SigPhi · Angel Ganivet

Los trabajos del infatigable creador Pio Cid, Tomo I

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nosotras. Estamos muy tristes desde la muerte de papá, y tú estarás lo mismo. Ya nos consolaremos las unas á las otras, y procuraremos desechar nuestra tristeza viviendo juntas como buenas hermanas. Yo no te conozco todavía y ya te quiero mucho, como todas. Estoy deseando de ir á ésa para conocerte y para ver si me curo del mal que tengo en la vista. Dicen que si se deja pasar el tiempo quizás me quedaría ciega. Hazte cargo la pena que tendré, que no hago más que llorar, y esto me pone peor. Adiós, querida prima; recibe un beso y un abrazo muy apretado de tu prima ))Paca.))

))Paca.))

«Simpática primita: Todas te hemos agradecido en el alma las cosas tan cariñosas que nos dices en la carta de tu mamá. Parece mentira que no nos hayamos visto nunca queriéndonos tanto come nos queremos. Yo te aseguro que te veo como si te conociera, y que estoy enamoradísima de ti por tu retrato de hace tres años, y me figuro que estarás aim más bonita. Dice mamá que eres el vivo retrato de tu padre, que tenía fama de guapo y arrogante. Ya nos contarás cosas de los países que has visto, sobre todo de Cuba, que me gusta al perder. Antes de la enfermedad de papá aprendí á cantar las guajiras que me enviaste. Son lindísimas. En cuanto vaya á Madrid, como pueda, iré al Conservatorio, x^ues tengo pasión por la música y el canto, y mamá dice que podía hacer muy buena carrera. ¿Y tú, has perdido ya la afición? No me dices nada. Verdad es que no estarás de — 1J8 — humor para pensar en esto. Yo tampoco bago nada desde liace más de tres meses, ni están las circunstancias para hablar de estas cosas. Sueño pensando en que nos vamos á ver al fin. Que fuera para vivir siempre juntas es lo que desea tu prima, que te quiere muchísimo y te envía mil besos, ))CaNDELARIA.))

))Mi queridísima prima: »Ya ves lo egoistonas que son Paca y Candelita, que no me dejan más que dos renglones. Cuanto te dicen ellas te lo repito yo, y además te envío un millón de abrazos y caricias, y te beso en los ojos, que nos tienen á todas chifladas. Adiós.

5) Valentina.»

No se puede saber á punto fijo las veces que la carta y la esquelita fueron leídas y releídas, sin comprender si era malo ó bueno lo que anunciaban. Martina estaba entusiasmada con la idea de reunirse todas en Madrid; D.^ Justa no las tenía todas consigo, aunque se le quitaba un peso de encima con la llegada de su hermana, la cual, como más lista y resuelta, sería la directora del cotarro, y pensaría, buscaría y revolvería por todas, y más y mejor que todas juntas. Don Narciso, enterado del caso, creía un solemne disparate la reunión de seis mujeres solas en Madrid sin otro recurso que la imaginación.

— -Tal vez— decía á D.** Justa -su hermana de usted traiga algunos fondos para vivir los primeros meses, y entonces menos mal; pero, aun así y — 119 - todo, mejor sería establecerse en una ciudad pequeña; porque aquí, en Madrid, el dinero se va sin sentir, y antes que ustedes conozcan el terreno y decidan lo que van á hacer, el dinero se les habrá volado y se encontrarán en un callejón sin salida. De todos modos, nosotros deseamos conocer á su hermana y sobrinas, y puesto que han de venir, las esperaremos, y el mismo día que lleguen por la mañana, nos vamos por la noche, y ustedes quedan dueñas de la casa. Y si no pueden seguir aquí, en Barcelona estoy; no tienen más que ir allá y disponer de mí en lo poco que yo valgo.

Dos días después de la carta, muy temprano, cuando todos dormían aún, excepto D.^ Catalina, que se había levantado para ir á la compra, entraron por las puertas de la casa las cuatro viajeras sin mover ruido, porque, al saber que D.'^ Justa y su hija dormían, quisieron sorprenderlas en la cama. Traían consigo sólo el equipaje de mano: dos maletas y dos sombrereras, una cestita con pan y algunos fiambres, y un gran cestón de tapaderas muy cosido, que D.^ Candelaria se apresuró á abrir cortando las puntadas de hilo bramante con un cortaplumas para dar suelta á cinco gatos que allí encerrados venían, y que comenzaron á arquear el lomo y estirar patas y rabo con desperezos y maullidos, más de hambre que de entumecimiento.

— Cinco huéspedes más — dijo D.^ Candelaria, viendo el gesto de extrañeza de D.^ Catalina. — Ya ve usted, no hemos tenido corazón para abandonarlos. Todos han nacido en casa, y mi Valentina los quiere mucho. Pero vamos adentro...— 120 — ¿Por dónde? ¿Hace usted el favor, D.^ Catalina?

— Por aquí Pasen, pasen Esa puerta de enfrente es la de la alcoba...Al decir esto, aparecía D.^ Justa en camisa, gritando, riendo y llorando, todo á un tiempo; y mientras se abrazaba á su hermana, sus sobrinas se metían en el dormitorio y despertaban á abrazos y á besos á Martina, que sentada en la cama, con los ojos atontados, chillaba de gusto y sorpresa. Entraron las mamas en la alcoba, y mientras los gatos hacían coro á la puerta, arañando para entrar también con sus amas, y D.* Catalina iba á despertar á su marido, D.^ Justa y su hija se echaban una bata, se recogían el cabello con cuatro horquillas y se calzaban apresuradamente para poder atender con todos sus cinco sentidos al diluvio de preguntas que se les hacían y hacer otras tantas por su parte. Salieron todos á la sala, y las viajeras se aligeraron un poco de ropa, como quien se encuentra ya en su casa.

— ¡Válgame Dios! — dijo D.* Justa. — Después de tanto tiempo, sigues con la manía de los gatos, como cuando tenías la coja y la morisca, que dormían contigo en la cama.

— Ahora no soy yo — contestó D.-'^ Candelaria, — tís esta Valentina, que por parecerme más, me ha salido hasta en eso. Y ¿qué me dices de mis niñas? Yo á Martina la encuentro guapa de verdad. Es pintiparada á su padre; pero con más expresión en los ojos y la nariz un poquito acaballada, como todos los Montes. Y luego ese pelo tan negro, más negro que el azabache. Vaya, que puedes estar orc;'ullosa. — No os ofendáis, feas mías — — 121 — agregó dirigiéndose á sus hijas; — pero Martina es más guapa que vosotras. A mí el amor de madre no me ciega.

— Pues las tuyas — ^dijo D.^ Justa — no tienen nada que envidiar á nadie, no digas. Lo que me extraña Vamos, que yo no creía que tú tuvieras hijas tan rubias. En particular Candelita, parece una espiga de oro. Verdad es que Fermín era rubio y blanco como pocos hombres he visto yo Pero encuentro que la que más se parece á ti es Paca. Valentina tiene más de mamá; fíjate en la frente, y sobre todo en el entrecejo; es materialmente una haba partida.

El diálogo encomiástico de las mamás y el coloquio pueril que en voz más baja sostenían las primitas, fueron interrumpidos por D. Narciso y su mujer, con cuya llegada la conversación cambió de tono, porque D. Narciso, después de los saludos, deseó aprovechar el escaso tiempo que le quedaba que estar en Madrid para aconsejar á aquella familia, que bien lo había menester. Doña Candelaria todo lo hallaba llano y fácil, y no porque contara con nada seguro, pues con sorpresa vsupieron todos que el arreglo convenido por don Gualberto con la hermana de Fermín consistía en que ésta diera doce duros mensuales por trimestres anticipados, y parte de los primeros treinta y seis duros se había ido en el viaje. De suerte que hasta Marzo sólo quedaba el resto y unos cuantos duros que tenía D.* Justa, con todo lo cual no había ni para acabar el mes. Sin embargo, decía D.^ Candelaria que con aquella insignificante pensión no se podía vivir en ninguna parte, y que - 122 ~ - 122 ~ para tener que buscarse la vida, convenía un centro cuanto más graijde mejor, donde hubiera mundo y donde cada cual pudiera hacer lo que le diese la gana, sin criticas ni murmuraciones de nadie. En fin, á lo lieclio, pecho. La necesidad es la mejor consejera, y lo que seis mujeres no discurrieran, no sería capaz de discurrirlo ni el mismo diablo en persona. La vanidad de D.* Candelaria fingía verlo todo de color de rosa, aunque, á decir verdad, la procesión iba por dentro.

Dedicaron aquel día al cambio de muebles. Los que se iban embalaron unos pocos suyos y devolvieron los más, que eran alquilados, dejando sólo algunos chismes de cocina, que no valían la molestia de transportarlos, y las que se quedaban distribuyeron provisionalmente los muebles traídos de la estación, que eran, según nota escrita de puño y letra de D.^ Candelaria: una cama grande y tres pequeñas de hierro, cada una con un jergón, dos colchones de lana, uu juego de almohadas y dos cobertores; un estrado completo en bastante buen uso, con dobles f andas blancas y de lona gruesa; doce cuadros, pintados por Colomba; una docena de sillas de paja, dos de cuero y un sillón de vaqueta; una cómoda; dos armarios; dos clavijeros de hierro y dos de madera; una mesa de sala, con su espejo, y dos más, una de comedor y otra pequeña de pino; un tocador con espejo y dos esjiejos más, sueltos; un cajón con varios santos de talla, dos de ellos, San José y la Virgen del Socorro, con sus correspondientes fanales; una caja con una guitarra y una bandurria; un cajón grande con varios efectos de cocina. Todos los de- — 123 — más objetos venían en tres grandes baúles, llenos principalmente de ropa blanca de cama y vestir y de rollos de tela, antiguos vestidos que D.-'' Candelaria había deshecho para teñirlos y arreglarlos para el luto, á fin de no comprar más que lo preciso, que era lo que traían puesto.

No es posible describir la colocación que los muebles enumerados tenían en el piso de la calle de Villanueva, porque fueron tantos ios cambios que sufrieron, que no pasaba día sin que aquellas seis mujeres, solas y sin ocupación por el momento, no se entretuvieran ideando una nueva distribución de la casa y del mueblaje. Ni la cocina, cuyo uso forzoso estaba indicado por las hornillas, carboneras, vasares, fregadero y caño de agua sucia, se vió libre de la acción revolucionaria de aquellas amazonas, que la convirtieron en comedor para que la hornilla y vasares hicieran las veces de repostero. Para guisar lo poco caliente que guisaban servía un anafe que D.^ Candelaria había traído, y que economizaba mucho carbón y trabajo de limpieza. Lo que sí se puede asegurar es que en ninguna de las transformaciones podía compararse aquella casa con la de Murcia, puesto que D.'^ Candelaria había malvendido allí todos los muebles que no eran indispensables ó que no eran un recuerdo de familia, sin excluir el piano, el ojo derecho de Candelita. Asimismo hubo varios arreglos para dormir las seis en las cuatro camas, por no seguir pagando el alquiler de la que tenían D."" Justa y Martina. Primero dormían solas D.^ Candelaria y D."" Justa, y las niñas dos con dos: Martina con Candelita y Paca con Ya- — 124 — — 124 — lentina. Después, como la cama de D."" Candelaria era muy grande, Valentina, que todavía era una niña, pues apenas había cumplido quince años, se fué con su mamá y Candelita con Paca; pero como ésta estaba enfermucha y Candelita había simpatizado en extremo con su prima, volvieron á dormir juntas y dejaron á Paca sola.

No era el dormir ciertamente lo que más preocupaba á aquellas abejas inactivas, sino el hallar medios de vivir. Lo poquísimo que tenían se acabó en los días de Pascua, y hubo que ir á una casa de préstamos á empeñar un reloj, y después otro, hasta que todas las niñas se quedaron iguales, y no se volvió á saber la hora que era á punto fijo.

— Cuando pasen estos días — decía D.^ Candelaria,— hay que empezar á moverse.

Y, en efecto, no se descuidó, pues apenas supo andar por Madrid salía sola ó con su hermana muy temprano, y volvía á salir después de almorzar para enterarse dónde podían darle alguna labor. Martina sabía adornar sombreros, más por gusto natural que porque hubiera aprendido; Candelita podía dar lecciones de piano á niños pequeños que comenzaran el solfeo, y todas bordar, coser en blanco y cuanto fueran labores propias de señoras distinguidas, aunque venidas á menos. Halló algunas promesas de trabajo para más adelante, y en una corbatería le dieron avíos y modelo para hacer dos docenas de corbatas por vía de prueba; pero esto no resolvía nada, porque pagaban á seis reales la docena y no era seguro que hubiera una tarea todas las semanas. Eu otra tienda no le die- — 125 — — 125 — ron trabajo, pero le dieron las señas de una modista á la moda que tenía necesidad de una joven elegante y de buena figura para la prueba de vestidos y confecciones. Martina fué elegida por su mamá y tía de acuerdo, y presentada á la modista, que la admitió gustosa, quedando en fijar el sueldo después de algunos días de ensayo. Pero á las pobres mujeres no les dió buena espina la casa, y menos cuando en la corbatería, donde hablaron del asunto, les dijeron que la modista no era persona de confianza para entregarle una joven sin experiencia, pues en su casa, con el pretexto de las modas, celebraban entrevistas secretas señoras y caballeros de la buena sociedad, según decían malas lenguas, que cuando lo decían lo dirían por algo.

En estas y otras tentativas pasaba el mes de Enero, y entre la casa, la comida y los gastillos menudos se llevaban poco á poco las alhajas, que, como menos precisas, eran las primeras que iban al empeño. Por donde se comprenderá la recta intención de aquellas mujeres, puesto que otras en su lugar quizás hubieran empeñado las sábanas autes que las sortijas y pendientes para no privarse de estos adornos, útiles cuando se aspira á servirse de la belleza para atraer algún enamorado generoso que haga el gasto. Doña Candelaria no pensó jamás en semejante bajeza, y aunque algún día habló de ceder á un caballero una ha^ bitación con asistencia ó sin ella, según los usos de Madrid, pensó desde luego en un caballero decente, y, á ser posible, respetable por su edad. En cuanto á D.^ Justa, solía terminar algunas dispu- — 126 - tas que se promovían por la escasez de dinero, con una frase, que en sus labios era sacramental: — Aquí hacea falta unos pantalones. Porque la buena señora no tenía carácter ni voluntad propia, y no comprendía que una casa pudiera marchar bien sin un hombre que ejerciera la autoridad, aunque faese del modo absurdo y despótico que la ejercía su difunto marido. Y el mal éxito de las gestiones de su hermana la confirmaba más de día en día en su parecer. Aunque parezca extraño, á pesar de que las muchachas salían todas las tardes con sus mamás, no se les liabía presentado ningún pretendiente, que al meaos les diese compañía y rompiera la vida monótona que llevaban, ya que no fuese un hombre honrado y formal de quien pudiera esperarse algo para el porvenir. Los jóvenes honrados y formales que había en la corte, si había entonces alguno, huyeron del número excesivo de mujeres ó de la miseria que se les transparentaba, y los vividores y libertinos quizás no se atrevieron, temerosos de que al lado de aquellas mujeres vestidas de luto la diversión se les convirtiese en lluvia de lágrimas. Por todas estas razones se explica que • D.^ Candelaria tuviera el arranque repentino que tuvo el día 1.^ de Febrero d3 ir á la Zarzuela y hablar con el director de la compañía que allí actuaba y suplicarle que diera á Candelitaun puesto en el coro, y, si era posible, que le confiara papeles para empezar, pues la joven tenía condiciones para salir airosa en cuanto venciera la timidez de los primeros días. El director jorobó la voz á la — 127 — — 127 — mnchaclia, con amabilidad rara en las costumbres teatrales, y dijo que no tenía inconveniente en colocarla en el coro; pero, interesado por la joven, caya educación y distinguida compostura saltaban á la vista, aconsejó á la mamá que desistiera de su propósito, pues era lástima que anduviera rodando entre gente de vida poco ejemplar, salvo contadas excepciones, una joven que podía ser una artista de mérito con poco que estudiara y supiera presentarse al público como era debido. Doña Candelaria agradeció el consejo con lágrimas en los ojos, y salió del teatro llena de orgullo maternal por tener aquel portento de hija y entristecida porque también aquella puerta se les cerraba. Entonces miró distraídamente el cartel de anuncios, y vió que después de la función de zarzuela había anunciado baile de máscara, y se le ocurrió pensar: —¡Si viniéramos esta noche al baile!

A decir verdad, D.^ Candelaria no pensó seriamente en aventajar nada yendo al baile; pero tenía odio á la inmovilidad y al recogimiento, y decía siempre que al que no grita Dios no le oye. Estarse en casa quietas y resignadas, era tanto como echarse al surco y declararse vencidas á los primeros disparos. La sociedad puede ser útil cuando se vive realmente en ella, no encerrándose entre cuatro paredes, y á falta de relaciones, no les quedaba más medio de entrar en campaña que acudir adonde hubiera mucha gente y confiar á la casualidad el cuidado de proporcionarles algún buen encuentro. Todo esto se lo calló D.^ Candelaria, y el pretexto que dió para justificar su idea de ir al baile, fué la necesidad de distraer un poco á las niñas. A D.* Justa le parecía que en un baile así nada se podía ganar, porque las mujeres que á él irían serían lo peor de cada casa. Pero las niñas^ que deseaban ver un baile de máscara, contestaban que nada se podía perder tampoco puesto que nadie las conocería. En cuanto al gasto, perdido por ciento, perdido por mil y quinientos; y además, ellas mismas se liarían los trajes, como, en efecto, se los hicieron en un dos por tres con la tela de los vestidos deshechos qne D."" Candelaria había traído. Esta ideó el modelo de disfraz, igual para todas, con el que ellas candorosamente se figuraban representar una bandada de golondrinas.

— Vamos á parecer empleados de alguna funeraria— dijo la directora de la banda; — habrá que poner algunos adornos de color.

Y los pusieron sin grandes calentamientos de cabeza, cosiendo unos moñajos hechos con tiras de percalina roja.

— Ahora faltan las caretas — dijo D.* Justa; — las tendremos que comprar.

— De ningún modo — contestó su hermana. — Tengo yo un retazo de crespón, que por lo tieso parece trafalgar, y que nos viene de perilla.

Sacó la tela y cortó un pedazo en forma de corazón; abrió los agujeros de los ojos, nariz y boca, tomando bien las medidas, y enfiló todos los cortes para que no se deshilacharan; luego punteó los ojos á punto de ojal, con seda roja, y, por último, adornó los bordes con cruzadillo rojo también, y puso los indispensables cordones; con lo cual quedó el antifaz perfecto y hasta gracioso. Con arreglo á él cada mujer hizo el suyo, y no serían las diez de la noche cuando todas estaban ya dispuestas para echarse á la calle, aunque todavía no habían comido.

Fueron al baile con ánimo de divertirse cuanto pudieran, excepto Martina, á quien á última hora le entró el pavo, como decía su mamá, disgustada por tener que estar al lado de la niña, que ni quería bailar ni que la dejasen sola. La llegada oportuna de Pío Cid rompió el hielo, y entonces doña Justa también salió á bailar con el primero que la invitó, sin que, soliviantadas como estaban ella y su hermana y sobrinas, notasen, hasta muy avanzada la hora, que Martina había desaparecido.

— Estará por ahí — decían cuando se encontraban en el sitio convenido de antemano; y volvían á desparramarse por la sala, hasta que D.* Justa entró en cuidado y comenzó á mirar por todas partes y á recorrerlo todo, y se convenció de que su hija no estaba en el teatro. Se reunieron todas, alarmadas; volvieron á mirar por abajo y por arriba, y no encontrándola, recogieron los abrigos y fueron á echar una ojeada por los cafés próximos. Luego se encaminaron á la calle de Villanueva, y volvieron de nuevo al teatro y, preguntando, dieron con la Casa de Socorro del distrito, donde les dijeron que aquella noche no había ocurrido ninguna desgracia. Martina no parecía, y D.^ Justa comenzó á temer que su hija hubiera sido engañada por quien la sacó á pasear, que, según todas las trazas, debía ser un pillo redomado. Y la pobre madre explicaba las señas particulares del raptor con tan negros colores, que 9 • - 130 - de sus labios salía Pío Cid digno de que lo llevasen á la horca.

— Pero tita Justa — ¡preguntaba Candelita, que era la más afligida por la desaparición de su prima y compañera de cama, — ¿qué facha tenía ese hombre que la sacó á bailar?

— Yo no me fijé bien — contestaba D.* Justa. — Recuerdo que me pareció al primer golpe de vista un militar vestido de paisano.

— ¿Qué traje llevaba?

— Un traje todo negro, creo que de americana. — ¿Y el sombrero?

— Un sombrero hongo, de hechura algo rara. Ya te digo que no me fijé muclio, porque ¿quién había de pensar?...Lo que sí recuerdo bien es que la cara de aquel sujeto no me fué simpática.

— ¿Qué le encontraba usted, tita?

— íí'o es que le encontrara nada, sino que no me fué simpático Yo no sé cómo vosotras no le habéis visto Era uno de barba negra muy larga, con melenas como los artistas; pero ya os digo que parecía un militar, porque no le caía bien el traje d© paisano — ¿Y era hombre de edad?

— No era viejo, pero tampoco jó ven.

— Pero ¿por qué no le fué simpático? — insistió Candelita, que no comprendía que se pueda tener sin motivo antipatía por una persona.

— ^No fué por nada — contestó D.* Justa. — Déjame en paz, que no estoy para que me pregunten ni sé lo que me digo. A mí no me gustó aquel hombre, y no me extrañaría que fuera un criminal porque los ojos no eran de otra cosa.

— 131 — — No me cabe duda — dijo, oyendo la descripción, D.* Candelaria; — Martina ha sido engañada, y ya no nos queda más recurso que esperar en casa á que sea bien de día á ver si parece, y si no parece daremos parte á la autoridad.

Se fueron á casa llenas de tristeza é inquietud, y se quitaron los disfraces en silencio; D.'^ Justa lloraba, y su hermana se acusaba de haber sido la causante de aquella terrible desventura.

Mientras tanto Pío Cid ponía por obra su plan. Antes que el día clareara por completo abrió el balcón de su cuarto, se asomó y llamó al sereno, que aún estaba en la esquina, para que abriera la puerta. Martina se había quitado el disfraz y se había puesto encima de su vestido, que era algo ligero, una chambra de lana, y en la cabeza una rica mantilla, prendas ambas que Pío Cid conservaba en el fondo del baúl y que habían sido de D.* Concha. El disfraz y todo lo que en el cuarto había de la pertenencia de Pío Cid fué encerrado en el baúl y en una maleta de mano, que quedaron en medio de la habitación. Salieron sigilosamente los fugitivos, y Pío Cid dió al sereno una peseta, diciendo á Martina cuando estuvieron en la calle: — Desde que estoy en Madrid, esta es la primera noche que me ha servido el sereno.

— Ojalá sea la última — dijo Martina, recelosa. — Pero ¿cómo me dijiste antes que no podíamos salir porque no tenías llave, y ahora has encontrado medio de que salgamos? Esto me parece una tunantada.

— Es que al entrar yo no pensaba en la salida, y no se me ocurriría lo que después, cuando de- — 132 — seaba salir, se me ha ocurrido. Quiero decirte que no hay mala intención, sino que, según es el deseo, así se esfuerza la atención y se halla el medio de cumplirlo.

Martina no contestó y siguió andando, sin darse cuenta de por dónde iba, aunque iba hacia su casa. No pensaba tampoco; de vez en cuando miraba á Pío Cid de arriba abajo, como si jamás le hubiese visto, como si se sorprendiera de hallarse al lado de aquel hombre, y sentía miedo y vergüenza de haberse rendido como un juguete á su voluntad. Pío Cid la miraba también, pero con calma, y sin hablarle, iba junto á ella en la misma disposición de espíritu que el soldado que después de una acción en la que ha salido bien librado, emprende de nuevo la marcha en busca del enemigo. Así llegaron á la puerta de la casa de la calle de Villanueva cuando aún estaba cerrada, pues Pío Cid quería evitar que la portera y el vecindario tuvieran noticia de la aventura de Martina. Dio nn aldabonazo, y á poco se asomaron á un balcón del cuarto piso varias mujeres; y un minuto después D.* Candelaria abría la puerta, mientras bajaba detrás D.^ Justa. Martina estaba en el quicio de la puerta como oveja que presiente el degüello, y su actitud contrita y lastimosa decía, sin palabras, que la pobre criatura había cometido el mayor desaguisado que puede cometer una doncella. Su madre y su tía la miraban con estupor, pues con la chambra y la mantilla les parecía una persona extraña ó que hubiera estado ausente cuatro años en vez de cuatro horas. Pío Cid se adelantó, y con voz reposada dijo: — 133 - — Vamos arriba pronto, y podremos hablar sin darle un cuarto al pregonero.

Y apartándose para que Martina pasara entró tras ella, y todos subieron la inacabable escalera, y se hallaron á poco en la sala principal, mientras las hijas de D.^ Candelaria, que estaban esperando, se retiraban confusas á otra habitación á una seña de su mamá. Martina se fué á sentar en el hueco del balcón, cuyas maderas entornadas dejaban pasar la claridad fría del amanecer; la mamá y la tía se sentaron en el sofá, cada una en un extremo? y Pío Cid, sin que le invitaran, se sentó frente á Martina, en una butaca, de espaldas á la puerta, y sin preámbulos tomó la palabra y dijo: — Les pido á ustedes mil perdones por el mal rato que habrán pasado; yo soy el único culpable de lo ocurrido; pero mi culpa es muy leve, porque, como ven, me he apresurado á venir para sacarlas de su inquietud y para que todo quede en familia. Si ustedes no han cometido ninguna torpeza nadie tendrá noticia de esta escapatoria, pues ni aquí ni -en mi casa nos ha visto nadie estado en casa de este hombre? ¿Quién es?

¿Cómo se llama? Vamos, responde.

Martina miró con ojos espantados, mientras Pío Cid sonreía levemente, porque al oir el nombre de Martina cayó en la cuenta de que ni él le había preguntado á ella su nombre, ni ella á él. Doña Candelaria hizo un movimiento brusco, como si fuera á arrojarse sobre Pío Cid; D.^ Justa seguía preguntando con los ojos fijos en su hija, y ésta se tapó la cara con las manos y se echó á llorar.

— 134 - — Esto que ocnrre — prosiguió Pío Cid — les demostrará á ustedes que Martina no tiene culpa; yo he sido el que la he engañado, y tan aturdidos estábamos ella y yo, que no nos hemos preguntado nuestros nombres. Ella no sabe siquiera que ya me llamo Pío, y yo no sabía que ella se llamaba Martina, hasta ahora que lo oigo por primera vez.

— Pero usted le ha dado algo á mi sobrina — gritó D.^ Candelaria; — usted es un criminal.

— No se irrite usted, señora, y tenga la bondad de escucharme — continuó Pío Cid en el mismo tono que había empezado. — Si ha habido arrebato de parte de Martina en seguirme sin conocerme, también lo habrá de parte mía en resolver, como he resuelto, unir mi suerte á la de ustedes sin saber tampoco quiénes son ni cómo se llaman.

— Eso es fácil de saber — interrumpió D.^ Candelaria, que no podía tolerar que se dudase de ella; — preguntando en la Habana por los Gomaras, y en Murcia, donde yo he vivido hasta hace poco, por los Colombas, y en Sevilla, donde vivieron muchos años mis padres, por los Montes, sabrá usted que somos por los cuatro costados una familia dignísima, que no es merecedora, si hubiera justicia en la tierra, de verse en la situación que nos vemos.

— Yo no he dudado de ustedes — siguió Pío Cid; — ustedes son las que dudan de mí, considerándome como un criminal; y yo no me ofendo ni recurro á la opinión pública, porque me basta la mía. Al contrario, sin conocerlas á ustedes me he figurado que eran buenísimas; y por figurármelo así, y porque me parecía imposible que fuera - 135 - de otro modo, después qne lie hablado con Martina y he apreciado su gran mérito, determiné, sin pensarlo, venirme á vivir con ustedes, si ustedes no se oponían. Yo no tengo familia, vivo solo j he podido tomar casa para los dos, puesto que Martina me quiere; pero me parecía más noble presentarme y pedirles perdón por el abuso que, sin poderlo remediar, he cometido, y exponerles la idea, que tengo por muy sensata, de vivir todos juntos.

— ¿Y usted cree que no hay más que engañar á una joven y quitársela á su familia como si no hubiera leyes ni tribunales, como si estuviéramos en el centro de Africa? — replicó D.* Candelaria con energía.

— Yo no creo nada de eso — contestó Pío Cid.

— Entonces, ¿creerá usted que puede abusar de nosotras porque somos mujeres solas? — dijo doña Candelaria. — ¿Quizás porque sepa ya por esta niña loca que su madre es una mujer sin carácter? Pues está muy equivocado, que yo estoy aquí para dar la cara, y verá usted quién soy yo.

— Martina no me ha dicho nada de ustedes — contestó Pío Cid, — ni yo trato de abusar de nadie.

— Entonces, ¿se figura usted — insistió D.^ Candelaria con la entonación de un juez que formula un interrogatorio, — que porque estamos en situación apurada nos vamos á doblegar, como quien dice, á vendernos por dinero?

— Yo soy pobre — contestó el reo, — y lo que les he ofrecido es compartir mi pobreza.

Doña Candelaria desarrugó el entrecejo y tomó na aire más humano. Lo que más le llegaba al alma era la insolencia de aquel caballero desconocido, que se expresaba como quien posee la varita mágica, que cierra todas las bocas y abre todas las puertas, el dinero, dominador y triunfador. Ante tan humilde confesión de pobreza, doña Candelaria pensó que quizás aquel sujeto venía oon buenas intenciones, y que, por lo pronto, se podía hablar pacíficamente con él, de igual á igual. Cambió, pues, el tono y asunto del interrogatorio, y le preguntó mirándole fijamente: : — ¿Usted pensará casarse con mi sobrina? ' — Yo la considero ya como mi mujer — contestó Pío Cid. — Le extrañará á usted mi respuesta, pero no soy amigo de dilaciones ni de ceremonias, y en las cuestiones mías mi voluntad y mi palabra bastan.

— Pero ésta no es cuestión de usted solo — replicó D.'' Candelaria; — es también de mi sobrina, y nuestra, y de la sociedad, que cuando tiene establecida la manera de bacer las cosas no será por I)uro capricho.

—Deje usted fuera la sociedad — dijo Pío Cid; — yo no le doy ninguna importancia, y tengo la costumbre de arreglar mi vida, no como la sociedad lo dispone, sino como yo quiero.

—Pero usted no es nadie para mandar en los demás — replicó vivamente D.* Candelaria; — y hay que ver si los demás quieren lo mismo que usted.

— Si no quieren — contestó Pío Cid, — yo les dejo en paz y continúo viviendo solo, como hasta aquí he vivido, mejor ó peor, por no someterme á las — 137 - exigencias del público. No creo valer más que los otros, pero tampoco quiero valer menos.

Doña Candelaria quiso decir varias cosas á la vez, pero no dijo ninguna; se volvió hacia su hermana y habló con ella en voz baja. Pero Pío Cid, que tenía el oído finísimo, oyó algo, porque añadió encarándose con D.^ Candelaria: — No me compare usted con Colomba; aunque yo esté algo tocado, como usted cree, no soy capaz de hacer lo que él hizo cuando se casó, que estuvo algunas semanas sin hacer caso de su mujer.

Doña Candelaria se puso roja como el fuego, y después amarilla como la cera, y luego verde y azul y de todos los colores del arco iris. ¿Cómo este hombre, que ella veía por primera vez, estaba enterado de un secreto que ella había ocultado hasta á sus padres y que había sido el tormento de su vida? Y ¿quién sabe si no sólo estaría enterado, sino que conocería la causa de aquella inexplicable conducta de su esposo, que ella jamás pudo á ciencia cierta conocer? No ya á su sobrina, sino á sus tres hijas las hubiera sacrificado por conservar cerca de sí á una persona que comenzaba á tomar un aspecto tan interesante y misterioso.

Para que no se crea que Pío (üd andaba en tratos ocultos con los espíritus infernales, conviene explicar cómo se había enterado de tan grave secreto de familia. Discutíase en la casa de huéspedes, después de almorzar, si el amor era uno en el hombre y en la mujer, ó si el hombre podía sentir varios amores simultáneos. Orellana proclamó que el amor, como el matrimonio, era uno — 138 -