— Puede que sea así — asintió Pío Cid. — Pronto lo verá usted.
— Pero aunque yo quisiera romper — dijo Mercedes. — ¿Con qué cara me presentaría teniendo usted familia?
— Si no estuviera mi familia por medio — replicó Pío Cid, — podría usted creer que iba á salir de Herodes para entrar en Pilatos Yo no soy ningún vejestorio y usted es muy guapa, y si le propusiera vivir sola conmigo Pero ahí están; cortemos la conversación.
Hasta Madrid, adonde llegamos al amanecer, seguimos Olivares y yo en vivo coloquio, como grandes amigotes. Pío Cid no habló más con él, porque le sería penoso fingir amistad ó confianza, — 207 — después de la treta que acababa de jugarle. Mercedes siguió silenciosa, rumiando la idea de rebelión que Pío Cid le había metido en la cabeza. No hay nada que impresione á la mujer tanto como las verdades útiles y de sentido común; y Pío Cid, á vueltas de proyectos moralizadores, indicados sólo para justificar su intervención, había deslizado la idea esencial, la única que Mercedes podía comprender entonces: con Juanito iba á sacrificar todo lo que puede sacrificar una mujer y á sacar lómenos que puede sacar una mujer; aunque al plantar á J uanito tuviera que irse con otro hombre, más de lo perdido no podía perder, y en cambio podía salir gananciosa. Juanito le había gustado mucho los primeros días, y ya comenzaba á hacérsele empachoso. Mercedes no se explicaba el porqué, siendo como era una infeliz, á pesar de su aparente señorío y de su finura contrahecha; pero lo que sentía era el disgusto natural é instintivo que causa el egoísmo descarado, que no oculta sus bajas intenciones. Juanito estaba acostumbrado á manejar mujeres completamente perdidas, y había tomado á Mercedes por una de tantas, y acaso en una de tantas la hubiera convertido en poco tiempo si Pío Cid no se le hubiera atravesado en el camino. Nuestro encuentro fué providencial, y más que suceso verídico parecerá á muchos combinación novelesca, no sólo por la perspicacia que demostró Pío Cid al reconocer á Mercedes, sino por la circunstancia singular de estar nosotros al tanto de su historia por el relato que de ella nos hizo Antón del Sauce. En este concurso de felices coincidencias no ha de verse, — 208 — sin embargo, la mano de nn novelista; ha de verse la mano oculta que gobierna las cosas humanas, la cual quiso darle á Mercedes un amigo y defensor que luchara contra la fatalidad misteriosa que llevaba dentro de su sér la hija del desgraciado Juan de la Cruz.
Llegados, pues, á Madrid, nos despedimos de Olivares 3^ de Mercedes, anunciándoles que iríamos á verles pronto, y pensamos tomar juntos un coche que nos llevara primero á casa de Pío Cid y después á la mía. Pero no contábamos con que estaban esperando á la salida Martina y su madre, D.^ Candelaria y Paca. Candelita no había querido venir, y Valentina se quedó con ella para que la falta faera menos notada. Aunque yo apenas las conocía, las saludé á todas y me retiré para no servir de estorbo. Pío Cid buscó quien le llevara la maletilla para ir á pie, paseando con la fresca, y para evitar que tuviera que dividirse en dos coches la comitiva de las cuatro mujeres, las cuales venían ya divididas, según fácilmente se notaba.
— Al diablo se le ocurre — dijo — venir á estas horas á la estación; y además que yo aseguré que vendría hoy.
— ¿Crees tú que yo no huelo? — replicó Martina. — Yo estaba segura de que vendrías en cuanto recibieras mi última carta. ¿ Las has recibido todas?
— He recibido cinco — contestó Pío Cid. — Por cierto que ninguna se ha acordado de ponerme ni unos malos recuerdos. ' — ¡Como Martina escribía por todas! — dijo Paca.
— 209 — — Bueno, vamos andando — agregó Pío Cid, — y andando hablaremos.
Eclió á andar delante Martina, y Pío Cid se puso á su lado; D.* Justa, que iba á alcanzar á su hija, se hizo atrás para reunirse con su hermana y sobrina, que venían las últimas.
— Te encuentro muy bien — dijo Pío Oid á Martina;— de buen color y un poco más gruesa.
— Pues yo creía lo contrario — contestó Martina.— Con los disgustos que han pasado . — Tempestades en un vaso de agua — dijo Pío Cid. — ¿Te parece bonito que vayamos en dos secciones? Por lo visto, no os habláis siquiera.
— Con Paca sí — dijo Martina. — La culpa no es mía Ellas no quieren ceder, y no voy á ser yo la que me rebaje.
— Todo eso va á terminar hoy mismo.
— Ya lo creo que terminará — aseguró Martina.— Como que tienen buscado cuarto y esperaban que tú vinieras para irse á él. Don Florentino, el hermano de Pablo, se va á Barcelona en cuanto se celebre la boda, y mi tía y Candelita se van con él para ir más acompañadas. Dice mamá que la prima tiene ya la contrata segura. Yo no sé nada más que lo que oigo; pero me parece muy bien que se vayan si es por su gusto.
— Ya hablaremos de eso. Voy á decirle algo á tu tía, no sea que tome á desprecio el que yo las deje á un lado.
— ¡Y qué te importa! Que lo tome por donde quiera.
— Me importa, y á ti debía importarte más, porque, al fin, es tu tía, y el desprecio que yo le — 210 - hiciera recaería sobre una persona de tu familia. Nosotros estamos siempre cumplidos, y con tu tía tengo que guardar más miramientos No es gran cosa lo que tengo que preguntarle Sujetó un poco el paso para acercarse á doña Candelaria. Doña Justa y Paca se pasaron al bando de Martina, y Pío Cid continuó sus trabajos de diplomacia peripatética.
— ¿Cómo es que no han venido las otras niñas? • — le preguntó. — ¿Están buenas?
— Candelita está un poco echada á perder — contestó D.* Candelaria. — No es cosa mayor.
— No me ha escrito usted nada sobre el disgustillo que ha habido.
— No he escrito por no distraerle á usted con cuentos Más valiera que no se hubiera usted ido, pues, según me ha dicho mi hermana, viene usted como fué. Ha hecho usted mal en seguir los consejos de Martina.
— ¿De qué consejos habla usted?
— Dice mi sobrina que le escribió á usted que se dejara de política, y que, como ha ocurrido con Gandaria lo que usted sabe, usted no querría nada que viniera por su mediación.
— No está mal pensado; pero la verdad no es ésa, sino que me he convencido de que no sirvo para esas andancias. La política les da á muchos de comer, y á otros les cuesta el dinero, y yo no tengo ningún dinero que perder. Y ahora voy á decirle algo que importa más, y es que no comprendo que usted, que es una mujer de carácter, haya tenido tan poca espera y haya hecho tanto caso de las necedades de Martina.
— 211 - — ¿Usted sabe lo que esa niña ha heclio? Porque supongo que ella le habrá pintado las cosas á su <íapricho.
— Sólo me ha hablado del cambio de muebles y de no recuerdo bien.
— Eso fné lo primero, y eso y mucho más lo hubiera yo pasado; que, á Dios gracias, no me falta aguante. No le habrá dicho que exigió el dinero que usted nos dejó, diciendo que ella quería ser el ama; y que luego que tuvo el dinero nos dijo que, puesto que habíamos recibido la pensión de Murcia, nos arregláramos con lo nuestro; ni le habrá dicho que la tomó con Candelita y que le ^raüó la cara, como usted lo verá.
— Y ¿cómo fué eso?
— Fué porque mi hija se cansó de oir sus indirectas y le dijo que era una envidiosa Esa es la única palabra que ha podido ofenderla. En <iambio ella ha dicho cuanto le ha venido á la boca, y hasta ha tenido la osadía de asegurar que mi hija lo estaba soliviantando á usted, y que le ha visto á usted darla un beso ¿Qué le parece?
Con las pocas chichas que tiene mi Candelita, y Martina que tiene más fuerzas que un toro, le digo á usted que si no ando lista. Dios sabe si hubiera ocurrido una desgracia Por prudencia, por consideración á usted he seguido en la casa hasta que usted viniera; pero ya tenemos apalabrado un cuarto en la misma calle, y hoy mismo nos mudamos.
— ¿Cuál es el plan de usted? — preguntó Pío Cid con mucha flema.
— 212 — mando aliento. — Candelita tiene ya contrata en Barcelona. Yo me voy con ella en cuanto se case Paca. Todo está ya arreglado; hoy es viernes, el domingo puede ser la boda.
— ¿Usted y D. Florentino serán los padrinos?
— Sí; D. Florentino ha venido á eso principalmente — Y ¿piensa usted dejar á Valentina con los recién casados?
— Así tiene que ser. Yo no puedo llevármela^ porque serían los gastos mucho mayores.
— Pues bien — dijo Pío Cid recalcando la palabra;— todo eso me parece un disparate, impropio de una mujer tan avisada como usted Usted sabe lo que se ha gastado para arreglar nuestra casa, y no hay en ella nada del otro jueves; y estaba casi amueblada cuando yo entré en ella Ponga usted en un cuarto á tres criaturas con un sueldo que, con el descuento, no llega á 15 reales diarios, y dígame qué apuros y qué miserias no van á pasar en estos primeros meses, que deben ser de miel y van á ser de acíbar, de vinagre y de rejalgar. Paca es una mujer de su casa, como hay pocas, y Pablo no es mal muchacho; el matrimonio reúne las mejores condiciones para ser bueno, j usted lo va á echar á perder con esas prisas. Usted habrá visto un nido de pájaros, y habrá visto que cuando los pájaros son culoncillos se están pegados los unos á los otros, y que cuando son volantones comienzan á revolotear por los bordes del nido, hasta que, al fin, se echan á volar; y algunos, por volar demasiado pronto, se caen y se estrellan. No saque usted las cosas de su paso natural, y déjeme á mí hacer lo que se debe hacer. Aunque usted no me deje, yo quiero á Paca como si fuera mi hija, y no consiento que salga de donde hoy está sino para que esté mejor que está. Ese casamiento es precipitado, porque no tenemos las dos ó tres mil pesetas que harían falta para poner otra casa — Eso es cierto — interrumpió D.* Candelaria. — Malo es empezar con boqueras, porque, como suele decirse, donde no hay harina todo es mohína; pero las cosas se han presentado así.
— Yo estoy conforme en que se casen — prosiguió Pío Cid. — Les cedemos una ó dos habitaciones de la casa, y siguen comiendo en familia como hasta aquí. De este modo pueden dedicar el sueldo á comprar lo mucho que les hace falta y á divertirse un poco en estos primeros meses, y de aquí á fin de año tiempo tendrán de buscar piso y de «mpezar á vivir por cuenta propia.
— Y ¿no cuenta usted con Martina?
— Martina querrá lo que yo quiera. Al verse sola ha pretendido ser jefe de la casa, y para hacer visible su autoridad ha cometido algunos abusos; pero ahora estoy yo aquí y ya no hay autoridad; yo no mando, pero no tolero que manden otros; quien debe mandar es la razón, y si usted me demuestra que lo que yo digo no es razonable, obedeceré las órdenes de usted. Hay que despedir ese cuarto que han tomado y dejarse de niñerías. En cuanto á Candelita, no quisiera que comenzara como va á comenzar; pero las cosas no pueden ser pintadas, y aunque la compañía sea de verano y quizás de poco fundamento, nada se pierde con probar fortuna. Lo que yo deseo es que si ocurre una contrariedad cuenten conmigo. En cuanto yo sepa que en un apuro acuden á otro y no á mí, les niego mi amistad para siempre. Y si por culpa de Martina me vuelven las espaldas, le aseguro á usted que me iré á vivir solo — Eso no — interrumpió D."" Candelaria. — Usted tiene obligaciones.
— Yo tengo la obligación de darles á todas ustedes para que vivan, porque así lo he ofrecido; pero no estoy obligado á vivir con una persona á quien le estorba todo el mundo. Solo se vea el que solo se desea; y si Martina quiere estar sola conmigo, yo la dejaré sola sin mí Pero esto es hablar de la mar Usted guíese por mí, y no le pesará. Ahora me voy con Martina, porque ya sabe usted que es picajosa y se ofenderá si hablamos demasiado.
Volvió de nuevo al lado de Martina, que, en efecto, iba ya rezando, y la apaciguó diciéndole que ya estaba resuelta la crisis doméstica y explicándole el plan concertado con D.^ Candelaria. Esta no había dicho claramente que sí ni que no; pero el que calla otorga, y Pío Cid dió la cosa por hecha, aunque añadió que la había dejado pendiente del pláceme de la principal interesada en los asuntos caseros, que era y debía ser la propia Martina. La cual no puso ningún reparo, pues para ella lo importante era que Candelita se marchara, cuanto antes mejor. En esto los dos grupos antagónicos se habían aproximado tanto, que Pío Cid, sin apartarse de Martina, pudo decirleá D.^ Candelaria: — 215 — — 215 — — Martina está conforme y contenta, y yo creo que, una vez que no hay diversidad de pareceres, estos piques y desavenencias deben cesar.
— Yo por mí — dijo D.^ Candelaria.
— Es que ustedes les han dado á las cosas un color — agregó Martina.
— En todas las familias hay sus dimes y diretes— afirmó D.^ Justa. — Yo no me he mezclado en el asunto, y comprendía que todo quedaría en agua de cerrajas.
Mientras Martina le decía á Paca que el arreglo era seguir viviendo juntos, Pío Cid entablaba un nuevo diálogo con D.* Candelaria.
— Una cosa se me ha ocurrido — le dijo. — ¿Con qué nombre va á figurar Candelita? Porque Candelaria no es propio para una tiple.
— Ese punto no está decidido aún — contestó la mamá. — Don Narciso nos ha dicho que habrá que anunciarla con nombre italiano.
— El apellido es bueno, inmejorable, y no hay que cambiarlo. El nombre es el que no sirve. Si fuera, Valentina Colomba ó Paca Es decir, Paca no, Francesca Ahí tiene usted el nombre. No hay más que hablar: Francesca Colomba. Suena un poco fuerte, pero eso da importancia.
— Está usted en el torno y en las monjas — dijo D.* Candelaria. — Yo no sé lo que saldrá de este arreglo que usted acaba de hacer; pero por usted lo acepto todo con el alma y la vida ¿Quién lo había de pensar cuando nos conocimos?
Salieron de la casa en són de guerra, en dos bandos, y volvieron en paz y en uno solo.
Todos entraron en el comedor para tomar un — 216 — ligero desayuno. Valentina acudió también, y Pío Cid le preguntó por Candelita.
— Está levantada— dijo la muchacha, — pero no sale porque le duele la cabeza.
— Hoy no es día de dolerle á nadie la cabeza — replicó Pío Cid. — Dile que salga, ó si no iré yo mismo á decírselo.
— Señorita Francesca — dijo en voz alta, acercándose al cuarto de la futura tiple, — tenga la bondad de acompañarnos. Las paces están firmadas, y sería de muy mal gusto desairarnos á todos.
Francesca no contestó, y Pío Cid tuvo que entrar en el cuarto á buscarla. La vió de pie junto al balcón, y se quedó un momento embobado mirándola. Estaba la joven vestida de blanco, con una bata suelta, sobre la que caían los rizos de cabello rubio como rayos de sol; el rostro pálido, y la mirada de los ojos azules triste, melancólica. Pío Cid se acercó, y sin decirle una palabra más, la cogió de la mano y la trajo al comedor, cerca de donde estaba Martina.
— Ahora mismo — dijo — os tenéis que abrazar delante de todos. Siempre os habéis querido como hermanas, y ahora que pronto os vais á separar, no estaría bien que os quedara ningún rencor.
— Yo no me acuerdo ya de lo que hice — dijo Martina, abrazando á su prima y llorando. — Es que tengo mal genio, lo reconozco; pero después que se me pasa el arranque, me pesa — Vamos, no seas tan guardosa — dijo D.* Candelaria, viendo que su hija se mantenía tiesa y sin ablandarse por las lágrimas de Martina.
— 217 — — Yo también lo olvido todo — dijo al fin la ofendida.
Y abrazó á su prima, aunque sin perder su aire serio y grave.
— Ahora sólo falta — pensó Pío Cid — que no queden rastros de lo ocurrido. Es menester que la casa vuelva á estar como yo la dejé.
Y con esta idea añadió en voz alta: — ¿Sabes, Martina, que estoy pensando que la sala no puede seguir como está? El día de la boda habrá convidados, y aquí, en el comedor, no se cabe. No hay más habitación grande que la sala, y siempre es bueno para este y otros casos tenerla libre. Nosotros nos podemos arreglar en el cuarto que antes teníamos.
— Yo no tengo interés — contestó Martina. — Lo hice para que tú tuvieras una habitación más grande para escribir.
— Yo escribo aunque sea sobre la tabla de lavar— dijo Pío Cid. — Por mí no hay que molestarse.
— Pues entonces — dijo la impaciente Martina — vamos á mudar los muebles — Ahora mismo — añadió, dirigiéndose á sus primas. — Venid conmigo A mí me gusta revolver.
Aquel mismo día volvió la casa á su estado normal, y el silencio reconcentrado de los días de disensión se desató en charla inacabable y en vehementes manifestaciones de afecto. Todas rivalizaban en atenciones cariñosas para destruir el recuerdo de las pasadas ofensas. Pío Cid sólo salió un instante para llevar á El Eco una revista que escribió en un dos por tres y cobrar el mes caído, — 218 — pues halló la bolsa de Martina en los apures. Pablo y D. Florentino vinieron por la tarde y se quedaron á comer, y de sobremesa quedó resuelto que la boda fuera el domingo por la mañana, y que por la noche salieran para Barcelona las dos viajeras, acompañadas por el honrado comerciante de San Sebastián.
— Todo nos ocurre á nosotras al revés — decía D.^ Candelaria. — Siempre, después de una boda, el viaje lo emprenden los novios, y aquí los novios se quedan y nosotras nos marchamos.
Pío Cid había pensado ir á visitar á Mercedes después de la boda, cuando la casa estuviera más tranquila, y por sí ó por no estaba sobresaltado y deseoso de explicar á Martina su pensamiento de proteger á la pobre huérfana, no fuera ésta á presentarse de repente y diera lugar á un escándalo. Pero tuvo que ir á casa de la Duquesa de Almadura á entregarle el regalo de su antiguo administrador, y cumplido ya el encargo, volvía paso entre paso á su casa, á tiempo que vió cruzar á lo lejos á Juanito Olivares con otro amigo. Comprendió, por la dirección que llevaban, que no iban á la calle de Fuencarral; y como se le presentaba una tan buena ocasión de hablar á solas con Mercedes, cambió en el acto de runibo y se decidió á adelantar la entrevista. Llegó á ¿asa de Juanito, subió al tercero y preguntó por él, y la criada contestó que el señor había salido hacía poco, pero que estaba D.^ Adela.
— ¿Quién pregunta? — dijo, saliendo al recibidor una señora muy bien puesta, todavía joven, guapa y algo ajamonada.
— 219 — ■ — Un paisano de Olivares — dijo Pío Cid, — y de usted si la vista no me engaña.
— ¿Su gracia de usted? — preguntó D.^ Adela mirándole, sin acertar á reconocerle.
— Muy cambiado debo de estar — contestó Pío Cid — cuando usted no me recuerda. Yo la he conocido al momento, particularmente por el lunar que tiene usted en la mejilla. Pero cuando yo la conocí era usted Adelita y costurera, y yo era estudiante y me llamaba D, Pitopito.
— ¡Jesús! — exclamó D.* Adela. — Usted es el hijo de Entonces usted es de quien me ha hablado Juanito. ¡Si seré yo torpe, Señor! Pase usted, y no se esté más en esa puerta. ¡Digo! ¡Pues poco que me acuerdo de cuando iba á su casa á coser, y de usted, y de las diabluras que hacía, y de Es para mí un alegrón — añadió estrechándole la mano con desenvoltura. — "Verle aún rodando por estos mundos, y por lo visto sin haber sentado todavía la cabeza Así me gusta. Los hombres han de ser hombres.
— Y ¿cómo es que la encuentro aquí? — preguntó Pío Cid, entrando en una sala pequeña que vio abierta y sentándose. — ¿Está usted con Olivares?
— ¡Uy, uy! ¡Pues no es larga la fecha! — contestó D.^ Adela. — Hace más de ocho años que nos vinimos á Madrid. Yo ya me recogí á la buena vida De todo quiere Dios un poquito. Pero ¿dónde ha estado usted metido? Pues no hace más que la friolera de ¡Qué! Más de quince años.
Quizás de todos los hombres que yo he conocido, «1 que recuerde mejor es usted ¡Cuántas veces — 220 — se lo he dicho á Juanito! ¿Se acuerda nsted de un día que aquel criado viejo que tenían se puso una falda negra y unas enaguas blancas, como un cura, y nos casó á los dos en broma? Yo creo que no se debe jugar con las cosas de Dios, y que si yo no he sido una mujer regular, casada como Dios manda, ha sido por castigo Sí, señor ¿Y sus hermanos de usted? - — Ya no queda vivo ninguno — contestó Pío Cid.
— Vaya con D, Pitopito gorgorito — dijo lentamente y con cara risueña la ex modista. — Y ¿cómo es que le vemos por aquí?
— Venía á hacer una visita á Olivares y á la joven que le acompañaba — contestó Pío Cid, fingiendo aire picaro. — Hicimos juntos el viaje.
— ¿Le gusta á usted la Merceditas? — preguntó D.* Adela con tono despreciativo.
— Es algo simpática y parece poco corrida — respondió Pío Cid sin dar importancia á sus palabras.
— Fíese usted de estas pavalacias — replicó doña Adela. — Dentro de un mes será ésa peor que las demás Yo creo que cada día tienen ustedes los hombres más mal gusto. No se fijan más que en cuatro arrumacos. En particular esta Mercedes es un animalucho, que ni siquiera sabe presentarse. Yo no sé cómo va á arreglarse cuando baje al principal — ¡Mercedes! — exclamó de pronto. — Sal, que preguntan por ti.
Mercedes debía estar en la habitación próxima, pues salió al punto. Saludó con cortedad y se sentó en una silla distante del sofá donde estaban Pío Cid y D.^ Adela.
— 221 — — Ya ve usted — le dijo Pío Cid — que no he olvidado lo que ofrecí. Siento no hallar á Juanito. Otro día volveré. ¿Ha paseado usted ya algo por Madrid?
— Ayer dimos una vueltecilla, poca cosa — contestó D."" Adela. — Esta se cansó en seguida. Pero, Mercedes, hija, acércate, que parece que estás como un huésped despedido.
Mercedes se acercó; pero, en vez de sentarse, se puso á mirar el cielo al través de los visillos del balcón. Pío Cid se levantó y se puso detrás de ella, y D."" Adela no tardó en escabullirse suavemente, dejándolos solos.
— ¿Qaé tal se encuentra usted aquí? — le preguntó Pío Cid en seguida.
— Muy mal — contestó Mercedes. — Hace un día que vine, y ya tengo á la tía esa atragantada.
— Y ¿cómo no se le ha ocurrido á usted marcharse?
— ¿Cree usted que es tan fácil? Y luego que del dicho al hecho hay gran trecho, y yo no sé si lo que usted me dijo es posible. Yo creo que no me dejarán que me vaya.
— Claro está que no la dejarán; pero usted puede irse aunque no la dejen. No tiene usted que llevarse nada consigo, para que así no digan que los ha robado usted. Se lleva usted lo puesto nada más.
— Pero ¿cómo va á ser eso, si estoy aquí como presa y no me dejan ni pie ni pisada?
— Cuando baje usted de visita al principal, doña Adela no estará con usted Entonces puede us- — 222 — ted decir que ha olvidado cualquier cosa y que va por ella en un momento, y en vez de echar escaleras arriba, echa escaleras abajo. Puede llevar en el bolsillo un pañuelo de seda y ponérselo en la cabeza para no llamar la atención Sigue andando á mano izquierda hasta que encuentre una parada de coches, le da las señas al cochero y pleito concluido. Yo estoy siempre en mi casa: á cualquier hora que llegue usted es buena. A ver si el lunes se presenta la ocasión — Todo eso está muy bien; pero y en casa de usted, su familia, ¿qué dirá?
— Dejemos eso á un lado. Usted confíe en mí. Yo no quiero forzar su voluntad, y si usted tiene interés por Juanito ¿Cuánto tiempo hace que le conoce usted?
— Un mes, y estoy ya hasta la coronilla Por ese lado — ¿Cómo fué el conocerse?
— La culpa la ha tenido D.* Rufina. ¡Malhaya sea!
— Es una criada vieja de D. Gonzalo que vivía conmigo para acompañarme. Ella fué la que me llevó á malos sitios.
— Ese D. Gonzalo Estirado fué el que la sacó á usted de Granada.
— ¿Cómo lo sabe usted? — pregunto Mercedes sorprendida.
— Ya le dije que yo la conozco: la conocí á usted cuando era niña, cuando iba llevando de la mano á su padre ciego. Yo la he besado á usted muchas veces...No le dé á usted vergüenza de — 223 — que yo sepa que su padre fué mendigo; entonces usted no podía hacer más de lo que hacía, y su padre no podía ganar el sustento trabajando. Quizás lo más noble que ha hecho usted en su vida ha sido servir de lazarillo á su padre; y si de algo se debe de avergonzar es de verse como se ve, y más aún de querer continuar en esta vida después que yo, como amigo, le ofrezco mi apoyo para que salga de ella. Yo recuerdo que mi madre, que ya murió, quiso muchas veces recogerla á usted para educarla é impedir que le ocurriera lo que le está ocurriendo; y mi idea es hacer hoy lo que no pudo hacer mi madre, y por esto le dije á usted que al acogerla en mi casa creía cumplir tina obligación.
— Yo no recuerdo su cara de usted — dijo Mercedes, impresionada por el tono fuerte y sincero con que le hablaba Pío Cid; — quizás de su madre me acordaría si la viera.
— Mi madre se llamaba D.^ Natalia, y á mi casa iban ustedes todos los lunes.
— Si, recuerdo ese nombre — dijo Mercedes, cuyos ojos parecían eclipsados. — Yo me voy á poner en manos de usted, y usted hará de mí lo que quiera.
— Ya le dije á usted que peor que hoy está no podrá estar nunca.
— Eso es verdad — dijo Mercedes resuelta. — Esto es lo peor. Nada, yo voy á escaparme, como usted me ha dicho.
— 'Hágalo con precaución, no vayan á conocerle el deseo Aunque, puestos de malas, yo la sacaría á usted por encima de todo el mundo. En fin, _ 224 — me voy ya. Si le pregunta D.^ Adela qué hemos hablado, dígale que yo deseo frecuentar la casa como amigo de usted, y qne nsted me ha contestado que eso no es posible por el compromiso que tiene con Olivares.
— Pensará que es usted una bobalicona; pero más vale que piense esto que no que sospeche de mí. Conque adiós; lo prometido es deuda. ¡Cuidado con faltar!
— Ya verá usted que, aunque mujer, también tengo palabra — afirmó Mercedes, estrechando con fuerza la mano que le tendía Pío Cid.
Salió éste al pasillo y tosió para que acudiera D.^ Adela, la que no se hizo esperar.
— Pero ¿cómo tan pronto? — le dijo. — Yo creía que iba usted á esperar á Juanito.
— Ya volveré — contestó Pío Cid, — no sólo por Juanito y por Mercedes, sino por usted, para que hablemos de cosas de nuestros buenos tiempos. Ahora tengo que hacer, y además, la Mercedes parece que está hoy de mal aguaje.
— ¿No le dije que era una pavona? — apoyó doña Adela. — No tiene más que fachada.
— Hay que dejar que poco á poco se despabile. Dígale usted á Olivares que he estado aquí y que soy conocido antiguo de usted, y todo lo que quiera usted de mi parte.
— ¡Vaya que se lo dirél— dijo D.^ Adela, reteniendo entre las suyas la mano de Pío Cid. — Y no olvide que tiene aquí una paisana dispuesta á servirle.
— Igualmente.
De vuelta á su casa estuvo Pío Cid dando rodeos para poner á Martina en autos de la para ella inesperada decisión de meter un nuevo huésped, y lo que es peor, huéspeda, y del género de Mercedes. Al fin decidió dejarlo para el domingo.
— Tengamos la boda en paz — pensó, — y luego que los novios estén durmiendo y los viajeros viajando, lanzaré la noticia. De cualquier modo, nadie me libra de una reprimenda; y no es esto lo que siento, sino la llegada de Mercedes. Si fuera otra clase de mujer, ó si hubiera medio de conocerla antes de verle la cara Lo que es el primer espetonazo será terrible, porque esa criatura no tiene más que fachada, como dice D.*^ Adela, pero la fachada es monumental.
Se celebró la boda pacíficamente, y no sin cierta solemnidad á la que era muy dado D. Florentino. Todo lo que Pablito tenía de informal y sin gobierno, lo tenía su hermano de grave y sesudo. Era D. Florentino un hombre chapado á la antigua, amante de dar tiempo á los negocios y enemigo de que le espolearan. Aunque tenía dejado á Pablo como cosa perdida, vino á Madrid dispuesto á deshacer la boda proyectada, que le pareció un disparate más, el último y el mayor que podía cometer aquella calamidad de hermano, al que jamás pudo hacer andar derecho. Cuál no fué su sorpresa al verle tan cambiado y tan metido en sí, hecho todo un funcionario público y con una novia como Paca, la cual le daba ciento y raya á la propia mujer de D. Florentino, modelo de señoras serias, apañadas y económicas.
Como D. Florentino era muy aficionado á la — 226 — ropa negra, su satisfacción se tradujo en un vestido de seda que regaló á la novia, y en un traje de levita que regaló al novio, amén de otras pequeñas atenciones y de correr con todos los gastos del casorio.
Simpatizó grandemente con Pío Cid, y entre ambos dieron á la comida de boda nn carácter casi sacramental para producir efecto en el espítu volátil del novio y hacerle comprender el cambio que debía operarse en su vida, á partir de aquel día memorable.
Don Florentino, que no tenía hijos, anunció que si Pablo se enmendaba y se hacía hombre de provecho, le dejaría la mayor parte de sus bienes, y Pío Cid ofreció asimismo trabajar para que el joven concluyese su carrera y pudiese obtener un destino de má-s sueldo — Sin necesidad de esto — añadió — no tardará Pablito en aumentar sus haberes. Mi amigo Cándido Vargas confía ser muy pronto catedrático de Derecho, porque así se lo han ofrecido, y si lo consigue tendrá que dejar la dirección de un periódico tan avanzado como El Eco. Para entonces tratamos de fundar un nuevo diario que se titulará La Juventud^ y es cosa convenida ya que Pablo se encargue de la sección bibliográfica. Así, pues, el porvenir se presenta muy sonriente para esta dichosa pareja, y quizás reserva á Pablo del Valle un papel lucido en el renacimiento ideal de España.
Terminado el banquete, nos retiramos los dos únicos convidados que á él asistimos: el estudiante Benito y yo; y la familia fué á acompañar á la — 227 — estación á los viajeros, dando lugar la separación á una triste escena de lágrimas que aguaron en cierto modo las alegrías de la jornada.
Martina lloró también el separarse de Candelita, y ahora que la veía partir le parecía incomprensible haber dudado de ella, y casi se arrepentía de haber provocado con su imprudente conducta aquel repentino viaje.
Pío Cid vió en este estado de ánimo una coyuntura que ni pintada para hablar de Mercedes, y de vuelta á casa, apenas se quedaron solos, se aventuró al fin á decir: — Te voy á poner sobre aviso de algo de que no me había acordado hasta ahora, para que en caso de suceder no digas que obro sin tu consentimiento — ^¿üe qué se trata?
— Se trata de que, viniendo de Granada, encontré á una pobre joven á quien yo conocí cuando era niño; venía acompañada por un individuo paisano mío, que según todas las señas es un truhán, y la trae á Madrid para pervertirla. Yo se lo dije así á la muchacha apenas tuve ocasión de decírselo, y ella se sorprendió, pues por lo visto venía engañada y consentida en que su seductor se casaría con ella, ó por lo menos viviría con ella decentemente. La joven es huérfana y sola en el mundo, y cuando vivía su padre, que era un buen hombre, mi madre quiso recogerla y darle educación; así, recordando esto, le dije que si no quería seguir con el tunante que la ha engatusado y se veía en Madrid desamparada y sin tener adonde volver los ojos, que viniera á refugiarse en esta casa y que nosotros la admitiríamos ^ 228 — — Tantos rodeos — interrumpió Martina — para decir que quieres meter otras faldas en casa. ¿Crees tú que vendrá?
— í»ío lo sé; pero mis informes respecto de mi paisano son malísimos, y la joven esa me parece que no está pervertida todavía por completo; si lo estuviera, claro está que se reiría de mí; pero también puede suceder que venga cuando menos la esperemos. Por eso te lo anuncio, para que si viene la recibas bien. Ahora hay una cama de sobra; ¿qué se pierde con admitir á esa pobre muchacha y darle de comer hasta que podamos tomar una determinación?
— No sé cómo te arreglas — dijo Martina incomodada— que tu bondad es siempre en favor de las mujeres. Si te dejasen, harías de esta casa una colmena.
— Ahí tienes á Pablito, que venía antes á comer.
— Ese es el único; pero en cambio siempre tienes al retortero varias amigas; amigas ó lo que sean Acabamos de salir de una y quieres meterte en otra. Porque cuando tú hablas con tanta anticipación aquí hay gato encerrado.
— Te lo digo porque pudiera venir esa joven estando yo fuera, y sería ridículo que habiéndole yo ofrecido esta casa tú le cerraras la puerta.
— Pero esta casa ¿es un convento de arrepentidas? Yo tengo tanto corazón y tan buenos sentimientos como el que más; pero si fuéramos á meternos á redimir el mundo, frescos estábamos.
— No es redimir el mundo; yo tampoco iría buscando mujeres malas para recogerlas y traérte- — 229 —