Tantos subieron del cuchillo á la corona como bajaron de la corona al cuchillo. Gómense mejor los buenos bocados de la suerte con el agridulce de un azar.
Es corsaria la fortuna, que espera á que carguen los bajeles. Sea la contratreta anticiparse á tomar puerto.
PRIMOR XII GRACIA DE LAS GENTES Foco es conquistar el entendimiento si no se gana la voluntad, y mucho rendir con la admiración!a afición juntamente.
Muchos con plausibles empresas mantienen el crédito, pero no la benevolencia.
Conseguir esta gracia universal algo tiene de estrella, lo más de diligencia propia. Discurrirán otros al contrario, cuando á igualdad de méritos corresponden con desproporción los aplausos» Lo mismo que fué en uno imán de las voluntades, es en otro conjuro. Mas yo siempre!e concederé aventajado él partido al artifi io.
No basta eminencia de prendas para la gracia de las gentes, aunque se supone. Fácil es de ganar el alecto, sobornado el concepto, porque!a estimación muñe la afición.
Ejecutó los medios felizm nte para esta común gracia, aunque no asi para la de su rey, aquel infaustamcíite ínclito duque de Guisa, á quien hizo grande un rey favoreciéndole, y mayor otro cmulándole: el tercero, digo, de los Henricos franceses. Fatal nombre para principes en toda monarquía, que en tan altos sujetos hasta los nombres descifran oráculos.
BALTASAR GRACIÁN J| BALTASAR GRACIÁN J| Preguntó un día este rey á sus contiguos: «cQué hace Guisa, que asi hechiza las gentes?» Respondió un extravagante áulico, por único en estos tiempos: «Sire, hacer bien á todas manos; al que no llegan derechamente sus benévolos influjos, alcanzan por reflexión, y cuando no obras, palabras. No hay boda que no festeje, bautismo que no apadrine, entierro que no honre; es cortés, humano, libera!, honrador de todos, murmurador de ninguno, y en suma, él es el rey en el afecto, si vuestra majestad en el efecto.»
T^eliz gracia si la hermanara con la de su rey, que no es de esencia el excluirse, por más que encarezca Bayaceto que!a plausibilidad del ministro causa recelo al patrón.
Y de verdad que la de Dios, del rey y de las gentes son tres gracias más bellas que las que fingieron los antiguos. Danse la mano una á otra, enlazándose apretadamente todas tres, y si ha de faltar alguna, sea por orden.
El más poderoso hechizo para ser amado es amar. Es arrebatado el vulgo en proseguir^ si furioso en perseguir.
El primer móvil de su séquito, dei.ípués do la opinión, es la cortesía y la generosidad; con éstas llegó Tito á ser llamado delicias del orbe.
Iguala la palabra favorable de un superior á la obra de un igual, y excede la cortesia de un principe al don de un ciudadano.
Con sólo olvidarse por breve rato de su majestad el magnánimo don Alonso, apeándose del caballo para socorrer á un villano, conquistó las ^guarnecidas murallas de Gaeta, que á fuerza de bombardas no mellara en muchos días. Entró primero en los corazones, y luego con triunfo en la ciudad.
No le hallan algunos destempladamente críticos al grande de los capitanes y gigante entre héroes otros méritos para su antonomasia, sino la benevolencia común.
Diría yo que entre la pluralidad de prendas merecedora cada una del plausible renombre, ésla fué feiiclsinia.
i-lay gracia ele historiadores también, tan de codicia cuan de inmortalidad, porque son sus plumas las de la fama. Retratan, no los aciertos de la naturaleza, sino los del alma. Aquel fénix Corvino, gloria de Hungría, solía decir, y practicar mejor, que la grandeza de un héroe consistía en dos cosas: en alargar la mano á las hazañas y á las plumas, porque caracteres de oro vinculan eternidad.
PRIMOR XIII )3EL DESPEJO El desfíejo, alma de toda prenda, vida de toda perfección, gallardía de las acciones, gracia de (as palabras y hechizo de todo buen gusto, li- T aLTASAR gracián sonjea la inteligencia y extraña la explicación.
Es un realce de los mismos realces y es una belleza formal. Las demás prendas adornan la naturaleza; pero el despejo realza las mismas prendas. De suerte que es perfección de la misma perfección, como transcendente beldad, con universal gracia.
Consiste en una cierta airosidad, en una indecible gallardía, tanto en el decir como en el hacer, hasta en el discurrir.
Tiene de innato lo más, reconoce la observación. Lo menos hasta ahora nunca se ha sujetado á precepto superior, siempre á toda arte.
Por robador del gusto le llamaron garabato; por lo imperceptible, donaire; por lo alentado, brío; por lo galán, despejo; por lo fácil, desenfado. Que todos estos nombres le han buscado el deseo y la dificultad; de declararle.
Agravio se le hace en confundirle con la facilidad; déjala may atrás y adelántase á bizarría. Bien que todo despejo supone desembarazo, pero añade perfección.
Tienen su Lucina las acciones, y débesele al despejo el salir bien, porque él las partea para lucimiento.
Sin él la mejor ejecución es muerta, la mayor perfección desabrida. Ni es tan accidente que no sea el principal alguna vez; no sólo sirve al ornato, sino que apoya lo importante.
Porque si es el alma de la hermosura, es espiritu de la prudencia; si es aliento de la gala, es vida del valor.
Campea igualmente en un caudillo al lado del valor el despejo, y en un rey á par de la prudencia.
No se le reconoce menos en el día de una batalla á la despejada intrepidez que á lii destreza y el valor. El despejo constituye primero á un general señor de si, y después de todo.
No alcanza la ponderación, no basta á apreciar el imperturbable despejo de aquel gran vencedor de reyes, émulo mayor de Alcides, don Fernando de Avalos» Vocéelo el aplauso en el teatro de Pavia.
Es tan alentado el despejo en el caballo como majestuoso en el dosel; hasta en la cátedra da bizarría á la agudeza.
Heroico fué el desembarazo de aquel Teseo francés, Henrico IV, pues con el hilo de oro de! despejo supo desligarse de tan intrincado laberinto» También es político el despejo, y en fe de él aquel monarca espiritual del orbe llegó á decir: «cHay otro mundo que gobernar?»
PRIMOR XIV DEL NATURAL IMPERIO Empéñase este primor en una prenda tan sutil, que corriera riesgo por lo metafísico si no la afianzaran la curiosidad y el reparo.
Brilla en algunos un señorío innato, una secreta fuerza de imperio, que se hace obedecer sin exterioridad de preceptos, sin arte de persuasión.
Cautivo César de los isleños piratas era más señor de ellos; mandábales vencido y servíanle ellos vencedores. Era cautivo por ceremonia y señor por realidad de soberanía.
Ejecuta más un varón de éstos con un amago, que otros con toda su diligencia. Tienen sus razones un secreto vigor, que recaban más por simpatía que por luz.
Sujétaseles la más orgullosa mente sin advertir el cómo, y ríndeseles el juicio más exento.
Tienen éstos andado mucho para leones en humanidad, pues participan lo principal, que es señorío.
Reconocen al león las demás fieras en presagio de naturaleza, y sin haberle examinado el valor le previenen zalemas.
Así á estos héroes, reyes por naturaleza, les adelantan respeio ios demás, sin aguardar la tentativa del caudal.
Realce es este de corona, y si le corresponden la eminencia del entendimiento y la grandeza del corazón, no le falta cosa para construir un primer móvil político.
Vióse entronizada esta.señoril prenda en don Hernando Álvarez de Toledo, señor más pornaturaleza que por merced. Fué grande y nació para mayor, que aun en el hablar no pudo violentar este natural imperio.
Dista mucho de una mentida gravedad, de un afectado encono, quinta esencia de lo aborrecible, no tanto si es nativa, pero que está muy al canto del enfado.
Pero la mayor oposición mantiene con recelo de si, con la sospecha del propio valor, y más cuando se abate á desconfianza, que es del todo rendirse al desprecio.
Fué aviso de Catón y propio parto de su severidad, que debe un varón respetarse á sí mismo, y aun temerse.
En que se pierde á sí propio, el miedo da licencia á los demás, y con la permisión su^'^a facilita la ajena.
PRIMOR XV DE LA SIMPATÍA SUBLIME Prenda es de héroe tener simpatía con héroes. Alcanzarla con el sol basta á hacer á una planta gigantesca y á su flor la corona del jardín.
Es la simpatía uno de los prodigios sellados de la naturaleza; pero sus efectos son materia del pasmo, son asunto de la admiración.
Consiste en un parentesco de los corazones, si la antipatía en un divorcio de las voluntades.
Algunos las originan de la correspondencia en temperamentos, otros de la hermandad en astros.
Aspira aquella á obrar milagros, ) ésta monstruosidades. Son prodigios de la simpatía los que la común ignorancia reduce á hechizos y la \ ulgaridad á encanios.
La más culta perfección sufrió desprecios de la antipatía, y la más inculta fealdad logró finezas de la simpatía.
Hasta entre padre é hijos pretenden jurisdicción y ejecutan cada día su potencia, atrepellando leyes y frustrando privilegios de naturaza y política. Quita reinos la antipatía de un padre y dalos una simpatía.
Todo lo alcanzan mcriios de simpatía, persuade sin elocuencia y recaba cuanto quiere, con presentar memoriales de armonía natural.
La simpatía realzada c-^ carácter, es estrella de heroicidad, pero hay algunos de gusto imán, que mantienen antipatía con el diamante y sim patía con el hierro. Monstruosidad de naturale za, apetecer escoria y asquear el lucimiento.
Fué monstruo real Luis XI, que más por naturaleza que por arte, extrañaba la grandeza y se perdía por las heces de la categoría política.
Gran realce es la simpatía activa, si es subli* me, y mayor la pasiva, si es heroica. Vence en preciosidad á la gran piedra de! anillo de Giges. y en eficacia á las cadenas del Tebano.
Fácil es la propensión á los varones magnos, pero rara la correlación. Da voces tal vez el corazón, sin escuchar eco de correspondencia. En la escuela del querer es esta la A, B, C, donde la primera lección es de simpatía.
Sea, pues, destreza en discreción, conocer y lograr la simpatía pasiva. Válgase el atento de este hechizo natural, y adelante el arte lo que comenzó naturaleza. Tan indiscreta cuan mal lograda es la porfía de pretender sin este natural favor y querer conquistar voluntades sin esta munición de simpatía.
Pero la real es la reina de las prendas, pasa los términos de prodigio, basa que levantó estatua siempre de inmortalidad sobre plintos de próspera fortuna.
Está á veces amortiguada esta augusta prenda por no alcanzarle los alientos del favor. No atrae ia calamita al hierro fuera de su distrito ni la simpatía obra fuera de la esfera de su actividad. Es la aproximación la principal de las condiciones, no asi el entretenimiento.
Atención, aspirantes á ia heroicidad, que en este primor amanece un sol de lucimiento.
PRIMOR XVI RENOVACIÓN DE GRANDEZA Son ios primeros empeños examen del valor y un como salir á vistas la fama y el caudal.
No bastan milagros de progrc^>os á realzar ordinarios principios, y cuando mucho, todo esfuerzo después es remiendo de antes, Un bizarro principio, á más de que pone en subido traste ei aplauso, empeña mucho el valor.
Es la sospecha en materia de reputación á los principios de. condición de precita, que si una vez entra nunca más sale del desprecio.
Amanezca un hcroe con esplendores del soi. Siempre ha de afectar grandes empresas, pero en los principios máximas. Ordinario asunto no puede conducir extravagante crédito, ni la empresa pigmea puede acreditar de jayán.
Son fianzas de la opinión los aventajados principios, y los de un héroe han de asestar cien estadios más altos que los fines de un común.
Aquel sol de capitanes y general de héroes, el conde heroico de Fuentes, nació al aplauso con rumbos de sol, que nace ya gigante de lucimiento.
Su primera empresa pudo ser Non plus ultra de un Marte; no hizo noviciado de fama, sino que el primer dia profesó inmortalidad.
Contra el parecer de lo¿ más cercó á Cambray, porque era extravagante en la comprensión como en el valor. Fué antes conocido por héroe que por soldado.
Mucho es menester para desempeñarse de una grande expectación. Concibe altamente el que mira, porque le cuesta menos de imaginarlas hazañas que al que ejecuta de obrarlas.
Hazaña no esperada, pareció más que un prodigio prevenido de la expectación.
Crece más en la primera aurora un cedro, que un hisopo en todo un lustro, porque robustas primicias amagan gigantez.
Grandes son las consecuencias de una máxima en antecedente; declárase el valimiento de la fortuna, la grandeza del caudal, el aplauso universal y la gracia común.
Pero no bastan alentados principios, si son desmayados los progresos. Comenzó Nerón con aplausos de fénix y acabó con desprecios de basilisco.
Desproporcionados extremos, si se juntan, declaran monstruosidad.
GRACIÁN Fama dificultad arguye adelantar el crédito como el comenzarlo. Envejécese la fama y caduca el aplauso, así como todo lo demás, porque leyes del tiempo no conocen excepción.
Al mayor lucimiento, que es el de! sol, achacaron vejeces los filósofos y descaecimiento en el brillar.
Es, pues, treta, tanto de águila como de fénix, el renovar la grandeza, el remozar la fama y volver á renacer al aplauso.
Alterna el sol horizontes al resplandor; varía teatros al lucimiento para que, en el uno la privación y en el otro la novedad, sustenten la admiración y el deseo.
Volvían los Césares de ilustrar el orbe al Oriente de su Roma y renacían cada vez á ser monarcas.
El rey de los metales, pasando de un mundo á otro, pasó de un extremo de desprecio á otro de estimación.
La nayor perfección pierde por cotidiana, y los hartazgos de ella enfadan la estimación, empalagan el aprecio.
PRLVIOR XVII TODA PRENDA SIN AFECTACION Toda prenda, todo realce, toda afectación, ha de gastar en sí un héroe, pero afectar ninguna. Es la afectación el lastre de la grandeza.
Consiste en una alabanza de sí muda, y el alabarse uno es el más cierto vituperarse.
La perfección ha de estar en si, la alabanza en los otros; y es merecido castigo que al que neciamente se acuerda de si, discretamente le pongan en el olvido los demás.
Es muy libre la estimación, no se sujeta á artificio, mucho menos á violencia. Ríndese más presto á una elocuencia tácita de prendas, que á la desvanecida ostentación.
Impide poca estimación propia, mucho aplauso ajeno.
Juzgan los entendidos toda afectada prenda, antes por violenta que por natural, antes por aparente que por verdadera, y así de gran baja en la estimación.
Todos son necios los Narcisos, pero los de ánimo con incurable necedad, porque está el achaque en el remedio» Pero bi el afectar prendas es necedad de á ocho, no le quedará grado al afectar imperfecciones.
Por huir la afectación dan otros en el centro de ella, pues afectan el i o afectar.
Afectó Tiberio el disimular, pero no supo disimular. Consiste el mayor primor de un arte en desmentirlo, y el mayor artificio en encubrirle con otro mayor.
Grande es dos veces el que abarca todas las perfecciones en sí, y niaj^una en su estimación.
BALTASAR GRAClÁff Con un generoso descuido despierta la atención común; y siendo él ciego para sus prendas, hace Argos á ios demás.
Ésta, llámase milagro de destrezas, que si otras por extravagantes sendas guian á la grandeza, ésta por opuesta conduce al trono de la fama, al dosel de la inmortalidad.
PRIMOR XVHI EMULACIÓN DE IDEAS Carecieron por la mayor parte los héroes, ya de hijos, ya de hijos héroes; pero no de imitadores, que parece los expuso el cielo más para ejemplares del valor, que para propagadores de la naturaleza.
Son los varones eminentes textos animados de la reputación, de quienes debe el varón culto tomar lecciones de grandeza, repitiendo sus hechos y construyendo su hazañas.
Propóngase en cada predicamento los primeros, no tanto á la imitación cuanto á la emulación, no para seguirles, sí para adelantárseles.
Fué Aquiles heroico desvelo de Alejandro, y durmiendo en su sepulcro, despertó en él la emulación de su fama. Abrió los ojos el alentado Macedón al llanto y al aprecio por igual, y so lloró, no á Aquiles sepultado, sino á sí mismo, no bien nacido á la fama.
Empeñó después Alejandro á César, y lo que fué Aquiles para Alejandro, fué Alejandro para César; picóle en lo vivo, en la generosidad del corazón, y adelantóse tanto, que puso la fama en controversia y la grandeza en parangón; pues si Alejandro hizo teatro augusto de sus proezas el Oriente, César el Occidente de las suyas.
Decía el magnánimo don Alonso de Aragón y Nápoles, que no asi el clarín solicita al generoso caballo, como le inflamaba á él la trompa de la fama cesárea.
Y nótese cómo se van heredando estos héroes con la emulación la grandeza y con la grandeza la fama.
En todo empleo hay quien ocupa la primera clase, y la infama también. Son unos milagros de ia excelencia, son otros antípodas de milagros. Sepa el discreto graduarlos, y para esto tenga bien repasada la categoría de los héroes, el catálogo de la fama.
Hizo el sílabo de los jubilados Plutarco en sus paralelas, de los modernos Paulo jovio en sus elogios.
Deséase aún una crisis integérrima, pero <qué ingenio la presumirá? Fácil es señalarles lugar en tiempo, pero difícil en aprecio.
Pudiera ser idea universal si no pasara á milagro, dejando ociosa toda imitación, ocupando toda admiración. El monarca de los héroes, primera maravilla de las animadas del orbe y el cuarto de los Filipos de España, que al sol de Austria se le debía la cuarta esfera.
Sea espejo universal quien representa todas las maximidades, no digo ya grandezas.
Llámese el émulo común de todos los héroes quien es centro de todas sus proezas y equivóquese el aplauso en blasones con eminente pluralidad. El afortunado por su felicidad; el animoso por su valor; el discreto por su ingenio; el catolicismo por su recelo; el despejado por su airosidad, y el universal por todo.
PRIMOR XIX Aunque seguro el héroe del ostracismo de Atenas, peligra en el criticismo de España.
Extravagante aquél le desterrará luego, y pudiera á los distritos de la fama^ á los confines de la inmortalidad.
Paradojo éste, le condena á que peca en no pecar. Es primor critico deslizar venialmente en la prudencia y en el valor, para entretener la envidia, para cebar la malevolencia- Juzgan éstos por imposible el salvarlas, aunque sea un gigante de esplendor, porque son tan EL HÉROli arpias que cuando no hallan presa vil suelen atreverse á lo mejor.
Hay intenciones con metafisica ponzoña que saben sutilmente transformar las prendas, malear las perfecciones y dar siniestra interpretación al más justificado empeño.
Sea, pues, treta política permitirse algún venial desliz que roa la envidia y distraiga el veneno de la emulación.
Y pase por triaca política, por contraveneno de prudencia, pues naciendo de un achaque tiene por efecto la salud. Rescate el corazón exponiéndose á la murmuración, atrayendo á sí el veneno.
A más de que una travesura de la naturaleza suele ser perfección de toda una hermosura. Un lunar tal vez da campo á los realces de la belleza.
Hay defectos sin defecto. Afectó algunos Alcibiades en el valor, Ovidio en el ingenio, llamándolos las fuentes de salud.
Ocioso me parece el primor, y más melindre de confiado que cultura de discreto.
cQuién es el sol sin eclipses, el diamante sin raza, la reina de lo florido sin espinas?
No es menester arte donde basta la naturaleza. Sobra la afectación donde basta el descuido.
PRIMOR ÜLTIMO Y CORONA VAYA LA MEJOR JOYA DE^ LA CORONA Y FENIX DE LAS PRENDAS DE UN HEROE Todo lucimiento desciende del padre de ellos y si de padre á hijos. Es la virtud hija de la luz auxiliante, y así con herencia de esplendor. Es la culpa un monstruo que abortó á la ceguera y asi heredada en obscuridad.
Todo héroe participó tanto de felicidad y de grandeza, cuanto de virtud, porque corren paralelas desde el nacer al morir.
Eclipsóse en Saúl la una con la otra y amanecieron en David á la par.
Fué Constantino entre los Césares el primero que se llamó Magno, y fué juntamente el primer emperador cristiano, superior oráculo de que con la cristiandad nació hermanada la grandeza.
Carlos, primer emperador de Francia, alcanzó el mismo renombre y aspiró al de santo.
Luis, gloriosísimo rey, fué flor de santos y de reyes.
En España Fernando, llamado comúnmente el Santo en Castilla, fué el Magno del orbe.
El conquistador de Aragón consagró tantos templos á la emperatriz del empíreo como conquistó almenas.
¡LL HÉROE Los dos Reyes Católicos, Fernando é Isabel, fueron el iio7i plus ultra, digo columnas de la fe.
El bueno, el casto, el pío, el celoso de los Filipos españoles, no perdiendo un palmo de tierra ganó á varas el cielo, y de verdad que venció más monstruos con su virtud que Alcides con su clava.
Entre capitanes, Godofre de Bullón, Jorge Castrioto, Rodrigo Díaz de Vivar, el gran Gonzalo Fernández, el primero de Santa Cruz y el pasmo de los turcos, el serenísimo señor don Juan de Austria, fueron espejos de virtud y templos de la piedad cristiana.
Entre los héroes sacrosantos, los dos primeros á quienes dió renombre la grandeza, Gregorio y León, les dió esplendor la santidad.
Aun en los gentiles é infieles reduce el sol de los ingenios, Augustino, toda la grandeza al fundamento de algunas virtudes morales.
Creció Alejandro hasta que menguaron sus costumbres. Venció Alcides monstruos de fortaleza hasta que se rindió á la misma flaqueza.
Fué tan cruel la fortuna, digo, justiciera, con ambos Nerones, cuanto lo fueron ellos con sus vasallos.
Monstruos fueron de la lascivia y flojedad Sardanápalo, Calígula y Rodrigo, y portentos del castigo.
En las monarquías pretende evidencia este primor. Floreció el que es flor de los reinos, mientras que floreció la piedad y religión, y marchitóse con la herejía su belleza.
Pereció el fénix de las provincias en el fuego de Rodrigo, y renació en la piedad de Pelayo ó en el celo de Fernando.
Salió á ser maravilla de prosapias la augustísima casa de Austria, fundando su grandeza en la que es cifra de las maravillas de Dios. Y rubricó su imperial sangre con la de Cristo, Señor nuestro sacramentado.
;0h, pues, varón culto, pretendiente de la heroicidad! Nota el más importante primor, repara en la más constante destreza.
No puede la grandeza fundarse en el pecado, que es nada, sino en Dios, que lo es todo.
Si la excelencia mortal es de codicia, la eterna sea de ambición.
Ser héroe del mundo, poco ó nada es; serlo del cielo es mucho, á cuyo gran Monarca sea la alabanza, sea la honra, sea la gloria.
FIN DE EL HEROE BXi DISCRETO • KI^ DISCHKTO GENIO É INGENIO ELOGIO Pastos dos son los dos ejes del lucimiento discreto; la naturaleza los alterna y el arte los realza. Es el hombre aquel célebre microcosmos, y el alma, su firmamento. Hermanados el genio y el ingenio, en verificación de Atlante y de Alcides, aseguran el brillar, por lo dichoso y lo lucido, á todo el resto de prendas.
El uno sin el otro íué en muchos felicidad á medias, acusando la envidia ó el descuido de la suerte.
Plausible fué siempre lo entendido, pero infeliz sin el realce de una agradable genial inclinación; y al contrario, la misma especiosidad del genio hace más censurable la falta del ingenio.
Juiciosamente algunos, y no de vulgar voto, negaron poderse hallar la genial felicidad sin la valentía del entender; y lo confirman con la misma denominación de genio, que está indicando originarse del ingenio; pero la experiencia nos desengaña fiel, y nos avisa sabia, con repetidos 6o monstruos, en quienes se censuran barajados totalmente.
Son culto ornato del alma, realces cultos; mas lo entendido, entre todos corona la perfección. Lo que es el sol en él mayor, es en el mundo menor el ingenio. Y aun por eso fingieron á Apolo dios de la discreción. Toda ventaja en el entender lo es en el ser; y en cualquiea exceso de discurso no va menos que el ser más ó menos persona.
Por lo capaz se adelantó el hombre á los brutos, y los ángeles al hombre, y aun presume constituir en su, primera formalísima infinidad á la misma divina esencia. Tanta es la eminente superioridad de lo entendido.
Un sentido que nos falte, nos priva de una gran porción de vida y deja como manco el ánimo. iQu6 será faltar en muchos un grado en el concebir y una ventaja en el discutir, que son diferentes eminencias?
Hay á veces entre un hombre y otro casi otra tanta distancia como entre el hombre y la bestia, si no en la substancia, en la circunstancia; si no en la vitalidad, en el ejercicio de ella.
Bien pudiera de muchos exclamar critica la vulpeja: ¡Oh, testa hermosa, mas no tiene interior! En ti hallo el vacuo que tantos sabios juzgaron imposible. Sagaz anatomía mirar las cosas por dentro; engaña de ordinario la aparente hermosura, dorando la fea necedad; y si callare, 6i 'podrá desmentir el más simple de los brutos á la más astuta de ellos, conservando la piel de su apariencia. Que siempre curaron de necios los callados, ni se contenta el silencio con desmentir lo falto, sino que lo equivoca en misterioso.
Pero el galante genio se vió sublimado á deidad en aquel, no solamente cojo, sino ciego tiempo, para exageración de su importancia á precio de su eminencia; los que más moderadamente erraron, lo llamaron inteligencia asistente al menor de los universos. Cristiano ya el filosofar, no le distingue de una tan feliz cuanto superior inclinación.
Sea, pues, el genio singular, pero no anómalo; sazonado, no paradoxo; en pocos se admira como se desea, pues ni aun el heroico se halla en todos los principes, ni el culto en todos los discretos.
Nace de una sublime naturaleza, favorecida en todo de sus causas; supone la sazón del temperamento para la mayor alteza de ánimo, débesele la propensión á los bizarros asuntos, la elección de los gloriosos empleos, ni se puede exagerar su buen delecto.
No es un genio para todos los empleos, ni todos los puestos para cualquier ingenio, ya por superior, ya por vulgar. Tal vez se ajustará aquél y repugnará éste, y tal vez se unirán entrambos, ó en la conformidad ó en la desconveniencia.
Engaña muchas veces la pasión, y no pocas la Kl, ÜISCJRETO obligación, barajando lOvS empleos á los genios; vistiera prudente toga el que desgraciado arnés; acertado aforismo el de Chiló, conocerse y aplicarse.
Comience por si mismo el discreto á saber, sabiéndose; alerte á su Minerva, asi genial como discursiva, y dele aliento si es ingenua. Siempre fué desdicha el violentar la cordura, y aun urgencia alguna vez, que es un fatal tormento, porque se ha de remar entonces contra las corrientes del gusto, del ingenio y de la estrella.
Hasta en los países se experimenta esta connatural proporción, ó esta genial antipatía; más sensiblemente en las ciudades, con fruición en unas, con desazón en otras; que suele ser más contrario el porte al genio que el clima al temperamento. La misma Roma no es para todos genios ni ingenios, ni á todos se dió gozar de la culta Corinto. La que es centro para uno, es para el otro destierro; y aun la gran Madrid algunos la reconocen madrastra. ¡Oh, gran felicidad topar cada uno y distinguir su centro! No anidan bien los grajos entre las musas, ni lo? varones sabios se hallan entre el cortesano bullicio, ni los cuerdos en el áulico entretenimiento.
En la variedad de las naciones es donde se aprueban y aun se apuran al contraste de tan varios naturales y costumbres. Es imposible combinar con todas, porque, ^^quién podrá tolerarla aborrecible soberbia de ésta, la despreciable liviandad de aquélla, lo embustero de la una, lo bárbaro de la otra, si no es que la conformidad nacional en los mismos achaques haga gusto de lo que fuera violencia?
Gran suerte es topar con hombres de su genio y de su ingenio; arte es saberlos buscar; conservarlos, mayor: fruición es el conversable rato, y felicidad la discreta comunicación, especialmente cuando el genio es singular, ó por excelente ó por extravagante; que es infinita su latitud, aun entre los dos términos de su bondad ó su malicia, la sublimidad ó la vulgaridad, lo cuerdo ó lo caprichoso; unos comunes, otros singulares.
Inestimable dicha cuando diere lugar lo precioso de la suerte á lo libre de la elección, que ordinariamente aquélla se adelanta y determina la mansión, y aun el empleo; y lo que más se siente, la misma familiaridad de amigos, sirvientes y aun corteses, sin consultarlo con el genio; que por esto hay tantos quejosos de ella, penando en prisión forzosa y arrastrando toda la vida ajenos yerros.
Cuál sea preferible en caso de carencia ó cuál sea ventajoso en el de exceso, el;buen genio ó el ingenio hace sospechoso el juicio. Puede mejorarlos la industria ó rechazarlos el arte. Primera felicidad participarlos en su naturaleza heroicos, que fué sortear alma buena. Malograron esta dicha muchos magnates, errando la vocación de su genio y de su ingenio.
Compi tense de extremos uno y otro, para ostentar á todo el mundo, y aun á todo el tiempo, un coronado prodigio en el príncipe, nuestro señor, el primero Baltasar y el segundo Carlos, porque no tuviese otro segundo, que á si mismo y él solo se fuese primero. lOh, gloriosas esperanzas, que en tan florida primavera nos ofrecen católico Julio de valor, y aun Augusto de felicidad!
DEL SEÑORÍO EN EL DECIR Y EN EL HACER DISCURSO ACADÉMICO Es la humana naturaleza aquella que fingió Hesiodo Pandora. No la dió Palas la sabiduría, ni Venus la hermosura; tampoco Mercurio la elocuencia, y menos Marte el valor; pero si el arte, con la cuidadosa industria, cada día la van adelantando con una y con otra perfección. No la coronó Júpiter con aquel majestuoso señorío en el hacer y en el decir, que admiramos en algunos; dióselo la autoridad conseguida con el crédito, y el magisterio alcanzado con el ejercicio.
Andan los más de los hombres por extremos. Unos tan desconfiados de sí mismos, ó por na- BALTASAR GRACíA turaleza propia ó por malicia ajena, que les parece que en nada han de acertar, agraviando su dicha y su caudal, siquiera en no probarlo; en todo hallan qué temer, descubriendo antes los topes que las conveniencias; y rindense tanto á esta demasía de poquedad, que no atreviéndose á obrar por sí, hacen procura á otros de sus acciones y aun quereres. Y son como los que no se osan arrojar al agua sino sostenidos de aquellos instrumentos, que comúnmente tienen de viento lo que les falta de substancia.
Al contrario, otros tienen una plena satisfacción de sí mismos; vienen tan pagados de todas sus acciones, que jamás duraron, cuanto menos condenaron alguna Muy casados con sus dictámenes, y más cuanto más erróneos; enamorados de sus discursos, como hijos más amados cuanto más feos; y como no saben de recelo, tampoco de descontento. Todo Ies sale bien, á su entender; con esto viven contentísimos de sí, v mucho tiempo, porque llegaron á una simplicísima felicidad.
Entre estos dos extremos de impruder.cia se halla el seguro medio de cordura; y consiste en una audacia discreta, muy asistida de la diffha.
No hablo aquí de aquella natural superioridad, que señalamos por singular realce al héroe, sino de una cuerda intrepidez, contraria al deslucido encogimiento, fundada, ó en la comprensión de las materias, ó en la autoridad de los años, ó en la calificación de las dignidades, que en fe de cualquiera de ellas puede uno hacer y decir con señorío.
Hasta las riquezas dan autoridad. Dora las más veces el oro las necias razones de sus dueños, comunica 'a plata su argentado sonido á las palabras, de modo que son aplaudidas las necedades de un rico, cuando las sentencias de un pobre no son escuchadas.
Pero la más ventajosa superioridad es la que &e apoya en la adecuada noticia de las cosas, del continuo man* jo de los empleos. Hácese uno primero señor de las materias, y después entra y sale con despejo; puede hablar con magistral potestad, y decir como superior á los que atienden, que es fácil señorearse de los ánimos después de los puntos primeros.
No basta la mayor especulación para dar este señorío; requiérese el continuado ejercicio en los empleos; que de la continuidad de los actos se engendra el hábito ^eñoril.
Comienza por la naturaleza y acaba de perfeccionarse con el ane. Todos los que lo consiguen se hallan las cosas hechas, la superioridad misma les da facilidad, que nada les embaraza; de todo salen con lucimiento. Campean al doble sus hechos y sus dichos; cualquiera medianía, socorrida del señorío, pareció eminencia, y todo se logra con ostentación.
Los que no tienen esta superioridad entran con recelo en las ocasiones, que quita mucho del lucimiento, y más si se diere á conocer; del recelo nace luego el ^emor, que destierra criminalmente la intrepidez, con que se deslucen y aun se pierden la acción y la razón. Ocupa el ánimo de suerte que le priva de su noble libertad, y sin ella se ataja el discurrir, se hiela el decir y se impide el hacer, sin poder obrar con desahogo, de que pende la perfección.
El señorío en el que dice, concilia luego respeto en el que oye; hácese lugar en la atención del más crítico, y apodérase de la aceptación de todos. Ministra palabras y aun sentencias al que dice, así como el temor las ahuyenta, que un encogimiento basta á helar el discurso, y aunque sea un raudal de elocuencia, lo embarga la frialdad de un temor.
El que entra con señorío, ya en la conversación, ya en el razonamiento, hácese mucho lugar y gana de antemano el respeto; pero el que llega con temor, él mismo se condena de desconfiado y se confiesa vencido; con su desconfianza da pie al desprecio de los otros, por lo menos á la poca estimación.
Bien es verdad que el varón sabio ha de ir deteniéndose, y más donde no conoce; entra con recato sondando los fondos, especialmente si presiente profundidad, como lo encargaremos en nuestros Avisos al Varón atento.
Con los príncipes, con los superiores y ccn toda gente de autoridad, aunque conviene y es preciso reformar esta señoril audacia; pero no de modo que dé en el otro extremo de encogimiento. Aquí importa mucho la templ^aza, atendiendo á no enfadar por lo atrevido, ni deslucirse por lo desanimado; no ocupe el temor de modo que no acierte á parecer, ni la audacia se haga sobrasalir, Hay condiciones de personas que es menester entrarles con superioridad, no sólo en caso de mandar, sino de pedir y de rogar; porque si estos tales conciben que se les tiene respeto, no digo ya recelo, se engrien á intolerables; y éstos comúnmente son de aquellos que los humilló bien naturaleza y los levantó mal su suerte. Sobre todo, Dios nos libre de la vil soberbia de remozos de palacio, insolentes de puerta y de saleta.
Brilla este superior realce en todos los sujetos, y más en los mayores. En un orador es más que circunstancia. En un abogado, de esencia. En un embajador, es lucimiento. En un caudillo, ventaja; pero en un principe es extremo.
Hay naciones enteras majestuosas, asi como otras sagaces y despiertas.