— Vaya que sí — contestó Rosarico riendo; — y tamién sé que faé osté su novio — Justico — interrumpió el tío Rentero, perneando sobre su mulo para ponerle al lado del de Pío Cid; — y en güeña ley tú debías haber sío mi hija si yo me hubiera casao con tu madre, que sin agraviarte á ti era una mocetona mu requería de too el mundo y con más fama en su tiempo que Barceló por la mar. Y ¿cuántos hermanos séis?
— Semos ocho vivos — contestó Rosarico, — y yo soy el rejú de la casa. Ya ve osté que mi Frasco Juan, que fué el primero, tiene una hija mayor que yo dos ú tres años.
— Vaya con Rosarico — dijo el tío Rentero, — y cuánto me he alegrao de verte. Si yo hubiera — 53 — sabio qne estabais aquí cnando vine el año pasao Yo sus creía en Salaureña.
— Aquello se acabó — dijo Rosarico, — y hemos pasao las de Caín. El probetico de mi pae ya no pué dar golpe.
— Y ¿qué jacéis ahora? — preguntó el tío Rentero.
— Tenemos una tierrecilla — contestó Rosarico, — y mis hermanos ayúan algo. Mi Francolín es el marranero del pueblo, y el Pepillo está muy apegao á la iglesia, y algo trae tamién. Pero á este señor lo habernos dejao con la palabra cortá — añadió Rosarico.
— Eso no importa — dijo Pío Cid, muy pensativo.— Sigan hablando sin reparar en mí, que yo lo único que podría decir es que conocí también á los Rogerios y que todos eran muy Jiombres de bien. Díle á tu padre si se acuerda de una vez que fué á la sierra y subió al Mulhacén acompañando al señorito Pío, como él me llamaba.
— ¿Pues no se ha de acordar? — contestó Rosarico, mirándole con admiración; — en cuántico que sepan su venía y le vean á osté se van á jartar de llorar. ¡Válgame DiosI ¿Con que es osté el niño de Los Castaños? k\go más nos relucía el pellejo ■cuando eran ostés los amos de la cortijá; mi padre cuenta y no acaba de ostés toos.
— Pus ahora veremos lo que jace el pueblo y si es agradeció — dijo el tío Rentero, — porque el amo viene pa eso de la eleción, y ahí se ha de ver si semos moros ú cristianos.
— Ve osté — dijo Rosarico, afinando la pronunciación para parecer más cortés, — por esa senda — 54 - se acorta pa ir á mi casa y á la de osté, con premiso de mis padres. Si quiere esté, me bajaré aquí.
— Entonces, ¿vivís en el barrio alto? — preguntó Pío Cid. — Si es así, más vale que sigamos hasta el pueblo y que subas por la vereda del barranco.
— Es que en el pueblo son mu jablaores — dijo Rosarico, sin atreverse á expresar su idea por completo.
— Vaya, que tienes miedo á qué se lo digan á tu novio — dijo Pío Cid en tono de broma.
— No tengo novio — replicó Rosarico.
— Le habrás tenido— insistió Pío Cid.
— Ahí me habló un estornillao, pero yo no quiero noviajos — contestó Rosarico con cierto aire de despecho.
— Pues si el noviazgo se arregla y se habla de casorio, no lo dejes por falta de padrino. Yo me ofrezco á serlo, y ojalá que sea pronto — dijo Pío Cid ayudando á Rosarico á bajar del mulo, y dándole luego el cántaro. — Dale recuerdos míos á tus padres, y ya haré por verles.
— Igualmente — añadió el tío Rentero, mientras Rosarico, ligera como una cabra, subía por el empinado sendero que conducía al barrio alto, y desaparecía á poco detrás de unas higueras.
Se apeó de su mulo el tío Rentero y lo ató del ronzal á la anilla de la baticola del otro mulo, diciendo á Pío Cid: — Déme osté las brías jasta pasar la barranquera.
Pero Pío Cid se apeó también, dejando al tío - 55 — Rentero que llevara los dos mulos y echó á andar delante por el endiablado camino que anunciaba la entrada del pueblo.
Aunque la digresión parezca inútil, diré que en Aldamar, como en muchos pueblos de nuestra provincia, se nota la influencia de la capital en que, así como Granada está cruzada por dos ríos, no muy caudalosos, y secos á temporadas, sus pueblos se asientan, por regla general, á las orillas de algún barranco que, aunque no lleve agua, da la ilusión de que es un río que se ha quedado en seco por un descuido de la Providencia. Sin contar con que un barranco, aunque no traiga aguas, puede traerlas en tiempo de lluvias y sirve para dividir los pueblos en barrios enemigos que, luchando por el predominio local, suelen trabajar sin quererlo por engrandecer, ó cuando menos agrandar, la ciudad naciente. Yo le oí decir alguna vez á Pío Cid que si Aldamar era el pueblo más grande de su distrito, esto se debía á la circunstancia feliz de estar cruzado no por uno, sino por dos barrancos; el más pequeño arranca del camino que viene de La Rabióla, y el mayor corre de Norte á Sur, quedando el pueblo dividido en cuatro cascos desiguales. Los dos más crecidos se llaman Aldamar Alto y Bajo, y sostienen la principal rivalidad; luego viene el neutral ó intermedio, llamado barrio de la Iglesia, y, por último, á espaldas de éste, y algo distanciado, el del Colmenar, llamado así por ser fama que en él vivían varios colmeneros, bien que á la sazón esta industria, antes floreciente, haya desaparecido y no quede ni una abeja en varias leguas á la redonda.
— 56 — — 56 — Con la cría del gusano de seda ocurre lo mismo, y la vinicultura también va de capa caída á causa de la filoxera. La única planta que se sostiene y aun prospera, es el castaño; Aldamar vivía, pues, penosamente de la exportación de castaña, y se consolaba de su decadencia con recuerdos, esperanzas é ilusiones.
Cuando Pío Cid llegó al barranco grande, que en tiempo de sequía era como la calle Mayor ó Real del pueblo, la primera persona á quien encontró al paso fué una pobre mujer que de rodillas lavaba en una poza formada por un liilillo de agua que no se cortaba nunca, porque era de un manantial que nacía un poco n\ás arriba. Al lado de la lavandera había una canasta de ropa sucia, de la que salían gritos desesperados. Pío C>id se acercó por movimiento natural á ver dónde estaba la criatura que tan desconsoladamente chillaba, y descubrió entre los trapos sucios á un niño de teta mordisqueándose los puños; lo sacó de la canasta y se lo puso boca abajo sobre la palma de la mano, y el chiquilló calló al instante.
— No jaga su mercé caso de esta criatura — dijo la lavandera. — Es la más eshonrible del mundo. Como no tenga el pezón en la boca, siempre está dando barracás. Démelo osté á ver si se acalla con una tetica.
— Yo creo — contestó Pío Cid — que este niño está malo del vientrecillo. Debe estar un poco constipado.
— Quizás será que está mu sucio — replicó la lavandera, sentándose en un peñón que allí cerca estaba, y extendiendo los brazos para recibir á la — 57 — criatura. — Ven acá, tragón. ¿Ve osté lo que yo le icía? — añadió la madre.
y diciendo esto se había colocado en la falda al mamoncillo, que comenzó de nuevo á llorar, y le había abierto el pañal de muletón, hecho de retazos, para sacarle el metedor, lleno de verdines.
— Lo que es cierto es lo que yo le decía — replicó Pío Cid. — Ese niño está malo.
— Y ¿qué es lo que debo de jacer? — preguntó la madre.
— Póngale usted en el vientre un pedazo de bayeta pajiza y fájelo bien; y no estaría de más que le pusiera también una chapita en el ombligo, que se le sale demasiado. No sé cómo se les cuajan á ustedes las criaturas con el abandono en que las tienen.
— Es que tengo que trabajar too el santo día de Dios — dijo la pobre mujer sacando un pecho y dándoselo al niño para que callara — y no me quea tiempo pa ná. Ya ve su mercé, son cuatro los que tengo, y naide que me dé ni una sé de agua.
— ¿ Es usted viuda? — le preguntó Pío Cid.
—No, señor — contestó la mujer; — pero tengo el marío en presillo. No por na que eshonre, ¿sabe su mercé? Fué un mal volunto que le dió. La culpa la tienen los malos hombres que Dios premite que haiga en el mundo — agregó en voz más baja, mirando á todos lados, como si temiera que la oyesen.
— Y ¿cuántos años le faltan todavía? — volvió á preguntar Pío Cid.
— Tres años, señor, tres añazos — respondió la mujer. — Ya ve su mercé la injusticia. Sin haber — 58 — robao ni matao le sacaron cuatro años y nueve meses, sin contar lo que había estao en la cárcel. De aquí en tres años cumple pa San José.
— ¿Qué fué lo que hizo, entonces? — preguntó Pío Cid de nuevo.
— Dicen que quería matar al alcalde. Una caluña que le levantaron — contestó la mujer.
Y luego, para evitar que Pío Cid formara alguna mala idea viendo á aquel rorro, cuyo padre estaba preso hacía más de dos años, añadió: — ¡Más veces he maldecío yo este pueblo I Pero aquí he tenío que venir á la fuerza. Mi marío está en el penal de Belén, y yo he estao jasta hace poco en Graná; pero es lo que pasa Ya está esté viendo esta criatura. Y lo que yo le icía á mi marío. ¿A ónde vamos á ir á parar?
— Pero ¿cómo es posible — insistió Pío Cid — que por una simple calumnia hayan condenado á su marido á cinco ó seis años de prisión?
— Pues ahí verá osté — replicó la mujer; — toitico el pueblo eclaró contra mi marío. Lo que fué, fué que mi marío le pegó al alcalde; eso sí, señor; pero que sacara una jerramienta, vamos Si mi marío no gastó enjamás ni un clavete.
— Y ¿por qué fué la cuestión? — preguntó Pío Cid. — Sería quizás por política — ¡Qué! No, señor — respondió la mujer, mirando de nuevo á todos lados; — fué por culpa mía, y yo tan inocente. Sepa osté que el alcalde pasao era un esmandao, que ésta veo, ésta eseo, y ni mocica ni casá se vía libre con el maldecío del hombre. Yo, aunque paezgo un vejatorio — añadió bajando los ojos con modestia, — y eso que no he — 59 ~ llegao entoavía á los treinta, he tenío mi algo de güen ver, y las mujeres de los probes debíamos ser más feas que pantasmas. Mi marío era un rial mozo, eso sí — dijo la mujer con orgullo; — pero más probé que las ánimas benditas, y yo me casé con él enamorá, y no le faltaría por na del mundo. Pero mi hombre tiene su sangre en el cuerpo y su alma en su almario, y quería que su mujer fuera respetá como la primera.
— Y ¿sigue el alcalde ése en el pueblo? — le preguntó Pío Cid.
— Sí, señor — contestó la mujer. — Ya no es alcalde, pero es juez munincipal, y toos son unos.
— Bien — dijo Pío Cid; — me gusta ver que es usted una mujer honrada y trabajadora, y que sobrelleva su desgracia con resignación. Tome usted esto para que salga de apuros, que, sola y con cuatro retoños, no le faltarán.
Y le alargó un billetillo rojo, que la mujer miraba sin atreverse á tomarlo.
— Si tuviera osté monea suelta — le dijo. — Aquí no toman esos papeles, porque dicen que casi toos son falsos.
— Voy á ver — dijo Pío Cid, echándose mano al bolsillo del chaleco y sacando todo el dinero suelto que llevaba. — Uno, dos, tres, no llega ni á cuatro duros; á ver si viene el hombre que trae los malos y tiene para completar Es extraño que no venga el tío Rentero — añadió por lo bajo.
— Pero ¿cuánto me va osté á dar, güen señor? — preguntó la mujer.
— Voy á cambiarle el billete, que es de cinco duros— contestó Pío Cid.
^ 60 — — Eso es mnclio pa mi — replicó la mujer. — Si osté se empeña, lo tomaré. Yo, con cuarenta riales tengo pa pagar el atraso de la casa, y lo otro se lo mandaré á mi marío pa que tenga pa comprar pitillos. Eso es lo que él echa más de menos.
— Pues si usted quiere — dijo Pío Cid, — yo voy á Granada muy pronto, y yo mismo puedo entregarle los tres duros. Tome usted los dos y dígame el nombre de su marido.
— En preguntando por José Gutiérrez, no hay perdía. Pero ¿va osté mismo á ir al presillo? — observó la mujer.— Osté es más güeno que el pan.
- — Eso no significa nada, ni hay que darle importancia— replicó Pío Cid marcliándose. — Paciencia y buen ánimo es lo que le deseo á usted, y que no deje de ponerle al niño el pedazo de bayeta.
— Vaya su mercé con Dios y con la Virgen de los Desamparaos, y si pa algo me necesita, no tié más que preguntar en el barrio alto por Josefa la güérfana, y too el mundo le dirá dónde vivo.
Volvió Pío Cid pies atrás, y, no muy lejos, halló parados al tío Rentero y al secretario del Ayuntamiento, á quien saludó, aunque no le conocía más que de vista.
— Perdone osté, don Pío — dijo el tío Rentero; — como pensaba osté ir á casa del cura lo primero, me figuré que estaba osté allá.
— Pero ¿va usted á alojarse en casa del cura, como la otra vez? — preguntó el secretario.
— No, porque como ahora traigo cierto carácter político, no quiero comprometer al bueno de D. Esteban, que no está ni por los blancos ni por los negros.
— 61 — — No crea usted, no crea usted — dijo el secre^ tario, — que si él pudiera ya resollaría fuerte; pero, en fin, comprendo la delicadeza de usted, y como quiera que aquí no hay sitio para que usted se hospede como es debido, yo no puedo hacer más, eso estaba diciendo al tío Frasco, que ofrecerle á usted mi casa como amigo, paisano y correligionario.
— Pero ¿ no habrá por ahí un escondrijo donde yo me meta sin incomodar á usted? — preguntó Pío Cid.
— No hay incomodidad; al contrario, honor y satisfacción— respondió el secretario con afectación natural en él. — En materia de hospedaje hay que confesar, aunque sea triste confesarlo, que vamos para atrás, como los cangrejos.
— Entonces — dijo Pío Cid — no quiero hacerme rogar y acepto agradecido. Después de todo será muy breve mi estancia, pues el domingo después de la elección, ó el lunes á más tardar, me marcharé.
— Yamos, pues, si usted quiere, á casa — dijo el secretario, — y después de almorzar le acompañaré para dar una vuelta por el pueblo y empezar á trabajar la partida, aunque tiene usted ya admirablemente preparado el terreno, según tendrá ocasión de ver.
— Mi primera visita ha de ser para el señor cura, con el que estoy en deuda — dijo Pío Cid; — después iremos adonde usted guste.
Fueron, pues, los dos viajeros á casa del secretario, que se llamaba Ramón Barajas y era un farsante de marca mayor. Toda su gloria la cifraba ^ 62 — Barajas en conservar su puesto de secretario con todos los partidos que iban pasando por el Ayuntamiento, ó, como él decía, por el poder; y para conseguir su empeño gastaba tal suma de habilidad política y diplomática, que merecía con justicia que se le considerase como á un verdadero hombre de Estado, bien que sus talentos de estadista los aplicara exclusivamente á mantenerse en la secretaría y á embrollar cada día más los negocios.
Antes de almorzar fué Pío Cid á visitar á don Esteban, el párroco del pueblo. Barajas, que por dirigirle en todo quería darle hasta reglas de etiqueta, le aconsejó que fuera antes á casa del alcalde; pero él no hizo caso de la advertencia, á la que sólo contestó diciendo que tenia una deuda de gratitud con el cura, mientras que á D. Federo, el alcalde, ni siquiera le conocía. Halló al buen párroco sentado de media anqueta en un viejo sillón de cuero, leyendo en un libro antiguo de mucho volumen, abierto sobre una mesa grande, de las de barandillas. Le saludó afectuosamente, diciéndole que no se levantara, y, al acercarse á la mesa, vió que el infolio era la Biblia y que estaba abierta por el libro de Job.
— ¿Qué es eso — le preguntó amistosamente, — está usted inspirándose en la vida de este pacientísimo varón para poder sobrellevar los disgustos que le dan estas gentes?
— Ya ni la paciencia de Job basta — contestó el cura, — y los tengo abandonados porque no Iiay medio de hacer carrera con ellos por ningún lado que se tire. Pero ¿ cuándo lia llegado usted? Yo le esperaba desde hace unos días.
— Acabo de llegar ahora mismo — respondió Pío Oid. — El secretario, con quien tropecé en el camino, me ha ofrecido alojamiento, y yo lo lie aceptado por no mezclar á usted en mis asuntos, aunque, si no fuera por ellos, hubiera preferido venir á esta casa.
— Ha pensado usted muy cuerdamente — dijo el cura, — porque yo estoy cada día más apartado de las discordias de este desventurado pueblo, que si no terminan, darán al traste con lo poco que queda en pie.
—Pues vea usted lo que son las cosas — replicó Pío Cid riendo; — yo creía que esto iba mejorando por cierto detalle que he notado ahora mismo, y que me ha parecido de buen augurio. He visto al pasar que en la barbería estaban afeitando á la vez dos barberos, y he visto con sorpresa que son los mismos de mi tiempo: el tío Zambomba y el compadre Elias, tales como yo los dejé, como si no hubieran pasado los años por ellos. Sólo que, en mi época, cuando trabajaba el uno tenía que cerrar el otro, y ahora están los dos en el mismo establecimiento, y hasta han puesto colgada á la puerta una bacía que me ha hecho pensar en el famoso yelmo de Mambrino. «Este no es mi Aldamar, pensé; por aquí han soplado vientos de tolerancia, cuando estos dos barberos rivales se avienen á afeitar á la vez.»
— A desollar al prójimo, debía usted decir — replicó el cura, riendo también. — Porque ahora, como antes, separados y juntos, lo hacen pésimamente. Mire usted lo que yo he tenido que hacer T-añadió, sacando de un cajón de la mesa un rollo — 64 — de cuero; y desliándolo, mostró á Pío Cid tres navajas de afeitar. — Esto lie tenido que hacer para que no me martiricen más estos gañanes; hoy, á Dios gracias, me afeito solo. Unicamente llamo al tío Zambomba para que me repase la corona, y esto durará poco, porque, como ve usted, no me quedan más que cuatro pelos.
• — De suerte — dijo Pío Cid, — que estamos como estábamos, ó peor.
— Le diré á usted — respondió el cura: — este alcalde de ahora no es bueno, pero es un santo comparado con el que salió. Aquél era una hechura del período revolucionario, y pudiera decirse que del mismo Satán. En su época se infiltró aquí el virus racionalista, traído en hora menguada por la prensa anticristiana, y de entonces viene el desbarajuste que en todo se nota. ¡Ah! — exclamó el cura, entusiasmado con su perorata. — Usted no sabe en qué abismo nos hallamos hundidos. ¡Ya no hay fe, ni siquiera decoro! ¿Cómo ha de haberlos, si toda esta generación está amamantada con lecturas impías ú obscenas?
— Pero ¿ cómo es eso posible — interrumpió Pío Cid, — si aquí casi nadie sabe leer?
— Saben cuando les conviene — contestó el cura, — y si no leen, oyen. Yo he visto con estos ojos que ha de comerse la tierra, libros pornográficos con pinturas asquerosas, cuya vista sola ponía el pelo de punta; y esos libros los compraba y los daba á leer ese mismo alcalde infame; él decía que para ilustrar á sus gobernados; en realidad, con el siniestro designio de desmoralizar al pueblo, de arrojar en él la cizaña más perniciosa, la — 65 — de la lujuria, cou lo cual convirtió estos lugares en una repugnante letrina. En fin, todo sea por Dios, hoy parece que mejoramos. Este D. Federo es siquiera buen católico y ha tomado á pechos restaurar el fuero de la religión. Porque aquí ya no iba nadie á la iglesia; los hombres por ser hombres, y las mujeres por no malquistarse con sus maridos. Iban algunas pobres viejas, y pare usted de contar. Ahora, este alcalde ha dispuesto que los domingos los escopeteros del pueblo cierren todas las entradas y salidas, para que nadie pueda irse sin haber cumplido antes sus deberes religiosos.
— Y ¿produce efecto ese rigor? — preguntó Pío Cid, á quien le hacía gracia el candor con que D. Esteban celebraba este recurso á la fuerza armada para restaurar el imperio de la fe á escopetazo limpio.
— Le diré á usted — contestó el cura: — hay algunos tan picaros que se escapan por las bardas de los corrales por burlar á la autoridad; pero la mayoría ha comprendido la razón, y empieza á ir á misa y á oir mis sermones. Esto es todo lo que yo deseo, pues siquiera, escucliándome hay esperanza de que vuelvan al redil que en mal hora abandonaron. Le aseguro á usted, señor D. Pío —añadió el cura haciendo un gesto de dolor al intentar ponerse de pie, — que la misión más penosa que pueda caberle á un hombre en nuestros días, es tener á su cargo la cura de almas — ¿Qué es eso? — preguntó Pío Cid, notando el gesto de D. Esteban. — ¿Está usted enfermo?
— No es cosa nueva — contestó el cura: — son — 66 — unas picaras hemorroides que no me dejan ni descansar á gusto. También hay aquí la calamidad de que tenemos un médico del año 40, que no atina casi nunca. A mí me está recetando desde Año Nuevo, y creo que cada día voy peor.
— ¿Se figura usted — preguntó Pío Cid— que el año 40 no se sabía curar lo mismo que ahora? Diga usted que el médico no habrá acertado, porque la enfermedad que usted tiene quizás se cura ahora lo mismo que en tiempo de Hipócrates.
— ¿Conoce usted alguna receta? — preguntó el cura?
— No es menester receta, puesto que conozco un aforismo muy sabio, que á usted no le será desconocido tampoco; aquel que dice: Sublata causa, tollitur effectus. A mi juicio, las almorranas que usted padece provienen de la vida sedentaria que hace, y desaparecerían si dedicara usted todos los días una ó dos horas á pasear por el campo. ¿No le gusta á usted cazar?
— ¿Cómo quiere usted — exclamó el cura — que yo use armas de fuego?
— No hablo yo de la caza con escopeta — replicó Pío Cid. — Hay también la caza de pájaros vivos, con arbolillo; y en lo alto de Los Castaños hay un soto que está siempre plagado de verderones y colorines. Con ir y volver ya tiene usted un paseo de dos horas, y no un paseo tonto, sino entretenido, con las peripecias de la caza. Pepillo, el hijo del tío Rogerio, podrá llevarle á usted el arbolillo y las jaulas.
— Pero ¿cómo sabe usted que viene aquí Pepillo?— preguntó el cura.
— 67 — . — Me lo ha dicho su hermana Rosarico, á la que encontré en la Fuente de los Garbanzos — contestó Pío Cid. — Por cierto qne me parece que la muchacha esa tiene unos amoríos con cierto sujeto Usted estará enterado de la historia.
— Eq efecto, con uno de los Tomasines. Bastante se ha hablado de eso y no para bien; porque el Tomasín está publicando por ahí á la pobre muchacha, y como él no se case con ella, mal vamos. Hay cierta rivalidad antigua entre los Tomasines y los Rogerios; y como los unos están ahora muy subidos de punto, y los otros á la cuarta pregunta, el padre de Tomasín no consiente en el casamiento; y el hijo, por salirse con la suya, porque quiere á la muchacha, le está quitando el crédito ¿Qué le parece á usted? Días pasados le decía yo á ese facineroso: «Pero ven acá, infame, ¿no sabes lo que dice la copla aquella: «¿Para qué 3>enturbias el agua— que has de venir á beber?» ^No es innoble, ruin y hasta criminal lo que estás haciendo?» ¡Ah, señor D. Pío, está usted en el pueblo media hora, y ya empieza á ver y á oir; si estuviera medio año saldría huyendo á uña de caballo, y al huir, sin volver la vista atrás, renegaría de esta tierra scecula sceculorum^ amén!
— No haya temor de qne esto suceda — dijo Pío Cid,— porque me voy el domingo. Y ahora voy á preguntarle, aunque la pregunta es ociosa, si colocaron la lápida que yo dejé encargada para el panteón de mi familia.
— La trajeron — contestó el cura, — y yo mismo estuve presente cuando la colocaron, como le ofrecí á usted. Ahora mismo, puesto que no está — 68 -- lejos, vamos á ir, si usted quiere, al campo santo. Así comenzaré á hacer el ejercicio que usted me recomienda.
Se puso D. Esteban su bonete, cogió un paraguas rojo, muy descolorido, que en caso necesaria servía también de quitasol, y encargó á la criada que le buscara las llaves del cementerio y se las llevara allá, mientras él y Pío Cid iban de camino^ hablando de cosas del pueblo, que si fuera á contarlas todas aquí, no acabaría nunca. Pío Cid se cercioró de que su panteón de familia, que por cierto era el único de Aldamar que mereciera este nombre, estaba muy bien atendido y conservado, por lo que dió gracias á D. Esteban, el cual entonces dió comienzo á una segunda jeremiada, no para llorar los males presentes, sino para deplorar los bienes pasados.
— Yo no alcancé á conocer los tiempos de ustedes— dijo; — pero algo más valía el pueblo cuanda los Cides que están en este sepulcro vivían y eran los amos de Aldamar. Todo aquello se disolvió como la sal en el agua, es decir, algo peor; cayó en manos de advenedizos que sólo miran por su medro personal. Sus padres de usted, no trato de inculparles, faeron los primeros que abandonaron sus posesiones para ir á la capital. Le dieron á usted carrera, y usted ¿qué hizo? Desligarse en absoluto de su pueblo y disipar su fortuna, yo no sé cómo. Así ocurre que nadie puede alzar la voz contra las calamidades que nos afligen, porque en este asunto se puede decir también: «Todos en él pusisteis vuestras manos j> Por cierto — añadió el cura después de una pausa, y sin que Pío Cid — 69 - alegara para disculparse niagima razón de las muchas qne podía alegar, — que ya que hablo de su familia de usted, le voy á hacer una pregunta respecto de su linaje. Yo soy aficionado á sacar genealogías, y he compuesto desde su origen la de ustedes, que se remonta al siglo xvi ó comienzos del XVII, en que se estableció en Aldamar el primer Cid, que era burgalés de nacimiento y de pura estirpe castellana. Todos los descendientes de este Cid nacieron en este pueblo, excepto usted, que nació en Granada, y que, por lo que veo, va á ser el último de su casta. Es decir, aunque dejara hijos lo sería, porque el apellido Cid lo lleva usted ya en segundo lugar, y se perdería al pasar á su descendencia. Pero voy á mi pregunta. Así como por parte de madre conozco el árbol genealógico de usted, por parte de padre no he podido averiguar gran cosa, porque su j^adre se estableció aquí después de casado. Según aparece de los registros, era natural de Adra era natural de Adra — Yo no sé gran cosa de mi progenie — contestó Pío Cid. — La tradición esa de los Cides sí la conocía, y respecto de mi padre, sólo sé que, aunque nació en Adra, era levantino de origen. Esto es seguro, porque la fortuna de mi padre procedía de un hermano suyo, que murió sin hijos, dejándole por único heredero de un gran capital, invertido casi todo en un negocio considerable de exportación de vinos en Alicante. Mi padre siguió algún tiempo el negocio, valiéndose de administradores, y, por último, lo liquidó de mala manera antes que se lo echaran por completo á perder. No creo que si entrara usted en investigacio- -iones descubriera muchos pergaminos en mi rama paterna; estoy más bien por pensar que fueron gente pobre, pues mi padre, antes de casarse, era maestro bodeguero, y sabía llenar de vino una bodega con sólo que le pusieran agua á mano y le dejaran mezclar polvos y tinturas, que él mismo preparaba como si fuera químico de profesión. Esto no quita para que fuera un caballero perfecto, como lo probó cuando le vino la herencia. En menos que tardo yo en decirlo se transformó como gusano que se cambia en mariposa, y del bodeguero listo y de ancha conciencia salió un señorón en el que no había medio de descubrir la hilaza, y un hombre de bien á carta cabal. Claro está que en materia de finura nunca le llegó á mi madre al tobillo; pero con sólo que mi madre consintiera en casarse con él, está dicho que mi padre era un hombre de mérito. Esto es todo lo que le puedo decir de mi linaje.
— Le doy á usted las gracias por sus informes — dijo el cura. — Usted no sabe el interés que tienen para mí estos estudios, que á otros les parecen cosa de pasatiempo. Es curiosísimo averiguar, como yo he averiguado, el origen de muchos apellidos de esta comarca, casi todos los cuales proceden de Castilla y de Galicia. Así, por ejemplo, mi apellido, que es Chiroza, viene de un Quiroga, gallego. Vea usted qué cambios ortográficos tan caprichosos. Yo he encontrado Quirugas, Chirugas, Quirozas y Chirozas, y todos, todos no son más que variantes del apellido originario, adulterado por la mala pronunciación de la gente del pueblo. Le repito á usted que es interesantísimo el estudio de las genealogías.
— 71 — De vuelta á casa del cura, despidióse de él Pío Cid, y se fué á visitar á los Tomasines, que eran hijos y nietos del Tomasín primitivo, capataz de Los Castaños en tiempo de los Cides; no tardó en averiguar que el difamador de Rosarico era hijo de Blas Tomasín, é inmediatamente formó propósito de emplear su influencia en beneficio de la buena muchacha. Pío Cid conocía muy bien el terreno que pisaba, y le bastó cruzar algunas palabras con Rosarico para comprender que la criatura estaba enamorada, y más aún que enamorada, gravemente comprometida.
— Si hubiera sólo un pique amoroso — pensó Pío Cid, — Rosarico hubiera entrado conmigo en el pueblo por darle cantaleta á su novio; esto lo sabe hacer hasta la mozuela más ramplona y palurda. Cuando temió que la vieran es que él es el que manda, y un hombre sólo manda cuando la mujer ha perdido los estribos. Así, pues, las difamaciones del Tomasín debían tener más de verdad que de mentira, y si no se apresuraba la boda, corría Rosarico grave riesgo de salir luego con un sietemesino.
Esta negociación matrimonial, que para otro sería asunto despreciable é indigno de fijar en él la atención, era para Pío Cid más importante que BU elección; porque le había gustado ver á Rosarico venir á buscar agua para que sus padres ancianos pudieran roer los garbancejos.
— Aquí no hay más que un arreglo — se decía Pío Cid: — para que Blas Tomasín ceda hay que cegarle por el interés, porque otro lenguaje sería música celestial. A mí no me quedan ya más que nnos cincuenta daros, y si abro la mano voy á tener que volver á Madrid de limosna; pero por algo se dice que donde mucho hubo, algo queda; ahora recuerdo que, cuando vine la vez anterior, el registrador me habló de la compra de los censos que mi familia tenía. Yo entonces no le hice caso, y los dichosos censos me van á prestar hoy un brillante servicio.
Esto que decía Pío Cid era verdad, pues, según parece, D.* Concha, que consintió en venderlo todo, no quiso enajenar los censos, porque le había oído decir á su madre que era lo único que restaba del antiguo señorío que los Cides ejercían sobre Aklamar, y que había que conservarlos eternamente, si era posible, aunque no se cobrara, como no se cobraba, el canon anual. Hay que advertir que, aunque los censos eran más de cien, muchos se habían trasconejado en los registros, y los que quedaban eran el que más de catorce reales al año, y algunos consistían sólo en una gallina. Pero aunque la renta fuera de un millón de reales, Pío Cid la hubiera regalado: tal era el despego que tenía á la propiedad; y aunque la renta fuera de unos cuantos ochavos, los Tomasines la aceptarían con júbilo por el prestigio señorial que á ella iba anejo. No se anduvo Pío Cid con medias palabras, sino que al ver á Blas Tomasín y á su hijo, á los que tuvieron que ir á bascar al campo para que vinieran á hablar con su amo antiguo, les estrechó las manos muy campechanamente y les dijo de buenas á primeras: — Estoy muy disgustado con vosotros, en particular con este mozuelo, porque no he hecho más — Taque llegar, y ya me he enterado de que anda por ahí poniendo por los suelos á una muchacha muy decente, y á la que debíais tener más consideración, siquiera por ser hija de un buen hombre, que ha pasado casi toda sii vida en el cortijo con todos vosotros. Esto es indigno; y como yo no tolero que se cometan indignidades donde yo estoy, he decidido, y lo haré sin demora, regalarle á Rosarico los censos que tengo aquí perdidos, y que representan al año un puñado de duros. Ya verás tú cuando se sepa si acuden como moscas los golosos. Así los habrá — agregó Pío Cid, juntando las yemas de los dedos, y uniéndolas y separándolas muchas veces con gran presteza, — así los habrá, y tú te vas á quedar con tres palmos de narices. No me extraña — prosiguió con indignación aparente, puesto que sabía que la causa estaba ganada — que tu hijo le dé como le da á la sin hueso, porque todos los Tomasines habéis sido siempre muy largos de lengua, y c(de casta le viene al galgo el ser rabilargo»; pero al fin, tu hijo es todavía una criatura sin reflexión, y tú eres el que debías corregirle, y si no lo haces eres peor que él. Quizás te extrañará que yo me tome tanto calor por lo que no me va ni me viene; pero me va en ello más de lo que os podéis figurar, y punto redondo. Conque pongamos las cartas boca arriba; yo no he dicho todavía á nadie mi pensamiento; si este caballerete se casa con la Rosarico, ya sabéis cuál es mi regalo de boda; así, nadie tiene que decir que el matrimonio ha sido por interés; si no, yo haré lo que me parezca, sin dar más explicaciones.
— Don Pío, me ha dejao osté atortolao — dijo — 74 — Blas Tomasín. — Bien sabe Dios que lo que yo siento más en el mundo es que osté reniegue de nosotros, y la verdad, me ha dejao osté jecho un pan. Empués de tanto tiempo sin verlo, que tenga yo que oir lo que oigo Vamos — exclamó encarándose con su hijo, — quítate de elante, bandío, que maldigo jasta la hora en que te di el sér que tienes. Yo le juro á osté, D. Pío, por estas cruces de Dios, que no sé ná de esas jablaurías, naíca, se lo juro cien veces pares.
— No hay que echar maldiciones — dijo Pío Cid, — porque algunas veces alcanzan. Lo que hay que hacer es reparar el mal que se ha hecho; y cuando un hombre le quita el crédito á una mujer, debe casarse con ella: si es verdad, por ser verdad, y si es mentira, con mayor razón.
— ¿Qué dices tú á esto? — preguntó Tomasín á su hijo. — Habla, hombre, que paeces una lechuza con esa cara tan espantá. ^ El muchacho no contestó nada, porque no quería descubrir la comedia de su padre, que era el que se había opuesto á sus relaciones con la hija del tío Rogerio y el que le había lanzado en el camino de las difamaciones, medio que suele producir buenos resultados para arreglar bodas imposibles.
— Yo le conozco en la cara — dijo Pío Cid — que está arrepentido de su mala acción, y que si le dejan se casará con Rosarico sin replicar.