Mas no porque Martina se doblegase de palabra, seguía menos decidida á soltar la carga de Mercedes; no por maldad de corazón, pues con el alma y la vida liaría por ella cuanto pudiese, desde lejos, sino porque era incapaz de comprender una situación sin nombre, fuera de los usos corrientes de la sociedad. Mercedes no era de la familia, ni de la servidumbre, ni una niña huérfana adoptada por caridad; era una mujer que por donde quiera que iba llamaba la atención, y faltaba averiguar si Pío Cid la había traído á la casa por los motivos que decía ó por otros que no quería decir.
Martina tenía confianza á ratos; mas á ratos pensaba que había allí algún misterio, y aun le parecía adivinar en su marido algo que no salía á la superficie.
Pío Cid tenía, en verdad, una idea secreta, que era la de proteger á Mercedes, no por pura filantropía, sino también por luchar contra la fatalidad, bajo la cual él creía que la pobre hija del ciego había venido al mundo.
El fin de Mercedes, como el de sus padres, debía de ser trágico, y él se determinó á combatir por ella contra el destino, para ver si lograba vencerlo; de aquí su temor á, impulsarla en esta ó aquella dirección, por donde siempre iría á fondo, y su firme resolución de guardarla junto á sí y de servirle de escudo contra la adversidad.
Mas estas razones se las reservaba, porque Martina no las querría comprender aunque las oyera, y 280 - Martina las sentía instintivamente y las interpretaba como inclinación oculta, que algo participaba del amor, de Pío Cid por la pobre huérfana; así no cejaba en un pensamiento que se le había ocurrido, y que, á su juicio serviría, para matar dos pájaros de un cañazo.
Mercedes, con lo que ya le había pasado, no podría casarse con un hombre de bien; y en vez de ir á dar, esto sería lo más probable, con un pillo que la maltratara y la acabara de echar á perder, casi sería para ella una fortuna hallar una persona de posición que la recogiera y la considerara, y esta persona muy bien j^odría ser el moscón de Gandaria, al que sería fácil decidirlo con sólo hacerle algunas insinuaciones. En cuanto á Mercedes, más fácil sería aún, porque no tenía voluntad propia.
Cuando á fines de verano regresó á Madrid Gandaria y se presentó en la calle de Villanueva, emjoezaron los manejos de Martina.
Por estos días había también Jaime reanudado sus lecciones, y el tiempo que Pío Cid estaba fuera de casa no lo desaprovechaba el joven diplomático. Antes la treta no le valía, y lograba sólo hablar con Valle; pero ahora Martina se deja ver algunos momentos con sus primas y Mercedes. Gandaria no volvió á cometer ninguna imprudencia con Martina, sea porque se convenciera de que perdía el tiempo, sea porque se le calmaran los ímpetus viéndola tan áspera y, á la sazón, hecha un tonel, próxima á ser madre de fíimilia; en cambio no tardó en poner los ojos en Mercedes, cuya belleza y méritos le ponderaba Martina.
— 281 — — Es lástima — pensaba Gandaria de Mercedes — que esta mujer tenga esos desplantes. En cuanto uno se acerca y cruza cuatro palabras, se pierde la ilusión; pero el trapío es soberbio, y á distancia, vista en el palco de un teatro, por ejemplo, produce un efecto monumental. La verdad es que tampoco ha estado bien dirigida, y que aquí empieza á ganar mucho. Si yo la cogiera por mi ^ cuenta, en un vuelo la convertía en estrella de primera magnitud.
Pío Cid notaba estos trabajos de zapa, pero no quería poner á Mercedes sobre aviso, porque le conocía el flaco y pensaba que era mejor callar que abultar las cosas con prevenciones inútiles. A Martina sí le decía algunas veces: — Hay que tener cuidado con el tonto de Gandaria, no vaya a tomarla ahora con esa criatura. Sería lo último que podía ocurrirle á Mercedes, dar con un hombre vano, que es incapaz de quererla porque la ve pobre y poco instruida, y que pensaría utilizarla como hembra de lujo. Yo sé que te estorba Mercedes, y te advierto que si le ocurre algo, á ti te haré responsable.
Pero no se atrevía tampoco á hablar recio por no sofocar á Martina, la cual ya estaba fuera de cuenta, y en cuanto no se hacía su gusto ó se le decía algo que no le sonaba bien, lloraba y pronosticaba que entre unos y otros la harían abortar, y aun le quitarían la vida; pues, como decía su madre, se pintaba sola para meter la peste en un canuto. Mas no eran casi nunca ciertos sus augurios, y menos esta vez.
El alumbramiento fué felicísimo y sorprendente — 282 — por varias circunstancias. Acaeció el día de los Finados, al amanecer, á los nueve meses justos de la famosa fiesta de la Candelaria, y nacieron dos gemelos: una niña y un niño, ambos de extremada belleza. Estaba decidido que si era hembra se le pondría Natalia, y si varón Natalio, en recuerdo de la madre de Pío Cid; mas siendo dos, no era cosa de repetir el nombre, y Pío Cid quiso que la niña, que había nacido la primera, se llamase Natalia, y el niño Angel, como yo; pues además de ser el amigo íntimo de la casa, me empeñé en hacer todo el gasto de la grau fiesta que hubo para celebrar el fausto acontecimiento.
Martina no cabía en sí de gozo, y se consideraba casi una celebridad europea por haber dado á luz dos niños de sexo diferente, que se propuso criar ella misma para coronar con este esfuerzo su fecunda obra.
Pío Cid liablaba poco y se mostraba preocupado, pensando, quizás previsoramente, en el porvenir de aquella su tardía descendencia.
Algunas semanas después del parto fué Pío Cid por la tarde, como tenía por costumbre, á dar la lección á Jaime, y se halló con la novedad de que la Duquesa, de regreso de su larga excursión, le hizo subir á sus habitaciones para darle las gracias, muy amablemente por el interés con que había tomado la educación del niño, cuyo viaje al Extranjero estaba dispuesto para el siguiente día, por haberlo ordenado así el Duque.
— Siento mucho esta determinación — dijo la Duquesa, — porque veía con gusto los visibles progresos de Jaime. Aunque los niños tengan poco — 283 — fundamento, no está de más escuchar su opinión, y Jaime se halla tan contento con usted Pero el papá tiene empeño en que el niño se eduque en Francia, donde él se educó — Yo lo siento por el niño— dijo Pío Cid, sin ocultar su disgusto, — y si estuviera aquí el señor Duque le hablaría para convencerle de que está mal aconsejado. Es un dolor que los padres se atribuyan esta autoridad sobre sus hijos, sin tomarse la molestia de hablar con ellos ni conocerles, ni saber lo que les sería más provechoso. Igual disparate sería llamar á un médico para que nos asistiera en una enfermedad, y luego romper las recetas y tomar lo primero que se nos antojara.
— Sin embargo, le advierto á usted que el colegio á que va Jaime tiene fama..., — No digo que no, pero la educación de colegio es siempre una educación de cuartel, que da pobres resultados. La formación del espíritu de un niño es una obra de arte, y en el arte, la creación verdadera es la que ejecuta uno solo. Figúrese usted, señora, la cara que pondría un escultor á quien le quitaran una escultura á medio hacer, para que se la terminasen en una cantería En fin, quien manda, manda, y dispénseme usted el desahogo.
— Al contrario de dispensarle, le repito que le agradezco su interés. Y ahora le voy á rogar que deje sus señas á mi secretario, para en caso de que más adelante En casa se tienen siempre muy en cuenta los servicios prestados, y más cuando son de la importancia y de la significación de los de usted Yo no sé si á usted podrán agradarle cargos de otra índole — 284 — — De cualquier índole los aceptaría por complacerla á usted; pero por mí no se preocupe. En estos últimos días ha sido para mí una dificultad grave tener que acudir á las lecciones de Jaime, y las seguía sólo por amor al arte, como suele decirse. Tengo obligaciones á que atender, es verdad, y no se sabe lo que nos reserva el porvenir; pero yo tengo fe en el trabajo, y como la tengo, el trabajo cae sobre mí y me da para salir á flote.
— Pero un hombre como usted no debe contentarse con ir cubriendo sus atenciones penosamente. Eso es triste. ¿Son muchas las obligaciones que tiene usted á su cargo?
— Más bien son muchas que pocas. Y no me pesa, porque á mí me gustan las familias grandes...— Según eso, tiene usted mucha familia. Yo no sé por qué me había figurado que era usted un hombre solo. No se ría usted — añadió con malicia^ — pero los solterones suelen ser, con el transcurso de los años de soledad, los tipos más estrambóticos.
— Pues aquí ha quebrado la regla; si soy estrambótico, no será por falta de familia.
— ¿Tiene usted mujer, hijos, y quizás padres ó hermanos?
— Por mi casa soy yo solo; pero tengo mnjer y dos hijos, suegra (que es buenísima), dos primas de mi mujer, una de ellas casada, una muchacha huérfana algo pariente y, por último, la niñera.
— ¿Nada más? — preguntó la Duquesa sonriendo.— Me gusta la frescura con que lo dice usted. Y la niñera será, naturalmente, porque tiene usted algún niño pequeño.
— 285 — — Tengo dos, los dos que le he dicho; nacieron no hace un mes, el día de los Difuntos.
— Entonces son gemelos. ¿ Son niños ó niñas?
— Una niña y un niño, para que haya de todo.
— ¡Es usted un hombre admirable! — exclamó la Duquesa mirándole fijamente. — Piensa usted cosas que no piensa nadie, y le ocurren cosas que no le ocurren á nadie.
— Si hay en esto algún mérito, será de mi mujer más que mío. Ella sí es una mujer admirable. Para empezar ha tenido dos mellizos, y además los cría ella sola. ¿Qué le parece?
— Será más joven que usted.
— Es casi una niña; pero es muy mujerona.
— Aunque sea cosa fea la curiosidad, le confieso á usted que la tengo, y grande, por conocer á su esposa, sólo por eso que acaba de decirme de ella. Y en parte también por ver el gusto de usted, porque es usted tan raro que debe de haber elegido una mujer que no se parezca á las demás.
— Diga usted más bien que soy hombre afortunado, y que he tenido la fortuna de dar con una mujer de las que hoy ya no se estilan. Aquí, en esta cartera, tengo un retrato suyo, y lo va á ver usted; aunque le advierto que lo mejor de Martina no es la cara, sino algo que no hay fotógrafo que lo saque mientras no se invente un sistema nuevo para retratar los corazones.
La Duquesa tomó el retrato que Pío Cid le mostraba, y, levantándose, se fué á sentar en el otro extremo del sofá que estaba más próximo al balcón para examinar mejor la fotografía; la cogió entre ambas manos como para formarle un marco de — 286 — sombra, y después de mirarla despacio, disimulando su impresión, comenzó á pasarle por encima la yema del dedo meñique como para quitarle alguna pelusa, y arañó suavemente con la sonrosada uña un lunarcito que Martina tenía en la mejilla izquierda, muy bajo, cerca de la nariz; y, al fin, preguntó: — ¿Está aquí mejor ó peor que en el natural, á juicio de usted?
— Está bastante parecida para lo que una fotografía puede expresar El natural vale más, naturalmente, y aun creo que ahí la han sacado de más edad que la que ella tiene.
— Eso iba yo á decirle á usted; que no la encontraba tan niña. ¿Y se peina siempre así, con ese peinado tan raro?
— No, señora; ese peinado es idea mía, y no se lo pone más que cuando está de buen humor ó cuando quiere que le compre algo.
— ¿Con que esas tenemos? — dijo la Duquesa, sin poder contener la risa. — ¡Inventa usted también peinados! Este será para instalar la luz humana. ¿Creía usted que había olvidado el invento? Pero si este peinado parece chino ó japonés.
— Es el peinado del porvenir — contestó Pío Cid en tono de burla. — Feo ó bonito, tiene la ventaja de que es complicadísimo y se tarda muchas horas en hacerlo, y en esas horas la mujer no piensa en nada y deja tranquilo al hombre.
— ¡Pero, hombre! — exclamó la Duquesa con aire regocijado. — ¡Si ahora va llegando la moda de cortarse el pelo las mujeres, para no perder tiempo! En el Extranjero hay muchas con el pelo — 287 — corto. Por supuesto, con usted no rezan ni las modas ni las costumbres. ¡Dichoso usted, que tiene la suficiente frescura para reirse del mundo y hacer lo que se le antoja! ¡A todos, á quién más, á quién menos, nos vienen veleidades de saltar por encima de las conveniencias! Pero ahora sí; por ser usted tan franco le voy á decir con franqueza que me ha sorprendido este retrato. Yo creía que su señora sería muy distinta de las demias, y me parece un tipo corriente, casi vulgar — No es vulgar la palabra propia: más bien debía usted decir humana; pero, aun siendo vulgar, no sería una mujer vulgar, sino la vulgaridad personificada, es decir, un tipo universal tanto ó más admirable que un tipo excepcional, extraordinario. La mayor parte de los hombres (hombres y mujeres, se entiende) somos seres vulgares con alguna facultad saliente que nos distingue, pero que no nos libra de caer con frecuencia en la vulgaridad de que huímos. jCuánto mejor no es ser vulgar en absoluto y atenernos á lo que nos da espontáneamente nuestra naturaleza! Martina es así; es la realidad pura y, para no ser un genio portentoso, es lo mejor que se puede ser.
— Pero lo que yo veo difícil — replicó la Duquesa, sin dejar de mirar el retrato — es que usted se entienda con (ísu Martina». Porque usted es un idealista, casi un soñador; por lo menos sus ideas no son ideas hechas, de esas que tienen curso en la sociedad y oye una á diario.
— Lo difícil sería lo contrario. Ella y yo, salvo alguna que otra riña, nos entendemos muy bien porque nos necesitamos. Una mujer debe de ser — 288 — como la tierra, y un hombre como un árbol; una tierra sin árboles se convierte en un arenal infecundo, y un árbol sin tierra muere porque se secan sus raíces; la vida que la tierra le da al árbol, el árbol se la devuelve con su sombra protectora. Así la mujer mantiene al hombre ligado á la realidad, para que no se aparte de ella ni se pierda en estériles idealismos, y el hombre en cambio protege á la mujer con la sombra de sus ideas para que no se aniquile como se aniquilaría dejándola sola, á merced del viento de los caprichos fugaces — Es bonita la comparación, ingeniosa — dijo la Duquesa, quedándose pensativa.
— Lo esencial es que sea verdadera, y yo estoy en que lo es; ¡y tanto! Conozco á muchos hombres que arrastran una vida artificiosa por haber dado con mujeres sin jugo, que no sirven más que para lucir cuatro trapos; y á muchas mujeres también que no viven mejor por falta de un hombre que sea el centro de su vida y el imán de sus deseos. Creen esas mujeres frivolas ser felices porque salen y entran libremente, llevando de acá para allá su aburrimiento oculto bajo las satisfacciones aparentes que proporciona la vida exterior; para mí todas esas alegrías son como los aleteos del pajarillo que se asfixia por falta de aire dentro de la campana pneumática. Sin amor profundo no hay aire para la vida espiritual.
— Quizás da usted excesiva importancia al amor. Yo misma no me oculto para decirle que siempre he considerado el amor como una estupidez. Es una idea mía.
— 289 — — Paes entonces no conocerá usted nunca la vida. Hay cosas muy pequeñas que se las ha descubierto con microscopio, y otras muy apartadas que se las ve cerca con el telescopio; y hay un instrumento que sirve para descubrir el alma de todas las cosas, y ese instrumento es el amor. Si usted amara — añadió como reconviniendo á la Duquesa, — usted vería mucho que no ha visto; porque para una mujer no hay otro medio de penetrar en las cosas que simbolizarlas en el hombre amado.
— De suerte que para usted lo primero en el mundo, casi lo único, es el amor.
— Hay algo más grande; pero para llegar á ello no hay más camino que el amor. El mejor amor es el espiritual, y si éste no basta, el amor corpóreo. Hay semillas que sólo germinan en hoyas muy abrigadas, y casi todos los hombres son semillas así.
— ¿Y usted comprende el amor puramente espiritual? Sería usted el único. La mujer sí; yo, sin ir más lejos, yo he soñado siempre con un amor espiritual; es el único que yo podría sentir. ¡Pero los hombres! No digo que no. Un señor ya anciano, un consejero, un confesor Mas yo hablo de un amigo con quien se pueda tratar de igual á igual, íntimamente, como con una amiga; eso no es posible. Yo he intentado la prueba, y me he convencido de la falsedad del hombre. Y si yo tengo en poca estima á los hombres (no crea usted, yo también soy un poco misántropa), pues es por eso mismo.
— Yo la admiraba á usted, y ahora que ha dicho eso la admiro más; pero ¿está usted segura de que la mujer sea más fuerte que el hombre? Suponga usted una amistad espiritual, pura, y con un hombre que tenga su mujer; ¿cree usted que la amiga vería impasible á la mujer del amigo? ¿No sería quizás este amor causa de que se rompiera la amistad ó de que se transformara en un sentimiento exclusivista?
— ¿Y usted seria capaz — preguntó á su vez la Duquesa — de ver á una amiga suya amante de otro hombre, y seguir siendo amigo noble y leal?
—Yo sí.
— Permítame usted que lo dude.
— No quiero contradecir á usted.
— Y á su esposa, ¿qué amor le tiene usted? ¿ Espiritual también? — j)r6guntó la Duquesa, levantándose y dándole el retrato á Pío Cid, después de mirarlo con cierta picardía.
— Yo no siento ya más amor que el espiritual, y aun éste con trabajo — contestó Pío Cid con cierto dejo misantrópico, y se levantó también, guardándose el retrato en el bolsillo interior de la levita, estrenada por cierto aquella misma tarde.
— Ya que hemos hablado de retratos — dijo la Duquesa, notando que Pío Cid se disponía á retirarse,— tendría mucho gusto en que usted me diese su opinión sobre uno que me han hecho á mí. ¿Usted entiende algo de pintura? Pase usted aquí al salón Aun no está bien colocado, como usted ve. Lo han puesto ahí por el momento Me lo han hecho últimamente en París Es de un artista de gran fama.
— Ya veo, ya veo la firma — dijo Pío Cid, mien- — 291 — tras examinaba el retrato, que era de cuerpo entero y estaba colocado sobre una mesa en un ángulo del salón. — Es un buen retrato, pero me gusta más el original. Quiero decir que el artista conoce su oficio muy bien, pero que no ha acertado á conocerla á usted, y ha tomado de usted la cáscara Esa que hay ahí es una señora, arrogante y majestuosa, y hasta un poco teatral, pero no es una mujer, no es la mujer que hay dentro de usted.
— ¿Usted distingue entre mujer y señora?
— Como entre hombre y caballero. Varias veces, viendo el retrato del Duque, el que está en el despacho, he pensado que tiene toda la estampa de un caballero, de un gran señor, pero que como hombre es muy poca cosa. Y es que los dichosos artistas no se quieren tomar la molestia de profundizar. De su esposo de usted no puedo decir nada, porque no le conozco; pero de usted sí aseguro que no la han comprendido; yo mismo, que no soy artista, me comprometo á hacer un retrato mucho mejor que ése: un retrato en que se adivine la mujer delicada, graciosa y espiritual, que se oculta en la señora Duquesa de Almadura.
— ¿Sería usted capaz verdaderamente? Por supuesto que no me extrañaría que supiera usted también pintar, por saber de todo.
— No sé más que dibujar, y apenas si acierto á combinar los colores; pero yo no hablo de componer una obra, como la gente del oficio; con que usted esté en el retrato me doy por contento. Y además, se pueden hacer retratos con la pluma, y como tengo más hábito de escribir, ¿ quién impide — 292 — que mi retrato sea una coniposición poética, en que la describa á usted tal como es?
— A mí me gustaría más que fuera un retrato de verdad — dijo la Duquesa, recordando los versos de la arruga (si es que los había olvidado por completo).
Y después, como volviendo sobre su idea, añadió: — La poesía también me gusta, y no debe de ser tan fácil describir en verso á una persona — Ni tan difícil cuando se la conoce bien y se sabe con precisión lo que se ha de expresar. Ahora mismo se me ocurren, de repente, unos versos que, si no son un retrato acabado, pueden servirme de boceto si usted les otorga su pláceme.
— ¿Cómo son? Dígalos.
— No son machos; pero si á usted le agradan, con esa idea puedo hacer luego el retrato. Son, como si dijéramos, la postura que ha de tomar el modelo.
— Bien, bien, dígamelos, que me ha metido usted en curiosidad.
Pío Cid hizo una leve pausa, y al fin recitó en tono familiar el soneto que había improvisado, y que decía así: Su fino rostro en luz azul bañado De sus grandes pupilas luminosas, Se recata en las ondas caprichosas Del mar de sus cabellos encrespado.
Su mirar dulce, suave, está velado Por plácidas visiones amorosas, Y un rumor leve de ansias misteriosas En su beca entreabierta ha aleteado.
— 293 — Su talle esbelto, airoso se cimbrea: Ora se yergue altivo, dominante, Ora se mece en lánguido vaivén, Cuando le arrulla la fugaz idea De abrir su pecho á un corazón amante Y decirle: estoy sola y triste, ven.
— Me gustan esos versos — dijo resueltamente la Duquesa. — Va usted á escribírmelos antes que se le olviden. Casi estoy por decir que me satisface más su boceto que este retrato que me lian hecho, después de dos semanas de molestarme Si su retrato sale como el boceto...— Yo haré cuanto esté de mi parte; pero tendrá usted que darme una fotografía; yo la recuerdo á usted muy bien con la imaginación, mas para los detalles no está de más.
— ¿Cómo es eso? ¡Paes si yo creía que me iba usted á tener varios días de modelo! Me sorprende en usted la sencillez con que hace las -cosas. Todos los artistas son algo cómicos; quiero decir, que fingen bien la comedia y nos asustan con sus preparativos; y usted trabaja con tanta naturalidad que casi, casi me figuro yo que, si cogiera la pluma, escribiría versos como los de usted. Pero voy á darle á usted á elegir la fotografía entre las varias que tengo — dijo la Duquesa, pasando al gabinete seguida de Pío Cid.
Tocó un timbre y ordenó, á una de sus doncellas que trajese recado de escribir y un álbum que estaba sobre la mesa de su tocador.
Mientras Pío Cid escribía el soneto, ella recorrió rápidamente las hojas del álbum y sacó de <él varias fotografías. Cuando el soneto estuvo ter- — 294 — minado, lo tomó de la mesa para leerlo otra vez j dió á Pío Cid los retratos, diciéndole: — A ver si le parece á usted bien ése que está encima, el del sombrero. Son mi manía los sombreros; lo único á que yo doy importancia en el traje.
— Pero en este retrato mira usted á los hombres como objetos — replicó Pío Cid con viveza.
— ¿Y no le satisface á usted? Pues así soy yo Usted ha hallado una frase que á mí no se me había ocurrido; yo miro á los hombres como objetos— concluyó recalcando las palabras.
— Más me gusta éste de los ojos bajos.
— Ese me lo hice á poco de tener á mi Jaime. ¿Y el escotado?
— Este tiene alguna semejanza con el que ha traído usted de París. Me gusta más, mucho más, éste de los claveles en la cabeza, — Ahí era yo aún soltera.
— ¡Qué lejos estamos!
— ¿Ve usted? — interrumpió la Duquesa familiarizándose.— Siempre hay algún veneno en sus palabras.
— ¿En qué palabras?
— Eso de decir que estamos lejos, es claro; lo dice usted como si hubiera pasado medio siglo.
— No era ésa mi idea — replicó Pío Cid, dando á sus palabras una entonación melancólica que hasta entonces no le había notado nanea la Duquesa.— Aunque sólo hubiera pasado un mes, este mes sería largo, como un siglo entero, para el hombre que ve á una mujer casada ya y contempla la imagen de esa misma mujer cuando era — 295 — pura como una flor que comienza á entreabrir su cáliz á la luz que ha de marchitarla.
— ¿Entonces elige usted el de los claveles? — preguntó la Duquesa; y sin esperar la respuesta, se puso á leer el soneto con gran atención.
— Me decido por el de los ojos bajos — dijo al fin Pío Cid, después de examinarlos todos de nuevo. — Este es el más propio, el que mejor se armoniza con mi idea.
— Hay en estos versos intención; en todo lo que usted hace hay intención, mala, por supuesto — dijo la Duquesa, doblando el papel. — Cada día me convenzo más de que usted no es lo que parece. Quiere usted parecer un hombre tosco y vulgar, y lo que usted es realmente es un hombre de mundo; desprecia usted la educación, y es usted un caballero discretísimo cuando quiere serlo.
— ¿Lo dice usted quizás por los versos? Ahí no me muestro yo como soy; por no ofenderla á usted he tomado un carácter falso, plegándome á las circunstancias; mas cuando yo encuentro en el mundo una mujer hermosa como usted, mi primer impulso, el que es en mi natural, no es ciertamente discretear con ella — Entonces, ¿cuál es?
— Cogerla debajo del brazo y llevármela á mi casa — contestó Pío Cid con tono violento.
— ¡HorrorI — exclamó la Duquesa, y se levantó riendo á carcajadas. — Usted es un salvaje, ó por lo menos tiene la coquetería de parecerlo Porque los hombres también tienen sus coqueterías, y peores que las de las mujeres Va usted á conseguir inspirarme miedo.
— 296 — — Paes para tranquilizarla me voy — dijo Pío Cid, levantándose y estrechando la mano que la Duquesa le ofrecía. — ¡Ojalá que el retrato le agrade y me congracie de nuevo con usted!
— Yo estoy segura de que saldrá bien.
Al decir esto, la Duquesa se imaginaba ya que el retrato sería algo por el estilo de los versos: la imagen de una mujer melancólica soñando en vagos amores. Sorprendióse, pues, no poco cuando al cabo de algunos días de espera se presentó Pío Cid con su trabajo. Era éste un pequeño dibujo al lápiz, ejecutado con tal maestría y perfección, que parecía desde lejos una miniatura de estilo original. El parecido era perfecto, y la compostura la misma que la de la fotografía de los ojos bajos; pero los ojos de ésta se fijaban en un abanico, cual si contaran el varillaje, y en el dibujo contemplaban amorosamente, ¡cómo había de imaginarse esto la Duquesa!, un niño en pañales. La madre le apretaba con el brazo izquierdo contra sn seno, y se cubría éste con la mano derecha, en tanto que el niño parecía mamar muy satisfecho, mirando con el rabillo del ojo. La Duquesa veía el retrato con inquietud, sin saber si aquello era una broma intolerable ó una ocurrencia espiritual, y al fin, sugestionada por el casto y noble sentimiento que de la estampa se desprendía, la comenzó á mirar con ojos de benevolencia y dijo: — Quien no le conociera á usted, no creería que esto es verdad aunque lo viera. La verdad es que no hay en todo el mundo un tipo tan extravagante como usted.
— ^¿A eso le llama usted extravagancia?
- 297 — — Extravagancia con asomos de locura, que algo de loco tiene usted también.
— Así se escribe la historia. Y, sin embargo, ese retrato es copia del boceto que mereció su aprobación.
— ¿Que está tomado del boceto? — Naturalmente. En los sonetos la idea madre está al fin, y la idea del mío era esa misma: abrir su pecho á un corazón amante, Y decirle: estoy sola y triste, ven.
¿Qué mejor amigo, qué corazón más amante y más tierno para una mujer que el de un hijo suyo, sobre todo cuando es pequeño y no siente ningún otro amor que haga sombra al amor que siente por su madre?
— Ahora comprendo — dijo la Duquesa, por decir algo, sorprendida por la astucia con que Pío Cid se le escabullía de las manos.
— No hay para la mujer refugio más seguro que el amor maternal. ¡Cuántas mujeres, quizás usted misma, sufren el hastío de la vida porque buscan la felicidad en frivolos pasatiempos, cuando la hallarían en el amor de madre! Y esa frivolidad es tanto más perniciosa cuanto que además de no aturdir por completo, ni ocultar el vacío de la existencia, desarraiga y seca los sentimientos, y llega hasta cortar el ligamen natural entre padres é hijos. Yo comprendería que se destruyera ese amor de la sangre para levantarse al amor espiritual y poder amar al hijo del vecino como al propio; pero destruirlo para no amar á nadie es buscarnos nuestra perdición.
— 298 — — Muchas veces se nos juzga mal — dijo la Duquesa, como hablando consigo misma, — porque no se conoce nuestro pensamiento. ¡Mujeres hay que parecen frivolas, y que quizás llevan en el fondo de su alma grandes penas, tan grandes que no se olvidan ni en medio de esos aturdimientos buscados justamente para olvidarlas!
— ¿Cómo se van á olvidar, si las penas no se olvidan sino cuando se las destruye transformándolas? Buscar el aturdimiento es una cobardía. El que por no oir la verdad se tapa las orejas, ¿ha destruido la verdad? Lo que ha hecho ha sido afirmarla sin conocerla. Y el condenado á muerte que está en capilla y oye con angustia cómo va el reloj dando las horas, y para no oirías se pone á gritar, ¿ retrasa con eso la hora de subir al patíbulo? Más vale afrontar la verdad entera, porque, aunque la verdad sea dolorosa, el dolor es fecundo y crea alegrías que las agradables ficciones no crearán jamás. Si usted sufre, declárese á sí misma, sin engañarse, cuál es su sufrimiento; recójase y medite luego sobre él, y verá salir de él un deseo que la llevará, como de la mano, á un placer nuevo, desconocido y tan hondo como el sufrimiento que lo ha engendrado.
— Ko sabía de cierto lo que era usted — dijo la Duquesa con aire grave; — pero ahora que me ha hablado usted así, pienso que usted es lo que se suele llamar un amigo de las mujeres. Sabe usted inspirar confianza como un confesor y vale usted más que un confesor, porque los confesores lo juzgan todo con arreglo á la religión, y hay cosas que corresponden al tribunal de la psicología — 299 — 299 Una mujer casada, sin que se haya consultado su voluntad, contra su gusto, por razón de Estado, como si dijéramos (que esto suele ocurrir no sólo en las familias reales, sino también en las aristocráticas, y aun en las simplemente ricas), no puede, aunque quisiera, amar á su marido. He aquí un caso que no es nuevo. Un confesor le dirá á esa pecadora: «Esfuércese, y ya que no amor, tenga al menos estimación por su esposo; éste es su deber. D Y, sin embargo, pregunto yo: ¿no puede haber casos en que un hombre no tenga derecho ni aun á esa estimación por indigno de ella?
— Claro está que los hay — contestó Pío Cid con tono resuelto. — El derecho á amar es el más sagrado, y quien lo infringe es un criminal peligroso Esa mujer que se casó sin amor, acaso no podrá amar tampoco á los hijos que tenga con el hombre á quien no ama. La sangre tiene también sus misterios.
— ¿Qué diría usted de un hombre que, creyendo á una mujer culpable, la perdona y luego se dedica á mortificarla diariamente con alusiones groseras?
—Diría que es un cobarde, ó quizás un infeliz, que creyó tener fuerza de alma para perdonar sin tenerla, y que, por no atreverse á hacer un gran mal de una vez, va haciendo el mal á pequeñas dosis Pero hay también que saber si la mujer era ó no culpable. Si era culpable, no hay disculpa para la bajeza del hombre; mas si no lo era, casi me inclino en contra de la mujer.
— ¿Cómo? Siendo inocente y ofendida por una inculpación infundada — 300 — — Por eso mismo. Si hubiera sido culpable se humillaría, y el hombre que se ensañara con ella seria un miserable; pero si era inocente, el perdón ha debido irritarla más que la ofensa, ha debido tomar odio contra el hombre, y así es natural que el hombre se haya vuelto con ella duro y despiadado. Hay algo peor que una falta: la apariencia de la falta; porque de la falta, por ser una realidad, puede salir algo bueno; mas de la apariencia no pueden salir más que ficciones, sentimientos sin apoyo en la naturaleza Así, á la mujer de que usted me ha hablado yo le diría sin vacilar: cometa usted inmediatamente la falta que no ha cometido, humanícese, y todo lo arreglaremos.
— Pero, por Dios, Sr. Cid — interrumpióla Duquesa,— no eche usted á perder sus atinadas razones con esas salidas de tono. No sé qué gusto saca usted de lanzar adrede esos disparates — ¡Disparates! ¿Cómo explica usted entonces que el público se complazca en impulsar con sus murmuraciones á convertir en faltas reales las simples apariencias? ¿No ocurre todos los días que una mujer comienza á coquetear inocentemente, y que muy pronto, presa en las garras de la murmuración, es arrastrada al adulterio?
— ¡Es verdad! — exclamó espontáneamente la Duquesa. — ¡Es verdad! Ese es el caso en que se dice que el público hace de Gran Galeoto.
— Pues bien; yo creo que el público lleva razón, porque el público la lleva siempre que obra por instinto. Una mujer que da lugar á que se murmure de ella, es casi seguro que es desgraciada; no falta á sus deberes por miedo, y el público se lo ~ 301 — quita hostigándola con anticipadas é injustas censuras.
— Si en vez de hablarme usted á mí le hablara á una mujer sin experiencia, sería usted peligroso — dijo la Duquesa levantándose y poniendo sobre un velador el retrato que aún conservaba en la mano. Y ya de pie, añadió en són de reprimenda: — Con esas ideas de usted, adiós religión, leyes y moral. Todo se vendría abajo. Porque no hay escapatoria: lo que usted sostiene es el derecho al adulterio.
— Es que yo no soy sacerdote, ni moralista, ni abogado; yo defiendo los derechos del corazón.
— Pero esos derechos están en contra de la sociedad.
— No tanto. ¿Qué pueblos son los que matan á pedradas á la mujer adúltera ó la arrojan por un precipicio? Pueblos bárbaros donde jamás moró la belleza ni el arte. En cambio, vea usted en Grecia cuántas luchas antes de que fuera destruida Troya, baluarte del amor.
— Pero al fin fué destruida.
— Fué destruida porque sin el honor es imposible la existencia de un pueblo, como sin el amor es imposible la de un individuo. Pero si Troya hubiera sido aniquilada en breves momentos por un rayo de Júpiter, ni hubiera existido la Ilíada, ni el arte griego, ni acaso existiríamos nosotros. Lo hermoso en aquella lucha es que hay dioses que defienden el fuero del amor, y que el mismo Júpiter, el mayor de los dioses, se inclina ya á uno, ya á otro de los bandos, como si estuviera perplejo ante la gravedad del litigio.
— 302 — — Y si usted hubiera vivido en aquellos tiempos— preguntó la Duquesa bromeando, — ¿hubiera sido troyano?
— Hubiera ayudado á robar á Elena por antipatía contra Menelao, y después hubiera ayudado á destruir á Troya por antipatía contra París.
La Duquesa guardó silencio y se fué á sentar en una butaca junto al balcón, lejos de Pío Cid, como para desvirtuar con la distancia la gravedad de lo que se le ocurría decir; miró un rato al través de los visillos, y preguntó: