— 21 — cerle discretamente algún auxilio, no como limosna, sino como dádiva de una buena amiga. Al presentarse Pío Cid, hubo de ocurrírsele á doña Concha la idea de casarlo con una joven de tan buenas prendas; pues la pobre señora sentía su salud tan cascada, que siempre estaba anunciando que ella no haría los huesos viejos, y pensando en lo que sería de su hermano solo, con una criatura de seis años, que esta edad podría tener Pepita entonces, á lo sumo. Todo esto es muy natural, y tampoco sería extraño que no hubiera resistencias por parte de Posa, que, á pesar de lo crecido de su dote, había perdido ya la esperanza de casarse. Sin ser extremadamente fea, no era nada apetitosa; no tenía pizca de ángel, ni asomo de juventud; su figura vulgar estaba velada por un aire de vejez prematura y de agria tristeza, que no dejaba resquicio por donde el amor pudiese mirarla con buenos ojos. Después de tratarla se la estimaba, y aun se la admiraba como á una hermana de la caridad, por su espíritu humilde y resignado; pero no se pasaba de ahí. Había tenido quien la pretendiera, pero mostrando tan visiblemente que el interés era el único móvil de la pretensión, que ella no había querido servir de juguete á ningún cazador de dotes. Y sin embargo de lo dicho, se aseguraba que Pío Cid estuvo enamorado de ella, y ella enamoradísima de él, y que poco faltó para que se cumpliera el deseo de D."" Concha.
Una de las más nobles cualidades de Pío Cid era el saber distinguir al primer golpe de vista el lado bueno de las cosas; su pesimismo era tan hondo, que le obligaba á buscar un agarradero por donde cogerlas; y así, despreciándolas todas, por malas, sabía amarlas todas por lo poco buena que tuvieran. Eosa tenía algo bello, de belleza^ admirable, por donde pudo muy bien Pío Cid amarla; no con amor nacido de la estimación moral, sino con amor corpóreo, enamorándose como un mozalbete en sus primeros revuelos, si se ha de creer al amigo Vargas; y este algo eran las manos finas, blancas, espiritualizadas por el ejercicio de la caridad, las que para Pío Cid revelaban plásticamente, ellas solas, toda la belleza de alma que detrás de aquel rostro miserable y de aquella insignificante figura se escondían. ¿Cómo se rompieron súbitamente estos amoríos, rotos hasta el extremo de que Rosa no volviera á poner jamás los pies en casa de los Cides? Aquí se injertaba la malhadada historia del libro que Pío Cid tuvo la ocurrencia de publicar, para que, sin darle utilidad ni fama, le hiciera perder la estimación del mejor amigo que tenía y el amor de la única mujer por quien llegara á interesarse; puesto que el horror ó el miedo, ó lo que sea, que Rosa le tomó á Pío Cid, provino de la lectura del tan famoso cuanto desconocido libro, en el que, á juzgar por las señas, debía mostrar el actor y autor cualidades poco recomendables. Yo no he creído nunca que Pío Cid estuviera enamorado, ni menos decidido á contraer formalmente matrimonio, porque toda su vida atestigua en contra de esas invenciones; pero valgan por lo que valieren, aquí las consigno.
Lo que se debía sacar en sustancia de las suposiciones de Vargas era que había de por media — 23 — alguna historia en que los salvajes habían desempeñado un gran papel, dando á Pío Cid cierto aire salvaje ó poco menos, que se descubría, á poco que se le tratase, debajo de su apariencia de hombre culto. Sn amor á la vida natural, libre de artificios y trabas; su desprecio de los hombres, su misma bondad, no exenta de dureza, se explicaban muy bien por el largo contacto con gentes de raza inferior, en las que vería en forma descarnada, en esqueleto, la baja y mísera condición de los hombres. Y su único error, que por ser suyo tenía que ser grandísimo, capital, consistía en creer que en España continuaba viviendo entre salvajes, y que podía someter á sus compatriotas á las mismas manipulaciones espirituales que sin duda ensayó, no se sabe si con buen éxito, en el ánima vil de los negros africanos; sin este error, Pío Cid hubiera sido un hombre perfecto, digno de que lo canonizaran.
Pocos hermanos harán en el mundo lo que hizo él con su hermana al llegar á Madrid, puesto que, á pesar de su gran pereza y ninguna afición á solicitar favores, se apresuró á visitar al diputado por su distrito, que había sido administrador de los bienes heredados por D.^ Concha, hasta que el marido de ésta los malvendió para hacer frente á alguno de los compromisos que al fin y al cabo vinieron á dar con él en tierra. Y no se sabe si por agradecimiento y amistad, ó porque no se encontrara con la conciencia completamente limpia, el ex administrador no anduvo reacio en gestionar y obtener para el hijo de sus antiguos amos un empleo que le permitiera cubrir sus más indispen- — 24 — sables atenciones. Pío Cid no tenía ningún vicio: no ñimaba, no iba al café ni al teatro, ni salía nnnca por la noche; hasta en las cosas más precisas, como comer, beber y vestir, era muy ahorrativo; comía poco y alimentos muy ligeros, generalmente legumbres; no bebía más que agua, y esto sólo alguna vez en verano, y no tenía más ropa que la puesta, ni quería jamás comprar un traje nuevo mientras el puesto podía prestar decente servicio; por último, no gastaba ni en barbero, porque no gustaba de que le sobasen la cara; ni en peluquero, porque tampoco le hacía gracia que le anduvieran en la cabeza. El mismo se arreglaba, como mejor podía, de tarde en tarde, cuidando más de la limpieza interior del cuerpo y de la ropa blanca, que de la aparente de los vestidos, sombrero y zapatos. No usaba guantes, y llevaba la menor cantidad posible de corbata. De este modo, su sueldo iba íntegro á manos de D.^ Concha, y aunque no era nada crecido, bastaba para vivir modestamente, y aun para que Pepita no careciera de juguetes y chucherías, que su tío le compraba, cuando algunas mañanas, antes de ir á la oficina, la sacaba á dar un paseo. Aparte su habitual mal humor, que jamás fué molesto para los que le rodeaban, considerábase felicísimo Pío Cid, y sólo le apuraba la idea, que algunas veces se le ocurría, de que su sobrinilla pudiese quedar súbitamente desamparada si le llegara á faltar su madre, siempre achacosa, y él, que tampoco las tenía todas consigo á causa de una molesta afección al hígado, que de tiempo en tiempo hacía sus asomadas. ¡Y quién sabe si su solicitud por Pepita — 25 - no fué la razón que le determinó á escribir su dichoso libro, con la esperanza de ganar algún dinero é ir ahorrándolo para asegurar el porvenir! Mal le salió, sin embargo, la cuenta, como sabemos; y aun parece que para pagar la edición tuvo que empeñar ciertas alhajas de familia, reliquias de que D.^ Concha no había querido deshacerse ni en la época angustiosa en que hasta para comer le faltaba. Pero un hombre como Pío Cid no se abate fácilmente, y ya que por la muestra comprendió que por el camino emprendido no iría á ninguna parte, comenzó á cavilar, y de sus cavilaciones sacó en limpio que lo que él debía ser era traductor. Ni él era capaz de escribir obras al gusto de un público tan necio y estragado como el que había de leerle, ni este público estragado y necio podía entender y apreciar las que él escribiese según su leal saber y entender; no había motivo para escandalizarse, ni era cuerdo repetir la prueba y verse en la triste necesidad de empeñar hasta las sábanas. Se dedicaría, pues, á traducir libros de las diversas lenguas que poseía, y sin calentamientos de cabeza ganaría algo, aunque fuese poco. Así lo hizo, procurando traducir libros útiles, porque los de puro entretenimiento, y en particular las novelas, entonces de moda, le molestaba hasta el leerlas, cuanto más traducirlas. Sus trabajos más importantes fueron por este tiempo versiones del alemán de obras de Derecho, por cuenta de varios editores; su traducción y anotación de la Evolución histórica del Derecho civil Europa, fué considerada como obra de un verdadero jurisconsulto, y le produjo cerca de mil — 26 — pesetas, con las que pudo desempeñar sus queridas alhajas y aun guardar un buen pico, punto de partida de los dos ó tres mil duros que pensaba reunir para la dote de Pepita. Bueno es decir que él personalmente no salió ganando ninguna honra científica, porque firmó con el seudónimo de Licenciado Gregorio López de Górgolas, y nadie supo quién era el tal Licenciado. 'Otras traducciones ni siquiera las firmó, y algunas las firmaron por él ciertos falsos traductores que tenían empeño en recoger la distinción ó el aplauso que nuestro amigo desdeñaba.
Todo parecía sonreirle ó, cuando menos, mirarle con ojos de benevolencia, cuando la fatalidad, que le tenía reservadas mayores y más espinosas empresas, derribó de un soplo el castillo de naipes que él, paciente y cuidadosamente, iba levantando; no fueron menester más de tres días para que la traidora difteria arrebatara á Pepita, dando el golpe de gracia á la pobre D.'^ Concha. Pepita se fué á la región donde descansan los ángeles, después de cruzar los eriales de la tierra como ligeras mariposas, y su madre se quedó penando aiin algún tiempo, luchando, no contra la muerte, á la que ningún miedo le tenía, sino entre la imagen de la niña muerta, que la llamaba, y con la que, en su fe de buena católica, ella estaba segura de reunirse, y la otra imagen que tenía á su lado, la de su hermano Pío, que en recompensa de dos años de sacrificios y desvelos se iba á quedar solo, completamente solo en el mundo. Doña Paulita, que asistió á D.^ Concha con tanto amor como lo hubiera hecho con su propia madre, y que le cerró — 27 — los ojos con sus propias manos, lloraba como una Magdalena cuando recordaba este cuadro tristísimo, y decía siempre que lo que más la impresionó fué la calma y la serenidad espantosa de Pío Cid en aquella ocasión. No derramó una lágrima, ni se inmutó, ni siquiera pareció entristecerse; él mismo embalsamó y amortajó á sus dos muertas^ como las llamaba, complaciéndose en adornarlas con todas las joyas que en la casa había de algún valor. Á Pepita la llevó él solo al cementerio, y cuando murió D.* Concha no quiso valerse de nadie, sino que él mismo anduvo los pasos para trasladarla, con su hijita, á Aldamar, donde los Cides tenían su panteón de familia; en lo cual gastó cuanto tenía, hasta lo que le dió un baratillero por todos los muebles de la casa. De suerte que al regresar á Madrid de su fúnebre viaje no le quedaba más que un baúl pequeño con contadas prendas de ropa y una maleta que le sirvió para el camino; volvió sin avisar á casa de D.^ Paulita, donde había dejado el baúl; se instaló sin decir palabra en una habitación que estaba enfrente de la puerta de entrada, y continuó viviendo como hasta entonces había vivido, acostándose temprano y levantándose al amanecer, paseando por las mañanas^ yendo entre once y doce á su oficina y encerrándose en su cuarto cuando venía de ella, sin encender jamás la única luz que tenía á su disposición^ una palmatoria sobre la mesa de noche. Comía también en su cuarto, y no hablaba arriba de cuatro palabras con D.^ Paulita cuando ésta, con el pretexto de servirle la comida, buscaba ocasión para sacarle de su mutismo. Siempre fué hombre — 28 — de pocas palabras, pero ahora era hombre de ningunas.
— Don Pío, le decía su amable paisana, mi pleito marcha muy bien; creo que pronto voy á tener aquí á mi marido. — Me alegro, le contestaba. — ¿Sabe usted que hoy ha venido un nuevo huésped? Es un chico vizcaíno que se llama D. Serapio. Parece muy bella persona Además dice que pronto vendrá á vivir con él un amigo que se llama D. Camilo Aguirre. Creo que los dos vienen á estudiar para ingenieros, y que el D. Camilo es de familia riquísima. Necesitará dos ó tres habitaciones buenas Yo, si sigue el buen viento, me voy á lanzar á tomar el tercero, que aun está desalquilado. — Si es así, me voy á él. — Eso no debe usted hacerlo, porque se va acabar de morir de tristeza. Aquí es, y vive usted como un hurón Eso, digan lo que quieran, no puede ser bueno para la salud En fin, no le hablo de esto por no desagradarle; pero ¿Sabe usted, D. Pío, que tiene usted de verdad buena mano? Hoy ha venido otro huésped. — Me alegro, le contestaba. — Es un estudiante de Farmacia. Este parece un chico pobre, pero muy infeliz. Le he dado un cuarto interior por doce reales Y ¡)or si no bastara, dice el Sr. Orellana que quizás se venga á vivir con él un amigo con quien se reúne en el café. Yo estoy ya decidida; hoy mismo, que estamos á 15, voy á tomar el cuarto de arriba — Pues lleve usted mis bártulos — No he visto hombre más testarudo que usted. Es inútil tratar de convencerle Supongo que no se ofenderá porque yo, como buena amiga, le hable de cierto modo Don Pío gran- — 29 - des noticias hoy. Al fin tomé el tercero. Le estamos dando una mano de limpieza, y esta noche le mudo á usted á él. Voy á ponerle frente á la puerta, como esta usted aquí, para que se figure que está en la misma habitación Ya sé que á usted no le gusta cambiar. (Pío Cid no contestó, pero miró á D.^ Paulita con aire de reconocimiento.) Para que no esté usted completamente solo en el piso vacío voy á trasladar también á D. Benito, y le daré un cuarto mtás grande y con más luz, porque ahora el pobre chico no puede rebullirse Ya es seguro que viene el D. Camilo Agairre y que tomará esta habitación de usted y las dos de al lado. Además ha venido á preguntar un nuevo huésped, que qnizás vuelva, pues parece que le ha gustado la casa y el trato. Ya ve usted que no hay de qué quejarse. — Me alegro, contestaba imperturbablemente Pío Cid; y todos los días tenía algo por qué alegrarse y continuaba siempre del mismo humor sombrío, tétrico, con que regresó de su viaje á Aldamar.
En verdad que no tenía de qué quejarse doña Paulita, pues en menos de dos semanas se le llenaron los dos pisos de bote en bote. Además de D. Serapio, y D. Camilo y D. Benito, vinieron el amigo de Orellana, que era gallego y estudiante del último de leyes, y se llamaba D. Perfecto Fernández Vila, y el joven que quedó en volver, que era estudiante de Medicina y cartagenero, llamado D. Mariano con su amigo y compañero de estudios, Pepe Rodríguez, un murciano andaluzado, dicharachero y alegre como unas sonajas. No fueron huéspedes todos los que vinieron, porque detrás de — solos huéspedes llegó la chiquilla menor de D.^ Paulita, y el anuncio que de pronto vendrían los dos niños que en Granada quedaban. Sin duda las buenas noticias corren tanto como las malas, cuando tan pronto supieron los parientes de D.^ Paulita que ésta comenzaba á levantar cabeza. Los abuelos, que estaban hartos de bregar con Paquilla, que era más viva que una pimienta, se la remitieron á su madre con una familia conocida que iba á Madrid, y los hermanos, en cuyo poder estaban Fernando y Manolo, que eran también muy traviesos é incorregibles, se dispusieron á soltar la carga. No asustaba esto, sin embargo, á una madre tan buena como era D.* Paulita, y ahora que los recursos no escaseaban se dió por muy contenta de recoger y tener á su lado á sus tres inaguantables pimpollos, y ann á su esposo si lograba sacarlo con sus influencias del mal paso en que se había metido.
— Es usted un hombre de buena estrella, don Pío — repetía constantemente su agradecida paisana.— Pues nadie me quita que todo esto me lo ha traído usted, porque desde el día en que usted entró en mi casa parece que entró la bendición de Dios.
— Lo que hay — contestaba Pío Cid — es que yo he venido en Septiembre, en la época en que vienen los estudiantes. No busque usted explicaciones maravillosas á un hecho tan natural.
— No tan natural — insistía D.^ Paulita. — Porque yo abrí la casa hace más de un año, y pasó Septiembre y no vino nn alma. Diga usted lo que •quiera, yo soy supersticiosa y creo que hay personas que llevan consigo la buena ó la mala suerte, — 31 - j usted es de los que la llevan buena y retebuenísima. Quizás por eso la tenga usted tan mala, porque se la da toda á los demás.
— Usted es muy dueña — decía para terminar el afortunado sin fortuna— de creer en mi virtud oculta y en todo cuanto se le venga á las mientes; que en el creer no hay pecado, aunque se crea en grandes tonterías.
Lo mismo cuando estaba solo Orellana que cuando eran siete los huéspedes, ó cuando fueron ocho con la llegada del joven canario, Carlos Cook, amigo de los vizcaínos, Pío Cid vivía como de costumbre, retraído y sin tratarse con nadie. Sólo alguna vez cruzaba la palabra con Benito y los estudiantes de Medicina, que eran sus vecinos más próximos. Sin embargo, aunque seguía comiendo en su cuarto bajaba algunos días á almorzar al comedor, que estaba en el principal, y con el tiempo conoció á toda la patulea estudiantil, con la que simpatizó grandemente, pues era amigo de la juventud, y bien que su exterior fuese el de un hombre ya entrado en años y su carácter misantrópico, sus ideas eran tan frescas y vibrantes que cuando hablaba todos le escuchaban con la boca abierta, como cuando se oye algo nuevo é inesperado. Aquellos estudiantes eran, según Pío Cid, pellejos acabados de salir de manos del curtidor y llenos de vino viejo y echado á perder, de ciencia vana y pedantesca aprendida en los bancos de las aulas de boca de varios doctores asalariados.
No todos los comensales le pagaban estas simpatías, pues se sabe positivamente que algunos le tenían cierta punta de encono, y le tachaban de re- — 32 - volncionario y perturbador, no obstante ser Pío Cid persona tan pacífica y tan enemiga de cambios y trastornos, que por no cambiar ni siquiera se afeitaba. Su deseo era perturbar el espíritu de aquellos jóvenes ramplones, y las revoluciones que á él le gustaban eran las que llevan los hombres en la inteligencia y no salen á la superficie sino en forma pacífica, bella y noble. Pero Orellana, que era tradicionalista furibundo, y su amigo Yila que allá se iba con él, no comprendían estos perfiles ni veían en Pío Cid más que un predicador de ideas disolventes, y lo que más les llegaba al alma era que no predicaba con discursos, ni empachaba al auditorio con abusos de palabra, sino que exponía sus ideas en frases cortas, que las más veces no tenían réplica. La reunión se alegraba con estas salidas graciosas é intencionadas, que bien pronto se convertían en frases hechas, usadas á diario por los estudiantes. A pesar de la diferencia de opiniones, ni Orellana ni Vila llegaron á reñir seriamente con el irrespetuoso predicador; antes parece cierto que Orellana era su mejor amigo, casi tanto como Benito, que no dejaba á Pío Cid ni á sol ni á sombra. El que le tenía una marcada aversión, hasta el punto de que varias veces quiso tomárselas de prueba, era D. Camilo Aguirre, el único enteramente refractario á sus enseñanzas. Dicen que el comienzo de esta enemistad vino de una discusión científica, promovida entre Orellana de una parte y de la otra Pepe Rodríguez y Mariano Avilés, sobre un tema tan espinoso como el de las causas finales. Orellana las defendía como si fueran personas de su familia, y los futuros médicos sacaban — 33 — á relucir toda la Patología y la Fisiología para demostrar que en el mundo hay muchas cosas que no sirven para nada, ni tienen otro fin conocido que el de molestarnos y empeorar nuestra desgraciada condición. En semejante disputa no podía quedar en el olvido el bazo, órgano completamente inútil y sin objeto en la vida humana, según los sabios más empingorotados. A D. Camilo, que gustaba de punzar á Pío Cid, se le ocurrió preguntarle: — Hombre, usted que está tan enterado de todo podía acudir en auxilio del Sr. Orellana, explicando para qué sirve eso que dicen que no sirve para nada.
— Eso no sirve hoy para nada — contestó el aludido,— porque es un órgano atrofiado y condenado á desaparecer paulatinamente; pero en lo antiguo, amigo mío, el bazo era el órgano del honor, sentimiento que, cuando los hombres lo tenían, dió lugar á muy bellos incidentes.
Rió la asamblea, Orellana se atribuyó la victoria y Aguirre se tragó la pildora, no sin intentar echar los pies por alto. Otros creen que la tirantez de relaciones nació cierto día que Aguirre, metiéndose en lo que no le iba ni le venía, preguntó á Pío Cid cuándo pensaba arreglarse la barba.
— Cuando usted se dedique á barbero — contestó secamente el interpelado.
Con lo cual Aguirre, que era más mal intencionado que discreto y que no sabía seguir una broma, comenzó á desbarrar y dijo una porción de inconveniencias, que decidieron á Pío Cid á no hacerle caso en lo sucesivo; pues no le agradaban las dis- — 34 — putas, ni los altercados, y su único medio de venganza con los bellacos era el desprecio. En realidad la causa verdadera de este antagonismo era la pretensión de Aguirre, de que le guardaran excesivas consideraciones, engreidillo, como estaba, con su gran fortuna; que más de una vez se dejó decir que él no debía estar en aquella casa, sino en el mejor botel de la corte, y que sólo estaba allí por la amistad que le unía con D. Serapio. Pío Cid sentía gran complacencia en bajar los humos de los que pretendían imponerse sin motivo para ello, y no podía hacer buenas migas con el flatulento, bien que bueno en el fondo, de D. Camilo.
— Todos los hombres — decía — tenemos una fuerte dosis de grosería, que procede de nuestra animalidad; velada en los unos por la sencillez que da la pobreza, en los otros por las formas nobles ó por la distinción personal, ó sólo por la buena crianza; pero los que de repente salen de la pobreza, sin haber tenido tiempo para conocer el nuevo disfraz social con que han de presentarse, éstos muestran la animalidad tan al descubierto que no es posible soportarlos. Bendita sea la naturalidad cuando es natural, que yo soy el mayor devoto de ella; y estoy seguro que hubiera sido buen amigo de Aguirre cuando su señor padre era un pelagatos y no había descubierto ningunas minas de hierro, con las que en dos por tres, según parece, se ha hecho él hombre de pro y su hijo caballero, sin dar al tiempo lo que es suyo, ni dejar á la Naturaleza que obre y dé á cada cual lo que le convenga.
— 35 — — 35 — Lo más recio de la pelea intelectual que Pío €!id había empeñado, sin darse cuenta, con sus comensales, no se reñía en el comedor, porque el maestro no era aficionado á enseñar nada á muchos á la vez; por esto no había pensado nunca dedicarse á la enseñanza, aunque títulos y capacidad tenía para ello. Todos aquellos jóvenes le decían que era una lástima que viviese como obscuro empleado, pudiendo ser un profesor de fama á poco que se lo propusiera; pero Pío Cid contestaba que él tenía segara su manutención y no estaba necesitado de mayor sueldo para enseñar á quien quisiera aprender algo de lo poco que sabía.
— Cierto que no es grano de anís estar detrás de una, mesa con la toga á cuestas y el birrete calado, para que las palabras salgan con la autoridad debida; yo pienso, sin embargo, que en una sociedad en que existe verdadero amor al saber no basta la ciencia oficial, sino que, además de los sabios de uniforme, debe de haber otros que enseñen, aunque sea en camisa, sin ánimo de lucrarse con lo que dicen, y diciendo muchas cosas que sólo se pueden decir cuando se hace gustosamente el sacrificio de las projjias conveniencias, y diciéndolas, no á muchos hombres reunidos, que después se van y no vuelven á acordarse más de lo que oyeron, sino á uno y luego á otro, según sus entendederas, para que se les queden bien grabadas y les sirvan de aguijón que les arranque de su miserable rutina espiritual.
Ese detalle de enseñar en camisa, no crea el lector que venía á humo de pajas; era una alusión que Pío Cid se dirigía á sí mismo, por haber em- — 36 — pezado á enseñar en ropas menores á su primer discípulo; por donde quizás, más que por otra causa, se despertó en todos los estudiantes el deseo de aprender algo de tan singular maestro.
Cuando no tenía éste ni pensado salir del retiro de su cuarto, donde se consumía en cavilaciones, sucedió que, volviendo á casa por la cuesta de Santo Domingo, vió á Purilla parada delante de unos anuncios de teatro, y moviendo la boca como si penosamente deletreara lo que aquéllos papeles decían.
— ¿Qué haces ahí, Purilla? — le dijo sonriendo. — Te estás empapando de fijo para ir esta noche á correrla.
— Ya sabe usted, D. Pío — contestó la muchacha,— que me estorba lo negro.
— Entonces estás enterándote por el olor.
— No señor, que conozco algunas letras. ¿Ve usted allí en lo alto? A ver si no dice: Pa-lo-ma.
— Eso dice; y conociendo las letras, como las conoces, y con la afición que demuestras, yo te aseguro que en un mes podías aprender á leer de corrido.
— ¡Á buena hora pidió el rey gachas! Tengo yo la cabeza ya más dura que el pernal.
— Pues el pedernal echa chispas dándole con fuerza. Si quieres yo haré de eslabón, y no sóla vas á echar chispas, sino que va á parecer tu cabeza un castillo de fuegos artificiales.
— ¿Qué dice usted?
— Digo que, si quieres, te compro una cartilla y un cuaderno, y, desde hoy mismo, empiezo á enseñarte á leer y á escribir.
- 37 — — ¡Qué más quisiera yo que eso fuera verdadi — Pues no hay que hablar más; voy á comprar los avíos, aquí, en la calle Ancha, y desde esta noche comienza la función.
Desde aquella noche, en efecto, comenzó Purilla á subir al cuarto de su maestro cuando terminaba sus quehaceres, que no eran pocos, porque se hallaba sola para acudir á tanto como en aquella bendita casa había qae hacer. Pío Cid se acostaba, como siempre, poco después de obscurecido; pero tenía el sueño muy ligero, y las más veces ni siquiera dormía, sino que dormitaba, pensando cosas enmarañadas, de las que salían luego ideas hondas, que á veces le despertaban y le hacían llorar como un muchacho, y á veces tomaban cuerpo en forma poética, espontánea y sencilla, que se evaporaba bajo la influencia de la luz. Todo lo que le ocurría á Pío Cid era extraño, sin que él se lo propusiera, y su inspiración maniática tenía el capricho de enardecerse en la sombra y de amortiguarse en la claridad. En pleno día, con la pluma en la mano, no era capaz este desventurado poeta de componer un solo verso; y de noche, sin necesidad de buscar consonantes ni asonantes, le brotaban las poesías hechas ya, como si se las soplara al oído algún geniecillo benéfico. El no se molestaba en trasladarlas al papel, y á poco las olvidaba, porque venían otras nuevas y borraban el recuerdo de las anteriores; sólo cuando comenzó á dar lección á Purilla le pedía á ésta tintero, pluma y papel, y escribía las que le danzaban en la cabeza cuando su discípula entraba con la palmatoria en la mano y le sacaba de su absorción soñadora. Entretanto Piirilla se sentaba junto á> la cabecera, sacaba la cartilla y empezaba á señalar las letras, á juntarlas para formar sílabas y á unir las sílabas para formar palabras, hasta que, después de varios tanteos, conseguía leer una palabra ó una frase, dando más ó menos tropezones, según el viento que soplaba, pues la pobre criatura era, como decía su ama, más torpe que un guardia valón, y particularmente en tiempo tormentoso estaba como alelada, y se necesitaba la paciencia de Job para meterle algo en la cabeza» En la casa era proverbial la torpeza de Purilla, á la que todo el mundo aturrullaba con advertencias y gritos, aun antes de que cometiera las faltas que tenía costumbre de cometer. Doña Paulita, que no obstante ser pequeña de cuerpo y menuda de facciones tenía un geniazo que mietía miedo, andaba siempre tras ella para ver de corregirla, aunque estaba segura de que la enmienda no era posible, y convencida de que la enmienda sería más bien perjudicial, porque la simpleza de Purilla estaba compensada por otras bellísimas cualidades que no son comunes en las criadas listas. Esto sin contar con que Purilla servía de pretexto constante para que su ama desfogara en ella las irritaciones que un oficio tan enojoso como el de pupilera le proporcionaba á ella, que se había criado entre cristales, mimada y consentida como pocas. Siempre que D.* Paulita sufría una contrariedad, réspice seguro. Comenzaba por llamar á Purilla, despreciativamente, Albolote, nombre del pueblecillo de donde la chica era; y á poco, la infeliz, que presentía la tempestad y se