SigPhi · Angel Ganivet

Los trabajos del infatigable creador Pio Cid, Tomo I

Spanish

Page 16 of 28

— Trabajo para editores, escribo en algún periódico y también doy lecciones; en suma, hago todo lo que es menester para sacar setenta ú ochenta duros al mes, pues con menos no se puede vivir en Madrid. Tenía un empleo seguro, pero lo dejé hace poco.

. — Pues siendo así — dijo D. Estanislao, — razón — 32 — de más para que no te descnides; porque la diputación te abriría camino, y si D. Bartolomé de la Cuadra te protege con el mismo interés que demuestra por tu elección, puede darte un gobierno y hacerte hombre.

— De eso se trataba — dijo Pío Cid; — pero yo no estoy decido á salir de Madrid ni á aceptar ningún cargo.

— En fin — concluyó D. Estanislao, — lo importante es que salgas bien de la elección, y si no sales no será por culpa mía, porque tu distrito es el que mejor he trabajado. Si tú aseguras una docena de votos en Aldamar, el acta es tuya; del resto respondo yo.

Separáronse después de recordar de nuevo su amistad y de ofrecerse sus mutuos servicios, y Pío Cid vino á buscarme al Liceo, donde yo le esperaba jugando una partida de billar, y nos fuimos los dos dando un paseo hacia la Plaza JSTueva, para hacer hora de comer, puesto que habíamos quedado en comer juntos en la Alhambra. Yo había invitado también á algunos amigos míos, con los que nos reunimos en el Centro Artístico, y les presenté á Pío Cid, á quien ninguno conocía. Sólo Feliciano Miranda, que era de la misma edad, le recordaba como antiguo condiscípulo, y aunque no le había tratado porque Pío Cid no tuvo nunca estrechez con nadie, nos habló muy bien de él y nos aseguró que había sido un estudiante aventajado. Además de Miranda, vinieron' con nosotros Paco Castejón, Perico Moro, los dos Monteros y el viejo Candente, con lo que nada faltó para que pasáramos la tarde divertidísima.

— 33 — Casi todos mis amigos eran literatos y artistas de fama; de suerte que la comida se pasó discutiendo sobre literatura, y en particular sobre la magna cuestión del colorismo en el arte. Para los postres estaba anunciada la lectura de artículos y poesías de casi todos los comensales. Miranda, que además de ser hombre muy simpático y ocurrente escribía cuadros de costumbres de mano maestra, nos había ofrecido leernos una novelita titulada La Cascara amarga; Gaudente, el viejo, era inventor felicísimo de un género de composiciones que él llamaba «chupaletrinas», é iba á leer por centésima vez algunas muy célebres, en las que desfogaba su genio satírico con gracia inimitable; y, por último, el joven Moro llevaba varios fragmentos de un poema descriptivo, del que se hacía lenguas toda la reunión. Pero la llegada de dos nuevos amigos á última hora cambió el programa de la alegre fiesta, y todos los asuntos literarios quedaron arrollados por la gran noticia del día. Los que llegaron eran el periodista Juan Raudo, el hombre mejor enterado de todo lo que ocurría en todas partes, y mi buen amigo Antón del Sauce, cabeza visible del impresionismo granadino, y, como quien dice, la mayor autoridad literaria de Granada, puesto que en esta ilustre ciudad sólo se vive de impresiones. Raudo venía deseoso de anunciar á la asamblea la noticia que traía, y en cuanto nos saludó se bebió sin ceremonia un monumental vaso de vino para dejar expedita la garganta, y con aire misterioso dijo: — Señores, mañana les va á sorprender á ustedes algo que leerán en el periódico, algo de que se hablará pronto en toda España.

— 34 — — De fijo que éste nos quiere tomar el pelo — dijo Miranda.

— No será mala la tomadura si llevamos á cabo el descubrimiento — afirmó solemnemente Raudo. — Tomaremos oro bastante para pagar la deuda pública, y nos sobrará para acuñar unos cuantos millones de onzas de las antiguas, que no se las encuentra ya ni con la linterna de Diógenes.

— Ea, déjanos de guasas — interrumpió Castejón, con su voz turbia y cascada por el abuso de los espirituosos. — Lee tú, Feliciano, esa novelilla de que nos has hablado.

— ¿Qué guasa ni qué niño muerto? — gritó furioso Raudo. — Se trata de una verdad más grande que un templo. Me parece á mi que el doctor Medialuna es un arabista de fama casi universal, y cuando lanza á la publicidad, bajo su firma autorizada, la versión del manuscrito árabe descubierto por él, hay que ser respetuosos siquiera — Pero vamos por partes — interrumpió el viejo Gaudente. — ¿Se trata de papeles ó de dineros? Si es de papeles viejos, creo en Dios Padre; de eso están llenos los archivos, y como nadie los entiende bien, cada uno los interpreta á su modo y les hace decir lo que le da la gana; pero si es de dinero, y para mayor escarnio de oro, eso pertenece á la historia antigua. En Granada no queda más oro que esta onza que llevo yo en el bolsillo del chaleco para que no me hagan mal de ojo.

— Pues, amigos míos, de eso se trata — exclamó Raudo. — Ahora sí que se puede decir que vivimos sobre uu volcán, sobre un volcán de riquezas; porque aquí mismo en este cerro, debajo del palacio — 35 — árabe, qae está á dos pasos, se encuentra escondido el tesoro de Alhamar. Ahora que yo lo digo parece esto un disparate; pero ya leerán el trabajo que empieza mañana á publicar el periódico, y todo lo verán llano como la palma de la mano. Alhamar tuvo, durante los años que reinó, más de cuatro mil hombres ocupados constantemente en lavar las arenas del Dauro, que entonces no era lo que ahora, cuando sólo quedan los desechos; entonces, señores míos, traía más oro que arena, ó, por lo menos, la mitad de cada cosa; y la enorme cantidad de oro extraído fué depositado en un subterráneo de esta misma montaña, que por eso se llamó Alhambra, es decir, montaña dorada, y no roja, como algunos ignorantes habían traducido; y ese oro debía servir para construir un palacio maravilloso, que por desgracia se quedó en proyecto, como tantas cosas de nuestro país.

— De suerte — dijo Perico Moro, con tono zumbón,— que el alcázar que hoy existe lo construyeron provisionalmente.

— No señor— contestó Raudo; — ese alcázar fué destinado en un principio á los guardianes del tesoro; no era un palacio Real, fué más bien una fortaleza que sirvió de tesorería, ó como si dijéramos, fué el Ministerio de Hacienda del reino de Granada.

— Y las inscripciones de ese palacio, ¿cómo se explican entonces? — preguntó cándidamente el menor de los Monteros.

— Se explican mucho mejor que ahora — replicó Raudo. — Así, por ejemplo, el tan sobado «sólo Dios es vencedor», sostiene el doctor Medialuna — seque quiere decir «sólo el oro es vencedor^), inscripción adecuada, á más no poder, para una tesorería. Alah debe entenderse en un sentido metafórico, y esto es lo que los arabistas no habían comprendido hasta ahora. Pero, en fin, yo no digo una palabra más; el que quiera saberlo todo, que lea el trabajo y verá que el asunto tiene más miga de lo que parece.

Largamente se habló y discutió sobre el inesperado tesoro de Alhamar, y la concurrencia unánimemente se pronunció en contra del doctor Medialuna.

— Si eso fuera verdad — decía Miranda, — lo único que sacaríamos en limpio sería quedarnos sin la Alhambra, porque la destruirían para descubrir el tesoro; y si llegaban á descubrirlo, el dinero se nos volvería sal y agua, como todo lo que cae en nuestras manos. Más vale que, aunque seamos pobres, tengamos siquiera un sitio donde tomar el fresco y olvidar nuestra pobreza oyendo cantar á los ruiseñores.

Pío Cid no dijo nada en toda la tarde; pero, sin duda, en su espíritu comenzó á germinar una idea que más tarde salió á luz.

Sus únicas palabras fueron para recordar la promesa que nuestros amigos nos habían hecho de leer cosas de su invención, que seguramente serían más agradables que la exhumación del papelote arábigo; pero era tan escasa la claridad que quedaba, que ya no se veía leer y hubo que dejarlo para otro día.

Moro, el poeta, dijo á Pío Cid que, puesto que tanto le interesaban las letras, sería también cul- - 37 — tivador de ellas, y que si era así se le obligaba á escribir algo para una Revista proyectada por los amigos que allí estaban.

Pío Cid contestó que no era literato de cartel; pero que en caso de apuro, y por dar gusto á sus amigos, era capaz de escribir lo que se le pidiera.

— Puesto que en esta notable asamblea — añadió — hay poetas y novelistas, pintores y arqueólogos que tan brillantemente llenan su cometido, creo que lo único que yo puedo dar que ustedes no tengan, es algo de mi experiencia, obra no de mi capacidad, sino de los azares de mi vida. Me parece que lo único que aquí falta es fuerza; sobran buenos deseos y bellos propósitos, pero la pereza lo echa todo á perder. Cuando yo oí hablar de la revista esa de ustedes, me imaginé que sería una publicación regular, consagrada á mantener siempre vivo el fuego sagrado; y ahora resulta que están ustedes preparando desde hace siete años el IDrimer número y que no es aún seguro que aparezca después que pasen otros siete. Ustedes se ríen del tiempo, y esta risa es muy peligrosa, porque hay en el mundo quien trabaja y puede humillarnos. Quizás sería lo mejor dejar rodar la bola, si todos lo hicieran así; pero esto no es posible, y antes que venga quien nos obligue á andar contra nuestro gusto, más vale que nosotros andemos por nuestra voluntad. Yo conozco un remedio infalible para cnrar la pereza intelectual, y les ofrezco á ustedes dárselo á conocer en un artículo breve, que más que artículo será receta de médico ó una combinación de aforismos útiles para reconstituir el carácter humano.

A poco emprendimos la retirada, pues la mayor parte de los allí reunidos tenían que ir al carmen de los Monteros, donde había organizado para aquella noche un baile popular. Pío Cid, Raudo y yo nos separamos de la reunión y nos fuimos un rato al café. Pío Cid nos dejó pronto, porque quería acostarse temprano para estar levantado cuando llegara á buscarle el tío Rentero.

Gran obscuridad reina en todo lo tocante al viaje de Pío Cid á Aldamar. Su primer propósito era detenerse en varios pueblos del distrito; pero después que supo que la clave de la elección estaba en su pueblo, determinó hacer directamente el viaje en dos jornadas, quedándose á dormir la noche intermedia en La Rabióla. Como Pío Cid era hombre que no dejaba las cosas para mañana, se cree que fué preocupado todo el camino, componiendo mentalmente la receta que prometió á sus amigos, sin dignarse contemplar los bellos y variados paisajes que le iba ofreciendo la pródiga Naturaleza. A eso de mediodía dicen que se detuvo á merendar á lo campestre, á la sombra de unos álamos blancos que estaban en el borde de la carretera, y que entonces, viendo á su espalda unos hermosos trigos tan altos, espesos y espigados, que parecía que la Providencia había derramado en ellos todas sus bendiciones, no pudo menos de decir: — ¡Buen año éste para los labradores, tío Renteco! Mire usted esas espigas grandes como mazorcas, que casi no pueden tenerse en pie. ¡ Valientes trigos!

— 39 — — Granaejos están, granaejos — respondió el tío Bentero, con su tonillo alpujarreño, que se acentuaba más conforme el vejete se iba alejando de Granada.

Aparte estas palabras, se cree que Pío Cid en la primera jornada no despegó los labios, y dejó desahogarse á su gusto á su compañero de viaje, el cual habló por los dos y un poco mas, sacando á relucir todo lo que sabía de las personas de viso de la capital y de la provincia; y de quien más habló y con mayor elogio, fué de la madre de Pío Cid, de la que dijo un centenar de veces que era la señora más señora que se había echado á la cara, y que era una lástima que una mujer de tanto mérito no hubiera nacido reina ó emperatriz. Pío Cid le escuchaba con paciencia y atención, y así, el uno charlando y el otro callando, y los dos caminando al buen andar de los mulos, llegaron al obscurecer á La Rabióla, donde se alojaron en una posada sin darse á conocer, puesto que el alcalde de este pueblo era de los que habían ofrecido al Gobernador la votación íntegra, y Pío Cid no tenía gana de gastar saliva en balde. Al rayar el día el tío Rentero aparejó los mulos en un dos por tres, pues como había estado dedicado algún tiempo á la arriería, era un lince, como decía él mismo, para andar entre bestias. Salieron del pueblo sin que nadie los viera, á excepción de un muchacho que estaba recogiendo estiércol y que debía conocer al tío Rentero, porque al verle pasar le dijo: — Güen viaje, tío Frasco; ¿va osté á Aldamar? — Adiós, Cascabancas — contestó el tío Rentero; — 40 - — pa allá vamos. ¿Á cómo te pagan el istiércol?

— A tres ríales la carga — contestó el basurero.

— ¿De las grandes? — insistió el tío Rentero.

— Grandes, que ca una paece un mennmento. Como que son pa el sacristán de D. Esioro — contestó el zagalón.

Y luego, alzando la voz porque los viajeros se alejaban, gritó: — Pa allá va tamién D. Críspulo; á ese paso presto le alantarán.

— ¿Quién es ese D. Críspulo? — preguntó Pío Cid al tío Rentero.

— Es el cura de este pueblo, que estaba antes en Seronete; un alma de Dios, pero con una lengua peor que una jacha. Verdá que al probé lo tienen veinte años pasando la pena negra y está pa que lo ajoguen con un cabello. De Seronete lo echaron porque iba á matar al alcalde. Pero, mírelo osté allá lejos, aquel que va en el rucho debe de ser.

Don Críspulo era, en efecto, v á los pocos minutos Pío Cid y su acompañante le alcanzaron. Sujetaron el paso de los mulos para poder cruzar algunas palabras, y como el borrico de D. Críspulo aceleró el andar para no perder aquellos compañeros de camino que la fortuna le deparaba, bien pronto los tres viajeros se hallaron al habla y el tío Rentero rompió el silencio diciendo: — A la paz e Dios, señón Críspulo; ¿no quié su mercé conocer á los probes?

— Hola, tío Frasco — exclamó D. Críspulo; — ¡quién le iba á hacer á usted por estos caminos y á estas horas I Y luego, que está remozado usted.

— 4:1 — y yo si no le oigo hablar no le conozco. Ya sé ve lo que es buena vida. ¿Qué tal, qué tal? ¿Viene usted ahora de Granada?

— De allí vengo pa acompañar á este señor, que es el hijo de los amos, de los antiguos.

— Celebro mucho conocerle — dijo D. Críspulo inclinando la cabeza. — ¿Viene usted quizás á asuntos electorales? Porque estos días, como va á haber elección, se ven por aquí algunas personas de la capital que están interesadas en estos manejos.

— Efectivamente — contestó Pío Cid, devolviendo el saludo. — Vengo con motivo de la elección; pero no es la primera vez que ando por estos caminos; toda mi familia era de Aldamar, y yo mismo me he criado allí — Mi amo — interrumpió el tío Rentero — es hijo de D. Francisco, el de Los Castaños, que osté conocería.

— Claro que le conocí — contestó D. Críspulo, — y también le traté, aunque él vivía casi siempre en la capital. ¿Es usted, quizás— añadió encarándose con Pío Cid, — un hijo que dicen que había desaparecido sin saber cómo?

— El mesmico — contestó el tío Rentero; — como que no tenía otro; pero al fin y á la postre el que es de ley paece, manque se asconda en los centros de la tierra.

— Entonces — continuó D. Críspulo, sin que Pío Cid le contestara á sus preguntas, — usted es el candidato del Gobierno por este distrito. Aquí, en La Rabióla, decían que usted era de los Cides de Aldamar; pero yo, á pesar del apellido García del Cid, no caía en la cuenta de que pudiera ser usted - 42 - el hijo de D. Juan Francisco. De todos modos le felicito á usted por adelantado, porque su elección dicen que es cosa hecha.

— Ya veremos — dijo Pío Cid sonriendo; — tal vez esté hecha y yo venga á deshacerla.

— Yo le aseguro á nsted — dijo D. Críspulo irguiéndose sobre su jumento — que el distrito está ya de Cañaverales hasta la coronilla, y que no á usted, que es hijo del país, sino al primer cunero que le enviaran, lo aceptaría por salir de las garras de esta innoble gentuza que hoy lo explota. Yo no puedo emplear cierto lenguaje á causa del traje que visto, pero le digo á usted que debía caer durante varios años una lluvia muy espesa de rayos encendidos para limpiar estos terrenos de todo lo malo que aquí vive. Estos pueblos no son pueblos, amigo mío, son nidos de víboras.

— Nodesageremos — dijo el tío Rentero, — que en la capital tamién hay de too, y si digo, hay más pillería que por acá.

— ¡En la capital! — suspiró D. Críspulo. — Para la capital reservo yo el fuego divino que cayó sobre Sodoma y Gomorra, las ciudades malditas. Y no dejaría que se escapara nadie, ni siquiera Su Ilustrísima el Arzobispo, mi amo y señor — agregó inclinando la cabeza hasta tocar casi las orejas del pollino.

— ¡Jesús, María y José! — exclamó el tío Rentero, haciendo aspavientos de susto, mientras Pío Cid se fijaba por j)riniera vez en el lenguaraz sacerdote.

Era D. Críspulo un hombre pequeño y flaco, moreno, los ojos hundidos y las mandíbulas muy sa- — calientes. Su rostro llevaba impresa las huellas de largas privaciones; pero no se conocía á primera vista si estas privaciones eran hijas de la miseria ó del ascetismo, porque el aspecto descuidado y más sucio que limpio de toda su persona, estaba velado por cierta dignidad nada vulgar en la mirada y en el gesto. Pío Cid se hizo cargo de aquella extraña figura, y luego dijo en el mismo tono respetuoso, con puntas de malintencionado, en que el cura había lanzado su condenación: — Señor D. Críspnlo, mala idea debe usted tener de todos sus semejantes, aunque sean arzobispos.

— Mala, no; malísima — contestó el cura; — y bien sabe Dios que me duele tenerla, aunque no sea más que por el sagrado ministerio que ejerzo. Pero los años traen consigo los desengaños, y yo á vece^ llego hasta á compadecer á nuestro divino Redentor por haber tenido la generosidad de derramar su preciosa sangre por esta indigna humanidad, qne más bien merecía estar continuamente gobernada por Nerones y Calígulas y otras bestias más feroces aún. Si á mí me dieran el mando absoluto en estas comarcas, le juro á usted que llamaría en mi ayuda á los africanos para que secretamente se introdujeran en el país y pasaran á cuchillo á todos sus habitantes. ¡ Ah! Señor Cid, usted viene de lejos y no sabe de la misa la media, y no ve ni verá más que lo que le salte á los ojos; pero yo soy perro viejo para roer estos huesos, y aunque me condene á arder perpetuamente en los profundos infiernos, no transijo con la injusticia. Sin ir más lejos, hoy he leído en el diario de la capital una noticia que - 44 — - 44 — le interesa á nsted: dice que, en vista del estado aflictivo por qne atraviesan los braceros de este distrito, el Sr. D. Romualdo Cañaveral ha dado orden á su administrador para que distribuya abundantes limosnas entre los más necesitados; y luego viene poniendo por las nubes la conducta noble y caritativa del ilustre hijo de Seronete, y expresando el deseo de que en breve se vea confirmada la noticia de su nombramiento como senador vitalicio. Pues bien, ¿sabe usted lo que hay en esto de verdad? Que D. Carlos, el contrincante de usted, está comprando votos á dos y tres pesetas, y que para no descubrir el juego dan ese dinero de J udas bajo la capa de caridad y á són de bombo y platillo, á fin de que sirva, no sólo para elegir al que lo reparte, sino también para dar lustre y charol al bandido de D. Romualdo, uno de esos seres abyectos que la misericordia de Dios tolera que existan para castigo de sus criaturas. ¡Y ver toda esta farándula, toda esta indecencia, prosperar y recibir el aplauso de las gentes, y no poder alzar la voz ni desenmascarar á los criminales! Es decir, yo no me muerdo la lengua, y si mi palabra se oyera en todo el mundo, todo el mundo sabría la verdad; pero no me oye nadie, y mi franqueza sólo me ha servido para hundirme más y más.

— Y sin embargo, usted no escarmienta — dijo Pío Cid.

— Ni escarmentaré nunca — prosiguió D. Crispulo, — porque yo estoy ya condenado sin apelación. Pregunte usted en el palacio arzobispal de Granada quién es el cura de La Rabióla, y le dirán que por lástima no me han recogido ya las licen- — 45 — cias: se contentan con dejarme en el peor pueblo de la provincia para que me muera poco á poco de hambre. ¡Asesinos!

— Me parece, amigo D. Críspulo — replicó Pío Cid, — que usted se ahoga en poca agua. Si yo fuera cura desearía estar en el peor pueblo de España para ver si le podía volver el mejor; y si estuviera mal visto de mis superiores, casi me alegraría, porque así podría realizar una de las obras más difíciles que está en nuestra mano acometer, la de destruir una mala opinión que se tenga de nosotros. En las sociedades gobernadas por la hipocresía y el artificio, es soberanamente tonto ejercer de reformador á gritos, porque todos se tapan las orejas para no oir lo que no les conviene. Hay que ser cautos; en vez de dar golpes contra el aguijón y salir luego hechos una lástima, lo prudente es quebrarlo sin herirse, y si no es posible quebrarlo, dejarlo. Usted podía desempeñar bien su importante ministerio, y por no tener cachaza para tolerar las demasías de los otros, se ve como se ve. Yo creo que el amor á la justicia tiene más virtud cuando se muestra con mansedumbre, y es una verdadera desgracia que usted eche á perder sus buenos deseos por la crudeza de sus palabras. Le hablo á usted con la misma libertad con que usted me ha hablado; y aunque no me disgusten los caracteres fuertes y abiertos como el de usted, mi parecer es que el único medio de trabajar por el bien, es trabajar uno solo, sin decirle nada á nadie. Puesto que las predicaciones, amonestaciones y reprimendas no surten ya efecto, hay que callar y obrar, y dejar á los otros hacer lo que — 46 — — 46 — mejor les parezca, que si lo que hacen no es bueno, al fin no prosperará. Comprendo que le duela á usted ver que hasta la caridad es ya explotada por los picaros; pero que éstos se lleven en su pecado su penitencia, que ni usted ni yo somos quién para acusar á nadie.

— Todo eso me parecería admirable — dijo don Críspulo — si yo tuviera libertad para enviar al demonche á estos tunantes y vivir donde fuera mi gusto; usted dice lo que dice porque lo que pasa, lo oye, no lo ve; pero yo lo veo todos los días y me moriré viéndolo, sin poder hacer nada para remediarlo y hasta teniendo que humillarme á' veces para no morir de necesidad. Yo podría hacer algo si fuera rico, pero soy muy pobre y tengo sobre mis espaldas á mi madre y á dos hermanas, ¡Cuánto más me valiera á mí y á ellas haber sido arriero, como mi padre, y no llevar estos hábitos ó estos grillos que llevo arrastrando!

— Lo que me dice usted — interrumpió Pío Cid — me trae á la memoria á un arriero que iba á mi casa, el cual se llamaba el tío Nohales, y era padre de ocho ó diez hijos. Á uno que salió muy despejado, le dedicó á la carrera eclesiástica con la idea de que fuese el sostén de la numerosa familia. El joven estudió con extraordinario aprovechamiento, y en cuanto cantó misa obtuvo una coadjutoría, de la que se esperaba qne pasara muy pronto á un buen curato, puesto que los superiores le mostraban gran afecto. Pero hete aquí que de la noche á la mañana desaparece sin dejar dicho nada á nadie, y que al cabo de algún tiempo se averigua que iba camino de Filipinas, enviado allá — 47 — por el superior de nna Orden religiosa, en la que había ingresado el joven según se supo, no sólo por natural inclinación á la vida monástica, sino por huir del siglo, y más que del siglo de la familia que se había sacrificado por darle carrera y posición. Había que oir al tío Nohales contar á todo el mundo su desengaño y clamar contra el hijo desagradecido que tan mal le había recompensado sus afanes. Todos le compadecían y todos le daban la razón; pero vino á mi casa con el cuento, y mi madre se puso de parte del hijo ingrato, y recuerdo aún las palabras que le dijo al arriero, las cuales quizás le vengan á usted que ni pintadas: «Si yo estuviera en el caso de usted, me sentiría orgullosa de tener un hijo como el que usted tiene. Ustedes los pobres dedican sus hijos á la carrera eclesiástica con la idea de que, no pudiendo casarse, les sirvan de apoyo en la vejez, y por lo pronto les ayuden á llevar la carga de la familia; y no piensan ustedes que quien tiene verdadera vocación para el sacerdocio, y no lo acepta como una de tantas carreras, sino para consagrar su vida á sus semejantes, tiene que estar libre de los cuidados de su familia, porque el atender á su familia les impediría atender á los demás. Por esto no está permitido que los curas se casen; y ustedes los que desean que un hijo sacerdote pague el bien que le han hecho dándole carrera, con el olvido y abandono de sus deberes, son los principales culpables de que haya tantos eclesiásticos ambiciosos y devorados por el afán de ganar buenas prebendas. Su hijo de usted vale más que todos ustedes juntos, y ha hecho muy bien metiéndose en un con- — 48 — vento, pues de no hacerlo, quizás no tuviera corazón para volverles á ustedes las espaldas; y ustedes sin darse cuenta del mal que hacían, le hubieran obligado á ser un mal cura, más atento á ganar dinero que á cumplir su obligación.» Así habló mi madre, que era una señora muy discreta; yo le repito á usted lo que ella dijo con sobrada razón, según voy viendo. Como los oficios eclesiásticos, fuera de unos cuantos que están bien pagados, no dan ahora más que para comer, la nobleza y la clase media se dedican á otros más productivos ó brillantes, y la Iglesia tiene que estar servida por pobres, que además de su pobreza suelen llevar la reata de su familia, con lo cual el celibato ha venido á quedar sin efecto para muchos como usted, á quien más le hubiera valido ir á evangelizar á los igorrotes, que no llevar la vida que lleva por estos andurriales.

— Mire usted — dijo D. Críspulo, — más de una vez lo he pensado, y entre estos salvajes y los de allá, no sé cuáles serán peores; pero por lo pronto bien podían tener más consideración con el clero bajo, que es el que lleva la carga más pesada, y no tenernos á nosotros á media miel mientras los altos regüeldan de ahitos. En estos pueblos hay mucha miseria, y un cura que no tiene nada que repartir es un soldado sin armas. Pero, en fin, bueno está lo bueno — agregó D. Críspulo, divisando el punto donde el camino se partía en dos y donde él tenía que tomar el de Seronete y separarse de sus compañeros. — Yo me alegraré mucho de que gane usted la elección y de que haga algo por este pobre distrito, tan olvidado de los gobiernos.

— 49 — — No confío mucho en el resultado — dijo Pío Cid, — y menos desde que sé que el poderoso cabaSllero Don Dinero anda en el ajo.

— Ya que va osté á Seronete — añadió el tio " Rentero, — le dirá á mi Polonia que estoy por aquí alreor, y que como pueda colaré allá. * — No lo olvidaré — contestó el cura, — y á ver si nos vemos á la vuelta y paran un día en La Rabióla. Yo vuelvo esta misma noche ó mañana.

Y sin más, llegados á la encrucijada, se separaron, después de saludarse como buenos amigos. Don Críspulo desapareció en breve tras un recodo que hacía el camino de Seronete, y Pío Cid y el tío Rentero apretaron el paso hacia Aldamar. El tío Rentero siguió hablando de los dichos y hechos que conocía del célebre D. Críspulo, y Pío Cid callando y dando vueltas en su magín á la famosa receta, que ya iba á medio componer.

Un cuarto de legua antes de llegar á Aldamar, cuando se empieza á descender la empinada cuesta del Aire, hay á mano izquierda una fuentecilla, llamada de los Garbanzos porque sus aguas tienen la virtud de ablandarlos aunque sean duros como balas; así tuvieran también la de ablandar el corazón, que si así fuera se venderían á peso de oro. Los mulos, que venían fatigados y sedientos después de cuatro horas largas de caminar cuesta arriba, en cuanto olfatearon la fuente se fueron derechos al agua, apartándose un poco del camino.

Pío Cid no se dió cuenta de ello hasta que su mulo, con el movimiento que hizo al bajar la cabeza para beber, le sacó de su distracción, faltando — 50 — muy poco para que le tirara por las orejas. Entonces vió Pío Cid que un poco más arriba de la fuente, en el sitio donde debía nacer el manantial, estaba llenando un cántaro de agua una muchacha pobremente vestida. La estuvo mirando un buen rato y recreándose en las formas admirables de aquella tosca criatura, que parecía puesta allí para que algún escultor la tomase por modelo. Estaba de perfil y se le marcaba, á pesar de su juventud, la fuerte cadera, promesa de maternidad, y por debajo del brazo, arqueado para sostener la botija, el pecho, mal encubierto por un cuerpecillo de percal medio deshilachado, que dejaba ver lo blanco de la camisa. La cabeza se apoyaba sobre el brazo, y entre el abundoso y enmarañado cabello, castaño muy obscuro, desaparecía casi por completo, dejando ver sólo la nariz, que de perfil parecía muy fina, aunque un poqui-11o chata. La jovenzuela del cántaro, cuando acabó de llenarlo se lo puso á la cadera y se disponía á marchar, no sin volverse á mirar de reojo á los caminantes; pero Pío Cid la detuvo, preguntándole: — Sí, señor — contestó la muchacha, mirándole con curiosidad.

— ¿Quiere usted que le lleve el cantarillo? — volvió á preguntarle.

— ¿Pa qué va su mercé á molestarse? — contestó la muchacha.

— No me molesto, al contrario. Usted es la que se molestará llevando el botijo á cuestas un cuarto de hora. Espérese usted — dijo arreando el mulo hacia el altillo donde estaba la muchacha. Y — 51 — echándose todo lo atrás que pudo del aparejo, de modo que casi se quedó montado en la culata, cogió en peso á la mudiacha con cántaro y todo y la asentó á la mujeriega sobre el mulo, que al sentir la carga echó á andar sin que lo arrearan.

— ¡Válgame DiosI — exclamó la muchacha por no saber qué decir. — Naide diría que es osté tan forzúo.

— Tenga osté cuidiao con el mulo — dijo el tío Rentero, — mire osté que es un perrera en cuántico que le dan dos déos de luz.

— Va bien -sujeto — contestó Pío Cid, — no hay cuidado. La verdad es — prosiguió — que es buena ocurrencia la de venir á buscar el agua á un cuarto de legua y con el sol de justicia que ahora hace.

— Qué qnié su mercé, señor — contestó la muchacha;— los agüelos han perdió ya la dentaura, y en guisando con el agua de abajo no puen ronchar los garbancejos.

— Entonces no digo nada — replicó Pío Cid, mirando á su pareja, que sin saber por qué se le apareció ahora como una figura bíblica, quizás porque la muchacha llevaba en el pecho, entre el pañolillo de colores con que se lo mal cubría, unas matas de mastranzo, cuyo perfume sano y fuerte embriagaba y despertaba el recuerdo de los tiempos felices en que las mujeres, aun las más puras y delicadas, crecían como las flores campestres. Y luego, fijándose en algo brillante que se movía en las hojas del mastranzo, preguntó: — Lleva usted una marranica de luz. ¿La ha cogido usted, ó está ahí por casualidad?

— 52 — — Estaba en la mata — contestó la muchacha^ ajustándose más el pañolillo con la mano que le queda libre.

— Usted me mira como á un forastero — dijo Pío Cid, — y sin embargo, yo soy su paisano.

— ¿Osté de Aldamar? — preguntó la muchacha.

— Ya verás cómo te doy señas — dijo Pío Cid. — ¿Cómo te llamas?

— Me llamo B-osario, Rosarico — contestó ella.

— Mi padre — contestó Rosarico — se llama Juan Antonio Peña; pero le dicen el tío Rogerio.

— Pero ¿es posible — saltó el tío Rentero, que deseaba meter su cucharón — que eres tú hija de la Roqueta? Tu mae y yo semos del mesmo pueblo y algo de la familia. ¿No la has oío tú mentar al tío Frasco Rentero?