Ademas, y esta consideración es miportante: el partido carlista es eminentemente monárquico y religioso, y por esta rnzon; es el mas manejable, cuando se encargan de ello las personas en quienes reeonoc;^ autoridad. Ignoramos hasta <]m punto ■ prestarla el conde de Montemolin á transigir en las pretcnsiones dinaslicns: poro estamos profundamente convencidos de que fuera cual fuese el curso y el resultado de las negociaciones, bastaría una palabra del princ¡[)C para «pie el partido carlista callase y Digitized'by Google obedeciese. Esta, repelimos, es una consideración importante. Las exaf^eraciones de los partidos niunárquicos nunca son tan te-'miblcs como las de, los partidos revolucionarios; aquellos tienen un rcsortf con el cual. »e los umeve, ó se los com|>rime: el principio de la autoridad; estos son una especie de protestantes políticos; cada cual piensa lo que quiere, y hace lo que le viene en talante, si no se lo impide la Inerra. De esto se tuvo un ejemplo en los últimos tiempos del Rey Fernando. El partido monárquico dueño del gobierno, dueño del ejército, dueño de la administración del pais, fuerte con una organización religiosa, que disponía de rentas considerables, y contando con innumerables batallones de voluntarios realistas, se dejo destituir y desarmar, y contempló tranquilamente su ruina por no faltar ni principio de la obediencia. Ningún partido revolucionario es capaz de una abnegación tan heroica.
SOBRE EL MATRIMONIO DE LA REINA.
E»n'¡to «u Banvlona rii 9 de julio iIp 1816 y [lublicaJo ro Madriil rii I j del niÍMiu.
Pocas veres, como ahora, ha sido la in- 3uietud de la prensa la verdadera es{)resion u la inquietud pública. Desde \h:í:\ se ha visto con harta frecuencia que la in(}uietud de la prensa escedia en mucho a la inquietud del |)ais; mas en la actualidad bien puede asegurarse <|ue no la escede ni sicjuiera la iguala. Al decir esto, no nos relerimos á la in(|uietud revolucionaria. síntoma de la í"ermenla< ion de ideas anárquicas y pasiones turbulentas; sino á la inquietud que nace de la espectativa de grandes acontecimientos, y de una confusa mezcla de halagüeñas esperanzas y de temores aciagos. Esta es la in(|uietud (|ue ahora reina en la capital como en las provincias, en las ciudades populosas como en las aldeas, en todos los partidos, £Q todas las opiniones, y que no puede ser calmada sino con el desenlace tinal de la complicación que nos abrunja. Entre todas las cuestiones pendientes sobre el pais, descuella una colosal, inmensa, de consecuencias irremediables si son malas, v duraderas si son buenas; y que por lo mismo que de su resolución pende la suerte de la Espafinpara algunas generaciones, preocupa ma* vivamente los ánimos, v es la |>rincipal causa de la inquietud en los momentos actuales. El lector habrá comprendido que aludimos al matrimonio de la Keina. No pasa iin dia sin que los periódicos lo recuerden de diferentes maneras, esparciendo noticias masó menos verosímiles, mas ó menos fundadas; pero repetimos que la inquietud de la prensa no llega a igualar la in(|uietud del pais, y que las discusiones sobre este asunto no son mas que un pálido reflejo del movimiento de las opiniones (|ue con este motivo se desenvuelven y se agitan en la España.
Es sensible que en este negocio nna ptfU de la prensa no haya «'omprendido, ónobayi querido comprender, toda la gravedad de su misión, toda la importancia de su influjo. Era de esperar que en la cuestión mas tra^jcendenlal que se ha ofrecido y |)uede ofrecerse a la nación española, se baria un esfuerzo para levantar la discusión á la mayor altura posible, entablándose una polémica concienzuda, fuerte, dilatada, en que se ventilasen con sobreabundante copia de razones las ventajas y los inconvenientes de esta ó aquella combinación, de este o de aquel roodo de ejecutarla. Ahí estaban para darinolivo á consideraciones importantes, los intereses del trono, los de la dinastía, los del pais en su organización interior, en sus relaciones cstrangeras. \o cabe cuestión en que los argumentos en diferentes sentidos se ofrezcan en mayor abundancia, ni en la cual puedan canqiear con mas desembarazo la erudición y el ingenio. Aqui fM)dian lucir su instrucción los alicionados á esturi tóricos; aqui manifestar su previsi' n i:> hombres políticos, aqui hacer sentir la delicadeza de su tocto y la verdadera situación de los gabinetes de Europa, los aprovechados en la carrera diplomática. Esta es una cuestión que, sea cual fuera el sentido en que se la resuelva, ocupara largas jiáginas en la historia de España por sus ante-I cedentes y por sus resultados. El historia-} dor buscará con afán los escritos contemporáneos sobre una materia tan ¡nip< y si encuentra po<os notabl<»s, sini>Mn.i (pie los hombres de la é[)0ca han consumido el tiempo en discusiones secundarias, olvidando la principal, se indignará por tamaño descuido, y se indignará con razón.
Tnslc es decirlo, |)ero mucho tememos ■ate esla coajelura se lia de realizar: ya desde ahora la prensa no se libra de una grave rtí:s|)uusaltiliilad eu este punto, si no se apresura a declinarla con una discusiou mas amplia y razonada du lo que lia hecho hasta el presente; sino contenía con indicaciones, coa noticias, con artículos ligeros, no publica sobre este particular trabajos serios eu ue se vea que el autor ha meditado profiuiamenle In cuestión, y después de haberla mirado bajo lodos sus aspectos se ha íormadü decididamente una opinión iija (|ue procura hacer triunfar en la arena de la discusiou publica.
«Nada de intrigas tenebrosas, nada de violencias, nada de amaños indij^oos; publicidad y mas piddicidad, hé aqui luuue deseamos en este nej^ocio; publicidiuí y mas publicidad, [Kira evitar una sorpresa: aplatemos su resolución, pero cutre tanto meditemos cual seria la mas conveniente.» Esto decíamos á liues de enero de iK4o al publicar nuestro primer articulo sobre la cuestión del matrimonio de la Ueina; asi nos esforzábamos |>or levantaren la prensa esta cuestión para (|ue se entablase sobre ella una discusión solemne eu que tomasen parle las plumas nuis aventajadas. ¡Vanos esfuerzos! el pais presencio durante dos meses el singular espectáculo de un periódico que defcudia una opinión contraria a la de todos los órganos de la pn'u.sa, progresistas y moderados, y á cuyas razones no se contestaba afectando de.sdcn de lomarlas en consideración. Sien laniaíias cuestiones no se discute, ¿para cuándo se resérvala discusión pública? Si para ca.sos semejantes no sirve el sistema de publicidad, ¿para cuándo servirá?
Las discusiones de la prensa, taulo progresista como moderada, se hau limitado casi siempre á la esclusion de este ó aquel candidato, |)ues que apenas merecen recordarse los pocos y ligcrisimos artículos que | se hau escrito en favor del infante I). Enrique. «Abajo Trapaoi, no <|ueremus Monte- L molin, fuera los Colnirgos;» a estose ha re- [ ducido toda la polémica, esceptuando un so- ¡, Jo periódico que ha escrito largameute eu j favor de un príncipe de Portugal, que tiene i <'ontra si la diiicullad de una imposibilidad | nuii» evidente que la luz del día.
¿Cuál es la razón de (jue los adversarios del conde de MunlemoUn se hayan limitado i á un pensamieulo negativo, á escluir candi- ' dalos, sin presentar uno propio? No es falla de talento ni de osadía; es falla de razón; es que la naturaleza misma de las cosas está indicando el candidato, i/miVo conveniente, el liwifo que puede evitar á la nación calamidades sin cuento. La opinión pública se ha ido formando en buen sentido y se halla en la actualidad eu tal oslado de "robustez^ que no dudamos asegurar «jue la nación es-é* pafiola en su mayoría,.m, en su inmens%. mayoría, es favorable al proscrito de Bonrgcs. Está con nosotros el porlido carlista en masa; está con uosoti-os la fracción del partido monanjuico que ha sostenido a Isabel ii; está (011 nosotros un numero muy considera^ ble del partido moderado; y |)or mas que se diga, no se hallan tan distantes como so ha querido suponer, los hombres pensadores del partido progresista. Median todavía recelos, desconlianzas, temores infundados, que el tiempo acabará de desvanecer; y por poco que se aplace la resolución de este negocio, esperamos (jue la opinión llegara a ser tan compacta que no dejaría de tomarla en consideración la alia sabiduría de S. .No exageramos, no: tenemos en favor nues-^ tro la inmensa mayoría de la España; la oposición de algunos pe(|ueños círculos de la capital, va encontrándose cada día en ma*, yor aislamiculo: en xMadrid todavía se los ve; mas desde las provincias, ya se los divisa con harto trabajo: las olas van creciendo, y los imperce|)libles puntos desaparecerán bien pronto bajo el nivel de las;iguas.
Ninguno de los otros candidatos puede resistir á la prueba del liem|)o; solo el rondé-, de Monteimlin va triunfando de todas las oposiciones, sin mas armas que la razón, sin mas a|K)yo (]ue los evidentes motivos de conveniencia publica. Hasta ahora han estado en juego cuatro candidatos; todos han desaparecido al primer impulso. Esla historia es digna de ser recordada porque encierra lecciones muy instructivas. ^ En ciertas épocas se hal)ia pen.sado en un hijo de Imís Felipe; pero a pesar de los deseos de altos personajes, el proyecto no solo no pudo llegar á madurez, |>ero ni siquiera a tomar el carácter de un negocio serio. ¿Y por (\ué'í porque se suponía, y con razón, que la Europa uo habia ue consentir semejante enlace; y que con esto la in/Iueiicia francesa se haría odiosa en España como lo reconocía el Conslilucional en su famoso articulo. Es decir, que el pensamiento poU-.,> lico era tan profundo, tan acertado» Iííu | elevadas inlluencias, y aun de lodos aquellos conciliador, que tenia contra si a propios y estraíios.
Kliminado el principe francés, se pensó «n el conde de Trapani, que naluralnicnle debia presentarse, cuando se andaba en busca de principes Borbonos no esjiañobís. £1 gabinete IVancés apoyaba la candidatura; la Ueina Madre se resillaba según atestigua el ('onslitiirionnl: la In^Malerra no se oponía; y el bunibrc de la situación se hallaba ya con espada en mano, pronto á cargar sobre los refractarios y dar rima al apetecido proyecto. ¡,{)w. ha sucedido, (pie se lia necesitado para disipar la obra de una coalición tan poderosa? La prensa protesta, algunos diputados se comprometen á lirmar una n»aniti'stacion: la alarma y el desconcierto penetran en la coalición inespugnablc, la derrota se pronuncia en todos sentidos, y el desastre es tan ixrande que en la artualiüad uadie (juiere haber tenido la culpa, y muy altos personajes de aquende v allende el Firineo, no se avergüenzan de disculparse ante el tribunal de la opinión pública. ^No les. parece; a nuestros lectores (pie la candidatura debia apoyarse en fundamentos bien stilidos, (pie debia detener en su favor muy tuertes ray.ones de conveniencia juiblica, cuando al primer impulso ha venido abajo de una manera tan estrepitosa?
El principe Coburgo no ha sido mas afortunado que el conde de Trápani; y si la repulsa no ha sido tan ruidosa, es porque ha tenido la discreción de no adelantar demasiado las negociaciones. Ni siquiera se han necesitado las protestas del pais; un embajador estraugero ha dicho una palabra, y el proyecto se ha desvanecido como el humo. ¿Que será una candidatura (jue no pueda resistir al desagrado de una potencia estrangera?
Recordarán nuestros lectores que habrá cosa de un aíio un periódico de la situación se declaro por el infante I). Enrique, con ua entusiasmo tan repentino, que áe\6 asombrados a los que no podían atinar en la verdadera causa. Desgraciadamente, la cosa se deshizo como se hizo; naci() sin preparativo y murió del mismo modo. Sucesos posteriores vinierou á empeorar la situación del infante, á la sazón ya no muy agradable; y habiendo tenido la desventura de ser apoyado por el partido progresista, será diiicil ({uc pueda rehabilitarse á los ojos de (|ue no (¡uisieran ver en el marido de la Reina un apoyo, no diremos probable, pera ni aun posil)le, de las ideas revolucionarias.
Es de notar que el infante D. Enriqqe fue propuesto por una fracción del partido moderado, la menos escrupulosa en punto a doctrinas y practicas parlamentarías, los amigos del general IS arvaez, y luego ha sido apoyado por los progresistas; lo que signilica que el augusto principe no representa ningún iK'nsamiento político, y que quizas los partidos podrían buscarle para mando de la Reina, como instrumento de miras, a que sin duda no se prestaría un pcrsouaje de categoría tan elevada; jHíro como hechos recientes hayan dado sobrado motivo a locas esperanzas, el daño (|ue se ha hecho a la candidatura del augusto princi|>e es de todo punto irremediable. Ni en la corte, ni en la inmensa mayoría del partido naxlerado, |)0dra encontrar simpatías una combinación, con tal entusiasmo aconsejada |>or el partido progresista. Este hecho lo dice todo.
Ka candidatura del anule de MontemoUtt ha tenido en contra opo.siciones mucho mas fuertes que todas las indicadas. Oi>os¡c¡ott en el estiangero, oposición en la corte, oj)osicion en el gobierno, oposición en los hombres inlluycntes del partido dominante, oposición constante en la prensa; y sin embargo, lejos de (pie se hayan debilitado las probabilidades de su triunfo, se han robustecido sobremanera y se van robusteciendo de cada (lia. Esto'¿qu(; prueba? prueba que la candidatura del principe de Bourges tiene una fuerza intrínseca, no de.peudienlc de las circunstancias del momento, de estas 6 aquellas intrígas, de estas o a<juellas simpatías, yquocsun pensamiento grande, nacional, con cuya ejetucion se pondría Icrmioo á las calamidades de nuestra patria. S(í le ha desechado rail veces, se ha dicho (pie el provecto era imposible, se han hecho las pinturas mas negras del porvenir que nos habría de traer, se ha procurado intimidar sus defensores, se ha tratado de cx)nfuQdir una idea de conveniencia pública ton un sentimiento de deslealtad, retrayendo de esta suerte á los pusilánim soportar que se les llame t,ui.>: > do ha sido inútil; la candidatura del conde de Münleinolin no ha muerto á pesar de tantos y tan violentos ataques, vive aun, mas poderosa que nunca, cada día va conten i. iu lOi. iu lOquialaiido nuevus parlidarios: de las u|H)í>íciones, uoas ceden, oirás soa meaos ohsli-■tdas; y el pais en espettaliva de este fnsde aVonteciniicnto. tiene lija &íí espemata en el enlace que ha de inaugurar una nueva época de tranquilidad v ventura.
A tal puulo han llcfíado las cosas: tan fuerte es la ojnnion que apoya al cumie de. Moaiemolin, son tales los ul)>laculos <|ue se OjMoen a otro enlace sea el (juc Tuere, son de tal gravedad y trascendencia los resullados que pudiera acarrear un paso precipitado, que ha de ser muy dilicil encontrar hombres públicos de al^un valer, que aconsejen á S. M. un enlace nue deje descontenta a la inmensa mayoría de los españoles. Se combinarán nuevos proyectos, se urdirán intrigas, se tentarán nuevos medios, se ponderara la imposibilidad del enlace con el conde de Monleotoliu, correremos qui/.as nuevos pelij^ros de una resolución precipitada como en la candidatura de Trapani; pero antes que so ejecule un provecto lunesto se hará oir de nuevo la opinión pública, se ampiará de nuevo el sentimiento de nacionalidad, y los hombres públicos (|ue quisiesen arrojarse a una empresa desalentada retrocederán ante la voz del |)ais que llegara respetuosa á los oidos de S. M. y le hará entender lo que mas conviene al sosiego y felicidad de sus pueblos. Si, lo repetimos, no hay hombre publico de algún valer que tenga bástanle resolución para ejecutar proyectos semejanles; no hay hombre público ue algún valer que se atreva á cargar con la tremenda responsabilidad de desaprovechar para siempre la ocasión que nos depara la Providencia de eslinguir la cuestión dinástica, de fundir en uno varios partidos, y de establecer un gobierno solido que haga imposibles para mucho tiempo las revoluciones y las reacciones, dando á España la dirección conveniente para que entre en el movimiento regular y progresivo de los pueblos europeos.
Todas las candidaturas, escepto la del conde de Montemolin, se hallan ya tan gastadas, que el traerlas de nuevo á la escena no puede caber sino muy diticilmente en el pensamiento de un hombre político. ¿Hay quien pueda resucitar la candidatura de Trapani, rechazada con tal esplosion de impopularidad, y tan desastrosamente desbaratada, que declinan publicamente su responsabilidad los mas elevados personages? La sola idea de este proyecto, ¿no seria capar, de hundir uara siempre la reputación del hombre publico mas acreditado? ¿Habrá quien pien.se en un hijo de Luis Felijie, cuando el mismo gobierno de las Tullenas te niega á la ejecución de este proyecto, ponpie á mas de ser muy difícil en su realización, produciría a la Francia gravísimos conilictos? l>espues del famoso maniiieslo del infante D. Enrique, después de las violentas rujiluras que hemos presenciado, después del entusiasmo que [)or el está manifestando el partido progresista, ¿habrá (juien considere realizable semejante matrimonio? ¿No se alarmarían a mas del partido monárquico, la inmensa mayoría del moderado, y tanto y mas que ambos, no debiera alarmarse la corte?
Bien se han conocido las diticullades que acabamos de indicar; y por esto hace machos dias que altas inílúencias no piensan en un principe Borbon, y meditan un enlace con un Cüburgo, 6 quizas con algún otro [tríncipe de las casas de Alemania. Asi tal vez resucitarían proyectos, que según tenemos entendido, se habían concebido ya durante la guerra civil; y es probable que si los calamitosos sucesos de Portugal no hubiesen sobrevenido en circunstancias críiicas, tal vez no hubieran producido un efecto tan completo y tan pronto las gestiones y protestas de un diplomático estrangcro. La Presse de París ha publicado una carta muy notable sobre la política inglesa con respecto al matrimonio: no diremos que sea exacta en todas sus partes; pero es bien seguro que la diplomacia francesa tiene sobrados motivos para no estar trau(|uila.
Va (|ue hemos pronunciado los nombres de Coburgo y de PortugaJ, seanos permitido llamar de nuevo la atención sobre el escarmiento que nos ofrece el reino vecino. La semejanza entre España y Portugal en lo tocante a la situación política, es completa: solo una circunstancia nos distingue, y es que allí se ha perdido toda esperanza de remedio |>orque se ha dado el paso que algunas personas están meditando en España. La Reina de Portugal esla casada con un principe Coburgo; la cuestión dinástica subsiste; el partido muiuirquico ve imposible toda conciliación; el trono de aquella infortunada princesa se encuentra combalido por dos partidos estreñios, el revolucionario y el migiieiista; y en la capital como en las prnvmcias, se halla todo en lu uias prorunda (lisolacion, oq la unarquia mas cspanlusa. Seniejanle, ó mejor diremos idénlica, seria la siluacioa de Kspafia si errados consejos influyesen en el ánimo de S. M. y no le dejasen conocer lo que interesa a la telicidad de sus pueblos. Pero decimos mal; la situación de España no seria idéntica, seria peor, porque si desgraciadamente estallase por un lado la revolución, y se levantase por otro la bandera de una guerra diuaslica, no seria tan fácil estiuguir el incendio como pudiera serlo en el reino vecino.
Portugal, nación de muy limitado territorio y población escasa, d^ilicilmcntc podría colocarse en tal uclitud que un esfuerzo de la Inglaterra no sea bástanle á dar preponderancia á un partido y restablecer el orden material ^ siquiera por algún tiempo: esta ciertos aspectos pudiera ser peor que las de los años.{5 y '.iCt: fuera cual fuese el resultado de la lucha, siempre es indudable que el trono de Doña Isabel li se veria espucstí» á gravísimos riesgos; y que ron la descomposición de los partidos, con las uuevjis opiniones que se nan forma<lo, con lo mucho que otras van modilicandose, las cosas seguirían un curso muy diverso del de la guerra anterior, y (juizás se desvanecerían en breve las ilusiones (]uc se forman algunos hombres preciados de políticos, y que m pnuneten dirigir los acontecimientos con aro á sus opiniones ó intereses. Sometemos estas consideraciones al juicio de los lectores imparciales; para comprender el valor de las mismas, basta no haber olvidado lo (jue tan reciente está; la guerra civil: basta tener ojos para ver lo que está sucees una esperanza para Doña María de la Glo- | dicndo, tener oidos para oir en todas partes reg reg na; este es un medio de que probablemente se ccharia mano, si las circunstancias llegasen á estremidades demasiado apuradas. La intervención española seria también otro remedio; y aun(|uc no es posible resistiéndolo la Inglaterra. lo seria indudahiemcnle y produciría ademas un resultado seguro, si el gobierno de Madrid se pusiese de acuerdo con el de Londres. Ninguna de ealíis esperanzas tendría la España: á una nación de tan dilatado territerio, de grandes recursos, V de catorce millones de habitanles, no se la intimida con una nota amenazadora, ni se le imponen condiciones con la presencia de algunos buques delante de Cádiz ó del Ferrol: durante siete años hemos presenciado una guerra civil, á pesar del tratado de la cuádruple alianza: cien veces se pensó en intervención armada, y otras tantas se abandonó la idea, como peligrosa para el que hubiese intervenido, y de resultados muy dudosos para la causa que se quería favorecer.
Si por desgracia, con un paso imprudente, la España se pusiese en combustión, si llegasen los partidos á tomar de nuevo las armas, como está sucediendo en Portugal, es imposible calcular el resultado. No conoce la España, ha olvidado su historia, no vé lo que tiene delante de los ojos, quien se haga la ilusión de creer ([iic seria facü apagar el incendio. Es muy (emiblc que desencadenada por un lado la revolución, y cnarbulado por otro el estandarte de la guerra civil, se crearía una situación tan complicada, tan ierrible, de tan dílícii remedio, que bajo la espresion de la opinión publica.
Oue no se hagan ilusiones los^que juígan de la España |)or el pp(pieño círculo de sus amigos; recuerden las que se han hecho otros mas poderosos que ellos, y atiendan al resultado. La fuerza de una situación no está en algunos empleados, en algunos períódicf»s mas ó menos hábiles, en el apoyo de algunos hombros políticos mas ó menos influyentes, ni en el favor de algunos personajes mas ó menos elevados; está en las ideas, en los sentimíenlos dominantes, en la mayoria de la nación: cuando esta mayoría se halla contrariada, especialmente en liemfios tan agitados como los actuales, ¡ay de los impru(lentes que amontonan combustibles y les acercan fuego! ¡ay de la iiactoD cuya suerte estuviese encomendada á manos tan desatentadas! su porvenir estaña cargado de tormentas espantosas. y no quedaria otra esperanza que un estraordinario auxilio de la Providencia.
Bien decíamos en el número anterior, que la prensa española tenia obligación de tratw estensainenle la cuestión del matrimonio de la Keina, so pena de incurrir en una grave I sabilutad qiie iio le |>erduiiaria la bislorín. Kmitiaino!) csla opinión en un articulo c:»ci ilo en liarcelona el dia i> delcorrienle jubo; y pivcisaniente en aquellos diasse publicaron en Madrid lardos escrilus sobre dicbo asunto, lo que maniliesla (|ue la prensa babia conocido lo mismo (|ue nosotros, y que si» necesitar de nuestras indicaciones, cuinpUa con lo que reclamaban las circunstancias, l n motivo particular ba mediado para que se eulablase la polémica, y es el articulo publicado en el Pensamiento de la Nación en de julio en que combatiamos á nuesinis iidversarios con una ariíumentacion que i>i<)-> lian llamado bábil, ]H;ro lalsa, y que mas liien debiera calilicarse de fácil y sólida. Tal era lafundadn en tres hechos indudables. La «'xistencia de la pretensión dinástica; la ' \i>;i'nL-ia de un poderoso germen de discordia mientras exista la pretensión dinástica; la alta importancia de acabar con esta pretensión; de cuyos hechos resultaba una ounsccuoncia evidente: la conveniencia del enlace de la Reina con el conde ile Mmlemoíiu.
Como los artículos de nuestros cólegas alN*azan diversas cuestiones, será preciso deslindarlas para no contundir las ideas. Se ha llevado la discusión á la altura de los ñas altos principios de derecho publico, haciéndola después descender al terreno de las acusaciones a (pie suelen eutreffarse los partidos; por nuestra parle no tememos la luz ni en la reíiioii de las teorías, ni en la de los liechos; ni en aipiella se n<»s encon-Irorá láLsos, ni en esta se nos probara que uitMiamos ehíueiiinneiile ante la historia y la conciencia de los jnief)los. Nuestra argumentación no se apoya nunca en mentiras ytoliticm, siquiera sean elocuentes.
Antes de abrir esta nueva ¡Kjiémica es nece.'iario que procuremos no perder el terreno ganado en las anloriores. El Es¡mñol había concedido que el malriiuonio con el MMMfe de Montemohn no era imposible: aceptamos la confesión, y dedujimos las consecuencias legitimas y oportunas. El ¡leniltln se duele de ipie se nos haya hecho esta comt -ion que apellida inmensa; y el fMíiol, no sin dejar traslucir algún disgusto de (|ue el Ihrnliio trate de enmendarle la plaiui, esplica como mejor alcanza las pala-MM objeto de censura. «No es imposible pero no es útil, ni bueno, ni conveniente; si alguno dijere y probare que estos tres in :i :i convenientes no constituyen un imposible moral, tan grave e invencible como el matjor imposible físico, entonces creeremos haber hecbo una concettion importante al par -tido Carlista; entretanto entendemos ({ue naestra franqueza ha elevado á mayor altura el imposidle mo/v// que encierra el enlace del conde de Moulemolin. » No hay destrerja que baste para sacar en bien de pasos tan difíciles; mnvormenle si hav (luien su atraviese en el camino para cerrar la salida.
lü espiicncion del hsparwl se reduce a que no na hecho concesión, pues (|ue no ba negado la imposibilidad moral, antes bien la ha alirniiido mas y mas, sosleniendo que el enlace no es ni útil, ni bueno, ni conveniente. Preguntaremos al Iispníwt de qué imposibilidad trataba cuando decia (|ue el matrimonio no era imposible. Crciainos nosotros, y debieron de creerlo lodos los lectores no fallos de sentido común, (pie solo se trataba, y solo se podía tnitar, de íidjxisíbilidad moral. £n semejantes materias no naba imposibilidad metafísica ni física; porque es evidente que no cslan de por medio ni la repugnancia esencial, ni el obstáculo de las leyes de la naturaleza. Luego cuando se decia: el matrimonio no f í imposible, se sobreentendía moralmenic. Cuando el lispaiiol otorgaba la posibilidad moral, ó suá palabras debían signiiicar esto, ó tenian un sentido qm* no podemos esperar de su buen juicio é ilustraciou. Mas vale incurrir en contradicciones,' cosa muy fncil en una polémica, que fallar á las reglas de sentido común.
I'retende ol Español que estos tres incénvenientes, esto es, el no ser vi útil, ni bueno, ni conveniente, constituyen un imposible moral;. jM'rmitasenos observar que esto no es exacto. La utilidad, ta bondad y la conveniencia de una cosa, se miden por reglas iiHiy diferentes de la posibilidad moral: puede una cosa no ser ni útil, ni buena, ni conveniente, y sin embargo ser muy posible. Por ejemplo el Español csla muy eonvcncido de (|ue el ministerio actual no es útil, ni bueno, ni conveniente, y sin embargo ¿quién negariaque es posible? A mas de que en favor (le su ()osibilidad, tiene el famoM principio: del acto á la potencia vale la consecuencia; su existencia, su conservación a pesar de la oposición moderada, es lui indirio bastante seguro de su posibilidad. Por el contrario, una cosa puede ser útil, buena y cüi^veniente, y sin embargo ser imposible iuuralmcnto. ¿Quién duda de que un gobierno baralo seria útil, bueno y ronvenientc para España en las rircunstuncias actuales? y sin enibaríio. ¿(piién no vé que en eslas circunstancias, el jíobicmo barato es imposible nioralniento?
Al leer las esplicaciones del Español bemos crcido notar que él propio sentia la flaqueza de su discurso. El indicio lo hemos encontrado en su misma exaijeracion. No solo se deliondc de haber hecho al partido car- i lista una concesión importante, sino que entiende que con su franqueza ha elevado á | mayor altura el imposible moral que encierra el enlace del conde de Montemolin. En su concepto, los tres inconvenientes constituyen un imposible moral tan grave é invencible como el matjor imposible físico. El Heraldo se queda muy atrás; el Español vende bien caras sus concesiones del momento; en adelante sabremos que el enlace con el conde de Montemolin es un imposible tan grave é invencible como el que fallen las, leyes de la naturaleza, por ejemplo la reflexión do la luz, ó la fíravitacion imiversal. Cuando el lector baya llegado á una exage- i ración semejante, habrá meneado cuerda- ' mente la cabeza, murmurando aquello de: Qmdcumqneoslendis mihisic, iucréditlusodi.
Previas estas aclaraciones, que son por I decirlo asi un saldo de anteriores cuentas, y ' en las cuales si hay todavía alguna dilicultaH esperamos que sé la arreglarán amistosa- ^ mente el Español y el Heraldo, entremos en el fondo de la cuestión, tratándola bajo el Aspecto en que la han presentado los artículos de los citados periódicos Al leer las contestaciones (¡ue el Heraldo y el Tiempo daban á la argumentación de los tres hechos i indudables, hemos recordado un ardid de que á veces se echaba mano en las escuelas, allá en los pacíficos tiempos de las arengas y quodlibetos, como diria el autor del Fray Gerundio. Sucedía, pues, que dos contrincantes querian dejarse mal parados, siendo la intención del argumentante no mas inocente (¡ue la de su adversario. Armábase aquel con un silogismo, que en su concepto no dejaba salida; la mayor era á pnieba de bomba, la menor se palpaba con las manos; y la consecuencia estaba tan fuertemente )cgada á las premisas, como un hombre sin amnicion á las sillas ministeriales. El sustentante no tenia remedio, era imposible la salida; y el argumentante se síilwreaba ya con la idea de verá su adversario fn fomui. como si dijéramos cspueslo ála vergüenza publica. Mas como quiera que semejantes aprietos no gustan á nadie que tenga su poquito de amor propio, el sustentante al resumir el