— Pero si yo no recuerdo mal, usted me decía ayer que el amor más noble es el del espíritu. ¿Cómo ahora justifica usted que una mujer falte á sus deberes? Le comprendería á usted si fuera usted un seductor, porque un seductor no se pára en barras para conseguir su objeto. Siendo usted un hombre serio, honrado y digno, me extraña su modo de pensar. Si usted supiera, voy á suponer, que yo tenía un amante, ¿le merecería yo el mismo concepto que hoy le merezco?
— Precisamente — contestó Pío Cid con desenfado— me han dicho, hace algún tiempo, que usted tenía un amante, y no le di crédito á la noticia; y aun siendo cierta, no le hubiera dado importancia. Yo no podía aspirar al amor de usted por mil razones que saltan á la vista, principalmente porque yo he entrado en esta casa por la puerta de la servidumbre, y no ha sido para mí escaso honor alcanzar que usted, venciendo su prevención, me conozca y me trate como caballero. Y aunque yo aspirara á ganar su afecto, éste sería tan noble que no podría descender á envidiar otros afectos ^ 303 — ^ 303 — vulgares. Porque yo pienso que si usted habla tan tristemente de la vida y no desdeña escuchar la palabra de un hombre de tan escaso valer social como yo, es porque no tiene puestos sus ojos en quien sea capaz de llenar el vacío que hay en su alma; y todo lo que no fuera esto, distaría tanto del verdadero amor como el guijarro del diamante.
— ¿Y quién le han dicho á usted que es ese amante que me atribuyen? — preguntó la Duquesa sin darse por ofendida, para ver hasta dónde llegaba la frescura de espíritu de su interlocutor.
— Me han dicho que es un capitán de húsares, y esto mismo me convenció de que la noticia era falsa.
— ¿Por qué?
— Porque la afición á las charreteras, espuelas, estrellas, galones y demás arreos militares es propia de la primera juventud. Cuando una mujer pasa de los veinticinco años, busca algo más hondo en el hombre.
— Tiene gracia eso que usted me dice. ¡Al fin, al fin, he encontrado un hombre franco en el mundol Pero ya que es usted tan franco, le voy á rogar me diga sinceramente si cree que una mujer puede faltar á sus deberes sin dejar de ser digna, sin que la acuse su propia conciencia.
— Sí lo creo. La indignidad está en envilecerse por satisfacer bajas pasiones; no lo está en librarnos del yugo del deber cuando el falso deber nos envilece. Tiene además la Naturaleza leyes inviolables, y aunque quisiéramos no podríamos burlarlas. ¿Cree usted que el amor se resigne al perpetuo — 304 — — 304 — sacrificio? Un hombre joven, inexperto, halla en su camino á una mujer caída y quiere generosamente regenerarla; mas esta generosidad es peligrosa, porque bien pronto el egoísmo amoroso, que es el más violento de todos los egoísmos, reflexionará así: «¿He nacido yo acaso para tapar faltas que otros cometieron? ¿He de satisfacerme con aspirar el perfume de una flor marchita, arrojada en el suelo, pudiendo deleitarme con la fragancia pura de una flor que yo mismo corte y coja el primero en mis manos?» Y ese egoísmo irá insensiblemente á buscar nuevos amores aunque la conciencia proteste. ¿Qué vale la voz de la conciencia cuando la ahoga la lamentación de la carne? En cambio, un hombre que ha cometido graves tropelías puede sin gran martirio emprender esa obra de redención, porque su sacrificio le parecerá una expiación voluntaria de sus propias culpas.
— ¡Eso es verdad!
— Y lo mismo la mujer. Una mujer cuyos sentimientos han sido sacrificados, que no ama ni puede amar al hombre á quien debe de amar, está al borde de un precipicio. Por muy firme que quiera tenerse, ¿qué ocurrirá si un día se subleva contra ella su corazón esclavizado? ¡Si al menos esa mujer tuviera para defenderse el recuerdo de un día de verdadero amor! Una falta cometida por instigaciones del corazón, le daría fuerzas para soportar resignadamente los más largos y duros tormentos.
— ¡Eso es verdad! — repitió la Duquesa levantándose con un movimiento nervioso. — Usted co- - 305 — noce el corazón humano. ¡Es verdad! — añadió, sentándose de nuevo; y apoyando la cabeza contra el respaldo de la butaca, cerró un instante los ojos, y reclinada sobre su esponjada cabellera, parecía dormir y soñar.
— ¡Es triste que esté hecha así el alma humanal Mas, ¿qué remedio cabe? Lo mejor sería tener fuerzas para remontarse de un vuelo al amor espiritual; ¡pero son tan pocos los que las tienen! Cuando nos consume la sed de venganza contra una ofensa injusta ó nos muerde el ansia de desquite por un sacrificio demasiado penoso, y no tenemos ánimo para perdonar ni para resignarnos, es más noble dar salida á nuestras pasiones en algún acto censurable, que no guardar la protesta sorda que nos va envenenando poco á poco. Una falta es un hecho humano, y acaso tenga la virtud de aclararnos el entendimiento y permitirnos ver lo que antes no veíamos y darnos alas para subir adonde soñáramos.
— Yo no había oído jamás hablar tan sinceramente— dijo la Duquesa con lentitud y mirando de soslayo á un espejo, por el que veía á Pío Cid sin que éste lo notara. — Yo envidio su fuerza y su resolución, y desearía ser fuerte aunque fuera para el mal. Yo debía tener siempre á mi lado á un amigo como usted Quizás es usted el único á quien yo pudiera llamarle verdadero amigo. Pero en este vaivén de la vida todo pasa volando, y ni siquiera hay tiempo para que una amistad eche raíces Hoy he estado yo triste pensando en que he de emprender mañana mismo un largo viaje — añadió volviendo la cabeza y mirando al — 306 — balcón, por el que entraban las últimas laces de la tarde.
— ¿Se va usted? — preguntó Pío Cid con aire de tristeza.
— Me voy — dijo la Duquesa, notando por el espejo la palidez del rostro de Pío Cid, — y lo que más siento es perder su conversación, que es para mí tan sugestiva Usted no sabe las veces que recuerdo sus palabras. Ojalá supiera yo discurrir como usted y ofrecerle ideas más atractivas; pero las mujeres somos tan — Usted es una mujer adorable — dijo Pío Cid levantándose y mirándola con afecto, — y aunque me tenga por hombre tan fuerte, crea que ahora estoy impresionado como un niño de pensar que se va — ¿Qué hacer? — dijo la Duqnesa, extendiendo la mano con abandono.
Pío Cid se acercó, y al mismo tiempo que cogía la mano y la estrechaba, miró á la Duquesa con aire tan dolorido, que ella se sintió vivamente impresionada; de repente se pnso de pie, y mientras tenía cogida una mano, se pasó la otra por los ojos y luego la apoyó en el hombro de Pío Cid, como si se afianzara para no caer; por último, le echó el brazo al cuello, cerró los ojos y juntó con los labios de él sus labios entreabiertos, desplomándose como si estuviera completamente desvanecida. Pío Cid la sujetó suavemente por la cintura, la condujo en peso hasta el sofá, la tendió con cuidado, poniéndole un cojín debajo de la cabeza y se puso á mirarla de rodillas, temeroso de ver la tempestad que él mismo había desencadenado.
— 307 — — 307 — Ocurríansele los más varios y encontrados pensamientos; aun llegó á suponer que la Duquesa no estaba desmayada, sino muerta y convertida en estatua yacente. Esta idea, junta con el temor, el silencio y la obscuridad de la noche, que ya enviaba sus primeras sombras, le enardecieron el espíritu, y sintiéndose de súbito inspirado comenzó á recitar, con voz apagada, una canción, á cuyos conceptos la Duquesa, incorporándose lentamente, apoyó un codo en el cojín y cruzó las manos para escucharle en la actitud del que reza: ^ Bajo la verde bóveda sombría, La luz del claro día Llega á mis tristes ojos, tenue y vaga; Espléndido la envía El sol, y el bosque lóbrego la apaga.
Bajo la verde bóveda del cielo, Una luz de consuelo Llega á mi pobre espíritu insegura; Rasgó el amor su velo, Mas su imagen quedó en la noche obscura.
Yo solo sé lo que es amor humano: Vislumbro muy lejano Otro amor que, sin verlo, me fascina; Un amor soberano Que al creyente consuela é ilumina.
Yo sé lo que es amor; el amor santo, El puro y noble encanto De la madre que al niño arrulla y mece Al són de un suave canto. Que canción del espíritu parece.
Pero no sé lo que es amor divino, Ese amor que imagino Como ardiente latir de un corazón Que rige el torbellino De los astros con mística atracción.
— 308 — Yo sé lo que es amor: la viva llama De un corazón que ama, Prisionero de amor en fuertes rejas, Y, humilde, llora y clama, Sin que otro corazón oiga sus quejas.
Pero no sé lo que es amor divino; Ese amor que imagino Como luz refulgente de los cielos, Espejo cristalino, Donde el amor refleja sus anhelos.
Yo sé lo que es amor: el firme lazo Que con nervioso abrazo Mi amada en torno de mi cuello anuda, Palpitante el regazo Y el universo en la mirada muda.
Pero no sé lo que es amor divino; Ese amor que imagino Como éxtasis sublime de la mente, Kesplandor diamantino, Que brilla, sin quemarse, eternamente.
Yo sé lo que es amor: el noble fuego Que me roba el sosiego, Cuando una idea radiante, en la penumbra Surge, y yo, absorto, ciego, Miro, sin ver, su luz que me deslumhra.
Pero no sé lo que es amor divino; Ese amor que imagino Como fuego sagrado de la idea. Artista peregrino, Que con llamas de amor sus obras crea.
Yo sé lo que es amor: ¡Cuántos amores, Pálidos como flores, Que viven sepultadas en la umbría. Soñando en los colores, Con que la luz del sol las bañaría I Mas yo quiero otro amor, un solo amor, Un fuego abrasador Que derrita este hielo en que cautivo; Un brillante fulgor Que disipe estas sombras en que vivo.
¡Oh amor divino, ten de mí piedad, Muestra tu caridad Con el que en tierra se postró de hinojos; Rompe esta obscuridad, Haz que un rayo del cielo abra mis ojos! ^ Cuando Pío Cid oyó extinguirse los últimos ecos de su canción amorosa, se deslizó sin ruido, dejando á la Duquesa absorta y como embebecida en la contemplación de lejanas visiones. Largo tiempo duró aquel sereno éxtasis, cuya virtud sobre el alma de la Duquesa fué tal y tan maravillosa, que al salir de él se halló como en un mundo nuevo, ideal y soñado. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, y su corazón de ansias temblorosas é inexplicables. Creía haber despertado de un sueño profundo, y no sabía fijar el punto en que el ensueño había huido y la realidad había recobrado su imperio.
Se levantó con lentitud y se encaminó hacia la puerta por donde Pío Cid había desaparecido; pero no acertó con ella y comenzó á mirar á todos lados como si se encontrara en una casa desconocida; luego se dirigió al balcón para asomarse á la calle, pero retrocedió impresionada por el espectáculo de la bóveda celeste, en la que brillaban nuevos astros que ella nunca había visto y que ahora con su concierto de luz la anonadaban y le sugerían sentimientos de humilde y piadosa tri- — 310 — bulación; por último, se volvió á sentar, y ocultando el rostro entre las manos se preguntaba á sí misma quién era aquella mujer que dentro de ella estaba y que le parecía una criatura nueva en el mundo.
Sólo acertaba á comprender claramente el ritmo espiritual que dejara la canción de amor, cuyas estrofas se diría que flotaban esculpidas en las ondas de aire; y entre todas, una, la evocación del dormido amor materno, vibraba con tanta fuerza que la Duquesa no sólo la oía, sino que creía verla, por doquiera en letras brillantes: Yo sé lo que es amor; el amor santo, El puro y noble encanto De la madre que al niño arrulla y mece Al són de un suave canto, Que canción del espíritu parece.
Mientras tanto Pío Cid se había dirigido á buen paso á su casa, aunque gustosamente se dirigiera á un desierto donde poder meditar sosegadamente sobre las raras impresiones que le agitaban, no obstante ser su espíritu tan fuerte y tan avezado á los misterios de la vida. Sacóle de su abstracción el estudiante Benito, que topó con él en las escaleras de la calle de Villanueva y le detuvo diciéndole: — Una noticia le espera á usted que le disgustará de seguro. ¿No sabe usted que la buena Mercedes acaba de largarse de la casa?
— ¿Cómo ha sido eso, pues? — preguntó Pío Cid sorprendido.
— Yo no sé. Creo que todos estaban fuera de casa, excepto D.* Justa. No sé más que lo que me — 311 — ha dicho Valentina Yo no quiero meterme en nada; pero creo que Gandaria anda en el ajo. A mi me ha dado en la nariz, y — Bien está. Esa criatura ha nacido por lo visto para rodar pelota.
— ¿Qué es lo que le ha caído á usted aquí? — preguntó Benito, tocando á Pío Cid en el hombro y cogiéndole después por la solapa de la levita para olería y cerciorarse de lo que fuese aquel extraño polvillo. — Parecen polvos de rosa. Tienen un olor finísimo.
— No sé lo que será — contestó Pío Cid sacudiéndose con un pañuelo y agradeciendo en su interior aquel aviso, que le libraba de una gresca con Martina.
— No le detengo á usted más — dijo Benito bajando las escaleras; — esta noche volveré un rato.
Entró Pío Cid en su casa malhumorado, y doña Justa se apresuró á repetirle la noticia de la fuga de Mercedes.
— Ya me lo han dicho, y no debe sorprenderme que haya aprovechado para irse de aquí la misma idea que yo le di para escapar de casa de Olivares. Así son las cosas de esta vida. ¿No le dijo á usted nada antes de irse?
— No. Vino llorando á la cocina y me dijo que sentía mucho dejarnos. Casi no podía hablar la pobre. Dijo que esa sería su desgracia, pero que había nacido con ese sino y que qué iba á hacer. Y se fué hecha una Magdalena.
— Bueno; no hablemos más de lo que ya no tiene compostura. Ya sabremos de sobra dónde está y cómo le va.
— 312 — — ^No me mires tan serio— interrumpió Martina.— Yo no lie tenido arte ni parte.
— No te miro de ningún modo ni te echo la culpa. Si la tuvieras, allá tú te las avengas contigo misma.
— ¿Qué olor es ese que traes? — preguntó entonces Martina, que desde que entró Pío Cid no cesaba de aspirar con extraueza el delicado perfume.— Esto parece cosa de mujer — añadió acercándose.— JSTo lo parece, sino que lo es. ¿A ver?...Esta mano es la que más te apesta.
— Será de haber saludado á la mamá de Jaime, que se ha despedido de mí. Se va al Extranjero con su hijo.
— Lo dices así como con sentimiento. ¿Es de verdad que se va? Porque te comunico que la señora esa, ó la tía esa, me está dando muy mala espina.
— Yo no vuelvo más á dar lecciones, y si se va ó no se va, no es cuenta mía ni tuya. Y ten la bondad de no requisarme más, porque no estoy para que me quemes la sangre — concluyó con tono seco, metiéndose en su habitación.
Supo al día siguiente por Valle que Mercedes se había ido á vivir á la calle de Claudio Coello, á un segundo piso con vistas al campo, que Candaría había hecho amueblar muy decentemente; y en el acto decidió escribir á la joven, no para disuadirla, sino para quedar con ella en buena armonía, pensando en el porvenir, y darle de paso algunos útiles consejos, el primero y principal de los cuales era que no contara nunca á Adolfo las miserias de su vida, ni menos que ella y su j)adre liabían pedido limosna, porque estas confidencias darían al traste con el afecto que su amante pudiera tenerle. Le decía, por último, que, en caso de verse abandonada, pensara siempre en él y en su casa, que estaba siempre abierta para recibirla; y á fin de que por su flaca memoria no olvidara este ofrecimiento, le enviaba con la carta una moneda moruna de extraordinarias virtudes, diciéndole que no se la daba j)or ser recuerdo de familia; pero que se la prestaba á condición de que le fuera devuelta por la misma Mercedes en persona, en el caso de que las relaciones con Adolfo terminaran.
Escrita la carta, fué él mismo á llevarla al correo, cruzándose en la calle, sin conocerle, con un criado de la Duquesa que le traía una esquela de su señora, para entregársela en propia mano. Martina la recibió y la dejó en el despacho de su marido, no atreviéndose por el momento á abrirla; pero después de dar muchas vueltas y de disculparse á sí misma con la razón de que entre un hombre y una mujer que se aman no debe de haber secretos, rasgó el tentador sobre y leyó una sola línea de firme y resuelta escritura, que decía no más: ccEsta tarde estaré en casa. — S.»
— ¡En casa! — exclamó Martina, como si le hubiese picado una víbora. — ¡Y S!, P debía de firmar, y Pu, y Dios me j)erdone. Esto no pasa de aquí Ahora se verá quién es Martina de Gomara.
Y en un vuelo se calzó, se echó una falda y se puso el abrigo y el sombrero que halló más á mano, y se lanzó escaleras abajo resuelta á acudir á la — 314 — — 314 — cita y verse cara á cara delante de aquella mujer que tan impúdicamente trataba de robarle el padre de sus hijos. Mas pocos pasos había andado cuando, al pasar por delante de una peluquería, vió en el escaparate dos cabezas de mujer, tan linda y primorosamente peinadas, que la hicieron detenerse un instante á contemplarlas; vió también su propia imagen multiplicada en varios espejos y se acobardó y perdió su resolución. ¿Cómo presentarse de aquel modo delante de una encopetada señora, que quizás ni querría hablar con ella, tomándola por una criada? Volvió, pues, á desandar lo andado, y entró en su casa como una flecha y comenzó á revolver los armarios y los cajones de la cómoda para vestirse con los trapicos de cristianar. Se puso los zapatos de charol y el vestido negro de seda, y el sombrero de castor con plumas verdes, regalo de su marido; los mejores zarcillos y el velo de motas grises; las pulseras y el aderezo de perlas y esmeraldas, sin olvidar el manguito y el precioso quitasol de encaje. Aun con todos estos adornos le pareció su figura poco expresiva, y tuvo por primera vez en su vida la idea de pintarse; halló en un cajón del tocador un pedazo de corcho quemado, que le servía á Valentina para untarse de negro las cejas, que de puro claras apenas se le conocían, y subiéndose el velillo se pintó un poco las cejas y pestañas, con lo que sus grandes y rasgados ojos se asemejaban á dos simas infernales.
En estas idas y venidas topó, sin pensarlo, con la ropa de su marido; y como de repente se le había despertado una terrible desconfianza, la regis- — 315 — tró, y para colmo de su desventura halló en el bolsillo interior de la levita el retrato de la Duquesa, el de los ojos bajos, que Pío Cid, por no parecer desatento, no quiso devolver. Gran esfuerzo tuvo que hacer para no echarse á llorar, y acaso no lloró por no descomponerse el rostro; mas su rabia fué tal, que del despacho fué derecha á la cocina, y con ideas siniestras cogió un cuchillo que escondió dentro del manguito. Entró en la alcoba á dar un beso á los niños, que dormían como dos ángeles. Su mamá, que estaba allí cosiendo, le preguntó: — ¿Adónde vas tan compuesta?
— Voy á buscar á Pío para dar un paseo. Me duele la cabeza, y yo creo que es de estar siempre encerrada en casa.
- Volvió Pío Cid á poco, y lo primero que vió al entrar debajo de la mesa de su despacho fué el sobre de la carta de la Duquesa, cuya letra conoció al punto; entró en la sala y halló todas las cosas por medio; preguntó por Martina y supo que había ido á buscarle.
— No hay duda — pensó; — el buscarme es un pretexto, y adonde va es á mover un escándalo. Vamos allá.
A mitad de camino la divisó marchando tan erguida y gallarda que para verla más tiempo aflojó el paso y le fué haciendo la ronda hasta que, cerca de la casa de la Duquesa, le dió alcance. Antes que él le hablara volvió ella la cabeza y se detuvo.
— Hace un rato que te sigo — dijo él;— ¿adónde diablos vas á buscarme? Al menos tu madre me — 316 — acaba decir que ibas en busca mía para dar un paseo.
— Algo más que un paseo — contestó Martina agriamente.— Voy á devolver á su dueña un retrato que he encontrado en tu ropa. Tú no tienes aquí nada que hacer.
— Siempre tomas las cosas por donde queman. Ni siquiera me acordaba de tener tal retrato. Por olvido no lo devolví.
• — Y te lo dieron y lo tomaste por olvido, ó es que ibas á formar nna galería de bellezas. Mal gusto has tenido para empezar, porque tipos como ése los encuentras en medio de la calle á cualquier hora.
— No seas majadera, mujer. Ese retrato me ha servido de modelo para hacer un dibujo; no me lo han dado á mí, ni había para qué Pero vamos andando, y no estemos aquí de plantón.
— ¿No dices que no te importa nada la sociedad?
— No me importa; pero tampoco me agrada dar espectáculos en la vía pública. ¡Y que no estás llamativa en gracia de Dios!
— Pues con irte está resuelta la dificultad.
— Me iré; y tú te vienes conmigo, y andando me dirás todo lo que quieras.
— Antes tengo que entregar el retrato y hablar cuatro palabras con esa señora.
— El retrato se le puede enviar por el correo. Yo se lo enviaré, diciendo que me dispense el olvido.
— ¿Pero tú crees que yo me mamo el dedo? — Lo que es ahora te pasas de lista. La señora — 317 — esa supo que yo era algo dibujante, y tuvo la ocurrencia de que le hiciera un retrato á la pluma. Esto es todo.
— Y ¿cómo no lias lucido esa habilidad conmigo?
— Porque tú no estimas esas cosas. No les haces caso; dices que son tonterías. Ayer, sin ir más lejos, te di á leer algo mío, y dijiste que no te gustaba perder el tiempo en cosas inútiles.
— Pero un retrato si me gustaría que me lo hubieras hecho.
— Pues te lo haré hoy mismo Pero vámonos de aquí, que si no nos van á dar cencerrada.
— No me muevo si antes no me ofreces que mañana mismo te vas á Barcelona á arreglar casa para que todos vivamos allí. Es una idea que se me ha ocurrido hoy — agregó Martina, que no quería descubrir lo de la carta de la Duquesa; — no es por nada. Es que no quiero más Madrid, ni engarzado en diamantes. Esto es una zahúrda; aquí no se respetad nadie. Ahora, al salir de casa, venía siguiéndome, ¿iio lo has visto?, un viejo verde que podía ser mi abuelo. ¿Qué le parece á usted? Ganas me han dado de volverme y meterle la sombrilla por los hocicos.
— Ya veremos despacio lo que conviene. No tengo interés por estar aquí ni en ninguna parte del mundo. Todo me parece lo mismo y en todas partes me encuentro como el pez en el agua, en agua sucia, se entiende. Si puede ser me iré.
— No es si puede ser; has de decirme que sí, y que mañana mismo, sin falta.
— Bueno; ofrecido — afirmó Pío Cid echando á andar.
— 318 ^ — Pero no creas — agregó Martina, siguiéndole recelosa — que te vas á ir á vivir donde está mi prima.
— Tu prima no está en Barcelona. — ¿Cómo lo sabes?
— ¿No me diste tú á leer una carta en la que decía que se iba contratada á Bilbao y después á Oporto?
— Es verdad — asintió Martina;— no sé lo que me digo. Tú tienes la culpa de lo que me pasa. He perdido la fe en ti, y me parece siempre que vas á engañarme. Yo no puedo ser ya feliz — añadió, á punto de llorar. — Te creía un hombre leal, y veo que eres falso como todos. Luego te quejarás de que te pierda el cariño que te tenía ¡Sí! Te lo voy perdiendo; te lo juro.
— Esas son niñerías. Mañana no te acuerdas más. Y yéndonos de Madrid, con mayor razón — Una idea se me ocurre para celebrar la despedida— dijo Martina al salir por la calle del Barquillo á la de Alcalá; — vamos á comer juntos donde primero se nos antoje. Con el disgusto se me ha abierto el apetito Pero no lo eches á broma; cree que cuando vi el retrato me dió un vuelvo el corazón. Pero, hombre — agregó sacando el retrato del manguito, — si no vale nada la mujer ésta; yo creía que era otra cosa. Vamos, ¡bahi (rompiéndolo en varios pedazos), ni siquiera vale la pena de devolverlo. Supongo que no te ofenderás porque lo tire por ahí (tirándolo por la boca de una alcantarilla). Después de todo — No me ofendo por nada; pero ¿qué es lo que llevas ahí en el manguito?
— 319 — — Un cQcliillo. Quizás si no me alcanzas, á estas horas hubiera hecho con el original lo que acabo de hacer con el retrato. Y si no te vas mañana, así, así, riendo, haré algo gordo. ¿No te he dicho que tú no me conoces á mí?
— Sí te conozco, y sé que tienes sangre y que la sangre te ciega y te hace ver lo que no existe más que en tu imaginación. Pero ¿y ese apetito?
— No es de comer muchos platos — dijo Martina, cogiéndose del brazo de Pío Cid; — es un deseíllo que me ha venido de comer fuera de casa, ¿te acuerdas cuando el embarazo? Entonces eras más amable. Vosotros los hombres, en cuanto una mujer tiene chiquillos, la jubiláis, como si ya no sirviera para nada. ¿Sabes lo que más me apetece? Unas ostras y una copita de manzanilla.
— Pues si quieres entraremos aquí.
Martina soltó el brazó de Pío Cid y entraron en Fornos. Como entraron en un cuarto reservado, no ha sido posible averiguar la interesante conversación que allí tendrían; pero el viaje debió quedar decidido, porque al día siguiente bajaron los dos á la estación del Mediodía á la hora del expreso, en el que salió Pío Cid para Barcelona, donde el porvenir le reservaba nuevos y útilísimos, al par que famosos trabajos. Martina no le dejó pie ni pisada hasta verle partir, desconfiada y temerosa de que, si le dejaba solo, fuera á despedirse de la Duquesa.
Pío Cid partió contento, porque en estos cambios decididos por el azar, y á los que él nunca se opuso, creía ver la acción de la fuerza misteriosa que rige la vida de los hombres, encaminándoles — 320 — hacia sus verdaderos destinos. Sin embargo, la idea de liaber vuelto á la Duquesa las espaldas sin una mala excusa le preocupaba, é iba pen^ sando remediar esta involuntaria desatención con una carta de despedida. Como lo pensó lo puso por obra; en la parada de Alcalá de Henares pasó, al coche-comedor, y pidiendo avíos de escribir urdió una original y piadosa misiva, que echó en el buzón al detenerse el tren en Guadalajara.
Á otro día, por la tarde, volvía la Duquesa á su casa, después de tener una larga y secreta entrevista con su galanteador favorito, el arrogante capitán de húsares, y créese que, no obstante lo que las malas lenguas murmuraban, no había habido nunca en estas relaciones nada pecaminoso, y que fué este día, y no antes, cuando se rindió la fortaleza de la virtud y del recato de la Duquesa, la cual dicen también que, por descargar su conciencia del peso de su falta, echaba la culpa de ella á los consejos liberales de Pío Cid. No fué leve su sor^Dresa cuando halló el mensaje de éste, escrito fuera de Madrid á juzgar por el sobre. No era carta, ni tenía fecha ni firma; no era poesía ni prosa; era una gota de bálsamo envuelta en una alegoría, cuyo sentido íntimo escapaba á la penetración de la Duquesa, aunque el efecto que le produjo faé de arrepentimiento por el mal paso que acababa de dar, y de nueva y más honda desilusión por el amor de los hombres; era un diálogo entre una Sombra y un Enamorado, y decía así: — 321 — SOLEDAD.
La Sombra.
De amor soy mensajera Que á consolarte viene. La mujer que tú adoras Me envía á ti y á ti vine volando En un suspiro que nació en su pecho.
El Enamorado.
¿Vienes de un pecho amante? ¿No vendrás de unos labios mentirosos?
La Sombra.
Yo soy como el espacio en noche obscura Cuando están escondidas las estrellas. Aire parezco y sombra, Mas el fuego amoroso va en mí oculto.
El Enamorado.
Ya no hay fuego ni amor; Sólo queda una sombra en un desierto: El desierto es el frío de la vida, Y la sombra es el humo de las almas.
La Sombra.
¡Vagar sin esperanza por la tierra! ¿A qué la vida si el amor perece?
El Enamorado.
Aun, si me fueras fiel, Me quedas tú en el mundo, Sombra amada* — 323 — Muere el amor, mas queda su perfume. Voló el amor mentido, Mas tú me lo recuerdas sin cesar La veo día y noche.
En mi espíritu alumbra El encanto inefable De su mirada de secretos llena.
Arde en mis secos labios El befo de unos labios que me inflaman, Y cerca de mi cuerpo hay otro cuerpo Que me toca invisible.
Mis manos, amoroso Extiendo para asirla Y matarla de amor entre mis brazos, Y el cuerpo veloz huye Y sólo te hallo á ti, ¡mujer de aire!
La Sombra.
De amor soy mensajera; Cree y confía. ¡Sigúeme!
El Enamorado.
Ya no hay fe ni esperanza; Todo murió; mas tú no me abandones. Murió al pensar en los amores vanos Que siembran nuestra vida De tormentos crueles. ¡Sombra amada! Mi amor es siempre tuyo. Como no tienes cuerpo eres eterna. Sé tú el veloque nubla mis sentidos; Yo seré para ti la luz piadosa Que de la nada crea la ilusión. Voy lejos, no sé s dónde; Mas no voy solo, tú vas junto á mi. Vas flotando, flotando Como una sombra que eres, Una estatua esculpida en noble espíiitu, Pura idea de amor - 323 — Con larga cabellera luminosa.
No puedes fatigarte; Mas si te fatigaras, como á un niño Te tomaré en mis brazos con ternura^ Te meceré, poniendo tu cabeza Junto á mi corazón, Y dormirás soñando en un misterio.
FIN DEL TOMO SEGUNDO.
V OBRAS DE ANGEL GANIVET.
ESTUDIOS.
-y Granada la bella. — Edición privada. — Helsingfors. IS'.Mj.
OBRAS NOVELESCAS Y DRAMÁTICAS.
La conquista del reino de Maya por el último conquistador espaTwl Pío C/í/. —.Aíadrid, 1897. trnhajos del infatigable creado^' Pío Cid. — Tomos i y ii.
--:Madrid, 1898^ La Tragdia. — Testamento místico de Pío Cid. (Inédita.) La casa eterna. (Comedía de costumbres andaluzas.)
Cartas finlandesas. — Granada, 1898.
Hombres del Norte. — Semblanzas criticas de literatos noruegos, dinamarqueses, suecos y finlandeses. — (En publicación.)
Se hallan puestos á la venta: La conquista y Los trabajos á 3 pesetas el tomo, y el Idear ium español á 1,50.
Diríjanse los pedidos: En Madrid, á Victoriano Suárez, Preciados, 48, y en Granada, á Viuda é hijos de P. V. Sabatel, Mesones, 52.
Jdeariiim español. — Granada,!897. La vieja Europa. — (En preparación.)
COLECCIONES DE ARTICULOS.
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