— 39 — azoraba, había roto una copa, Tin plato ó una fuente, algo que, por insignificante que fuera, diera pie para que su señora se desahogara. Después, lo roto se quedaba roto y la casa como una balsa de aceite.
Pues bien; á pesar de la torpeza de Purilla, se sabe con entera seguridad que su maestro nunca se impacientó con ella, ni le dijo una palabra más alta que otra; prueba clara de la serenidad de espíritu de nuestro amigo y de su humanidad para con los débiles. Y no sólo la enseñaba gradualmente á deletrear, silabear y frasear, sino que después de una hora de cartilla y de repasar el cuaderno de palotes, curvas y ligados, que la discípula emborronaba sola antes de acostarse, había otra media hora, por lo menos, de explicación de cosas útiles para la vida. Cuando el maestro quería terminar la primera parte de la lección, preguntaba á la discípula qué quería decir ésta ó aquélla palabra que había salido en la lectura; Purilla no sabía, ó sabía muy mal, lo que aquello significaba, y entonces Pío Cid se lo decía valiéndose de ejemplos de mucho relieve, tomados de la misma realidad vulgar que ella conocía, para que así su saber no desentonara de su condición.
— Porque el saber leer y escribir — le decía el maestro — es estúpido cuando no se sabe lo que se lee y se escribe; para esto es mejor no saber nada, porque ninguna utilidad hay en tener una cazuela cuando no se puede guisar nada en ella; pero una vez que haya que guisar algo, aunque sea un faisán, mejor es guisarlo en esa cazuela que no pedir trastos prestados al vecino. Esto quiere decir que - 40 — - 40 — tú eres una criada, y que, aunque llegaras á ser tan sabia como Salomón, debes seguir siendo criada para ennoblecer tu oficio, que no es peor que los demás. Tú no te salgas nunca de la esfera en que te hallas, pues si está de Dios que no vivas siempre como hasta aquí, alguien vendrá que te sacará. Ha habido hombres muy grandes que han vivido hasta en la esclavitud, y puede haber mujeres muy instruidas que se dediquen á fregar y á barrer si decentemente no encuentran otro modo de vivir. Es más: si tú aprendes con ánimo de ser más de lo que eres, serás más infeliz que eres, porque en cuanto adelantes un paso ya no querrás pararte, y si llegas á doncella de buena casa, querrás untarte con las pomadas de tu señora, y ponerte, como ella, sombrerillo, que te pegará probablemente muy mal, porque, por mucho que aprendas, la cara que sacaste de tu pueblo no es fácil que la cambies. Al contrario, si te contentas con ser siempre lo que eres, todo te saldrá á pedir de boca; cada día estarás más despierta para desempeñar tus servicios, romperás menos platos y te evitarás muchos disgustos. Y quién sabe si, andando el tiempo, volverás á tu pueblo y te casarás con el hijo del alcalde.
— ¿Cómo sabe usted — interrumpió ella — que el alcalde de mi pueblo tiene un hijo?
— No lo sé, pero me lo figuro.
Y Purilla, después de un rato de silencio, como si examinara las ventajas é inconvenientes que tenía el casarse con el novio que le proponía su maestro, contestaba: — No crea usted que yo vaya nunca á dejar á — 4:1 — mi ama, que no tenía yo quince años cuando entré á servir con ella, y no me acostumbraría á vivir sin los niños. Á Paquilla, sobre todo, la quiero como si fuera mía, porque, como quien dice, la he visto nacer.
En estas y otras pláticas semejantes les daba muchas noches la una, y más de una vez asomaba D.^ Paulita la cabeza y decía: — Bueno está lo bueno, D. Pío, que si no por la mañana no podré despertar á la chica ni á cañonazos.
— Eso no lo diga usted, que yo me levanto siempre á las seis — replicaba Purilla.
— Cállate, que á respondona no hay quien te gane. ¿Crees tú que todos vamos á tener la calma de D. Pío? A buen seguro que no me calentaría yo los cascos contigo para que saques luego lo que el negro del sermón.
— Mala idea tiene usted de Purilla — decía Pío Cid interviniendo; — yo doy palabra de que es muy buena discípula y de que la enseño con gran gusto. A ratos pienso que quien está á mi cabecera no es una pobre sirvienta, sino España, toda España, que viene á aprender á leer, escribir y pensar, y con esta idea se me va el santo al cielo, y me explayo como si estuviera en una llanura sin horizontes, en vez de estar, como estoy, encerrado en esta jaula.
A más de Pío Cid, D.^ Paulita, con su niña y la criada, dormían en el tercero D. Benito y los estudiantes de Medicina, á los cuales intrigaba sobremanera el teje maneje de su vecino. Los huéspedes sospechaban que entre el ama y Pío Cid ha- — 42 — bía algo, porque D.^ Paulita mostraba por su paisano excesiva predilección; hasta que más adelante tuvieron ocasión de conocer que Pío Cid no era hombre á propósito para andar en semejantes trapisondas, y D.-' Paulita, mujer muy honrada, aunque algo coqueta cuando se le despertaba la vanidad oyendo adulaciones y piropos á su gracia y á sus andares, que eran lo mejor que tenía. El buen Orellana, no obstante sus acendrados sentimientos religiosos y las relaciones formales que sostenía con una joven valenciana, con la que pensaba casarse en cuanto faera notario, fué el único que se propasó seriamente, llegando su osadía en cierta ocasión hasta á dar á D.'*^ Paulita un beso, nada menos que en la boca, cuando ella estaba en la cocina con las manos ocupadas en colocar una olla en la cornisa de la chimenea. El atrevido mancebo fué despedido de la casa, y si no se marchó fué porque Pío Cid, puesto al corriente del caso, aconsejó á la ofendida que no llevara las cosas tan á sangre y fuego, y que se contentase con exigir del ofensor que de rodillas, como convenía á un hombre tan cristiano, le pidiese perdón de aquella falta de respeto, que al fin y al cabo no era ningún crimen. A todo lo cual se sometió humildemente Orellana, asombrado de hallar tales ejemplos de virtud en una casa de huéspedes de la calumniada corte de las Espauas. No era inferior en honestidad la Puri-11a, arisca y repelosa como un erizo con todo el que pretendía bromear con ella; pero viéndola entrar todas las noches en el cuarto de Pío Cid, los del tercero comenzaron á murmurar y á decir — 43 — que la criada, aunque fea en conjunto, no tenía malos ojos y era sanota y rolliza, y no del todo mal formada; y aun llevaron sn malicia hasta el punto do espiar por detrás de los visillos del cuarto, cuya puerta era de cristales y dejaba ver la cama frente por frente; mas nunca observaron nada contrario al buen recato. La criada leía la cartilla ó escuchaba con todos sus sentidos puestos en lo que se le decía, y Pío Cid, sentado en el lecho, el codo izquierdo apoyado sobre las almohadas y el brazo derecho libre, para acompañar con el gesto las explicaciones, oía ó hablaba reposadamente. Sobre la blancura de las ropas del lecho y de la camisa de dormir, resaltaba con vigor sn cabeza, más bien grande que pequeña, poblada de cabello muy obscuro, largo, que casi le llegaba á los hombros, formando, juntamente con la espesa y descuidada barba que le cubría parte del pecho, un marco en el que se ocultaba parte del rostro. Sólo quedaba descubierta la frente anchísima, y debajo de las salientes órbitas, los ojos, penetrantes y duros, cuya mirada estaba sostenida por la expresión punzante de la nariz, correcta, fina y afilada como una lezna.
Tan contagioso es el bien como el mal, y aquellos mal aconsejados estudiantes, que si hubieran visto alguna indignidad se hubieran apresurado á ser también indignos á expensas de la criada, viendo tan edificante escena sintieron el deseo de entrar en amistad con aquel maestro tan desinteresado que, según D.* Paulita, era comparable á un sastre de su tierra, el célebre sastre del Campillo, que cosía de balde y ponía el hilo.
— 44 — — Puesto que es usted tan amigo de enseñar — le dijo un día Pepe Rodríguez, — ¿por qué no nos da usted á D. Mariano y á mí algunas lecciones de alemán, que buena falta nos haría para leer obras de fondo?
El alemán era un pretexto, y asi lo conoció el profesor; pero el pretexto era lo de menos, pues con uno ú otro se puede enseñar cuanto se quiere, y Pío Cid era capaz de enseñar á liacer pajaritas de papel é incidentalmente explicar un curso completo de Metafísica. No era completamente lego en Medicina, puesto que á la sazón tenía empantanada la traducción del inglés de un Tratado de Obstetricia^ que comenzó cuando vivía con su familia, y no había vuelto á mirar ahora que la necesidad no le apremiaba. Así, pues, accedió á dar las lecciones que se le pedían^ en las que injertó después algunas nociones de griego, que — decía — un buen médico debe siempre conocer, para emplear con acierto el tecnicismo de su profesión. Al mismo tiempo ejercía también de consultor de Orellana, que terminaba el doctorado y se preparaba para las oposiciones.
Pero el discípulo predilecto fué Benito, el estudiante de Farmacia, al que no instruía en ninguna rama del saber, sino en el arte dificilísimo é inagotable de vivir, del que el infeliz muchacho estaba completamente en ayunas. En la casa todos le tenían por medio simplón y se divertían á su costa. La broma más inocente era la de los garbanzos. Benito era de Fiientesaúco, patria de los garbanzos más gordos y tiernos de España, y D.^ Paulita guisaba ¡ doloroso contraste! unos — 45 — garbanzos durísimos que Pepe Rodríguez decía que eran traídos directamente de Fuentepiedra. Se había, pues, decidido solemnemente que Benito encargara un saco, no ya de garbanzos, sino de garbanzas, de su pueblo, que los huéspedes pagarían á escote; j como Benito no se daba por enterado, no le dejaban vivir con el martilleteo de si venían ya de camino ó estaban para llegar las célebres leguminosas. Cuando no eran los garbanzos era algo peor, y lo que más incomodaba á Benito eran los consejos para persuadirle á que dejara la carrera emprendida, en la que después de estudiar mucho — le decían — necesitaba un capital para establecerse, y, al fin y al cabo, para estar siempre pegado á un mostrador como un tendero de ultramarinos. Benito volvía por los fueros de la farmacopea, y argumentos le sobraban para defenderse si él hubiera sabido manejarlos; pero el más fuerte de todos, el que achicó á la tertulia y agigantó la enclenque figura del maltratado estudiante, fué inventado por Pío Cid y aprendido con entusiasmo por el futuro boticario en las conferencias que ambos celebraban.
Y fué que, lamentándose Benito de lo ingrato do su carrera, y mostrándose arrepentido de haberla comenzado, comprendió el maestro que era preciso fortalecerle el ánimo é inspirarle la idea madre de todas las enseñanzas, el amor á lo que se aprende y la convicción de que aprendiendo aquello se es tan digno, si no más, que aprendiendo otra cosa cualquiera, y se cumple en la vida un fin trascendental; porque nadie se entusiasma cuando su trabajo es menospreciado, y sin entu- — 46 — siasmo no liaj fuerza para acometer grandes obras. Así, pues, tomó la palabra, y contra su costumbre de hablar largo, habló así: — Siento tener que decirle, amigo Benito, que es usted una criatura sin fundamento, y que el día menos pensado le van á asegurar á usted que los barros vuelan y usted los va á ver volar. No faltaba más sino que por influencia de cuatro tontos renegara usted ahora de la profesión de su padre y de su abuelo, y dejara la lionrada y útil carrera que comenzó muy á gusto de su familia, para seguir la de leyes, que más que carrera es calamidad piiblica en España. Abogado soy yo y no me arrepiento, porque no me gusta arrepentirme de ninguna cosa que hago, y de ésta menos, que la hice por consejo de mi buena madre; pero ni ejercí nunca mi profesión, ni he ganado con ella un real, mientras que con las manipulaciones químicas he ganado dinero y he influido beneficiosamente en mi país. Ya veo que usted se extraña de que yo haya metido también las narices en asuntos tan ajenos á mi oficio; pero aquí donde usted me ve, yo he sido, entre otras mil cosas, director de una explotación de abonos químicos y he inventado algunas fórmulas, empleadas hoy mismo con buen éxito en el cultivo del olivo y de la vid, que constituyen la mayor riqueza de nuestro suelo. Y algunas veces, cuando me dedicaba á estos estudios, se me venía al entendimiento una idea que le voy á explicar en pocas palabras. Seguramente el sistema de abonos químicos es nn notable adelanto económico, y aun estético; el estiércol es sucio, mal oliente y difícil de transportar por — 47 — sn gran volumen; ¿cuánto mejor no es usar el abono en pasta ó en poho, en el que se combinan diversas sustancias, como en una receta, para producir en las labores el efecto que se apetece, según la clase de tierra, el clima y la especie de cultivo? Pues bien: mi idea es introducir este adelanto en la vida humana. No digo yo que el hombre sea comparable á un árbol, y los alimentos de que se nutre comparables á la basura; pero como ejemplo se puede admitir la semejanza, y si yo tuviera empeño, no me costaría mucho trabajo demostrar queda mayor parte de las cosas que comemos son verdaderas porquerías. Sería más limpio, más cómodo y más sano cambiar la actual alimentación por el «alimento químico», y esta revolución, que yo estoy cierto ha de acaecer para bien de la humanidad, ha de ser obra de ustedes los farmacéuticos. Supóngase usted que á un modesto boticario se le ocurra componer pastillas concentradas, en las que se contiene la alimentación completa del hombre; una pastilla representa igual cantidad de sustancia nutritiva que los cuatro ó seis platos que nos sirven en cada comida; y no es esto sólo, sino que hay pastillas de diversas clases, según la edad, el temperamento ó estado de salud de quien las consume, de suerte que el alimento, además de nutrir, cura las enfermedades ó impide que se presenten, en cuanto sea posible; y por último, las hay para los diferentes paladares, á fin de que sea más fácil y grata la deglución. Quien tal compusiera pasaría quizás por inventor extravagante, pero esté usted convencido de que había cambiado la condición — 48 — humana, mejorándola hasta un extremo inconcebible. Porque se habría hallado un producto universal, de valor fijo; y así como el metro es una medida constante mientras subsista la Tierra como hoy es, así la unidad de alimentación química tendría su fundamento en nuestra naturaleza y sería la base de todas las relaciones entre los hombres. El Estado podría sustituir todos los recursos económicos con que hoy se sostiene por el monopolio de la alimentación; sería propietario de la tierra y de todas las primeras materias nutritivas, que poco valor tendrían, porque, habituados los hombres á la nueva alimentación, desdeñarían la antigua y grosera; del mismo modo que hoy se gastan su dinero en casa del sastre y no quieren vestirse de pieles, hojas ó plumas, como los salvajes. Pero lo más importante sería que, creado un producto de valor humano, nacería la moneda humana, la «moneda alimenticia», representada realmente por las pastillas que el Gobierno fabricara en sus laboratorios y fiduciariamente por créditos alimenticios, pagaderos en especie, con los que cubriría todas sus atenciones. Vea usted resuelta de plano la cuestión social, de la que tanto se habla, y que sin el medio que yo le indico á usted no tendrá arreglo jamás. La sociedad tendría como misión primordial la alimentación de todos los asociados y se realizaría la verdadera igualdad humana. Porque la desigualdad no está en que unos valgan ó posean más que otros, sino en que unos tengan asegurada una excelente nutrición mientras otros viven mal comidos y con la zozobra natural en quien no tiene más recursos — 49 — que los diarios y puede verse privado de ellos. En cuanto todos los hombres tuvieran asegurado el alimento, ¿qué diferencia habría entre el que sólo gana para vivir y el que acumula riquezas y reúne créditos alimenticios para muchos años?
Que el que acumulara podría vivir en la ociosidad como recompensa de sus anteriores trabajos, y sin privar á los otros de los medios indispensables para la vida. Porque quien quiera que no pudiere vivir de su trabajo libre, de las mil profesiones que hoy conocemos y de las que aparecieran más adelante, tendría siempre una puerta abierta: ponerse al servicio del Estado y contribuir á la producción de valores alimenticios, en lo cual no habría límite, pues cuanto se produjera sería utilizado por la nación ó por otras naciones que cambiaran por estos productos los de sus industrias, ni más ni menos que como hoy, aunque en forma diferente, se realiza. Asimismo, si el Estado subvenía á la nutrición de los niños hasta la edad en que el trabajo fuera posible, el crecimiento de la población sería maravilloso y la situación de la mujer cambiaría radicalmente, puesto que el vasallaje á que el hombre la tiene sometida no se funda en la inferioridad de la mujer, sino en la necesidad en que ésta se ve de ligarse para asegurar la existencia de la prole. En suma, amigo Benito, el día en que todas las cocinas particulares se fundieran en una cocina universal, que no sería cocina, sino laboratorio, y no uno sólo, sino varios en los diversos centros de producción; cuando los Gobiernos cuidaran de la alimentación cierta, uniforme y científica de todos — 50 — sus gobernados, se evitaría el triste espectáculo de nuestras luchas por un mísero pedazo de pan, y los hombres podrían entablar combates más nobles por cosas del espíritu que, por no estar sujetas á medida, permiten á cada cual subir tan alto como se lo consienten sus facultades naturales y su aplicación. Entonces todos podríamos dormir con la conciencia tranquila, sin pensar, como yo pienso muchas veces, que en el momento que Tinos comen hay otros que se mueren de hambre; de donde viene que yo tenga tan poco apetito, según usted ha notado en más de una ocasión.
Contentísimo se quedó Benito oyendo este discurso, en el que tan lisonjero cuadro se trazaba de la vida futura, y en el que tan brillante y principal papel se atribuía á los químicos en general y á los boticarios en particular; y le parecían siglos las horas que faltaban para la de comer, y proclamar ante sus petulantes compañeros las excelencias del estudio farmacológico y los horizontes que á éste se le abrían con la idea feliz del alimento químico, que á él le pareció tan al alcance de la mano que casi veía ya delante de sus ojos las pastillas milagrosas, que, además de sujírimir las molestias de la comida y aminorar considerablemente las de la digestión, resolvían la «pavorosa cuestión social», de que los periódicos hablaban á diario. Los comensales se dividieron en dos bandos; pues mientras la mayoría, con Orellana á la cabeza, combatió la idea por impracticable y ridicula, los estudiantes de Medicina y Carlos Cook, el canario, decían que mayores absurdos aparentes han llegado á tener realidad, y que no había mo- — 51 — — 51 — tivo para burlarse de D. Benito; el cual, satisfecho de aquella discordia en los pareceres, se creció de una manera extraordinaria y comenzó á mirar por encima del hombro á sus contradictores, con quienes sostuvo empeñadas polémicas, recordadas aún por cuantos se hospedaban en casa de D.^ Paulita, y por algunos que, sin ser huéspedes, comieron allí invitados, algunas veces, como le ocurrió á Cándido Vargas, amigo y compañero de estudios de Orellana y de D. Perfecto. Por él conozco yo todos estos detalles, como dije, y, por si no bastaran, la descripción de un banquete que dió Orellana á sus amigos para celebrar su triunfo en las oposiciones á Notarías. Porque Vargas, antes de dedicarse al periodismo, estuvo tentado de escribir novelas y comenzó una titulada La nueva generación, de la que sólo llegó á componer el capítulo primero, donde, bajo el epígrafe, apestosamente fisiológico, de ccEl.protoplasma», describía el banquete y el grupo de jóvenes que á él asistieron del modo que verá el curioso lector.
Entre los papeles que Vargas me envió, cuando yo le pedí que me dijera cuanto supiese de Pío Cid, con ánimo de escribir esta historia, figuraba el famoso ccProtoplasma», que me sorprendió á más no poder. Pensé desde luego utilizarlo, pero no sabía cómo, pues ni me gusta adornarme con plumas ajenas, ni era cosa de deshacer aquel capítulo que, bueno ó malo, había sido compuesto por un tan estimado amigo mío. Así, pues, escribí á éste una carta en que le decía: — 52 — — 52 — «Sr. D. Cándido Yargas. )) Director de La Juzentud.
» Madrid.
))Mi querido amigo y compañero: Te voy á distraer un instante con una nueva ];)etición, referente á mi pleito de Pío Cid; y perdóname la insistencia, ya que no por mí mismo, por consideración á la memoria de tan noble amigo. Entre las cartas y apuntes que me has enviado, y que te agradezco en grado sumo, encuentro un capítulo de novela titulado c(El protoplasma», que querría publicar tal como está, como cosa tuya, se entiende. Hay en esto algo de delicadeza, pero para serte franco también hay algo de prevención. Quiero decir que tu capítulo me parece bueno, pero que yo no lo daría con mi nombre, porque entiendo los asuntos literarios de muy distinto modo que tú, en lo cual nadie pierde ni gana.
))No voy á explicarte todos los reparos que se me ocurren, sino algunos que merecen explicación de tu parte. Por ejemplo, tú pones la casa de huéspedes en la calle del Arenal, y no en la de Jacometrezo, que es la verdadera, y á mí me parece el cambio poco afortunado, porque la segunda calle, como más estrecha y obscura, es más propia para colocar en ella un cuadro de la vida estudiantil, obscura con la obscuridad que da el poco saber y el no mucho tener, y para que en ese cuadro resalte más la figura de Pío Cid, que no es la de un maestro de relumbrón, sino la de un Diógenes, ó poco menos, amante de la grandeza oculta y de la virtud miserable. Además, y esto tiene más importancia, introduces dos tipos que me — 53 — huelen á ser ele pura invención: Felipe Bonilla y Augusto Sierra piensan casi como Pío Cid, aunque hablan de distinto modo, desluciendo la figura principal, á la que se diría que pones empeño en recortar para igualarla con las de los infelices gurripatos que le rodeaban. Y no sólo haces esto, sino que presentas á Pío Cid por el lado menos favorable; lo que él dice allí sobre el sexto sentido, verbigracia, es cosa suya, esto no lo dudo, pero sí dudo que lo dijera en aquella ocasión y delante de tanta gente. Claro está que tú no te propusiste presentar solo á Pío Cid, y que lo utilizaste como bien te pareció en el grupo que describías; pero la verdad en su lugar, y la verdad es que el Pío Cid de «El protoplasma » no es enteramente el mismo que yo conocí y que tú me has ayudado á conocer.
)>No insisto más y te repito mi ruego de al principio, confiando en que no tendrás inconveniente en la publicación de unas páginas tan interesantes para quien desee conocer con todos sus pelos y señales la vida de un hombre tan singular como Pío Cid. Escríbeme, pues, y cuenta siempre con el leal afecto de tu viejo amigo y camarada, . Ángel.»
Á esta carta se apresuró á contestar mi amigo con la siguiente, breve y sustanciosa como pocas: c(Mi muy querido amigo: )>Ya que no te escriba tan largo como deseara, no quiero que me taches de perezoso, y te contesto en el acto que recibo la tuya.
))Ni siquiera me acordaba de haber escrito el — 54 — capitulejo ese, que tú lias leído j analizado con más detenimiento que yo lo escribí.
» Llevas casi razón en lo de la calle, y la llevas por completo en lo demás. Yo hice el cambio porque me proponía poner en solfa á la patrulla y na quería exponerme á que alguien se diera por aludido.
))Has tenido gran olfato al conocer que Sierra y Bonilla son dos pegotes. Ellos existen si no se^ han muerto, y yo los conocí; pero no estuvieron jamás en la calle de Jacometrezo, ni dijeron en su vida lo que dices que les hago decir.
)) Lo que pasó fué que yo estaba en tonces sugestionado por la novedad naturalista; para mi una novela debía tener fisiología, mucha fisiología y muchos detalles descriptivos, y de los héroes huir como el diablo de la cruz.
))Para que en mi novela no hubiera ningún héroe se me ocurrió, sin duda, partir á Pío en tres. Era mucho hombre.
)>Dispensa todas estas tropelías y haz lo que te parezca de mi «Protoplasma». Publícalo con ó sin retoques, y cuenta que no le doy al asunto la menor importancia.
»Ya sabes mi opinión. Con la literatura no se va á ninguna parte, y cada día se ha de ir menos. El libro ha muerto. R. I. P. Amén.
))Y con el periódico pronto ocurrirá lo mismo.
)>Sabio tú que vives retirado en esa ciudad de los cármenes, disfrutando de tu prebenda municipal, y que te entren moscas.
)) Adiós, un abrazo de tu viejo ))CÁNDID0.5> — 55 — Así decía la carta, y, no obstante la autorización de mi amigo, es tal el respeto que me inspira el trabajo de los demás, que no he querido cambiar punto ni coma en lo que él escribió, que fué lo que sigue: «EL PROTOPLASMA.
))Poco después de oscurecido entró Pepe Orellana en el café Imperial.
))Se dirigió á la mesa donde tenía costumbre de sentarse todas las noches, y saludó á dos jóvenes que allí estaban discutiendo sobre la corrida de toros de la tarde anterior.
y> — ¿No ha venido todavía D. Perfecto? — preguntó.
)) — Vino y se marchó hace poco — contestó uno de aquellos jóvenes con acento andaluz muy marcado.
)) — Son ya cerca de las siete — agregó Orellana, mirando al reloj del café. — Si queréis nos iremos, y en casa nos encontraremos todos.
)) Se levantaron los jóvenes, se pusieron las capas y los sombreros, y sin pagar, pues eran parroquianos asiduos y pagaban cuando querían ó podían, se marcharon á la calle encaminándose hacia la del Arenal.
)) — Por fin corremos la broma — preguntó el del acento andaluz, que, en efecto, era sevillano y se llamaba Augusto Sierra. — Bonilla, creía que nos tomabas el pelo.