Luego de concluida la oposición me ordené; y eu esto, como en lodo lo domas, recibí ¡tarticulares atenciones del Sr. obispo; K)r cuyo consejo \olvi a la universidad, donde estudié cañones, dcscm|>eñando al mismo tiempo, en calidad de susliluto, la cátedra de Sagrada Kscrilura, y recibiendo el grado de doctor, (|ue se llamaba de jMuijja en lenguaje universitario. La lunciou se vcriticó el 7 de febrero de fH3o; la guerra civil estaba en su incremento; las pasiones ardían; y yo, como graduün<lo, debia, souun las leyes académicas, pronunciar uu discurso en elogio del monarca reinante: y como á la sazofl era gobernadora S. M. la Reina Cristina, era preciso hablar de esta augusta señora. Kl concurso era numeroso; las opiniones políticas muy encontradas, y se deseaba saber lo que y») pensaba de las cosas públicas. ¿Saben mis leclores lo que hice? ¿Creen que me eulUMUsmc pur la Huma (jobernadtra, y que je dispensé las lisonjas que á ]a sazón lü prodigaban otros que ahora la insultan? Ño, no: lo (|ue hice fue prescindir de toda política; y me ceñí á elogiar la apertura de ¡as universidades; y aprovechándome de no sé qué providencia sobre onscñauEa de nialemálicas, we detuve un poco en este punto, y acal>é mi discurso sin ofcnder ni á crislinos ni á carlistas, jiorquc ño había hablado ui de unos ni de otros. Testigo el público y testigo muy especialmente el sabio francÍM-ano V. Pediorol, que sr halln '\ acluulmcnle en Igualada. í Concluido el cmso de í.s;!l a 1833, me i¡ fui á mi casa, y no quise volver á la universidad: la guerra y la revolución ¡ban arreciando; y JO preleri a la carrera universilaría la oscuridad de la vida doméstica. A jj lines del añ; (¡lanteo en Vicb unaca-; ledra de malea. ati..us; y como el cálculo y ji la geometría no hon ni crislinos ni carlistas, ji y por otra parle la oscuridad del puesto no |í llamaba la atención, no tu\c iucouveuícni' le rn encargarme de dicha enscñauza que I continué pur cuatro años. Y es do notar que habiéndose hecho una función solemne en |; la apertura del establecimiento, yo pronun-¡i cié el discurso inaugural, y no hablé ni una sola ])a]abra de política. Los testigos viven, 'I V eu Vicb están. De mi comportamiento en t Ta enseñan/.a no soy yo quien debe iiablar; l todos los que nie favorecieron con su asish lencia saben que no hablé jamás una sola ij palabra de |)ohlica. Mas de una vez suce-Ü dio que nos hallábamos interrumpidos en I nuestros cálculos con las canipauadas de [, alarma 6 el to<iue de generala: si era posi-|i ble continuar, continuábamos; ó si no, nos I levantábamos Iranquilamente, y nos íbamos. Mis afanes se dirigían a sacar discípulos aprovechados; lo que conseguí, asi en la \ jwrlc clemenlal á que estaba obligado, co- mo en la sublime que quise en.señar.siu , embargo de no estar contenida cu la asignatura.
Durante la guerra civil no me me/.clc jamás en nada que tuviese relación con la política. Mis obligaciones, la biblioteca y mi casa; sin mas distracción que un ralo de paseo que daba, ó solo, o en compañía de un amigo, (lue por lo común solia ser alguno de mis discípulos. En abril de 4840 publiqué \asobse¡ raciones sociales uolílicas y económicas sohrc los bienes del (¡ero. La imprt?
sion se hizo en Vich; y á pesar de la oscu- ^da<l del punió de puBlicarioii y del aulor, hablaron de este escrito muy favorablemente los poriódicos de Madrid de todos los colores inclusa la fiacela. En la fíeinsla de Madrid se publico también un articulo muy favorable, cuyas iniciales me dijeron que eran del Sr. Vidal, actual ministro de la Gobernación. No sé si es verdad; relicro lo que oi entonces.
Alentado con un éxito para mi muy inesperado, continué trabajando en el Proleslaníismo comparado ron el Calolicismo en sus relaciones con la ciriliznrion europea. Escritos los primeros cuadernos los enseñé al i mencionado canónigo magistral de Vich, quien después de haberlos Icido me instó | encarecidamente para (¡ue concluyese y pu- ) 1)licase la obra; anunciándome con toda se- | jíuridad un e\ito, de (|ue entonces yo dudaba, y que después me ha confirmado la csperiencia.
En el momento de terminar la guerra civil me fui á Barcelona, donde en medio de las revueltas de que era teatro aquella capital, y en los mismos diasen que era asesinado y arrastrado un joven (|ue llevaba mi apelliílo, imprimí y publique un folleto titulado: Coíisideraciones políticas sobre la situación de España.
Muchos que ahora la echan de valientes ■lid se hubieran atrevido seguramente, y menos en Barcelona, á publicar semejante escrito, en que condenaba terminantemente la revolución, y en que manil'eslatta franca-'hientc mi opinión sobre todas las materias, encerrando.illi en pocas palabras toda la sustanciado lo que después he desenvuelto en el Pknsamikmo i»k la Nación Nótenla ninguna defensa; y hasta mi estado podia prevenir contra mi persona: publiqué sin embargo el escrito, no obstante los consejos y basta los ruegos de las |)ersonas que mas me querian. Todos sabemofí lo que su-«rcdió entonces: con algunas esccpciones honrosas, los comprometidos huyeron cada mal por su lado. Bien atestiguado está en el Manifiesto de la Reina Cristina en Marsella, donde se lamenla del abandono en (pie se la dejó. Yo no defendí á la Reina Cristina, porque me ocupo muy poco de las personas; pero defendí los buenos principios religiosos y monárquicos; defendí la necesidad de que fuese regente una persona real, no obstante de que se vcianbien claras las tendencias de la revolución v la ambición de Espartero; y hablé con toáa libertad en favor de los carlistas, haciendo justicia á sus convicciones y á sus intenciones; y asegurando ya entonces lo que sostengo ahora, que no era posible consolidar un sistema político hasta (pie se hiciese entrar a ese gran partido como un elemento de gobierno: y los carlistas acababan de sucumbir; y la revolución estaba pujante. Ouien de tal modo se conduce ¿ será un hombre sin principios?
Impreso el citado opúsculo, me volví á Vich, continuando en la enseñanza de malemáiicas hasta mediados de 1841. Entonces me fui á Barcelona para comenzar la impresión del Protestantismo, al mismo tiem()o ¡ que escribía en la Ciúilizacion, revista quin-) cenal. A fines de abril de 1842 pasé á París I para revisar la tradni cion de la misma obra en francés. Hice entretanto un viaje á Londres, y regresé á España á principios de octubre del mismo año. Llegado á Madrid, me persiguió la calumnia, indicándome como complicado en no sé qué planes cariocristinos, á causo de ciertas relaciones que se me suponían en París con varios personajes, especüilmente con el señor Martínez de la Rosa, con quien no habia tenido otras que las que naturalmente tiene un viajero con los emigrados ilustres. El gobierno de aquella época tuvo acusaciones fuertes contra mi; pero delw decir en honor du la verdad (pie nadie me atropello, que nadie me incomodó siquiera; y que habiéndome dirigido al Sr. (leíe político (picjándome de alguna importunidad en un asunto del pasa|Mirle, y esponiéndole lo que había oido (jue algunos decian. este caballero me trató con la mayor consideración, me aseguró toda su protección, me ofreció reprender al que me nabia importunado, lo que habría hecho, sí yo no me hubiese negado á indicarte nuién habia sido el importuno: y me añadió que podia permanecer en Madrid todo el tiempo que (juisiesc. lo que no acepté porque estaba resuello á irme pronto á Barcelona, á donde llegué á fines de octubre. Este caballero, a quien no habia visto nunca, ni be vuelto a ver, era si mal no me acuerdo, el Sr. Escalante. Tengo satisfacción particular en tributar esta joslicía á un adversario político.
.\ poco tiempo de haber regresado á Barcelona, se reprodujeron las mismas acusaciones; pero el gobierno debidamente informadb, se abstuvo también de molestarnje, y | cuando al plantear la Sociedad se le denunció la fundación de esta revista como un proyecto político de intenciones subversivas, lomados nuevos informes, me dejo tranquilo, sin incomodarme en nada, guardándome siempre la consideración deque vio queme hacia di^no n)i inocencia. Mi conduela pacilica en los sucesos de 1843, y el haberme ceñido á escribir, pudieron conlirmar á los gobernantes de aquella é[)oca en la convicción de que no era yo hombre que dijese una cosa y ejecutí;se otra.
Concluí la impresión del Proieslaníismo, á principios de Í8i4, y entonces rae fui á Madrid, donde funde el 1*e>s\mik>íto he l\ Nación, cuya marcha conocen los lectores. Kilos sal)en si he cumplido ó no lo que ofrecí en el prospecto. Kn cuanto á la consecuencia de mis doctrinas, baste decir que no hay en el Prnsamikmo ninguna idea política, inclusa la del matrimonio de la Reina con el conde de Monlcmolin, que no estuviese indicada en mis anteriores escritos.
He aqui la historia de mi vida: juzgue el público si he abandonado ó no mis principios, y si merezco las |)alabras siguientes que estampa el correspons^d del j^^spafiul. «Para lavar esta mancha, ó |)orque asi conviene á sus intereses pecuniarios, ó por ambas cosas á la vez, (pie es lo(|ue creen sus conocidos, habrá emprendido la conduela que está observando.»» No tengo mancha ninguna que lavar, ni ante los ojos del clero, ni de nadie. V por cierto «jue habria seguido una conducta bien torpe saliendo á lavar manchas de anli-carlismo, precisamente cuando los carlistas acababan de sucumbir. Un hombre sin principios hubiera halagado á los carlistas cuando estaban pujantes y amenazadores, pero no cuando estaban desarmados.
Habla también el corresponsal del Español de los intereses pecuniarios. Es sensible descender á semejantes pormenores; pero ya 3UC á ello se me obliga, lo haré, procuran- 0 no enfadarme. Ven acá, desventurado anónimo, ven acá, hombre envidioso, dime: ¿soy yo culpable de que el publico se haya empeñado en comprar todas mis obras, agotando asi en breve tiempo las ediciones? ¿sov yo culpable de que el Pk>s.\mie>to hk LA Nación, poco tiempo después de fundado, ya se sostuviese abundantemente con | las solas suscriciones, y de que á pesar de ser un ))eriódico semanal, que con un sol* ejemplar satisface la curiosidad de muchos lectores, tenga mas suscriciones que algunos diarios, y no necesite de nadie para na-«la? ¿soy yo culpable de que por estas causas mi fortuna mejore? I*ara la \enlu de mis olrras nuuca me valgo yo de la amistad que tengo con varios periodistas de Madrid, y de las <|ue podria proporcionarme muy fácilmente con todos ellos; no les pido recomendaciones, y ni directa ni indirectamente procuro hacerme favorable su juicio. Precisamente ea liis revistas literariasdel Español, es donde se han publicado artículos muy favorables ¿ mis obras: los articulistas saben muy bien que vo no tenia ninguna noticia de sus favores íiasla que leia sus escritos impresos.
Los periódicos hablan ó no hablan de mis obras, según lo creen conveniente, ó según les place; sin embargo, ello es (pie todo se despacha. Voy á recordártelo, mi querido anónimo, para que estés al corriente del asunto de los intereses pecuniarios, y sepu^ (pie no necesitan de la política para nada. >, Ki Proleslaulismo se acalxi de publicar i, principios de 1844, y está ya muy adelantada la venta de la segunda edición. En junio de 1843 se publicó el Criterio \ en poco.s me.ses se agotó la primera edición, y 80 va despachando rápidamente la segunda. Ik; la Filosofía fintdaiiieiilal, {'u\í) lomo 4." e<l« en prensa, se hallan ya vendidos mucho^ ejemplares; y al publicar la elenuulal, que no tardare nuicho en ¡ tener concluida, ya verás, oh mi querido anónimo, como se despacha también. Vo te lo aseguro desdíj ahora, y le lo aviso de antemano, a hii de (|ue aproveches el tiempo \ma decir al publico que yo soy un monstruo salido del averno, y ijue asi se ab'.tenga de leer lo que escriba en adelante. Pero le aconsejo (lue no le canses; el publico lo leerá a jiesar de tus impotentes esfuerzos: ya me parece que te estoy oyendo que mis intereses van mejor; ¿qu(» quieres ue haga yo en esto, desvtíulurada criatura? ¿acaso (iebo yo desear qne volvamos a los tiempos en que los autores sermonan de handire, siquiera se llamaran Cervantes ó Camoens? No he acudido yn ja-^ más al consejo de instrucción pública partk" (¡ue recomendase una obritamia, titulada la Ileliyion demostrada al alcame de los niños, y sin embargo hete aquí que ya estoy á la tercera edición, > uic inclino á creer qí^Tno" PsW mtty lejos h cuarta.' 5?l; no tengo mas palriinohio que mi jiluma; pcrn mi pluma es para mí nn i>alr¡monio honrosísimo, y muy sníiricnle para vivir con independencia; si tú te afliges por esto, yo no sé como remediarlo.
«Aqui no falta, dice el anrtnimo, quien consiflcra al Sr. Balmos en nolitica como el I.amfiinais español. » Kl ponrecilo anónimo ' no ha leidrt prohalilemente las obras de Lamennaís. y tal vez ni las de Balmes; si se hubiese enterado de las de uno y de otro, hubiera encontrado en todo diferencias profundas.
"Dios quiera, esclama el corresponsal, que alffun día no lo sea en materias reliíriosas.o listo indica sin duda un celo ( dilicante, y merece dos palabras de contestación. Todas mis obras relijiiosas las he sujetado a la censura eclesiástica; nada me han hecho enmendar; pero me he mostrado sieujpre pronto á enmendar lo que hubiese dijíno de ennucnda. Los primeros cuadernos del Proteslnntismo fueron sometidos a la censura del citado señor canónigo ntagistral de Vich, por disposición del (íobernador eclesiástico, el señor canónico don Luciano Casadevall; el censor puede decir, si no me conoció siempre dispuesto A someterme á todo. Lo restante de la misma obra y demás escritos reliiriosos rjue be publicado en Tíarcelona los ha censurado el señor doctor Riera, catedrático del Seminario conciliar y bien conocido |)or5u saber y la pure/.a de su doctrina. Dicho señor nunca me ha hecho corregir ni una coma, pero él es testigo de (pie le he rogado varias veces que me observase lo quií fuese digno de corregir; y que en lleí^ando a un pa.^^age difícil, me" ha sucedido recomendárselo especialmente, para que examinase si yo me habin eipiivocado. Espero pues nue no se verilicará el siniestro pronóstico (le (pie yo sea como Liiinennais, y que en todo evento sabn» cumplir la declaración que hice al fin del Pr()tcslimtismo[ \ ).
(1) ( If^nom kí <>n la innrhciltiiiiltn' de eluciones que se inc b;ui (>rr*'riiio, y que uu< ha sido iiidit*pi'usahl« venlibr, hultrt! rcsiicllu algunas de iiii mudo \HKo conluriiu* á lu$ dftgiiKLS de la lU-ligioii muu lue |>ni|>otiiu «lereitdcr; i^iiuru si eii idgtiii pa-^IgO dc> b (dira lialtré asciiludo pniposiciüucs erinVnoa.s, ó iiii' liidm'' csprfsado en t<'TiniiMis nialsonan-. les. Antes dedada á liir. la he.sometido h lacensnrn. 8o bantorídinl erlc6i»^lira; tsjn \-acilarmo huhíent Ksla 6\trti se ha traducido v publicado' en I'aris y Roma, y no ha sufri(ío ninguna censura; y apelo aí testimonio de todos los señores obispos españoles, para que digan si jamás me han dirigido niniruna censura. y si antes bien no me han lelicilado de palabra ó por escrito ca«i todos ellos; el cardenal de Sevilla, el arzobispo de Tarragona, el de Santiago, el. obispo de Pamplona, el de Palencia, el de Córdoba, el de Barcelona, el de Canarias, el de Tuy, el de (Calahorra, el de Coria. el de Salamanca, dándome todos especiales nviestras de predilección, V de que no les eran ingratos mis trabajos. Igual distinción he obtenido en el estrangero, y debieron (»irio en Madrid de boca del Sr. arzobispo de Burdeos, los señores obispos de Coria, Tuy y la Habana. , Kl sabio obispo ingb's Wisseman, me escribió en el mismo sentido. Kn París y en Bruselas he tenido ocasiones de conocer que los Nuncios de su Santidad se hallaban moy lejos de mirarme como un hombre peligroso, y (pie antes bien juzgaban c(m Iwnignidad j mis escritos..Nada puede prometerse el homij bre de sus propias fuerzas; lodo puede te-I merlo de su orgullo; pero antes de (pie me sucediese semejante desgracia, esjx'ro qnc Dios me enviará una muerte temprana (í).
prestado á su mas U'^en insinuai-ioii, enmendando, eorrinieudo ó \ar¡aiid<i, lo que me iiul)íese - ' do eoíuo digno de variaeion, correeeion ó i ihi. Kslo no ol)slantc, snjelo toda la ohi-a al juicio de la Iglesia ratóllr.i, apostólica romana; y ilesde el momento (pie el Sumo Pnntitlee, sucesor de San I'cflro, y vlcarit) de Josucrislo sobre la tierra, hablase rf'oiitm alguna de mis opiniones, ino apn.*»»-raria á deidanir que la tiHigu |M>r emula, y que ' i*e.so deprofeijarla.» (Tooio A, c^p. 75, üilimo ác la olira.)
<á) La tpadiurion del PrulestanUsmo liecbu eii Uuma, y de la cual tengo en mi poder K)& dos tonjos primeros, es una señal At^ que la ol>i-a «*M:i I aeofiida rav<irablemenl«> en la l apilal del mnndi» ' rrisliano; mayormente si se añade qn de dos años «jiie n'cibió un ejemplar i! " - en nn eompendiode sus pn-liT-eiones tcolu^u.i- 1,.. ha publieadu el um pasudo, y que usl:i im[>reM eu la impreulii de la Oon ii de la l*nip ] en el resiimen de b It; i. i teologiea cun,...i. I con la fllos/íllca, dice In siguiente: «Kmprendiü I rienlemente un nue>o camino el español ' j ruando en un continuado paralelo entre la i " católica y el protesüiiitisinu, demotitWV solMlsima- DigitizecJ by Google tile e*ffl^>IW,'*c(íhlHfa inónimo, para que lo lengan vds. présenle al lormar juicio de los escritos de Balnies, a quien vds. conocen poco, y de quien daré nías noticias en adelante.') El corresponsal jmede ahora decir lo (pie quiera; en MailrlJ y en todas parles hay {jmonns de todas clases que me conoren y me han visto de cerca; yo mismo acabo* de indicar con nombres )ropios las fuentes donde se podrán recorrer as noticias (|ue se quieran. En cuanto á mis inlenriones actuales, al tiemp ' [vh i juslilicarmc en lodo. Nf» temo m.. > • han hecho alguna vez indicaciones de que se revelarían los manejos en favor del malríniorcon el conde de Monfemolin; en alemas creído ver alusiones á mi: repito cpie tampoco en esto temo nada. En Espafia y en el estransero y con hombres de todas opiniones, he manifestado en alta vo7 la min. siempre (¡ue la ocasión se ha ofrecido. Hasta en los asuntos secretos tenso una reírla muy sencilla, no hacer nada en secreto, que si ín ligere/a lo revelase y la malicia lo difundiese, no lo pudiese sostener en público. Los que han amenazado repetidas veees mas ó menos emboradamenle, pueden é^\r lo que (piieran: desde lueso aseguro qHe ó mentirán. ó no dirán nada de que yo me hava de arrenentir. Si con tales medios se cree desalentarme, nmy errados andan los que esto esperan. Cuando se aconiele nna írrande empresa, es necesario contar con /rrandes diciilfades; es necesario arrostrar la calumnia, de que no dejan nunca de echar mano los hombres inmorales en la impotencia de su desesperación. Sostenso una aran cansí. y de sn /xrandor y justicia y convenieri' i i nl^riío nna convicción profuniuciili' lu qu<> aquella hixo cu bien de la.sociinbd civil, y tu qiio t >Ii' Iii/.oni su duño. Xnriiin im'rj( n'/jm hrtutl Ha ¡iridetn hi»¡ntnfis Dítlmi-x, dum C9lhftlirtim rrh'rjinnrm inlrrrt pmtvslitnti^mum P' i ilionr in<t(ilulfi. tpi^ paratjr. 7' Ída. Otros motivós jmdrian hacerme retirar do la política: (lero no los peligros, no los insultos, no las calumnias; lodo esto no es capaz de hacerme retroceder: mientras e-s»* <TÍba de política, cuanto mas arrecie la toriiienla, mas alio levantare la voz; asi lo he. { hecho hasta ahora; asi lo haré en adelante;' Otros por cierto y abundantes medios hini hiera tenido para medrar, pero no he dirigi- I do ninjíiina j)retension al ministerio en provecho mió; no he subido jamás la^ coraleras del Real Palacio; no he adulado a nadie. ni iusuilado a nadie; he maniíestado mi opi-I nion sin reparar si ai^radaba o disi^ustaba n I determinadas personas por elevadas que fuesen: he dicho la verdad á todos los par-1 lulos, tíf^radable o ingrata; uo he acuusejado I ni alaliado nunca ninguna tropelía, siquiera: fuese contra mis adversarios políticos mas \ decididos; y cuando el general.Narvae/. des-I terró á ios Sres. Corradi y Pérez Calvo, no dejé pasar ocasión durante mucho tiempo, I que no aprovechase para proloiar conlia semejante violencia. Mientras ole fíeiieral ¡ se hallaba en el apogeo de su poderío, le I dije siempre la verdad con decoro, pero I con una lirmeza en <(ue nadie me escedio; y I todo bajo mi lirma. Con esta couducla IVaiica: y leal be conseguido inÜuir en la opioioa I pública; sí, influir: ¿por qué do he de reco-^ nocer lo <pie es un hecho mas claro ipie la luz del día? lie llegado a inlluir en lu opinión publica, y en esto, lo conlicso, siento un Mvo placer, ponpie nada conozco mas I grato que ejercer inllujo sobre los hombres I por el ascendiente de la verdad; nada co-; nozco mas grato que escribir una palabra y ' tener una seguridad profunda de ipie aquella jialabra dentro de poca:> horas volara á ' grandes distaocias, y vibrará en iiiillarcs! de espintus para producir una convicción 'I o escitar una simpatía, como una chispa I eléclríca que saliendo de im punto couiiiueve la atmósfera hasUi un remolo conliOi «Lastima, coulinúa el corresponsal, que tan buen tálenlo gaste sus tuerzas de la ma-! ñera ipie lo está haciendo, cuando tanta ' gloria podría dar á España, limitándose á cosas puramente cienlilicas.» ¿Y (jué? ¿por venlura se me puede exigir mas de lo (¡ue estoy haciendtf en medio de mis tareas \yo- ; liticas? ¿Por ventura el simple anuncio de I las obras que se halla en la cubierta de este i periódico, no es una prueba de que si do adelanto en las ciencias, por lo menos Irabajo en ellas? En mi edad y en mi situación; ¿ha hecho mas por ventura el corresponsal del Español? Y á propósito de mis escritos pólitioos. ¿no es una tarea diurna la de conlribuir a dilucidar las grandes cuestiones que se agitan en España? ¿No están interesadas en eso la Religión, la sociedad, la ciencia misma? Si soy solista ¿por qué no se me refuta? Y si discurro bien ¿por qué se me rechaza?
Pero acabemos, que ya esto se hace demasiado largo, y los lectores podrian fatigarse. Yo no tengo mas armas que mi conciencia y mi pluma, y un corazón capaz de arrostrar los insultos y un sacriticio todavía mas doloroso: el de soportar la calumnia. Dias vendrán, y no están lejos, en que lodos cuantos hemos figurado en política seremos puestos á prueba. Los graves acontecimicnlos á que está abocada la España por indeclinable necesidad, nos ofrecerán á lodos abundantes ocasiones para manifestar la consecuencia de principios, la lealtad de las intenciones, la firmeza de carácter, el desprendimiento, y quizás quizás el valor para arrostrar peligros. Entonces se verá lo que todos valemos y lo que somos; porque los acontecimientos, la prosperidad, el mfortunio, las revoluciones, no mudan á los hombres. los descubren. Entretanto, si se continua calumniándome y no me resuelvo á rasgar velos que quizás podria rasgar, y dejo á mis enemigos que se saboreen en derramar la hiél de su corazón, seguiré mi carrera compadeciéndome de los calumniadores Y despreciando altamente sus calumnias. El anónimo corresponsal del I'Jspaiiol con sus semejantes, pueiíe continuar diciendo lo que bien le parezca; yo seguiré mi camino: ese desventurado que* me calumnia con la cara cubierta, no me inspirará mas que lástima, si le veo gozarse en su repugnante piKirion de arrastrarse de pecho ])or el polvo, acecharme cuando paso, y picarme el pie.
Jaim Balnm.
LOS TRES CRITERIOS T EL PARTIDO MONARQUICO.
Ctcrila n Vkii ru M ilt «Raalo <h rtM j Madrid m MaMmiiOM.
El articulo de los tres criterios pura conocer la fuerza de los partidos |)oliticos, ha eo^ contrado mas tolerancia en los órganos progresistas que en alguno de los moderados; aquellos han combatido nuestras ideas, oponiéndose lirmcmente á las consecuencias que nos pro|)oiiiamos.sacar; |)ero entre estos no ha fiiltado uno que ha considerado mejor, y sobre todo mas breve, el acusarnos de tendencias subversivas, y el llamar contra nosotros «toda la animadversión del pais y la mas enérgica represión de parte de las autoridades constituidas: » este periódico es el Tiempo. Y'a sabiamos nosotros qne nada mas se podia responder á unas razones que mas bien debiéramos llamar sencilla reseña de los hechos; la enérgica represión de parte de las autoridades constituidas, es una solución que nada significa en buena lógica, y á la cual en todo caso replicariamos con la manifestación de nuestra inocencia, y la demostración de que (|uien se propnsiese reprimirnos, faltaría á todas las leyes, y se declararla en contradicción con la conciencia pública.
Nosotros no dijimos que las Cortes y la prensa no pudiesen ser nunca buenos criterios para valuar la fuerza de los partidos; muy alcontrarío, hicimos nolar las diferencias que hay en este punto entre los varios paises donde domina el sistema representativo en su aceptación mas lata, la Francia, la Bélgica y la Inglaterra. Indicamos la razón de estas diferencias, y coucrelandonos á Es{)aña añadimos, que hasta ahora dichos criterios no habian significado nada. Como el de las Corles es el que se ofrece mas de bulto, y presenta mas cuerpo á la observación, nos lijamos principalmente en sos resultados, haciendo ver con toda claridad que eran absolutamente contradictorios. Para esto no empleamos sutilezas, ni raciocinios de ninguna especie; nos bastó una mera reseña de las mavorias v minorías de las Cortes desde 4834; adujimos hechos, nada mas que hechos; si eslos ^son poco agradables á nuestros adversarios, la culpa no es naestra.
No obstante esa afición á los hechos, que resalta en todos nuestros escritos, el Tiempo es de parecer que negaremos en caso necesario la existencia del sol: le hubiéramos perdonado esta ocurrencia si se hubiese servido copiar en sus columnas los [lárraTos de nuestro articulo, relativos al criterio de las Cortes. Si los lectores hubiesen tenido el testo á la vistn, bien pm^o nos habrían importado semejantes comentarios.
El.\uero Espectador al hacerse cargo de dicho articulo, se espresa de este modo: «•ta cosa hay que estrañar en el Pk>sa- MiEMO i>K i.\ Nación, yesque muchax reres tiene razón en el articulo a que contestamos; esto consiste en (jue nuestro colega examina las cuestiones en la esfera de los hechos, debiendo examinarlas en la esfera de los nrincipios.» Pero este periódico se olvida (Je que al examinar les tres criterios, no tratábamos de suscitar una cuestión teórica, sino práctica, á saber: si en Kspafia, y ' )ara un caso dado, podian servirnos dichos criterios: poco importada que los principios I nos dijesen en general una cosa si circuns- ¡ taacias escepcionales no les permitiesen enseñarnos en el caso presente. El Nuevo Espectador conviene en que el mal uso que nacen del sistema representativo los partidos conservadores de las naciones de Europa, suministra armas para combatirle á ios que no conocen que solo en el abuso está el mal; dice que la obra mas fatal del partido dominante, es desacreditar el sistema representativo presentándole como estéril, como ridicxilo y como al)surdo; pero observa (|ue ios hechosno son nunca pruebasabsolulas, y qoe los principios son los que deben servirnos de norma en la resolución de todo género de cuestiones. En primer lugar es digno de notarse que nuestro argumento no se limilai)a al tiempo de la dominación del partido moderado, sino que comprendia también las épocas del progresista; ademas, como vivimos bajo gobiernos conservadores, y hemos de emplear los criterios con sumisión á las condiciones que ellos nos imponen, si para el caso presente los criterios no valen, resulta demostrado lo que nos proponíamos | demostrar. Porque, lo repetimos, la discu-; sion que en dicho articulo entablamos, no ' era teórica, sino práctica, era la signicnte** «Las Cortes, la prensa, el ruido publico, ¿son buenos criterios para conocer la fuenta del partido monárquico?»
Si no admitís nuestros criterios se nos dirá: ¿cuál es el vuestro? «Fuera de estos criterios, dice el Tiempo, aunque tan imper* fectos,no sabemos que existan otros. Fuer» del pariamento, de la tribuna periódica, y de las asambleas v reuniones particulares, no hay mas, arriba, que un rey absoluto, abajo, que el pueblo y sus revoluciones: ¿por cuál de estos criterios opta el Pr^sa- MiRMo?» Saiíe nuestro adversario qoe el criterio del rey absoluto es el nuestro natural, y deduce que el Pe>samik>to (juiere la «monarquía pura sin mezcla hetorogénea de engaños y apariencias representativas. » El Tiempo sabe todo esto; pero lo que nosotros ignoramos escomo ha podido saberlo: si tu-' viese la Imndad de indicarnos las palabras con que hemos formulado la opinión que tan gratuitamente nos achaca, volveriamos á leerias para cerciorarnos de una cosa que tanto nos estrana. Hasta que asi lo haga, tendremos dereclio á decirie, (jue ó ha leído muy ligeramente nuestros artículos, ó que al citar las opiniones emitidas en ellos, le ha faltado completamente la memoria.