Eran más los hombres que las mujeres; y como sólo las mujeres iban disfrazadas, predominaba en el baile el tono obscuro de la ropa masculina. Así, paseando la mirada sobre este fondo uniforme, €asi se podía ir contando las máscaras. Notó, j^ues. Pío Cid, á poco de entrar, un grupo de seis máscaras, sentadas casi enfrente de su palco. Todas iban vestidas ó encapo chonadas de negro, con vivos rojos, como una bandada de pájaros ó como personas de la misma familia. Unas antes, otras después, iban saliendo á bailar cuando alguien las invitaba, y volvían luego á sentarse en el mismo sitio, en el que quedaban siempre dos por lo menos de la banda. Y Pío Cid notó también que las dos eran siempre las mismas.
Maquinalmente se levantó, bajó al salón, y después de dar una vuelta por el centro, se acercó á las dos máscaras é invitó á bailar á una de ellas, que era más alta y más delgada que la otra. La máscara dió las gracias, y se excusó diciendo que estaba fatigada. A lo cual replicó Pío Cid: — ¿Cómo está usted fatigada si no ha bailado ni una sola vez?
Y diciendo esto, se sentó al lado de la máscara, — soque, oyendo aquella pregunta y viendo aquel descaro, dijo con voz un tanto agria: — Le advierto á usted que esa butaca está tomada.
— Ya lo sé — contestó Pío Cid, — y con irme cuando llegue quien se sentaba en ella, estoy cumplido. Pero antes, ¿qué mal hay en que yo insista una y diez veces para que usted baile conmigo?
— ¿Nada menos que diez veces va usted á insistir?— preguntó la máscara con voz algo melosa, pero penetrante como el maullido de un gato.
— Diez no — respondió Pío Cid, — porque usted no es capaz de negarse nueve veces. Ya sé que hasta ahora no ha querido usted bailar con nadie; pero yo tampoco he venido á bailar; y, ahora que me acuerdo, ni siquiera sé bailar, ni me hace falta» puesto que usted no es aficionada al baile. Si á usted le parece, daremos un paseo por la sala y le haré á usted una pregunta que me interesa mucho.
— Mamá — preguntó la máscara á la de al lado,— ¿quieres que dé una vuelta, y vuelvo en seguida?
— Bueno — contestó la mamá; — pero que no tardes.
Pío Cid se había puesto de pie y ofreció el brazo á la máscara, que apoyó en él apenas la mano. Ambos cruzaron la corriente de los danzantes y se perdieron en los grupos del centro de la sala.
— ¿Sabe usted por qué he salido á dar una vuelta?— dijo la máscara, sin que Pío Cid le hubiera hecho ninguna palabra. — Pues porque me ha extrañado que tuviera usted el atrevimiento de querer bailar sin saber.
— 81 — — Eso no es atrevimiento, sino distracción — dijo Pío Cid. — Yo deseaba acercarme á usted, y tomé el pretexto del baile como pude tomar otro.
— ¿Y cómo, sin conocerme — preguntó la máscara,— deseaba usted acercarse á mí y hablar conmigo?
— Precisamente para conocerla — contestó Pío Cid. — Es decir, yo la conozco á usted espiritualmente. y me figuro cómo es su rostro y su cuerpo. Poco me falta ya que conocer.
— ¿Es usted adivino? — preguntó la máscara.
— No lo soy; pero al verla á usted con disfraz he tenido que figurármela de algún modo, porque soy impaciente y no podía esperar á que se descubriera.
— Y ¿cómo se ha figurado usted que soy? — interrumpió la máscara con viveza.
— Tiene nsted— contestó Pío Cid con aire de seguridad— los ojos grandísimos y negros. Más le diré: el antifaz^ que á otras mujeres las agracia porque deja ver los ojos casi por completo, á usted la desfavorece, porque oculta lo mejor que hay en su rostro.
— Usted me dice eso para que me descubra — dijo la máscara. — Usted cree que yo soy ima mujer á quien conoce, y desea salir de dudas.
— Yo no he visto á usted nunca — dijo Pío Cid, —ni usted me ha visto á mí tampoco hasta hoy. Pero yo la conocía á usted, y la he reconocido mirándola desde aquel palco. Si quiere usted venir conmigo — Usted está viendo visiones— dijo la máscara,, dejándose- llevar fuera del salón.
— 82 — Y mientras subía las escaleras apoyada en el brazo de su acompañante, preguntó á éste con voz natural, poco diferente de la fingida con la que hasta entonces había hablado: — ¿Es usted marino?
— Yo no soy marino..., — contestó Pío Cid sonriendo, porque le agradó la perspicacia con que la mascarita había notado su aire rudo é insociable, que algo se parecía al de la gente de mar.
Y luego, como si completara su pensamiento, añadió, mirando fijamente á la máscara: — ¡Esos ojos sí que son la mar!
Entraron en el palco, que estaba solo, y la máscara avanzó algunos pasos para ver el sitio donde sus compañeras se sentaban; luego se retiró al fondo para no ser vista. Pío Cid le ofreció una copa de vino y le mostró un paquete de chucherías por si deseaba tomar algún bocado. La máscara rehusó al principio, y aceptó después una rodaja de salchichón y algunas galletas; y como el disfraz le estorbaba, se echó atrás el capuchón y se levantó un poco el antifaz, dejando verla barba, pequeña y redonda, y la boca, algo grande, de labios rojos muy bien dibujados, entre los que asomaban dos hileras de dientes blanquísimos.
— ¿No quiere usted dejar ver sus ojos? — preguntó Pío Cid con tono familiar.
— No quiero que sufra usted un desengaño — contestó la máscara con cierto aire de presunción, que decía lo contrario que las palabras.
— Usted sabe — insistió Pío Cid — que no ha de haber desengaño, sino sorpresa agradable. Yo sé cómo son sus ojos porque los he visto. ¿No dice — 83 — usted que yo veo visiones? Pues los he visto en una visión que tuve la noche pasada.
— Entonces no tiene usted necesidad de verlos, — replicó la máscara.
— Al contrario, deleita más— dijo Pío Cid — ver -en la realidad lo que ya se ha visto en sueños.
La máscara no se hizo rogar más, y descubrió por completo su rostro, que era de bella y rara expresión. Pío Cid se quedó sorprendido, mirando aquella extraña mujer; los ojos eran inmensos, como él los había adiviuado, y las facciones muy semejantes á las que él se figuraba; pero él había ideado una belleza que tenía algo de raza negra; una mujer morenísima, de ojos brillantes y cabellera fuerte y rizada, en tanto que aquella joven tenía la tez clara, los ojos lánguidos, soñadores, y el cabello fino, sedoso. La joven le miraba con inocente coquetería, y él le preguntó: — Tiene usted el tipo acabado de una criolla. Usted es española, pero no es de España.
— ¿De dónde cree usted que soy? — preguntó la joven.
— El acento es español, casi andaluz; pero yo diría que es usted cubana La joven se echó á reir, y per la risa comprendió Pío Cid que no se había equivocado.
Carlos Cook y D. Benito entraron en el palco con unas máscaras, y la joven se bajó el antifaz y se echó el capuchón.
— Vámonos— dijo Pío Cid, mientras D. Benito le decía: — Vaya, maestro, que usted también se arregla <5omo puede.
— 8i — — Á ver si esa mascarita es la del sexto sentido,— agregó Cook en tono jovial.
— ¿Por qné le ha llamado á nsted maestro ese amigo? — preguntó la joven, apoyándose de nuevo en el brazo de Pío Cid.
— Porque le doy lecciones — contestó éste echando á andar. — Somos compañeros de casa.
— Es extraño — dijo la joven; — yo no me figuraba que usted diera lecciones.
— ¿Qué había pensado nsted de mí? — preguntó Pío Cid.
— Nada. Que -era usted un hombre raro — contestó la joven. — Pero — añadió deteniéndose — por ahí vamos á la calle.
— Sí, vamos á respirar un poco, que aquí se asfixia uno. Volveremos muy pronto.
— Es que si tardo me van á reñir — replicó la oven.
— No tenga usted cuidado, yo iré con usted y no ocurrirá nada — le aseguró Pío Cid.
Y al mismo tiempo recogía su capa del guardaropa y se la echaba sobre los hombros á la joven con igual naturalidad que si ésta fuese una criatura de pocos años, diciéndole: — Usted debe abrigarse bien, porque no estará acostumbrada á este frío Súbase también un poco el antifaz.
• — Pues no he sentido ningún frío en los do& meses que llevo en Madrid Pero me parece un disparate salir ahora del teatro Y luego que yo apenas le conozco á usted —iba diciendo la joven, sin atreverse á volver pies atrás, como si un lazo misterioso la obligara á seguir al lado de Pío Cid.
— 85 — Y este lazo era el temor de separarse de él y de perder de vista, quizás para no volver á encontrarle, á un hombre que le había llamado la atención, aunque sin despertarle gran simpatía.
Pío Cid debió de comprender esto, porque después de un rato de silencio, comenzó á hablar asi: — La invité á usted á pasear para decirla á usted algo que me interesaba, y para decírselo á solas, en pocas palabras, me he atrevido á sacarla del baile. Antes de verla á usted, cuando sólo la conocía por figuraciones, había yo decidido acercarme á usted para no separarme más. Yo no sé qué sentimiento es éste que yo tengo ahora, y casi puedo asegurar que no es amor, porque ya soy viejo para enamorarme; podría ser padre de usted, y si no la miro con ojos de padre, tampoco me -atrevo á hacer ninguna declaración de amor, que me parecería ridicula, porque no se me ocurre naturalmente y tendría que urdirla con frases artifi--ciosas. Me gusta en todo la naturalidad, y lo natural en mí ahora es decirla que deseo que vivamos unidos, sea en la forma que fuere, porque de seguro esta unión ha de crear entre nosotros algún grande y noble afecto, que en este instante no acertamos ó, mejor diclio, no acierto yo á prever. Por mí no hay dificultad ninguna, pues me hallo solo en el mundo, sin obligaciones ni ligámenes, y puedo cambiar de postura cuando se me antoje; pero usted tiene familia y no puede usted abandonarla ni yo meterme por las puertas de rondón.
La joven escuchaba estas inesperadas razones sin saber qué pensar ni qué decir. Había tenido — 86 — muclios novios y había oído muchas declaraciones de amor; pero ninguna, ni á cien leguas, se aproximaba á la de Pío Cid, para la cual no había^ contestación preparada en el repertorio que ella, como todas las muchachas casaderas, tenía para estos casos. Un momento pensó que aquel hombre no era raro solamente, sino loco de remate. Sin embargo, le hacía desechar este mal pensamienta la idea de que lo que él le explicaba era lo mismo que ella sentía. Ella tampoco estaba enamorada, ni podía estarlo, de una persona desconocida poco antes; y ella también deseaba seguir á su lado, como si hallara en él un protector que le inspirase igual confianza que un padre ó un hermano. Al fin, después de mucho dudar, rompió el silencio con Tina pregunta, la primera que se le ocurrió, al mismo tiempo que asomaban á la calle de Alcalá: — ¿Por qné no habla usted con mi mamá y con mi tía, que algunas veces han pensado admitir huéspedes?
— ¿Viven ustedes solas? — preguntó á su vez- Pío Cid.
— Solas, mi mamá, mi tía, mis tres primas y yo; pero no es seguro que estemos mucho tiempo en Madrid.
— ¿Piensan ustedes irse á Cuba?
— No, á Barcelona con una familia conocida.
Y al decir esto, la joven intentó soltar el brazo de Pío Cid y preguntarle por qué se dirigía á la acera opuesta.
— Vamos á la chocolatería de enfrente — contestó Pío Cid antes que le preguntara, — un mo- — 87 — mentó nada más. Me ha interesado mucho lo que me ha dicho usted, y desde luego estoy decidido á irme á vivir á su casa si me admiten, y á trabajar para que no se vayan de Madrid si está en mi mano hacerlo. Sólo que á mí me agrada la franqueza, y he de decir que voy por estar cerca de usted, y no sé qué van á pensar.
— Para decir eso — respondió la joven, — más vale que no vaya y se ahorra el viaje Pero no sé á qué venimos aquí — -añadió al llegar á la puerta de la Chocolatería de Madrid; — yo no entro así como voy, y además se nos va á hacer muy tarde.
— Iremos á otra — dijo Pío Cid, — aquí cerca, donde habrá menos gente, y si usted quiere, mi casa está á dos pasos, como quien dice; venga usted y verá mi madriguera.
— Vamos, no faltaba más, sino que yo fuera sola á su casa — -dijo la joven, sin dejar de seguir á Pío Cid, y entrando con él por la calle de Peligros.
— Verá usted — añadió tranquilamente Pío Cid — -cómo vivo, y viéndolo tendrá más confianza en mí, pues no sé por qué me figuro que usted cree á ratos que yo soy un loco ó un libertino. Ahora no hay nadie en mi casa, y no han de verla á usted, ni aunque la vieran la conocerían, ni aunque la conocieran perdería usted nada en ello. Voy á dejar mi cuarto mañana mismo, y quizás algún día le agrade á usted haber estado en él para saber donde vivía yo al conocerla Porque no sabemos lo que una simpatía que nace así, al azar, puede traer consigo; yo, sin más que esta simpatía, — 88 - deseo ya saber cómo vive usted, y dónde y cómo ha vivido desde que nació; y si llegara á quererla de veras, como lo espero y casi lo temo, desearía conocer hasta sus más escondidos pensamientos y todas las vicisitudes de su vida, prmcipalmente las penas que ha debido pasar y que le han puesto en los ojos ese velo de tristeza, que me entristece á mí también.
Con esta conversación llegaron a la calle de Jacometrezo y á la puerta de la casa, seguidos del sereno, al que al pasar le había dicho Pío Cid que viniera á abrirles. Cuando la puerta estuvo abierta. Pío Cid le dió unas cuantas monedas y le pidió algunos fósforos. La joven entró la ¡primera, y ambos subieron las escaleras, yendo delante con un fósforo encendido Pío Cid, quien, al llegar al tercero, tiró del cordón que quedaba puesto todas las noches para que la criada no tuviera que esperar á los huéspedes rezagados, y abrió sin mover ruido. Ambos entraron en el cuarto de enfrente de la puerta, y mientras la joven, fatigada, se sentaba en un sillón colocado delante de la mesa. Pío Cid encendía otro fósforo y buscaba la palmatoria que solía estar sobre la mesa de noche.
— Tiene esto gracia — exclamó después de echar una ojeada por la habitación, — me han dejado sin luz. La verdad es que, como yo no la uso nunca, quizás me la quitaron hace tiempo, sin que yo lo haya notado hasta ahora.
— Y ¿cómo se arregla usted sin luz? — preguntó la joven, no comprendiendo aquella ocurrencia. — Se pasará usted la noche fuera de casa.
— Al contrario — resj)ondió Pío Cid encendiendo - 89 — otro fósforo, — es que me acuesto al obscurecer, y aunque no me acueste me gusta más, cuando estoy solo, estar á obscnras.
— Todas las cosas las hace usted al revés de los demás — dijo la joven.
— Voy por aquí fuera á ver si encuentro algo con que alumbrarnos — dijo Pío Cid, — antes que los fósforos se acaben.
— Mejor es — dijo la joven — que nos vayamos en seguida, no sea que se despierte alguien y nos vea.
— Espere usted un momento — dijo Pío Cid, echando otro fósforo y saliendo del cuarto.
La joven se levantó temerosa, y en el silencio y la obscuridad oyó la primera campanada de un reloj distante, aguzó el oído y contó los cuatro cuartos y luego la una, las dos, las tres y las cuatro. Aqnel reloj parecía el cuento de nunca acabar.
— ¿Usted no ha oído la hora? — preguntó á Pío Oid que volvía, sin haber hallado más que un pequeño cabo de vela en el cuarto de D. Benito. — Mire usted el reloj, porque no es posible que sean las cuatro.
— Yo DO gasto reloj — contestó Pío Cid, — pero creo que no puede ser tañ tarde.
— Ahora suena otro reloj — dijo la joven, — no haga usted ruido — Las cuatro son — dijo Pío Cid, con gran serenidad,— parece mentira cómo paseando se nos ha ido el tiempo. Sin duda nos hallábamos muy á gusto el uno al lado del otro — No hable usted de ese modo — interrumpió la - 90 — joven echándose á llorar. — Ya me habrán echado de menos, y quizá me estén buscando por todo Madrid Y ¿cómo me presento yo ahora delante de mi mamá?
— Me presentaré yo, como le ofrecí á usted — contestó Pío Cid, — y no ocurrirá nada. Lo que yo siento es que usted piense mal de mí; pero ahora que nos ha ocurrido esto, aunque me da pena de ver llorar á usted, me alegro, porque quizá de este disgustillo salga nuestra felicidad. Muchas veces — añadió acercándose á la llorosa joven y secándole las lágrimas, — las cosas se encargan de dirigir á las personas, y ya verás cómo á nosotros nos dirige esta pequeña torpeza. Si tú quieres — prosiguió tuteándola ya resueltamente, — mañana mismo podemos vivir juntos en tu casa, y cambiar todas vosotras y yo la vida que hasta aquí hemos llevado. Seis mujeres solas no pueden ir á ninguna parte buena, y, sin cometer indiscreción, te diré que os hace falta un hombre en la casa. Poco me has dicho tú, pero me basta j)ara saber hasta el cabo de la historia. Tú no has sido, ni quizás tu madre tampoco, pero alguien de tu casa ha ideado ir al baile, como quien va á probar fortuna, porque no se presenta por los caminos naturales salida para vuestra embarazosa situación. Y sin vanidad te aseguro, pues conozco bien la gente que hoy se estila, que de todos los hombres que estábamos en el baile, 5^0 soy el más á propósito para sacaros á flote á todas juntas. No soy rico, pero lo que tengo me sobra y no me lleva ningún interés bajo, ni se aviene con mi carácter aprovechar las flaquezas de los que se hallan en apuro. Yo — 91 — — 91 — puedo ir á tu casa como huésped, pero con esto poco ó nada se adelantaría por faltar intimidad y confianza para que pudiérais acudir á mí; en cambio, si mañana nos presentamos los dos juntos y tú haces lo que yo te diga, todo se arreglará á gusto de todos.
— Pero ¿qué van á decir de mi? — preguntó la joven, que no comprendía por completo el plan de Pío Cid.
— Si dicen algo malo lo dirá tu misma familia, que se guardará de dar un cuarto al pregonero. Yo te digo esto á disgusto, porque parece que doy á entender que te tomo como pretexto para gobernar tu casa ó que deseo que tú te sacrifiques por toda tu familia. La verdad es que si yo he pensado lo que te he dicho, lo he pensado por ti, y que tú eres quien me atrae y quien es el centro de todas estas ideas mías. Pero los años no pasan en balde, y yo he aprendido á conocer que los sentimientos deben someterse á la prosa de la vida. Yo hubiera podido preguntarte las señas de tu casa y esperar á que mañana salieras, y seguirte, y hablarte, y escribirte cartas necias y rondarte como un mozalbete y pasar las semanas en este juego tonto, en el que yo me hubiera puesto en ridículo, mientras tú y tu familia luchábais quizás contra la miseria y sufríais las mayores privaciones. ¡Cuánto mejor no es saltar por encima de ciertas convenciones, que en este caso no sirven más que de estorbo y hablar con entera franqueza! Tu familia comenzará por poner el grito en el cielo, pero despnés comprenderá la razón y callará. Esto lo has de ver.
— 92 — — 92 — La joven se había levantado, mientras Pío Cid hablaba, y parecía más tranquila. Sin dnda pensaba que el mal estaba ya hecho y que lo mejor era confiar en aquel hombre que no imrecia malo y que tenía el dón de adivinar lo que á ella y su familia les pasaba. Todo aquello la sorprendía, le sonaba á música nueva y nunca oída; ni su malicia era tanta que imaginase ser víctima de un seductor astuto y perverso, ni su inteligencia tan despierta que comprendiese habérselas con un misántropo que de repente había sentido una ráí'Aga de amor, y por ella el deseo de correr una aventura filantrópica y extravagante. Lo que la joven percibía muy bien era que aquel hombre hablaba como un libro y demostraba un conocimiento exacto y admirable de la situación. Así, pues, sintió que se le iba del pecho la congoja que la ahogaba, y comenzó á sentir curiosidad y á mirar por todos lados para hacerse cargo de la habitación en la que, sin darse cuenta hasta entonces, se hallaba; luego, mientras Pío Cid se sentaba en el sillón que ella había dejado, comenzó á husmear los libros y papeles que sobre la mesa había; después se acercó á la mesa de noche, vió un papel blanco que asomaba por el cajoncillo entreabierto; cogió el pedazo de papel y leyó en voz baja y con dificultad, porque la letra era malísima, unos versos, sin título, que decían así: ¡Oh qué extraña visión me aparecía esta noche en mis sueños! Un ángel con las alas extendidas bajaba de los ciclos; volando suavemente se acercaba — 93 - á los pies de mi lecho, y con triste expresión me contemplaban sus ojos grandes, negros.
Que era un nuncio divino yo creía, sus blancas alas viendo y su forma en el aire suspendida como un fantasma aéreo. Mas aquella figura me miraba, y yo angustiado, trémulo, mi corazón sentía que abrasaban sus ojos grandes, negros.
Yo quería escapar, pero en la huida dejaba allí mi cuerpo, y sólo, encadenado lo veía con cadenas de hierro. La piedad y el amor me sujetaban y volvía de nuevo, aunque la esfinge inmóvil me clavara sus ojos grandes, negros.
Quizás aquella esfinge no traía ningún mensaje célico, sino que era la imagen dolorida de mis amores muertos. Se fué con la primera luz del alba, y aun á saber no acierto qué me diría cuando en mí fijaba sus ojos grandes, negros.
— ¿Ha escrito nsted estos versos? — preguntó la oven cuando acabó de leer. — ¿Es usted también poeta?
— Buen poeta estoy yo — respondió Pío Cid. — Esos versos los compongo durmiendo, y no valen la pena de que nadie los lea.
— Pues me gustan mucho — replicó la joven. — Ahora veo que no era broma lo que usted me de- — 04 — cía de la visión. ¿ Es verdad que ha tenido usted esa visión?
— Sí, es verdad: pero no era visión; ahora veo que eras tú misma, ó el presentimiento de que iba á encontrarte.
— ¿Entonces por eso me dijiste— preguntó la joven tuteando á Pío Cid por primera vez — que yo tenía los ojos negros?...Pero he leído aquí una cosa á ver — añadió releyendo la poesía. — ¡Qué letra más infernall aquí cda imagen dolorida de mis amores muertos» ¿Qué amores muertos son esos?
— ¿No me quieres todavía — preguntó Pío Cid con dulzura — y ya empiezas á estar celosa?
— No son celos, pero contesta — insistió la joven. — ¿Qué amores son éstos? Por algo me ha dado á mí el corazón, y mi corazón nunca me engaña, que tú eras un hombre gastado, un calavera. Tienes el aire avejentado, pero se ve que eres más joven que pareces, y que lo que te sale á la cara son las picardías.
— Buena idea tienes de mí — dijo Pío Cid eludiendo la pregunta.
— No es mala idea — replicó la joven. — Puedes ser muy bueno, y para serte franca, lo que me ha ■dado el corazón es que eres un hombre muy bueno y al mismo tiempo muy malo, es decir, duro y no sé explicarme — Más vale que no sepas, porque me dirías algún disparate — interrumpió Pío Cid.
— Pero ¿y los amores esos? — insistió aún la joven.— A esto no me quieres contestar. Estarás estudiando el embuste.
— 95 - — Esos amores son — contestó Pío Cid gravemente— las ilusiones perdidas. Yo no hablo de ninguna mujer, y aunque hablara sería de amores muertos ya.
— ¿Me juras que no has compuesto esos versos para ninguna mujer?- — preguntó la joven con voz tierna, como si de pronto se sintiera poseída de un sentimiento nuevo y extraño.
— Para ninguna; es decir, para ti, antes de conocerte. Esta es la verdad — contestó Pío Cid.
Y al mismo tiempo su pensamiento se alejaba de allí volando á tierras lejanas, donde veía sombras de mujeres que él quizá había amado, y cuyo recuerdo había venido á visitarle en forma de visión alada y á anunciarle la resurrección del amor «n aquella mujer de ojos grandes y negros que la fatalidad le había puesto delante. Y él se veía encadenado, sin poder ni querer huir, resignado voluntariamente á seguir un nuevo rumbo y á arrojarse en brazos del azar. Entonces sintió una hondísima y desconsoladora tristeza, y se echó á llorar como un niño. La joven le veía llorar con asombro sin atreverse á romper el silencio. Sonaron en la escalera pasos de los huéspedes que volvían, y ella fué á la puerta á ver si estaba bien «errada; volvió junto á la mesa de noche y apagó el moribundo cabo de vela, que se derretía sobre la piedra de mármol, para que no vieran luz encendida los que entrasen. Luego se acercó á Pío Cid, le cogió á tientas la cabeza, se sentó sobre sus rodillas, le echó un brazo por el cuello y comenzó á besarle los ojos para enjugarle las lágrimas.
TRABAJO SEGUNDO.
Pío Cid pretende gobernar á unas amazonas.;;. j Azarosa fué por demás la vida del capitán de infantería D. José Montes, y si hubiera de referirla punto por punto tendría materia sobrada para llenar varios volúmenes. No más que con la relación de los traslados que sufrió en su carrera^ desde que la comenzó de soldado raso á mediados de siglo, hasta que se retiró de capitán graduado de comandante á los cincuenta años de servicios, y con la descripción de los disgustos que le dió D.* Socorro, su mujer, en veintitantos años que le duró á la infeliz señora una enfermedad crónica de la matriz, que la tenía siempre en estado de excitación insoportable, habría asunto para escribir una docena de capítulos, Uenoá d^ abusos é injusticias, de dolores y de miserias. El capitán Montes fué perpetuamente el tipo del hombre obscuro, que se halla en todas partes, y á quien nunca le ocurre nada digno de mención. Su vida era una proeza continuada, y no había ninguna proeza en su vida. Estuvo en la guerra de África, en el Norte y en Cuba, y nunca ttiyo ocasión para lucirse, como él hubiera deseado,: y que no por su inteligenQÍa, que era iñediana:^ ni — 98 — — 98 — por su pericia, que era la de un militar rutinario, por su corazón, que era de buen temple. ¡Qué remedio! No tenía fortuna, y tuvo que tener paciencia y subir paso á paso y quedarse en los primeros escalones. Pero como el capitán Montes, aunque pobre y sin fortuna, era un hombre á la buena de Dios y con su pizca de filosofía, se consideraba venturoso en medio de sus contrariedades, y decía continuamente que si mil veces volviera á nacer mil veces haría lo mismo que había hecho, incluso casarse con la que fué su mujer, la cual, aunque le dió muchos malos ratos, tenía un corazón de oro y había sido una madre como pocas. Así, cuando al buen capitán le llegó la hora de morirse, en Murcia, al lado de su hija Candelaria, con la que se fué á vivir cuando se quedó viudo, cuentan que mandó llamar á un capellán castrense, llamado D. Gualberto González, que era su mejor amigo, para tener con él una última entrevista y cumplir los deberes de baen cristiano. Como su amigo le conocía muy á fondo, no tuvo la entrevista el carácter de una confesión, sino que ambos platicaron largamente con familiaridad y tan sin reserva, que Candelaria oyó gran parte de las razones que su padre tuvo en aquella hora suprema, y recordaba siempre la serenidad con que, resumiendo toda su vida, dijo: «Yo no sé si será vanidad esta pretensión mía; pero crea usted, amigo D. Gualberto, que ahora que me veo tan cerca de cerrar el ojo, estoy más satisfecho que nunca de mi conducta y más convencido de que he hecho cuanto me tocaba hacer en el mundo. Mi pobre Socorro me echaba siem- — 99 — pre en cara mi falta de resolución, y hubiera querido que yo llegara á general, puesto que otros sin valer más que yo llegaron, Dios sabe cómo; y claro está que á mí me gustaría dejar á mis hijos un nombre encopetado, y que les diera más lustre que el que puede darles el de un obscuro capitán, que es lo más que yo he podido ser; pero al menos mi nombre es honrado como el primero y en mi hoja de servicios consta que yo permanecí siempre fiel á la disciplina; y habiendo estado en medio mundo, y nunca con muchos haberes, tengo el orgullo de no deberle nada á nadie y de no haber dejado á nadie un mal recuerdo mío. A mi mujer no le faltó nada en la larga enfermedad con que Dios quiso probarla á ella y probarnos á todos, y mis cinco hijos quedan colocados y no necesitan ya de nadie. Ricardo, el mayor, sigue en Barcelona, y ahora parece que sentó los cascos y que tiene un destino bastante decente en una oficina de Seguros. Ya sabe usted lo calavera que me salió este picaro de Ricardo y lo mucho que me ha dado que hacer y lo que yo he bregado para ver de darle una carrera formal; siquiera he conseguido que sepa bien de pluma y cuentas, y con esto y con su dón de gentes, creo que no le faltará nunca que comer. Por el que estoy más tranquilo es por Luis, porque éste tiene su carrera; y aunque pasa sus apuros, y más ahora que está en Madrid, donde con el sueldo de teniente no hay para empezar, pronto ascenderá y mejorará algo. Ahora le he escrito para quitarle de la cabeza la idea que tiene de pedir para Filipinas, porque yo soy perro viejo y estoy al cabo de lo — 100 — que pasa en Ultramar. El Pepe me salió poco hábil para los estudios, y no pudo entrar en la Academia, pero él se ha sabido buscar la vida; so pasó á la Guardia civil, y ahora lo tiene usted en Cuba muy bien casado y muy contento. Este era el mejor de todos, y yo estoy seguro de que será el más feliz, porque, desengáñese usted, D. Gualberto, para mí la primera cualidad del hombre es la bondad, y aunque se diga que los pillos prosperan, me río yo de estas prosperidades; al fin el que es bueno es el más estimado de todo el mundo, y aunque no consiga glorias del otro juevesconsigue vivir á gusto y hacer felices á los que le rodean. Con las mujeres es otra la canción; no tienen más salida que casarse, y si le digo á usted la verdad, ninguna se casó completamente á mi gusto. Este Colomba no es malo, usted le conoce de sobra; pero es un hombre sin pies ni cabeza y.con el que no se puede contar para nada; menos mai que tiene para vivir con desahogo, y á mi Candelaria, ya que pasa sus tragos, al menos no le falta nada y podrá educar bien á mis nietas, que en verdad lo merecen, porque lo que es la Candelita en particular, esto no es ceguedad de abuelo, va á ser un prodigio. Usted sabe los disgustos que sufre mi Candelaria y la saliva que yo he tenido que tragar para no enviar á mi yerno á paseo; pues bien, más tranquilo me moriría si tuviera á mi Justa á mi lado, casada con otro Colomba, aunque fuera con otro un poco peor. Las hermanas creen que Justa es la afortunada de la familia, y casi le tienen envidia por pensar que