SigPhi · Angel Ganivet

Los trabajos del infatigable creador Pio Cid, Tomo I

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é indisoluble; y que los que creían sentir varios amores no sentían ninguno en realidad, y que el fundamento del amor y de la vida humana era la mutua fidelidad entre los que se amaban legítimamente. Pío Cid rechazó esta idea como formalista y convencional, y sostuvo que el amor era indicio de la fuerza creadora del espíritu, y que si hubiera un hombre que tuviese un solo amor en su vida, sería profundamente despreciable. En prueba de ello, dijo que en Europa, donde se sigue el régimen de la mujer única, aunque no el del amor único, el hombre ha ido achicándose hasta el punto de que la mujer se le sube ya á las barbas, y no tardará mucho en hacer con él lo que las ranas de la fábula hicieron con el pedazo de madera que les envió Júpiter, cuando ellas lo que necesitaban era un culebrón. Todos los huéspedes tomaron parte en la contienda, y hubo partidarios del amor único y del matrimonio indisoluble, de los amores sucesivos y del divorcio para poder darles forma legal, del doble amor simultáneo espiritual y carnal, y de otra porción de soluciones. Pepe Rodríguez, que tenía un repertorio inagotable de anécdotas, refirió una en apoyo de la opinión de Pío Cid, esto es, de que se pueda sentir á la vez dos ó más amores y revelar por ello más fuerza espiritual. Se trataba de un paisano suyo, llamado Fermín Colomba, amigo de su padre y persona de extraordinario mérito, aunque jamás hizo cosas que le hicieran famoso, porque despreciaba la fama y todo lo que el mundo pudiera darle.

Este hombre, que decían era poco amigo de las mujeres, sostenía relaciones amoro- — 131) — sas con una señora casada, y después de varios años de secreto amorío, de la noche á la mañana se casó con una joven andaluza, muy bella, hija de un militar que acababa de llegar destinado á Murcia. Y lo notable del caso fué que Colomba, aunque se casó enamoradísimo de su mujer, se mantuvo tan excesivamente respetuoso con ella, que la recién casada, después de un mes ó dos de meditaciones y de esperas inútiles, se decidió á consultar con su suegra, con cuyo auxilio logró al fin sacar á su marido de aquel triste retraimiento. Alguna criada debió de estar detrás de las cortinas, porque toda la ciudad supo y comentó la extravagancia de Colomba; y de tal modo extrañaba á aquellas Cándidas naturalezas que un hombre de carne y hueso pudiese enfrenar tan rudamente sus pasiones, que se inventaron historias picantes para explicar el suceso, aunque no faltó quien, mejor pensado, aseguró que Colomba era un místico que se había casado por equivocación. Y la verdad, ¿saben ustedes lo que era? — dijo Pepe Rodríguez para terminar. — Que la antigua amante de Colomba, aunque había consentido en el matrimonio, porque al fin y al cabo ella también era casada, hizo jurar á su amante que había de estar no sé cuánto tiempo sin hacer caso de su esposa. Y él lo juró, porque, aunque estaba enamorado de la andaluza, no quería perder á la murciana, de la que estaba enamorado también. Otra criada debió de estar detrás de otras cortinas, y toda la ciudad supo esto, como había sabido lo otro, excepto la joven engañada y el esposo ofendido, que éstos no se enterarían de nada, según costumbre.

— 140 — Pero mi padre lo sabía tocio muy bien, y hasta hizo algunas reflexiones á Colomba, quien le declaró que todo era verdad; pero que á él le gustaban las dos, y no quería perder á ninguna.

Pío Cid recordaba esta historieta, y se sorprendió no p^co cuando, por cabos sueltos, sacó en limpio que la tía de Martina era la mujer del estrafalario murciano; y como desde el principio comprendió que la tía era la fortaleza que allí había que expugnar, la hirió en el lado flaco de todas las mujeres: la curiosidad, aunque con propósito deliberado de no descubrir jamás toda la verdad de lo sucedido, pues el tipo de Colomba le fué simpático, y no quería arrebatarle el afecto que su viuda pudiese conservar aún á su memoria. El tiro dió en el blanco, y desde el punto en que D.* Candelaria vió á Pío Cid dueño de un secreto que la mortificaba, aplacó sus ímpetus y se declaró en abierta derrota. No cedió de repente, pero comenzó á hablar como si aceptase el hecho consumado.

— Yo comprendo, sí- -dijo, — que, después de todo, la sociedad no merece que uno se preocupe por ella, pues cuando llegan los días de apuro, todas las bocas que estaban abiertas para murmurar se cierran diciendo: (.(perdone usted por Dios». Pero una mujer que no está casada está siempre en el aire. Usted piensa hoy de un modo. ¿Y si mañana piensa de otro?

— Aunque piense de otro modo — contestó Pío Cid, — yo no falto jamás á mi palabra. Mientras yo viva, no les faltará á ustedes para vivir, y mientras Martina voluntariamente no estuviera — *14] - conforme en separarse de mí, yo no la abandonará, La mayor parte de los hombres busca en las mii -jeres el placer ó la comodidad, y cuando no los consiguen, casados ó sin casar, vuelven las espaldas. Yo no busco nada de eso, y, por lo tanto, no puedo tener nunca motivo para separarme.

— Entonces, ¿qué es lo que usted busca? — preguntó D.^ Candelaria.

— Yo mismo no lo sé — contestó Pío Cid. — Algunas veces me dan ideas de hacer algo, y no hago nada, porque soy perezoso ó porque no tengo necesidades á que atender. Quizás lo que busque sea un estímulo para trabajar ¿Quién sabe? Yu les digo que yo mismo no lo sé.

— Otra cosa — dijo D.^ Candelaria. — Yo tengo tres hijas solteras ¿qué ejemplo le parece á usted que es para ellas ver á una prima, que es casi como una hermana, vivir en la situación en que usted quiere colocar á mi sobrina?

— A la semana de estar yo aquí — contestó Pío Cid,— sus hijas de usted me querrán como á un hermano mayor, y si se dejaran guiar por mi, sería para su bien. Usted, no me extraña, tiene ideas ajustadas á la manera usual de vivir, y no comprende el valor de la realidad. Acaso usted lleve la razón en la apariencia, pero la realidad está de parte mía. Al principio les causará extrañeza lo que, después (jue se les haga la vista, les parecerá naturalísimo; y entonces, cuando no vean la exterioridad, percibirán las ventajas reales que hay en la vida tal como yo la entiendo. A mí tampoco me gusta ponerme en pugna estúpidamente con la opinión de los demás, y en los detalles me — U2 — avengo á todo. Ya ven cómo he procurado ser discreto en el modo de entrar en esta casa; si quieren, pueden decir que soy un huésped, ó que me he casado por poderes y he venido á reunirme con mi mujer. Ustedes tendrán pocas relaciones, y yo no tengo ninguna. Por este lado las complicaciones no serán graves.

— Yo — dijo D.^ Candelaria, levantándose — he hablado sin ser realmente la llamada á hacerlo. Mi hermana es quien tiene autoridad sobre su hija y quien debe decidir. Me gustan las cosas por el camino recto, y no veo con buenos ojos lo que ha ocurrido, ni me explico, ni me explicaré jamás, lo que ha hecho esta niña atolondrada. El proceder de usted es muy censurable. Sus ideas muy buenas serán; pero viene á defenderlas cuando ya el mal no tiene remedio, sin duda porque sabía muy bien que sin esta circunstancia no le hubiéramos escuchado á usted siquiera. ¿Qué dices tú á todo esto? — concluyó, dirigiéndose á su hermana.

— Su hermana de usted — contestó Pío Cid, levantándose también — piensa como usted, y estoy seguro de que ahora me detesta; pero no puede sacrificar á su hija á un orgullo mal entendido. En estas cosas que ocurren sin saber cómo, hay que ver algo superior á nuestra voluntad. Contra la mía salí yo anoche de mi casa, y no me pesa. Al contrario, me alegro de haber salido — anadió, acercándose á Martina; — me alegro, porque estoy seguro de que ningún hombre te hubiera comprendido como yo te comprendo, y de que tu vida será al lado mío más feliz y más noble que si te hubieras casado con un príncipe. Y diciendo esto — 143 — — 143 — abrió una hoja del balcón y miró al cielo, y después puso la mano sobre la cabeza de Martina, que seguía amodorrada, tapándose la cara con las manos. — Tú no tienes culpa ninguna — le dijo, — ni necesitas que te perdonen; pero levántate y abraza á tu madre y á tu tía, y demos al olvido lo pasado. Desde hoy va á empezar aquí una nueva vida, y hay que comenzarla siendo generosos, no guardándose ningún rencor ni hablando más de asuntos desagradables. Anda, levántate, y no seas tonta.

Martina se levantó sin descubrirse el rostro, y Pío Cid la llevó casi en peso adonde estaba su madre. Doña Candelaria se acercó también, y las tres juntas se abrazaron sollozando. Pío Cid permanecía de pie junto á ellas, mirándolas como si fueran un grupo artístico, no mujeres de verdad.

Así que pasó un rato se acercó más, cogió por los brazos á Martina y la levantó en el aire, separándola del grupo; así quedaron las tres, mirándose cara á cara, y Pío Cid, para dar alguna salida á la embarazosa situación, dijo á Martina; — Anda, quítate la mantilla y vete con tus primas, que las pobres desearán verte.

Martina se fué con la cabeza baja, más que por obedecer, porque le daba vergüenza de que su madre la mirara, y él, apenas la vió trasponer la puerta, añadió: — Hay que pensar lo que hacemos. Yo he dejado en mi cuarto mis cosas ya preparadas para enviar por ellas, porque no pensaba volver por allá. Si ustedes quieren escribiré una carta y la enviaré con un mozo para que las traiga.

— ¿Qué voy yo á decir? Candelaria, si aun no me he hecho cargo de lo que aquí sucede? — respondió D.^ Justa llena de confusión.

— Es singular que haya conocido yo á nsted el día de su santo — dijo Pío Cid á la tía de Martina. — Hoy creo que es la Candelaria.

— Somos dos las Candelarias, porque mi hija, la de en medio, se llama como yo — dijo la interrogada;—pero hablando seriamente, ¿le parece á usted natural que un hombre como usted, que se considera ya de la casa, y, como quien dice, de la familia, no supiera hasta ahora mismo nuestros nombres?

— ¿Qué tiene eso de particular? Yo no le pregunto nunca á nadie cómo se llama, ni necesito saberlo. Cuando veo á una persona, yo mismo la bautizo y le pongo el nombre que se me antoja para entenderme, y este nombre es más expresivo que los que ponen en la pila, que, por regla general, no tienen relación con quien los lleva. Hasta hace poco no sabía el nombre de Martina, y ya ve usted que no hizo falta para interesarme por ella.

— Y ¿qué nombre le puso usted á Martina? — preguntó D."" Candelaria.

— «Pájaro de plomo» — respondió Pío Cid, con la misma sencillez con que hubiera dicho Antonia ó Manuela.

— Quiere decir — contestó Pío Cid — que Martina — 145 - parece un pájaro por lo ligera y atolondrada; pero que cuando se la conoce se ve que tiene un gran corazón y que sus sentimientos son macizos, pesados como el plomo. Martina es una de esas mujeres (][ue se ligan á un hombre para toda la vida y que le son fieles hasta después de la muerte. Le advierto á usted que, por casualidad, el nombre propio también le cuadra, porque Martina suena algo á martillo, martinete, cosa que golpea y machaca con fuerza, como ella lo hará conmigo, ustedes lo verán.

— Vamos á ver, y á mí ¿qué nombre me había usted puesto? — preguntó D.^ Candelaria, en tono de confianza. — Dígalo aunque sea malo, porque no me he de ofender.

— A usted le había puesto— contestó Pío Cid — «Fragata encallada». Sus disparos de usted son temibles cuando puede disparar con soltura; pero ahora ha tocado usted fondo y puede uno acercarse impunemente.

Doña Candelaria torció el gesto, como si lamentara reconocer que en verdad estaba embarrancada y sin poder defenderse con el brío que ella quisiera, y luego preguntó con ciertos asomos de risa: — ¿Y á mi hermana?

— Á D.* Justa — contestó Pío Cid — la he llamado «Trompo».

— Eso significa— contestó el infatigable inventor de motes — que es una mujer muy activa y ágil, pero que es necesario que otro la baile; es — 14G — decir, que otro le dé el impulso, porque ella carece de iniciativa.

— Eso es verdad; no te ofendas, Justa, es la purísima verdad — dijo la hermana; — pero á ver qué dice usted de mis niñas Niñas, venid aquí — gritó, acercándose á la puerta. — Y cuando las niñas llegaron, añadió: os voy á presentar á D. Pío Mi Paca, mi Candelaria y mi Valentina.

Las jóvenes habían entrado con timidez seguidas de Martina, que ya les había explicado del modo más favorable la fuga nocturna y los planes del que había de ser su esposo. Pío Cid se adelantó, diciendo: — Tiene usted tres lindísimos pimpollos; pero ésta tiene los ojos malos. A ver, qué es lo que tiene — agregó, cogiendo á Paca de la mano y llevándola cerca del balcón para examinarla bien á la luz. — Esta criatura ha tenido cegueras cuando niña, ¿no es verdad?

— Sí, señor — contestó su madre. — Hace tiempo que estamos pensando ponerla en cura — Pues en estos padecimientos no conviene pensar mucho; casi todas las enfermedades creo yo que se pueden curar dejando que la naturaleza obre; pero en las de los ojos no se deben dar largas. Va usted á ver cómo la curo yo en pocos días.

— -No, señora; sé algo de afición Nada, yo me encargo de Paca. Hoy mismo compraré los ingredientes y haré un colirio, que en unos cuantos días la curará por completo.

— 147 — —;No me lo diga usted! — exclamó contentísima la madre. — Pero esa medicina, ¿no será peligrosa?

— Esté usted tranquila, que no hay peligro; yo respondo con mi cabeza de que Paca se cura — aseguró Pío Cid para inspirar mayor confianza y para que la fe ayudara algo al medicamento.

— Pero, á todo esto, no se olvide usted — dijo doña Candelaria — de escribir esa carta de que antes habló. Yo voy á salir á la compra y puedo buscar el mozo que ha de llevarla.

— Tengo además otra idea — dijo Pío Cid. — Puesto que hay en casa dos Candelarias, hay que celebrar el día de hoy. Ustedes compran lo que les parezca. Tomen ustedes — agregó, sacando una cartera y tomando unos billetes, — esta es mi paga del mes, tal como la cobré ayer, que fué día primero; procuren estirarla todo lo que puedan, y cuando se acabe veremos. La idea del convite le pareció á Pío Cid excelente para romper la situación violenta en que todas estarían hasta que pudiesen tratarle con confianza, y se alegró de que la Candelaria viniese á punto, para que no pareciese que festejaban el comienzo de la nueva vida, en la que aquellas honestas amazonas entraban á regañadientes. De tal modo era Pío Cid respetuoso con los sentimientos ajenos, y se ingeniaba para evitar los encontronazos que pudieran darse sus ideas con las de aquella pobre familia.

Mientras D.'' Justa y D.* Candelaria se arreglaban un poco para ir á la calle. Pío Cid pidió avíos para escribir, que Paca le trajo con gran diligencia, y escribió á vuela pluma la siguiente carta para D.* Paulita: «Mi estimada amiga: )) Tenga usted la bondad de entregar al portador de la presente el baúl y la maleta que hay en medio de mi cuarto, disponga de éste desde hoy^ pues yo estoy instalado ya en mi Queva casa, que le ofrezco, aunque le agradeceré que no venga á verme hasta que yo vaya á despedirme personalmente. La razón de esto, que á usted le parecerá extraño, no es otra que mi repugnancia á dar explicaciones, y el disgusto que me causa dejar su casa y su amable y amistoso trato, sin motivo por parte de usted. Más sabe el loco en su casa que el cuerdo en la ajena, y algún día encontrará usted justificado mi proceder, que hoy le parecerá inexplicable. Bástele saber que la casa en que estoy atraviesa una crisis en nada inferior á la de usted cuando yo entré en ella; porque ustedes eran dos bocas y siquiera tenían un huésped, mientras (|ue aquí las bocas son seis y no hay ningún Orellana. Usted logró salir á flote, y en breve tendrá á su lado á su marido y á los dos hijos que le faltan; que siga la buena hora, y si alguna vez el carro se tuerce, acuda, antes que á nadie, á su buen amigo y paisano, ))Pío Cid.

))Pío Cid.

í>De esos dos duros haga el favor de entregar uno á Purilla para que se compre el pañuelo que le ofrecí; usted tome catorce reales por el día de ayer, y el pico para caramelos para Paquilla.

D Cuando vaya la lavandera con la ropa, dele las señas de mi nueva casa, que pongo al final.

3) Despídame de los huéspedes, en particular de Benito y los Doctores.»

— 149 — Dobló el papel, lo metió en nn sobre, juntamente con dos duros en dos monedas, y puso en el sobre: «A Doña Paula Sánchez de Piedrahita, de su a. y p., P. C», y debajo las señas, entregando la misiva á las señoras que la aguardaban.

Apenas se marcharon las mamas. Pío Cid se puso á pasear por la sala y á mirarlo todo con atención. Los cuadros de Colomba le gustaron, aunque veía en ellos cierta vulgaridad que deslucía los toques fuertes y personales que revelaban que el que los pintó era un verdadero artista. Después de mirar los cuadros miró á Candelita y le pareció ver en su figura algún parentesco con el estilo de los cuadros. Candelita notó que la miraba y le preguntó: — ¿Le gustan á usted los cuadros de papá?

— Me gustan — respondió Pío Cid, — y el ser hijas de tal padre las obliga á trabajar y á aspirar á algo grande. ¿Hay alguna pintora?

— Mi hermana Paca empezó á dibujar, pero no ha podido seguir por la vista — respondió Valentina.— Nos gusta más la música á todas.

— ¿Tocáis la guitarra? — preguntó Pío Cid, viendo el instrumento colgado en la pared.

— Un poco nada más — respondió Candelita; —quien la toca mejor es mamá y Paca. Valentina y yo estudiábamos el piano y Martina también.

— Yo sé muy poco — dijo ésta; — no tengo paíiiencia para estar mucho tiempo sentada.

— Aquí no tenéis piano — dijo Pío Cid. — Yo no tengo dinero para comprar uno, pero lo tomaré alquilado.

— 150 — — Esos son gastos inútiles — dijo Martina.

— Los gastos que se hacen para entretenerse en casa son los más útiles — replicó Pío Cid,^ — porque, si no hay nada que hacer, se va uno á la calle y gasta más.

— Eso es verdad — asintieron todas.

— Y ¿qué tal os fué anoche en el baile? — preguntó Pío Cid, cambiando de conversación. — ¿Cuántos novios os salieron?

— Eso va contigo, Paca — dijo Valentina.

— Diga usted que fué una broma — repuso la aludida. — No fué más que hablar por hablar.

— ¿Cómo se llama el caballerete ése, á ver si yo le conozco? — preguntó Pío Cid.

— Es un chico navarro, que se llama Pablo del Valle — contestó Paca; — no crea usted que es cosa seria. El quedó en buscarme, pero yo ni siquiera me descubrí por completo.

— Ya veremos qué clase de persona es si se presenta — dijo Pío Cid. — Por ahora, lo que tienes que hacer es curarte los ojos.

— Calle usted — dijo Paca, — pues si estoy soñando en que usted me dé la medicina.

-^Hoy mismo la haré — aseguró Pío Cid, — y por la noche, al acostarte, te lavas los ojos, y luego te pones un trapo de hilo, picado, bien empapado en el agua ésa y duermes con él, y ya verás después de dos ó tres días qué efecto tan sorprendente. Pero estoy viendo que tenéis una cara que dice á la legua que no habéis dormido esta noche. Lo que debéis hacer es acostaros hasta la hora de almorzar.

— Yo tengo un dolor de estómago horrible — — 15L — dijo Martina. — ¿Por qué no hacemos un poco café?

— Vamos á hacerlo — contestó Paca. — Tú, Valentina, baja por leche, mientras yo enciendo el anafe.

Hicieron el café en un periquete, y todos se sentaron á tomarlo como viejos amigos. Después de hablar un poco del pretendiente de Paca, Martina preguntó á Pío Cid bruscamente, como si estuviera muy ofendida: — Oiga usted, caballero, ¿qué decía usted antes de pájaros de plomo? ¿Usted no sabe que las paredes oyen? O si no las paredes, nosotras, que estábamos en la habitación de al lado.

— Al paso que vamos — dijo Pío Cid — las paredes, no sólo oirán, sino que verán, porque estas casas de tiritaña parecen hechas con papel mascado.

— Y muy bien hechas — insistió Martina, — para que anden con cuidado los largos de lengua.

— Qué, ¿no te gusta que te comparen con un pájaro? — preguntó Pío Cid.

— Si fuera un pájaro bonito — respondió Martina,— con plumas de colores, ó si es de metal, un pájaro de oro, no habría nada que decir; pero pájaros de plomo no los hay, y si los hubiera serían feísimos. Eso ha sido una ofensa que no se me olvidará.

— ¿Ya empieza el martillo? — preguntó Pío Cid con calma risueña.

Martina también se echó á reir, y de pronto preguntó: — Vamos á ver, ¿qué nombres les has puesto ya á mis primas? Dínoslos para que nos riamos.

— Pero, mujer — dijo Pío Cid, — si á tus primas las lie conocido por sus nombres verdaderos cuan -do me las presentó su mamá.

— No le hace, no le hace; dígalos usted — rogaron las primas.

— A Paca no le he puesto nombre — dijo Pío Cid; — se ve que es una joven encogida y apocada, pero esto es por la enfermedad; así que esté bien de la vista cambiará mucho, y entonces la bautizaré.

— ¿Y á Candelita? — preguntó Martina con interés.

— A Candelita— contestó Pío Cid — le he puesto «La Cometa». Se entiende, una cometa de esas que remontan los muchachos para entretenerse. Si Candelita tiene quien le dé hilo, puede remontarse muy alto; si no, andará dando cabezadas, y quizás se rompa antes de subir. ¿No habéis visto vosotras las cometas?

— Sí, sí — contestó Candelita; — pero ¿qué comparación más rara se le ha ocurrido á usted? Esa es una profecía triste.

— O alegre — dijo Paca, — porque también puedes subir muy alto. Ahora faltas tú, Valentina.

— A Valentina — dijo Pío Cid, — la he puesto cr Relamida» Varias carcajadas le interrumpieron, que él no comprendió hasta que Paca le explicó que Valentina tenía cinco gatos, y entre ellos una gata llamada Relamida, y que no habían podido contenerse ante el acierto extraordinario con que le había puesto el mote. Entretanto, Valentina se levantaba apurada, diciendo: ¡Pobres gatos míos, que los había olvidado, y aún están metidos en la carboneral Pronto volvió con sus cinco dijes, que recogieron ávidos las migajas que quedaban de las tostadas hechas para tomar el café. Las muchachas estaban fuera de sí, porque después de dos meses de conversación sosa y aburrida, como es siempre la de las mujeres solas, les gustaban sobremanera las ocurrencias y dichos de Pío Cid, quien á duras penas logró convencerlas de que debían dormir un rato para estar luego mejor dispuestas para comer y beber y celebrar dignamente la fiesta de las Candelas.

Se fueron, por fin, á echarse un rato, y le dejaron solo, meditabundo, sentado en una butaca; pero al cabo de algunos minutos volvió Martina y se sentó en el sofá, apoyando un codo sobre el brazo del que debía ser su marido. Le miró unos segundos en silencio, y después le preguntó con seriedad fingida: — ¡Con que pájaro de plomo, eh!

— Lo que es andando — dijo Pío Cid, cogiéndole las manos — no eres de plomo, que tienes un aire gallardo y arrogantón que quita el sentido. Yo dije de plomo por abreviar, pero debí añadir que el plomo era muy poco y estaba por dentro, y que por fuera no se veía porque tenía un baño de oro finísimo y un engarce de pedrería de la más rica, y dos diamantes, que están en tus ojos, y dos sartas de perlas, que están en tu boca — Cállate — interrumpió Martina avergonzada, — que cada vez me pareces más tuno. Tvi eres más pillo que bonito, y á tener gramática parda no — 154 — hay quien te gane. No me extraña qae me hayas engañado á mí, cuando te has metido en el bolsillo á mi tía Candelaria. Buen peje estás.

— Todo eso me lo dices — prosiguió Pío Cid con voz apasionada y mirando con tanta viveza que parecía haberse quitado veinte años de encima, — porque te he llamado pájaro; pero pájaros hay muchos, y se me olvidó decir que tú eras como un águila caudal, que, escondida en lo más remoto del cielo, ve todo lo que pasa en la tierra y hace temblar sólo con su mirada.

— Y con las uñas, míralas — dijo Martina desasiéndose de Pío ('id, poniendo las manos como garras y amenazándole con sacarle los ojos.

De repente se levantó, y cogiéndole la cabeza le dió un beso muy apretado en la boca y huyó, diciendo: — Me voy con mis primas, porque no digan El la siguió con los ojos y murmurando entre dientes: ¡qué pedazo de mujer!

No había pasado un cuarto de hora cuando llegó el mozo con el baúl y la maleta y con una esquela para Pío Cid, en laque D.^ Paulita, después de darle las gracias, le decía que sus órdenes estaban cumplidas, y que, aunque había sentido mucho aquel cambio inesperado, se figuraba que sería por razones muy justas, y quedaba más amiga aún que antes. Pío Cid hizo al mozo colocar la carga que traía en una habitación, al lado de la sala, junto á la puerta, le pagó el mandado, y dejando entornada la puerta para cuando llegaran las mamás, volvió á la habitación, donde había solo una cama muy grande, un tocador y una — 155 — mesa, y se entretuvo en colocar sobre ésta sus libros y papeles, dejando á mano la traducción del libro de Obstetricia para proseguirla sin levantar mano á fin de aumentar un poco sus desmedrados ingresos. Unas cien cuartillas tenía traducidas, y desde luego pensó llevarlas al editor para tomar algún dinero y anunciar que en breve tendría terminado el trabajo y estaría en disposición de comenzar otro si se lo encomendaban. En esta faena le sorprendieron las mamás, y no fué poca la sorpresa de D.^ Candelaria cuando le vió leer aquel libro, abierto precisamente por una página que tenía un grabado espeluznante.

— Pero hombre de Dios — le dijo, — ¿qué es eso que tiene usted ahí?

— Es un Tratado de partos^ que estoy traduciendo del inglés — contestó Pío Cid.

— Pues por la Virgen del Carmen escóndalo usted, no vayan á verlo las niñas — le dijo la alarmada mamá.

— En dando orden de que no entren en mi cuarto — insinuó él.

— Por lo visto, usted se ha apropiado ya este cuarto, que era el mío — exclamó D.^ Candelaria.

— Es que en la casa en que yo vivía tenía un cuarto parecido á éste, y sin darme cuenta me he metido aquí, donde hay todo lo que yo necesito: una mesa para escribir, un tocador para asearme y una cama de matrimonio.

Doña Candelaria se echó á reir, diciendo: — Es usted más pillo que bonito.

— 150) — — Eso mismo acaba de decírmelo Martina — replicó Pío Cid, riendo también.

— Y se lo dirá á usted toda la familia — concluyó D.* Candelaria; y cuando se lo dicen todos, por algo será.

— Las niñas duermen — entró diciendo doña Justa; — tendremos nosotras que hacer el almuerzo.

— Eso es lo mejor — dijo Pío Cid, — y después de almorzar se acuestan ustedes también un rato, y yo me entrentendré en preparar la medicina para Paca.

Así se hizo. El almuerzo ñié ligero, y una vez terminado, Pío Cid salió un momento á comprar en la botica los componentes de la receta que él había combinado en su imaginación, en tanto que las mujeres seguían hablando de los nombres que Pío Cid les había puesto á todas, y que fueron el tema de discusión durante el almuerzo. De vuelta con sus compras, puso á cocer en una olla grande, llena de agua, varias hierbas olorosas, y metió entre los carbones encendidos una paleta pequeña de cocina, á falta de otra más á propósito para el caso. Cuando las hierbas hubieron hervido un buen rato, volcó la olla en un lebrillo de fregar, de modo que no cayesen las hierbas, y diluyó en la infusión unos polvos morados como el lirio. Después, en la paleta, encendida al rojo, echó otros polvos blancos, que debían ser de vitriolo, y cuando se derritieron y consumieron metió la paleta en el lebrillo y agitó aquel extraño cocimiento, que fué tomando diversos colores, hasta que, después de repetida tres veces la operación, se quedó — 157 — — 157 — en un color de violeta claro con reflejos rojizos. Luego preparó un filtro con un colador y un pedazo de tela muy tupida, y filtró el agua curativa en dos botellas, que Paca liabía fregado con •gran esmero. Todas estas manipulaciones las liizo con mucha calma y cuidado para producir mayor efecto, no porque le gustase el aparato teatral, sino porque pretendía reforzar más aún el crédito de que ya gozaba su colirio. Tapó, por último, muy bien las botellas y las puso en agua en el lebrillo para que se enfriaran y reposaran.

— Ahora no falta más — dijo á Paca para concluir,— que esperar que llegue la hora de acostarse y usar este agua como te dije. Al principio sentirás un gran escozor y los ojos se te pondrán más irritados; pero después ya verás cómo te curas. Por cierto que tienes unos ojos melados, muy graciosos, y que en cuanto estés curada vas á volver loco al pobre Pablo del Valle.

Aunque sea adelantar los efectos de la medicina, hay que decir que Pío Cid no era ningún curandero de tres al cuarto y que Paca se puso buena en cinco días, mejor quizás que si la hubieran asistido los oculistas más afamados del orbe.

Las mamás, luego que vieron componer el agua milagrosa, se fueron á descansar, y las niñas se quedaron navegando por la casa, ocupadas en preparar la comida, en la que echaron el resto de su saber culinario, que no era muy considerable, pues á excepción de Paca, que era la más casera, las demás entendían de casi todo menos de las faenas de la casa.

Martina era muy dispuesta, pero muy regalona é - 158 - ignorante de lo que era pasar fatigas y miserias, á las que ahora empezaba a habituarse. En todo el día no dió pie con bola, porque estaba dominada por una idea que parecerá pueril, pero que para ella era una montaña. No hacía más que entrar en el cuarto donde Pío Cid escribía, y dar vueltas y pensar cómo iba ella á dejar á Candelita y á venirse á dormir con su marido, ó con quien debía serlo, sin tener confianza con él, y luego, así, tan de repente, cuando la costumbre era estar un hombre y una mujer varios años diciéndose cosas y preparando el acto imponente y la hora solemnísima en que debían quedarse solos y mirarse á un espejo, abrazados, él muy vestido de negro y más tieso que un huso, y ella muy vestida de blanco, con su velo y su corona de azahar, y con un susto que no le cabía en el cuerpo, todo según ella se lo figuraba, porque lo había leído así en una novela, y porque debía ser así, y no como á ella le iba á suceder. ¿Qaé modo de casarse era éste, ni qué niño muerto? Verdad es que ella se había ido la noche antes con aquel hombre, pero Dios sabe lo que después de pasadas las amonestaciones harán las demás novias Y ella tampoco era novia de aquel hombre, ni éste le había hablado como hablan los novios; esto lo sabía ella muy bien, porque había tenido varios: el primero militar, luego un estudiante, después nn abogadillo, después el único que no había sido novio iba á ser su marido, quien, para que todo fuera raro, ni siquiera tenía es decir — Oye, tú, Pío — exclamó de repente, cuando esta idea se le ocurrió, — pero tú, ¿qué eres?

— 159 — — Yo soy nn hombre — contestó él.

— Valiente contestación — replicó ella, — hombres son todos los que no son mujeres. Lo que yo te pregunto es que qué eres.

— Yo no soy nada — contestó él.

— Nada no puede ser — insistió ella, — tú vives de algo.

— Vivo de lo que como, y como lo menos posible— contestó él.

— Vamos, no seas guasón — insistió ella. — Tú tienes un empleo, ó una carrera, ó una ocupación — Tengo un empleo — contestó él — que me da para ir tirando; tengo una carrera, y podría ser abogado, pero no ejerzo; y me ocupo en traducir libros por necesidad, y en una porción de cosas por mi gusto.

— De modo que eres abogado — dijo ella.

— No lo soy ni quiero serlo — afirmó él; — ya te digo que yo no soy nada, ni seré jamás nada, porque no me gusta que me clasifiquen.

— Bueno — dijo ella cambiando de tono y lanzándose á decir algo que le escarabajeaba en el pecho. — Además, tenía que decirte que yo sigo durmiendo con Candelita.

El no contestó, y ella se fué á la cocina, donde las primas hablaban con entusiasmo de lo que iban á divertirse cuando Pío Cid les trajera al día siguiente el piano que les había ofrecido. La más entusiasmada era Candelita; á Paca le preocupaba más el agua de los ojos, y no apartaba los suyos de las botellas, y Valentina bregaba como de costumbre con los gatos en cuanto Paca la — IGO — dejaba libre de las faenas cocineriles, á que todas tenían que ayudar.

Todo salió á pedir de boca; y como hubo algunos extraordinarios, vino abundante y mucba conversación, la comida, que tuvo lugar en la sala principal, duró desde el obscurecer hasta la hora de acostarse.

— Esta vida mía es un escándalo — decía Pío Cid. — Anoche tuve un banquete y esta noche otro, y mañana no sabemos. Si me quejo mereceré que me caiga algún castigo.

— Y ¿cómo fué ese banquete?— preguntó Doña Candelaria. — Cuéntenos usted.