente, se le ocurrió dar forma á su nuevo dolor en unos tercetos que comenzó á componer á la ventura: ¡Aun resuena en mi alma el grito agudo que ella lanzó cayendo desplomada; y aun veo de su rostro el dolor mudo Mientras recitaba estos versos sin hablar, pero con involuntarias gesticulaciones, llegaba á la calle de Génova, buscando inconscientemente un refugio donde ocultarse. Como ballena que al sentir el arpón en el cuerpo se sumerge en el mar, hasta que muerta sale flotando á la superficie, así el pobre Gandaria, herido por el arpón poético que Pío Cid tan diestramente le había clavado, iba á esconderse en su casa para arrancarse aquel sentimiento nuevo en su vida: el deseo de dar forma á un pesar tan hondo como el que sentía. No le bastaba — 286 — sufrir, tenía que exteriorizar el sufrimiento de una paanera artística y muy plástica, porque así le parecía que lo tenía delante de los ojos y que no sufría tanto como teniéndolo escondido dentro del ^echo. Y era tal su impaciencia, que por la calle seguía componiendo y recitando en voz baja, y que después de repetir varias veces el primer terceto, pasó al segundo: La vi en el frío suelo desmayada, y no pude en mis brazos darle aliento, ni dar luz, con mi amor, á su mirada, Y después de repetirlo y de una breve pausa en busca de los consonantes, que parecían sordos al llamamiento del acongojado vate, prosiguió: De amor y de dolor fué su lamento; pero no fué por mí, aunque yo la adoro — Esto no puede ser — se interrumpió; — si yo escribiera esto, me tirarían patatas á la cabeza. ¿Qué tengo yo que ver en esta escena? Ella ama á su marido, y aunque éste la engañe, ella le seguirá amando, y hasta se matará por él antes que mirarme á mí á la cara. Mi situación es ridicula, sí, señor. Pío Cid es el hombre más listo que existe en el globo terráqueo, y cuando él me dijo que estos amores sin esperanza están á dos pasos de hacer reír, me lo dijo con sobrada razón. Y gracias que él no sabe la verdad completa — Caballero — dijo un criado de librea que estaba á la puerta de la casa donde entraba Gandaria, — ¿adónde va nsted? La señora ha salido — 287 - — ¡Ali! — exclamó Gandaria con un movimiento de cabeza que indicaba que se había distraído pensando en negocios graves.

Y sin decir más salió de allí murmurando: — ¿Qué tal? Que yo dijera en mis versos que salí tan loco de su casa que en lugar de meterme en la mía me metí en la de mi vecina la Duquesa de Almadura Las carcajadas se oirían en el séptimo cielo ¡Ohl ¡Malditos sentimientos, que, aunque nos estén destrozando el alma, hacen reir tan fácilmente! Yo casi me iba también á echar á reir, y sin embargo, sufro como un condenado Como que poco me falta para llorar Á los pocos pasos llegó á la puerta de su casa y, después de fijarse bien, cruzó la entrada, ligero como una liebre fugitiva, y comenzó á subir las escaleras de tres en tres, en tercetos, como su poesía.

FIN DEL TOMO PRIMERO.

OBRAS DE ANGEL GANIVET.

E S T U D I O S.

Granada la bella. — Edición privada.— Helsiagfors, 1896. Idearium español. — Granada, 1897. La vieja Europa. — (En preparación.)

OBRAS NOVELESCAS Y DRAMÁTICAS.

La conquista del reino de Maya por el último conquistador español Pió Cíe?.— Madrid, 1807. Los trabajos del infatigable creador Pío Cid. — Tomo i. — Madrid, 1898.

La Tragedia. — Testamento místico de Pío Cid. ( Inédita. ) La casa eterna. (Comedia de costumbres andaluzr.s.)

COLECCIONES DE ARTÍCULOS.

Cartas finlandesas. — Granada, 1898.

Hombres del Norte. — Semblanzas críticas de literatos noruegos, dinamarqueses, suecos y finlandeses. — (En publicación ) Se hallan puestos á la venta: La coiquisia y Los trabajos á 3 pesetas el tomo, y el Idearium español á 1,50.

Diríjanse los pedidos: En Madrid, á Victoriano Suárez, Preciados, 48, y en Granada á Viuda é hijos de P. V. Sabatel, Mesones, 52.

DEL [XFATKiABLE CREADOR PIO CID TOMO II t;ST. TIP. ce SUCESORES DE RIVADENEYRA )) \ LOS TRABAJOS DE PÍO CID I ITALIA-ESPAÑA DEL INFATIGABLE CREADOR PÍO CID COMPUESTOS POR ANGEL GANIVET TOMO II EST. TIP. «SUCESORES DE RIVADENETRA » TRABAJO CUARTO.

Pío Cid emprende la reforma política de España.

Yo tenía pensado ir á Granada á pasar las fiestas del Corpus al lado de mi familia; pero al saber que Pío Cid iba á Aldamar con motivo de su elección, y que se detendría algunos días en Granada, me decidí á adelantar mi viaje para ir con él, sin otra mira que la de nuestra desinteresada amistad. Fué cosa convenida en la Redacción de El Eco en menos que se dice.

— ¿Qué quieres para Granada? — me preguntó, tuteándome por primera vez, aunque á poco de conocernos comenzamos á tratarnos con gran confianza.

— Lo que quisiera — le contesté — sería irme contigo. Si fuera tres semanas después, hacíamos juntos el viaje.

— Pues figúrate — me replicó — que ya han pasado las tres semanas. Yo me alegraría de que vinieras, porque te advierto que me voy á encontrar en Granada como un forastero, al cabo de tantos años de haberla perdido de vista. Sé poco más ó menos lo que allí pasa, y que algunos de mis compañeros de estudios son ahora los directores del cotarro, y lo que no lo sé me lo imagino y quizás salgo ganancioso. Pero á mí no me recordará nadie, primero, porque valgo poco, y segundo, porque, aunque valiera, nuestros paisanos no se distinguen por su buena memoria.

— Eso era antes — le dije yo. — Ahora van aprendiendo á recordar el mal que les hacen, y pronto aprenderán á recordar el bien, y nada habrá ya que pedir.

— De todos modos —insistió él, — me agradaría que fuéramos juntos, porque le tengo horror á los trenes, y con un buen amigo como tú, las veinticuatro mortales horas pasarían volando en gustosa conversación.

— No me lo digas dos veces, que se me está haciendo la boca agua, y soy capaz de enviar á paseo á la Redacción plena, aunque me cueste un disgusto con Cándido Vargas, que está estos días insufrible.

— A Cándido — me dijo — no le temas, que en queriendo yo le vuelvo lo de dentro afuera como im colozón.

— Como un calcetín querrás decir — rectifiqué yo.

— No he querido decir calcetín — insistió él, — sino colozón. Calcetín se dice de un cualquiera, y como yo estimo á Cándido, lo he buscado un término de comparación menos deprimente.

— Pero ¿qué es eso del colozón? — pregunté yo.

— Es un animal — me contestó él, — ó más propiamente hablando, un embrión de animal semejante á un saquito ó calcetín microscópico, que lo mismo vive al haz que al revés, porque ni tiene haz ni revés. Lo único que tiene es boca, órgano i primero, fundamental y característico de todos los animales, incluso el hombre.

— Acaba de una vez — dije yo, que hasta entonces no tenía la menor noticia de que hubiera en el mundo colozones, y que aun ahora no las tengo todas conmigo, á pesar del respeto que me inspiró siempre la palabra de Pío Cid. — Pero dejando á un lado este escarceo zoológico, lo que á mí me retiene en Madrid no es sólo el temor de que Cándido Vargas eche los pies por alto, sino el compromiso que he adquirido de acabar para fines de Mayo la cargante serie de artículos que estoy escribiendo sobre «La cuestión obrera», y que, según parece, llaman algo la atención.

— ¡Cómo! ¿Eres tú el autor de esos artículos? — me preguntó con aire de extrañeza. — Pues, hijo, te compadezco por el mal rato que te has dado. Yo los he leído por encima, y después de reconocer que estás enteradísimo de la dichosa cuestión, te aseguro que estás tocando el violón con tu socialismo armónico. Déjate de armonías y vente conmigo, y en el viaje te resolveré yo la cuestión social y todas las cuestiones que quieras. ¿Convenidos? ■ • — ¿Qué hemos de hacer? — contesté yo. — Convenidos, 'r''^ Esto ocurría por la tarde, y. Pío. Cid se despidió de mí para ir á casa de los Gandaria, donde tuvo con Consuelo la interesante entrevista de que el lector está enterado.

Por la noche nos encontramos de nuevo, conforme habíamos concertado, en la estación de Atocha, y salimos en el correo de Andalucía. Ni — s — él ni yo habíamos querido que nos acompañara nadie, y como sólo llevábamos un ligero equipaje de mano, nos acomodamos sin tardanza en un coche de segunda, y yo me asomé á la ventanilla para que no entraran más viajeros. Sin embargo, mi inocente estratagena surtió efecto contrario, porque á última hora, cuando el tren estaba atestado de gente, se nos metió una cuadrilla de toreros, y por si no bastaran, dos viajeros más que hablaban en francés, aunque parecían españoles. Yo me eché á temblar, porque, aunque me gustan los toros, me fastidia la jerigonza tauromáquica; pero Pío Cid no tardó en trabar amistad con la gente torera y en discutir sobre si fué buena ó mala la última corrida, á la que él había asistido con toda su familia para celebrar el cobro de los cien duros que le dió el editor de FA Médico de los po-¿r^s; libro que, si otro mérito no tuviera, tuvo el de ser escrito en quince días y el de suministrar fondos para el viaje electoral. Por fortuna, los quites, pases, volapiés y golletazos concluyeron en Alcázar, donde la cuadrilla se apeó para tomar el tren de Valencia, y entonces nos quedamos más anchos y pudimos entablar una conversación más interesante con los otros dos viajeros. Eran dos americanos, uno de Guatemala y otro de Honduras: el primero viajante de comercio por cuenta de una casa francesa, y el segundo estudiante de Medicina en París, el cual, terminados sus estudios, venía á dar un vistazo á España antes de volver á su tierra. El hondureño, que se llamaba Fernando Ramírez, gran hablador y muy campechano, había tenido el feliz acuerdo de traer una bota de vino tinto, que todos empinamos repetidas veces y que á cada nuevo saludo afianzaba más nuestra amistad. Yo troné contra los hispanoamericanos que vienen á estudiar á Europa y no Se acuerdan de España, y Ramírez se defendió como pudo, diciendo que los estudios en España no estaban á la altura que debían estar, y que la vida de París era más libre que la de Madrid; y de paso nos refirió sus proezas en el barrio Latino y el feliz ensayo de vida matrimonial que había realizado con una costurerilla muy graciosa, á juzgar por el retrato que nos enseñó. A pesar de todo, E-amírez demostraba grandes simpatías por España y lamentaba no haber venido á pasar un año al menos en un país en que se hallaba como en su casa. Pío Cid le convenció con mil pruebas de que nuestros estudios médicos eran quizás lo mejor que teníamos, y de que en punto á libertad de costumbres cada uno tiene la que se quiere tomar; y por último, le dió una carta, escrita con lápiz, para un amigo de Sevilla, á quien recomendaba con gran interés que atendiera á los dos viajeros, los cuales tenían pensado ir á Sevilla y venir después á Granada para el Corpus.

En Córdoba nos quedamos solos, sin que entraran nuevos viajeros hasta cerca de Granada, y en el trayecto tratamos de muchos pormenores insignificantes y de otros que tienen algún valor, porque justifican en parte á Pío Cid de haber emprendido un viaje que, dado su modo de pensar, á nada bueno podía conducir.

— No comprendo — le preguntaba yo — cómo sé te ha ocurrido meterte en estas andancias, pues — 10 — por compromiso personal no puede ser, ni por ambición tampoco, ni menos para sacar los pies del plato en pleno Parlamento, que no otra cosa seria exponer allí tus ideas políticas.

— Hay cosas fáciles de comprender j penosas de explicar — me contestó, — y una de ellas es mi elección. Sin meterme en más honduras, te diré que si soy elegido, no sólo no despegaré los labios, ni aceptaré ningún puesto, sino que ni siquiera concurriré á las sesiones. A mi parecer, los diputados son inútiles, y creo prestar un servicio á la nación trabajando para que haya nn diputado menos, puesto que si yo lo soy es lo mismo que si no lo fuera.

— Esa es una tontería indigna de ti — le repliqué;— y luego, que no se trata sólo de la nación, sino de tu distrito, de tu pueblo, al que perjudicarías dejándolo huérfano de representación.

— Te hago gracia de la orfandad — me dijo; — mi pueblo sólo apetece que le rebajen la contribución, y esto no lo podría yo conseguir aunque me desgañitara. En realidad, yo no llevo ninguna idea política, porque no me gustan los cargos decorativos, y en política todo es decoración. Y puesto que deseas que te explique lo que no quería explicar, te diré que lo que á mí me agrada en el cargo á que sin empeño ninguno aspiro, es el prestigio social de que todavía está rodeado, porque en nuestra sociedad las faltas contra las costumbres establecidas son tanto más toleradas, cuanto más alto está el que las comete. Los que insultan al pequeño, ríen la gracia al mediano, y al grande le dan la razón y aun le admiran. Yo — lino doy gran importancia á la murmuración, pero ya que murmuren, mejor es que lo hagan respetándome que no ofendiéndome á mí, y lo que es peor, á quien vive conmigo. Así, pues, si algún instante he sentido deseos de ser algo exterior, no es por interés ni vanidad, es sólo para seguir haciendo lo mismo que hago y obligar á la sociedad á que me respete.