SigPhi · Angel Ganivet

Los trabajos del infatigable creador Pio Cid, Tomo I

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— Bravo, bravísimo — gritó el poeta Moro, que era el más entusiasta de la reunión. — Eso es hermoso, fuerte y definitivo. Sauce, eres un barbián.

— ¿Qué le parece á usted esa tragedia, señor Cid? — preguutó Miranda con aire satisfecho.

— Me parece admirable — contestó Pío Cid, — tanto ó más quizás que á todos ustedes, porque yo conocí á Juanico el ciego y le veo ahora retratado de mano maestra.

— ¿Usted le conoció? — preguntó Sauce con interés.

— Digo que le conocí — afirmó Pío Cid con misterio, — y no sólo le conocí, mío que sabía la historia que usted nos ha contado y algo más que usted acaso no S3pa.

Y ante el movimiento de expectación de la asamblea. Pío Cid comprendió que iban á rogarle que contara lo que sabía, y antes que se lo rogaran lo contó en los términos siguientes: — Juan de la Cruz iba á mi casa, y le llamábamos el ciego de los lunes. Yo hablé con él muchas v.3ces y mi madre hacía subir casi siempre á Mercjdillas para darle algunas prendas de vestir, pues estaba enamorada da la bondad y de la modestia — 164 — de aquella niña, que entonces no tendría arriba de seis ó siete años.

Juanico le contaba á todo el mundo su historia, pero no decía nunca que hubiera matado á su mujer, sino que ella le abandonó. Sin embargo, nosotros supimos la verdad, porque nn día vina á bascar á mi padre un señor de Málaga, que se extrañó de ver al ciego á la puerta, y nos dijo que aquel pobre era paisano suyo, y que había huida de su tierra á consecuencia del crimen que había cometido. Es hombre de historia — añadió, — y el pobre parece que tiene maldición porque es hijo del crimen. Aunque no tiene apellido se sabe, ó por lo menos lo decía la mujer que lo crió, que su padre era un caballero muy rico, que después de una vida licenciosa se encastilló en una de sus posesiones acompañado de una hija que había tenido, se ignora con quién, aunque de fijo no sería con ninguna mujer buena. Dicen, no sé si esto será verdad, que el padre se enamoró de su hija, y que el fruto incestuoso de estos amores fué Juan de la Cruz.

Yo estudiaba entonces literatura clásica, y se me ocurrió sin esfuerzo comparar al ciego y á sn hija con Edipo y Antígona, y aun recuerdo que empecé á componer una relación en la que además de lo sucedido ponía yo nuevas calamidades, algunas de las cuales ocurrieron, según se desprende de la última parte de la tragedia que hemos escuchado; pues yo suponía que Antígona, ó Mercedes, era engañada por un Tenorio canallesco de los que ahora se estilan; que el ciego se suicidaba desesperado y que Mercedes se quitaba — 165 — la vida también, juntamente con un hijo que tiivo. Porque mi idea era demostrar que después de la proclamación de la ley de gracia, hecha por Esquilo en su trilogia de Or estes, y aun después de la redención del género humano, realizada en el Gólgota, continuaba regido el mundo por la ley de sangre, y era necesario, fatal, que Juan de la Cruz y su descendencia, y los que á él se ligaran, todos perdieran violentamente la vida.

— Me ha dado usted una gran idea — dijo Sauce,— y creo que voy á modificar mi artículo, para añadir lo referente al nacimiento del ciego y explicar así sus infortunios por la influencia de esa irremediable fatalidad.

— Me parece bien que lo hagas — añadí yo, — porque, á mi juicio, la clave del trabajo está en el nacimiento, no porque fuera criminal, sino porque siendo Juan de la Cruz hijo de un caballero rico, se explica la ambición, que le acometió de repente, de ser rico y caballero.

— Yo opino al contrario — replicó Pío Cid; — que lo mejor es no cambiar punto ni coma en ese trabajo. Tal como está es como un tajo de carne cruda, y si se hace la alusión á la leyenda de Edipo, parecerá que el artículo está calcado en la tragedia clásica. Y" luego que no bastaría añadir unos párrafos por el principio, sino que habría que rehacer todo el articulo, porque al tomar cierto corte clásico exigía líneas más severas y habría que suprimirle algunos rasgos demasiado realistas. Cuando un escritor cambia de punto de vista, ha de cambiar también de procedimiento, y si tiene la obra á medio hacer, no debe de remendarla, sino destruirla y hacer otra nueva.

166 — Cada cual dio su parecer, y la mayoría estnva conforme con Pío Cid, y Sauce se convenció al fin de que lo mejor era no tocar al artículo. Entonces me tocó á mí el turno, pues mis amigos quisieron que les leyera un poemita que les dije que había compuesto. A mí me tenían en la reunión por periodista, con mis puntas de político ó de sociólogo r y no sé si á causa de este prejuicio, ó porque mis versos fueran malos de verdad, me condenaron sin apelación á escribir toda mi vida artículos de fondo; pues, como decía Candente el viejo, no se debe mezclar el verso con la prosa. El ¡Doemita en cuestión era endeble, como primerizo, y lo rompí en un momento de coraje; pero daré idea del asunto por si otro poeta puede escribir sobre él con mejor plectro. El título era Bodas de Genilio y Daura^ y su complexión puramente descriptiva y casi dijérase hidrográfica, puesto que se describía el curso del Canil y del Dauro, desde su nacimiento hasta que se juntan en Cr añada, y el viaje que emprenden, ya unidos, por toda Andalucía, hasta que, mezclados con otros ríos, pero sin confundirse con ellos, van á morir en el mar. Sin embargo de la gran importancia que tenía la descripción, lo esencial no era lo descriptivo, sino lo simbólico. Imaginaba yo las márgenes del Cenil pobladas de ninfas de cabellera negra, quemada por el sol. Una de ellas se enamora del astro del día, recibe un beso de él y engendra un hijo, Cenilio, que es proclamado rey de las ninfas morenas.

Las márgenes del Dauro á su vez estaban habitadas por geniecillos rubios, casi albinos, por vivir siempre á la sombra de las avellaneras. La luna ~ 167 — se enamora de nn geniecillo, y desciende una noche y da á luz en las aguas de un remanso una hija, Daura, que es proclamada reina de los geniecillos rubios. Genilio y Daura viven en perpetua orgía; pero no son felices, porque les falta lo más bello que hay en la vida: amor. Genilio, rodeado de morenas, desea amar á una ninfa rubia, y Daura, rodeada de rubios, sueña continuamente en un geniecillo moreno. Ambos se adivinan, aunque los separa la montaña roja, la Alhambra; ambos se aman sin haberse visto, y el amor les impulsa á ponerse en movimiento con sus cortejos respectivos de geniecillos y ninfas. Júntanse los dos amantes y las dos comitivas, y comienza el alegre viaje de bodas; cuanto más andan, la algazara es mayor, porque se agregan nuevos convidados; pero la tierra que van dejando atrás se va quedando muy triste. Genilio y Daura derraman la alegría por todo el suelo andaluz; pero esta alegría la han robado á Granada, y Granada les ve partir como las madres que despiden á sus hijos en el viaje de novios.

Este era el poema en sustancia, y tengo el orgullo de estampar aquí que Pío Cid, aunque nada aficionado á los simbolismos, fué el único que halló buena mi obra, y en particular la idea, á su juicio felicísima, de poner en la región alta andaluza el sér íntimo, grave, de Andalucía, y en la baja el sér exterior, alegre, y de explicar cómo el uno tiene su origen en el otro. Asimismo me defendió de los ataques que me dirigieron los censores de la asamblea por ciertas libertades métricas que me permití, y aseguró que nn poeta sin- — 168 — cero está autorizado para poner en los versos el número de sílabas que se le antoje y para colocar el acento donde le dé la gana, pues lo que vale es la emoción, la claridad, la vibración y la sonoridad interiores, espirituales de la obra, y no los perfiles mecánicos que han pasado ya á la categoría de abuelorios.

— De suerte — preguntó el poeta Moro, que había censurado acerbamente mi poesía, — que usted no establece de hecho ninguna diferencia entre el verso y la prosa.

— Existe siempre una diferencia — respondió Pío Cid. — El verso es prosa musical, sin que esto impida que haya poesía en prosa, sin música, s-.-perior á la poesía en versos regulares. Los que creen que el verso ha de tener número fijo de sílabas y cierto orden en la colocación del acento, aparte de las asonancias y consonancias finales, son como los partidarios de la música vieja, que no comprenden más que las melodías de organillo y no toleran que en una ópera se pueda hablar musical y humanamente á la vez, sino que desean que los cantantes, como muñecos, vayan saliendo por turno á lucir sus habilidades. Primero sale el tenor y canta una romanza; luego la tiple encuentra al tenor, y sobreviene el dúo; después acude solícita la confidente de los amores, y tenemos el terceto, y, por último, entra toda la familia, y aun el pueblo en masa, y asistimos á un concertante, cuyo final ruidoso pone la carne de gallina. Todo esto es pequeño, y debe desaparecer conforme nazcan hombres capaces de abrazar mayores conjuntos y de ofrecernos escenas de la vida — 169 — — 169 — humana en cuadros de mayor amplitud. La gente de cerebro estrecho resiste, pero al fin concluye por comprender lo que al principio no comprendía, y el arte sale ganancioso. Así, pues, los que en una composición buscan la armonía verso por verso, se contentan con muy poco; que busquen la armonía íntima de la obra, que es superior á la del detalle, y que piensen que el oído también progresa y no debe ceñirse eternamente á las cadencias de la métrica antigua.

— Todo eso es muy curioso— replicó Moro, deseando eludir la discusión — y nos aviva más el deseo de oir la composición que usted nos había ofrecido.

— Mi composición — dijo Pío Cid — no está escrita en verso, pues ya le indiqué que sería una receta; y además no me ^ista leer en público, y prefiero que lean ustedes mi trabajo en letras de molde, si lo imprimen.

— Ya lo leeremos — afirmó Castejón, — pero eso no quita para que usted lo lea ahora, y así serán dos veces.

— ¿Cómo se titula el trabajo de usted? — preguntó Ceres.

~— No tiene título — contestó Pío Cid, sacando an pliego de papel de barbas con muchos dobleces.

■ — Eso parece una escritura de arrendamiento — dijo Miranda, viendo que el papel tenía sello de oficio.

—Lo escribí en Aldamar, en casa del secretario Barajas, y no había otro papel á mano — replicó Pío Cid. — Y lo que yo siento no es que el papel sea tan antipático, sino que el contenido no surta efecto.

— 170 — — Pero, hombre — insistió Ceres, — es nienester bautizar ese trabajo, porque, digan lo que quieran, el nombre sirve para dar idea de las cosas.

■ — Este trabajo — dijo Pío Cid — es tónico ó reconstituyente del carácter, y es también, por lo menos en mi propósito, el retrato de un hombre de voluntad. Pudiera titularse de muchos modos Ecce homo, podríamos ponerle, como dando á entender: he aquí el hombre apto para crear obras útiles.

— >No está mal ese titulo — dijo Castejón.

—Pues entonces con él se queda — concluyó Pío Cid, y comenzó á leer: t>rtis initium dolor. JlJatio initium erroris. Mnitium sapientisc vanitas. gortis init|^rn amor. Hnitium vita3 libertas.

— Eso suena á letanía — interrumpió Castejón. — Será el «despáchese)) de la receta — agregó Miranda.

— i Qué diablo! Cuando se sabe un poco latín hay que lucirlo — dijo Raudo,- — porque su trabajilio cuesta el aprenderlo.

Pío Cid no contestó, volvió á leer los latinea pausadamente y prosiguió: «El aire es útilísimo para la vida. Siempre que se os ponga delante un hombre, debéis recordar este aforismo: Un hombre, por mucho que valga^ vale menos que el volumen de aire que desaloja.i> ■ — Eso me recuerda el principio de Arquímedes — dijo Gaudente el mozo, que había estudiado Física el año anterior.

— 171 — — Será un principio de Física espiritual — añadió Moro.

c(Sin aire no se puede vivir, y sin hombres se puede vivir perfectamente. Los grandes místicos so forman en la soledad, y los grandes filósofos en el silencio. Un hombre sumergido en una numerosa asamblea humana pierde izarte de su inteligencia, y la pérdida está en razón directa del número de los congregados. Y esto i^roviene de la sustitución del aire puro por emanaciones mefíticas, recargadas de ácido carbónico, según dicen los químicos, y de secreciones intelectuales, venenosas siempre, y más las de hombre que las de mujer. La condición esencial de la vida terrestre es el aire, y en las artes plásticas la maestría suprema está en representar los seres respirando. El pintor más grande del mundo, Velázquez, fué un pintor del aire. Si pintáis un monstruo con siete cabezas y catorce patas, y el monstruo respira, habéis pintado un sér real; y si pintáis ima figura real que no respira, no habéis pintado nada.

3>También es importante la luz, porque en ella se funda un criterio permanente de moral. Lo que sale de la sombra á la luz, es bueno; lo que liuye de la luz y se esconde en la sombra, es malo. La sombra es el ambiente propio de la creación; pero si la creación es noble y espiritual, busca luego la luz. Los amantes que se hablan de amor puro escondidos en la sombra, son como esos timadores audaces que protestan de que se sospeche de ellos cuando llevan en el bolsillo el objeto que acaban de robar. Quizás el amante más espiritual que ha habido en el mundo fue aquel ci- — 172 — nico desvergonzado que convirtió en tálamo nupcial las plazas públicas de Atenas.

5)De los agentes exteriores que nos rodean, el más molesto es la sociedad; y el arte de vivir consiste en conservar nuestra personalidad sin que la sociedad nos incomode. Hay quien vive en paz sometiéndose á las exigencias sociales, y hay quien vive en guerra resistiéndose á sufrirlas. Lo mejor es someterse en todo, menos en un punto importante, el que más nos interese. En vez de llevar un traje estrambótico y exponernos á que nos apedreen, debemos de ir á la moda, sin perjuicio de marcar nuestro desprecio hacia la indumentaria ridicula de nuestra época por medio de algún -detalle caprichoso. Yo no veo inconveniente en que se vaya de levita y sombrero de alas anchas, ni en que se salga sin corbata un día que otro, ni en ■que se lleve al hombro, en lugar de gabán, unos pantalones.»

— Pero eso, ¿lo está usted leyendo ó inventándolo?— interrumpió Miranda, mientras el auditorio comentaba por lo bajo las alusiones de Pío Cid, Aquel día Castejón había bebido más de la cuenta, y se había metido la corbata en el bolsillo para que no le fatigara el cuello; lo del sombrero y la levita cuadraba muy bien á Miranda, y del viejo Gaudente se contaba el lance de haber salido un día ai paseo con unos pantalones al hombro. Y lo extraño es que Pío Cid había acertado por casualidad, puesto que las alusiones no eran inventadas, como al oirías habíamos creído, sino que venían escritas en el papel, el cual fué pasando de mano en mano, hasta que todos nos con- — 173 — vencimos de que el autor no estaba divirtiéndose con nosotros y de que leía textualmente los conceptos allí consignados.

— «Estas pequeñas infracciones de la etiqueta — prosiguió Pío Cid — son á veces útiles. Cuando yo iba á la escuela me salí un día sin corbata, j por no volver pies atrás tuve una idea atrevida. Yi en medio de la calle una mata de maíz, arranqué de ella una hoja, y saqué de la hoja una tira, con la cual formé una corbata de lazo. Me la^ puse, sujetándola bien con el chaleco y la chaqueta, que era muy cerrada, y fui á clase y pasé el día felizmente, sin que nadie notara la superchería. Sólo á última hora un condiscípulo, que era el más tonto de la escuela y el hazmerreír de todos, se fijó en mi falsa corbata é hizo correr la voz para que se burlaran de mí los escolares. Y yo sufrí la burla, pero descubrí una verdad, muy valiosa en estos tiempos en que se cree que la sustancia del arte es la observación: la observación, como todo, puede ser buena ó mala, y hay observadores tontos y discretos; pues lo esencial no es observar, si no lo que se observa. De esta suerte, un hombre (ó un niño), que osa cometer una discreta extravagancia, da á entender que es fuerte y que se atreve á quebrantar los estatutos de la moda y aun los de la urbanidad, si á mano viene, y de paso lleva en sí una. piedra de toque para aquilatar á sus prójimos ó para descubrir verdades trascendentales. El carácter humano es como una balanza: en un platillo está la mesura, y en el otro la audacia. El mesurado tímido y el audaz indiscreto son balanzas con un brazo, trastos inútiles.

— 174 — — 174 — ))La audacia se adquiere conociendo el mundo, y la discreción conociendo al hombre. Si me preguntáis cuál es el hombre más sabio, os diré: el que, viendo un mapamundi, ve en él con amplio espíritu un escenario donde se mueve la humanidad entera; y el abarcarlo todo de una ojeada no ha de estorbarle para conocer á fondo el espíritu de cada uno de los hombres con quien el azar le ponga en contacto.

í)¡Hay que trabajar! Pero ¿en qué, cómo y para qué? El trabajo más productivo es el más libre; yo he trabajado bastante en mi vida, y nunca he trabajado más ni con más gusto que ahora, que no sólo trabajo con entera libertad, sino que ni siquiera me mueve el deseo de adquirir la riqueza. La propiedad, lejos de ser un estímulo, es la expresión de la fuerza que domina hoy con no menor suavidad que la de las armas. El arte de trabajar no tiene nada que ver con el de enriquecerse; el que aprende á trabajar ha aprendido á ser eternamente pobre; para ser rico hay que aprender á explotar á los que trabajan; para ser millonario hay que saber engañar á los explotadores. > — Pues ahí le duele — interrumpí yo. — Hay que destruir este régimen abusivo por medio de leyes justas; por eso he sostenido en los artículos que tanto has maltratado que la caridad no basta, y que hay que transformarla en reparación social, en algo que no dependa de la dureza ó blandura de corazón de los que poseen.

— Esa idea — ^me dijo — la has tomado de los autores positivistas, que son una plaga más temible que la langosta. Lo mismo da endulzar las amar- - 175 — garas de la miseria con una limosna anónima que con una pensión consignada en algún presupuesto. La limosna parece más denigrante, pero la pensión es nna limosna fría, sin alma. Puesto en el extremo, yo preferiría mendigar por las calles á vivir encasillado en un asilo. Todas esas componendas son inútiles, porque en ellas se conserva la causa permanente del mal; más bello que dar es no tener nada que dar, cuando se posee sólo lo necesario para el día y se deja lo demás para que otro lo recoja.

» Mejor que la observación de la vida es la acción sobre la vida. La acción exterior y casi mecánica en las obras de arte, nos parece ya ridicula. ¿Qué importa lo que los hombres hagan si es lo mismo que ya se ha hecho mil veces? ¿Y qué importa observar si no cambia el objeto de la observaciÓQ? Lo bello sería obrar sobre el espíritu de los hombres. Si hay gloria en matar, más glorioso es un microbio que el héroe triunfador en la batalla. Los héroes del porvenir triunfarán en secreto, dominando invisiblemente el espíritu y suscitando en cada espíritu un mundo ideal.

)) Todos los hombres creen que hay que buscar los medios de sostener una familia antes de tenerla. Esto se llama prudencia y sensatez, y yo lo llamo necedad. Tú habrás pensado en casarte, y no te decides á hacerlo hasta que tengas recursos holgados con que atender á la que será tu esposa y á los que serán tus hijos. El centro de tu vida actual ese se porvenir desconocido, y mientras llega vives sin hacer cosa de provecho. Mejor sería que miraras el presente y que pensaras que un — 176 — hombre debe vivir siempre como si no hubiese de cambiar jamás. El que se reserva el día de hoy para ser más el día de mañana, es tan cobarde como el soldado ó el general que aspira á ser héroe de la batalla decisiva, dejando que otros luchen y caigan en las pequeñas escaramuzas sin provecho y sin gloria; como si las escaramuzas no influyesen en el éxito final de las guerras. Vive, pues, hoy, sin reservarte para mañana, que tu valor te será recompensado; la fuerza que hoy gastes reaparecerá en ti mañana con creces; porque el espíritu del hombre ruin es cada día más pequeño, y el del hombre generoso cada día más grande. Tú vives solo y apenas tienes para vivir, cuando con lo que tienes podrían vivir contigo diez más. Vas á tardar varios años en constituir una familia, cuando podías constituirla ahora mismo sin quebraderos de cabeza. ¿Cómo? Uniéndote á una mujer del pueblo.

))La familia actual es un centro de guerra, que justifica los egoísmos más execrables de los individuos. Hay perfectos padres de familia que cometen á diario grandes barrabasadas sin remordimiento de conciencia, porque les disculpa el amor á sus hijos, el deseo de dejarles bien abrigados, á cubierto de las contingencias del porvenir, sin pensar que antes que al porvenir de sus propios hijos deberían atender al presente de los hijos ajenos. Contra esa inexpugnable fortaleza de la familia de sangre y de intereses, causa de nuestras luchas enconadas, hay que levantar otra fortaleza más alta: la de la familia de voluntad y de ideas.

— 177 — — 177 — ))Deja que se acerquen á ti cuantos quieran acercarse y vive con ellos; y si no tienen educación te ha caído un trabajo, el de educarlos á tu gusto; y si te dan mal pago, como es de esperar, no te importe, porque sin querer te pagarán, dándote ocasión para que por ellos seas más hombre que eras antes. Ahora vives vida falsa, porque el centro de tu vida es el porvenir; te casarás con una mujer muy distinguida, y quizás pretenciosa, que te secará el poco jugo que te queda, y tendrás unos chiquillos que parecerán arrancados de un figurín. Yo os aseguro, y credlo, que un hombre no posee verdadera energía espiritual sino cuando trabaja para remontarse á las cumbres más altas del pensamiento y descansa de sus tareas acostándose al lado de una mujer esencialmente proletaria. Si mediante un tan feliz concierto sale á luz un hijo bien dotado, puedes formar con él un verdadero hombre; le enseñas un oficio para que sepa ganarse el sustento con los brazos; le instruyes en ciencias y artes para que pueda aplicarse á diversas profesiones, y le aficionas á la filosofía, que da la superioridad intelectual.

DMientras los hombres que creen ser listos reducen cada día más la familia y aumentan sin cesar las ganancias para que nada falte, tú, como más torpe, agrandas la familia y no te molestas en ganar más que lo preciso para vivir. Y al cabo de algún tiempo notarás que los listos se van achicando y que tú te vas agrandando, y que de las familias pequeñas, por falta de choque espiritual, no salen más que mentecatos instruidos; en — 178 — tanto que de la tuya, aun siendo de gente pobre, que es la que se avendría á vivir del modo que voy diciendo, verás nacer la fuerza y la originalidad, que en vano buscan los hombres por el mundo.

)) — Y si me muero— preguntarás, — ¿qué será de esa familia sin recursos?

» — Si te mueres — te contesto, — diremos como en el juego: otro talla. Condúcete humanamente mientras vivas, y deja que otros, con el temor y el pretexto de lo que ocurrirá después de su muerte, continúen viviendo tan mal que los juzguemos indignos de haber nacido. Aunque no dejes recursos, dejas jirones de tu personalidad adheridos á cuantos cerca de ti vivieron, y dejas el ejemplo de tn vida, que es el único testamento que debe dejar un hombre honrado.

))Hay quien coloca el centro de la vida humana en el poder exterior, en la riqueza, en nn bien convencional. Yo pongo el centro en el espíritu. ¿Qué soy? Nada. ¿Qué apetezco? Nada. ¿Qué represento? Nada. ¿Qué poseo? Nada. Ahora estoy en camino de ser un verdadero hombre, puesto que si existe mi personalidad sin buscar apoyo fuera de sí, es porque dentro tiene su fuerza.

))La personalidad se acentúa con el ejercicio. Al derrocharla en trabajos al parecer improductivos, se adquieren fuerzas para crear obras útiles. Y lo esencial no es la obra, sino que la máquina esté siempre expedita para funcionar. En una herrería lo importante es la fragua, porque sin ella, la herrería no existe; lo accidental es que de la herrería salgan trébedes, tenazas, badilas, rejas de ara- — 179 — do ó instrumentos de varias aplicaciones. Así, en el hombre lo de menos es seguir estos ó aquellos estudios, dedicarse á esta ó aquella profesión; lo de más es ser hombre, y para serlo hay que tener encendida la fragua.

))¿Cómo se consigue esto? Muy fácil: dándole al fuelle. La fragua del hombre está en el cerebro, y el fuelle es la palabra. El cerebro es un antro desconocido; jjero la palabra depende de nuestra voluntad, y por medio de la palabra podemos influir en nuestro cerebro. La transformación de la humanidad se opera mediante invenciones intelectuales, que más tarde se convierten en hechos reales. Se inicia una nueva idea, y esta idea, que al principio pugna con la realidad, comienza á florecer y á fructificar y á crear un nuevo concepto de la vida. Y al cabo de algún tiempo la idea está humanizada, triunfa, impera y destruye de rechazo la que le precedió. También el hombre se transforma á sí mismo expresando en alta voz ideas, que al principio son conceptos puramente intelectuales, y luego, por reflexión, se convierten en pauta de la vida; porque la realización material de una idea exige la previa realización ideal. Cuando no se tienen ideas, la palabra es inútil y aun nociva. Si la fragua está apagada, ¿qué se consigue con darle al fuelle? Enfriar más los carbones. De aquí la conveniencia del silencio pitagórico, precursor de la idea é indicio de preñez espiritual. Quienquiera que, teniendo el cerebro vacío, hable sólo para aturdir á los que le escuchan, debe callar en el acto. El hablar maquinalmente revela temor en la inteligencia; es como el canto con que disfraza su cobardía el pusilánime cuando pasa por un sitio que le inspira miedo. En cambio, la palabra que anuncia una idea es útilísima, porque es el primer paso para realizarla. Al principio nos parece la idea imposible ó absurda; después de anunciada nos va pareciendo posible y natural, aunque superior á nuestras fuerzas; por último, nuestras fuerzas se excitan, se ponen á la altura del propósito, y á veces lo superan. Una arenga impetuosa decide el triunfo en una batalla. Una palabra empeñada lleva á un hombre á acometer empresas superiores á sus propios intentos. Un hombre tenaz, animado por una^ idea claramente concebida y expresada, triunfa siempre, aunque luche contra él la sociedad entera. No sólo el hombre, hasta los animales se dejan influir por la acción sugestiva de la palabra; por esto la cualidad esencial de un carretero es tener buenos pulmones.

))La mayoría de los hombres son comparables á un viajero tonto, que emprende un largo viaje llevando todo lo necesario, excepto espíritu para ver las cosas. Todos procuran ser algo, y casi todos se olvidan de ser. Por lo cual, entre tantos hombres clasificados ó clasificables como existen sobre la superficie del globo, no es fácil hallar un hombre verdadero. Aunque en vez de una linterna llevásemos una lámpara incandescente, no adelantaríamos hoy más que adelantó Diógenes en su tiempo, porque conforme va aumentando la potencia de la luz artificial va disminuyendo la humanidad del género humano.

))Hay, pues, que ser hombre ante todo, dejando — 181 — para después los estudios y trabajos que nos entretienen ó nos dan el pan de cada día. Y la calidad del hombre se ha de conocer, no en simples palabras, sino en hechos, en la comprensión total de la vida. He aquí un hecho usual, que puede servirnos de medio de prueba: ¿Qué hombre no ha hallado alguna vez á una mujer caída en el vicio? Este hallazgo vulgar inspira varios pensamientos, en los cuales cada hombre da la medida de su humanidad. La mayor parte no piensa más que en aprovecharse de la desgracia para satisfacer su sensualidad; éstos son hombres apagados, mejor dicho, son bestias. En otros más intelectuales, la mensualidad queda dominada por la curiosidad; el médico ve allí un caso patológico; el literato, un caso novelesco ó dramático; el pintor, un caso pictórico, y así por el estilo mil casos ó asuntos, según los diversos puntos de vista. ¿Cuánto más noble no es el que siente piedad y ama á la mujer caída, y por el amor la regenera y la redime? El que mira con amor al desvalido, es más humano que el que le estudia sin amarle. Pero se puede hacer por esa mujer caída algo más que redimirla por el amor: se puede subir aún más alto » Pío Cid dobló el papel y lo dió á Moro, dicién-•dole: — Guarde usted eso, y si le parece que sirve publíquelo en la Revista nonata.

— Pero ¿ha concluido usted ya? — preguntó Moro.

— Sí, ya he concluido; y el papel, aunque era grande, se concluyó también al llegar ahí.

— Pues falta precisamente lo esencial — dijo — 182 — Moro — porque yo le confieso á usted que no sé qué se pueda hacer más por una mujer mala que amarla y rehabilitarla á los ojos del mundo.

— Se puede hacer más — contestó Pío Cid; — pero esto no está en mi mano declararlo, porque, si lo declarara, les habría descubierto á ustedes la ley primitiva y perenne de la creación.

— ¿Y qué mal habría en ello? — preguntó Moro mirando á Pío Cid, como si dudase de que éste hablara en serio ó se hallara en su cabal juicio.

— Ya ha oído usted — contestó Pío Cid — que para mí el carácter humano está constituido por el equilibrio de dos fuerzas antagónicas: la mesura y la audacia. Yo he tenido ó creo haber tenido (que para el caso es igual) la audacia de concebir una ley nueva, que, más que ley, es aspiración permanente del universo; y como sé que todos los inventores lo pasan muy mal y yo no estoy por que nadie me fastidie, quiero demostrar mi mesura reservándome el secreto. Así conseguiré ser un inventor feliz, especie nueva en la historia humana.

— Dispense usted que le diga — argüyó Miranda algo amoscado, porque creía que Pío Cid hablaba en tono zumbón — que por el sistema de usted todos podemos ser grandes inventores. Basta decir que hemos descubierto un nuevo planeta, pero que nos reservamos fijar el punto del espacio en que se halla.

— Yo he descubierto más que todo eso — contestó Pío Cid, — porque he descubierto que no hay tales planetas, ni tales satélites, ni tales cometas, ni astro alguno en el espacio, y en su día lo de~ — 183 — mostraré. Cuando yo digo que me reservo el secreto de mi descubrimiento, debo decir que aplazo la revelación para después de mi muerte. Si después de muerto se demuestra que desgraciadamente me había equivocado, la demostración llega tarde, y yo me he ido al otro mundo con mi ilusión en el cuerpo; y si, al contrario, mi invención es verdadera, la envidia no puede ya tocarme. Yo desprecio la gloria; utilidad no la busco, ni mi invento es útil, que si lo fuera lo descubriría en el acto, porque entonces no tendría importancia mayor. Así, pues, no hay razón ninguna que me aconseje romper mi silencio, y les ruego á ustedes que tengan espera y suspendan su juicio hasta después de mi muerte, que poco ha de tardar.

— Entonces — dijo Moro — ¿hará usted esa revelación en su testamento?

— Pienso morir intestado — contestó Pío Cid. — La dejaré en una tragedia que tengo ya escrita, y cuya acción se desarrolla precisamente aquí, en la Alhambra.

— ¿Y cómo se titula esa tragedia? — preguntó Ceres, que no concebía nada sin título.

— No se titula de ningún modo — contestó Pío Cid. — Interinamente la pueden ustedes llamar Tragedia, pues en realidad no es una tragedia particular, sino la tragedia invariable de la vida.

— Hombre, nos ha excitado usted la curiosidad de tal modo — dijo Gaudente el viejo tomando un vaso de agua con azucarillo, — que vamos, sin quererle á usted mal, á desear que se muera pronto.

— 184 — — Yo me moriré cuando quiera — dijo Pío Cid, — y aun soy capaz de aligerar á morirme por dar gusto á ustedes.

— Eso no — dijo Raudo; — por ahora nos contentamos con leer su artículo, que tiene bastante miga. Es una medicina que hay que tomar á pequeñas dosis.

— Pues para mí es como agua destilada — replicó Castejón.

Después de la lectura de Pío Cid y de los comentarios á que dió lugar, hubo aún tiempo para que leyera Miranda su linda y breve novela La cáscai^a amarga, cuadro primoroso de costumbres del Albaicín, y Castejón el capítulo primero de la leyenda árabe que tenía entre manos desde hacía mucho tiempo. Con lo cual se hizo de noche, y acordamos subir á merendar á un ventorro de la Alhambra, donde Moro, que además de poeta era gran guitarrista, nos hizo pasar un rato delicioso oyéndole rasguear unos jaleos de su invención. La literatura y la música nos abrieron el apetito de par en par, y bien pronto estuvimos todos de acuerdo para declarar que nuestros trabajos juntos no valían lo que la pescada en blanco y el jamón con tomate con que no regaló el pico el amable ventorrillero. Hubo derroche de líquidos, discursos y su poquito de cante, y acaso nos hubiera amanecido si no estuviera ya resuelto nuestro viaje. El viejo Gaudente se achispó é hizo consideraciones muy sentidas acerca de la brevedad de nuestra vida y de la conveniencia de aprovechar el tiempo para divertirse cuanto buenamente se pueda.

— 185 — — 185 — — Yo no soy aficionado á filosofías — concluyó dirigiéndose á Pío Cid, — y no me lie hecho cargo de lo que usted nos ha leído; pero creo que cuando nn hombre aprende á pasar ratos tan agradables como éste de hoy, ha aprendido cuanto necesita para vivir, y todo lo demás le sobra. Su receta será buena; pero este vinillo blanco es mejor. Brindo, pues, por el dios Baco y por su distinguida esposa la diosa Alegría, en cuyo seno se olvida uno de todas las ciencias y de todas las artes inútiles inventadas por los tontos.

Fué tal el brío con que quiso apurar la copa, que le saltó el botón del cuello de la camisa, y como el cuello era postizo, se le quedó suelto por gola, dando al alegre viejo un aire cómico que nos hizo reír á carcajadas.

Pío Cid tomó pie de ello para pronunciar una tremenda filípica contra los puños y cuellos postizos, que, en su opinión, eran la expresión más ridicula que cabe concebir de la triste instabilidad de las cosas humanas.