SigPhi · Angel Ganivet

Los trabajos del infatigable creador Pio Cid, Tomo I

Spanish

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Yo por ti combatiré, y libertad te daré: soy un triste trovador, mas si tú me das la fe, tu fe me dará valor.

Quisiera que me miraras aunque al mirar me mataras; pero es tan triste la suerte que implacable me deparas, que sin mirar me das muerte ¡Ah! ¿No escuchas mis clamores? ¿Serán ciertos tus amores? De tu imagen soberana los suaves resplandores ge asoman á tu ventana.

Mas tú asomarte no quieres. jCuán ingrata y dura eres! Quizás mi voz te importuna, y antes que oirme, prefieres soñar mirando á la luna.

Ó quizás mi amor desdeñas No porque lánguida sueñas viendo la luna en el cielo; que eres dura cual las peñas y es tu corazón de hielo.

¡Monstruo horrible de dureza! De la tierra la aspereza tienes, la traición del mar, y del cielo la belleza, y del infierno el mirar.

— 251 — Huyo de ti y sigo errante. Beldad que brillas radiante y no tienes corazón, ¡salud! aun voy anhelante tras mi adorada visión.

— No me voy á fijar — dijo Pío Cid cuando acabó de leer — en defectos pequeños que el tiempo corregirá. El ropaje poético de un poeta incipiente es como el vestido de un niño que está creciendo. Bien ó mal hecho, no tarda en quedarse corto. Cuando usted esté completamente formado, ni sus sentimientos serán los que aquí aparecen, ni seguirá escribiendo quintillas. Estas las ha compuesto usted porque la forma arromanzada le parecería demasiado vulgar y no acertaría con una rima nueva á su gusto. Entre ambos extremos eligió usted un término medio para salir del paso; pero de seguro su forma personal de expresión na será ésta, y habrá que esperar á que se forme. También le censuraría á usted la pobreza de epítetos, y haría mal, porque usted tiene gran imaginación, y si no le da vuelo es porque todavía no sabe versificar con soltura. Más vale que sea usted al principio seco y prosaico, porque el defecto más difícil de corregir en un poeta es el furor descriptivo, con el que las más veces se suple la falta de idea y sentimiento. Bueno es que el poeta tenga vista y oído; pero antes debe tener cerebro y corazón. En lo que yo voy á hacer hincapié es en el error grande en que usted ha caído al intentar infundir á un trovador sentimientos modernos, convirtiéndole en un personaje de carnaval. Si usted es amante de las leyendas, puede ser poeta legen- — 252 — dario, pero á condición de conocer muy bien la historia, para que sus poesías tengan carácter de época. Más plausible, más fácil me parece expresar sentimientos propios, cuando se tienen, y esto es lo que debe usted hacer y lo que ha hecho realmente, aunque se haya disfrazado de trovador. , — Pero ¿cree usted — preguntó Gandaria— que los sentimientos del hombre varían tanto que un trovador no puede sentir como yo siento ahora?

— Tanto varían — contestó Pío Cid — como el traje, aunque éste parezca depender del capricho, y aquéllos de la Naturaleza. Un trovador que vaga errante y famélico no puede dirigir á sn amada una canción en la que hay dejos irónicos á lo Heine; el trovador, por grandes que sean sus desilusiones, ha de tener fe en algo, por lo rúenos en el amor y la poesía, puesto que por ellos arrastra su vida miserable; sin esta fe se dedicaría á un oficio prosaico que le asegurase los medios de vivir decentemente, y dejaría los versos para entretener los ratos de ocio. Así, pues, el trovador ama y no bromea con su amor, y si su amada le desdeña, ¿sabe usted lo que hará? Echarle la culpa al carcelero que la tiene guardada con llaves y cerrojos, ó al celoso marido que la espía y no la deja respirar. Porque el amante desdeñado por una mujer enamorada de otro corre gravísimo riesgo de quedar en ridículo, y por instinto se defiende, atribuyendo el desdén de la amada á la iniquidad de los que la rodean. Pero en nuestro tiempo, al cambiar la condición de la mujer, estos recursos ya no tienen faerza. Ya no hay castillos üi prisiones, y una mujer enamorada puede po- — 253 — — 253 — nerse de acuerdo con su amante y aun escaparse con él, así la guarden el más ridículo D. Bartolo ó el más furibundo Otelo. El amante desdeñado no tiene aliora otra salida que reírse él mismo de su amor no correspondido, para que esta burla del propio sufrimiento inspire al espectador algún sentimiento de benevolencia. Este amor irónico, que ya no es ciego del todo, como lo pintaban los clásicos, sino que entra en el combate con un ojo tapado y otro al descubierto, como los caballos en la suerte de varas, es un amor que los trovadores no conocieron por su dicha; es una creación moderna, un engendro de la libertad y de la indiferencia. «Me lian irritado y torturado cuanto han podido, los unos con su amor, los otros con su odio; pero la que más me ha torturado é irritado y martirizado, nunca me tuvo odio y nunca me tuvo amor.» Esto lo ha dicho Heine y lo han repetido en mil formas cuantos han sufrida el dolor más hondo de nuestro tiempo, el que nace de la manía diabólica de analizar los sentimientos y despreciarlos cuando nos afligen, para que nadie se ría de nuestra aflicción. Algo de esto hay en el trovador de su serenata. Al principia parece un trovador de verdad, y yo esperaba que concluyera maldiciendo las prisiones donde yace la cautiva y lamentándose contra el tirano que la guarda. Pero de repente salta usted á nuestra época y da usted ciertos toques humoristas y melancólicos, que son lo más acertado de la composición, pero que no concuerdan con lo que precede. ¿Se figura usted que es caballeresco obsequiar con una tan larga serenata á una pobre — 254 — prisionera, y decirle las lindezas que usted le dice para despedida? Estas cosas se le pueden decir á una mujer sin corazón, á una fría coquetuela que se complace en martirizar á sus adoradores, pero no á una cautiva, que por falta de libertad no es responsable del mal que sufran los que la aman. Así, pues, el temor del ridículo es el que le ha hecbo á usted torcer el rumbo de la poesía, y en la equivocación demuestra usted que su espíritu es capaz de sentir el nuevo amor.

— Usted me dispensará— dijo Valle, — pero yo no veo tan claro que un amante desdeñado tenga que ser ridículo por fuerza. Lo mejor de Becquer nos haría entonces reir.

— Esto iba yo también á hacer notar — añadió Oandaria, deseando darse aire de conocedor de los poetas modernos, sin excluir los decadentes. — Mil ejemplos podría citarle, pero el más terminante es el de Verlaine, cuya poesía está casi totalmente inspirada por el sufrimiento de amor sin correspondencia.

— Ninguno de estos poetas — replicó Pío Cid — tiene nada que ver con el trovador de nuestra serenata. Ustedes confunden al amante engañado, y quizás herido á traición, con el que no es correspondido y no tiene, si vamos á examinar la cosa de cerca, ni derecho á quejarse. Pongan ustedes de un lado á dos amantes, ó marido y mujer enamorados, que para el caso es lo mismo, y del otro á un pretendiente importuno que llora sus amores viendo á los amantes dichosos. Los amantes hablan de su ventura, mirándose el uno en los ojos del otro; oyen de repente el són del laúd del — 255 trovador que viene á dar la serenata, y para que no les moleste esta música indiscreta cierran la ventana ó balcón del aposento y dejan al poeta qae cante hasta que se desgañite. Aunque este poeta fuese el mismo Homero en persona, yo les aseguro que cuantos presenciaran la escena descrita se reirían de él, y luego le tendrían lástima. Hay en nuestro espíritu cierta ponderación natural que instintivamente descubre la cantidad de fuerza qne hay en cada amor, no por lo que ame nn amante solo, sino por el amor total que ambos amantes se tienen. Si el trovador ama él solo, su amor, por grande que sea, no puede contrabalancear el que nace de un afecto correspondido entre nn hombre y una mujer; y aunque éstos sean tontos de remate, el público no se reirá de ellos, porque representan un organismo apto para la creación de nuevos seres, un valor útil, contra el que toda burla se embotará. En cambio, el que ama sin que le hagan caso podrá crear obras espirituales, sublimes, pero personalmente está expuesto á que se le rían en la cara. Esta tristísima situación no tiene nada que ver, les repito á ustedes, con la del marido ó amante engañados. Invirtamos los términos y pongamos de un lado la mujer infiel y su amante, y del otro él amante burlado. Este no vendrá á cantar trovas debajo de las rejas de su amada, sino que se presentará violentamente y dará lugar á una escena trágica.

Aquí los amores opuestos pueden sostener el choque, porque el que ahora no es correspondido lo fué antes, y ambos tienen, como si dijéramos, reconocida la beligerancia. Y si el que tiene derecho 25G ^ á luchar por su amor no lucha y sé conforma con •lamentaciones melancólicas, desempeña un papel poco lucido; porque es tan egoísta por naturaleza el amor humano, es decir, el doble afecto del homl)re y la mujer, que cuando ha existido, aunque sea un instante, está condenado á luchar por su conservación. Nos reíamos del trovador que tur-■^baba con sus importunas canciones los coloquios de la pareja enamorada, y pedimos al amante burlado que turbe, aunque sea con un puñal, la dicha de sus burladores. La calma, la resignación en estos casos, no nos parecerá humanidad, sino cobardía. Un hombre enamorado de verdad es un héroe por fuerza. Pero sería el cuento de nunca acabar si hubiéramos de agotar este tema. Lo que le recomiendo á usted principalmente, amigo Gandaria, es que en adelante, cuando componga nuevas poesías, fije antes el motivo poético en sus rasgos más salientes, del mismo modo que los pintores habrá usted visto que no comienzan á pintar, sino que antes dibujan, y aun antes de dibujar suelen trazar varias líneas que marcan las distancias ó posiciones de las figuras. Para tocar bien hay que templar el instrumento, y para escribir bellas poesías hay que templar el espíritu con arreglo á un diapasón, ó sea á un motivo poético. Si se lanza usted á componer á la ventura, la poesía saldrá desequilibrada, y á veces, por exigencias del consononte, concluirá diciendo algo que no tiene relación con el principio — Yo creo, D. Pío, que usted peca por exceso de crítica — dijo Yalle, que deseaba justificar en algún modo el aplauso que había tributado á los - 257 — versos de Gandaria. — Si esos versos se publicaran, no habría nadie que los censusara por los > motivos que usted dice. Por esto yo he aconsejado á nuestro amigo que los retoque, sin quitar ni poner nada esencial; y yo le aseguro á usted que la crítica no hallará dónde hincar el diente.

— Dejemos á un lado la crítica de oficio — dijo Pío Cid. — El mejor crítico es un amigo imparcial y desinteresado: amigo, para que vea la obra con amor, sin ánimo de lucir su ingenio, estropeándola por decir algún chiste ó frase espiritual á costa de ella; imparcial y desinteresado, para que no oculte la verdad, para que señale las faltas que note, que cuando las notó mirando con ojos amigos, faltas son y no hay que darle más vueltas. No creo que ningún poeta verdadero aspire á pasar sin que le hinquen el diente; aspira á ser poeta, aunque la crítica le maltrate, y á ser un gran poeta, aunque el público le insulte — Eso es cierto —interrumpió Gandaria; — yo le juro que no me mueve la vanagloria vulgar, y que si me dedico á escribir versos no es para que me los aplaudan, sino para ver si soy poeta de verdad, como usted me lo ha asegurado. Así, cuanto más severa sea la crítica más me satisface, estando aquí, como estamos, entre amigos. Pero lo que yo no comprendo es su idea del motivo poético. ¿Es un borrador, un boceto, un apunte, ó qué?

— Es la impresión madre, delineada en cuatro rasgos; hay impresiones que en determinados espíritus producen una gran germinación intelectual y sentimental; el motivo poético es una de estas — 258 — impresiones, recogida antes qne se mezcle y se confunda con las ideas y sentimientos que de ella arrancan. Si usted no fija el motivo, la impresión primera se pierde, y antes de terminar la poesía se ve usted perdido, y sin darse cuenta eclia mano de una idea secundaria, que se convierte en motivo céntrico, rompiendo la unidad de la composición, como ha visto usted en la serenata. Si quiere usted, yo le daré ochocientos motivos, aunque lo mejor es que usted componga los suyos sobre impresiones propias; pero para explicarle mi idea ahora mismo, vea usted qué fácil es el procedimiento. Usted está enamorado, como el trovador de la serenata, y como él, sufre y llora porque la mujer amada no contesta á sus lamentaciones á causa de que está enamoradísima de otro galán, que puede ser su propio marido para mayor moralidad de la historia; pero usted no es un trovador, es un hombre de nuestro siglo y sabe que el amor, por grande que fuera, tiene mucho de comedia. Así, pues, usted no pierde la cabeza en medio de sus más locos arrebatos, y á veces comprende que está cometiendo grandes tonterías. En tal estado de espíritu, que no deja de ser original, las impresiones corrientes, que antes no le hacían mella, ahora le dejan extrañas resonancias, manantial de fresca y sana poesía.

Ve usted, por ejemplo, á su amada soltar un pajarillo que tiene encerrado en una jaula, y le hiere esta bondad para los pájaros, que contrasta con los desdenes de que usted es víctima. Y dando vueltas la impresión, se forma un motivo poético, que fija usted en estos rasgos — 259 — Pío Cid cogió la plama y un pedazo de papel, j escribió: Yo he conocido á una mujer extraña De tan cruel bondad, Que tenía un canario en una jaula Y le dió libertad Ma8 antes le cortó al triste las alas. ¡De oro parecen tus cabellos rubio?, Oh mujer inhumana!

Y el corazón, como el acero es duro, Y el alma ¿tienes alma?

— Aquí tiene usted un motivo poético — prosiguió Pío Cid,— del que, ahondando, sale una poesía. El motivo poético no debe estar escrito en prosa, pero tampoco en versos regulares, á menos que no salga así espontáneamente. Es una impresión pura y espontánea, que á veces queda fnera de la poesía que se va á componer. ¿No ha visto usted á los canteros trasladar grandes piedras valiéndose de rodillos, palanquetas y cuñas? Y luego que la piedra está colocada en su sitio, ¿no ha visto usded que todos esos útiles auxiliares quedan tirados por los suelos como si no sirvieran para nada? Pues esto mismo le ocurre al motivo poético, sobre el cual debe girar ó rodar la composi--ción hasta que esté rematada ó perfecta. Usted no se hace cargo del mecanismo obscuro de sus propias creaciones; pero siga mi consejo, y quizás un día se sorprenda usted viendo que de un motivo de esos, fijado con claridad, surge de repente, por elaboración interna, desconocida de usted mismo, una verdadera poesía; es decir, una vibración clara y sonora del espíritu. La única condición que re- — 260 — — 260 — quiere el motivo poético es la legitimidad de la impresión. Por ejemplo: el género de malicia que yo atribuyo á la mujer extraña, es propio de una mujer rubia; la malicia de una morena tendría otro carácter, y el motivo poético debería ser diferente. Sin salir del reino de las aves, vea usted otro motivo: Jugando con la trenza de su cabello negro, Mi amada me pregunta con acento meloso: — ¿Qué pájaro, de todos, te parece el más bello? Yo la miro, y respondo: — Estoy criando un cuervo Que me saque los ojos.

Lo de que los cuervos sacan los ojos á quien los cria, es vulgar y falso; pero á nosotros esto no nos importa si la impresión es plástica y sugestiva, porque probablemente en la poesía que de aquí saliera no subsistiría la comparación que constituye el motivo.

— Hombre — interrumpió Gandaria cayendo en el lazo, — voy á ver si saco de ahí esa poesía, y si el sistema de componer que usted me recomienda me da tan buenos resultados como á usted mismo, ¿Quiere usted darme este motivo de los cuervos?

— Tómelo usted — contestó Pío Cid; — y conste que el sistema á mí no me da buenos resultados porque yo no lo empleo; ni soy poeta, ni lo quiero ser.

— Pues usted escribe versos — replicó Gandaria.

— Pero los escribo al azar, sin componerlos — - dijo Pío Cid,^ — sólo para qne sirvan á Candelita — 261 — de motivos para las melodías que compone. Y casi nunca paso de la primera impresión, porque no tengo paciencia para sacarle la sustancia. Alguna que otra vez me ha ocurrido pensar naturalmente en verso y escribir después lo que he pensado, y éstas son mis poesías.

— Vamos á irnos — dijo Gandaria levantándose y metiéndose los varios papeles en su cartera — y á dejarle á usted en paz; porque si no, usted es tan amable que perdería por nuestra culpa todo el día y aun la noche. Sin embargo, tengo mis motivos de queja contra usted — añadió insinuando el motivo, no poético, sino electoral, de que otras veces había tratado. — Papá, que le ha tomado una gran simpatía, me ha dicho hoy que pensaba invitarle á una comida, á la que asistirá D. Bartolomé de la Cuadra, para presentar á usted y pre-X)ararle el terreno. pero yo le aseguro que estoy avergonzado de haber hablado por usted, puesto que tan en poco estima los buenos deseos de sus amigos.

— Voy á sorprenderle á usted — contestó Pío Cid — diciéndole que he cambiado de opinión y que ahora no tengo reparo en correr la aventura política que tanto le interesa. Amor con amor se paga, y ya que usted escribe versos por complacerme, yo seré candidato por complacerle á usted.

— Pero ¿cómo se explica — preguntó Gandaria — esa súbita mudanza? ¿Habla usted con formalidad?

— Hablo con toda la seriedad de que soy capaz— respondió Pío Cid, — y la explicación de mi conducta es muy sencilla. Deseo darle gusto á us- - 262 — ted y al ex diputado por mi distrito, á qnien debo algunos favores, el último el nombramiento de usted (dirigiéndose á Valle). No me gusta buscar las cosas, pero cuando ellas se presentan buenamente no es justo desdeñarlas, pues ¿quién sabe loque podrá dar de sí este asunto, si cuaja?

— Délo usted por hecho, y no hablemos más — afirmó gravemente Gandaria, despidiéndose. — Pronto volveré, quizás hoy mismo. Hasta luego.

Se fueron él y Valle, quedando Pío Cid caviloso con la determinación repentina que había tomado, la cual tenía, además de los motivos que dió, otro más poderoso, que era el deseo que de pronto había sentido de ir á Granada y á Aldamar con el pretexto de la elección.

Tuvo lugar la comida anunciada por Gandaria, y en ella quedaron concertados Pío Cid y el ministro D. Bartolomé de la Cuadra para celebrar una entrevista y hablar despacio del asunto; y la primera impresión fué satisfactoria, porque á otra día, por la tarde, vino Gandaria y entró en la sala diciendo: — Amigo Cid, la cosa está decidida. Don Bartolomé es un hombre muy grave, que no se precipita nunca, y por esto ha dicho lo de la entrevista; pero papá habló después con él, y me asegura que tiene usted su apoyo. Y basta que D. Bartolomé, que es hombre de pocos compromisos, diga una palabra al de Gobernación, para que sea usted de los indiscutibles Pero no le encuentro á usted trabajando y está usted muy pensativo: ¿ha ocurrido alguna novedad?

— Sí, ha ocurrido— contestó Pío Cid. — Anoche, — 263 — cuando volví de casa de usted, hallé una carta de ese joven llamado Benito, que vio usted aquí una noche, en la que me decía que, aunque era do^ mingo, no venía porque en su casa había entrado la viruela espada en mano, hasta el punto de que en pocos días ha muerto la chiquilla de la patrona, y á la criada la han tenido que llevar al hospital. Ahora mismo vengo de allí, de hablar con la pobre Purilla; está fuera de peligro, y lo que me ha impresionado no es verla enferma, sino oiría discurrir como ha discurrido y mostrar la belleza de alma que ha mostrado.

— Deseche usted esos pensamientos — dijo Ganjdaria, algo inquieto al saber que Pío Cid había estado entre enfermos contagiosos; — yo no me juzgo cobarde, pero no me atrevería á ir á un hospital por nada del mundo; no es aprensión, es que me da miedo de ver cuadros de dolor y de miseria. ' — Eso es como todo — replicó Pío Cid; — hay que acostumbrarse. Cuando yo estudiaba leyes concurría á las salas de autopsia; y no ha mucho, cuando vivía en la casa de huéspedes, acompañaba á los estudiantes de Medicina siempre que había anunciada alguna operación quirúrgica notable. ¿No sufre usted en un teatro cuando los actores representan bien una dolorosa tragedia, y después se va usted á la calle celebrando el talento de los actores y sin acordarse del mal rato que le han hecho pasar? ¿No hay quien ve en los toros un espectáculo artístico, mientras el que sólo percibe el lado brutal cree asistir á escenas de matadero? Pues en los hospitales, cementerios y demás lugares que el vulgo considera tristes, lúgubres, repulsivos ú horripilantes, hay mncha belleza natural y artística, que ese vulgo no conoce porque lio quiere llegar al goce por el dolor, ni siquiera 'por el dolor teatral, fingido, puesto que ya ve usted que la tragedia y el drama van de capa caída y que el público lo que desea es reir mecánica y tontamente. ¡Pobre gentecilla, que ignora que el •sufrimiento llena la mayor parte de la vida, y que,liuye de la vida por huir del sufrimiento, y se contenta con hacer una agradable digestión de lo bueno ó malo que comel No sea usted así, amigo Gandaria, y tenga entendido que el hombre más grande es el que comprende más y ejecuta mejor. iíYo no sería capaz de hacer eso», es lo más triste que puede decir un hombre. No lo diga usted nunca.

— Está usted hoy mal encarado — dijo Gandaria;— voy á procurar distraerle con una poesía que 'he compuesto sobre el motivo de los cuervos. A ver si la encuentra mala ó menos mala, porque buena no lo espero.

Pío Cid cogió el papel, y leyó en voz baja: EL CAZADOR HERIDO.

— Cazador que vas al bosque De los cuervos, Ten cuidado, que en los árboles, Traicionero, Se oculta el rey de la banda Al acecho, Para sacarte los ojos Con su pico corvo y negro.

— 2G5 — — Cazador que fuiste al bosque De los cuervos, Fuiste alegre y vuelves triste Como un muerto — Miróme una mujer pérfida, Sonriendo, Y me sacó el corazón Prendido en sus ojos negros.

e o o — Una mujer más traidora Que los cuervos, Me ha robado el corazón Sonriendo. Por eso vuelvo tan triste Como un muerto; Que, aunque no se ve mi herida, Traigo la muerte en el pecho.

— Esto es mejor que la serenata — dijo Pío Cid al terminar; — y aunque la forma ande aún cojeando, el sentimiento está dominado y graduado con maestría. Ahora mismo estoy yo contento, como la madre que ve por primera vez al hijo que acaba de parir. El poeta ha nacido, y aunque todavía esté en pañales, con el tiempo crecerá.

— Pero dígame usted — preguntó Gandaria, — ¿habla usted sinceramente, con el corazón en la mano, cuando me asegura que yo tengo facultades de poeta? Yo he seguido la broma, como quien dice, pero tengo mis dudas; ¿no he de tenerlas? Escribir versos, mejores ó peores, no digo que no; esto no tiene importancia. Lo que yo no creo es que se pueda decir jamás de mí el poeta Ganda- — 2GG — ría, como se dice el poeta Zorrilla, el poeta Campoamor ó el poeta Núñez de Arce.

— Y ¿por qué no? — preguntó Pío Cid. — ¿Es usted de peor naturaleza que esos que acaba de nombrar? Malo es el desmedido amor propio; malísimo es el apocamiento ante las obras de valer. No exagere usted la admiración ni siga usted el ejemplo de nuestra juventud, que parece nacida para manejar el incensario. Vea usted que, no obstante los numerosos genios que tenemos en casa, el papel intelectual de nuestra nación en el mundo no es muy brillante que digamos; y fíjese en que no hay razón ninguna para que España no sea tan grande como las demás naciones, y en que si ha de igualarlas, y si es posible superarlas, han de trabajar por ella sus hijos, que hombres son de carne y hueso como los hijos de las demás.

— Eso sí — dijo Gandaria; — yo soy patriota como el primero, y si confiara hacer grandes cosas las haría, aunque sólo fuese por orgullo patriótico, aunque no saliera ganando nada.

— Pues inténtelas sin temor, sin descorazonarse por la endeblez de sus fuerzas — dijo Pío Cid. — Siga el ejemplo de los pequeños mirmidones, que para ser grandes bailaban sobre la tumba de Aquiles. Baile usted encima de todas nuestras glorias nacionales.

— ¡No es mala la idea! — exclamó Gandaria, alegrándose como una criatura.

— Para que acabe usted de convencerse— agregó Pío Cid, — le diré que eso de las aptitudes y facultades para la poesía es un achaquecillo que se usa mucho y vale muy poco. Poetas lo son todos los — 267 — hombres capaces de ver las cosas con amor. Y ¿quién no ve algo con amor? Hay versificadores^ músicos y pintores de oficio, y ejecutantes rutinarios de todas las obras humanas. Nada de esto tiene que ver con la poesía, que es creación; un poeta es un creador que se sirve de todos los me-» dios humanos de expresión, entre los que la acción ocupa quizás más alto lugar que las formas artísticas más conocidas: las palabras, los sonidos, los colores. Hoy he visitado yo en el hospital á una muchacha que es una poetisa de cuerpo entero, sin haber salido nunca de criada de servicio. Cualquiera otra criada que no faese Purilla, hubiera entrado en el hospital con miedo y con asco, y hubiera contado las horas y momentos que tenía que pasar hasta que le dieran el alta. Purilla fué por su gusto, por no causar perjuicios á su ama^ y en vez de mirar lo que el vulgo mira, supo mirar y ver lo espiritual que allí flotaba, y concibió á seguida la idea de ser Hermana de la Caridad. Para que una criatura tan infeliz como Purilla tenga este arranque ha debido imaginar algo muy bello, que á falta de expresión artística sale á luz en un acto de la voluntad generosa. Y este acto es una creación poética, muy superior á lo qae usted y yo hemos hecho hasta ahora.

— Y ¿cómo explica usted — preguntó Gandaria — el proceder de esa pobre chica?

— Lo explico por el amor — contestó Pío Cid. — Por lo que se explican todas las creaciones poéticas. Mucho me duele tocar á los sentimientos del prójimo, pero no creo que haya ninguna grave ofensa en decir reservadamente que Purilla estuvo enamo- — 268 — — 268 — rada de nn hombre que no podía corresponderle; y que este amor desventurado, que á otra mujer quizás la lanzara á cometer cualquier disparate, á ella le dió ánimo para ennoblecerse. Aprendió á leer y á escribir y mil pormenores instructivos; se afinó como una señorita, y cuando la enfermedad la llevó á un lecho del hospital, en lugar de asustarse, vió el cielo abierto. Cuando yo me acerqué á su cama — añadió Pío Cid coa emoción, — le conocí la idea en el rostro. No puede usted imaginarse lo que se alegró de verme y de poder explicarme el pensamiento que había tenido. «Pero, muchacha, le dije yo, eso no es tan fácil de hacer como de pensar. ¿Vas á dejar á tu ama? Y luego, hay que saber si tú sirves para el caso. — A mí lo que me tiraba era la Paquilla, me contestó ella, y como se ha muerto, ¿para qué voy á volver á la casa á bregar con los huéspedes? Aquí ó donde me manden estaré mejor.» Entonces me dijo la Hermana que me había acompañado, que estaban todas admiradas de la vocación de Purilla y de su educación, que no era la de una criada. La Superiora, con quien hablé, se mostró asimismo muy encariñada con ella. En suma, nuestra poetisa será Hermana de la Caridad, y el amor que pudo tenerle á un solo hombre se lo tendrá á todos los hombres, en particular á los más desventurados.

— Aunque no me gusta ser indiscreto — dijo Gandaria, — me parece que usted ha desempeñado algún papel en la historia de Purilla, porque, si no, no se comprende el interés que se toma por ella.

— Si lo dice usted por la pobre condición de la — 269 — muchacha— replicó Pío Cid, — tenga entendido que para mí una criada vale tanto como la emperatriz más cogotuda de Europa. Purilla asistió á mi hermana en SQ líltima enfermedad, y por mi hermana supe yo lo del enamoramiento, y no porque Purilla lo dijera, sino porque los moribundos ven lo que HO vemos los que disfrutamos de buena salud. Y si yo le he descubierto á usted un secreto de la vida íntima y siempre respetable de una mujer, ha sido para animarle, poniéndole delante de los ojos un ejemplo de lo que pueden los sufrimientos amorosos. Para un espíritu vulgar no son nada laá desilusiones, los desengaños, los celos; porque la vulgaridad tiene buena encarnadura, y sana de todas las heridas que recibe. Pero los espíritus delicados no sanan tan fácilmente, y una herida en el corazón, menos, en el amor propio, se les encona, y si cura, les deja una huella indeleble. Y cuantas veces se pone el dedo en la herida, creación tenemos segura. Así es el hombre, todos los hombres, y usted como los demás.

— Vamos, usted cree — dijo Gandaria con forzada sonrisa — que yo soy el cazador herido de mis versos, y que alguna coquetuela me ha disparado un dardo venenoso.

— Y tan seguro como estoy, aunque usted se ría — afirmó Pío Cid. — En la herida esa confío más que en nada pai-a que sea usted un gran poeta.

— Dispénseme usted si le digo— insistió Gandaria— que no comprendo la relación que pueda haber entre mis afectos y esas poesías que escribo por pasar el rato.

— No hay relación — dijo Pío Cid, — sino que soa — 270 — una misma cosa. Usted se enamora de una mujer y la ve con ojos de amor, y la ve distinta de como la ve todo el mundo. El mundo, es decir, la gente indiferente, ve la apariencia, y usted ve la apariencia y el misterio que debajo de ella se encubre. ¿Quién ve mejor? Se dice que el enamorado no ve, porque la pasión le ciega; yo afirmo que los indiferentes son los que no ven, porque les ciega la indiferencia. Si éstos son los que ven, entonces hay que decir que el enamorado no sólo ve, sino que ^rea, espiritualizando la realidad, y dando á la realidad lo que ésta no tiene. Así, pues, todo hombre capaz de amar es un creador, un poeta, cuya visión es tan grande como el objeto de sus amores. Para la mayor parte de los hombres, la visión Be reduce á un individuo á ó un pequeño grupo. Amo á una mujer, la mujer me ama, constituímos una familia, nos quedamos con nuestro amor de puertas adentro, y santas pascuas. La creación no pasa del primer grado, y encarna en el bello y robusto infante, que los papas acogen con júbilo.

Pero si nuestro amor no halla tan expedito el camino, nuestro espíritu aprovecha la coyuntura para arrancarnos del afecto carnal, y comienza otra creación más espiritual, más amplia, como que no tiene límites, y puede abarcar toda la humanidad y el universo entero. No le quepa á usted duda, amigo Gandaria, de esta filiación de nuestras obras espirituales. Vea usted varios artistas, pintores ó escultores, que pintan ó esculpen un mismo modelo; muchos lo copian, lo imitan con mayor ó menor perfección; uno lo crea, y crea una obra de arte. ¿Por qué? Porque los unos son los