» — Bonilla — dijo Orellana — es un informal y cree que todos son como él. A ver si no está aquí el palco — añadió, mostrando un papel encarnado. Y en casa está todo lo demás.
» — Magnífico — exclamó Bonilla; — me retracto de lo dicho, y reconozco que eres digno de una notaría y hasta de nn archipampanato.
)>Para los lectores que no están en el secreto, conviene declarar que Pepe Orellana acababa de ganar por oposición una notaría, y que con tan fausto motivo había dispuesto, en obsequio de algunos compañeros y amigos, un banquete en la casa en que se hospedaba, y para acabar de echar á perder la noche, un rato de broma en el teatro de la Zarzuela, donde había baile de máscaras.
)) Llegaron los tres amigos á la casa donde vivía Orellana, en la misma calle del Arenal; subieron al segundo, y después de soltar sombreros y capas en el pasillo, entraron de rondón en el comedor, en el que estaban de pie vociferando varios jóvenes.
í)Aunque interrumpieron su acalorada disputa al llegar Orellana y sus amigos, debían disputar sobre un tema ya pasado en cuenta, porque Orellana, apenas entró, dijo: 2> — Haga usted el favor, D. Benito, de dejarnos en paz con su alimento químico, que hoy no es día de aplicar ningún invento, sino de comernos una paella valenciana que yo le encargué á doña Paulita, y que Dios haga que salga bien.
))Y dicho esto le miró con fijeza, como si fuera á comérselo con los ojos, mientras con un gesto habitual en él se subió de liombros y se tapó la boca con la mano derecha, apoyando sobre el arco que forman el pulgar y el índice la nariz ancha y aplastada, que era lo más característico de su fisonomía de hombre testarudo.
3>E1 D. Benito no contestó. Era un joven farma- — 57 — céutico, mancebo de botica y autor del invento á que se refería Orellana. Yo no sé si el invento sería disparatado, pero el aspecto del joven no daba buen indicio, pues la frente era pequeña y los ojos tan próximos, que no distaban el uno del otro más de media pulgada. Parecía más terco que inteligente.
))Los demás que estaban en el comedor tenían figura más distinguida. Uno de ellos, de aire seco y flemático, era canario, natural de Orotava, y al saber que se llamaba Cook y Pérez, se caía en la cuenta de que era un español retocado de inglés. Los otros dos eran bilbaínos, y estaban para acabar la carrera de ingeniero. Se llamaban D. Camilo de Aguirre y D. Serapio de Asúa, y eran amigos inseparables y grandes aficionados á gastarse alegremente el dinero.
))Don Serapio se moría por la ópera y los toros, y después de Dios ponía á Gayarre y á Frascuelo. Casi siempre hablaba gritando, como no se lo impidieran las ronqueras que solía coger y que le obligaban á llevar al cuello, como medida preventiva, un pañuelo de lana.
í)El D. Camilo era más ecléctico y se aficionaba á toda clase de diversiones, en particular á las piezas en un acto. En los teatros por horas era muy conocido, no sólo porque iba con frecuencia, sino por un rasgo fisonómico muy marcado. Sus narices eran de las llamadas de á cuarta, y seguramente tendrían nueve centímetros, más bien largos que cortos.
))No tardaron mucho en llegar otros tres huéspedes de la casa. Primero dos discípulos de Escu- — 58 — lapio, que eran de los más divertidos de la rennióriy y entraron tarareando á dúo la marcha de CácUzy y á poco el orensano Vila, amigo y compañero de cuarto de Orellana.
3) Vila era uno de esos hombres cuyo nombre engaña. Quien oyera hablar de D. Perfecto Fernández Vila se figuraría á un caballero alto y enjuto^ con planta de militar ó de juez; y, sin embargo, era un tipo rechoncho, el rostro coloradote, la barba rala y los ojillos alegres, aunque poco expresivos.
» — Hombre — le dijo Orellana cuando le vió entrar,— eres el último que llega, y no será por na haber ido á buscarte.
» — Ya te contaré. Un tropiezo afortunado, en fin, ya te contaré.
D — Me apuesto — dijo Sierra — á qne has emprendido la conquista de alguna maritornes.
)) — Las maritornes para ti, que eres especialista en el género — respondió Vila.
)) — Señores, haya consideración á lo sagrado de este lugar — interrumpió con fingida gravedad Orellana, — y sentémonos.
))Y después, mirando alrededor suyo, añadió dirigiéndose ala criada, que estaba en la cocina, al lado: í> — Pura, haz el favor de decirle á D. Pío que se le ruega que venga.
)>Todos se fueron sentando donde tenían costumbre, salvo D. Perfecto que se fué á un extremo de la mesa, dejando sitio para Sierra y Bonilla, que eran convidados de fuera, y se sentaron á la derecha de Orellana.
»A la izquierda de Orellana se sentaron Aguirre^ — 59 — D. Serapio y Cook, y en lado opuesto los docto ^ res, como llamaban á los estudiantes de Medicina Pepe Rodríguez y D. Mariano, y D. Benito, quedando entre éste y el canario una silla desocupada para D. Pío.
))E1 cual se presentó á poco, y saludando con un breve «buenas noches», se sentó. Era un hombre de alguna más edad que los allí reunidos, alto y de presencia varonil, y al primer golpe de vista algo antipático. A pesar de su barba espesa y obscura, tenía cierto aire sacerdotal.
))Era un solterón, sin familia, empleado de Hacienda y paisano de la dueña de la casa, doña Paulita, andaluza muy desenvuelta, con la que malas lenguas decían que si tenía ó no tenía 6 dejaba de tener cierta intimidad. Lo cual les parecía á todos naturalísimo, por la costumbre que hay de que las patronas sueltas tengan algún requeleque.
)) Mientras se servían la sopa, inició la conversación D. Perfecto con diversas consideraciones acerca del porvenir sonriente del afortunado Orellana.
)) — Aquí tienen ustedes — decía — á un hombre que ha resuelto su problema. Dentro de poco se posesiona de su Notaría, que le dará dos ó tres mil duros, limpios de polvo y paja. Y esto para empezar. Después se va á Valencia, se casa con su novia, que es una realísima moza, y no se vuelve á acordar de ninguno de nosotros.
)) — Hombre, no hay que exagerar — contestó Orellana. — Los amigos son siempre amigos.
)) — Yaya — dijo Sierra, — que á Yila se le hace la — GO — boca agua pensando que él podría ir de notario á Orense y casarse con la rapaciña que tendrá allí esperándole.
)) — Prefiero eso á andar, como tú, rodando por los periódicos, engañando al público incauto — contestó Vila.
)) — Pues yo afirmo — repuso Sierra — que los que piensan como tú son unos degenerados. Porque l)ueno es que las mujeres se dediquen á pensar en el casorio, j)ero los hombres deben pensar en algo de más trascendencia. En cuanto se reúnen varios jóvenes, he notado que no hablan ahora más que de tener un sueldo y casarse, lo mismo que si fueran mujeres. Y es que la juventud de hoy está afeminada y su único ideal es asegurar el plato.
)) — Tiene usted razón que le sobra, D. Augusto —dijo D. Pío interviniendo, — nuestra juventud debía estar encerrada en San Bernardino.
y> — Hacía falta en España un nuevo Hércules — agregó Sierra — que volviera de arriba abajo la nación.
)) — Pues yo creo — añadió D. Pío — que si Hércules resucitara no querría cuentas con nosotros. Porque se comprende que entre sus doce famosos trabajos acometiera al más penoso de todos, que, á mi juicio, debió de ser el de limpiar los establos de Augias. Pero aquí lo que tendría que hacer sería limpiar los establos por doce veces, y aún quedaría materia para otras doce; y esta operación me parece más propia de un basurero que de un héroe semidivino.
))Esta ocurrencia hizo gracia á D. Benito, quien se echó á reír al anismo tiempo que mascaba la — 61 — primera cucharada de garbanzos, y estuvo á punto de ahogarse con uno que se le atravesó de mala manera.
)>Don Pío le sacó del paso dándole golpes en las espaldas, mientras Pepe Rodríguez hacía reir al resto de la reunión diciendo: )) — Por fortuna los garbanzos son menudos; que si llegan á ser de los de Fuentesaúco, acaba esto trágicamente.
))Sin duda D. Benito, que era de Fuentesaúco, celebraría con demasiada frecuencia los garbanzos de su tierra, y de aquí la oportunidad con que Pepe Rodríguez hacía ver el inconveniente de los garbanzos gordos.
^Pero D. Benito, inspirado por la excitación del ahogo, replicó con gran tino: )) — Los garbanzos de mi tierra se deshacen en la boca, amigo D. Pepe, y no hay temor de que se atasquen )) — Paes sí, señores— dijo Orellana, siguiendo el tema anterior, — me parece una pretensión ridicula la de querer reformar la sociedad cuando no se cumplen siquiera los deberes elementales de un ciudadano. ¿Cree usted — agregó, encarándose con Sierra — que no es misión alta la de fundar una familia y dar hijos útiles á la patria?
)) — ¿Pero qué hijos puede dar quien vive sin ideales? — replicó Sierra. — Si nosotros nos contentamos con ganar un sueldo, echándonos después á dormir, nuestros hijos querrán jubilarse á los veinticinco años, y la nación se hundirá más que está. Aquí ya no hay más esperanza que la juventud intelectual, y si esta esperanza se pierde también, — G2 — no liabrá patria, ni nación; sólo habrá una gusanera )) — No lo tome usted por el lado patriótico — interrumpió Vila; — á mí no me va ni me viene con la patria, y lo que me interesa es resolver mi problema. Los que hablan de la patria son los peores, y yo creo que, si cada cual se condujera decentemente, no habría más que pedir.
)) — No exageres, Perfecto — dijo Orellana; — eso que defiendes es un egoísmo inadmisible. Yo creo que debemos interesarnos por la nación, pero no reformándola, según el capricho de éste ó aquél, sino moralizándola y manteniéndola en la fe, y lachando por implantar el reinado de Cristo.
)) — Amén — concluyó Pepe Rodríguez.
» — ¿De modo — dijo Sierra, — que las generaciones se van á suceder unas á otras sólo para repetir constantemente los mismos actos? Eso sería aburridísimo. Tenga fe el que quiera ó el que pueda, pero que la humanidad no se pare, porque parándose á ninguna parte se va.
» — Es que hemos llegado ya, amigo mío — replicó Orellana, — y cuando uno llega adonde quería llegar, es insigne tontería seguir andando á ciegas. Yo me río de la agitacióu inconsciente de estos reformadores del día, que se dan aires de salvadores de la humanidad porque se preocupan por mejorar lo que antes han echado á perder. ¡Habrá majaderosi D — Magnífico, Orellana — interrumpió Bonilla; — te recomiendo que, en cuanto puedas, pidas traslado para mi pueblo, donde te hallarás como el pez en el agua.
)) — De Toledo; j le aseguro á usted que entre vivir allá y que me ahorquen, no sabría qué elegir.
)) — Pues yo he estado una vez en Toledo — dijo Orellana, — y me parece que viviría allí muy á gusto. Aquello es una ciudad verdaderamente española.
)) — Vosotros llamáis españolas á las cosas petrificadas y muertas — repuso Bonilla, — y yo creo que se puede ser muy español yendo hacia adelante. Lo que ha dicho Sierra es mucha verdad; ese amor al reposo, á casarse y enjaularse sin mirar el porvenir, es un carácter de los jóvenes de hoy, lo mismo los tirios que los troyanos, y ese carácter es mujeril y revela una gran degradación. Hay que tener algo dentro de la cabeza y pensar alto. La mujer tiene como centro natural la familia, pero el hombre debe salirse de esta pequenez y trabajar como si su familia fuera el mundo entero. Así es como progresa la humanidad.
)) — Me sé de memoria todos esos sofismas — gritó Orellana; — ahora me sales con el cuento del progreso indefinido y de la evolución, que están ya mandados recoger. ¿Crees tú que es posible transformar la sociedad? Un paso más, y creerás que se puede transformar el hombre, y hasta aceptarás que procedemos directamente del mono, como aseguran los transformistas.
)) — No hay que levantar falsos testimonios — interrumpió D. Mariano, que hasta entonces no había intervenido en la discusión. — Lo que aseguran es que las especies se transforman según ciertas — 64 — leyes. Y aunque el mono es el animal que se aproxima más al hombre, han podido existir otras especies intermedias que desaparecieron ya.
5) — Llámele usted hache — replicó Orellana.
2) — Eso del mono me recuerda — dijo Pepe Rodríguez— un lance que le ocurrió á una criada de mi casa. Venía de visita mi profesor de Historia Natural, que era transformista, y la criada me harbía oído á mí decir que el profesor nos explicaba que el hombre venía del mono. Un día la criada no hacía más que mirar por detrás á mi profesor, y mi madre quiso saber por qué miraba tanto, y entonces la criada contestó: )) — Como ese señor dice que venimos de los monos, iba á ver si le asomaba el rabo por debajo de la levita.
)) — Pues no crea usted que el disparate es tan grande — dijo riendo Orellana, — que yo he oído decir á un catedrático que el huesecillo ese que tenemos en salva la parte es el residuo del apéndice caudal que en otro tiempo tuvimos.
)) — Esa — rectificó D. Benito — es la apófisis )) — No ponga usted motes feos— interrumpió D. Pío.
2> — A ese huesecillo y al del codo los llaman los huesos de la alegría — dijo Sierra, — y la verdad es que no sirven nada más que para molestar.
)) — Precisamente en su falta de objeto — insistió D. Mariano — debía usted ver, amigo Orellana, usted que defiende la finalidad de todas las cosas, un motivo para buscar el por qué de que ese hueso atrofiado esté donde está. ¿Usted sabe el por qué?
— 65 — )) — Eso que lo explique D. Pío — dijo con sorna Aguirre.
)) — Ese hueso está ahí — contestó seriamente D. Pío, — para que, cuando le dan á un hombre un puntapié, le duela mucho y se enmiende.
y)— ¿Le han dado á usted alguno? — preguntó amoscado Aguirre, mientras se miraban unos á otros los comensales.
)) — A mí no, porque los puntapiés se le dan al que huye, volviendo las espaldas, y yo no he hecho eso jamás. ¿Y á usted?
))— ¿Á mí? — repitió Aguirre, mudando de color y levantándose.
2) Al mismo tiempo D. Serapio, que estaba tan ronco aquella noche que apenas podía hablar, intervino para apaciguar á su paisano.
)) — Hombre, parece mentira — fué lo único que se le entendió.
)) — Eso es una ofensa que se me hace á mí personalmente—dijo Orellana. — Estamos aquí pasando el rato como buenos amigos, y me parece una descortesía que se agüe la fiesta por una cuestión tan baladí.
)) — Bien está — dijo Aguirre sentándose, — ya arreglaremos el asunto después. Supongo— agregó dirigiéndose á D. Pío— que usted que da siempre la cara me la dará á mí cuando yo se lo exija.
)) — Ahora mismo si usted quiere — contestó don Pío; — y á fin de que nuestros compañeros no se disgusten por causa nuestra, creo que podíamos en el acto zanjar la dificultad. Usted desea apelar á las armas, y yo propongo un duelo con las armas primitivas del hombre, con las manos. Ya- — 66 — mos á echar el pulso, y al que venza por ser más fuerte se le da la razón, aunque no la lleve.
» — ¡Magnífico! — gritó Bonilla, y todos le hicieron coro con diversas exclamaciones, entre las que sobresalían los ¡bravos! de Cook, que se deshacía de gusto.
:?> Aceptó Aguirre el desafío, y después de apartar un frutero y algunos platos que estorbaban, pusieron los contendientes los codos sobre la mesa y se cogieron las manos. La de D. Pío era fina como la de una señora, y la de Aguirre grande y apoyada en una muñeca herciilea.
))Casi instantáneamente los nudillos de Aguirre golpearon repetidas veces en la mesa, con asombro de los comensales, que de pie rodeaban á los duelistas.
)) — Espere usted que me apoye bien — dijo Aguirre.
))Y D. Pío contestó: )) — Apóyese usted cuanto quiera y échelas dos manos á la vez.
)) Aguirre no aceptó esta libertad por lo pronto; pero, una vez que se vió dominado por segunda vez, echó las dos manos. Se mantuvo algunos segundos en equilibrio, pero después lentamente le hizo D. Pío dar con ambas manos en la mesa y aun levantar los codos.
» — Tiene usted una mano que engaña — fué lo único que dijo Aguirre, en tanto que todos los asistentes se disponían á probar también el pulso con D. Pío.
)>Y éste los fué venciendo á todos los que probaron con una mano ó con las dos, como á Aguirre.
- 67 — El único que con anabas manos le sostuvo el pulso fué Cook, excelente gimnasta y gran ciclista, como representante que era en España de varias casas constructoras de aparatos velocipédicos. Y Cook decía que sus puños estaban acreditados hasta en Inglaterra.
3)La entrada triunfal de la paella en manos de la propia D.^ Paulita dió fin al certamen, y todos ocuparon sus puestos.
))Orellana, satisfechísimo, dijo á la criada que trajera algunas botellas de las que habían llevado para él aquella tarde, y Bonilla proclamaba las -excelencias del duelo á pulso.
)) — Hasta resulta más noble — decía — darse las manos en el acto de batirse, que no dárselas después del modo ceremonioso que se emplea en los duelos ordinarios. Ha sido una idea magnífica, D. Pío.
)) — Y á propósito, D. Pío — dijo Orellana, — ¿sabe usted para qué he hecho el encargo del vino y de algunas otras cosillas? Pues se trata de pasar el rato en el baile de la Zarzuela, y contamos también con usted.
)) — Me extraña — contestó D. Pío — verle á usted tan sacado de quicio, ¿De cuándo acá?
)) — Un día es un día, y yo, como quien dice, celebro mi despedida de la vida de hombre soltero. No hay que ser tan puritanos. ¿Usted viene desde luego?
)) — Hombre, yo no me despido de la vida de soltero, porque afortunadamente no pienso casarme ni lo he pensado nunca. Ni creo que estoy para esos trotes, que no soy ya un muchacho como ustedes.
— 08 — » — Pues si acaba usted de arrumbarnos á todos^ como trastos viejos.
j> — Eso no tiene mérito, porque es en mi hereditario. Ya sabe usted que yo me llamo Cid de apellido, y en mi familia se conservaba la tradición de que el primer Cid que se estableció con los suyos en Aldamar poco después de la expulsión de los moriscos, era de los viejos Cides castellanos, descendientes de los Díaz de Vivar, que cambiaron el apellido en recuerdo del famoso Cid Campeador. Y éste, según las leyendas, tenía la manodura.
)) — De todos modos, usted tiene más alientos que un joven y no debe ser tan meticuloso ni tan retraído. Un día es un día. Conque no hay escapatoria.
>)Don Pío no contestó, quedándose absorto como quien desea recordar algo que no le acude á la memoria.
))Entretanto los comensales elogiaban la paella con frases que llenaban de satisfacción á doña Paulita.
-j¡> — ¿En qué piensa usted, D. Pío? — insistió Orellana, después de un momento de espera. — Se dirá que la idea del baile le recuerda á usted alguna historia antigua.
)) — No hay tales historias antiguas ni modernas, ni yo he estado nunca en ningún baile de máscaras. Y si les dijera á ustedes lo que pienso se reirían de mí, estoy seguro.
)> — Dígalo usted, que no nos reiremos — suplicó D. Benito.
)) — Ustedes no creerán — dijo D. Pío — que un — 69 — iiombre que no teme á nada ni á nadie en el mundo tenga miedo de las máscaras.
y> — ¿Y usted tiene miedo? — preguntó asombrado Cook.
D — Yo tengo miedo, sí, señores — contestó don Pío; — y si ustedes pensaran como yo, lo tendrían también.
)) Todos alargaron las orejas y se prepararon á oir algún relato maravilloso.
y> — La experiencia de la vida — prosiguió don Pío — me ha dado la convicción de que yo domino absolutamente cinco de mis sentidos corporales, y de que en cuanto á ellos toca soy amo de mí mismo, más que amo, déspota. Pero hay un sexto sentido que no cae por completo bajo mi poder, y que es una puerta abierta por donde temo que llegue hasta mí, el azar, que jaega y se divierte con todos nosotros, cuando nosotros nos abandonamos á él.
)) — ¿Y cuál es ese sexto sentido? — preguntó Orellana. — Porque yo creía que eran cinco solamente: ver, oir, oler, gustar y tocar.
)) — Hay además el sentido de la orientación — dijo D. Mariano, — y el muscular ó de la resistencia.
» — No me refiero yo á esos — dijo D.Pío, — esos son variedades de] tacto, y aunque sean sentidos distintos no tienen importancia mayor.
)) — Entonces será un sentido inventado por usted— dijo riendo D. Mariano.
» — Yo no invento nada — continuó D. Pío. — Ustedes habrán visto alguna vez una mujer vestida <le máscara con un capuchón que la cubre por — 70 — completo, y habrán experimentado una sensación? extraña, y luego habrán pensado que esa sensación provenía de la idea de que aquella mujer era una beldad rara, algo desconocido, fantástico.
)) — Eso es cierto — afirmó Sierra. — Y no hay mujer enmascarada que no parezca hermosísima al mirarla al través del disfraz, al adivinar los ojos llenos de fuego y la boca encendida, y al ver asomar la garganta, que es bella en todas las mujeres.
)) — Pues bien — dijo D. Pío; — esa idea vulgar es un gran error, que ha impedido que se ahonde en el asunto y se vea lo que hay dentro de él. Y hay muchísimo. No es que se adivine nada, ni que nos seduzca lo misterioso; es que recibimos directa-' mente, sin intervención de los cinco sentidos, que el vulgo admite, la sensación del amor. Hay máscaras simpáticas y antipáticas, y si al amigo Sierra le parecen todas hermosísimas, es porque se acerca á las que le han inspirado simpatía. Y esta atracción ó repulsión no es cosa del sentimiento, sino de la sensibilidad; es una sensación como la del color ó el sonido. Como existe lo negro, ó negación de la luz, y la luz blanca ó indistinta, y por descomposición de ésta los colores del iris y sus matices; y como existe el silencio, ó negación del sonido, y el sonido indistinto, y por descomposición de éste las notas de la gama y sus variedades, así existe también la repulsión ó negación del amor y la atracción ó amor indistinto, y por descomposición de éste, una escala de sensaciones amorosas, cuyas combinaciones forman el arte de la vida.
— 71 — — 71 — sentimental. En la pintura ó la música hay muchos que admiran las obras de arte, y hay también quien las crea pasando por el penoso aprendizaje del dibujo y estudio de los colores ó del solfeo y ejercicios de ejecución. En el amor nadie ha creado jamás una obra propiamente artística, porque se desconocen las sensaciones elementales. Se ha escrito mucho sobre la psicología del amor, pero lo que se ha escrito tiene la misma utilidad que la crítica de las obras de arte. Y aun menos, porque en el amor los sabios estudian obras no de nuestro saber, sino de nuestro instinto; y tanto valdría estudiar como composición musical la serie de sonidos que, según la fábula cuenta, arrancó á una flauta el burro flautista.
)) — Y ¿qué ciencia ni qué arte quiere usted que haya en el amor? — interrumpió Orellana — ¿Está en nuestra mano amar ó dejar de amar, ó hacer las cosas de distinto modo que las hacemos?
)) — Sí lo está — contestó D. Pío. — Y sólo un pudor mal entendido nos mantiene en la ignorancia que padecemos. ¿Qué diría usted de un hombre que para ver un cuadro cerrara los ojos y aplicara el oído, y para oir una sonata se tapara los oídos y abriera desmesuradamente los ojos?
)) — Diría que era un estúpido — contestó Orellana.
)) — Pues más estúpido es — dijo D. Pío — quien se enamora de una mujer viéndola, oyéndola, oliéndola, gustándola ó palpándola. Yo veo á una mujer, aun la más hermosa, como podría ver el pórtico de una iglesia. Y la oigo, si tiene la voz agradable, como una sinfonía, y aun el roce del — 72 — vestido al andar, que á otros tanto les seduce, á mí me suena á ruido de hojas secas, arrastradas por el viento. Y si va bien perfumada, me parece que estoy oliendo una caja de perfumes. Y si llega la ocasión de besarla y percibir su sabor, la gusto como podría gustar una fruta. Y si la toco y encuentro fina y sedosa la piel, me figuro que estoy acariciando á una gata. Y todo esto me ocurre porque yo he aprendido á conocer la sensación pura del amor y á separarla en absoluto de las demás sensaciones, que poco, casi nada, tienen que ver con el amor. Se compadece al ciego ó al sordo porque les falta un sentido; más digna de compasión es la humanidad, que tiene un sexto sentido más importante que los otros, y no lo usa por ignorancia )) — No sé por qué — interrumpió Orellana con gravedad — me figuro que va usted á decir alguna inconveniencia de marca mayor.
y> — Pues está usted muy equivocado, amigo mío — replicó D. Pío secamente, — y por sí ó por no hago aquí punto redondo.
)) — No haga usted caso del señor Orellana — dijo Pepe Rodríguez, — y díganos lo que nos iba á decir, que nos interesa de un modo extraordinario.
— Yo tambiéü escucho con vivo interés á don Pío — agregó Orellana, — y mi observación no tenía malicia ni es motivo para que nos deje á media miel.
)) — Otro día será — dijo D. Pío. — Por hoy baste saber que si los hombres ejercitaran su sexto sentido, evitarían los engaños del amor, causa principal de la bajeza humana. Nosotros vemos que — 73 — — 73 — el sol se mueve, y que un bastón introducido en el agua se quiebra, y que los objetos que están fijos se mueven en sentido contrario del tren puesto en marcha, y que dos largas hileras paralelas de árboles se van juntando hasta tocarse sus extremos; y rectificamos éstos y otros errores vulgares porque conocemos la sensación óptica y sus leyes y anomalías. En la atracción amorosa las anomalías son inmensas; pero no es posible corregirlas, porque se desconoce la sensación pura y se echa mano de otras sensaciones que nos engañan más aún. Yo puedo asegurar que jamás me enamoraré de una mujer como ustedes se enamoran; los cinco sentidos de uso corriente no sólo no me sirven para enamorarme, sino que me distraen y me libran de caer en el verdadero amor, que sería el que llegase á mi espíritu por el sexto sentido. Una vez vi pasar por mi lado una máscara con un capuchón negro que la cabría de pies á cabeza, y sentí una emoción que jamás había sentido en mi vida; era una mujer, y si yo la hubiera seguido, no estaría hoy con ustedes. Quizás era un monstruo de fealdad ó de depravación. ¿Qué importa? Era una mujer que á mí me dió la sensación pura del amor, una sola, pero tan fuerte, que contra ella nada hubieran valido las de los otros sentidos juntos. Y he aquí por qué á mí me dan miedo las máscaras.
)) — Dispense usted — dijo Vila — que no comprenda ese miedo. Porque si á mí me pudiera dar una máscara ese amor que usted nos pinta, yo la buscaría aunque tuviera que ir al centro de la tierra.
— 74 — )) — Porque ese amor — replicó D. Pío— le daría á usted la felicidad que usted desea.
2> — Y ¿usted no desea la felicidad? — preguntaron á una Vila y Orellana.
3) — No le doy importancia — contestó D. Pío. — Es una forma de la vida, pero no es la vida. ¿Qué ganamos con que á un tonto le adore una mujer y le haga feliz (cosa que á diario sucede), si el tonto continúa cometiendo tonterías y poniendo en ridículo á la especie humana? Y ¿qué se pierde con que un hombre de genio viva en la soledad y pase grandes amarguras, si la soledad y el dolor le inspiran nobles pensamientos que realzan á la humanidad, ofendida por el tonto feliz? Yo no soy enemigo del amor, pero sé que hay en el mundo algo más grande que el amor, y por este algo es por lo que yo vivo; y porque presentía que el amor sería un obstáculo en mi vida, lo sacrifiqué tiempo ha y huyo de él, y huiré mientras el cuerpo me haga sombra.
)) — Y ¿se puede saber qué es para usted eso má& grande que el amor? — preguntó Orellana. — Porque para mí lo primero es mi fe, y por ella lo sacrificaría todo; pero usted, que es bastante descreído, no sé qué pondrá en el primer lugar. Voy á serle enteramente franco; desde que le conozco le he tenido á usted por un hombre sin ideales, por un hombre tan hondamente escéptico, que no hará nada jamás, no por falta de inteligencia ni de energía, sino por falta de eso, de amor á algo que le saque de la quietud en que vive.
)) — Es que yo me muevo por dentro — dijo don Pío, sonriendo y levantándose.
— 75 — Y ya de pie, cogió una copa de Jerez, que no había gustado hasta entonces, se la acercó á lo& labios y añadió: 2) — Brindo porque al amigo Orellana no le falte la fe jamás.
3> — Y yo brindo porque usted la tenga algún día — contestó Orellana levantándose.
))A1 mismo tiempo, algunos comensales se disponían á brindar también, mientras otros tomaban los postres.
)) — Yo brindo — dijo Vila, dirigiéndose á su compañero— porque pronto seas el notario que otorgue más escrituras en España.
)) — Y yo —dijo Bonilla — brindo porque se traslade á Toledo y deje la notaría para hacerse canónigo.
)) — Pues yo brindo porque se case y tenga una docena de chiquillos — dijo D. Mariano.
y> — Yo porque sea cacique de su distrito notarial— brindó Pepe Rodríguez.
D — Yo brindo — dijo D. Camilo de Aguirre levantándose— porque vuelva alguna vez á Madrid á pasar un rato con nosotros.
)) — Yo brindo — dijo Sierra — porque venga, pero no sólo á divertirse, sino como diputado, para defender en el Parlamento la causa de la moralidad y de la justicia.
y> — Yo — dijo Cook, por no ser menos que los demás — brindo por su prosperidad, y porque esta prosperidad no le haga olvidar á sus amigos de Madrid.
)) — Y yo — brindó D. Benito — porque con el tiempo sea notario donde yo sea farmacéutico.
— 76 — )> — Eso es lo mismo que si brindaras por ti — interrumpió Pepe Rodríguez.
2> — A mí me parece — dijo Orellana — que lo que ha querido expresar es su deseo de que vivamos cerca, y éste será también mi gusto, porque, aparte nuestras peleas, D. Benito es un amigo de corazón.
)) — Señores — dijo D. Serapio, — yo no quiero quedarme sin brindar. Brindo porque el nuevo notario no tenga nunca ronqueras como la que á mí no me deja hablar.
))Todos los brindis merecieron la aprobación de la concurrencia; y no obstante el tono espontáneo y ligero con que fueron pronunciados, dieron al final de aquella comida cierto aire de gravedad que emocionó al buen Orellana, el cual, agradeciendo á todos sus buenos deseos, dió rienda suelta á sus escasísimas facultades oratorias y dijo: » — Poco más de un año hace que vine á Madrid, sin conocer á nadie y con el temor de perder el tiempo y recibir algunos desengaños. Pronto saldré de él con mi porvenir asegurado, y lo que es mejor, dejando amigos tan leales como ustedes, á quienes estimo como si les conociera de veinte años atrás. No es Madrid tan malo como dicen, pues el que trabaja algo y se porta como es debido, halla aquí quien le atienda, le aprecie y le ayude. Yo entré en esta casa por casualidad, y el trato que he recibido en ella ha sido excelente; he encontrado algunos amigos, y todos han sido excelentísimos; he luchado por ganar un puesto y lo he obtenido. ¿Qué más se puede apetecer? Yo creo que la mayor parte de los que se — 77 — quejan se quejan de vicio, ó porque sus pretensiones son inasequibles por lo exageradas. Yo prometo solemnemente que do quiera que esté seré un defensor entusiasta de este Madrid, de que otros hablan tan mal, y guardaré vivo el recuerdo del año que aquí he vivido, y en particular de los amigos que dejo, cuya amistad no se ha de perder ni entibiar porque los azares de la vida nos lleven, hoy á unos, mañana á otros, en distintas direcciones. Convengamos, pues, en conservar esta amistad, y que Dios le dé á cada uno lo que le tenga señalado en sus inescrutables designios.
))Con grandes aplausos fué acogida la proposición de Orellana. Todos le felicitaron, y los que estaban cerca le abrazaron, y cogiéndole en medio le condujeron hacia la puerta del comedor.
)) — Señores — gritó Pepe Rodríguez, — antes de irnos propongo que se dé un voto de gracias á D.'^ Paulita por la perfección con que estaba guisada la paella.
)) — Aprobado, aprobado — contestó la asamblea.
)) — Por unanimidad — exclamó Pepe Rodríguez.
))Y todos, en tropel, salieron del comedor con gran estrépito.»
Aquí termina el capítulo primero, y único escrito, de La nmm generación^ en el que el autor no puso ciertamente gran cosa de su cosecha, puesto que la mayor parte de los conceptos están copiados, con imparcialidad telefónica, del banquete original, al que asistió Vargas, aunque, por conservar su impersonalidad de novelista, se oculte y ponga en el sitio en que él estuvo á los - 78 — - 78 — falsos Sierra y Bonilla, cuyas razones son las únicas que hay que poner en cuarentena. Fuera de éste y de los otros reparos, ya mencionados, y de alguna pincelada caprichosa en el discurso final de Orellana (en el que Vargas, como buen madrileño, más que como fiel cronista, habla de Madrid como de Jauja), estoy convencido de que los comensales hablaron como Vargas les hace hablar, y no de otro modo. Para mí, lo más importante del banquete fué haber dado ocasión para que Pío Cid, por no desairar á un amigo á quien acaso no volvería á ver, se decidiera, aunque á disgusto, á ir al baile de máscaras; pues sin esta condescendencia quizá se hubiera muerto de viejo en una casa de huéspedes, y yo no tendría que escribir la historia de sus trabajos. ¡ De tal suerte los hechos menudos é insignificantes trastornan la vida de los hombres, aun la de los más -experimentados y dueños de su voluntadi Pío Cid tenía, como Aquiles, un solo punto vulnerable, el sexto sentido misterioso, que, por la imprudente interrupción de Orellana, nos hemos quedado sin conocer; y su mala estrella quiso que en el baile de máscaras recibiera la herida de amor que él, con su claro espíritu, presentía.
Muy largas eran ya las doce en el reloj de Gobernación cuando Orellana con D. Benito, D. Mariano y Pepe Rodríguez volvía del café á la calle del Arenal á recoger las provisiones que pensaba llevar al teatro. Pío Cid se fué con ellos, y reunida en el café toda la pandilla, salió en dirección del teatro de la Zarzuela; se posesionaron de su palco, y después de dejar en él las botellas y paquetes — 79 — de fiambres, se desparramaron para dar la primera coleada en el animado salón de baile, dejando solo á Pío Cid, que se distraía viendo desde su observatorio la abigarrada y bulliciosa cadena que formaban las apretadas parejas al recorrer la órbita del baile, mientras en el centro de la sala hormigueaba la concurrencia más inquieta, y en las butacas, puestas al rededor, descansaban los más pacíficos ó más fatigados.