— A mí, al contrario, me parece que es tanto mejor la vida cuanto más sencilla y natural. Si continuamos por el camino que hoy seguimos, bien pronto será la existencia una carga tan pesada que no habrá quien la soporte. Los nervios, sacudidos por tantas y tan fuertes excitaciones, harán de nosotros autómatas despreciables, cuando no nos lleven á la locura. Hay inventos útiles, los pequeños inventos de la industria humana, que más que inventos son aplicaciones de las fuerzas naturales que están á la vista y al alcance del hombre; pero las invenciones verdaderas, las que versan sobré fenómenos ocultos y misteriosos, son perjudiciales porque sacan las cosas de quicio. Vea usted, por vía de ejemplo, una de mis invenciones. Usted no ha pensado nunca, ni quizás ningún sér humano pensó jamás, que en nosotros hay luz latente; más claro, que somos focos de luz espléndida y admirable que hasta el día ha permanecido invisible. Pues bien; yo he descubierto esa luz, á la que podríamos llamar «luz humana».
— ¡Usted! — exclamó la Duquesa con curiosidad.
— Yo — afirmó Pío Cid con acento convincente.— Y no crea usted que le doy importancia á mi des- — 256 — • cubrimiento. Sé que las más altas concepciones de la idea pura, á la que yo profeso culto y amot, interesan ahora menos que una innovación insig-'niñeante en los velocípedos; figúrese usted qué revolución no armaría en el mundo mi invento de la luz humana. El aparato para producirla cuesta menos de dos pesetas y dura una infinidad de años; y la luz es eterna, puesto que dura tanto como la vida del hombre; el que se muere ya üo luce más; pero nacen otros que empiezan á lucir, y la luz aumenta conforme crece la humanidad Y ahora que tanto se habla de negocios,;qué negocio éste si se piensa en la millonada que el mundo gasta en alumbrarse, y que se ahorraría por completo con la nueva luz, que no cuesta absolutamente nada!
— Pero eso parece un cuento fantástico.
— Es una realidad tan insignificante, que, una vez conocida, nos sorprende haya podido permanecer oculta. ¿Usted tiene corazón?
— ¡Qué pregunta!
— Me he explicado mal. Quiero decir que si usted se ha fijado alguna vez en su corazón. ¿No se ha puesto usted la mano sobre él y no le ha sentido latir?
— Naturalmente — dijo la Duquesa, llevándose la mano al corazón por movimiento maquinal.
— Pues bien; donde hay movimiento hay luz en germen. No sé si usted sabrá que los sabios ya no admiten varios agentes ó faerzas; los reducen todos á un fenómeno único: la vibración de éter. Con el tiempo se llegará á ver claro que no hay tal éter ni tal vibración. Pero sin meternos en — 257 — honduras, para que usted no se fatigue, le diré en dos palabras que mi invento consiste en un aparato sencillísimo, con el que saco del latido casi imperceptible, y hasta aquí no utilizado, del cora-: zón un fluido transmisible, á semejanza de una corriente eléctrica, aunque nada tiene que ver lo uno con lo otro — ¿Y de ese fluido sale la luz?
— Aun no. Ese fluido del corazón es la mitad de la nueva luz. Para que haya tormenta ha de haber dos electricidades que se atraigan y choquen, y del choque nacen relámpagos y rayos, que son como miradas é imprecaciones del universo. También la luz humana brota de un choque de dos corrientes, aunque brota más silenciosa y serena.
— ¿Y de dónde sale el otro fluido? — preguntó la Duquesa con el mismo interés con que un niño pregunta el descenlace de una historia.
— Sale del cerebro; está oculto en las sienes, como el otro estaba oculto en el corazón. Enlaza usted ambos fluidos por un conductor Un cordoncillo tan fino como ése (dijo señalando el de que pendían los impertinentes de la Duquesa), y ya está creada la luz humana.
— ¿Usted la ha visto? ¿Ha hecho la experiencia?
— La ha hecho una sola vez, y la vi en forma de arco sobre mi cabeza; vi un nimbo de luz roja como la sangre, con franjas amarillentas; y no obstante lo subido del color, aquella luz alumbraba como una estrella que fuera descendiendo y acercándose más y más á la tierra; porque el asombro agitaba todo mi sér, y conforme aumentaba el latir de mi corazón y la panzada de mis sienes, aumentaba la fuerza de la luz, hasta tal punto que creí arder y consumirme en mi propia llama, y asustado rompí el hilo que enlazaba las dos corrientes — Eso parece un invento infernal — dijo la Duquesa, mirando asustada á Pío Cid, quien al hacer la revelación había tomado involuntariamente un aire misterioso y diabólico.
— Yo me he jurado á mí mismo no descubrir jamás el secreto de mi invención; pero sin descubrirlo sería capaz de mostrarle á usted, en usted misma, esa luz maravillosa, brillando en su ensortijada cabellera como una diadema de fuego; fuego del cielo ó de los infiernos, ¿qué importa? — agregó Pío Cid, como burlándose del miedo infantil que en el rostro de la Duquesa se retrataba.
— Sólo de pensarlo me da miedo — dijo la Duquesa levantándose. — E s usted un hombre verdaderamente original Usted no es lo que parece, aunque dice que todos debemos parecer lo que somos.
— ¿Qué cree usted, pues, que soy yo? — preguntó Pío Cid, levantándose también, como para retirarse.
— Usted vale demasiado para simple preceptor Usted debía aspirar á cosas más altas; por más que ya sé que no es usted ambicioso y que no há mucho renunció usted á un cargo político brillante, por el que tantos otros se afanan Lo sé por Miralles, quien me ha hablado de usted como usted se merece.
- 259 — — Usted tiene quizás, señora, una idea demasiado alta de la política. Yo creo que enseñar vale más que gobernar, y que el verdadero hombre de Estado no es el que da leyes, que no sirven para nada, sino el que se esfuerza por levantar la condición del hombre. Quienquiera que haga de un tonto un discreto, de un haragán un trabajador, de un tunante un hombre de bien, ha hecho, él solo, más que diez generaciones de hombres políticos, de esos que se contentan con ver funcionar por fuera el mecanismo de las instituciones.
— Esa idea será todo lo noble que usted quiera; pero vengamos á la realidad, y dígame si los hombres de entendimiento superior no tienen su puesto marcado en la política, y si un preceptor, en el hecho de serlo, no se condena él mismo á ser un cero á la izquierda.
— Eso piensa todo el mundo; pero yo pienso lo contrario, y sigo mi parecer. Supuesto que yo valiese algo, no valdría tanto como Aristóteles, por ejemplo; y Aristóteles fué preceptor, y nada perdió con serlo — Pero, amigo mío — interrumpió la Duquesa, dándose aires de bien enterada, — Aristóteles fué preceptor del hijo de un rey.
— Y yo soy preceptor del hijo de usted — replicó Pío Cid, dando intencionadamente á su galantería el tono de una réplica escolástica.
— Tiene usted salida para todo — asintió la Duquesa, esponjándose al oir el argumento, mientras Pío Cid aprovechaba la ocasión para despedirse, sin añadir una palabra más.
No era asunto fácil despertar interés en el es- - 260 - píritu superficial y voluble de la Duquesa, y no fué escaso mérito en Pío Cid acertar; la revelación del invento de la luz humana (que no era broma, como alguien podría suponer, sino invento real y verídico, como otros que por amor á la verdad, ya que no á la ciencia positiva, se declararán en el curso de estos trabajos) fué un medio muy eficaz, empleado muy hábilmente por el original preceptor para conseguir su objeto. La Duquesa pensó varias veces en la famosa ocurrencia de convertir á los seres humanos en farolas ambulantes, y aun. deseaba saber si también todos los animales tendrían luz latente como el hombre. Este punto no lo había tratado Pío Cid; pero á la Duquesa con la primera lección le bastaba para comenzar á tener ideas personales. Dos ó tres veces estuvo para entrar de nuevo en el despacho y preguntar al maestro por los adelantos del discípulo, pero lo dejaba para otro día por no familiarizarse, ni menos mostrar curiosidad.
Hubo al fin un motivo natural para que la Duquesa hablase de nuevo con Pío Cid: el de despedirse para emprender la acostumbrada excursión veraniega, que casi siempre se prolongaba hasta fines de año, y recomendarle eficazmente que no dejase de la mano á Jaime, cuya aplicación y apego al maestro eran ya notorios.
Estaba la Duquesa en un gabinete contiguo al despacho, leyendo un libro muy lindo de poco volumen, y al ver entrar á Pío Cid y á Jaime, se asomó un momento para que su presencia fuera notada, y dijo: — Den tranquilamente la lección. Cuando ter- — 261 — minen, tengo que hacerle á usted algunas indicaciones; no es cosa de importancia Después se retiró con el libro abierto y continuó su lectura, aunque más atención que al libro prestaba á las explicaciones que dió aquel día Pío Cid, las cuales eran las últimas de una curiosa serie sobre el tema tan útil como poco estudiado de la elaboración del j)an, comenzando desde que se siembra el trigo, hasta que sale la hogaza cocida del horno.
Había tomado pie el maestro para estas lecciones, de la noticia que le dió la Duquesa de que Jaime había construido un molino de juguete. Los Duques tenían en una de sus posesiones varios molinos, j el niño gustaba de ir á jugar con los hijos de los molineros, y se había aficionado á sus entretenimientos y habilidades. A las primeras palabras notó Pío Cid el interés del discípulo, y decidió explicarle á fondo estas artes útiles, cuyo conocimiento da al hombre una idea más grave, noble y humana de la vida; |)orque, le decía, hay hombres que viven sin saber los esfuerzos y sudores que cuesta el pedazo de pan de que diariamente se nutren, y estos hombres no pueden comprender la verdadera fraternidad, que consiste en considerarnos ligados á los otros hombres, altos y bajos, pobres y ricos, de tal suerte, que nuestra existencia sea imposible é infecunda sin la de los demás. Hay hombres presuntuosos que creen merecer que la humanidad se hinque ante ellos de rodillas porque han tenido alguna idea nueva que redunda en provecho común, y no piensan que esa idea no la hubieran tenido si la comunidad no les — 2G2 — hubiera libertado de la esclavitud de otros trabajos más penosos y menos brillantes, que consumen las faerzas de tantos como luchan, piensan y se sacrifican generosamente en silencio.
Después de aprender, una por una, en lecciones anteriores todas las faenas de la molinería y panadería, con ejemplos muy claros y dibujos explicativos, en que Pío Cid le trazaba los diversos aparatos y herramientas de ambas industrias^ quiso Jaime enterarse también de la producción del trigo, sobre la que tenía ideas muy equivocadas. El maestro le explicó un compendio de cosas agrícolas en términos tan expresivos, que Jaime oía todo aquello con mayor atención que si fuera un cuento de hadas. Y lo que más le sorprendió fué la noticia de la rotación de los cultivos; porque él creía que las tierras producían siempre lo mismo, y que la que criaba trigo, por ejemplo, no podía llevar maíz ó habichuelas. Pío Cid le hizo notar que á semejanza del hombre que ha de variar la alimentación y alterar los diversos estudios y esparcimientos para no fatigarse y para que su organismo se desarrolle armónicamente, la tierra exige períodos en descanso y variedad en los cultivos, para ir recuperando las faerzas que gasta, á fin de no agotarse por completo. Porque todo cuanto existe — decía, — desde la última planta hasta el animal más perfecto, proviene de la tierra; todo es tierra en varias formas, y aunque las diferencias aparentes sean muy grandes, todo viene á ser lo mismo. El labrador qae cuida de sus tierras y el cocinero que cuida de tu alimentación, y, yo mismo, que trabajo para enseñarte, somos tres — 263 — — 263 — personas distintas y xin solo hombre verdadero. Y lo peor es, que se nota con facilidad, que el labriego abandona y pierde sus labores, y que el cocinero guisa mal y echa á perder los estómagos, y nadie se fija en lo que es más frecuente y más grave, en que el maestro estropee la cabeza de los discípulos y la convierta en un erial, que esto, y no otra cosa, es el cerebro de la mayor parte de los hombres.
Con estas sanas consideraciones terminó el coloquio de aquel día, y la Duquesa, que los había estado escuchando, casi se sintió pesarosa de no haber asistido á los anteriores y de no poder seguir, á causa de su viaje, aquellas útilísimas conferencias.
— Ahora comprendo — dijo á Pío Cid cuando éste entró á saludarla y á recibir sus instrucciones— la razón que usted tenía al decirme que la aplicación del discípulo depende del profesor. En este buen rato que yo he estado oyendo á usted — añadió cerrando el libro que tenía en la mano — he aprendido más que si hubiera leído diez tomos de agricultura. ¿Qué digo de agricultura? Si lo que usted enseña es filosofía de la labor, ó qué sé yo cómo explicar. No es lisonja, pero si mi viaje no estuviera decidido, ya tenía usted en mí un nuevo discípulo. Dicen que las mujeres somos frivolas, que no pensamos más que en cosas superficiales Yo seré una excepción, pero le aseguro que me entusiasman los estudios, esos estudios agradables é instructivos — ¿Está usted, pues, de viaje? — interrumpió Pío Cid, sentándose con familiaridad. — Cuánto - 264 — siento, señora, que el viaje me prive de sus enseñanzas. Porque tiene usted un talento tan claro, que de emprender esos estudios sería yo el que aprendiera; por lo menos aprendería yo más, mucho más que usted.
— ¡Qué error! Yo soy un pozo de ignorancia.
— Ignorancia en agricultura; pero esto, ¿qué interés tiene para una mujer ni ¡Dará un hombre? Es bueno para los niños, para moldearles el cerebro y para inñmdirles el sentimiento de la naturaleza, de la realidad. A una mujer es otra ciencia la que le conviene, y en esta ciencia las mujeres son doctoras de nacimiento.
— ¿Qué ciencia es esa? — preguntó la Duquesa saboreando anticipadamente algún atrevido concepto de Pío Cid. — Supongo que no tendrá nada que ver con la creación de la luz humana.
— ¿Aun se acuerda usted de mi invento?
— Me acuerdo, y después de pensar en él, me interesa mucho más. Al principio me pareció un disparate, y después lo imagino como algo naturalísimo. Usted tiene el don de hacer comprender y de obligar á creer. Si hubiera leído escritas sus explicaciones, dudaría de usted, y oyéndole veo esa luz como si la tuviera delante de los ojos.
— Como verdad, lo es, yo se lo aseguro; pero como importancia, yo no creo que tenga ninguna. Le puse ese ejemplo como pude ponerle otro, porque me entristecía ver que una inteligencia privilegiada como la de usted, estuviera sugestionada por el atractivo de ciertas novedades. Estas invenciones dan dinero y poder, dominio material; pero esto, ¿qué vale? ¿Qué importa que salga luz — 265 — del corazón y del cerebro, si para ver lo que vemos sería preferible vivir á obscuras? Si yo supiera crear fuego en todos los corazones é ideas nobles y generosas en todos los cerebros, ¡ésta sí que sería una invención maravillosa! Los inventos materiales desprécielos usted; todo eso, después de aturdimos y molestarnos, pasa y muere sin dejar más que silencio y polvo.
— Y esa invención maravillosa, ¿tiene algo que ver con la ciencia de que usted hablaba antes y que yo no conozco, aunque usted crea que las mujeres la poseemos infusa?
— No puede usted conocerla porque no está en los libros; la posee nsted porque está en la naturaleza. La ciencia que está escrita en el papel, envejece con el papel; pero esa otra ciencia, que más debe llamarse sabiduría, es eterna; es quizás lo único eterno.
— ¿Pero cómo se llama esa ciencia? — le preguntó la Duquesa, mirando la cubierta del libro elegante que aún tenía cerrado en la mano.
— No tiene nombre ni debe de tenerlo. Es un saber raro — ¿De qué trata al menos? — insistió la Duquesa sin apartar los ojos del libro.
— Es difícil de explicar. ¿Qué pensaría usted si le dijera que trata del a23risionamiento del espíritu?
— Tiene usted la especialidad de los pensamientos extravagantes — dijo la Duquesa, y variando repentinamente de idea, añadió: — Hay muchos que se llaman poetas y piensan en prosa, y usted es un hombre que se dedica á oficios pro- — 266 — saicos, y quizás sea un poeta de verdad. ¿No se le ha ocurrido á usted nunca componer novelas ó escribir versos? Ya que tiene en tan poca estima los inventos materiales, podía inventar poesías, leyendas bonitas.
— Algo de eso he compuesto, pero lo rompo después. Casi me gusta más destruirlo que inventarlo.
— ¿No queda usted satisfecho de su obra?
— Sólo los tontos quedan satisfechos de sus obras y se encariñan con ellas.
— ¿Y usted, como no es tonto, no se encariña?
— Yo pienso que todo muere. ¿No sabe usted que la Divinidad tiene dos principales atributos: el de crear y el de destruir? Un hombre que creara una gran obra y luego la destruyese antes que ella sola pereciera, sería un hijo predilecto de Dios. Esto no será del agrado de usted, porque la mujer es refractaria á la destrucción (y á la creación también).
— Entonces, ¿para qué servimos? — preguntó la Duquesa sonriendo.
— Ustedes son las encargadas de la conservación.
— i Bello modo de decirnos viejas! Yo le aseguro que no soy conservadora. ¡Quite usted allá! Soy de ideas avanzadas, y no me asusta la república, ni aunque sea la federal Vea usted.
¿Dónde cree usted que voy yo á pasar la mayor parte del verano? Pues voy á Suiza, á los Lagos. Conozco aquéllo muy bien, y le digo que me alegraría de que nuestro país fuera una república como aquélla, aunque tuviera usted que llamarme ciudadana Soledad.
— 267 — — En tal caso yo la llamaría á secas Soledad Pero no llegaremos nunca á tan dichoso régimen.
— ¿Por qué no?— dijo la Duquesa con aire malicioso.
— Porque en Suiza la mayor parte de los ciudadanos se dedica á fabricar relojes, y así han adquirido hábitos de regularidad y de orden, que nosotros no tenemos, y sin los cuales no hay república posible.
— Es usted, lo repito, un polemista formidable. En verdad que tiene usted unas salidas — Son hechos vulgares, y como ése hay mil. Por ejemplo: yo he estado en Suiza tres días; fui con un conocido á las fiestas del Tiro federal. ¿Qué le parece á usted de un país cuya mayor distracción consiste en afinar la puntería, en apuntar precisamente para no matar? Ese es un país pacífico, donde se puede vivir sin gobierno. Pero nosotros que apuntamos siempre á dar donde más daño podemos hacernos, necesitamos para andar derechos un dictador y una batería en cada bocacalle.
— Entonces nos quedamos sin república. Pero, ¿qué estaba yo diciendo?^ — agrególa Duquesa como si quisiera recordar. —;Ah!, sí; decía que usted debía ser autor, pero no para romper sus obras. Si usted escribiera un libro que se hiciera famoso Vea usted algo que no muere tan filcilmente. No es menester que fuera un libro grande. A mí, las obras largas me horripilan. Un libro como éste que yo leo ahora y que es uno de mis favoritos. ¡Cuántos siglos hace que le escribieron, y se lee siempre con el mismo encanto!
— 2G8 — — dijo, tendiendo á Pío Cid el precioso volumen, que era una edición francesa ilustrada de la Pastoral de Longo. — ¿Conocerá usted el Dajnisy Cloe, sin duda?
— Lo leí hace muchos años — contestó Pío Cid, cogiendo el libro. — Aunque á usted le desagrade cirio, le diré que no es santo de mi devoción. Es demasiado femenino ó afeminado; es una obra de decadencia.
— ¡No diga usted eso, ¡oor Dios! Es un idilio delicado y con un perfume silvestre que encanta.
— A mí me parece una, imitación sensual y profana de la historia de Adán y Eva. Sólo que la serpiente engañó á la mujer para que ésta engañase al hombre, y Liconia (creo que se llama Liconia la mala mujer que interrumpe el idilio) engaña al hombre para que éste engañe á la mujer.
— No había oído jamás esa comparación, y no deja de ser curiosa.
— Si quiere usted se la escribiré en unos versillos que se me ocurren ahora mismo. Usted cree que yo debo de ser poeta La Duquesa hizo un leve signo de asentimiento, y Pío Cid la miró rápidamente, como para cerciorarse de algún detalle de su rostro: un rostro ovalado, de facciones suaves, encerrado en el marco que formaban los obscuros bucles cayendo flotantes en estudiado desorden, con cuya sombra contrastaba la luz azul intensa de las pupilas. Era más bien rubia, y á ratos parecía morena, cuando le daba la sombra; producía la impresión de mujer graciosa, porque su estatura era mediana y sus movimientos veleidosos, y á ratos tomaba — 26í) — aires de majestad, irguiéndose con adusta rigidez. Parecía muy joven, aunque á veces, al reir con cierto dejo de presunción, se le marcaba desde la nariz á la comisura de la boca una arruga honda, que le descubría los años. Este era quizás el único defecto de su rostro, y la Duquesa debía conocerlo muy bien, y por esto se violentaba para mantenerse seria y grave. Pío Cid miró, pues, y tomando nna pluma la apoyó sobre la primera hoja blanca del libro con la misma sana intención con que el cirujano empuña la lanceta, y escribió unas cuantas líneas, que dió luego á leer á la Duquesa, la cual, después de examinar atentamente aquellas palabras, que más parecían palotes muy finos puestos en hilera, leyó lo que decían: ccCloe es la flor ideal que va á nacer En Dafnis, tallo tierno y floreciente; Liconia es la fatídica serpiente (Primera arruga en rostro de mujer) Que arrastra con sigilo su impureza Y se oculta en lo obscuro cautelosa, Como eterno traidor, que, generosa, Abriga entre sus pliegues la belleza.»
Después de la lectura volvió á mirar lo escrito, y ahora vió como una contradanza de patas de mosca, en la que sólo se distinguía el verso puesto entre paréntesis. ¡Pérfido paréntesis, que, en vez de quitar importancia á las palabras metidas en él, las sacaba de su sitio y las lanzaba al rostro de la lectora! Esta se quedó sorprendida ante aquella inesperada ofensa, que á ella le pareció acción grosera y villana, propia de un miserable plebeyo; — 270 — pero se rehizo al instante para no descomponerse, y dijo con frialdad: — Está bien. Ya proseguiremos nuestras críticas.
Pío Cid se levantó, é inclinándose ante la Duquesa, dijo: — Yo le deseo un feliz viaje, y aunque valgo tan poco, me ofrezco para todo cuanto me ordene. A muchos tendrá á quien ordenar; pero nadie obedecerá con la eficacia que yo. Aunque sea un imposible, pídamelo, y lo haré.
— ¿Aunque sea un imposible? — articuló la Duquesa maquinalmente, midiéndole de arriba á abajo.
— Aunque sea un imposible — repitió Pío Cid retirándose.
Con razón sobrada decía Martina que su marido sería un hombre perfecto si no se tratara con nadie. Aquel verano fué Pío Cid un modelo de esposos, y Martina, que, bien que sin motivos fundados, estaba siempre inquieta con sus salidas y entradas, y más desde que supo que andaba la Duquesa por medio, vivía ahora sin temores. Porque lo más curioso era que Martina hablaba de Pío Cid casi con desprecio, considerándole como hombre incapaz de enamorar á nadie, ni siquiera digno de que una mujer pusiera en él los ojos, y, sin embargo, los celos se la comían y los dedos le parecían huéspedes.
— Mirando las cosas con calma — pensaba ella, — Pío es un hombre sin gracia y sin agarradero, y hasta parece soso y bobalicón en materia de amoríos; pero alguna virtud secreta debe de tener — 271 — cuando á mí me pasó lo que me pasó y cuando á todo el mundo lo baraja como quiere. Quizás será que hoy los hombres son muy malos y muy inútiles, y Pío al menos es generoso y formal Como bueno, no es bueno; porque si lo fuera, no me daría tantos disgustos ni tendría empeño en mortificarme llevándome siempre la contraria; pero es que todos los hombres son unos tiranos, y las mujeres somos débiles y no tenemos tesón para sostener una cabezada. Primero chillamos mucho, y después nos conformamos y obedecemos como unas cabritas.
Supo, pues, con extraordinaria satisfacción que la Duquesa se iba al Extranjero y que Jaime, que había quedado á cargo de una vieja aya y de un criado de confianza, suspendía las lecciones algunos días después para ir á tomar baños de mar al Mediterráneo, cuyas aguas, por ser más templadas, las había recomendado el médico en vista de la endeble constitución del Duquesito, aunque es posible que la templanza de las aguas fuese un pretexto de la Duquesa para no llevar consigo á su hijo á los balnearios del Norte, y evitarse así cuidados y molestias. También se fué Benito á pasar las vacaciones á Fuentesaúco, y, por último, Gandaria, aunque no quería moverse de Madrid, hubo de acompañar á sus papás á San Vicente de la Barquera por complacer á su mamá, inconsolable desde el día que Consuelo tomara la resolución de entrar en el convento. Así, durante los tranquilos meses de aquel verano yo solo iba á casa de Pío Cid, de quien por este tiempo era, además de amigo, vecino y casi como de la familia.
— 272 — — 272 — El mismo día de la boda de Paca, quejándose D.^ Candelaria de los abusos de los caseros de la corte y de que le exigieran un mes de alquiler por el piso que había apalabrado para trasladarse á él con sus hijas cuando Pío Cid volviera de Granada, tuve yo la idea repentina (por algo se dice que de una boda sale otra y que un casamiento hace ciento) de dar cuerpo á los vagos planes de vida nueva que desde tiempo atrás acariciaba, y le propuse á la suegra de Pablo del Valle quedarme yo con el 23ÍSO para ahorrarle á ella el pago del alquiler y ahorrarme yo el trabajo de buscar casa, sin contar con que ésta tenía el aliciente de estar en buen sitio y á dos pasos de la de Pío Cid, cuya amistad quería yo estrechar. Celebrado felizmente el traspaso á la hora de los postres, al día siguiente me instalé en mi nueva casa, y para que el cambio fuera más radical, me traje conmigo á Anita y á su madre y hermano. Anita no debía coser más chalecos, sino estudiar y afinarse, para lo que me lancé á alquilarle un piano y á darle yo mismo algunas lecciones; D.^ Gracia era la directora de la casa, y á Joaquinito, cuya vista era cada vez más endeble, lo quité de la imprenta del periódico y lo matriculé en una Academia preparatoria de carreras especiales, con ánimo de que fuera estudiando para ingresar en el Cuerpo de Aduanas.
Como comprenderá el lector prudente, yo procedía como un verdadero mono de imitación y copiaba con mis escasas luces lo que veía en casa de mi amigo, sin comprender que lo importante no era la exterioridad, sino algo íntimo que él sabía infundir en sus obras, sin lo cual todo se vendría — 273 — prontamente abajo, como se vino mi edificio. Mas, de todas suertes, algo bueno hay siempre en las cosas humanas, y aunque no recomiende á nadie que se meta en tales enredijos, debo consignar que el nuevo régimen familiar fué muy ventajoso para mi salud, y que mis amigos y compañeros de Redacción, aunque me criticaban, reconocían que estaba más grueso y de mejor color que nunca, gracias á los cuidados y atenciones de D."^ Gracia. Pero no se escribe este libro para sacar á luz mis pequeños y obscuros trabajos, sino los grandes y memorables de Pío Cid, y téngase en cuenta este paréntesis sólo para explicar cómo fiií yo á vivir en la vecindad de mi amigo y por dónde llegué á tratarle íntimamente á él y á todos los suyos, circunstancias todas que refuerzan la veracidad de mi relación.
No era Pío Cid hombre que se rigiera por pautas establecidas; y aunque la costumbre es tomarse vacaciones en el estío y descansar de las faenas del año, él no descansó, sino que, al contrario, se aplicó con más ganas á sus comentarios del Código para rematarlos cuanto antes y ganar lo convenido con el editor. Aparte los gastos de la casa, tenía que enviar 50 duros mensuales á D.^ Candelaria para que cubriesen ella y su hija los gastos más apremiantes, puesto que Candelita, aunque, según escribía su madre, estaba satisfecha y orgullosa de la acogida que el público barcelonés la había dispensado, ganaba poco, y lo poco y cobrado con retraso se lo tenía que gastar en trajes para no confundirse con las coristas; á esto había que agregar lo que se le iba á Martina de las ma- — 274 — nos comprando cintas y moños para el hatillo del esperado fruto de bendición, tarea previsora á la que consagraba sus días y sns noches la futnra madre, auxiliada eficazmente por todo el enjambre, en particular por Mercedes y Valentina.
Todas las jóvenes que se hallan en estado interesante tienen sus manías y antojos, y Martina, por no ser menos, tenía los suyos; los principales, la costura y el amor á la vida del campo. Las conversaciones durante las largas horas de labor versaban siempre sobre este bello tema, que Martina dominaba á fondo; antes de marcharse Candelita ó Francesca, como ya comenzaban á llamarla, á la ciudad condal, el deseo de Martina era dejar Madrid, donde decía estar muy á disgusto, é irse á vivir él Barcelona, á una torrecita por San Gervasio; pero ahora había cambiado de rumbo, y sus ojos se fijaban en Aldamar y ponía allí su nido de amor, apartado del mundo y de las miradas de los hombres.
— Si tú quisieras darme gusto — decía á su marido,— ya que eres tan amante de las cosas naturales, acabarías ese trabajo, y con él y un poco más, haciendo economías, tendríamos para comprar en tu pueblo una casita con su huerto, y allí viviríamos felices. Ya sabes que yo me contento con poco.;Lo que me gustaría tener una buena bandada de gallinas, una vaca y una cabra! ¡Qué gusto ir al corral y recoger los huevos frescos, acabaditos de poner, y no que aquí casi no los pruebo porque me repugnan! ¡Y luego la leche! Aquí lo que venden es agua, que no alimenta ni tiene onusto á nada. A mí sólo me satisface la leo — 275 — che que veo ordeñar, y bebérmela calentica y con espuma, que se quede pegada á los labios — ¡Calla, hija — interrumpía D."" Justa, — que se le ponen á una los dientes largos de oirtel — Tienes un gran talento descriptivo, que le llega á uno á lo hondo del estómago — agregaba Pío Cid. — Parece que te has propuesto mortificarnos.
— Eso porque quieres — replicaba Martina. — En tu mano está todo eso y mucho más. Sólo que tú hablas mucho contra la vida falsa de las ciudades, y luego todo se queda en conversación.
— ¿Crees tú — decía Pío Cid — que lo natural está sólo en el campo? En el centro de la corte de España estamos viviendo nosotros más naturalmente que muchos que viven en el campo, donde también hay mentiras y artificios, peores quizás, por ser más pequeños. Reconozco que este piso es un jaulón más propio para aves que para personas; pero nos queda el recurso de irnos á pasear por las afueras, que, aunque no son ninguna maravilla, algo tienen que ver.
— No faltaba más sino que defendieras las vistas de Madrid — interrumpía Martina.
— No las defiendo, y, además, te diré que yo también estuve decidido, cuando fui el año pasado á Aldamar, á quedarme allí para siempre; pero luego me daba lástima de D.^ Paulita, y pensé que lo mismo se vivía en una parte que en otra, y volví, y si no hubiera vuelto no te hubiera conocido.
— ¡Ojalá hubiera sido así! No estoy tan contenta de mi suerte; pero, de todos modos, aquello pa- — 276 — só, y ya no tienes necesidad de conocer á nadie más.
— Yo creo que sería una cobardía volver las espaldas. Ya tengo aquí ciertas obligaciones. Ni es posible tampoco que todo el mundo viva en el campo, ni que los hombres se consagren á comer y á beber; alguien ha de pensar y ha de luchar para que la humanidad no se embrutezca por completo.
— Señores — -decía Martina dirigiéndose á la reunión, — sepan ustedes que este caballero está encargado de arreglar el mundo. ¡Valiente imbé!
— Para ti sólo tiene importancia la vida vegetativa; te aplaudo el parecer y sigo con el mío.
—Yo creo, Martina — intervenía Pablo, — que exagera usted. El hombre que escribe un libro de esos que forman época y que cambian el sér de la sociedad, es digno de que se le admire. Si todas las mujeres pensaran como usted y los hombres siguieran sus consejos, ¿adónde iríamos á parar?
— Usted, Pablito — le contestaba Martina, — • dice eso porque tiene la manía de los papeles; pero como usted no hay cuatro; y todos esos librotes, hoy unos y mañana otros, todos servirán para envolver. Y usted que se calienta la cabeza, y yo que me río de esas necedades, nos quedaremos lo mismo.
— También se queda lo mismo la mujer que se casa y la que no se casa — argüía Pablo, — y, sin embargo, todas están deseando de casarse.
— Para tener un tonto que las mantenga — replicaba Martina haciendo una mueca burlona, — 277 — mientras la asamblea se reía de ésta y otras mil picardigüelas que la inteligente criatura iba aprendiendo en el trato íntimo de su esposo.
Estas escenas públicas tenían casi siempre una coletilla, y cuando Pío Cid se quedaba á solas con su díscola mitad, el tema de la vida campesina remataba por una discusión que á Martina le llegaba más á lo vivo: la de saber cuándo iba á quedarse sola en su casa, según era su deseo.
— Cuando yo salga de mi cuidado — le decía, — habrá que tomar una niñera, y no se cabrá en la casa. Esto te lo aviso con tiempo. Por Pablo y Paca no liay que preocuparse, porque ellos están decididos á tomar cuarto muy pronto, y se llevarán á Valentina. Mercedes es la gran dificultad...Es muy buena y callada, y me da lástima de que tuviera que irse; pero tampoco vamos á seguir siempre así. Ayer decía la vecina del tercero á mamá que cómo era que la teníamos en casa no siendo de la familia A todo el mundo le extraña, como es natural, y dicen también que una mujer casada no debe tolerar esas cosas, porque á veces por hacer una obra de caridad se basca una su perdición. Una mujer así como Mercedes, es un peligro en una casa. Por algo se dice que «de fuera vendrá quien de casa te echará».
— De suerte — decía Pío Cid con calma — que aquí quien gobierna es la vecina del tercero. No hables más de esa vecina, porque te me haces fea y antipática.
— El feo y antipático serás tú, y el desaborido j el, ¡más vale callar!
— Pues callemos.
— 278 — — ¿Cómo voy á callar viendo que pasa un mes y otro, y que estamos condenados á huésped perpetuo? Siquiera, si trabajara en algo.
— ¿No te ayuda á hacer el hatillo? Criada no puede ser; aunque ella quisiera yo no lo permitiría.
— No; lo que tú querrías es que le sirviéramos de criados los demás.
— Lo que yo quiero es que seas juiciosa alguna vez y comprendas que esa criatura, que está aquí sin ocuparse en nada al parecer, está haciendo algo que vale muchísimo. Acuérdate de cómo era cuando llegó y cómo es hoy.
— Claro está que ha cambiado mucho.
— Pues bien, eso es lo que está haciendo; cambiarse. No todos los trabajos tienen nombre, y aunque Mercedes no hiciera absolutamente nada más que estar aquí, haría algo que, aunque no se viera, no por eso valdría menos. Mercedes, á pesar de su planta, es una niña, y no tiene noción de la dignidad personal, porque la han considerado hasta aquí como un mueble, un accesorio; es un edificio sin cimiento, que se caerá con solo que le soplen; mientras no tenga ese cimiento no es posible dedicarla á nada, porque, en saliendo de nuestrasmanos, á los pocos pasos volverá á caer.
— Pues ese cambio, amiguito, me parece que se me debe á mí.
— Razón de más para que no hables de arrojarla de tu lado. Teniéndola junto á ti no te echas, ciertamente, ningunos cinco duros en el bolsillo;- pero ganas la gloria, para contigo misma, de haber contribuido con tu ejemplo á dignificar á una mujer.
— 279 — — Yo reconozco que á veces llevas razón; pero las gentes son tan mal pensadas