— Ese botón que se ha roto — añadió — es como la alegría invocada por el amigo Gaudente. Si pudiéramos ir sin botones, y aun sin camisas, yo sería el primero que me pondría en cueros vivos; pero un botón que se rompe nos obliga á buscar otro, y lo mejor es usarlos de metal duro para que no se rompan jamás. ¿De qué sirve romper la triste monotonía de la vida con una alegre borrachera, si á poco hemos de volver á la monotonía, quedándonos sólo el amargor de boca del pequeño abuso que cometimos? Esas alegrías, postizas como los cuellos, á mí no me satisfacen. Busque- — 186 — mos la alegría en lo hondo y en lo íntimo de nuestro espíritu, y si llegamos á hallarla nos parecerán despreciables esos breves aturdimientos con que antes distraíamos nuestra tristeza. Ya sé que el hombre aturdido, que se ríe de todas las cosas, es más simpático que el grave predicador, el cual muy fácilmente se lleva los títulos de pedante y burro. Yo he pasado con vosotros uno de los días más alegres de mi vida; pero mi alegría no proviene del beber, porque no he bebido; ni del comer, porque apenas he comido, bien que por el olor comprendiera que el amo de este castillo no es rana; si voy á decir la verdad no he comido más que aceitunas, que me gustan al perder desde pequeño; y aun os he de declarar que este plato, andaluz por esencia, por ser nuestro suelo el más olivífero del mundo, es mi plato favorito, y os lo recomiendo porque desarrolla la energía cerebral con caracteres originales. Los grandes filósofos griegos fueron devotos de la aceitima. La cultura griega debe más al olivo que á ningún otro árbol ó planta; y la nación más apta hoy para ejercer en el mundo la supremacía ideal es España, por ser la nación que produce mayor cantidad de aceite. Pero dejando á un lado estos perfiles, os aseguro que hoy he estado yo alegre, y que mi alegría no viene de excesos que no he cometido, sino de una complacencia puramente espiritual.
Ya sabéis que amo el aire sano y la luz natural, el agua cristalina y el arte puro. Para mí, la verdadera civilización es la que florece en medio de la Naturaleza. Si hubierais estado en un salón de sesiones, con un presidente que os diera y os quitara — 187 — la palabra á campanillazos, hubierais visto cuán pronto escurría yo el bulto; mientras que en una asamblea acéfala, y bajo la bóveda del cielo, me figuraba que no éramos cultivadores artificiosos de las letras, sino más bien como un grupo de braceros del campo que suspende sus faenas un momento y se pone á la redonda para fumar un cigarrillo. Si tuvierais paciencia para seguir muchos años estas saludables prácticas, veríais surgir verdaderos portentos; porque el arte original nace siempre al aire libre, cuando el hombre se remonta al ideal, sin separar los pies del terruño, ni los ojos de la contemplación de las bellezas naturales.
Este breve discurso mereció la aprobación del auditorio y fué la señal de la dispersión. Todos quisieron despedirnos, y jautos bajamos por las cuestas de la Alhambra en grupos. Yo vine todo el camino con Miranda comunicándonos nuestras impresiones.
— Si quieres que te diga mi verdadera opinión — me dijo, — Pío Cid me ha parecido un hombre extravagante. No es un tipo vulgar, pero tampoco es lo que tú nos habías anunciado. Mucho más valen los versos de Moro y el relato de Antón, que la sarta de incoherencias que él nos ha enjaretado en su Ecce homo.
— No es posible comparar una cosa con otra —. repliqué yo. — Lo que han leído Moro y Sauce son trabajos literarios, á los que ya está hecho nuestro paladar, y lo que ha leído Pío Cid es cosa nueva, que no es ciencia ni arte.
— Pues ¿qué es entonces? — me preguntó Miranda.
— 188 — — Es una creación — le contesté. — Es incolierente como una receta, en la que un médico combina diversas sustancias que nada tienen que ver las unas con las otras; pero si la receta cura, ¿qué más se puede apetecer?
— ¿Y tú crees que la receta de Pío Cid puede reconstituir el carácter y robustecer la voluntad, ni que haya quien pueda seguir los consejos de la receta?
— Si no hay muchos que los sigan, habrá alguno; y basta para el caso que uno los siga y los demás aprendan á tener amplitud de criterio para comprenderle y no censurarle. Lo que á primera vista parece extravagancia, puede muy bien ser como el sabor desagradable de ciertos medicamentos; quizás después de varias lecturas desaparezca el mal sabor, y entonces, asimiladas ya las ideas, serán como el espigón de una estatua que se nos ha metido dentro del cuerpo. Yo creo que Pío Cid conoce el espíritu del hombre; que así como un mecánico monta y desmonta una máquina, cuyo mecanismo es para los profanos incomprensible, así él manipula en el espíritu humano y lo transforma.
— Pero si eso fuera cierto, Pío Cid sería un hombre distinto de los demás.
— Todos los hombres son iguales, y los que descubren algo nuevo son tan hombres como los otros. Tienen cierta superioridad momentánea hasta tanto que el invento se divulga y caemos en la cuenta de que la idea misteriosa es como el huevo de Colón. Desde que el mundo es mundo ha habido hombres que han influido sobre el espíritu — 189 — de otros hombres; lo han hecho á ciegas, tanteando, á la manera de los pedagogos. Figúrate que se logra descomponer el alma del hombre, como se descompone la luz en el prisma, y descubrir la variedad de fuerzas que la constituyen, y combinar estas fuerzas para producir estados originales. Conocida la ley fundamental de la creación, ¿quién sabe adonde podrían llegar las consecuencias?
— ¿Y es ese el invento*de tu amigo? — me preguntó Miranda.
— No es ése — le contesté yo. — Hablo por hablar, pues no estoy más enterado que tú. Y casi creería que no hay tal invento, y que Pío Cid es un humorista serio, que ha tomado el mundo por vaina. Pero, aunque así fuera, él hace cosas que no es capaz de hacerlas nadie.
Después de pasar un rato con mi familia, volví á reunirme con mis amigos en la Puerta Real cuando ya iba á salir la diligencia. Nos acomodamos Pío Cid y yo en la berlina, y con sendos apretones de mano nos despedimos de nuestros ilustres compañeros, ofreciéndoles volver al año próximo. Así terminó la notable jornada, de la que aún conservo vivísimo el recuerdo; pues aunque son muchas las que he pasado alegremente en la grata sociedad de estos buenos amigos, ninguna fué tan bien aprovechada como la de este día, la cual influyó, además, en el rumbo de mi vida del modo que verá el que leyere.
Nada de particular nos ocurrió durante el viaje. Yo no tenía sueño, y quise entablar conversación con Pío Cid, pero éste me dijo que una de las condiciones del trabajo intelectual, qxie por — 190 — olvido no había consignado en su receta, era dormir ocho ó diez horas de un tirón todas las noches, sin lo cual el cerebro no se limpia bien de sus impurezas, y funciona con lentitud y pesadez. Esto era lo mismo que decirme que le dejara en paz, y así lo hice. Tampoco jjude pegar la hebra con el mayoral, porque éste era hombre de pocas palabras. Era tuerto y de genio áspero, y, según las ideas de Pío Cid, podía ser considerado como un silencioso activo; sólo despegaba los labios para chupar, y más que para chupar para morder y mascar la negra tagarnina que llevaba constantemente en la boca; pero no dejó en paz un momento el látigo, que tampoco producía gran efecto, pues en particular las muías de lanza lo recibían sobre las costillas como un suave pasamano. En resumen, íbamos igual ó mejor que en un tren expreso. No volcamos, ni salieron á robarnos, ni nos sucedió nada de lo que cuentan ciertos viajeros mentirosos. El mayoral y sus muías, influidos por las ideas de ¡progreso de nuestra época, funcionaban con la misma regularidad que una locomotora, y por añadidura no había miedo de que descarriláramos.
En Jaén fuimos á parar á casa de una amiga mía, que vivía en la calle Maestra, y se nos fué el tiempo tan sin sentir que me faltó para dar un vistazo á la catedral, y tuve que dejarlo para otra ocasión, contentándome con ver la fachada. En cuanto á Pío Cid, creo que con la fachada tendría bastante para figurarse cómo era la iglesia por dentro, á juzgar por un rasgo sorprendente ■que tuvo aquel mismo día, cuando salimos de — 191 — Jaén con dirección á Espelúy, donde debíamos tomar el correo de Andalncía para Madrid. Hacía calor, y para ir más ventilados nos metimos en nn coche de tercera, de compartimientos corridos. Pío Cid, sentado frente á mí, leyó en el testero del coche el letrero que decía: «40 asientos;), y me hizo notar que habían raspado la 2, la e j Isl t, j habían dejado: «40 asnos».
— ¿Ahora te enteras de eso? — le dije yo. — Desde que hay ferrocarriles en España, todos los coches llevan la marca de los 40 asnos. Esa es la protesta nacional contra el mal servicio que tenemos, y quién sabe si será también una queja contra el sistema moderno de viajar, que parece más propio de bestias que de hombres.
— Pues á mí me coge de nuevas — me contestó; — mira qué atrasado estoy de noticias.
En esto entró en el coche, y se sentó de espaldas en el extremo opuesto, una mujer que, vista por detrás, tenía el aire de buena moza. Era alta, fornida y ancha de hombros; la cabeza bastante gorda, con abundante cabello negro, y las orejas muy bonitas; llevaba un pañuelo negro, de seda, caído sobre los hombros; pendientes de corales, y una peineta grande de concha. Yo me quedé mirándola un buen rato, y Pío Cid me preguntó que qué miraba.
— Es una mujer que ha entrado. No le he visto la cara, -pero tiene mucho trapío, y por detrás da gran golpe.
— Voy á ver — dijo Pío Cid, volviéndose para mirar. Y al punto añadió: — Es mejor la cruz que la cara. Tiene los ojos juntos, el entrecejo cerrado, la boca grande y su poquito de bigote.
— 192 — — Pero ¿le has visto la cara?
— No hace falta. ¿No hay quien reconstituye un animal por un hueso? Pues dame una oreja, y te reconstituyo una fisonomía.
— Lo que es ésa no pasa. No tan calvos que se nos vean los sesos.
— Suponte — me dijo — que te enseño dos duros por la cruz, y tú, sia necesidad de fijarte, me dices: éste es isabelino y éste es alfonsino. ¿Cómo sabes esto, si no has visto los bustos de Alfonso y de Isabel? ¿Si no has leído tampoco las inscripciones? Lo sabes porque los escudos son diferentes, y has adquirido el hábito de asociar tal busto á tal escudo. Del mismo modo puedes acostumbrarte á asociar los diversos rasgos fisonómicos. Esto requiere mucha experiencia, porque las combinaciones son infinitas; pero como posible, es posible: no tengas la menor duda.
Largo tiempo duró mi incertidumbre, porque la mujer de la cabeza gorda no dejaba ver la cara, bien que su reservada actitud fuera ya indicio de que no tenía grandes atractivos que mostrar; al fin bajó del tren en la estación de Menjíbar, y con asombro vi que era tal como Pío Cid me la había descrito: cejijunta, bigotuda y de aspecto agrio, como de persona que padece del estómago ó del hígado. No paró el incidente aquí, pues, excitada mi curiosidad, quise que mi amigo me explicase cómo adivinaba las fisonomías, y él me dió la primera lección de este arte extraño, y para mí desconocido hasta de nombre. No recuerdo ahora lo que me dijo; sólo tengo idea de que habló de las diversas razas que han habitado nuestra penínsu- — 193 — la á partir de los trogloditas, precursores de iberos y celtas, y de los caracteres plásticos de cada una, sola ó en las diversas combinaciones á que pueden dar lugar. Así, de la mujer cabezuda me aseguró que era una amalgama, triple, irregular y poco fecunda, y que, descompuesta en diez partes, daría el resultado: 10 = 1T + 7R+2M. Es decir, que tenía una unidad raíz, base túrdula; siete románicas, que daban carácter á la mezcla, y dos moriscas, apenas indicadas en los ojos. Esto, dicho por mí, quizás no tenga gracia, pero en la forma en que Pío Cid me lo explicó, sería más gracioso y entretenido que la más chispeante comedia.
Llegamos á Espelúy, y encontramos atestados de gente todos los coches de segunda, que era la clase en que nosotros viajábamos. Yo pensé pedir suplemento, pero Pío Cid se había quedado sin un real y no quería que yo pagase por él. Sin embargo, nos salió la misma cuenta, porque á última hora, por falta de asientos, un revisor, que me conocía, nos colocó, sin pagar más, en un coche de primera, donde iban sólo dos viajeros. Apenas nos sentamos se puso el tren en marcha, y entonces me fijé en nuestros compañeros de viaje. Eran un hombre y una mujer; el hombre estaba tumbado á la larga frente á mí, y dormía con la cara tapada con un pañuelo; la mujer estaba sentada en un rincón frente á Pío Cid, y era joven y muy simpática. Vestía como una señora, pero su tipo era más bien popular; era alta y delgada, pero no enjuta, pues tenía muy buena pechera, y la manga ajustada (aun no había venido - 194 — - 194 — la funesta moda de las mangas en forma de jamón), acnsaba nnos molleros muy bien hechos. Llevaba un traje claro, sencillo, y una manteletilla roja suelta sobre los hombros. Los ojos negros, vivos; las cejas muy arqueadas, la nariz graciosa, un poco gruesecilla, y la boca fresca y risueña. Era bella y arrogante, pero lo más singular de su persona era el peinado, de raya partida; el cabello negro, ondulante, caía en dos pabellones, tapando casi las orejas, y luego se recogía por detrás en cordón para formar una especie de rodete de estilo bizantino, y del centro del rodete salía, á modo de plumero, un mechón de pelo rizado. Era un peinado original; transición del bizantino al griego, con añadiduras fantásticas, y un poco churriguerescas, pero que revelaban cierta independencia de carácter y gusto en aquella joven interesante. Pío Cid la miraba con el descaro fraternal con que solía mirar á todas las mujeres, y por último le dijo: — Usted me dispensará la libertad que me tomo, pero tiene usted un tiznoncillo en la cara — Da pena viajar en estos trenes— dijo la joven con voz armoniosa, sacando del bolsillo un pañuelo para limpiarse.
— Más acá, más allá — decía Pío Cid, sin apartar los ojos del pañuelo; y por último: — Ya está bien.
— Gracias — dijo la joven inclinando levemente la cabeza.
Yo hacía esfuerzos para no reírme de la ocurrencia de Pío Cid, y me íiguré que era sólo un pretexto para entrar en conversación con la guapa - 195 — viajera. Pero al verle quedarse ensimismado, le pregunté en voz baja: — ¿Para qué le has dado esa broma?
— Era para ver el pañuelo — me contestó, — j para saber, si era posible saberlo por la marca, el nombre de la joven, á la cual al punto he querido reconocer Ahora estoy seguro. Esta es Mercedes, la hija del ciego Juan de la Cruz.
Dijo Pío Cid estas palabras con impasibilidad absoluta, y yo las escuché con tanta sorpresa y emoción, que me corrió un escalofrío por todo el cuerpo. Era la primera vez en mi vida que veía enlazarse el arte con la realidad, y al saber que aquélla era la hija de Juanico el ciego, reapareció ante mis ojos el cuadro de dolor y miseria trazado por Antón del Sauce, y vi en Mercedes una mujer distinta de la que antes había visto, cuya belleza no me inspiraba ahora simpatía, sino más bien lástima. Examiné con detenimiento al hombre que iba acostado, y aunque no se le veía la cara, me produjo un sentimiento inexplicable de aversión: era algo obeso, y el vientre, que descansaba sobre el asiento, se le movía con el traqueteo del tren. Sus manos, finas y ensortijadas, daban á entender que era hombre todavía joven.
No tardó en despertar el viajero, y al incorporarse me saludó con cierto embarazo, como no sabiendo si debía hacerse el desconocido ó si hablarme con confianza. Era aquel joven antiguo compañero mío de estudios; pero sólo habíamos estudiado juntos un año, porque él se rezagó, y desde hacía ocho ó diez no nos habíamos vuelto á hablar, aunque en Madrid nos veíamos con fre- — 196 — cuencia en los teatros. Era granadino y se lia* maba Juanito Olivares, y no sé con fijeza si terminaría al fin los estudios de Derecho, ¡jorque bien que se matriculara siempre, rara vez se examinaba. Pero aunque los hubiese terminado, él no vivía de su carrera ni de ninguna profesión conocida, y en Madrid le teníamos todos los paisanos por una mala persona. Era jugador y andaba siempre metido con la gente del trueno, que pasa la vida en continua francachela, unos días derro^ chando á lo príncipe, y otros dando sablazos á diestro y siniestro. Tenía también fama de Teñorio, pero Tenorio achulado, puesto que siempre andaba entre mujeres de mal vivir, y aun se decía que las explotaba. Sentí, naturalmente, deseo de saber cómo y por qué caminos había sacado á la hija del ciego del poder de su viejo protector, el montañés Estirado, y al contestar á su saludo, lo hice con amabilidad y llaneza, diciéndole: — Duda usted, quizás, si soy ó no soy un antiguo condiscípulo. Yo le he reconocido á usted al momento; usted es mi compañero de Derecho canónico, Juan Olivares, y me alegro de que hagamos juntos el viaje á Madrid.
— Yo también le he conocido á usted — me contestó,— y al contrario, estaba en duda de que nsted me recordase después de tantos años. Ya veo que es usted buen fisonomista. ¿Ha venido usted por Jaén para evitarse el calor?
— En efecto, he venido en la diligencia con este amigo y paisano, D. Pío Cid — añadí, presentándole.
— Tanto gusto en conocerle — dijo Olivares. — — 197 — He leído su nombre en los periódicos Suponga que usted será el diputado electo por Aldamar...Yo tengo parientes en el distrito, y aunque hace años falto de Granada, leo siempre algo de lo que pasa en nuestra tierra.
— Entonces no viene usted ahora de Granada — preguntó Pío Cid, asintiendo á las pala^ bras de Olivares.
— No, señor — contestó éste; — vengo de Sevilla, donde he pasado una temporada. Y luego añadió, dirigiéndose á su compañera de viaje: — Mercedes, estos señores son paisanos y amigos; vamos, como quien dice, en familia.
— ¿Es también granadina? — pregunté yo, señalando con el gesto á Mercedes, por no calificarla de ningún modo. — Yo conozco allí átodo el mundo, y juraría no haberla visto nunca — Es de Málaga — dijo Olivares. — Este es el primer viaje que hace á Madrid.
— Ya usted á dejar bien puesto el pabellón de ' Andalucía —le dije á la joven, que nos miraba algo inquieta, desde que al oírnos hablar comprendió lo falso de la situación en que á nuestros ojos se encontraba.
— La verdad es — dijo Olivares — que nosotros los andaluces somos la gente más descastada del mundo. Hace años que vivo yo en Madrid, y ustedes también, sin duda, y no nos hemos visto nunca, ó nos hemos visto como si no nos conociéramos. Esto no es cosa de nosotros solos, sino de todos los paisanos. No tenemos ningún centro donde reunimos, ni queremos ayudarnos, ni siquiera tratarnos. Así es tan difícil que hagamos — 198 — — 198 — carrera, y se ve todos los días que muchachos muy aventajados, que con algún apoyo subirían á los primeros puestos, tienen que huir de Madrid con el rabo entre las piernas, para que al llegar á sus provincias les digan que no valen un pitoche y que si no se han abierto camino es porque en la corte se hila muy delgado, y muchos que en provincias parecen algo, aquí se quedan en nada. Ya ven ustedes, cuando el alma me duele á mí de ver cómo ponen por las nubes á muchos zanguangos que en sus pueblos no servirían ni para limpiar botas. El busilis es la protección y el bombo, y eso es lo que nosotros no entendemos todavía, y por eso nos dejamos apabullar.
— Estamos conformes — agregué yo; — pero el mal no tiene remedio, porque á nosotros nos falta espíritu de fraternidad, y sin él, lo más derecho es que cada uno trabaje por su cuenta, y ya que no ayude, que tampoco haga daño á los otros. Ya he pensado yo en que varios amigos fundáramos en Madrid un Centro andaluz; pero luego desistí de mi idea, porque vi que me iba á costar muchos disgustos y quizás salir entrampado, si daba la cara, aunque no fuera más que para los primeros gastos.
— Para sostener un Centro en Madrid hay que permitir el juego — dijo Olivares. — Todos los círculos echan mano de ese recurso, porque más da una mesa que doscientos socios. Si no fuera por eso, ¿creen ustedes que habría en Madrid un círculo para un remedio?
— Claro que no — asentí, no queriendo contradecir al picaro de Olivares. — Y según la máxima.
— 199 — xima que se atribuye á los jesuítas, de que el fin justifica los medios, yo permitiría jugar á los prohibidos si así se lograba sostener una sociedad útil para el progreso del país.
— Para mí, la nación ideal es Monaco — sentenció Olivares. — Ahí tiene usted una nación donde no hay cobradores de contribuciones; el juego da para todo, el arte prospera, y milagro es el año que no se estrenan obras de mérito, hasta óperas, I)ara que nada falte.
— Lo único malo que encuentro — dije yo, — es que ocurran tantos suicidios — Se exagera mucho — replicó Olivares, — y además, alguna vez tiene uno que morirse, porque no somos eternos. Entre morirse de viejo apestando al prójimo, ó suprimirse de un pistoletazo después de sacarle á la vida todo el jugo posible, ¿qué le parece á usted? Yo, por mí, les aseguro que no llegaré á oler á rancio.
— Cada cual entiende la vida á su modo — dijo Pío Cid, — y nadie la entiende bien.
— Ahora ha dicho usted una verdad como un templo — dijo Olivares. — Lo mejor es dejar que cada uno viva como quiera y que se mate, si ese es su gusto, cuando le venga la contraria. Con prohibir las cosas nada se sale ganando, porque lo que no se hace á ojos vistas se hace de ocultis, y es peor lo roto que lo descosido.
No he de aburrir al lector relatando lo mucho y malo que se habló durante el viaje. Pío Cid habló poco, y Mercedes nada. Olivares y yo hicimos el gasto, y sin darnos cuenta pusimos la moral hecha una lástima. Olivares era muy listo y á — 200 — ratos ocurrente, y daba pena verle tan desatinado y tan sin compostura. Con él no valían predicaciones, porque todas se las sabía de memoria, y al minuto de oirle se comprendía que su desquiciamiento moral era incurable. Sus ideas era tan lógicas desde su punto de vista, que para combatirlas había que remontarse á los fundamentos de la filosofía y demostrar que Dios existe, y que existen también el deber y la justicia, y una porción de cosas que para Olivares eran música celestial. Yo no me hallé con fuerzas aquel día para meterme en estas honduras, y hube de seguir la corriente para intimar con aquel simpático tunante y ver si podía meter las narices en el embrollo de sus relaciones con la bella Mercedes. Mi deseo debía ser el mismo de Olivares, porque nos dió su tarjeta y nos ofreció su casa, y mostró gran empeño en que fuéramos á visitarle, y su empeño fué mayor con Pío Cid que conmigo, porque creería ver en él más materia explotable. Este detalle y otros muchos me fueron convenciendo de que Mercedes iba á Madrid á hacer el Cristo en manos de su desalmado amante. A ratos pensaba que quizá la hija del ciego estaría ya completamente hundida en el vicio cuando Olivares la cogió por su cuenta; pero me hacía dudar el aire modoso y serio de la joven y el disgusto que manifestaba cuando Olivares nos hablaba sin miramientos de los encantos de la vida alegre, libre de trabas y de compromisos. Bien podía ser que Mercedes se hubiera enamorado y dejado engañar, porque mi paisano era hombre de mucha labia y de agradable figura; aunque era demasiado grueso — 201 — no tenía el aire pesado y mochilón; al contrario: las carnes le daban aspecto de caballero rico; como iba completamente afeitado, representaba menos años qne tenía (qae debían ser alrededor de los treinta), y en sn tipo había algo de cura, de cómico y de torero; las facciones correctas, aunque vulgares, y el pelo castaño, tirando á rubio, cortado á estilo flamenco, de ese que llaman pan y toros; en suma, una estampa fina y rumbosa, muy á propósito para hacer honda mella en el corazón de una mujer de poca experiencia, que no comprendiese lo podrido que estaba por dentro aquel galán tan vistoso.
En Alcázar bajamos del tren Olivares y yo para tomar unas copas; Mercedes no quiso acompañarnos, y Pío Cid pretextó que no le gustaba beber, para quedarse á solas con ella y hablarle y saber a/lgo por donde orientarse acerca del estado de ánimo de la jóven.
— Ya habrá usted visto — le dijo apenas se quedaron solos — cómo me he apresurado á aceptar el ofrecimiento de su amigo de usted, al que pienso corresponder yendo á visitarle con frecuencia; pero mi interés no es por él, es por usted — ¿Por mí? — preguntó Mercedes, sin comprender adonde iba á parar aquella conversación tan bruscamente comenzada.
— Por usted — repitió Pío Cid. — Deseo hablar con usted de historias antiguas. Usted no me conoce; pero yo la conozco mucho y deseo ser su amigo.
— Yo no sé qué contestarle, ni comprendo cómo puede usted conocerme.
— 202 — — Ahora no hay tiempo para entrar en explicaciones. Yo la he conocido á usted hace años y la he reconocido en cuanto la he visto, y usted sabrá las razones que tengo para interesarme por usted. No es curiosidad ni deseo de penetrar en las interioridades de su vida; es un deber que tengo de defender á usted si necesita defensa y de protegerla si necesita protección. Cuando hablemos despacio sabré si usted conoce su verdadera situación y si la acepta gustosa, pues en tal caso nada me quedaría que hacer; pero más bien creo que va usted engañada y que quizá agradezca hallar un amigo en Madrid, donde no conocerá á nadie — Siempre es bueno tener amigos, aunque sea en el infierno — contestó Mercedes entre confusa y amable.
— Pero hay amigos, y amigos, y los amigos de una mujer pueden llevar buenas y malas intenciones. Las mías son buenas, y si le hablo así es porque creo que otros las tienen malas. Yo la conozco á usted, ya se lo he dicho, y no comprendo que, á pesar de su mala estrella, haya caído tan bajo que se deje explotar por un mal vividor — ¿Qué me dice usted? — preguntó Mercedes.
— Le digo lo que siento. Mi paisano Olivares es un perdido que va á Madrid á divertirse á costa de usted. No parece muy decente que yo aproveche estos minutos para herirle por la espalda, pero dice el refrán que el qne roba á un ladrón tiene cien años de perdón, y no he de tener yo escrúpulos para trabajar por el bien de usted, cuando él no los habrá tenido para engañarla — 203 — — Yo he nacido con mal sino — dijo Mercedes, con voz triste y apagada.
— Contra el sino está la voluntad — repuso Pío Cid con energía. — Si usted no la tiene, la tengo yo. Y si usted no me agradece la intención me la agradecerá su padre, que, aunque tuvo también mal sino, fué siempre un hombre honrado. El pobre Juan de la Cruz no merece que su hija única le afrente de ese modo Estas palabras impresionaron vivamente á la joven y le hicieron comprender que quien le hablaba no era lo que ella al principio se había figurado.
Mercedes conocía sin duda á Juanito Olivares, y sabía ó presentía el papel que iba á representar en Madrid. Se hallaba ligada á él y resuelta á pasar por todo, y acaso se justificaba en sus adentros viéndose condenada por la fatalidad, que parecía ensañarse con ella como se había ensañado con su padre. Así, al oir á Pío Cid se quedó turbada, sin saber qué pensar de aquella inesperada simpatía y de aquella protección generosa que le brindaban. Al principio creyó que Pío Cid comenzaba á iniciarse como amigo; uno de los muchos amigos que en Madrid frecuentarían el trato de Olivares; luego se figuró que Pío Cid quería jugarle á éste una mala pasada, y pasó rápida por su mente la comparación entre ambos y la idea de abandonar al uno si el otro ofrecía una situación más decorosa; por último, oyó con extrañeza el apóstrofo duro y amenazador de Pío Cid, y se halló por completo desorientada. En cambio, Pío Cid había seguido atentamente todos estos movi- — 204 — — 204 — mientos, y sabía ya á qué atenerse, más aún, conocía á la joven como si la hubiera tratado toda la vida. Porque la atracción misteriosa que Pío Cid ejercía sobre todo el mundo sólo se explicaba por la rapidez con que penetraba en lo íntimo del espíritu de los demás. Cuatro palabras le bastaban para conocer á una persona y para descubrir el punto vulnerable y dominarla. Y en ninguna ocasión, ni cuando engañó á Martina y se la llevó á la casa de huéspedes como si fuera una niña de pocos años, estuvo tan diestro como al apoderarse del alma de Mercedes, quizás porque al fijarse en ella era más pura la intención que le animaba. El único escollo que temía era que la joven estuviera desmoralizada y subyugada por el atractivo de la vida que su amante comenzaba á darle á conocer; pero al ver cruzar por los ojos de Mercedes la idea de la traición, se convenció de que el dominio de Olivares era sólo material. La esclavitud sin amor es germen perpetuo de rebeldía, y Pío Cid pensó en el acto suscitar en la joven el deseo de libertad.
— Dispense usted la rudeza con que me he expresado— dijo después de una breve pausa. — Yo sé que usted no tiene la culpa de lo que le ocurre, porque sola, sin tener en el mundo nadie que se interesara por usted, ¿ qué iba usted á hacer sino dejarse arrastrar adonde quisieran llevarla? Pero ahora varía la situación; si usted se halla á disgusto en la vida que lleva y se decide á abandonarla, cuente usted con un amigo, que soy yo, y con una casa, que es la mía ¿Qué puede usted perder en el cambio? Nada. Si no le fuera á usted — 205 — bien conmigo y con mi familia, es usted libre para hacer lo que más le agrade. El mayor mal que puede ocurrir le es el que ahora le está ocurriendo. Usted es muy bella y graciosa, y hallará siempre hombres á montones para vivir como vive. La desgracia de usted no ha sido dar los malos pasos que ha dado; ha sido caer en manos de un tronera, que quizás, después de sacarle á usted el jugo, la tire á la calle cuando ya no sirva usted para su especulación. Si al menos la quisiera á usted, pero no lo creo. Hombres como Olivares, y mucho mejores, los encontrará usted en cualquiera parte á todas horas; pero una casa amiga no se encuentra fácilmente, y puesto que usted la ha encontrado no debe vacilar. Pruebe usted á ver si puede dominar ese mal sino que cree que la persigue Yo le ayudaré.
— ¿Tiene usted familia? — preguntó Mercedes.
— La tengo y numerosa, y esté usted segura de que será recibida en mi casa con la mejor voluntad. A usted quizás le extrañe esto, porque no es corriente que una joven desconocida éntre en una casa si no es como criada ó institutriz, ó con algún cargo que justifique su presencia; en mi casa no hay servidumbre, y usted entraría como lo que es, como una huérfana, á la que se desea dirigir y educar; ese sería mi gusto y es también mi obligación, según verá usted cuando yo le explique las razones que tengo para hablarle como ahora ^le hablo. Pero ahora lo que interesa es que usted sepa donde vivo No tengo tarjetas; lo pondré en esta misma — añadió, sacando la que le había dado Olivares y dándosela á Mercedes, después de escribir con lápiz su nombre y señas.
— 206 — — ¿Ha leído usted las señas de la casa donde voy á vivir? — preguntó Mercedes, mirando la tarjeta.
— Calle de Fuencarral, conozco la casa — contestó Pío Cid.
— ¿Está muy lejos la calle de Villanueva? — volvió á preguntar Mercedes.
— Lo cerca ó lo lejos no importa. Usted no conoce Madrid, y lo que haría sería tomar un coche y dar la dirección al cochero. Yo iré á visitarla á usted; pero no está de más la precaución, porque pudiera convenirle á usted apresurar su escapatoria. Cuando un hombre como Olivares tiene casa puesta en Madrid, es seguro que no está solo, y quizás encuentre usted algo que no sea de su gusto.
— Dice que tiene un ama de gobierno paisana suya.