SigPhi · Jaime Balmes

Escritos políticos de Jaime Balmes: colección completa

Spanish

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Parecenos oir a estos hombres baldar de la muñera siiruientc: «No ne^'aniosquelas ra/oale-.i(l.is en favor del enlace de la Reina lel bi|o(jtíD. Carlos sean de mucho peso: dtjamu» de ver que si fuese posible realizarle sin i*ierl4>s inconvenientes, la posición de España sena mas fuerte en lo esterior. la lran(|uilidad estaría mas cimentada en lo iit> lerior; que el porvenir sena mas se;?uro, y estaría mas i cid)ierto de eventualidades funestas; que apovado cl írobieno en la inmensa niayoria de la nación, asentado S(d)n' una Iwsa tan firme como ancluímsa, se romper ia esa cadena de insurrecciones milii de asonadas, de pronunciamientos, de r.im lMt»^ (le política, de destituciones en masa, de persecuciones y venganzas que de alpinos años acá trastornan el pais y «escandalizan a la Europa; do si^' nos oculta que es una ventaja inmensa el borrar esa linea di^ visoria que impide la formación de una verdadera nacionalidad, y el no tener qne encargar a la lentísima acción del tiempo el eslirpar el germen de discordia qne de otra suerte corroerá las entrañas de la nación, por espacio de medio siglo; tand)ien desearíamos concurrir ul grande espectácnlo de un pueblo que, desames de bal>er pelendo con guerra a muerte dividido en encarnizados bandos, se nbra/.a alrededor del trono en que se recoiK-ilia la Real familia; pero ¿es posible bncer esto sin gravísimos inconvenientes? ¿Es posible vcrilicar el enlace sin <|iie resulte uno reacción? ) He aquí la diiicultad mas grave, mejor diremos, la única; resolvedla, y el |irob!ema esta resuello. •* Estamos seguros de haber prescnt.ido con iidelísiina e\aclitud las ideas y sentimientos de machos hombres comprometidos por el trono de Isabel li: nosotros convenimos con ellos en que esta es la mas grave, o mejor diremos la Unica diiicultad: en esto les damos una prueba de que procedemos de buena fe; y quisiéramos que se ion venciesen ttrofuudameQle de esta verdad tí»dos los cár- ¡stas, si algunos hay que no estén convencidos de ella, pani que en ella tuviesen siempre lija su vista. y en consecuencia de ella arreglaran su conducta.

Si nosotros hubidsemos querido dcslumbrar: si nos hubiésemos propuesto tratar esta cuestión solo atendiendo al inlen*s de un partido, y no al interés nacional; si hubiera sido nuestro ánimo seducir en vez de<coíih vencer, hubiéramos procurado dísimiiMr esta diiicultad, ó {Misado sobre ella muy m)-iiK iMiiicitle, ohalinainos dirlio qne \mhí\h venir el hijo de D. Carlos cual otro prim-ipc ('ual(|uiera, v abstenerse de influir en Ms iiL-gocios pul)licos; que fie ebta manera se asegural)a el nim oo bubiesa rfacvioo, y otras vulfí«iridaues |M>r eslcloiiur; pero uosolros hemos (|ueridi) ser traucos; no beuos ueriilo amaiios indignos; donde hav una idcuKad, beuios confesado une ia liabia. Reconocemos con nuestros adversarios (¡ue 5»¡ viniese el bijo de 1). Ciarlos tendria una influencia nuiy positiva en el gobierno; y do .solo lo reconocemos, sino que llevamos ya manifestada la conveniencia, la necesidad de que fuera asi. pura robustecer el trono y amparar la debilidad de la augusta Huérfana, ijue en edad tan tenjprana empuña en sus deliradas nuinos las riendas de tan vasta y trabajada monan|uía. Cuando entramos pues á examinar si es posible evitar la temida reacción lo hacemos admitiendo la discusión en el mismo terreno en (pie la han colocado los adversarios: esto es. suponiendo í\{io aipiel princ¡[)c tuviese una verdadera influencia en los negocios del gobierno. No podemos ser mas esplicitos. <y. Para mayor claridad comenzaremos por lijar el.-ientido de la palabra reacción; lo que es tanto mas necesario, cuanto que esta es una de a<piellas palabras que empleadas uuas veces con indiscreción, otras con malicia y casi siempre con poca exactitud, ofrecen al espíritu una idea vaga de desjK)-jos,de persecuciones, de horrores, muy a propósito para embrollar la cuestión engañando á los incautos, aterrando á los tímidos, y alarmando á los suspicaces. ' Hay en esta materia fuertes prevenciones, formadas durante la guerra civil, y que algunos aplican sin la siilitiente discn>cion á las circunstancias actuales. Kslos hombres consideran el matrimonio de la Reina con el hijo de D. Carlos como el triunfo del mismo D. Carlos. Sin duda que solo en esle sentido lia podido iM'rmitirse el Eco del ('nniviriu la libertad de decir «pie el Peiisamienlo de ¡a JS'acinn proclamaba á IJ. Carlos; pues de otra manera deberíamos contestarle, que 6 no ha procedido con bastante buena fe, ó no se ha tomado la molestia de leer nuestros artículos. Cabalmente hemos estado tan lejos de decir lo que nos achaca el 7;fO ' del Comercio, que en el primero de los artículos sobre el matrimonio de la Reina con «1 hijo de D. Ciarlos, manifestamos terminanilemenle, <|ue escepluando uno de aquellos sin « >()s estraordinarios que no alcanra el hoinbr)' á prever, el subir I). Carlos al trono de España era tfiif)03Í6ir. ' i ICoroo quiera, cuo esta confusión de idea» y circunstancias se estravia ia opiaioa át muchos iucaulus, haciéndoles ver las cous de una manera muy diversa de lo que son en realidad.

Si el año 37 cuando se presentó D. Carlos con su ejército á las puertas de Madrid, hubiese tenido en su favor la suerte de las armas, claro es que la reacción se habái veriticado. Ni aun entonces hubiera sido tan fácil como algunos se imaginan el reponer todas las cosas en el estado en que se hallaban á la muerte del rey, porque la revolución había cam|)eado demasiado tiempo cou sobrada libertau para que pudiera repararse lodo lo que ella babia destruido. Sin euiiiar- Igo, menester es confesar (jue atendidas las ideas religiosas y políticas de algunos de los I consejeros de D. (.arlos, se hubiera intentado mucho para borrar la huella de la revo-I lucion, ya que no se hubiese podido ejecu-I tarlo. No es fácil decir hasta qué punto! habrían llegado las cosas, {)ero desde luego '."íe jiucde asegurar que hubieran ido muy lejos. Es verdad <|ue ya desde entonces babia en el campo de D. Carlos hombres que opinaban |)or una Iransaicion, creyendo que babia llegado el caso de ceder en algo p||^ no esponerse a jHírderlo todo: pero a laÉI^ i 7.on estos hombres habrían sido arrastrados I por la fuerza de las cosas, y al menos en la primera temporada, su opinión no hubieni prevalecido, i'ero las circunstancias son esencialmente diferentes: el confundirlas es olvidar lo pasado, es no atender a lo que tenemos a la vista. La reacción que se teme debería ser conj tra las personas ó contra las cosas, ó contra uno y otro, es decir, que del matrimonio debería resultar cambio en las cosas, o desaires y persecuciones á las |KM-nnii-. Examinaremos con detención ambos piiuto>.

Las cx)sas ipie mas ocasión prestarían a mudanzas serian los asuntos religiosos. ¿Que j temerían sobre ellas algunos de h» jm' -.: ' oponen a dicho matrimonio? La dcslnm iun I de los hechos consuvuidus y la restauractOH \ de lo aníiyuo. En ta destrucción de los lie-, chos consumados esta la ruina de lus iate* reses creados por la revolución, la devolución de todos sus bienes á la Igiefria; en la restauración de lo antiguo está el poner las cosas eclesiásticas en el estado en que se hallaban a la muerte del y<-\ í'ieemo> haber csprcsado ii«liucjil& \úü >u.<> de Iw?

Digiíized by Google qnc temen la reacción en cslc punto, sin ornllar, ni disminuir, ni alterar nada.

Rp])Otidas veces hemos insistido sobre la fuer/a que en España conserva e! elemento religioso, y asi mal podríamos desconocer la importancia de cuanto tiene relación con él. Todavía mas: en el número;» del Pensamiento de ia IS firion { I ) hicimos observar que ese elemento. por razón de sus costumbres V ha/añas antiiriias y modernas, era de suyo í)elicoso, é inclinado pnr consiguiente a salir del terreno de la discusión apelando á las armas K)V lo mismo convenimos en que aun ahora, si no se tomase ninguna precaución, y el resorte á duras penas romprimido se soltara de repente, podrían muy bien venir al suelo los hechos consumados, é inlentnrse una restauración de lo antiguo, si no completa, porque esto lo consideramos imposible, al menos aproximada. Concebimos pues lo fundado de los temores de los interesados en ciertos hechos; temores fundados, repetimos, porque nacen del sentimientode la debilidad intrínseca de los hechos mismos y de su evidente oposición con las ideasy sentimientos (le la inmensa mayoría del pueblo español. ¿Qn^ remedio hay á eso? Vanms á esplicarlo.

S ibido es que" hemos hecho la guerra á los hechos Consumados; (¡uc ni los hemos admitido ni consentido: y hemos dicho una v otra ver qiie nos mantendrenms en la misma linea de conducta hasta que intervensa la autoridad que á nosotros y á todos los católicos nos imjKmdria silencio. Pues bien; sea cual fuere el resultado que estos negocios hayan de tener, sea cual fuere la suerte que haya de caber a los hcrhos consumadés, ora s"e havan de conservar como están, ora se hayan ^ de destruir, ora se hayan de modilicár, creemos fjue el medio de evitar trastornos, de evitar el que el hijo de D. Carlos luego de entrar en España se viese estrechado en sentidos opuestos, y precaver que se resuelva por las vias de hecho lo que se ha de resolver por el conducta justo, legítimo, pacífico y suave de la autoridad competente. sería que antes de entrar diclw principe en España se hallasen resuellos en todas sus partes estos gravísimos y delicados negocios: que de fijo s\ipiese el clero. su¡)iesen los compradores de bienes de la Iglesia á qué deben atenerse. Entonces, si H principe se viese apremiado \wt exigencias de unos ó de otros, tendria siem-í [>re á mano una respuesta muy sencilla y ' satisfactoria: r.jlan mediado antes de un' ve-» nina estipulaciones solemnes á que el gobierno no puede faltar; la suprema autori-* dad de la Iglesia ha intervenido en ello; yo I no he entrado aqui para infringir las leyes y 1 romper pactos augustos, sino para procuran^ • ' en cuanto esté de mi parte que las leyes sé, olvserven y los pactos se cumplan. » ' ' Este arreglo previo lo consideramos nece^ sario. si no se «piiere que el hijo de D. Car* los, luego de haber entrado en España, sea acusado por los unos de flojo y por los otros de duro. De otra suerte la culpa de lodo lo que se hiciera se baria recaer sobre él,|^' habria nuiclio peligro de que no pudiendo contentar plenamente á lodos, los unos dije- ' sen que era ingrato y los abandonaba, otros clamasen que se inauguraba una era dé ' reacción, de p<'rseciiciones y venganzas. \ * Mediten sobre la importancia de estas ver-* I dades todos los hombres pensadores, todos los que desean un desenlace pacífico de nues- I tra complicada situación. Proceder de otra manera sería provocar \m conflicto que pu- ¡ diera comprometerla reconciliación deseada.

Esta medida pn«via la rerlamaii el interéis I del trono, el interés del mismo Príncipe, el in- ' ' terés de kis ideas monárquicas y rehgiosas, i que no conviene se desacrediten con exag(*-i» raciones y violencias: la reclama el interés de la paz y tranquilidad déla nación. En las " circonstanoins actuales, con la éxasneracion de los ánimos sostenida y fomentatía por la ' lucha y la incertidumbre de grandes intere-^ ses, sería suuiamente dificil evitar un con- I flicto, que podría llegar á ser muy grave pot [ ' poco que se llegase a! terreno de la violen-^ j cia. No deseamos esto.pormie no deseamos ; que se perturbe la tranqtiilidad j)ública, por-! que no aconsejninos el enlace como un me-' (lio de llevar acabo reacciones violentas, si-' no como una reconciliación de lodos los españoles, inaugurada y asegurada con la ' reconciliación de la Real familia. ' ' ' No falta quien impula al clero la indigna idea! de subordinar lo espiritual á lo temporal, de sostener lo primero como medio de lograr lo ^ ' ^ segundo, y de no retroceder ante el horri-» i ble espectáculo de una nueva guerra civil con ' tal que la Iglesia pudiese recobrar los bic- Ines j>crdidft*i. ¿Que pruebas hay para acusación semejante? ¿Qué ha resultado de lo* * procesos y espí'dienfes que se han instruid^ ' Digitizc para avprignar lo qiic h.iy do verdad sobre íus usiirebioucs (|ue se suponen liabcrsi' pruferido eo el pulpito contra los cumpradores de bienes esclcsiaslicos? ¿ Donde están esas tentativas de |M^rtnrbarion universal contra Uii que lantu se ha declamado? ¿Que ha dicho la prensa n^ligiosa? vi Jli conciencia, ha repetido una y otra vez, no me j>eruMle reconocer como legítimo un hecho contrario al derecho natural, á los sagrados cañones, a las leyes civiles, á la misma Constitución del Estado. Este hecho e.s á mis ojos como á los vuestros un des|K>jo; vosotros lo bnheis dicho: pero hay un nu»dio de atajar reclanjapioncs y de asc^'urnr un su posesión a los compradores; impetrad la indulgencia del Sumo Pontili( e, y para nosotros la causa está terminada.» ¿Podría hablar de otra suerte la prensa religiosa sin íaititr á sus deberes mas sagrados, sin desmentirse á si misma? ¿ Qué calilicaciot» merecería una prensa (¡na sea{)ellida católica, y despreciare los prescripciones de tantos concilios incluso el de Trentü? Sin embargo, ni estose ha querido oir, procediendo según nos i^arece con ik»-ra habilidad los que han lomado el partido de alarmar y exasperar, (loando están pendientes las negociaciones con Uuma, no es prudente irritar los ánimos y dar una triste ideade la situación del gobierno, 4cíendiéndolé c^n calor, al paso que se prodigaban al clero las calilicaciones mas duras e iosullan-Ics. ^ío. no es prudente semejante conducta, y á tales amigos bien pudiera el ministerio preferir sus adversarios.

Como quii>ra. consideramos la presente incertidumbre como un poileroso elemento <le discordia, con»o una semilla de incesante agitación. E.sos nuevos intereses que tienen 4a coLcieucia de,su propia debilidad, se alarman por el menor asomo de peligro; aun <;uandoel peligro no exista piensím de continuo en el, y temen del clejo, temen del pueblo. temen del (iobieriu), temon de otras regiones, se espantan de su propia sombra. Por eso alarman, y gritan. y culpan, y exigen continuas seguridades, declaraciones «spliciias del ministerio, como si las palabras de un hombre mudaran la naturaleza <le las cosas. l*ero lo repetimos, esos compradores y los que los delienden han tomado » mal caoüuo, muy malo..Nadie mas interesado que ellos eu que todo se termine por uua negociación, por vias nacUicas, con |a -» ^U;r,yc(|cipn de la.^utorMíid ^ue puetle imponer ¡«ilenrloá los católicos. No les conviene suscitar embarazos a las negociacioi^u llamando la atención de Roma con violeiite invectivas contra el clero, y maniiesiando^pp I hay peligro de que reproduzcan las escenas de los primeros años de la rcvulucion; la palabra (juerra, que ha sonado en ios labios de algunos compradores de bienes de la Iglesia, es sobre injusta, impolilicii. ¿yue pudiera iierder el clero en esa guerra? ¿Los bienes? Tienqm ha que los perdió. ¿La esperanza de recobrar lo poco no vendido? Esto no lorma uua sesta parle desu dotación. ¿No iHTCibir las asignaciones del Erario? Ocasión ha tenido de acostumbrarse á ello, j ¿Posición |>olilica? No disiruta ninguna. ¿Couli sideración social? La única (|uc le re^t:i I laque se funda en las creencias, y e l| se destruyen con un decreto. ¿Segundad |Í personal? ¿V |w)r qué medio la perderia? : ¿PíH los tribunales? Uecordad lo sucedido eu ¡ tiempo de Espartero. ¿Por los molines?¡Ahl I Por ahora es bien cierto que no habrá quien se atreva a desencadenarlos. Cada cusa tiem* su época; y ademas, conviene no olvidar I qtK^ si un día se salpicaron de sangre los conventos, también murieron asesinados Canlej rae, Hassa, tjuesada, SantJust, I>onnflín; Méndez Vigo, Sarslield, Escalera y Ey ()or tuas que algunos comprad' uechasen algeneral.Narvaez para que k.^ aojase I soltar por breves horas la tiera para destrn-I zar clérigos, estamos seguros ()ue no alcan-\ zaria otra repuesta sino: »> ¿creéis que rae he olvidado de los trabucazos «jue se me dispararon, y de la muerte dul infortuua-I do Baseli? » Dejémonos pues de llevar la resolución de I este negocio al terreno de la fuerza que para oada se necesita: ya que buy medios para; resolverla pacilicamebte, aprovéchense por quien debe conocerlos; y si el Sumo Poitilice creyese (pie en consideración a los,'n tntecimientos pasados, y en obsequi i tranquilidad de la España, convai I cesen de una vez para siempre las re< -|l ciones contra el despojo, y que ha IK ¿:.iiio I el caso de escudar con su autoridad -a los ac/7 ' tóales poseedores, el clero callara, dando un ejemplo de desinterés á los que [toseycndo ' los bienes que él |K>scia, le llaman codicioso. El clero manifestara á la faz del mando que. en su conducta no anda guiado |>or otra rc- I gla que por el deber. Pero hasta que dicha ' condición S4' cumpla, no habrá esclesiai^ico Google que pueda re^'nnoccrlo hecho: ruando no le fl mn dable pmloslar en alia voz, lo hará en su concieucÍA. V un verdadero calolico, un i católico que esté instruido de lo que pre»- | eñben sobre esto punto los cánones de la Iglesia, no podrá jamás condenar la C(mdwta -de los escicsiasticos que asi procedan, ¡ por no fallar a una ohlioracion saiirada, por |i nr ' («r iiKMiosprociar cohío ministros de ^ la I.,1 lo que no solo ellos, sino todos los cri>liaiu>s del>en respetar. ^' n Ale;unns órganos de la situación parecen creer qut* se le suscitan al gobierno toda <-la<o de obslariilns para (pie no pueda lle- - ir a una n-coiinliacion con la Santa Sede; a cuantos defendemos las buenas doctrinas, á l uanlds s-osUmumuos hoy lo que sosteniamns ayer, se nos trata como si deseáramn»; la ronlinuarion del estado actual de co^^ ieclesiastif Ms para lener en la mano un m«'dio, de perturbar las c(mciencias, de alarmar los anunos, de preparar olra guerra civil; como ■i nos valiéramos de los motivos religiosos solo como de una palanca a propósito para producir un cambio político. Y lo mas sen- y «kie que en esto hay es, que el mismo pohierno, (jue por su elevada posición deberla tivir sobre la atmósfera do las pasi<mes y no ' dejar salir de sus labios sino palabras muy modid iN. suele aprovechar las ocasiones que se le ofrecen para adoptar también el lenguaje de cierta parte de la jirensa, para hablar también de ingratitud, de espíritu reaccionario, y sobre lodo de conspiracio- ■M. Si estáis ( (mliiuiainento diciendo (pie se MMpira contra el gobierno en opuestos sen- IUm. ¿qué idea de vuestra situación daréis á la Europa? ¿ Qué conliaoza inspiraréis á Roma para tratar con vosotros, cuando pin-! tandule los peligros que decis os amenazan, le luiiiiftlHais el riesgo que hay de qne no podréis cumplir lo que le prometiereis? No, ío6 hombres religiosos no son ciegos como secmpenaii » ii decir vuestros amigos: si os es dable llegará un arci'glo con el 8umo Ponlilice, llcíiad enhorabuena; ])Pro si se atraviesan diíii iillailes nai idas de In misma gravedad y coinplicaeiou del negocio, no culpéis a los que e^lan inocentes; culpad s» á los f2 afios que llevamos de trastornos.! culpad a lo desgraciado de las circuiislan- 1 cías a que nos han traido una larga cadenn I de sucesos infaustos, y culpaos tal vez á vos-; olio*; mismos, que por una diplomr»cia mal || eaiendida habéis querido esperar, conser- J vando como prenda unos bienes que era mas prudente devolver por un acto espontaneo de ju^li(ia que cedieudo auna exigencia. » C.omo quiera, en tratándose de la reconciliación con la Santa Si>de nos olvidamos enleramenle de las jie.rsonas que la realicen; solo j)ensaiiios en que se la lleve á término de la manera conveniente fiara bien de la Iglesia y del Estado. Y tocante ala necesidad y urgencia de llegar á esla reconciliación tan deseada, estamos profundamente convenci- I dos de que con la dilación sufre mii<*hisimo ' la Iglesia española. Porque no es el (|ue- I branto principal de la Iglesia la pérdida de ' sus bienes, no es el tener mas ó menos influencia política; es si el estar privada de sus pastores, el estar por consiguiente muy descuidada la formación del clero; es el que van fallando los eclesiásticos distinguidos por su virtud y ciencia, sin (¡ue veamos de dónde se sacaran en lo sucesivo los que les hayan de reemplazar. Por estas y otras seini janles causas deseamos ardienlcmenle <|ue se verilique la reconciliación con la Santa Sede; y por lo mismo sentimos ipie una política errada, que una desconfianza escesiva. que el espíritu de partido susciten esos obstáculos (pie luego se achacan a otros, llamando agresores á los vejados, perturbadores á los insultados.

He aquí como no deseamos el matrimonio de la Reina con el hijo de I). Carlos como un medio para llevar a cabo reacciones violentas: muy al contrario, para evitar conflictos al gobierno, y (luizás peligros á la tranquilidad pública,' (leseamos que antes de realizarse el enlace se veriliijuc el arreglo cm la Santa Sede. Y esla opinión no la profesamos de nuevo; hace mucho tiempo que creemos muy conveniente separar en cuanto sea |)osible la cuestión religiosa de la política, trabajar en resolver a(piella aun cuando no sea dable resolver esla, v por medio del arreglo de los negocios religiosos preparar un arreglo suave a los negocios |M)lilicos. lin \Hi'-i publicamos en la Sociedak dos eslensos artículos sobre la urijrnte mresidad ile un Vonrordalo, y en ellos desenvolvimos largamente las itleas que aqui no hemos hecho mas que n(>untar. * • Que no somos, no, sof^adoivs utopistas, que lo subordinemos todo á una sola idea, (pie nos propongamos encerrarlo todo en un sistema infleviWe, v remediar da goliH? loilu» los nialeíi, ó dejarlos lodos sin remedio En la coiuplicacioii á que baa lie{;i4o eu España los negocios (rablicoits «enater irlos desemnaraftando como se pueda, y aiNMiie sea dé uno en uno Con un fcolpc de estado se cambia una siluaciun, pero nofif plaalaa todo «a «atena, y nMcha laeiiaa se borran de repente las huellas de largos años üe trastornos. P(»r lo mismo no hemos pertenecido jamas ú lus que dicen todo ó nada; juzgamos mas prudente otra mgb: «ai<iMi lodo, algo;» jamás tampoco hemos profesado el principio de las oposiciones ciegas que dicen: tde los adversarios, no qoercmos ni el bien; de los amigos i^iiaiidinios hasia el nial. « Nosotros consideramos eslas reglas como insensatas y sobre todo como inmorales; «i Itien lo aplaudiaios basta de les adversarios, el mal lo reprobamos hasta en los amigos. Si el minisleno actual ü otro cualquiera pudiese llevara buen termiuo las negociaciones con Roma en un sentido. ii^orable a lii k'lesia y al Estado, nos alegraríamos sinceramente, aun cuando su triunfo quebrantase un tanto la fuerza de un principio polHico que nos mereciese mas simpatías. Sobre el interés de los partidos está el interés de lu uaciou; sobre la política cslá la Religión; sobre las miras de moMenlo está el porvenir de los pueblos; sobre lo que pasa como un sueño esta lo que se liga con los grandes destinos de la humanidad eo la Aterra, y la suerte del houibre sMsallÉ del sepulcro.

¿Es esto ser reaccionanos? ¿Pensáis que /KO esperamos el triunfo de la Religión smo de la violencia? ¿A qué vieM que nos estéis diciendo de continuo (jue no en vai^Q püíian los afios? ¿ Creéis por ventura qie no djstin^uioiQS entre boanores y hombres, entre circunstancias y circunslaocias, entre tiempos y tiempos? El espíritu de la época rechaza el empleo de los medios materiales para lograr el trinnfo de las ideas; P|ues bien, la Religión para nada los necesita: el presente siglo es siglo de discusión; It Religión no la teme: se necesitan para alcansir victoria, luz en el entendiaiinolo, energía en la voluntad, constancia en el Urabajo, sufrimienio en las desgracias, un brioso aliento á la ftfaeba de tadea tos reveses y contratiempos; y esas cualidades en ninguna doctrina se cimentan mejor (|uo en la Reli£^n, nmgun seulimieuto. ningún mméoiM^ ftoémi^ m ^úm loo*» to mí* gion: <Hla, que M)4izgando al hombre entero y «ivilicíándele en Joinaa intimo de su ser, le faaBe>«n^ de fal>o las mayores empresas.

IVrmítaseDus lo que hajra de i los párrafos anteriores, oue jio>«s inoportuna cuando 4to4al modo se «straviar la opinión en contra de Ins que sostienen las ideas religiosas. Recuérdese que tratabamoi.del bijt dt €arlos, y que pü^ ra algnnos este nombre es poco nienos qoc sinónimo de fanatismo, de persecución, de venganzas; y entonces se comprendere que no -Mi IMO» not beaü dMído algM ta»' to eo esplanar lo que pensamos sobre la mn^ teria, y presentar los «bjetos bajo sis «er» dadepo punto de vista. ■• ••m.** «i.

Reconciliado el gobierno español mmím Sania Sede, y arregladas todas las cncstio* nes eclesiásticas, Aantoias.reiativasiá lo es* piríLual como á to imyaiil, taiia'buwaftta que la venida del hijo de D, Garloi prodnjese una reacrion por motivos religiosos. El cleroospafiol, cuya adhesión á Ja Santa Sede ha raaistiio élidwa.pf«obot4r.ta»faB»> secueiones, seria el primero en acatar tos disposiciones del Sumo Ponliiice^ y so resignaría tranquilo á cuanto se resolviera v estobteeianido osnoié» ooo el ¥tottta dto Jesucristo. Este es un medio seguro, inín»-lible, de evitar las temidas reacdottes|flr para esto no se necesita mas qne wgmt.wk prudencia y ÜM el sendero de la juslíoia; En este supoeslo, lejos de ser temible to venida del hijo de 1>. Carlos, lendriaar í res OB «Ha. tos que. bubienin mMa? fm cidos -oí aarágto de los negocios oOO Roma. ¿Sabéis por qué? Porque con el matrimonio entraba el hijo de D. Carlos somo*-tiénisio i loa eesvemos que hubiesen fm^ cedido enttx' la Santa S^ede y el gobierno, y se obUgaria u respetarlos por el ausme ho»« cho de transigir él propio en las «MltoM dinásticas. Pero si el matrimonio n« m'fñ* riíica, si se deja á la rama de D. Carlos sin esperanza de nio|;ona ciase, entonces bay las ofeiUMlidÉdeB del porvenir, hof ^bs complicaciones que consigo trapria el fallecimiento de dos personas augustas; y si por sucesos estraordmarios llegase algún día á lograr sos deseos to rama pi asalta, no fuera improbable que el representante de ella se negase a reconocer lo que se habriajlra^ tado con el gobieriw do tsaseival» ■:• i ^ >u Aitdo,M|o oi-BMeitaio átaÉÉBf yipM^ üiyiiizeci by Google Dada de esto se halla fuera del orden de lo fmáb\e. it< n< \ioDen los interesados en ello, si en nuestras conjeturas é indicaeioMS aodamos tan (Icsraminados, (|ue no sean dianas cuando menos de ser tomadas en ceosidcracion. t'^nv(Mi/;m>c de esta verdad los asustadizos; no traíamos de entrañarlos; deseamos a todas las dificultades una solución legal y pn(ilica. ¿Temen una reacción con el arreji^lo? Pues háganlo antes. ¿ Pueden exigir mas?

A tai punto de complicación han llegado las cosas eclesiásticas, que ya no es posible arreglarlas por una restauración com|)leta; es alisolnlamenle necesaria la intervención de la autondad pontiiicia. Intervenga pues esa autoridad, y lo que de acuerdo con ella se estahiezca, quedara |)or bien establecido. Fr''< rin s elmatrimoniocou el hijo del). (!arl«i > de amenazar lo existente le daría nueva tuerza; y sobre todo lo ¡Kmdrin á cubierto de eventualidades, (|uc los favorecidos con el arreglo están interesados en prevenir. Creemos pues haber disipado completamente los motivos que pudieran dar lugar é temer una reacción religiosa, señalando uu medio seguro de evitarla; en lo sucesivo tialaremos de la reacción política y contra isa pcMMMS. También en esta parle hay preocupación: no descs|>eranios de poder desvanecerla.

Para lograr nuestro objeto nos basta la discusiou: discusión queremos, no fuerza, yue por mas (pie no falte quien nos crea preocupados, cada día se aumenta nuestra «nviccion de que la justicia y la verdad estan de nuestra parle; y la verdad y la justicia ganan en ser discutidas. ¿No estamos bajo un gobierno de discusión? Discutamos pÑa; ventilemos nuestras opiniones á la luz del dia; llevémoslas al tribunal que en ultimo recurso habrá de fallar: la o[)iniou [Hiblica.

Ahtícllu 'V llMlrid II li» niano de UIS.

£d el numeroanlerior examÍDamosIn parle ma¿ delicada y dilicil de la|)iesenle cuestión; la posibilidad de evitarque el matrimouiode la Ueinacon el hijo deD. Carlos acarsaac MM reacción por motivos religiosos, y creemos haber demostrado hasla la e\ideiicia que hay un medio justo, legitimo, suave, para obtener tan imiKirtante resultad» No contentos con la indicación del medio, manifestamos francamente que en nuestra opinión era no solo útil >iiio necesario el adoptarle. (]on esto contestamos a los que temieran una reacción en las cosas eclesiásticas: vamos ahora si examinar si será posible evitarla en las políticas.

A decir verdad este punto no es el que mas nos arredra, ya |)or las muchas razono 3UC se pueden alegaren contra de exageraos temores, ya también ponjue no creemos que el entusiasmo por algunos grados mas o menos de lalitiui en las forni ts políticas sea tan ardiente que llegue ni con mucho al que inspiran los i» le reses creados. Aquí esta la verdadera dilic iiltad: en lo demás no es tan costoso el dejarse convencer. Que el Rey tenga tal ó cual prerogativa; que en el Senado entre en mayor ó menor cantidad el elemento aristocrálieo; (|ue las bases para la elección de diputados sean mas ó menos populares, todo esto y otras cosas análogas no interesan tanto como el vivir holgadamente con su familia, y alternar sin desventaja con lo mas opulento de la sociedad, merced al pingüe producto de algunas lincas ad(ju¡rídas á precios nada gravosos.

En todos los grandes trastornos de la sociedad, el establecimiento o lamina de ciertas formas políticas es siempre un objeto secundario, por mas que á menudo presente como el principal. No contentándose con mirar la superficie de los hechos, se descubren en el fondo las cuestiones sociales envueltas por las polilicas: podiendo asegurarse que las segundas andan siempre Mibordinadas a las primeras. La forma política no es masque un instrumento: euandosirve se le alalia, se le encarece, se le deíii iide con vigor; cuando es inútil se le descuida ó abandona; cuando daña se le rompe. Y esta regla es tan general, que de ella no se escepttian fli los monárquicos, ni los moderados, ni los progresistas, ni los republicanos; en ningún tiempo, en ningún pais del mundo. Este hecho le arreditan de consuno la razón. la historia y la esperiencia.

¿Qué es lo que interesa vivamente al hombre, lo que le mueve, lo cpie le incita á {wner en acción sus facultades? El deseo de ser feliz él, y de hacer la felicidad de los objetos que ama. En esto entran la satisfacción de las necesidades de la vida, el ocupar en *^ilociedad la couvcnieute {wsiciali según ■8 ideas, los guslüs, la tmnieion ó los oIí^ prichosdcl individuo; y cuando la mirada se esUeodc imá alia de la tierra enittiM|osc4« 4nlen mamL y religioso, etnHíi<de eon sus deberes, de ejercerlas prácel ei ticas de su cuito, de no ver meno^prccuidos los objetos de su veneración. Kslas son \q?> cosas que inspiran al hombre v'veo interés;, porque le afei lnn do conlinuo lo mas intimo de su corazón; porque^ci^tan ligadas con lo» d(i|Jps periodos^ con todos los momentos de «l atíMeDeia; porqipe están en |)erene>oon> laclo con sus ideas, sos deseos, sus necesi- «lector vota una vez al año, y á veces cada dos ó tres años, si os <|uo no sipuc la corriente general de que lo arreglen como «loieraB los que gusten de ello; pero vive de continuo con su íaniiüa, vive con sns no^ocios domésticos, vive con sus ocupaciones ¿Qué le