r está conlinuanienle amenazada de nuevos (rastoruos; con fre<*ueni"¡a eslallan insurrecciones (|iie proclaman una r.unslitucion polilica dilorcnlp de la ai lual; y los com^íra-<k)res de bienes recienlenienle desamortiza Uos se alarman. no sin ra/on, en v ista de la- instabilidad de las cosas publicas, y temen (|ue en algunos de los trastornos que nos amcna/an, sobrevengan complicaciones 4|ue, acarreando cambios viólenlos, puedan ser luuestíis a sus nuevas propiedades.
Ka causa del reto francés a la candidatura Cüburjío, la encuentra el ConstUucionai, 00 en el temor de que prü|)ondere entre nosotros la iiilUiencia alemana, sino en que ■<i(Mulo la casa Cuburgo inglesa por sus alianzas. >e ha previsto (|ue esta candidatura seria muy impopular en España. Por manera, que ni aun en este paso atribuye el articulista ningún mérito a la política de las Tunerías, ni siquiera un interés nacional ó dinástico; solo ve una medida en que a poca co6ta se procura captar la popularidad en España. Kn este punto iiosotnis hacemos mas justicia al gobierno francés, y muy particularmente a las opiniones y sentimientos personales de Luis Feli|)e. Este monarca DO puede olvidarse de que es Borbon, y de que la circunstancia de hallarse en el trono de una nación tan poderosa, le obliga de una manera particular a ser el protector de los intereses de esta augusta casa. Por cuya razón se ha opuesto siempre y se o\)one todavia, á que el trono de España salga de la familia de los Borbones por el enlace de la Reina; y en esto se funda la esclnsiva de los Coburgos, y se fundará la de todos los principes no Borbones.
El Constitucional, aun(|ue manifiesta simpatías por los hijos de D. Francisco, conliesa sin embargo que esta alianza ha llegado a ser casi tan imposible como las demás. Las causas de esta imposibilidad las busca el periódico de Paris en imprudencias cometidas por la madre de los infantes, las qae hahian debilitado el recuerdo de antiguos servicios hechos a su hermana María Urisüoa; y en que el gobierno francés ha visto con disgusto que la augusta difunta afiliase sus hijos en el partido progresista: de lodo esto lia resultado en opinión del órgano de Mr. ihiers, nue la familia del Iniaole se haya irritado doblemente, y dado nigunos pasos desacertados. l)e las indicaciones hechas por el articulista del Constitu- I rionaí, algunas se refieren á sucesos publieos; y probablemente uno de los pasos poco iHCil íl Olios, es el ruidoso manifiesto del in-' fante iJ. Enri<|ue. Por respeto á las august is personas de que se trata, nos abstene-,j mos de entrar en discusión sobre puntos tan \ delicados: solo haremos notar un hecho poi litico que cada dia va presentándose mas de I bulto, cual es la adhesión del partido pro-! grosista á la augusta familia del infante don Francisco. Oueremos evitar todo comentario; solo consignamos el hecho.
Ln historia de la candidatura del conde de Trapani, tal como la presenta el periódico trances, es sobremanera interesante. Vemos con mucho gusto que se contirnin la aseveración del Sr. Rubio relativa al origen de la canditatura napolitana. El Conslitnrional dice espresamente, que el inventor del proyecto fue el gobierno francés, y que la Reina.Madre, si luen al fin se conformo con: esta idea, no lo hizo sm haberle puesto objeciones. «Nuestro gobierno inventaba la candidatura del conde de Trápani, á pesar de las objeciones (¡ue la Heina Madre opuso á este proyecto, aunque después se tonformó. » Preciso es confesar que esto honra á la augusta señora, y que la descarga de una buena parle de la responsabilidad que la opinión publica habia hecho pesar sobre ella por pensamiento tan funesto. Quien queda gravemente comprometido en eslc negocio es el gobierno francés; mayormente si se considera que la aseveración del ConstitU" cional está de acuerdo con las mesuradas, Ipero bien significativas indicaciones del secretario de la Reina Madre. No sabemos si el solemne esclarecimiento» anunciado por el Sr. Rubio, tendrá lugar con ocasión de I las aclaraciones del Constitucional: como I <|uicra, es satisfactorio el observar (jue el asunto va iH>niéndose en tal situación que según todas las apariencias, hay esperanzas harto fundadas de que el público llegue á estar perfectamente enterado del origen y cui-so de este desventurado negocio.
Es curioso por demás el tropezar con el Sr. Olozaga en el asunto de Trapani. Probablemente el ex-presidcnte del consejo habrá leído con disgusto las indicaciones del Constitucional: el ver mezclado su nombre en la cosa mas impopular que ha habido desde el rey José, no habrá podido menos de acibarar su desgracia, lie aquí las palabras del Constitucional. «Posteriormente, • en los momentos en que el Sr. Oluzaiía iba [j |N)derosos; y á inl puiilo ili'fiaron iai0 *é salir de París, para ser niiiiíslroen Es|>a- '< que quizas no rallai)an liotubrcs prem fia, hubo en esla caiHlal conrcreiicias, a las que asistió el rey de los ln'l¿;as. en que se pronunció el nombre del conde de Trapiiiii ^ igualmciile el de su hermano cunde de Aquila, (|uc aun no se habia ( asado por •amor cou una princesa brasileña.!) ¿Oné hay de verdad en estas lineas? El anticuo embajador de l'aris ¿dejará sin contestar una indicación tan teruuoantc, y (pie tan poco favor le hace, á él, que es uno de los primeros caudillos del partido progresista, y tralámiose de un asunto que tan impopular ha sido y es en España por varias razones, -'y muy particularmente por su color cortesano y éstran,^ero? ¿Permitirá el Sr. Olozajía que pensasen con seriedad en evitare! ser envueltos en la opo>icion al luluro rey cobsorle: ahora todo el mundo declina la responsabilidad; y nu parece sino que el hal)er tomado parle «mi íavor del conde de Trapani, es casi tan temido como el haber sido cómplice de una esf>ecie de crniK'n. ¡^)ue des4Migaño para los que creyeron poder llevar á cabo este proyecto con tanta lacilidad!
En prueba de lo dicho, véase lo que e^la sucediendo con el general Narvaez. Un periódico conocidamente amipj del ex-presirdente del consejo, se apresuro a iiilcrprolar de tal modo el comunicado del Sr. Rubio, que resultase inocente su prole¿;idü. La acuque le dejen envuelto en la complicidad de ¡| sacion que sobreesté {>articular.se habia diuna manera Um terrible? Las indicaci(uies del ConstitHriotKil no pueden ser mas lern)inantes: se lija el lu^ar, el tiempo, se nombran personas: la reunión se tuvo en París, precisamente cuando el Sr. Olóza^a iba a ■ -salir de aquella capital, para ser ministro en España; uno de los personajes que asistieron fue nada menos que el rey de los ^fbclgas.
•» Después del Sr. Olóza/ía salen a la escena los señores Donoso Corles y (lunzale/. lírabo. Sepun ase,ü:ura el Comliluciunal, se inauf!uró en la candidatura del principe napolitano una nueva época, cuando fue á l*arís el Sr. Donoso Corles para acompañar á España á la Reina.Madre. El Sr. Donoso (iucdó muy satisfecho del mérito del conde de Trnpani, que le fue muy encomiado en numerosas entrevistas. La cosa llejío a tal punto que el Sr. Donoso debió llevarse consigo un retrato del conde de Trápaoi destinado al Sr. (lonzalez Brabo, á la sazón ministro de Estado y presidente del consejo. ¿Quién habia de creer que en este negocio bajo tantos aspectos desgraciado, nos hubiésemos de encontrar con (Mozaga, Donoso Cortés, y González Bralw? Precisamente •fueron estos personajes Jos que lucJiaron encarnizadamente cuando el ruidoso acontecimiento de Olo/.asa en palacio: ¿seria posible que discordes entre si, solo hubiesen i rigido al general, era para sus deieiisores la mas sensible. Desgraciadamente, el articulo del Con.sttluíiona¡, que el Heraldo atribuye sin titubear a la pluma de Tliiers, y en quién ^. reconoce « al hombre del estado que está en S| posición de.saber los secretos de la diplo- ^| macia,» envuelve al Sr..\arvaez a pesar de lo<las las proteslus. uEl gabinete francés, dice el articulista, cometió el error de apelar á todos los medios que tenia para influir en el animo impresionable de Narvaez, y determinaiicdü favor del condcdcTiapani.» Esta aserción tiene todas las apariencias de verdad: |)or nuestra parle no dudamos que el ánimo impresionable de.Narvaez su habia dejado imf>resionar en favor del conde de Trá|iani. lambien añadiremos que el general.Narvaez, atendida su particular posición, y la estrechez del terreno en (jue como hombre politico se habia colocado, no discurría tan mal simpatizando con el conde de Trapani. Afortunadamente la opinión nacional lúe mas pod(;rosa que el conde de Trapasí, (]ue el embajador francés y que el (n^eaeral Narvaez.
Otro punto sumamente delicado toca M. Thiers en su escrito, y es la p(i|)ulaii<Uii de los Borl)oues en España. «El mismo sentimienlo que ha hecho decir a la Francia que aceptaba la dtnaslia de Orleans a pesar de ser Uorlnm; hace que en España, si bien la testado de acuerdo en lo que podía dañar á I monarquía es muy popular, no lo sea mucho ia nación? Fuera de desear que todos hablasen, esplicandonos la parte que a cada ' -cual ha cabido en la impopular candidatura. Hace |M)co tiempo (|ue el conde de Trápani contaba con el apoyo de personajes la casa de Rorbon; pero lo es todavía meaos la casa de.Ñapóles.» Este párrafo suscita una cuestión importante, que vamos á examinar ron la franqueza que acostumbramo> Probablemente no fallarán algunos <fue en tratándose del malriniunio de In Reina, crean qtie el ser un principe de la casa de Borbon ha de ser un titulo (jue por sí solo grangee cierta popularidad al uiurido de la Reina, allanando muchosobslaculos. De esta opinión participara probahleniente el gabinete irancés. Asi es natural, ijue si so tropieza eou obstáculos en uno de los priuci¡>es Borbones se ande en busca de otros, v se vava recorriendo lu escala contando sitMupre con la popularidad de la augusta familia. Nosotros, aunijue llenos de respeto por la ilustre casa de los Borbones, abrigamos algún temor de que haya e<(uivocacion tocante á la opinión del pais sobre la necesidad y ronveuiencia de recorrer la escala de tóilos los principes de dicha familia. Creemo.»s que si no estuviesen de j>or medio los hijos de don Carlos, qut; naturalmente han heredado las simpatías de los partidarios de su padre, no habria tantos inconvenientes como algunos creen, ei> casar á la ileiua con un princii>e no Borbon. Absteniéndonos de hablar de los hijos del infante I). Franci.^^co, fwr consideraciones de delicade/a que los lectores apreciarán en su justo valor, no tenemos reparo en manifestar nuestra opinión, de que sí fuese necesario optar entre un principe italiano Borbon y otro príncipe no Borbon, fue-Sfi alemán o de otro pais, seria muy dudoso que el primero saliese favorecido con las simpatías de la mayoría de la nación.
{seria de desear (|ue cuantos intervienen en estos negocios considerasen fríamente el estado de las cosas, y que no se dejasen alucinar por su celo en favor de principes Borbones; celo que, si bien es muy justo, muy loable, muy noble, podria no tener los resultados políticos que de él se esperasen.
A proposito de esto no podemos menos do consignar aquí una observación que nos ha ocurrido repetidas veces. Sabido es que las potencias del Norte simpatizan por el conde de Monteniolin, comosimpatizaron por su pa- Ére; y que en la situación á que han llegado is cosas, el deseo de estas potencias es que 86 verifique el casamiento con el |)ríiici|)e de Bourges. Dado caso (jue este matrimonio no pudiese verificarse, y por circunstancias imprevistas la familia de D. Carlos hubiese de quedar i)er(lida |>ara siempre, no creemos (jue dichas |)Otencias tengan ningún interés dinástico ni político, eo que la Reina de Espafia socase con un principe Borbon. En las ntehas y gravísimas complicaciones que pueden sobrevenir, ▼ atendida la imposibilidad de ejecutar i'epentinamente el matrimonio con un principe Borbon, a causa de. que por el parentesco todos necesitan dispensa del Papa, ocurren las cuestiones siguientes, dignas de llamar la atención de los * hombres políticos, y muy particularmente '¿* del gabinete francés. ' • ' * " 1.* Si las potencias del Norte llegasen a [)erder toda esperanza de obtener el matrimonio de la Reina con el conde de Montemolin, ¿jMjdria entrar en sus miras realizar el enlace con un principe importante de una de » las ca.sas de Alemania, por ejemplo un archiduque de Austria?
2. " Si esta idea llegase á concebirse, ¿hasta qué punto encontraria simpatías en el gabinete inglés?
3. * Para conseguir este objeto, ¿seria posible influir en los {larlidos espafiolcs, moditicáudülos de la manera couvenientc para que se formase un núcleo respetable en anoyo de la uucva candidatura?
4. En tal caso, ¿hasta que punto seria eficaz el veto de la Francia, mayormente si se lleva en consideración la avanzada edad de Luis Felipe, y las complicaciones de varias clases que por necesidad debe producir. la muerte de este monarca?
Nos limitamos a proponer estas cuestiones, cuya resolución abandonamos al buen juicio de¡ lector.
«Hoy la Reina Cristina, que tiene prisa por casar á su hija á fin de hallarse libre )ara poder salir de España, dice á nuestro gabinete: dad al duque de Mmtpensicr j)or espuso á mi hija, ó dejadme eleyir un principe Coburrjo.h Asi habla el articulista del ComliInciotiaL Ignoramos si es verdad lo que afirma de la Reina Madre; pero si tenemos entendido (|ue no hace muLlios días ha estado muy en boga la candidatura Coburgo, asegurándose que no era desagradable á ele-. \ vadas inlluciicias. Dejando la verdad en su lugar, observaremos que el triunfo de la di-, piomacia francesa, que tan fácil ha sido en estos momentos, pudiera ser mas difícil ea adelante, si sobreviniendo complicaciones que modificasen la situación del pais, la ac- • titud de los partidos y las miras y gestiones de la diplomacia europea, no se entablase la cuestión en terreno tan estrecho, y se empleasen medios mas poderosos que alguno^ pasos ocultos y gestiones vergonzantes.
Nos complacemos en creer que habrá atguna inuxaclilud fea lo que dice El Comliluciunal sobre los deseos de la Reina Madre. No es fácil persuadirse que esla auyusla Señora, lan enterada como debe estar de la verdadera situación del pais, y lan deseosa del bien de su augusta Hija y de la felicidad de los españoles, se baya colocado en la alternativa de un |)riacipe francés ó un Coburgo. Lo que acaba de suceder con la candidatura del conde de Trápani, de cuya respousabilidad, por lo menos en cuanto al origen, se va defendiendo esta au^íusla Señora, debe baeernos cautos para no dar Ijicii asenso a nuevos cargos que se le dirijan en España y en el estrangcro.
SI üíimoiijisijQi) (Di i'Á m¡M m El CÜ\DE HE JIOMEHOLIX, Las palabras de M. Tliiers en la cámara de los diputados, el comunicado del Sr. fíuhio, secretario de la Reina Madre, y el artículo del Constitucional, han suscitado de ntievo la cuestión del matrimonio de S. M. aumentando un interés que ya de suvo es siempre muy grande. Con estos sucesos ha coincidido una circunstancia muy digna de notarse, y es la noticia mas o uwm< fundada, que se ha esparcido estos últimos dias, de que el gobierno francés apovaba la candidatura del ronde de Monfemolin. La gravedad de esla nueva no la han desconocido los periódicos de la corle; los que mas se distinguen por su oposición al matrimonio conciliador, han dado cuenUi de ella, dejando entrever los recelos que les inspiraba. Por nuestra parte dejamos á dichos periódicos la responsabilidad do una noticia lan imporlanle, bien que no tenemos reparo en decir que no nos parece inverosímil.
Ciertamente que si alguna vez ha conccludo el gabinete de las Tullcrias algún pensamiento útil á la España y á la misma Francia. debiera contarse entre estos el de favorecer al ronde de ^fontemolin; estamos en la profunda convicción de (|ue si no sigue cslc caminóla diplomacia francesa, se verá por necesidad envuelta en tales conflictos que le han de acarrear gravísimos disgustos. En el número anterior liemos suscitado una cuestión que consideramos digna de llamar la atención del gabinete francés; porque en nuestro concepto, es muy posible que si la Reina no se casa con vlcondede Montemolin, se haga el matrimonio con un principe no Borbon. Desde el momento en (|U(> las |>otencias del Norte influyesen cu este sentido, la influencia francesa en favor de los Borbones se vería terriblemente contrariada por los mismos hombres (|ue durante la guerra civil le han debido a la Fraucia no pocos favores. En estos últimos dias le ha sido fácil al embajador francés desl)aratar el proyecto de un principe (^oburgo, ijue según todas las aparíencias, llevaba camino de adelantar rápidamente; pero no le sería tan fácil lograr su objeto, si el proyecto matrimonial, eu vez de ser un pensamiento de pocas personas, y solo apoyado por influencias mas ó menos rebozadas, hubiese tenido el sosten de las potencias del.Norte.
Esla cuesliouja habíamos suscitado adrede, con la esperanza de que, siendo el negocio tan grave y su resolución tan innúnente, dirían su opinión sobre el particular los periódicos de la corte, muy especiiilmeulc aquellos que pasan por amigos de la fracción I de la cual se habia dicho que trabajaba por; un príncipe Coburgo. La nación no puede menos de ganar en que la cuestión se dilucide bajo todos sus aspectos. Desgraciadamente lio ha habido siempre en este punto toda la rraiiquc/.a que era de desear; y e>lo ha producido que la verdad se vaya esclareciendo con mas lentitud de lo que conviene. I Háblese de los candidatos que se quiera: I pero discútase, no deseamos otra cosa. No se dirá que intentamos traer aquí al comiede Monleniolm con manejos tenebrosos..Lis intrígas han menester de tinieblas; á las causas grandes, nacionales, les conviene la luz.
A propósito de estas indicaciones de que acabamos de hablar, el Tiempo ha tenido la' ocurrencia de decir que ya pensábamos eu otro candidato. Sobre este particular el rtV//i;>o puede estar tranquilo; el Pensamiento DE LA Nación aj)oya y a|)oyará en adelante el matrimonio con el conde de Monte" iHoUn como el tínico que puede evitar á la España grandes calamidades y asegurar sobre bases sólidas su traiKjuilidad y su dicha. I Ocasiones teudi;^iiK^ de prpUir al Tieinpo que eu este negocio, el 1*f>samíi:.nto i»k lv Nació?» no se enmiendo tan fácilmente. A pe«>r de que hemos tlichn no |)ocas cosas sobre ésla cuestión, todavía nos (|uedan alpnmas por decir; y para presentarla bajo nuevos aspectos, necesitábamos discutir algún tanto sobre principes alemanes. l*ero no somos tan e\ií;entes con los demás, como alarunos lo lian sido con nosotros; cuando deseamos saber cuál es la opinión de nuestros cnle<ías, hacemos una indicación: la cortesía no permite llegar á prejíunlas, y mucho menos á exigencias.
Al baldar del Tiempo no podenios olvidar lo que ha dicho el Español de que esta vez empleábamos un tono lánguido y descolorido; que el I*RNs\MtF.>To de la Nacíon no había tenido í/a(piella vigorosa energía y aquella copia de razones que sabe sacar de los asuntos mas triviales, y que hasta faltaha esa solemne entonación, esa especie de fatídica franqueza. (pie lauta importancia dan ñ sus escritos.» Permítasenos observar que nuestro objeto en dicho articulo, era esplanar los hechos consignados en el Constihtrioniil de París; y que hablamos del cottfíe (le Mnntemnlin como de uno de los varios candidatos traídos á la escena por el citado píTÍódico. Kn tal caso, si hubiésemos insistido en argumentos ya muchas veces repetidos, se habría dicho que éramos pesados; mas queremos que se nos haya llamado lánguidos y descoloridos que no inoportunamente enérgicos y fogosos. Cuando se escribe para el público es preciso resignarse á que no todos queden contentos: por nuestra parte estamos penetrados de que no es posible evitar censuras encontradas. En cuanto á la solemne entonación v á la franqueza fatídica de los escritos del ^R^sAMrE^-TO, damos gracias al Español por habernos advertido de estas cualidades; nosotros no las habíamos notado.
.No sabemos si habrá para los publicistas días nefnsloa: esta es tma cuestión aslrolo- »ica que no queremos profimdizar; pero desde luego nos inclinamos á la opinión negativa del físpnünl, creyendo que solo hay buenos ó malos asuntos, Imenas ó malas causas. Conviniendo empero en el principio, sacamos una c(msecuencia diferente. /;/ /f.v- {yañol quiere esjilicar el fenómeno del tono ánguido y descolorido, por el nml estado del asuntó del roiideile Monlevioliu. Errada conjetura! éntrelas muchas ilusiones que se está hicicnilo de continuo el Pk.nsamikn' To PE LA Nación, tiene unaen la actualidad, y es, que el asunto del ronde de Monteinolin nunca se había hallado en un estado tan satisfactorio. tJl Español que no suele carecer de noticias, podra tal vez sacarnos de este error; mas para evitar disputas, y alirmaciones y necaciones, lo nu'jor sera que apelemos al tiempo, que como decía el.sc-I sudo e>cudcro del héroe de la Mancha, es el rnejor médico de estas y otras muchas enfermedades.
Se ha dicho qúc no consignábamos con exactitud los hechos al afirmar ípie el matrimonio del ronde de Vonfemolin era reconocido por bueno, pero irrealizable, imposible. Nuestros lectores recordarán cuantas veces se nos ha objetado (pie esto era una utopia galana, v nada mas. En este sentido hablábamos al decir (pie este matrimonio era tenido por bueno, pero imposible. Lo mismo en sustancia alimi;ibn el Consfirj/noníi/ de París: y haciéndonos cargo de su articnlo era natural que no olvidaseimis el argumento. A este propósito ))enuítasc-? nos negar que en el articulo anterior hayamos tórrido las intenciones de nadie. 7:7 Tiempo no ha sido justo, dirigiéndonos esta inculpación. Nuestra idea era la siguiente: "Existe un poderoso gérmen de discordia, la pretensión dinástica. Es necesario ahogar este gérmen. lo que es |)osible con el matrimonio.» Ahora bien: nuestros adversarios convienen en que existe ese gérmen: no creemos que nieguen la luz del sol en medio del dia ¿Se nacen la ilusión de qii<' el Kartido carlista quedará satisfecho si no se ace el matrimonio con el conde de Montemolin'l Apelamos al buen juicio de nuestros adversarios. Luego, cuando poníamos en boca de estos, «es necesario acabar con los gérmenes de discordia, pero esto es impo-¡ sible,» no hacíamos mas que resumir lo (pie están diciendo todos los días.
Lejos de nosotros el torcer sus ¡nteneiones; lejos de nosotros el su()onerles un corazón tan poco español, tan cruel, que no deseasen acabar con los gérmenes de la discordia. Estrafiamos que hayan comprendido tan mal nuestras jialabras. Para satisfacerles cumplidamente les haremos hablar de nuevo, á ver si acertamos. «La pretensión > dinástica existe; desgraciadamente tenéis nrazon. Ahí están los campos todavía hunineantes con la san^Mt> vertida en la guerara civil; ahi está la actitud dü la familia de >Bourg;es. Una pretensión dinástica es un spuderoso fíermcn de discordia; en esto leguéis razón: es tan evidente (pie no necosi-»la de pruel»a. A esta causa se debe la exis-»lencia de un j>artldo á quien recientemente «nosotros niisn>os hemos llamado iletfilimo, npero ifrniuU'. Esta es una prueba de uues->i tra rran<iueza. Deseariamos tanto como » vosotros que desaiwrcciese todo ^lérmen »de discordia; pero las circunstancias se shan cond)ina(io de tal modo, las co.sas han - »llegado n tal punto y pórgale.*? medios, que es i nnM)sihle acceder á las exigencias del repartido carlista. Respecto al mitriinonio ji>dc la Keina, no somos necios hasta el punj>to de creer que este partido quedará satisflecho si no viene a España el cumie de »MonteinolÍH; j)ero este es un mal necesaj>rio, á (jue nos resignamos para evitar otros «mayores. Nos diréis que no ahogamos este ►•elemento de discordia, es cierto; pero es npara no esponernos a reacciones violentas, ^que podrían acarrearnos discordias mas.i>|)eligrosas. Quede pues consignado que »uos(»lros descariamos aeahar con todos los '«gérmenes de «liscordia; pero que esto lo , «consideramos una utopia irrealizable, que »es preciso dejarlo a la lenta acción del «tiempo, é imiiar la conducta de la Inglater- 7>ra que en odio á los Estuardos se resignó vivir sin sosiego, con un gran parli- ^do antidinástico, por espacio de sesenta .ttHflOS.')
.ttHflOS.')
Deseariamos saber si nuestros adversarios creen que hemos traducido con inlidelidad su pensamiento: si no hemos sido felices al presentarle, no es por falta de cuidado y mucho menos de lealtad. Ahora, para no (juedarnos sin defensa, séanos |>ermitido compeixiiar tandnen nuestras idea;» y someterlas al juicio de los lectores iinparciales.
Primer hecho indudable. La evístencia de la pretensión dinástica, S4;gtindo hecho, no menos indudable. Hay un podemso germen d(! iii>cordia, mientras <eNÍsla la pretensión dinástica.
Tercer hecho, igualmente indudable. La alta un|>orlancia de ac abar con este poderoso germen d« discordia.
('consecuencia evidente. Alta importancia ,dc acabar con la prelensitm dinástica. , Hasta aquí todos estamos acordes. — r ¿Qué se responde á estas razones? Helo aquí: e) ahogar la cuestión dinástica se com- Ipraria con un nuevo elemento de discordia: una reacción violenta. I Queremos prescindir de las muchas consideraciones con que otras veces hemos soltado esta dilicultad, v solo nos alondremo» a una observación muy sencdla. Nuestros adversarios se apoyan en «uia conjetura mas ó menos fundada; la prerision <h una reacción: nosotros nos apoyamos, no en una! precisión, sino en un hecho palpable. Kl mal existe; todos lo reconocemos: el remedio está indicado; pero no se le ipiiere adoptar porque se teme un mal mayor: iluctuamos pues entre la realidad de un mal y el temor de otro. Nosotros decimos: apliqúese. el remedio sin vacilar; no hay que temer las consecuencias. Nuestros adversarios dicen: |M)r temor á estas consecuencias dejemos que el mal subsista, y que el enfermo se agite en medio de fuertes convulsiones durante largos años. Entre un mal cierto V un mal posible, la elección no debe ser du~ j dosa. A estos términos se halla re«lueida la cuestión.
Nuestro sistema se funda sobre hechos indudables; el opuesto estriba en temores; en nuestro sistema se cslingue la cuestión dinástica, se consigíic que un partido í/raní/«deje de ser ilegitimo, que el trono tenga |)or sostenedores á lodos los que pelearon j por I). ('.arlos. Estos son resultados positivos, ciertos, evidentes; lo demás son temores, conjeturas, cálculos sobre el porvenir Nosotros nos fundamos en lo (pu^ es; nuesadv(;rsarios se fundan en lo (|ue pnede ser. Oon el articulo del Emañol, el negocio ; del conde de Mofitrinolin na mejorado mui cho: la cuestión ha salido del terreno de la! |>o^ibil¡dad. y se ha colocado en el de la conveniencia. Esta es una ventaja im|" te. Jlé aquí la> palabras de dicho perú <iko.
«Nosotros creemos realizable y muy ptmhle v\ matrimonio con el desterrado deBouríjes, porque está muy lejos de hallarse en el numero de las imposibilidades humanas; pero no lo creemos ni bueno, ni útil, ni ' conveniente..Nuestro colega dice que }>or- ' que es lo mejor debe ser posible: nosolrot* : decimos que es posible, |>ero (pie no es bueno.» Admitimos desde luego la confesión del! Español de que el matrimonio es posible, y muí/ posihie; esto no lo habíamos leido hasta ahora en ningún periódico moderado. Li vo/ de imposible esta resonando hace nías de un ' arto. El Tiempo mismo en su número del 2r> A |)ro]K)sito (le las se^'uridades que cípañol (lesea para desvanecer los recelos qno inliindc el prineipe, no jmdemos menos dé. consignar una observación imjiorlanle. Kn. las voces que circulan, y de (jue se han hecho cargo los periódicos, sobre las pesliones » de cierto gabinete acerca del proscrito d^ • liourges, es sumamente notable no haberse dicho que el principe. luvie e reparos poli-i ^ ticos, ni rjue se manifestase contrario á loá prmcipios de tolerancia. Solo mí ha indicado <|ue la dificultad se refería á lo (¡uc el ' I Expiiñol, de que nos creemos ali- ronrfe de Monteinolin cree que puede alee-*. i* un sran neso con su confesión de lar á su honor v al de su familia. Esta cir-» se espreea asi: «el enlace oías diricil |)or mas inconveniente, el que tenemos por imposible, es el que al.;;uiios sostienen lodavia a favor del comh <ii' Monleiiuúm.^y líi ( oustilurional en el articulo en cuestión, dice lo.sifíiiiente. «He aquí como el comiede Montmoiin. cuyo matrimonio seria aceptalde l omo medio para terminar las pretensiones dinásticas, es bajo lodos los demás conceptos un candidato imposible. r> Üosc (liada la imposibilidad, ya solo resta el disentir sobre la conveniencia. Eslé seguro c viados de un sran pe que el matrimonio no os mijmibie; esta terrible palabra, atravesada siempre en ladiseMÍOii, era un obstáculo poco menos qne insuperable. Los tímidos no dudaban de la conveniencia sino de la posibilidad. La voz íreneral era esta: «es muy conveniente, pero es imposible. >» Si se plantea la cuestión diciendo: 'íes jiosible, pero ¿será conveniente?»» la resolución no es dudosa.
Después del notable iwrrafo ipie acabamos de trascribir. encontramos otro del «nal (pii7.a podría iulcrirse cjiie dadas ciertas condiciones, no sería el Español lan intratable en este punto, como parece a ¡)rimera vista. l)i(T este periódico (|iie para liacvr bueno el matrimonio, «seria preciso qie adoptase otra conducta el candidato y su familia: (|ue se buscaran medios de realización antes de irse tan directamente a la realización misma; que se procurara desvanecer los recelos que todavía infunde el prím ipe que representa los principios contra los (jue se ha peleado tantos ailos; y que se diesen otras garantías de olvido de lo pasado, V de respeto para lo presente y lo jiOrvenir, que las «jue se desprenden de un ilflnitiesto y de unos cuantos artículos de periódico. Kn esta parle el Español estarla muy ra/unable, sino tuviese la desgracia de |íoner al lin lo que di' be estar en el principio. Antes de buscar los medios de níalizflar,! es necesario ver si conviene realizar. Kl Eapañol piensa lo contrarío: creyendo equivocadamente «pie se va directamente á la realización misma sin pensar en los medios. No se nos oculta que en esto se han de e\icoiilrar dilicultades; pero en cuanto se busipie seriamente esperamos (jue se los hallara. Pongámonos antes de acuerdo en la SMUincia de la cosa; luego trataremos del modo. j' / cuostancia es muy importante, porque sea cual fuere la ilusión en que el joven príneipfH pueda hallarse resp<»cto al objeto y lunda^^ mentó de sus pretensiones, siempre es mny honrosa á su carácter y demás cualidades personales una conducta que no tiene por iin satisfacer venganzas ni provocar reacciones, sino únicamente salvar del modo posible, lo (pie él considera no jwler abandonar del todo, sin menoscabo de su dignidad. No dudamos quo^ en este punto le harán justicia sus propios enemigos: en casos semejantes se prescinde de opiniones, solo se escucha al corazón.
Pregunta el Español si con el casamiento se acallarla el partido carlista, y cree (jue no, porque no es del carácter de los partidos estreñios el ceder con tanta facilidad ni el contentarse con tan poco. El Español se engaña. Lo que desea el nartido carlista es que se constituya «n cstaao de cosas en (pie no sea tenido por ileeítimo; y en el cual pueda acomodarse sin sacrilicar sus convicciones, ni faltar á sus eompromisós. Esto se lograría coii el casamiento; y no le parecería tan poco al partido carlista, (jue no es esclusivo como se su[)one, y esta muy lejos de hacerse las ilusiones que sus adversarios se tiguran.